Una guía racional para la Muerte y el Más Allá




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fecha de publicación06.03.2016
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CAPÍTULO VII



LA BENDICIÓN CELESTIAL
«Se murió y se fue al cielo» , dice el cuento.

Así lo hizo y así lo haremos todos, pues éste es un cuento que se convierte en realidad para todos. Pero no es tan sencillo ni tan inmediato como implica la historia. La morada natural del Yo Superior es el reino que ha sido llamado por algunos el «plano» mental y al cual voy a referirme como al cielo. La abrupta transición desde la vida terrena a la vida celestial sería demasiado súbita y realmente muy poco agradable para la mayoría de nosotros. Necesitamos un período de preparación en un reino intermedio y en este libro la etapa preparatoria ha sido explicada en varios capítulos. Primero intenté convencer a los lectores occidentales escépticos y de mente materialista de que el cielo existe, no tanto como un

lugar sino como un estado de existencia. Luego traté de persuadirles, mediante las pruebas de que disponemos, de que la vida después de la muerte no necesita ser algo temible y que incluso sus primeras etapas podrían ser una aventura atractiva. Finalmente, nos hallamos, con nuestra imaginación, a las puertas del cielo. ¿Cómo será?

En primer lugar la transición no será repentina o inesperada. Hemos visto cómo las personas que mueren tranquilamente de vejez tienen a menudo algunas visiones de la vida que les espera. Pueden recordar, más claramente que antes, sus visitas al otro mundo en sueños o tener experiencias conscientes extracorporales. Cuando el momento de la muerte se halla próximo nos dicen que ven lo que les espera para recibirles. Es realmente una observación muy corriente la de que el rostro de los muertos tiene una expresión de paz y felicidad. De la misma manera, la gente que está a punto de pasar a esta etapa siguiente de la existencia del más allá, tiene vislumbres de lo que les espera. Tal vez pasen algunos períodos cortos en ese reino puro y refinado y luego vuelvan a retroceder a los niveles familiares superiores del reino intermedio. Pero al final están preparados y deseosos de continuar avanzando. En esta etapa habían vuelto ya, finalmente, la espalda a las atracciones de la vida terrena ya sus duplicados más refinados de los niveles astrales. Habían purificado su alma de todas las emociones más groseras, que no pueden encontrar expresión en el mundo celestial. Aunque se halle en lo que se conoce como el nivel mental, sería un error considerarlo exclusivamente como un mundo de ideas, impresión que podríamos formarnos después de leer la literatura que hay sobre el tema. Indudablemente, debemos llevarnos al cielo la parte más elevada de nuestra naturaleza emocional pues el amor altruista es considerado como una característica importante de esta etapa. Entonces podéis preguntar, como yo tuve que preguntarme, ¿cuál es, pues la diferencia? En los niveles más elevados del reino astral podemos ejercer nuestras emociones más puras y tenemos acceso a nuestra mente inferior. Ahora el énfasis cambia; moramos, por así decirlo, en nuestra mente y tenemos acceso a las emociones apropiadas. ¿Es sólo esto lo que cambia? No, no lo es.

La etapa intermedia que nos estamos preparando para dejar (con la imaginación) era una especie de existencia artificial, en cierto modo, porque estábamos entonces separados de nuestro verdadero Yo; éramos seres incompletos. Ahora, al final, al entrar en el cielo, llegamos a nuestra verdadera morada: nos reunimos con nuestro Yo Superior, volvemos a ser un todo. Lo que es más, nos hemos despojado de todos los aspectos fatigosos de nuestra personalidad, aquellos que nos impiden conocer a Dios. Ahora estamos liberados de todo esto; podemos entrar en nuestra verdadera morada, finalmente, en paz y con toda gloria.

Esta nueva vida es tan diferente de la vida terrena que es muy difícil de imaginar. Todas las características desagradables de la vida en la tierra quedan ahora olvidadas; en el cielo no hay tristeza ni recuerdo de infelicidad ni de maldad. Solamente recordaremos los acontecimientos felices y valiosos y la sabiduría que hemos obtenido en la vida pasada. La imaginación es la clave de este mundo, incluso más que en la etapa intermedia. Todo cuanto imaginamos viene a la existencia al instante. Creamos nuestro propio cielo

exactamente tal como lo deseamos. Si nos creemos aquella caricatura en la que estamos sentados en una nube tocando el arpa, entonces, eso es precisamente lo que haremos hasta cansarnos y pensemos en algo más interesante que hacer. Si somos devotos, podemos pasar largas temporadas en actitud contemplativa en nuestra iglesia, templo o mezquita particular, o encontrando a Dios en la naturaleza. Pero si nuestra idea del cielo es la imagen de una vida familiar feliz, entonces será eso; familia y amigos, vivos o muertos, estarán a nuestro alrededor en feliz comunión. ¿Cómo puede ser esto, podéis preguntaros, cuando algunos de ellos están todavía vivos en la tierra? Ya he dicho que la imaginación era la

clave: son figuras creadas, en su mayor parte, por la imaginación, aunque parecerán reales y, en cierto sentido son reales porque cada una de estas imágenes es una especie de duplicado de la verdadera persona, vivificada por los propios pensamientos y sentimientos. En ese mundo es posible estar en muchos lugares a la vez, incluso sin saberlo conscientemente. Pero si el pensamiento o el amor por otra persona es suficientemente fuerte y él o ella está también en el cielo, entonces podemos realmente encontrarnos y

comunicarnos conscientemente. Si esto sucede, es una comunión más íntima, completa y satisfactoria que cualquier cosa que podamos experimentar en la tierra: nos convertimos, por así decirlo, en un solo y único pensamiento.

Si, no obstante, nuestra idea del cielo tiene un cariz más intelectual o artístico, entonces, tampoco quedaremos decepcionados.

Podemos pasar nuestro tiempo intercambiando ideas con otros que tengan intereses similares, aprendiendo o enseñando, según se prefiera. No será como un debate o una discusión terrenal pesado o interrumpido por palabras inadecudas y susceptibles de ser mal

interpretadas. La comunicación consiste en una especie de telepatía de las ideas, de los pensamientos en sí, y no de su torpe expresión verbal. Si nos gusta hacer planes o somos pensadores creativos tal vez sigamos elaborando espléndidos planes y organizando

nuevas civilizaciones, donde todo el mundo sea sabio y se sienta feliz. O tal vez crearemos una maravillosa filosofía nueva que guíe a los hombres hacia la sabiduría y la armonía. Podemos hacer cuanto deseemos, dando rienda suelta a la imaginación. Tal vez escuchemos una música celestial, distinta a cualquier sonido producido por instrumentos terrenales, o incluso tal vez compongamos esa música. Podemos contemplar o incluso escribir grandes obras de teatro y óperas. y cosas por el estilo; todo cuanto hagamos o disfrutemos será lo que queramos hacer; una continuación de las actividades preferidas en la tierra llevadas a cabo sin ninguna traba o frustración por las limitaciones terrenales.

¿Parece todo esto demasiado maravilloso para ser cierto? No lo será. La realidad será mucho más maravillosa de lo que puede, posiblemente, imaginarse. Sin embargo, en otro sentido sí es demasiado bueno para ser cierto. Dejad me que intente explicaros esta contradicción. Cuando en la vida terrenal tenemos una visión del otro mundo (astral) descubrimos que se halla fuera de toda descripción. Tiene sus cualidades únicas: en muchos aspectos es distinto a todo cuanto hay en la tierra y es maravilloso. Pero si

pudiéramos elevarnos con toda nuestra conciencia a mayor altura, hasta el siguiente nivel importante que es este mundo celestial del que estamos hablando, nos ocurriría exactamente lo mismo. La experiencia sería una revelación totalmente nueva de un estado del ser más glorioso, más libre y más elevado de lo que nunca podríamos haber imaginado. Pues este nivel mental también tiene su propia singularidad, sus propias cualidades especiales e imprevisibles.

Pero en la práctica, muy pocos de nosotros somos capaces de hacer esta transición mientras nos hallamos todavía en la tierra, y por eso no tenemos experiencia de este nuevo mundo extraño, no sabemos cómo enfrentarnos a él. Cuando al final llegamos a esta esfera,

después de la muerte, somos como bebés recién nacidos en la tierra. Pero ésta es una analogía imperfecta; el bebé aprende en seguida. Sin embargo, cuando alcanzamos el cielo, parece que no somos capaces de experimentar y aprender como lo hace un bebé; sólo

podemos hacer uso de las experiencias que ganamos mientras reteníamos todavía un cuerpo físico y un cerebro que nos ayudaba a organizar estas nuevas experiencias. Pero la mayoría de nosotros, en la vida terrenal, no estamos todavía preparados para estas experiencias sublimes: tenemos otros asuntos terrenales para tenernos totalmente ocupados. Así que llegamos al cielo sin preparación alguna y lo único que podemos hacer es crear nuestro propio trocito de cielo a nuestro alrededor y morar en él subjetivamente en una

especie de estado de sueño. Después de leer una narración bastante subjetiva de la vida después de la muerte, anoté en mi libreta «mil años de ensueños» para resumir el período celestial. Luego me di cuenta de que todo aquello era un engaño. Para un yogui de larga

experiencia que haya superado este nivel mental, la situación de la mayoría de habitantes del cielo seguramente le aparecería así, pero a cada uno de estos individuos no les parece igual en absoluto. Para cada uno de ellos es una vida plenamente feliz, en perfecta libertad

yeso es lo que importa -nuestros propios sentimientos respecto a la situación. Ya he dicho que las condiciones de este mundo son realmente indescriptibles y todo esto tal vez no tenga mucho sentido en estos momentos. No os preocupéis; lo disfrutaremos enormemente cuando lleguemos allí.

Sin embargo, voy a intentar otra vez aclarar un poco las cosas. Otra narración de la vida después de la muerte sugiere que es un engaño cruel considerar la vida del cielo como un nuevo sueño e ilusión. En la vida física, se señala, muchos de nosotros están considerablemente centrados en sí mismos y actúan solamente dentro de un área limitada. Estamos limitados no sólo respecto a nuestro lugar de residencia ya nuestro trabajo, sino en nuestros pensamientos e ideas, y vivimos en nuestro propio pequeño mundo de prejuicios, hábitos y convenciones. Por eso no sería de sorprender que hiciéramos lo mismo en el cielo. Sin embargo, no es lo mismo; en el cielo estamos mucho más cerca de ese origen de nuestro ser, y por ello vemos y pensamos de un modo más real. Tampoco hemos de suponer que esta larga permanencia en el cielo sea inútil.

Por el contrario, tiene su propósito y realmente sirve para un objetivo dual. Por una parte «recibimos la recompensa en el cielo» por todas las pruebas y tribulaciones de una vida difícil bien pasada en la tierra; disfrutamos de una tranquila relajación y reflexionamos

sobre nuestras adquisiciones de la vida pasada. Por otra parte, estas reflexiones tienen un valor positivo; tenemos un tiempo muy largo para digerir nuestras numerosas experiencias y extraer de ellas su virtud. Entonces transmutamos la experiencia en sabiduría, y las

aspiraciones sin realizar, con facultad de llevarlas a cabo en caso de tener otra oportunidad. Se necesita tiempo y libertad de compromisos para hacer todo esto. Tenemos a nuestro alcance cuanta fuerza necesitemos y podamos utilizar. ¿Cuánto tiempo necesitamos? Algunos dicen que la vida en el cielo es eterna. Yo he sugerido ya un período de unos mil años, y se dice que las personas que han vivido una vida muy intensa pueden incluso necesitar más.

Para la mayoría de nosotros una estancia de unos cuantos siglos parece probable, pero realmente no lo sabemos con certeza y es probable que haya grandes variaciones de unas personas a otras. La vida en la tierra parece estar avanzando cada vez con más rapidez, a

medida que la ciencia y la civilización aportan rápidos cambios a nuestro modo de vivir ya medida que la población mundial aumenta velozmente. Por eso algunas personas sugieren que la vida celestial puede también verse acelerada. Ante la ausencia de cualquier acontecimiento que señale el paso del tiempo, la experiencia será intemporal y el tiempo, tal como nosotros lo entendemos, no tendrá valor alguno.

Tal como el «plano» astral descrito en el capítulo anterior, también se dice que el «plano» mental está subdividido en un número de subniveles, distintos entre sí por la cualidad de su substancia mental refinada. Sin embargo, ya hemos mencionado una duración más importante en dos partes. La mitad inferior está asociada con los pensamientos concretos y forma parte del reino de la personalidad, el yo inferior, mientras que la parte superior trata del pensamiento abstracto y es la morada del Yo Superior. Parece que el alma en el cielo no está obligada a experimentar las condiciones de los distintos subniveles, uno tras otro. Se ve atraída al nivel adecuado a su temperamento e inclinaciones.

¿Cuáles son, pues, las opciones? Se dice que el primer nivel es la morada natural de todas aquellas personas que no han pedido nada más en la tierra que una vida familiar afectiva y un círculo de buenos amigos. Si ésta es vuestra inclinación, entonces os veréis muy

complacidos. Vuestra familia y amigos están allí con vosotros, dondequiera que los queráis. No hay necesidad de viajar, como en la tierra, para visitar a los hijos y las hijas que viven lejos del hogar. Simplemente, bastará con pensar en ellos para tenerlos a vuestro lado, con todo su cariño, junto con sus esposas y esposos y con vuestros nietos, a los cuales tal vez raramente veíais en la tierra, u otros que posiblemente nacieron después de vuestra muerte. Vuestros amigos y sus familias también estarán todos a vuestra disposición en cuanto lo deseéis. Tal vez os preguntéis sobre los animales domésticos. Los echásteis de menos cuando murieron, o tal vez vosotros os fuisteis antes y los dejásteis llorando por vosotros. Sí, podéis tenerlos a vuestro lado. Será a través de la imaginación, verdaderamente, aunque parecerá tan real que no os daréis cuenta de ello. Los animales tal vez no sean capaces de alcanzar vuestro nivel, pero la imagen que crearéis al pensar en ellos estará animada y vivificada por el afecto que os tenían en la tierra. Tal como he explicado antes, lo mismo ocurre con los amigos. No podéis reclamarlos en exclusiva; sería algo egoísta e injusto, porque ellos tienen otros amigos. En el cielo no hay lugar para el egoísmo y la

injusticia. Pero eso no será problema alguno, porque los podréis ver tanto como queráis. Si os cansáis de su compañía no tenéis más que retirar vuestra atención y se desvanecerán.

El segundo nivel es para aquellos que buscaron su guía más allá de la familia y los amigos, que adoraron a algún personaje religioso como Jesús, Buda, Mahoma o algún santo en particular, o alguno de los Dioses Hindúes, según su secta religiosa aceptada. Si acudíais a la iglesia sólo el domingo, entonces, indudablemente, podréis continuar con algo parecido a esta práctica, pasando la mayor parte de vuestro tiempo en el primer nivel y visitando el segundo siempre que sintáis la necesidad religiosa. Ya no os veréis presionados por la costumbre local o por un sentido del deber. Podéis hacer exactamente aquello hacia lo cual os sintáis inclinados.

El tercer nivel es, sobre todo, para aquellos cuyas inclinaciones religiosas tenían un cariz menos personal, aquellos que adoraron a Dios o a la Inteligencia Cósmica o a Brahma, de alguna manera más abstracta. También para aquellos que veían el Principio Divino

encarnado en los hombres y en las mujeres y que se preocuparon actívamente por ayudar a los demás.

El cuarto nivel es para aquellos de una inclinación más intelectual, que llevaron estas abstracciones a un estadio más avanzado, intentando trabajar para el bien de la humanidad, en lugar de hacerlo para un individuo en particular o para grupos de personas.

Aquí están las personas para quienes el conocimiento espiritual fue una aspiración altruista, los fílósofos y los científicos más inspirados, los grandes escritores, actores, músicos, artistas y demás; la gente que trató de transmitir algo de su propia comprensión espiritual a los demás.

No hay necesidad de dar detalles y ejemplos más precisos. En el momento en que lleguemos al mundo celestial estaremos totalmente acostumbrados a vivir sin cuerpo físico. Hemos de insistir, una vez más, en que no necesitamos sentir el más mínimo temor ante esta nueva transición, esta nueva etapa de nuestra aventura. Ciertamente, será más agradable que el estado intermedio y seremos capaces de avanzar sin guía alguna. Sin esfuerzo consciente, nos encontraremos en las condiciones más idóneas para las necesidades del momento, y en otras igualmente adecuadas cuando las necesidades varíen.

Hay etapas todavía más elevadas de este mundo, pero las únicas personas que se sentirán bien allí son aquellas que estaban totalmente familiarizadas con el pensamiento espiritual abstracto en la tierra. Me refiero a las personas que comprendieron el propósito total de la vida y que estuvieron dispuestas a sacrificar los placeres mundanos para cooperar con estos fines espirituales. Tal como explicaré en mis restantes capítulos, hay en realidad muchas almas en los niveles superiores. La mayoría de ellas no están preparadas para tener una conciencia totalmente despierta en ese reino santo, y pasan el tiempo en una especie de sueño lleno de sueños benditos, una condición que no puede describirse sin dar lugar a malas interpretaciones. Sin embargo, se dice que todo el mundo tiene por lo menos una visión consciente del nivel superior, donde permanecemos desnudos, revelado nuestro Yo Superior verdadero y eterno, finalmente libre de aquellos últimos vestigios de la personalidad que hemos animado desde el nacimiento.

Como conclusión, voy a insistir una vez más en que la clave de una estancia larga y feliz en el cielo es el modo en que pensamos y actuamos en la tierra. Cuenta todo buen pensamiento y toda buena obra hecha espontáneamente, sin ninguna esperanza egoista de recompensa.

CAPÍTULO VIII
EL TRABAJO INACABADO
Hay un objetivo importante que atraviesa nuestra vida en la tierra y que llega a una especie de final en los mundos intermedios y celestiales. He sugerido antes que, durante este último período, extraemos una especie de esencia muy valiosa de las experiencias de la vida. Las transmutamos en sabiduría y en capacidad para actuar sabiamente. Reflexionamos sobre nuestros éxitos, nuestros fracasos y nuestros esquemas idealistas que no llegaron a nada,

preguntándonos cómo podríamos llevarlos a buen fin en caso de tener otra oportunidad. Pero ¿de qué serviría todo eso si nunca se nos diera otra oportunidad, si hubiéramos vivido ya nuestra vida, y éste fuera el final?

También he indicado que la vida en el cielo no es eterna, que acabamos por cansarnos de esta larga condición introspectiva semejante a un sueño, y nos gustaría terminarla, porque una vez más deseamos entrar en acción. Hemos estado pensando cosas sutiles e

imaginando maravillosos esquemas que necesitarían probarse en la tierra. y entonces rogamos: «Señor, dejad me volver, dejad me tener esa segunda oportunidad y esta vez intentaré hacerlo mejor.»

He dicho que no puede existir la tristeza en el cielo, y por eso nuestras plegarias tienen que ser respondidas. Estamos viviendo ahora totalmente en nuestro Yo Superior, la personalidad de la vida pasada ha quedado finalmente disuelta y hemos adquirido en

nosotros lo que de valor representó aquella vida para nosotros. Y la decisión la toma el verdadero Yo interno. Lo que más deseamos, realmente y verdaderamente, es regresar a la excitación y al desafío de la vida terrenal para demostrarnos a nosotros mismos que podemos tener éxito. ¡Y nuestro deseo se nos concede!

Cada día nacen en la tierra cientos de miles de almas como bebés vivos; por lo tanto, se podrá disponer un nacimiento adecuado. ¿Por qué tendrían que ser creadas de nuevo todas estas almas cuando hay muchas esperando nacer? Tal vez os habréis reído de la idea de la reencarnación o no sabíais qué pensar de ella. Pero, explicado de esta manera, ¿acaso no parece algo totalmente razonable e incluso inevitable? No es una idea tan poco frecuente hoy en día. Más de la mitad del género humano cree en la reencarnación como artículo de fe. A lo mejor os preguntaréis: Si es verdad, ¿por qué no se enseña esta idea en las otras grandes religiones, y especialmente en el cristianismo? Existen bastantes respuestas a

esta pregunta. Una es que la gente a la cual Jesús se dirigía estaba ya familiarizada con la idea, y no había necesidad de insistir más en ella. Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que parecen implicar la reencarnación. Algunos eruditos dicen que había otros textos similares en las primeras versiones, pero que fueron eliminados deliberadamente de las últimas traducciones por orden de uno de los Concilios de la Iglesia. Tal vez se trataba de una razón estratégica por parte de Jesús mismo o de la Iglesia, para evitar todo cuanto

no fuera una mínima referencia a la reencarnación. La gente que ya es indolente por naturaleza puede convencerse, al creer en la reencarnación, no sólo de dejar para mañana lo que puedan hacer hoy, sino dejar para la próxima vida lo que deberían realizar en ésta. Si, por el contrario, creen que sólo tienen esta vida, tal vez puedan sentirse inspirados para aprovecharla al máximo. Pueden desarrollar entonces más esfuerzo, ganar más experiencia y como resultado hacer un mayor progreso en esta vida. Estuviera o no predestinado, podemos ver que durante casi los últimos dos mil años, esta actitud ha dado lugar a una gran aceleración en el avance de la civilización. Tendemos a quejarnos de que se ha prestado una atención desmesurada al progreso material, a la vida cómoda y a las diversiones, más allá de nuestras verdaderas necesidades.

Pero también ha habido grandes mejoras en la educación y en las empresas culturales; por lo menos ahora tenemos tiempo libre y oportunidades para llevar una vida espiritual, si así lo deseamos.

La otra gran pregunta que la gente hace es ésta: Si he vivido en la tierra, ¿por qué no me acuerdo? Para esta duda también hay respuestas satisfactorias. Una es que algunas personas sí que se acuerdan de las vidas pasadas, ocasionalmente con todo detalle, y más a menudo en visiones fugaces. Pero la mayoría, ciertamente, no se acuerda. y esto no es en realidad sorprendente. Al fin y al cabo, ¿cuánto recordáis del principio de vuestra vida actual? Hoy

estáis leyendo este libro. Deteneos un momento y pensad en el pasado. ¿Qué estábais haciendo exactamente el mismo día hace treinta años, o incluso hace diez años? No podéis recordarlo, a menos que fuese un día especial, que tengáis una memoria excepcional o que hayáis mirado vuestro viejo diario. ¡Pero no tenéis diarios de las encarnaciones anteriores! Tal vez estos argumentos no os convenzan. Hay días que recordáis vívidamente. ¿Por qué no recordar, entonces, los momentos cumbres de una encarnación previa, aunque haya tenido lugar hace cientos de años?

Un argumento más fundamental se refiere al problema de quién o qué reencarna. He insistido ya en que el «Tú» que pide permiso para regresar es vuestro verdadero Yo interno, el «Tú» real, el Yo Superior. Pero ¿cuántas veces, en la vida normal diaria, pensáis en vosotros de esta manera? El «tú» normal es el yo inferior, la personalidad, urgentemente preocupada por los problemas diarios, los deseos, la comida, la bebida y los placeres, todo cuanto constituye la vida diaria. Es solamente cuando debéis tomar grandes decisiones, o tal vez el domingo, que dejáis de lado los pensamientos mundanos y os convertís brevemente en vuestro verdadero Yo espiritual. Así, esta personalidad, que es el «tú» durante tal vez el noventa y cinco por ciento del tiempo, este «tú» que recuerda los incidentes de vuestra vida, ésta es la entidad que se disuelve lentamente durante la vida después de la muerte. No reencarna. Al final de la vida en el cielo, la mayoría de los detalles de su vida terrena han quedado ya a un lado y olvidados. ¿Cómo podrían recordarse en medio del ajetreo de una futura vida en la tierra?

Lo que reencarna es esa esencia pura, ese «Tú» eterno que ocupa tal vez un cinco por ciento de vuestra vida en la tierra. Este «Tú» no se preocupa demasiado por los acontecimientos, por los incidentes en sí; éstos pueden quedar para la personalidad que se preocupa de ellos principalmente. El «Tú» interno recuerda, no tanto el acontecimiento en sí, como el efecto perenne que tuvo sobre vuestro carácter. La mayor parte de los pequeños acontecimientos de la vida son demasiado triviales para pertenecer a esta categoría. Así

que la entidad reencarnante ya ha perdido todo interés por la vida pasada, a excepción de sus acontecimientos realmente significativos. La atención se dirige hacia la vida futura y cuando ésta llegue, el «Tú» se interesará debidamente por aquel presente nuevo, y por

llevar a término todos los nobles planes que el «Tú» recuerda vagamente haber elaborado en el cielo. No hay razón para preocuparse por un pasado que fue vivido por otra personalidad, pues esa es la verdadera situación. En la nueva vida se va construyendo gradualmente una nueva personalidad a medida que la infancia se desarrolla hacia la juventud y hacia la vida adulta.

Unas pocas personas sí que recuerdan su vida anterior en la tierra, con todo tipo de detalles, pero estos casos excepcionales deben considerarse aparte. Parecen ocurrir o descubrirse especialmente en la India y en otros países orientales, y los recuerdos empiezan en la primera infancia, en cuanto los niños pueden hablar de ellos. En estos países, donde la idea de la reencarnación está aceptada, estos recuerdos no deben parecer tan extraños y los padres deben escucharlos. Casos similares ocurren también en los países occidentales, pero los padres tienden a ridiculizar las historias del niño sobre la vida anterior, de modo que, con la sabiduría precoz de los niños, éstos dejan de hablar de sus recuerdos y los pierden en seguida. El doctor Ian Stevenson ha recogido muchos casos. En cada uno, el renacimiento había ocurrido pocos años después del final de una vida corta anterior, de modo que no fue demasiado difícil descubrir, por las descripciones del niño, dónde había vivido anteriormente Luego, con la ayuda del doctor Stevenson, el niño era conducido hasta aquel lugar que reconocía, y encontraba el camino hasta la casa anterior, a menudo situada tan sólo a pocas millas de la casa actual. Algunos parientes todavía vivos confírmaban la

historia del niño sobre la vida anterior, a veces contada con detalles precisos e íntimos. El doctor Stevenson aplicó su capacidad de psicólogo para analizar estos casos, para tratar de encontrar explicaciones más normales, pero tuvo que llegar a la conclusión de que la reencarnación era realmente la más aceptable para explicar toda la evidencia.

Dije en otro momento que toda regla tenía sus excepciones y creo que estos casos representan excepciones al curso natural de los acontecimientos. Dado que, por razones que no sabemos, estos individuos encarnaron muy pronto después de morir, no habría

habido tiempo para que sus anteriores personalidades se desintegraran gradualmente tal como he descrito. Por consiguiente, nacieron probablemente otra vez reteniendo su personalidad anterior completa con sus recuerdos. Obviamente, tenían un cuerpo

físico nuevo, pero parece probable que su aspecto emocional y mental fueran aportados de una vida anterior. Creían, pues, recordar acontecimientos de su vida actual; es decir, tenían continuidad de memoria. Pero, dado que esto no ocurre para la mayoría de nosotros, no es sorprendente que tengamos muy pocos recuerdos, o ninguno, de las vidas anteriores. A veces, sin embargo, recuperamos un destello, como cuando creemos reconocer a una persona o un lugar que no hemos visto antes en esta vida.

He dado a este capítulo el título de «El Trabajo Inacabado». El renacimiento no es de ningún modo un asunto casual Como todo lo demás, está gobernado por unas reglas, por la ley natural, aunque ésta no esté todavía reconocida por la ciencia. En Oriente se

reconoce como la Ley del K arma, la ley que organiza las cosas de manera que cosechéís lo que habéis sembrado, ya sea bueno o malo. Si no fue posible recoger la cosecha en la misma vida en que se sembró, se retrasa hasta la vida siguiente o una posterior. Lo que

nos sucede está en total acuerdo con la actuación de esta ley, aunque a menudo no lo reconozcamos. La personalidad actual no lo sabe y nos puede parecer injusto. Pero el Yo Superior sí lo sabe. El problema es que la mayoría de nosotros no escuchamos nuestra

voz interna: estamos demasiado ocupados dejando que la personalidad siga su propio camino. Voy a hacer una pausa durante un momento para hablar de un punto del capítulo anterior. Dije que al final de nuestra vida celestial nos elevaríamos hasta un nivel superior y viviríamos durante un tiempo como nuestro verdadero Yo.

Se dice que en ese período se nos concede otra revisión de la vida pasada, similar a la que tuvimos inmediatamente después de la muerte. Pero esta vez se nos muestra cómo encaja esta vida perfectamente con las vidas anteriores y se nos concede un breve anticipo de la vida venidera sobre la tierra. De este modo vemos cómo podemos volver a coger el hilo, saldar las deudas y recibir favores que nos deben, y cómo podemos moldear esta nueva encarnación para servir a nuestros propósitos internos. En este nivel superior hay muchas almas esperando y soñando felizmente; están esperando un nacimiento adecuado. Debemos esperar a nacer en la familia adecuada -gente a la que tal vez hemos conocido antes- y en el

ambiente adecuado para la siguiente etapa de nuestro largo viaje.

Así actúa el Karma o la justicia divina. No es un castigo por los malos actos, sino más bien una restitución, una enmienda. Ni tampoco en el lado positivo hay recompensas materiales para las buenas obras, aunque éstas puedan llegar, sino que se nos ofrecen oportunidades para actuar mejor, para intentar poner en práctica en la vida terrena los maravillosos planes elaborados en el cielo. Es probable que los lazos de relaciones afectivas sean renovados, aunque tal vez de otra forma. Pero el odio también crea lazos y debe ser, finalmente, destruido por ambas partes, que saldarán sus diferencias amigablemente aún cuando ya no recuerden cuál fue la pelea original.

El Libro Tibetano de los Muertos, al cual nos referíamos en el capítulo VI, además de ser un servicio funerario, es un libro de guía para los vivos. También es este librito una guía no sólo para los moribundos, sino para aquellos que están en la plenitud de la vida.

Una vida digna merecerá amplia recompensa en el cielo. Un uso adecuado del período celestial nos asegurará mejores oportunidades para la vida siguiente. Podremos así entrever un propósito general en este ciclo de nacimiento, vida, muerte, cielo y renacimiento. Cada etapa es una especie de ensayo de la siguiente; cada ciclo total un ensayo del esquema total. Tal vez esto no se haya resumido nunca mejor que cuando lo hizo Jesús, al decir a sus discípulos, «Por consiguiente, sed perfectos tal como es perfecto vuestro Padre en el Cielo». Ese es el objetivo a largo plazo, y para la mayoría de nosotros requerirá muchas vidas más.

EPÍLOGO
PREPARATIVOS PARA EL VIAJE
Este libro habla de un viaje, el que todos nosotros emprenderemos cuando la vida termine. Considerémoslo como nuestra «última aventura», la más importante que hayamos emprendido jamás.

Sería una lástima estropearlo con un temor irrazonable y con malos presagios. Este viaje será una nueva experiencia para vosotros y es una experiencia perfectamente natural. Ha sido ya realizada por incontables millones de otras personas, pero todo viaje necesita una planificación y una preparación. Este epílogo procede lógicamente de los últimos capítulos de nuestra «guía del sentido común». Es un breve resumen para señalar los puntos importantes que pueden convertir nuestro viaje en un éxito.

Yo tengo muy claro lo que debería hacer para preparar mi propio viaje, pero tal vez a los lectores les sea útil algún consejo.

¿Cómo podríamos prepararnos para este nuevo tipo de viaje? Es distinto a cualquier otro que hayamos emprendido, por lo tanto la analogía de un viaje de placer ya no nos sirve de mucho. Necesitamos volver a considerar el propósito de la vida sobre la tierra y, sobre todo, pensar en el propósito de la vida «en el otro lado». Pues es esta maravillosa nueva vida a la que accederemos cuando empiece el verdadero viaje a través del portal de la muerte.

Cuando interiorizamos nuestros pensamientos y reflexionamos sobre el significado de la vida, necesitamos pensar en la vida celestial tanto como en nuestra existencia terrena, para completar el ciclo. Para mí, ni siquiera eso es suficiente. Yo creo que este ciclo no es más que uno entre muchos. Necesitamos pensar en la serie entera, en el futuro y en el pasado. Si habéis sido criados en la fe cristiana y no podéis llegar a creer en la reencarnación, la cosa no varía. La conclusión sigue siendo la misma. Si estáis seguros de que sólo tenéis una vida, entonces vuestra necesidad es todavía mucho más urgente para completar lo que tiene que hacerse en los días que os quedan aquí. El mensaje es «Perfección». ¿Os parece una

tarea imposible? Realmente no lo es, pues hay varias etapas en el camino hacia la perfección. Es como una escalera, después de llegar a un rellano que en un momento dado parecía inalcanzable, veremos que hay todavía otros peldaños para subir .

Tal vez nos sea útil pensar que la clave del problema sea la idea del dejarse ir. ¿Qué puede ser más sencillo? Conseguirlo tal vez no sea tan fácil, pero realmente parece que vale la pena intentarlo. Ya conocéis el dicho familiar. «No os lo podréis llevar con vosotros.» Esto se refiere, naturalmente, a las posesiones materiales. Os veréis separados de ellas por la muerte, por más que os disguste la idea. Pero podéis dejar ir vuestro apego a las cosas materiales con vuestra imaginación, aquí y ahora. Esto contribuirá a disminuir la sensación de pérdida cuando estéis «en el otro lado». Incluso ya podríais decidir que no necesitáis algunas de ellas. Seguramente sería de gran ayuda para las personas que dejáis tras de vosotros, si habéis ordenado y organizado vuestras posesiones, deshaciéndoos de algunas de ellas. Quizá queráis cambiar vuestro testamento. Podemos llevar con nosotros nuestros pensamientos y sentimientos, prejuicios y hábitos, defectos y virtudes. Pero, ¿acaso queremos hacerlo? Retendremos aquellas partes de nuestro carácter que son buenas y positivas, pero ¿por qué no aprender a dejar ir las partes negativas ahora? Estaremos más contentos, más serenos, y con ello podríamos acelerar nuestro paso hacia el mundo celestial.

Hay una manera de dejar ir que no exige demasiado esfuerzo; una forma sencilla de meditación. Probad lo cuando estéis sentados tranquilamente, descansando en la cama justo antes de dormiros, o si os despertáis temprano. Haced que vuestros pensamientos y sentimientos se dirijan hacia vuestro Yo Superior. Si estáis acostumbrados a rezar, ofreced vuestra devoción a Dios. Tratad de pensar en cosas celestiales. No tenéis por qué obligaros. Si los pensamientos mundanos siguen introduciéndose, no dejéis que os preocupen;

reconocedlos como tales y volved lentamente a vuestros pensamientos elevados. Esta sencilla meditación es adecuada para la inquieta mente occidental, particularmente en los últimos años de la vida. Puede hacerse en cualquier momento de tranquilidad y al cabo de un tiempo os daréis cuenta de que la paz y la tranquilidad irán sustituyendo a la ansiedad.

Consideremos nuestros defectos y faltas. Reconozcámoslos y admitámoslos. Si queremos cambiarlos, es mejor sustituirlos que luchar contra ellos. Dejemos ir los viejos hábitos. Probemos otros nuevos y veamos qué ocurre. Por ejemplo, es posible que tengáis un temperamento irritable. Sed conscientes de ello como un defecto del cual os gustaría libraros. Pensad positivamente en su opuesto, en la paz, la armonía y la serenidad. Cuando os provoquen, vuestro malhumor volverá a estallar automáticamente. Pero, poco a poco, se irá convirtiendo en algo ajeno a vosotros; la próxima vez no durará tanto. Finalmente conseguiréis arrancarlo de cuajo; os encontraréis de improviso con un sentimiento de cólera y luego, con una sonrisa, la disiparéis y volveréis a experimentar la serenidad. Por favor, intentadlo y comprobad por vosotros mismos su efectividad.

Es algo semejante a la técnica de «bio-feedback» utilizada en algunas formas de psicoterapia. Bajo una guía adecuada, aprendéis a controlar alguna reacción del cuerpo normalmente inconsciente. Un contador apropiado está conectado a vosotros y cada vez que hacéis lo «correcto», su indicador se mueve. Gradualmente vais descubriendo que lo que estáis haciendo os hace sentir mejor; se pueden controlar los ataques de asma, o reducir la intensidad de una jaqueca. Por lo tanto, continuad haciéndolo y podéis recuperaros totalmente. De este modo podéis curar las enfermedades físicas. Con la meditación sencilla que acabo de recomendaros y sin otro instrumento, podéis llegar a curar «las enfermedades morales. »

En el último capítulo escribí sobre la personalidad, el «tú» , el yo inferior que exige, tal vez, un noventa y cinco por ciento de vuestra atención. Sólo queda entonces un cinco por ciento para la VERDADERA VIDA como el «TÚ», el Yo Superior. Lo que estoy recomendando ahora es el intento de elevar esta proporción considerablemente. ¡Qué maravilloso sería cambiar las cifras! Entonces, durante un noventa y cinco por ciento del tiempo, el «TÚ» estaría REALMENTE VIVO en vuestro verdadero reino, con sólo el restante cinco por ciento para atender las necesidades del cuerpo. Este es un consejo de perfección, naturalmente. Muy pocos de nosotros podemos esperar conseguirlo en unos años. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos en individuos verdaderamente espirituales, en santos en vida, en un brillante ejemplo para nuestros semejantes. Pero incluso el más pequeño movimiento en esa dirección vale realmente la pena. Creo, sinceramente, que éste es el camino que estamos predestinados a seguir en la vida del más allá. También creo que la vida en el cielo es un ensayo para nuestra vida siguiente en la tierra. Además, todo un ciclo de nacimiento, vida en la tierra, muerte, vida en el cielo y renacimiento es, a su vez, un ensayo para todo nuestro ciclo total de vidas. Una descripción de este ciclo completo, sacada de las antiguas escrituras, podría llenar un libro.

Para decirlo en pocas palabras, se dice que la Vida desciende de la inconsciencia virtual en el Paraíso o mundos espirituales, a través de niveles que van creciendo en «densidad» y diferenciación, hasta que alcanza el plano físico. Pasando a través de los reinos inferiores de la Naturaleza, las formas vivientes se van diferenciando cada vez más entre sí a medida que las especies se multiplican.

Al final, la corriente de Vida se subdivide en unidades individuales en la etapa del hombre primitivo. En cada etapa el grado de conciencia va creciendo hasta que, en la etapa humana, florece como auto-conciencia responsable. La humanidad alcanza la etapa de

inmersión más profunda en la vida física. Pero, se nos ha dicho que en el período actual del tiempo histórico estamos empezando a emerger de esta «caída» ya concebir la idea de que debemos iniciar el largo ascenso de vuelta hacia el Paraíso. Cuando este viaje haya sido completado por algún individuo, éste volverá a entrar en el Paraíso como un Ser Espiritual totalmente auto-consciente, recogiendo todo lo que ha aprendido en este ciclo de vidas. Este es el Sendero de Perfección que debemos seguir todos en la totalidad del tiempo, cuando estemos preparados para ello. Pero en las etapas del cielo solamente podemos soñar en ello, por así decirlo.

Estamos limitados a la contemplación, a la elaboración de atrevidos esquemas en pensamiento abstracto. Luego, una y otra vez, debemos enfrentarnos a la prueba a través de la reencarnación.

¿Hasta qué punto podremos llevar a cabo estos esquemas en la vida terrena, contra la tozudez de la materia física misma? También tendremos que luchar con la presión por adaptarnos al modo de vida relativamente trivial que nos rodea. Esta es la parte más difícil, la prueba crucial de nuestros ideales.

Este es el camino que todos estamos destinados a seguir, ¿por qué, pues, posponer el esfuerzo? Todo cuanto logremos durante el resto de nuestra vida actual en la tierra es una buena adquisición.

No se trata de sueños etéreos, sino de verdaderos logros, aquí y ahora, en cuanto a la construcción del carácter. Lo que consigamos hacer ahora perdurará. Nos proporcionará fuerza suplementaria para «combatir por la buena causa» en nuestra próxima vida en

la tierra.

Como conclusión, hemos de añadir algo. Después de presentar todas las pruebas y todos los argumentos, se requiere otro elemento para completarlo. El escritor no puede presentarlo; cada lector debe aportarlo individualmente. Este elemento es la fe. No sirve de nada esperar que algún día los científicos presenten pruebas convincentes sobre estos temas. Se hallan más allá incluso de los términos de referencia de la ciencia. Por eso, al final hay que contar con la confianza, y la base de esa confianza es la fe. Tal vez debería tratar de describir lo que quiero decir con la palabra fe. Yo creo sinceramente que lo que he escrito en este libro es cierto. Puede haber errores de detalle. Posiblemente algunas palabras hayan sido mal escogidas y transmitan impresiones erróneas o inadecuadas, este problema es inherente a la naturaleza misma de la lengua.

Pero en esencia tengo fe de que es correcto. Esta fe se basa en la experiencia personal directa confirmada por lo que me han contado o he leído. La fe es algo más que la mera aceptación intelectual de la evidencia. Es una convicción irrefutable de que el Universo,

nuestro planeta tierra y nuestras vidas no son tan caóticos como parecen para algunos. Por el contrario, está todo ordenado por una Inteligencia Cósmica superhumana, una Fuerza, tal vez un Ser que está elaborando un Objetivo Supremo de un modo inexcrutable y asombroso. Mi fe incluye la certeza de que existe una Fuente de donde podemos conseguir inspiración individual y guía. Esta fe ha sido reafirmada por todos los místicos a través de los siglos.

Tal vez ya tengáis esta clase de fe. Si es así, espero que se haya visto reforzada con este libro. Si fuérais escépticos o agnósticos, me atreveré a esperar que el libro os haya acercado al despertar de la fe y que ésta se irá acrecentando a medida que meditéis sobre estas ideas.

NOTA

(1) El plano astral era considerado como el lugar donde existía el cuerpo sutil. En los escritos modernos se usa más bien la palabra «nivel» en vez de «plano".

Digitalizado en Noviembre 2003 por Biblioteca Upasika www.upasika.tk

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