¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam




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título¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam
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Amante fantasma

Susan Napier


Amante fantasma (1995)

Título Original: Phantom lover (1994)

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Jazmín 1113

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Adam Blake y Honor Leigh Sheldon

Argumento:

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam aseguraba que no sabía nada de sus apasionados escritos y además la acuso de amenazar a su familia.

Si en realidad el no era el amable y cariñoso amigo por correspondencia que Honor creyó tener, ¿Por qué la atraía tanto?
Capítulo 1

—Entonces, ¿estoy bajo arresto?

Honor miró a la mujer policía que se encontraba al otro lado de la desvencijada mesa de madera.

—Todavía no. Sólo nos está ayudando con nuestras investigaciones —respondió la policía con una complacencia que irritó a Honor.

—¿De modo que esto es totalmente voluntario? Si quiero, puedo salir de aquí sin responder a sus preguntas —preguntó ésta, recalcando que no estaba dispuesta a que siguieran presionándola.

Al fin empezaba a recobrar la calma y lamentó con amargura haber permitido que la forzaran a abordar el automóvil policíaco. Pero estaba tan desconcertada que no le importó cómo alejarse de la escena, ¡con tal que fuera a toda velocidad! La policía se mostró muy eficiente en cuanto a eso al menos, pero ahora no la dejaban retirarse.

—Podría hacerlo —dijo el hombre sin uniforme, que estaba apoyado en la pared, al otro lado de la diminuta sala de interrogatorio—. Pero eso significaría que tendríamos que tomar una decisión para saber si la dejamos ir o la acusamos. Y puedo decirle que, según las evidencias hasta ahora, tendría que optar por un arresto inmediato. En ese caso, se le mantendría detenida hasta mañana, cuando se realice la sesión del tribunal. Su abogado podría entonces solicitar una fianza, pero desde luego nosotros nos opondríamos, de manera que usted se convertiría en huésped del gobierno hasta que se llevara a cabo el juicio. Y si tenemos en cuenta los atrasos en los tribunales de Auckland, eso podría durar meses…

Honor se puso pálida. Considerando la difícil situación en que se encontraban sus finanzas, la idea de contratar un abogado era peor que ser encarcelada.

Había olvidado cómo se llamaba el hombre que vestía traje de calle y que se presentó como detective.

Suspiró y, taciturna, miró al policía. Al menos parecía tener más de treinta años y la suficiente experiencia de la vida humana, para ser comprensivo con personas atrapadas en situaciones molestas y de las que no son responsables… bueno, casi no.

El la observaba con mirada perspicaz que no era ni abiertamente acusadora ni condenatoria.

—Bueno, señorita Sheldon, ¿por qué no nos dice por qué merodeaba por la casa del señor Blake?

—No merodeaba —respondió Honor con firmeza—. Nunca lo he hecho en toda mi vida.

—¿Por qué se ocultaba entonces en su propiedad?

—No me ocultaba…

—Me parece que hemos demostrado que la señorita Sheldon se encontraba en la propiedad, Gibbons —la interrumpió el detective.

Por un momento Honor creyó ver un destello de buen humor en sus ojos. .

—Señorita Sheldon, necesitamos establecer por qué visitaba la residencia Blake de manera tan… digamos, tan poco convencional —esta vez los ojos grises la miraron con afabilidad.

—No veo por qué sea poco convencional una bicicleta —replicó Honor, en actitud defensiva.

—La escondió entre los arbustos —señaló la joven policía.

Honor frunció el entrecejo. No iba a decirle a esa jovenzuela despreciable, que se sintió avergonzada de su desvencijada bicicleta.

Cuando salió de casa, Honor esperaba que su destino fuera una de las granjas tan comunes en Nueva Zelanda. En vez de ello, se encontró con una suntuosa mansión al final de un camino de entrada. Como en una pesadilla, se había imaginado a sí misma seguir sin poder detenerse y entrar por la majestuosa puerta principal.

—No quería que me la robaran —contemporizó ella—. Por supuesto, en ese momento no sabía que ya había un grupo de policías escondidos en la propiedad.

La mujer policía se ruborizó, mientras el detective tosía y se cubría la boca con la mano. Ahora estaba sentado en la otra silla y había puesto sus grandes manos sobre la mesa.

—Dejémonos de tonterías y vayamos al grano. Todo lo que queremos saber, señorita Sheldon, es por qué visitaba al señor Blake ese día en particular, afirmando conocerlo, lo cual él niega enfáticamente. Además, ¿por qué trató antes de amenazarlo por teléfono? ¿Fue usted, verdad, quien intentó ponerse en contacto con él a las ocho y treinta de la mañana? Tiene usted una voz clara y hermosa que es muy fácilmente identificable.

Honor no prestó atención al cumplido.

—No traté de amenazarlo. ¿Es eso lo que dijeron? ¡Ni siquiera me permitieron hablar con él!

—Lo sé. Habló conmigo —agregó el detective.

—¿Alguien fue secuestrado? —preguntó ella. De pronto le vinieron a la cabeza toda clase de posibilidades terribles.

Pero su pregunta no recibió respuesta.

—Se negó a explicarme por qué llamaba, sólo me dijo que había escrito algunas cartas a Adam Blake y quería hablar con él acerca de eso.

—Era un asunto personal —añadió ella. Le pareció que empezaba a sonrojarse al recordar la conversación que tuvo antes de colgar con rapidez.

Esperaba evitar correr el riesgo de que la humillaran en persona, pero, después que fracasó la llamada telefónica, tuvo que recorrer en bicicleta los quince kilómetros que separaban su casa de la granja Blake, pues su automóvil se encontraba en el taller de reparaciones.

—Ya lo dijo. Pero creo que su presencia aquí, demuestra el hecho de que ya no se trata sólo de un asunto personal.

—No veo por qué se me trata como delincuente sólo porque hice una visita sin que me invitaran —espetó Honor, malhumorada.

—La extorsión es un delito —recalcó la policía con austeridad.

—¡Extorsión!—exclamó Honor.

—Extorsión —confirmó el detective—. O chantaje si se quiere emplear un término más común.

¿Chantaje?

¡Oh, demonios!

De pronto lo que había sido sólo un molesto malentendido, ahora se complicaba.

Honor cerró los ojos cuando se dio cuenta de que no iba a escapar sin dar un informe detallado de sus acciones a la policía.

¡Y todo a causa de ese maldito soneto de Shakespeare!

Capítulo 2

"Mi amor. ¿Es tu voluntad que en la cansada noche tu imagen mantenga abiertos mis pesados párpados? ¿Es tu deseo que mis sueños se interrumpan, mientras las sombras, como tú, se burlen de mí?"

La idea de que ella misma pudiera provocar tales deseos en un hombre era tan extraño, que los ojos verdes de Honor brillaron con regocijo.

Recogió la taza de té que acababa de prepararse cuando escuchó el silbato del cartero. Llevó la preciada carta hasta la cómoda silla que estaba detrás del escritorio, dentro de la pequeña cabaña que convirtió en su oficina.

"Es a ti a quien espero, aunque tú despiertes en otra parte, lejos de mí, con otros demasiado cerca."

No pudo menos que sonreír. ¿Otros? Desde luego no existían "otros" en el sentido en que el soneto lo sugería. En la pequeña comunidad de Kowhai Hill, oculta entre las montañas Waitakare, al noroeste de Auckland, no abundaban los hombres atractivos. Y aquellos que estaban en contacto con Honor, la conocían demasiado bien para sufrir de insomnio por ella.

A ella se le podía ver junto con algún muchacho del lugar, bebiendo algo en la taberna sin ser acusada de infidelidad por la novia o esposa de él. Era una mujer cuya vida social consistía principalmente en paseos en grupo.

Sin embargo, para Adam ella era una persona muy distinta: una mujer seductora y misteriosa, desafiante en su intelecto, deseable en su carácter evasivo.

Para cuando llegó al final de la página, la sonrisa de Honor desapareció y se sonrojó. Quizá la prosa de Adam no tenía la belleza de la poesía de Shakespeare, pero era vigorosa, un arrebato apasionado de sentimientos.

Aunque no lo conocía en persona, en ocho meses de correspondencia, Honor se había formado la imagen de un hombre letrado, cordial e ingenioso, y cuyo amor por la escritura ocultaba una timidez que lo hacía conformarse con continuar la relación entre ellos a través de las cartas.

Estas habían sido un animado intercambio de ideas acerca de libros, lugares, filosofías y sucesos mundiales, antes que de detalles personales y mundanos. Aunque Honor tenía conocimiento de que él tenía treinta y cinco años, poseía su propia empresa y vivía en la costa norte de Auckland, eso era todo lo que sabía de su existencia física, aparte de las cartas.

Pero con las últimas seis, sus conclusiones acerca de él habían estallado. No sólo tales misivas llegaron semanalmente y no cada mes, como era lo acostumbrado, sino que éstas eran tan distintas ahora, que Honor habría pensado que eran escritas por otra persona si ella no conociera tan bien la letra de Adam.

Al principio Honor no supo cómo responder. ¿Qué se le contesta a un hombre que de pronto le dice a una mujer que es lo único que da esperanzas y significado a su vida y que las cartas de ella son como un cordón umbilical para él? ¿Cuando le asegura a ella que se ha enamorado por primera vez en su vida? ¿Qué aunque nunca la ha tenido, como no sea en su imaginación, la echa de menos en su corazón, en sus brazos, en su cama…?

Ella se divertía. Estaba encantada, intrigada y, sí, a su pesar, se sentía seducida…

Así que después de la segunda carta, Honor se armó de valor y respondió siguiendo los dictados de su caprichoso corazón. Era sorprendente, pero las palabras salieron a raudales como si hubieran estado allí siempre. Nadie se había enamorado por medio de cartas, ¡por Dios! ¡Ni siquiera sabía cómo era él!

"Todo mi amor para ti. Adam."

Suspiró al llegar al final de la segunda página.

Honor empezó a doblar las delicadas hojas de papel cebolla, pero descubrió que había una tercera pegada a la segunda.

Con cuidado la despegó y se quedó paralizada cuando advirtió un nombre.

"Se supone que no nos conocemos, pero si no veo pronto tu hermoso rostro, mi querida y valiente Helen… si no toco tu cabellera dorada… si no le hago el amor a tus sensuales labios y delicado cuerpo como he soñado durante estos meses, ¡me volveré loco! Ven conmigo, por favor… No me hagas sufrir el dolor de tener que esperarte más. Te necesito…"

¿Helen? ¡Helen!

¿Hermoso rostro? ¡Cabellera dorada!

Honor miró su reflejo en la pantalla gris de la computadora que estaba sobre su escritorio. De ninguna manera los rizos castaños que le caían sobre los hombros, podrían describirse como una cabellera dorada. Tampoco se podía decir que el rostro ovalado, con pecas y cejas espesas era hermoso. Y nadie en su sano juicio habría llamado "delicada" a su robusta figura…

Su confusión se convirtió en horror.

Desesperada, abrió el cajón de abajo de su escritorio y buscó entre el montón de cartas. La mayoría de los sobres estaban escritos a máquina, dirigidos a la señorita H. Sheldon, de Kowhai Hill.

Con las manos temblorosas, Honor abrió algunos sobres al azar y echó un vistazo a las primeras líneas.

Las últimas y apasionadas cartas empezaban diciendo "cariño". Las demás contenían saludos burlones a "mi dama", alusión a la tarjeta del día de los enamorados dirigida a "mi Dama del Claro de Luna", que llegó por entrega especial después del baile en Evansdale, el cual, Honor ayudó a organizar en beneficio de una institución benéfica para niños. Ella fue una de las anfitrionas y le presentaron tantas personas aquella noche, que no recordaba bien sus nombres y caras. No podía recordar a algún Adam, pero no tenía ninguna duda, después de leer los versos escritos a mano y que se referían a las rosas y al claro de luna, de que él sí sabía exactamente quién era ella.

Después de todo, Honor estuvo bastante afligida esa noche, luchando con desesperación contra la gripe, a la cual sucumbió después, y paseando a la luz de la luna por los pequeños jardines mientras el baile continuaba dentro del salón de la comunidad, tratando de deshacerse de un fuerte dolor de cabeza.

Al final se quedó dormida en una banca, y cuando despertó, más o menos una hora después, se encontró cubierta con una manta y sobre el asiento de su automóvil. Junto a ella estaba un ramo de rosas rojas, por supuesto recogidas de los jardines. Como en el baile había muchos amigos fornidos que podrían haber realizado la amable hazaña, Honor no volvió a pensar en ello hasta que recibió la tarjeta del desconocido al día siguiente. Después tuvo curiosidad y cedió a la tentación de la invitación implícita de un número de apartado de correos en la solapa del sobre.

Sacó más cartas hasta que las revisó todas y luego comenzó a meterlas de nuevo en sus sobres, tratando de controlar el pánico al darse cuenta de algo terrible:

¡Jamás, en todas sus cartas, se había dirigido a ella como Honor! Además, su firma, una "H" grande con las demás letras de su nombre garabateadas, podía haber sido mal leída con facilidad.

—¿Honor?

La chica levantó la cabeza. En la puerta estaba una figura bostezante, delicada, esbelta, cubierta apenas con un camisón. La larga cabellera rubia le caía sobre los hombros.

—Te levantaste temprano, Helen —dijo Honor—. Apenas son las once.

—¿De verdad? Será mejor que me apresure. Mi avión sale a las tres y Trina me llevará a comer antes de acompañarme al aeropuerto.

Su hermana conseguía que su agente en Nueva Zelanda la invitara a comer al mejor hotel de la ciudad y luego la llevara al aeropuerto en limosina, mientras que Honor comía emparedados de queso en la cocina y conducía un viejo Volkswagen. Y que ni se le ocurriera llevar a su hermana al aeropuerto. A Helen no le gustaba que la "presionaran emocionalmente". Eso resumía las diferencias en sus estilos de vida… y sus personalidades, pensó Honor con pesar.

Esta había pasado sus años de adolescencia viendo, con una mezcla de asombro y pena, cómo su hermana mayor se abría paso a través del competitivo mundo de las modelos para lograr una posición de calidad mundial. Admiraba a Helen por soportar las tensiones y los rigores de mantenerse siempre en el punto máximo de la perfección física desde los dieciocho años, cuando ganó su primer concurso de belleza, hasta ahora que se acercaba a los treinta. Pero la envidia no tenía nada que ver en esa admiración. Después de ver el filo de incertidumbre en que el ego de Helen se balanceaba, Honor la compadecía con la complacencia de alguien que sabe que la belleza es una ilusión.

Miró la carta que tenía en la mano. No, no envidiaba a su hermana en absoluto.

Hasta ahora.

—Helen… —¿de verdad quería saberlo? Apretó los dientes. No tenía alternativa.

—Dime —Helen bostezó de nuevo, mientras desperezaba el alto y ágil cuerpo.

—¿Recuerdas la última vez que estuviste aquí… cuando tuvimos el baile del Día de los Enamorados? —Honor estuvo tan ocupada ayudando a organizar el acontecimiento social del año, que olvidó buscar una pareja para ella. Cuando Helen llegó, de manera inesperada para una visita de varios días, a su hermana le pareció una gran idea utilizar el boleto de sobra. ¿Quién mejor para ayudar a crear el lustre necesario para el suceso, que una modelo internacional de alta categoría?—. ¿Recuerdas haber conocido a alguien llamado Adam?

—¿Adam?

—Adam Blake.

—Adam… Adam. No, creo que no —respondió Helen, encogiéndose de hombros—. Ya sabes que siempre olvido los nombres, cariño.

Honor lo sabía. A menos que existiera la posibilidad de que la gente fuera útil a su carrera, Helen tendía a olvidar los nombres.

—¿Estás segura? ¿"Luz de la luna", "rosas", "damas afligidas" no te dice nada? —insistió ella. Su refinada hermana se sonrojó.

—¿Helen? —exigió Honor con tono más áspero de lo que pensaba—. Sí sabes de quién estoy hablando, ¿verdad?

—En realidad no. Oh, Dios, estoy muriéndome por una taza de café.

—¿Qué significa "en realidad no"? —preguntó, poniéndose de pie para seguir a su hermana a la diminuta cocina.

—Significa que quizá sí o quizá no. Nunca le pregunté quién era, aunque creo que me dijo que se llamaba Adam…

—¿Quién?

—Alguien que me ayudó esa noche. Me metí en una situación difícil y dio la casualidad que él se encontraba allí en ese momento, eso es todo.

¿Eso era todo? Honor no se dejó engañar por la naturalidad de su hermana.

Le llevó otra media hora y dos tazas de café, conseguir que Helen le platicara lo sucedido, lo cual resultó tan doloroso como Honor se lo imaginaba.

Un poco después de la medianoche, Helen tuvo un percance con un admirador ebrio, a quien la acostumbrada arrogancia de ella no logró desanimar. Cuando ella salió del salón, el hombre la siguió y saltó amorosamente sobre ella cuando se encontraban en el jardín. Desgarró el vestido que Helen llevaba en el momento en que un aficionado que andaba a la caza de celebridades, tomaba un par de fotografías muy comprometedoras.

El galán anónimo no sólo surgió de la oscuridad para deshacerse del ebrio, sino que también llevó a Helen a la cabaña, donde la dejó luego de prometerle que se aseguraría de que las fotografías nunca se publicaran.

—No lo comenté porque deseaba olvidar todo el molesto incidente —declaró Helen, anticipándose a la pregunta obvia de Honor—. El vestido quedó destrozado. Estaba a punto de llorar y furiosa. Casi no hablé con tu Adam, como no fuera decirle cómo llegar hasta aquí. Fui a ese maldito baile por ti, ya sabes, ¿y qué hiciste? ¡Me dejaste a merced de un impertinente!

—No te abandoné… más bien fue al contrario. No podía acercarme con todos tus admiradores. Además, me dijiste que me mantuviera lejos de ti porque no me sentía muy bien y no querías que te contagiara. De hecho, mi enfermedad fue la supuesta razón para que te fueras de prisa a Sidney a la mañana siguiente.

—Sí, bueno, no iba a quedarme y esperar que algún periódico sensacionalista me llamara para hacer un comentario. ¿Te imaginas un titular que dijera "MODELÓ RETOZANDO CON EL BUSTO DESNUDO"? —se estremeció—. A mi publicista le darían ataques. Por no mencionar a mi madre —la madre de ellas había sido la fuerza que impulsó la carrera de Helen. Esta siempre se preocupaba mucho por su imagen, hasta la paranoia.

—¿Te tomó una foto con el busto desnudo? —preguntó Honor con horror.

—Bueno, no estuvo tan mal —admitió Helen de mala gana—. Pero estaban tomándome en cuenta para modelar esa nueva línea de ropa para ejercicio y querían a alguien que tuviera una imagen muy limpia. No podía correr el riesgo de un escándalo. ¿Por qué todo ése interés ahora? ¿Es que ese tal Adam está buscándome después de tanto tiempo?

No, ¡pero porque creía que ya la había encontrado!

Honor le mostró a Helen sus queridas cartas… todas excepto las últimas y apasionadas misivas, pues no se atrevía a compartirlas. Sería como una traición.

—¿Cree que eres yo? Se llevará una sorpresa, ¿no? —rió tontamente—. ¡Sobre todo tomando en cuenta que la última vez que te vio, estabas roncando como reactor!

—¿Roncando?

—Babeando también, según recuerdo —añadió Helen can crueldad—. No podía regresar al salón con mi vestido prácticamente hecho jirones, de modo que cortamos camino por los jardines para llegar hasta su auto. Así fue como te encontramos, instalada en una banca como un vagabundo sin hogar. Como dijiste que ibas a quedarte hasta el final, sin importar lo mal que te sintieras, le pedí a él que te llevara hasta tu auto, para que no contrajeras pulmonía doble. Creí que si le decía que eras mi hermana, insistiría en que me acompañaras, así que le comenté que eras una parienta lejana y que tenías un esposo muy celoso. Incluso te dejé las rosas robadas que ese ebrio trató de entregarme para mantener mis manos ocupadas mientras intentaba salirse con la suya…

—Un millón de gracias —refunfuñó Honor, encogiéndose al imaginarse la imagen que debió de haber ofrecido—. ¿Cómo… cómo era él? ¿Qué dijo?

Se había imaginado a quien le escribía, como un hombre tranquilo con ojos amables y sonrisa fácil. La clase de hombre que estaría más interesado en la inteligencia que en el aspecto de una mujer. El tipo de hombre que prefería la cordialidad y el buen humor a la fría perfección del glamour.

—No puedo recordarlo. Era delgado y moreno… creo. Sin duda era bastante fuerte, a juzgar por la manera en que te llevó hasta el auto, pero conducía una espantosa camioneta —era típico de Helen juzgar a los hombres según el automóvil que conducían—. Bueno, ¿qué esperas que te diga? No tenía algo de memorable. De todas maneras, yo no quería recordar el maldito incidente. Todos los días estoy rodeada de hombres muy apuestos, cariño. ¿Por qué habría de recordar entonces a un desconocido tan poco importante a quien vi hace mucho tiempo?

Honor miró la tarjeta que había provocado todo.

—De ninguna manera era su intención escribirme a mí… no después de haberte conocido —suspiró Honor, demasiado consciente del efecto devastador que su hermana ejercía sobre los hombres.

—¿Qué importa a quién quería escribirle? Eres tú a quien terminó mandándole cartas —señaló Helen—. Pero tiene que ser bastante arrogante si cree que una mujer como yo estaría interesada en un patán del campo…

—No vive en el campo, sino en Auckland.

—Un patán de una ciudad pequeña, entonces —rectificó Helen, haciendo caso omiso al hecho de que Auckland era la ciudad más grande de Nueva Zelanda—. De todas maneras, hizo mal al pensar que yo estaría interesada. No sé de qué te preocupas. Si te rechaza, ¿qué importa? Sólo es otro amigo por correspondencia, por Dios. Solías tener montones de ellos cuando tenías doce años. Creía que ya habías olvidado esa clase de cosas de adolescentes. Supongo que, como de costumbre, te dejaste llevar por tu imaginación e inventaste un fenomenal idilio.

Helen nunca había entendido la fascinación de Honor por la palabra escrita y la compadecía por perder el tiempo leyendo acerca de la vida, en lugar de seguir el ejemplo de su hermana mayor y realmente vivir la vida.

—Son sólo cartas, Honor; nunca se ha tomado la molestia de hacer el esfuerzo por conocerme, por conocerte —continuó Helen—. Y deja de sentirte tan culpable. En primer lugar… el error fue suyo al suponer que sólo existía una señorita Sheldon. ¡Imagínate que me gustara escribir cartas a alguien a quien no conozco! Si tratara de contestar cada carta de mis admiradores, nunca tendría tiempo para hacer otra cosa. Ya sabes cómo soy… ni siquiera contesto las tuyas…

Honor dejó de dar explicaciones. Helen nunca entendería lo que esas cartas significaron para ella; la alegría que le causaron, lo comprometida que se sintió, como si poco a poco hubiera revelado sus pensamientos y sentimientos a un hombre que no conocía.

Sabía que no podía quedarse sin hacer algo y esperar que el hacha cayera. No podría soportar el dolor. Y la idea de ponerlo todo por escrito resultaba detestable. No podía darle a él tal sorpresa en una carta. Debía hablar con él en persona. ¿Pero cómo? Si le escribía para pedirle un encuentro sin decirle por qué, de todos modos él recibiría una sorpresa al verla. Sería mucho mejor que primero hablara con él por teléfono.

Allí estaba el quid. Adam no se tomaba la molestia de poner alguna dirección en sus cartas y las más recientes ni siquiera tenían fecha. Lo único de que disponía Honor, era el número del apartado de correos que al principio él le dio.

Mientras Helen estaba en la planta alta haciendo las maletas, Honor hojeaba la guía telefónica, aunque ya sabía lo que encontraría: no halló a ningún A. Blake con dirección en la North Shore.

Esta vez la desesperación la llevó a echar un vistazo a los numerosos Blake de Auckland, y al final de las listas alfabéticas algo le llamó la atención.

"Z. Blake, Arrow House, Blake Rd., Evansdale."

Honor parpadeó. ¿Coincidencia? ¿No había leído en el diario local, algunos años antes, acerca de Zachary Blake, quien había hecho una fortuna al diversificar el huerto de cítricos de su familia e iniciar la producción de aguacates, kiwis y otras frutas exóticas destinadas al mercado exterior?

¿Era Adam pariente de Zachary Blake? Si lo era, aunque lejano, eso podría explicar su presencia en el baile del Día de los Enamorados, pues a la gente de la región se le había pedido que vendiera boletos entre sus familiares y amigos. Tal vez los Blake de Evansdale podrían decirle cómo ponerse en contacto con Adam. Valía la pena intentarlo.

Decidida, Honor hizo una furtiva llamada al número que aparecía en la guía. Estaba nerviosa, pues sabía que si Helen entraba y se daba cuenta de lo que hacía, le daría otro sermón.

El descubrimiento de que los Blake de Evansdale no sólo conocían a Adam, sino que vivía con ellos la confundió, sobre todo cuando resultó evidente que si no explicaba el motivo de su llamada, no la pondrían en contacto con él. Lo inesperado de la situación la hizo cortar la comunicación, asustada. Sólo después le pareció extraño que el hombre que le contestó, nunca se hubiera tomado la molestia de preguntarle cómo se llamaba ella y sin embargo, exigió saber para qué deseaba hablar con Adam. La idea de tener que llamar de nuevo y humillarse al explicarle la confusión a un desconocido la hizo tomar una decisión. Un acercamiento directo era la única opción que le quedaba.

Tan pronto como Helen salió y se despidió, Honor sacó su bicicleta.

En circunstancias normales, habría disfrutado del paseo. Esa mañana, sin embargo, una inesperada tormenta y el vacío que sentía en el estómago, la hicieron desear haber esperado hasta después de comer para cumplir con su deber.

Por lo tanto, para cuando llegó a la casa Blake, Honor tenía mucho miedo. Al mirarse los zapatos y medias salpicados de lodo, se maldijo por haberse quitado los jeans y haberse puesto blusa y falda, pero deseaba causar una buena impresión. Ahora la falda se pegaba a sus piernas, aunque la chaqueta que llevaba había protegido la blusa, la cual quizás ahora era transparente. Al menos tuvo la buena idea de llevar bufanda, la cual se quitó y se pasó los dedos por entre el pelo enmarañado.

Después de empujar un poco la bicicleta y de esconderla en la maleza, avanzó con cautela por el camino de entrada a la casa, manteniéndose cerca de los árboles que se alineaban a un lado. Cuando se acercaba a la puerta principal, Honor advirtió un reflejo de su imagen en una de las ventanas y se detuvo. Con la falda arrugada entre las piernas, parecía prostituta. Pensó que quizás era mejor que se quitara las medias.

Caminó por un sendero en busca de algún refugio. Había un matorral cerca de un estanque, de modo que se escondió allí para quitarse rápidamente las medias húmedas. Por desgracia, sus pies descalzos se hundieron en el suelo fangoso, de manera que tuvo que limpiarlos con la bufanda antes de volver a ponerse los zapatos.

Para cuando se levantó de entre los matorrales Honor estaba sonrojada y enojada consigo misma por esa obsesión que tenía con su aspecto. ¿Qué importaba cómo se veía ahora? No era Helen y eso era todo lo que le interesaría a Adam.

Por desgracia, en ese momento, desde la parte posterior de la casa apareció un hombre que corrió hacia ella con tal actitud amenazante, que Honor empezó a retroceder de prisa hacia el camino de entrada. Abrió la cremallera de la chaqueta para meter las medias sucias en el bolsillo interior. Un grito la asustó más, y de pronto había gente corriendo por todo el lugar. Ella chocó con tal fuerza contra lo que pareció una pared de ladrillo que cayó hacia atrás, mientras tenía los dedos atrapados dentro del bolsillo.

—¡Cuidado, pues tiene un arma! —escuchó que gritaban, antes que la «pared de ladrillo» la sujetara por el cuello, metiera la mano en el bolsillo y sacara las medias.

—¿Qué demonios…?

Honor alzó la vista y miró directamente los ojos cafés y furiosos del hombre rubio que la sujetaba. Tenía hombros como de jugador de rugby y la nariz rota.

—¡Suéltame, patán idiota! —exclamó ella, golpeando con los puños al hombre.

—De ninguna manera —gruño él, sacudiéndola—. ¿Qué diablos ibas a hacer con esto? —preguntó, balanceando en el aire las medias.

—¡Iba a ponérmelas en la cabeza! —exclamó ella con sarcasmo—. O, mejor aún, ¡usarlas como honda para romperte ese cráneo de Neanderthal que tienes!

Honor escuchó que él alboroto volvía a iniciarse a su alrededor, mientras varios hombres trataban sin éxito de librarla de las manos del que la sujetaba.

En medio de la confusión, escuchó las palabras que la dejaron paralizada.

—¿Policía? ¿Son policías? —preguntó Honor, dándose cuenta de que lo que parecía una multitud, sólo eran cinco hombres, todos tan grandes y musculosos como el que la sostenía, así como una mujer que parecía tan fuerte como ellos.

Honor miró con desdén al hombre que la sujetaba.

—¿Qué es esto? ¿Un ejercicio de brutalidad policiaca? ¡Sepa que podría presentar una queja por esto!

—Es usted quien huyó —dijo el gigante rubio, apretando los dientes, poco impresionado por la actitud de ella.

—No sabía que correr fuera un delito. Si rasgó mis medias, quizá lo mande arrestar a usted.

Uno de los hombres rió disimuladamente, pero el policía de mayor jerarquía lo hizo guardar silencio con una sola mirada y luego se encargó de la situación.

—Me gustaría que nos acompañara a la comisaría, señorita, para hacerle algunas preguntas…

—Tengo algunas que puede contestar ahora la zorra —exclamó el hombre que la sujetaba—. ¿Dónde está tu cómplice? Sin duda tienes uno, pues eres demasiado tonta para haber maquinado esto sola. ¿Es tu amante? —la miró con desprecio de la cabeza a los pies—. Si lo es, no esperes que le importe lo que te pase a ti ahora.

—¡Señor Blake…! —el policía de más jerarquía trató de intervenir de nuevo. Esta vez fue Honor quien lo interrumpió.

—¿Blake? —sorprendida, sintió que se le caía el alma a los pies mientras lo miraba a los ojos—. ¿Señor…? ¿Usted… no es policía? ¿Es usted Zachary Blake?

—Sabes perfectamente quién soy, zorra…

—¡Basta, señor Blake! Puede soltarla ahora. Tenemos la situación bajo control.

Esta vez el vengador rubio la soltó de mala gana.

—No… no sé de qué se trata. Sólo vine a ver a… a ver a Adam Blake… —informó ella, vacilante.

En lugar de calmarlo, las palabras de ella provocaron un estallido de maldiciones que continuaron hasta uno de los automóviles de la policía en el que la hicieron subir.

—No entienden —agregó Honor—. Déjenme hablar con Adam, por favor. ¡Él sabrá quién soy!

—¿Y qué tanto lo conoce? —preguntó el oficial de más alto grado, mientras la mujer policía se sentaba junto a Honor.

La joven tuvo la esperanza de que podía salvarse de esa comedia de equivocaciones.

—Muy bien —dijo con firmeza—. Sólo pregúntele acerca de nuestras cartas. ¡Dígale que mi apellido es Sheldon!

—¿Nuestras cartas? ¿Se apellida Sheldon? ¿Y cuál es su nombre de pila, señorita Sheldon?

—Helen.

Honor se sonrojó, pero razonó que una vez que Adam reconociera el nombre, ella podría arreglar lo referente a su identidad.

Pero su breve coqueteo con la deshonestidad le costó caro, pues el policía se apartó del automóvil y se dirigió a alguien que estaba detrás de él.

—¿Escuchaste eso, Adam? Dice que ustedes se conocen bien y que se llama Helen Sheldon. ¿Quieres hacer una identificación formal para el Informe?

—Claro que sí —respondió el otro hombre y miró hacia el interior del automóvil. Honor abrió la boca, sorprendida al ver su cara.

—No. Ella no es Helen Sheldon. Nunca en mi vida había visto a esta mujer.

El hombre que ella creyó era Zachary Blake esbozó una sonrisa venenosa.

—Llamarte tonta fue un eufemismo. ¿No te pasó por la cabeza que podría parecer un poco sospechoso que afirmaras conocerme al mismo tiempo que fingías creer que yo era mi propio hermano? O quizás eres muy, muy inteligente. Tal vez estás pensando aducir incapacidad mental para defenderte. No cuentes con eso. Voy a asegurarme de que se te castigue. Por lo que a mí se refiere, ¡la gente como tú, pertenece a la peor escoria!

Después de decir eso, Adam Blake dio un portazo y se alejó con paso majestuoso, dejando a Honor con sus sueños hechos añicos.

¿Ese hombre de Neanderthal, ese cerdo era su hombre ideal, apasionado, poético? ¡Imposible!
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¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconLos conversatorios anteriores, las lecturas derivadas de ellos, pero...

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconGenesis 11: 6-7, “Y dijo Jehova, He agui el pueblo es uno, y todos...

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconEl Gran Superuniverso es ilimitado, al igual que es nuestro Padre...

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconLa naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo...

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconLo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente inscrito...

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconLa crisis que estamos padeciendo?
«autopsia de la cebolla» que vamos a efectuar generara en nosotros –como ocurre habitualmente en la cocina– las lágrimas que todo...

¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam iconUno de cada tres niños sufre desnutrición aguda tras la mayor sequía...




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