Departamento de lengua castellana y literatura, ies faro de maspalomas




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LA MITAD DE LA HUMANIDAD

La celebración del Día Internacional de la Mujer, más allá de la inevitable retórica propia de estas conmemoraciones, debe servir para recordar la existencia de una terrible injusticia y para luchar contra ella. Muchos son los grupos humanos que se disputan la triste condición de agraviados, pero dentro de ellos siempre las mujeres ocupan el lugar de honor.

Probablemente, la principal revolución social que ha sufrido Occidente en la segunda mitad del siglo XX haya sido la transformación de las condiciones de vida de la mujer, que ha conmocionado desde la vida cotidiana hasta la realidad política. Aunque no haga falta compartir los excesos de ciertos grupos feministas para reconocer que aún queda mucho camino por recorrer en esta liberadora dirección, nadie puede negar que, las últimas décadas han consolidado la total igualdad legal de la mujer en Occidente.

No puede decirse lo mismo de otras civilizaciones, en las que la mujer sufre opresión por motivos religiosos y, en general, culturales. Este año, Afganistán se ha convertido en el símbolo de esa opresión y de la ineludible conquista de la libertad y la dignidad de esa mitad de la Humanidad. Una muestra fotográfica exhibida en Madrid revela la trágica condición de las mujeres afganas, desde que los talibanes tomaron Kabul en septiembre del año 1996, privadas de los derechos fundamentales y obligadas a taparse la cara y el cuerpo, a hacerse en cierto modo invisibles y forzadas a contemplar el mundo, no con sus propios ojos, sino a través del oprobioso tamiz de un velo. No pueden ir solas a Ia calle, ni al colegio, ni a la Universidad, ni siquiera trabajar o recibir asistencia médica. Les es simplemente negada la condición humana. Y, ciertamente, si Afganistán es el infamante símbolo, no tiene por desgracia la exclusiva. Quizá no sea inoportuno reflexionar, desde esta misma perspectiva, sobre el inmenso error que encierran la mayoría de los planteamientos multiculturalistas.

Pero sería tan falso como autocomplaciente y cínico pensar que en nuestros prósperos países occidentales la conmemoración del Día Internacional de la Mujer es sólo ocasión de denunciar los males y errores ajenos. Pues si entre nosotros la igualdad legal es un hecho, no cabe decir lo mismo de la igualdad social y de la igualdad de oportunidades.

La incorporación de las mujeres al mundo laboral les ha acarreado una doble jornada, en el trabajo y en la casa, tan exhaustiva como mal remunerada. Además de esa doble ocupación, en muchas ocasiones suelen percibir, por igual trabajo, salarios inferiores a los de los varones. Por no hablar de los nulos tratos, del analfabetismos de la marginación social del desempleo y de los abusos sexuales que padecen en un nivel muy superior al de los varones.

En este año en el que se conmemora el cincuenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, no puede olvidarse que la marginación de media Humanidad es una derrota del verdadero humanismo, que ha de ser total y no un humanismo a medias.

Septiembre de 1997

LA RESPONSABILIDAD DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Cuando a un niño se le obliga a obedecer una norma, se revuelve y protesta contra la imposición. Obedecer le repugna. Si, por el contrario, se le dice: “haz lo que quieras”, vacila perplejo y no sabe qué partido tomar. Y es que la libertad implica responsabilidad. Pedimos autonomía cuando nos falta. Cuando la tenemos, en cambio, querríamos perderla, y nos amparamos en excusas que a nadie convencen: no somos verdaderamente libres, tenemos una autonomía a medias, el legislador no legisla. O sencillamente, aceptamos una libertad sin norte y sin obligaciones. Una libertad que se confunde con lo que, en tiempos se llamó “libertinaje” y ahora lo identificamos como el “todo vale”.

No todo vale, ni siquiera para seres libres y autónomos. No todo es legítimo, a pesar de que la libertad individual sea nuestra conquista más preciada. Los medios de comunicación, que son una garantía de transparencia y pluralidad democráticas, pueden convertirse en una amenaza para la democracia si no asumen la responsabilidad por la libertad que tienen. Del mismo modo que los políticos son servidores públicos, también los periodistas hacen un servicio a la sociedad. Servicio que debe obligarles a trascender el interés material, privado, empresarial o corporativo, para pensar, al mismo tiempo, en eso que hemos venido en llamar “intereses generales”.

El problema es quién define o quién decide cuáles son los intereses generales. ¿No es ese un concepto, en definitiva, subjetivo? La libertad tiene unos límites fijados por la ley. El artículo 20 de la Constitución es diáfano: la libertad de expresión está limitada por los derechos fundamentales, por las leyes que los desarrollan y, en especial por el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. Además, los códigos deontológicos del periodismo establecen deberes como el de difundir sólo informaciones fundamentadas, rectificar las informaciones equivocadas, utilizar métodos dignos para obtener informaciones o imágenes, no aceptar retribuciones, observar el principio de presunción de inocencia, no incitar al uso de la violencia ni fomentar discriminaciones.

Es decir, tenemos normas y normas suficientes. Pero, en el momento de aplicarlas, siempre son demasiado abstractas. ¿Qué significa proteger la infancia: menos publicidad, menos violencia, más voluntad de educar? ¿Es posible atender a los imperativos de la educación sin que peligre la audiencia? ¿Cuándo hay que considerar que una noticia está fundamentada? ¿Son compatibles la competitividad y el rigor? ¿Qué imágenes deben considerarse impublicables? ¿Cómo se miden las retribuciones ilícitas? ¿Cómo se rectifica un error sin dañar el prestigio del medio? ¿Hay que enseñar o es mejor ocultar la violencia social? ¿Puede el servicio a la transparencia democrática obligar a transgredir una ley?

Creo que en la respuesta a estas cuestiones es donde se encuentra, precisamente, el uso individual de la libertad. El individuo debe arriesgase a tomar decisiones sin tener la garantía de que no se equivoca. Al mismo tiempo, debe responder de las decisiones que toma. Responder ante su profesión, ante la sociedad y ante su conciencia: responsabilidad profesional, democrática o moral. Cuando nos encontramos ante un conflicto que empieza a ponerse feo, solemos pedir una ley que nos lo resuelva. Es una actitud infantil, inmadura. Es más cómodo descansar en la ley que en la propia autonomía. Pero democracia significa, desde siempre “autogobierno”. Un autogobierno en función de un supuesto bien común. Por fortuna, ese bien común no está previamente definido. Es lo que complica las cosas, pero nos permite ser moralmente autónomos y responsables.

Victoria Camps. Catedrática de Ética.

Septiembre de 2006

DUEÑOS DE NUESTRO DESTINO

Con frecuencia, en el debate sobre la conservación de la naturaleza se escuchan voces bienintencionadas que señalan como el óptimo, el objetivo al que se debe tender, el que "las cosas vuelvan a ser como antes”. Ese “antes” ideal pueda referirse, según la coyuntura a la época previa a la construcción de una carretera, o a antes de que una fábrica liberase sus desechos en el río, o al periodo presuntamente feliz en el que aún no existía aquella urbanización. Pero también puede aludir, simplemente, a la época de nuestra niñez o a la de nuestros bisabuelos, en el sobrentendido de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Como todos los tópicos, especialmente cuando tocan los sentimientos, éste también tiene algo de verdad, pero sería un error tomarlo por toda la verdad. Desgraciadamente, no existe un equilibrio perdido, al que podríamos retornar si dejáramos de actuar sobre la naturaleza. Incluso el más remoto y prístino de los parajes naturales es inestable, cambia, gana y pierde especies, sufre perturbaciones que, paradójicamente, lo enriquecen al mismo tiempo que lo deterioran (tal vez el efecto del fuego sea un buen ejemplo: muchos ecosistemas han sido, al menos parcialmente, modelados por el fuego, de manera que si evitamos éste siempre se empobrecerían, dado que determinadas especies lo necesitan; ahora bien, un incendio devastador, incontrolable, hace que este mismo fuego necesario tenga consecuencias imprevisibles y de todo punto indeseables).

No hace mucho tiempo, pongamos treinta años, todo el mundo pensaba que una naturaleza al margen del hombre sería la arcadia feliz, el paradigma de la conservación.

La solución, entonces, parecía sencilla: no hay que intervenir, hay que eliminar todo rasgo de humanización. Por otro lado, se trataba de una salida hasta cierto punto cómoda: si las cosas resultaban mal, sería la naturaleza quien se había equivocado, no nosotros.

Hoy los planteamientos han cambiado de signo, la naturaleza es dinámica y está modificándose permanentemente. Cierto grado de perturbación es necesario para conservar la diversidad biológica. La acción del hombre (o quizás, la acción los homínidos) ha modelado los ecosistemas desde hace al menos cientos de miles de años, de manera que si hoy la elimináramos (en el caso de que fuera posible) seguramente perderíamos una parte destacada de la riqueza que pretendemos conservar. Todo ello nos sugiere que el desafío es otro. No se trata tanto de volver al pasado (¿a qué pasado? ¿por qué al “antes”de hace un siglo, y no al “antes” de hace quinientos, mil, o diez mil años?) como de decidir qué queremos conservar y saber cómo hacerlo. El destino está en nuestras manos, y eso supone mayor responsabilidad: tenemos que tomar decisiones, y si nos equivocamos, no será culpa de la naturaleza, sino nuestra.

Puestas así las cosas, resulta evidente que los buenos deseos son necesarios pero no suficientes. Para decidir con acierto precisamos metas claras y más información, mayor cantidad de conocimientos. Todos tenemos la sensación de que estamos tensando demasiado la cuerda y en cualquier momento se puede romper, lo que supondría el colapso de nuestra manera de vivir y, quién sabe, tal vez el final de nuestra propia especie. Pero ante un dilema tan serio convendría saber con precisión, científicamente, hasta dónde podemos tensarla, qué puede pasar si hacemos esto o lo otro, de qué manera es posible conseguir un mundo mejor, más rico, más igualitario y más pacífico, sin poner en riesgo, al mismo tiempo, la supervivencia de todos.

Miguel Delibes. Director de la Estación Biológica de Doñana.
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