Una guía racional para la Muerte y el Más Allá




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fecha de publicación06.03.2016
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NUESTRA ÚLTIMA AVENTURA
Una guía racional para la Muerte y el Más Allá
E. Lester Smith

DEDICADO
A TODOS AQUELLOS QUE TEMEN A LA MUERTE
"¡Oh, estoy muerta! ¡Qué maravilla!

Prólogo
VIAJES DE AVENTURAS
Desde mi adolescencia siempre me ha gustado planear viajes de aventuras. Al principio me iba de excursión durante un día yo solo; más tarde ingresé en un grupo de campistas y excursionistas y al final llegué a ser su jefe. Organizábamos, por turno, una excursión en tren cada domingo, desde Londres hasta algún punto de los Home Counties, nos llevábamos un bocadillo para comer y tomábamos el té en cualquier café del camino, En verano, a veces organizábamos un camping de fin de semana y nos llevábamos la tienda, preparando la comida con un hornillo. En Semana Santa y Pascua solíamos organizar una excursión con la tienda de campaña recorriendo, por ejemplo, la isla de Wight o los South Downs. También planeábamos a veces juntos las vacaciones veraniegas, en grupos más pequeños, en un camping o en albergues de juventud o
pensiones, en las Islas Británicas o en Europa, y siempre nos llevábamos lo mínimo indispensable en una mochila cargada a la espalda.

Lo que quiero resaltar aquí es que todas estas excursiones tenían que ser planeadas por anticipado por el aventurero solitario o por el jefe de grupo. El plan tenía que ser preciso y detallado, pero flexible. Si se dejaban cabos sueltos, las vacaciones podían acabar en un desastre, porque no conseguíamos llegar al punto final con tiempo suficiente para volver a casa y empezar a trabajar el lunes.
Si el plan era demasiado rígido, entonces la aventura se hallaba sobre todo en la mente del organizador y la excursión resultaba muy reglamentada y poco agradable. Era necesario dejar un margen para contingencias: mal tiempo, un descanso más prolongado
si el calor era excesivo, un atajo o un camino atractivo y una reestructuración del tiempo para llegar al objetivo. Todo esto representaba cierta diversión y aventura dentro de la misma excursión; cualquier hora y cualquier día podían aportar una inesperada experiencia nueva que aumentaba nuestro placer.

En esa época, la mayoría de la gente consideraba que las vacaciones consistían en volver a la misma pensión del mismo pueblecito de la playa, año tras año. Una tentativa de mínima aventura quedaba satisfecha cambiando, por ejemplo, de Southend a Margate. Todavía no existían las vacaciones económicas organizadas, y relativamente poca gente viajaba al extranjero. Nuestras excursiones, por otra parte, aunque eran árduas físicamente, desarrollaban nuestros miembros y pulmones juveniles y nos compensaban inmensamente. Eran memorables.

Después de graduarme, empecé a trabajar en un laboratorio de investigación y desarrollo industrial. Años después, sintiendo la necesidad de un descanso, tras un período de investigación intensiva, pedí permiso para tomarme inmediatamente una semana de
mis vacaciones anuales. Me lo concedieron y pensé qué podía hacer yo con aquel tiempo. Mirando un mapa de las Islas Británicas y gustándome mucho las islas, decidí hacer una excursión por la isla de Man, que todavía no conocía. Al volver a casa compré un pequeño mapa militar de la isla, recogí toda la información gratis que pude obtener de una agencia de viajes y pregunté los horarios de trenes y barcos. En casa, puse la ropa mínima necesaria en la mochila y, junto con otras cosas esenciales, cogí la comida sufíciente para unos días. Como era vegetariano de nacimiento, me bastaron unas cuantas galletas de cereales, queso, almendras, chocolate y fruta. Mi plan consistía en buscar alojamiento para dormir y desayunar en una casa particular; a fínales de 1920 se consideraba razonable pagar dos chelines y seis peniques por una noche. Y pensaba
cenar en un bar o en el lugar donde pasara la noche.

Al día siguiente tomé un tren hacia Liverpool y durante el viaje estudié el mapa y planifiqué la excursión. Pensaba seguir la costa, entrando de vez en cuando hacia el interior. No sabía qué dirección seguir, si la derecha o la izquierda, pero al final preferí hacer lo último. ¿Podría planificar cada excursión diariamente y llegar a una ciudad o pueblo donde alojarme? ¿Podría recorrer toda la distancia a pie o tendría que viajar a veces en tren o en autobús? Hice un plan general solamente y di cierto margen a los cambios que me indicaran las circunstancias o mis deseos.

En la travesía empecé a disfrutar de mis vacaciones. El barco llegó por la noche a Douglas, capital de la Isla de Man y lugar de máxima atracción para la mayoría de turistas. Yo no estaba de humor para aquellas alegres luces y ansiaba la soledad de las montañas y de los senderos. Subí a uno de aquellos famosos tranvías de Douglas, pequeños, abiertos por los lados, con unos bancos para sentarse y tirados por caballos. Me llevó hacia el Norte, en dirección a Laxey, donde busqué y encontré alojamiento para la primera noche. A la mañana siguiente empecé a subir el Snaefell, la montaña más alta de la isla, a más de 2.000 pies, y me detuve en el camino para admirar la enorme Gran Noria de Laxey. No es una atracción de feria, sino un ejemplo de la industria primitiva, una estación hidráulica que extraía el agua de las minas de plomo. Hacía un tiempo espléndido y disfruté escalando la montaña, pero la cima estaba rodeada de nubes y la visibilidad quedaba reducida a unos cuantos metros. Cuando me acercaba ya a la verde cima me perdí y empecé a dar vueltas un poco aturdido. La brújula me indicaba que
estaba caminando en círculo, muy cerca de la cima, y giré por una pendiente suave llegando en seguida a la cima. La mayor parte de la gente se hubieran sentido solos en aquella cima desolada. Pero yo, realmente, no me sentía solo, aunque era totalmente consciente de mi soledad (que no es lo mismo) y la disfrutaba. Observando a través de la niebla, y con gran sorpresa de mi parte, vi a otro ser humano. No sólo sentí asombro, sino casi desconcierto al encontrarme con el pastor local, que cuidaba su rebaño en aquellas solitarias alturas. «¡Ah!», dijo, «debería haber estado usted aquí ayer; podían verse cinco países.» (Isla de Man, Irlanda, Escocia, Inglaterra y Gales). No pude esperar a que las nubes desaparecieran y tuve que perderme aquella magnífica vista. Bajé por el otro lado de la

montaña hacia el norte de la isla, por unas carreteras estrechas que forman parte de la ruta de las carreras anuales de motos. Fui a visitar Ramsey, «la Reina del Norte», y luego crucé hasta la costa oeste.

Al día siguiente seguí la ruta de los altos acantilados de la costa oeste de la isla. Allí me maravillé del rugido del viento y de la panorámica del mar encrespado, desde la alto, y éstas son las imágenes que todavía guardo en la memoria cincuenta años después.

El resto del viaje siguió de acuerdo con el plan. Continué por Kirk Michael, la antigua ciudad de Peel, y luego me dirigí hacia el interior para ver el Tynewald Hill. Una vez al año, el Old Midsummer Day, el 5 de julio, la Casa de las Llaves, el antiguo parlamento Manx, se reúne aquí todavía, en una ceremonia al aire libre. Continué por encima de S. Barrule y por el extrañamente llamado Cronk-ny-Irree-Lhaa hacia el frecuentado punto de esparcimiento de Port Erin, y luego hasta Spanish Head para contemplar, al otro lado, la

hermosa y pequeña isla, Calf of Man, al sur; desde allí, otra vez hacia el este, hasta Port St. Mary y el pintoresco Castletown, la vieja capital, con el castillo Rushen y una deliciosa bahía, y luego de regreso a Douglas. Volví a casa y al trabajo con el ánimo renovado y

entusiasmado.

Aproximadamente un año después pasé unas vacaciones mucho más aventuradas en los Alpes con tres amigos, todos mayores que yo, de nuestro grupo de excursionistas. Fuimos a Ginebra en tren y en barco y luego hasta Martigny. Desde allí empezamos una excursión caminando y escalando montañas, recorriendo una larga elipse de cincuenta millas alrededor del Mont-Blanc. Esta montaña tan alta de los Alpes está situada en el punto de encuentro de tres fronteras nacionales, las que separan Francia, Suiza e Italia.

Nuestra excursión fue un buen ejemplo de la necesidad de que los planes sean tan flexibles como bien hechos. No teníamos ni idea, cuando empezamos, del dilema con el que nos íbamos a encontrar, ¡Y lo solucionamos cruzando peligrosa e ilegalmente una de aquellas fronteras!

Empezamos a caminar cuesta arriba hasta el idílico pueblecito montañoso de Champex, a 4.800 pies. Además de una impresionante vista de la montaña y de los bosques, y de sus maravillosas escaladas, tenía un lago de una milla de circunferencia que ofrecía la

posibilidad de un perfecto paseo bajo una noche estrellada, después de la cena. Un día subimos hasta la Cabane d'Orny, un refugio de montaña al pie del glaciar Orny, a 8.800 pies. Pensábamos que aquel sería el punto más alto de nuestras vacaciones, pero, de hecho, más adelante íbamos a escalar hasta dos mil pies más de altura. Por el momento nos quedamos en Champex unos cuantos días más, antes de empezar el descenso hasta la carretera de la montaña que sale de Martigny y pasa por encima del Gran Paso de San Bernardo. Llegamos a la carretera de Orsiers, que es un pueblo típico de montaña construido a base de grandes bloques de piedra local y cuyos tejados están hechos de pesadas losas de pizarra que los protegen contra las tormentas invernales. Dispuestos a atravesar el Val Ferret ya subir por el Col Ferret, llegamos hasta el Gran Paso de San Bernardo, a 8.100 pies. Allí visitamos el Hospicio y vimos aquellos famosos perros de San Bernardo que llevan pequeñas botellas de coñac a los viajeros atrapados por la nieve del invierno. Siguiendo cuesta abajo pasamos por el pintoresco pueblo de St. Remy, en dirección a Aosta, en Italia, y luego a Courmayeur, donde descansamos durante unos días. Allí estalló el golpe.

Mussolini estaba en aquella época ejercitando sus músculos y nos enteramos de que habían cerrado todos los pasos para salir de Italia, excepto los del Gran y el Pequeño San Bernardo. Aquello era una gran contrariedad; habíamos llegado pasando por el Gra San

Bernardo y el Pequeño Paso de San Bernardo nos alejaría mucho de la ruta prevista. ¿Qué podíamos hacer? Pues bien, consultamos con los guías locales de la montaña y nos dijeron que no tendríamos dificultad alguna si seguíamos su consejo. Nos prometieron sacarnos de Italia, pero no nos aclararon el modo en que pensaban hacerlo. Nos preguntaron si éramos buenos escaladores. Y en realidad no lo éramos. Bueno, era igual, pero necesitábamos hachas para el hielo. ¡Hachas para el hielo! Aquello sí que era una aventura; no nos considerábamos unos alpinistas. Seguramente no volveríamos a necesitar un hacha para el hielo y no quisimos gastar nuestros pequeños ahorros comprando una para cada uno. Preguntamos si podíamos alquilarlas y nos dijeron que sí. Al día siguiente salimos con nuestro guía, llevando nuestras pertenencias en la mochila y un hacha para hielo cada uno. Subimos por aquellas frondosas colinas hasta dejar atrás la línea de árboles. Y ante

nosotros vimos un gigantesco muro vertical de piedra, que se extendía a lo lejos, a derecha e izquierda. Era claramente infranqueable, pero nosotros nos dirigimos directamente hacia él. Al acercarnos vimos una carretera tortuosa que subía serpenteando por aquella pared rocosa, como una escalinata irregular e interminable, constituida por peldaños separados por tres o cuatro pies de altura. Lentamente y entre grandes jadeos, debido al ejercicio y al

aire fresco, fuimos subiendo cada vez más hasta llegar a una altitud de 11.000 pies, a dos millas por encima del nivel del mar, y llegamos por fin a la cima. Era más llana y podíamos divisar desde ella la cabaña de los alpinistas, el Riforgio Torino, donde pasaríamos la noche. Pero estábamos todavía en suelo italiano; nuestro desafío a Mussolini tendría lugar al día siguiente.

En el refugio cenamos y luego nos pusimos a dormir en un rincón. El guía insistió en la necesidad de salir muy temprano, a las cuatro, para poder cruzar el campo de nieve antes de que el sol del verano la reblandeciera. Nunca, antes ni después de aquello, pasé tanto frío, excepto tal vez cuando me he bañado en agua inesperadamente congelada. Llevaba ropa ligera y unos pantalones cortos propios del calor de un día de verano; pero era de noche, estábamos a 11.000 pies de altura y un viento glacial soplaba a través de

millas de hielo y nieve.

Al llegar a la nieve nos atamos todos con una cuerda y vimos la utilidad de las hachas que llevábamos, pues nos sirvieron como una especie de tercera pierna para apoyarnos en aquella superficie resbaladiza y congelada. En algún punto de allí arriba, en aquel

desolado campo de nieve, cruzamos la frontera invisible entre Italia y Francia. Desde luego, no había guardias fronterizos italianos para detenernos. Habíamos subido por el Col du Géant, un paso de la cordillera del Mont-Blanc, a dos tercios de la altura de la misma

montaña. A medida que descendíamos por el otro lado, la nieve aplastada iba dando paso, gradualmente, al hielo duro. Pero no era nada regular; la intensa presión de las nieves de invierno la había ido amontonando formando unos grandes montículos y crestas.

Teníamos que ir cortando el hielo para evitarlos. Pero peores aún eran las grandes hendiduras, que encontrábamos de vez en cuando, unas grietas muy profundas en el hielo, demasiado largas para bordearlas, demasiado anchas para saltarlas y demasiado peligrosas

para deslizarnos por el hielo resbaladizo. ¿Qué podíamos hacer?

Aquel guía alto y atlético saltó primero y nos fue llamando uno a uno para que le siguiéramos. Se apuntalaba, luego sostenía la cuerda delante del que iba a saltar y daba un buen tirón cuando la persona se encontraba en el aire. Una chica bastante bajita de nuestro grupo estaba aterrorizada y segura de que no podría saltar la hendidura, cayendo en el agua negra y congelada que teníamos debajo. Pero, naturalmente, lo consiguió una y otra vez gracias a la ayuda del guía. Si uno de nosotros se hubiera caído, podrían habernos izado con la cuerda, aterrorizados pero ilesos. Y así fuimos bajando aquel famoso glaciar, el Mer de Glace. En cuanto pudimos, cruzamos el borde izquierdo del glaciar y luego continuamos por encima de los cantos rodados de la morrena que está formada por grandes y pequeñas rocas arrancadas de la montaña por el hielo y escupidas a cada lado y al final del glaciar.

Fuimos, pues, bajando a tropezones casi cinco mil pies, hasta llegar a Montenvers, cerca del pie del glaciar. Allí había un restaurante donde comimos, bebimos y nos felicitamos. Al fin y al cabo, éramos unos intrépidos alpinistas. ¡Habíamos escalado el poderoso Col du Géant, a dos tercios de la altura del mismo Mont-Blanc, y habíamos atravesado toda la longitud del Mer de Glace! Pero entonces volvió a aparecer nuestro guía para despedirse y nos dejó bastante deshinchados. Con nuestras cuatro hachas de hielo al hombro se disponía a volver solo de regreso, escalando el glaciar y luego bajando por aquel terrible muro de roca hasta Courmayeur, en lo que quedaba de día. Nos quedamos anonadados, pero sin

embargo lo habíamos conseguido con su ayuda, y para todos nosotros aquella experiencia continúa siendo la mayor emoción de nuestra vida. Ahora puede hacerse toda la travesía en una hora, poco más o menos, gracias a una serie de cabinas colgantes. Y, considerándolo a la luz de la experiencia, sé ahora que aquel muro de roca no era peligroso, sino sólo terriblemente fatigoso; pero el glaciar hubiera sido muy peligroso de no haber contado con un guía. Nuestro mayor peligro era la posibilidad de torcernos un tobillo, porque llevábamos sólo unas gruesas botas en lugar de las botas de escalar que algunos de nosotros compramos más tarde para otras expediciones.

Despreciando la línea férrea del cremallera, bajamos por la zigzagueante carretera hasta Chamonix. Desde allí seguimos caminando, todavía en Francia, y pasamos unos días en Argentiers antes de volver, vía Trient, hasta Martigny, y luego tomamos el tren y el barco para regresar a Inglaterra.

Afortunadamente, muchos jóvenes tienen todavía este espíritu de aventura. Algunos siguen haciendo excursiones y acampando, aunque si van a pie probablemente se alojarán en un albergue juvenil, y si acampan es probable que lleven la tienda en la moto o en el coche. Sin embargo, estoy seguro de que no sienten la emoción que sentíamos nosotros al hacerlo todo de la manera más difícil y con pocos medios. Posteriormente, yo también he organizado excursiones en coche, o viajes de negocios en avión por Europa y América, y he disfrutado mucho preparándolos con todo detalle, pero todos han sido realmente mucho menos arriesgados y emocionantes que aquellas primeras vacaciones.

Hoy en día el espíritu de aventura queda también empañado por ]as vacaciones organizadas. Es tan fácil coger un puñado de atractivos folletos de una agencia de viajes y seleccionar simplemente las vacaciones más encantadoras que veas a un precio asequible. Con los viajes charter y los hoteles de precio reducido para grupos resulta todo más barato que si viajas solo.

Pero ¿por qué os estoy contando todo esto? ¿Qué relación tiene con el tema de este libro? Pues, simplemente, ésta. Tenemos ante nosotros un viaje que nadie puede evitar, nuestra última aventura, la muerte y el más allá. Si viajáis al extranjero es recomendable

llevarse un mapa y una guía para el país. La mayoría de la gente se enfrenta a la muerte sin preparación alguna. Algunos tienen miedo y se niegan ni tan siquiera a pensar o a hablar de ella; otros están resignados o dispuestos a irse cuando les llegue la hora; hay muy pocos que tengan una idea clara de lo que les espera. A mí me parece que es una cosa estúpida e innecesaria y que será una experiencia más fácil y tal vez incluso placentera, si conocéis de antemano lo que os espera. ¿Cómo podéis saberlo? En los capítulos siguientes he tratado de escribir una guía lógica para el otro mundo.

Mi analogía de los viajes de ultramar no es, sin embargo, exacta del todo. En realidad, no os dirigís a un lugar nuevo, a una especie de cielo en el firmamento. Os dirigiréis hacia un espacio interno que, hasta cierto punto, ya conocéis. Muchas personas han hablado de este espacio interno. Exploremos este espacio con la imaginación, de un modo lógico y sin sentimentalismos, basándonos en nuestra propia experiencia y ampliándola. Este libro es el resultado de mis lecturas y de mis reflexiones, reforzado por períodos de silencio interno. Al hacerme mayor, he querido experimentar esta aventura con la imaginación. Por favor, acompañadme.
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