¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam




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título¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam
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Capítulo 3

Ayudar a la policía con sus preguntas mientras trataba de conservar al menos un poco de su intimidad, fue difícil, pensó Honor esa noche mientras se preparaba la cena.

¡Tres horas! ¡Necesitó tres horas en la comisaría para convencer a la policía de que no era una maniática criminal que le guardara rencor a la familia Blake!

Por supuesto, no le sirvió que no llevara una identificación personal, pero, como señaló a Gibbon, ¡era difícil colgar bolsas de mano de los manillares de una bicicleta! Además, tuvo que tratar de explicar sus acciones sin comprometer a Helen. La policía era capaz de detener a su hermana en el aeropuerto si creían que el relato de Honor requería corroborarse. Helen se pondría furiosa si eso sucediera.

Por desgracia, después de quitar importancia al asunto al tomarlo a broma, afirmando que siempre supo que Adam había estado escribiendo a la hermana equivocada, pero que decidió que era hora de confesarlo todo, el detective insistió en llevarla a casa para examinar él mismo las evidencias físicas.

Después, en lugar de echar un vistazo sólo a una de las cartas, el detective las leyó todas, lo cual fue una invasión a la intimidad de Honor, que ella soportó sólo porque sospechaba que él se habría alegrado de presentar una orden de registro y revisar toda la casa si ella decía que no.

—No le importa si le tomo prestada ésta, ¿verdad? —preguntó él al fin, sin esperar la respuesta de ella mientras guardaba la carta en el bolsillo de su chaqueta.

Honor suspiró mientras comía la omelette que, distraída, había cocido demasiado. Al menos le quedaba un consuelo. Ahora Adam Blake sabía sin duda quién era ella…

Algo más le esperaba en el refrigerador: un sabroso pastel de chocolate que le había preparado una de las ancianas del grupo al que ella proporcionaba copias de libros que grabó para el Instituto para Ciegos.

Cortó una rebanada grande y se retiró a su sofá para disfrutar de los últimos rayos del sol. Después, encendió el estéreo. El concierto para violoncelo de Elgar se adaptaba perfectamente a su estado de ánimo.

A mitad del concierto, Monty, su irascible gato, entró en la habitación y se comió las últimas migajas de pastel.

La música estaba a un volumen tan alto, que Honor no escuchó el timbre ni cuando llamaron a la puerta principal. Sólo cuando las puertaventanas que estaban detrás de ella golpetearon, se dio cuenta de que tenía una visita.

Honor se enderezó rápidamente y gritó cuando Monty le clavó sus garras en la piel a través de la falda, mientras ella se ponía de pie. Vaciló cuando iba a abrir el cerrojo, al mismo tiempo que trataba de quitarse de encima al enorme gato pegado a su ropa.

La lucha terminó cuando la puerta se abrió de golpe y el animal saltó a la cabeza del intruso y luego se refugió en la oscuridad.

—¿Qué demonios…?

Honor no necesitó abrir los ojos para reconocer al visitante. La había saludado antes con la misma expresión, con el mismo tono furioso de voz.

Adam Blake. Vestido con pantalón negro y un suéter del mismo color y con el ceño fruncido, parecía más grande que nunca y amenazadoramente atractivo. Él y Helen formarían una pareja impresionante, pensó Honor con melancolía. Eran tal para cual, dotados de una belleza y un magnetismo que era imposible de pasar por alto.

—Lo… lo lamento —se disculpó ella. Horrorizada descubrió un hilillo dé sangre en la sien de él—. Fue… fue mi gato…

—¡Si ese es su gato, no me gustaría conocer a su perro! —exclamó Adam, limpiándose el hilillo de sangre con el dorso de la mano.

—No tengo perro…

—Con un felino como ese, supongo que no lo necesita.

—Lo asustó, eso es todo —buscó en el bolsillo de sus jeans y sacó un pañuelo que le ofreció a él—. Tenga, aún está sangrando…

Él hizo caso omiso del gesto amable y sacó su propio pañuelo, con el cual se dio unos ligeros toquecitos en la sien.

—¡Si bajara el volumen de ese maldito ruido, quizá escuchara el timbre!

—Da la casualidad de que ese ruido es Elgar —exclamó ella, cáustica, cuando hubo bajado el volumen del estéreo—. Creí que le gustaba la música clásica.

Ante la familiaridad del comentario, él entrecerró los ojos.

—¿Dónde están ellos?

—¿Ellos? Aquí no hay nadie, sólo yo. Señor Blake…

—¿Señor Blake? ¿Por qué tan formal de pronto? ¿Qué pasó con el "patán" y el "hombre de Neanderthal… cariño?

La palabra cariñosa era definitivamente una amenaza. Consciente de la corpulencia de él, Honor tragó en seco.

—Supongo… supongo que habló con ese detective…

—Tuvimos una conversación fascinante. Bueno, ¿dónde están?

—¿Quién?

—¡No quién, qué! Y no te hagas la inocente, pues no funcionará. ¡Si no empiezas a cooperar, te meteré a la cárcel!

—La policía está convencida de que yo no tuve nada que ver con… ¡el problema en que usted esté metido! —exclamó Honor, deseando saber de qué se defendía.

—No soy yo el que está en problemas ahora. Si no me muestras esas cartas en los próximos cinco minutos, yo mismo destrozaré este lugar.

—¿Las cartas? ¿Para qué las quiere?

—¿Para qué crees?

Él dio un paso hacia ella y Honor, en actitud defensiva, se puso una mano sobre el pecho. Se desconcertó al sentir la piel desnuda. Miró hacia abajo. Horrorizada, descubrió que Monty le había desabotonado la mayoría de los botones de la blusa. Esta, abierta, dejaba al descubierto el sostén.

Sorprendida, Honor empezó rápidamente a abotonarse de nuevo, pero se quedó paralizada cuando, de pronto, Adam tiró de su blusa. Luego alzó la otra mano y deslizó los dedos por la piel suave.

—Parece que tu mascota no discrimina a sus víctimas… estás sangrando tanto como yo. Deberías de ponerte algo en esos arañazos de inmediato, pues la piel de tus senos es mucho más delicada y susceptible a dañarse, que la piel de las partes expuestas del cuerpo.

La naturalidad de él sólo hizo que Honor tomara mayor consciencia cuando retiró la mano poco a poco.

—Tengo alguna pomada antiséptica en el cuarto de baño… —ofreció ella, y retrocedió, nerviosa.

Algo salvaje destelló en los ojos dorados de él.

—Buena idea. ¿Por qué no la traes para que podamos curar nuestras heridas?

Honor sintió la cara ardiendo cuando corrió hacia el cuarto de baño. ¡Después de todo el esfuerzo que hizo antes para estar bien vestida y ahora él tenía que entrar cuando ella usaba jeans y una blusa que había comprado en una venta por liquidación!

Sólo dos de los cuatro arañazos que ella tenía rezumaban sangre, pero Honor los limpió y aplicó crema a todos ellos, pues no quería darle a Adam algún pretexto para exigir una revisión.

"Recuerda las cartas", se dijo ella. "Adam no es en realidad el pendenciero agresivo que aparenta ser. Es un hombre sensible y amable que da la casualidad, está confuso ahora."

El hombre sensible y amable estaba sentado detrás del escritorio de ella, buscando en los cajones. No le preocuparon las heridas, sino que quiso sacarla de la habitación, comprendió Honor, quien se sintió traicionada.

—Oiga, ¿qué cree que está haciendo?

Él no le prestó atención. Se inclinó en la silla para sacar otro cajón y vaciar su contenido sobre el suelo. Al darse cuenta de que no tenía esperanzaste detenerlo, Honor trató de ser amable.

—Señor… Adam, si quiere esas cartas, se las entregaré con gusto. Sé que está molesto, pero yo no sabía que usted creyera que le escribía a mi hermana. ¿Pero cómo podría saberlo? Escribió a esta dirección y yo soy la única H. Sheldon que vive aquí. Ni siquiera sabía que usted y Helen se habían conocido. Creía que me había visto en el baile y… y…

Él la miró con incredulidad y desprecio.

—¿Y me pareciste tan atractiva que no podía olvidarte? —agregó—. Sí, comprendo cuántas veces debe de haberte sucedido eso. Quizás así es como te diviertes: atrayendo de manera fraudulenta a desconocidos para que te escriban. ¿También te anuncias en las columnas personales y envías a tus partidos una fotografía de tu hermosa hermana para estimular su interés? ¿Estás tan celosa de ella que de alguna manera tratas de ser tu hermana…?

—¡Soy muy feliz siendo yo misma! Pareces olvidar que fuiste tú quien se acercó a mí —lo tuteó de repente—. Todo lo que yo hice fue contestar inocentemente una tarjeta que recibí…

—Tienes una interesante interpretación de la inocencia. La policía da otra versión de lo que sucedió. Según ella, creíste que era muy divertido incitarme hasta que decidiste que me volví demasiado insistente, de modo que pensaste que era hora de afrontar el problema y presentarte en persona.

—Sólo trataba de no involucrar a Helen en esto —protestó ella.

—Pero ya lo está, ¿no?, hasta el cuello. También ella participaba en la broma, ¿verdad?

—No era ninguna broma —dijo Honor mirándolo a los ojos, deseando que él le creyera—. No sabía lo que pasaba hasta que leí una de tus cartas esta mañana y… bueno, por supuesto se las mostré a Helen. Me platicó lo que hiciste por ella en el baile. Entonces supe…

—¿Se las mostraste? —preguntó Adam, elevando la voz—. ¿Helen está aquí?

La expectación que brilló un momento en los ojos de él lo dijo todo. A la hermosa Helen le perdonaría sus pecados, pero a su poco atractiva hermana, no.

—No, ahora no. Estuvo conmigo algunos días, pero voló a Sidney esta tarde. Cuando le comenté lo de la confusión, no se interesó. Ella no contesta cartas de sus admiradores, así que nunca te habría escrito aun cuando le hubieras enviado tus cartas a la dirección correcta en Nueva York.

Adam la miró fijamente.

—Esa fue otra mentira que le dijiste al detective.

—No le mentí. Le dije que ella vive en Nueva York, no que estuviera allí ahora…

—Pero sigue siendo una mentira. Parece que acostumbras aprovecharte de los errores de los demás, ¿verdad, Honor? Me pregunto qué otra cosa estás ocultando…

Después de eso, él continuó buscando. Molesta, Honor abrió el cajón de abajo. Sacó el montón de cartas que el detective había guardado en orden y las arrojó delante de Adam.

—¡Allí las tienes! ¿Satisfecho?

Adam revisó con impaciencia las cartas.

—Casi no —dijo—. Estas no me importan. ¿Dónde están las demás?

—¿Cuáles?

—Lo sabes muy bien. Las que no me enviaste.

Honor lo miró fijamente, sorprendida. Adam parecía estar a punto de perder el control.

—Todas están allí. Excepto la que el detective se llevó, por supuesto…

—¡Y dale gracias a Dios que me la entregó en lugar de utilizarla como prueba!

De pronto Honor comprendió la situación. Él quería estar seguro de que ella no había mostrado las cartas más reveladoras a alguien más.

—Mira… —dijo ella, alargando la mano hacia los sobres, pero gritó cuando él le dio un manotazo—. Sólo iba a mostrarte algo. Aquí están las últimas cartas.

—Ahora sé buena chica y muéstrame dónde escondiste las demás. Si me las das, haremos las paces… después que hayas contestado algunas preguntas…

—No sé de qué hablas, pues no existen otras cartas —aseguró ella, tratando de no revelar el pánico que sentía. Quizás Adam Blake tenía doble personalidad.

—Si así quieres jugar… —la manera en que le sonrió, la hizo estremecerse. Era casi como si disfrutara de la resistencia de ella.

—No estoy jugando. Aunque hayas enviado muchas cartas, esas son todas las que llegaron aquí —recalcó Honor, cada vez más histérica. ¿Cómo se razona con un loco?—. ¿Por qué no tomamos algo y hablamos de esto con calma? ¿Qué tal una taza de té? Quizás ese arañazo duele ahora. ¿Por qué no me dejas que lo cure y…? ¡Oh! —con un movimiento rápido, Adam hizo que se sentara en sus piernas.

En silencio la miró forcejear un momento. Después se inclinó hacia adelante, tomó el rostro pálido con sus grandes manos, con una ternura que a ella la aterró más que su ira.

—Olvida el té. Quiero algo mucho más valioso. ¿Quieres que te lastime, Honor? —le acarició detrás de las orejas y metió los dedos entre los cabellos femeninos, haciéndola cobrar consciencia de su fragilidad—. ¿Sólo así puedo hacerte decir la verdad? Las cosas acerca de ti que me dijiste en tus cartas… supongo que no todas eran mentiras —la hizo levantar la cara.

—Adam, por favor…

—No ruegues aún, que no he empezado —la interrumpió él, masajeándole el cuero cabelludo.

—Estás siendo poco razonable —susurró ella.

—¿Y no crees que tengo derecho a serlo? No cedo al chantaje. Nunca. No sé cómo conseguiste esas malditas cartas, pero si pensaste que podrías usarlas en contra mía, cometiste un grave error…

—Pero sí sabes cómo las conseguí… ¡tú me las mandaste! —exclamó Honor. Si él se inclinaba un poco más, la besaría. O, lo más probable, la mordería…

—¿Creíste que conseguirías dinero por ellas? ¿De mí? ¿O eres más ambiciosa? ¿Pensaste que podrías utilizarlas en tu carrera periodística vendiéndolas al mejor postor? Quizá sólo fue rencor. Quisiste hacer pagar el pecado de haber deseado a tu hermana y no a ti. Hay muchos motivos de dónde escoger, ¿no?

El aliento caliente de Adam llegó hasta la cara de ella.

—No… no soy esa clase de periodista —aseguró Honor.

—Aceptaste que trabajabas para un diario.

Cómo era insistente. Sin duda había tenido acceso a la grabación de la entrevista de ella.

—Sólo media jornada. Todo muy inocuo: exposiciones de horticultura, suplementos de publicidad, esa clase de cosas. Yo hago la composición en mi computadora.

Además de la omelette, Honor sólo había desayunado un poco de pan tostado, de modo que la glucemia le había bajado hasta la punta de los pies. Se puso pálida y cerró los ojos mientras una sensación de debilidad la invadía.

Apenas se dio cuenta de que él la sujetaba por la cintura mientras preguntaba con insistencia:

—¿Y es así como te ganas la vida? ¿Así pagas tu casa, tu auto, tus gastos de mantenimiento, tu ropa? ¿Trabajando media jornada?

—A veces hago otras cosas, como anuncios para radio y televisión… —si dejaba de pelear y contestaba las absurdas preguntas de él, quizá se iría—. La casa fue un regalo de Helen. El auto tiene seis años de viejo. Mi ropa la compro en las rebajas. ¿De acuerdo?

—¿Y eres una ferviente conservacionista?

—Me parece que vale la pena salvar a las ballenas. ¿Tú no lo consideras así?

—No a expensas de la vida humana —dijo él, observando cómo Honor recuperaba poco a poco el color mientras fruncía el entrecejo.

—Creo que nunca he escuchado hablar de ballenas arponeando a pescadores —dijo ella.

—No, pero hay radicales a quienes les gustaría llamar la atención vivamente con vandalismo, coches bomba, amenazas de poner veneno en los productos de empresas que según ellos explotan a los animales en su beneficio…

—¿Es eso lo que la policía está investigando? ¿Acaso crees que yo tendría algo que ver con eso? ¡Por Dios, me conoces muy bien!

—Al contrario, no te conozco en absoluto.

—Sí me conoces. Tienes todas mis cartas.

—Y tú tienes las mías.

Ella suspiró.

—Estamos en un círculo vicioso. Mira, soy pacifista, de modo que desprecio a la gente que utiliza la violencia para difundir su punto de vista. Lamento que tengas problemas, pero no tienen que ver conmigo. ¿Podemos hablar de esto mañana? Estoy muy cansada. He sido maltratada, interrogada, asustada e insultada. ¿No te parece que es suficiente por un día? —la compasión de sí misma la abrumó mientras, enumeraba sus penas. Ni siquiera había mencionado lo peor de todo: ¡el abandono del héroe romántico de su imaginación!

—Yo también estoy cansado, cansado de engaños y evasivas —insistió Adam, levantándose de la silla y haciendo que Honor se sentara en ésta—. Pero por supuesto, hablaremos de esto mañana. En realidad, es una idea excelente. ¿Por qué no te quedas aquí sentada mientras yo busco tus cosas?

—¿Mis cosas? —preguntó ella en el momento en que Adam salía de la habitación—. ¿A qué te refieres con eso de buscar mis cosas? Oye, ¿adónde crees que vas?

Él hizo una rápida búsqueda por el resto de la casa, sin prestar atención a Honor, quien, furiosa, lo seguía.

—Si es así como te comportas, ¡no me extraña que alguien te amenace! —exclamó ella, mientras Adam inspeccionaba el contenido de la cómoda de su dormitorio—. Es un milagro que nadie te haya roto la cara. ¡Deja eso! ¿Cómo te atreves a poner tus sucias manos en mi ropa interior? ¡Si no sales de aquí en este momento, llamaré a la policía!

Fue una amenaza ociosa. Lo último que ella deseaba después de lo sucedido ese día era otro encuentro con la autoridad, y Adam parecía saberlo. Ahora tenía en las manos unas pantaletas blancas de algodón.

—Si te pones ropa interior como ésta, dudo que te preocupes de que le pongan las manos encima. La reina Victoria daría su aprobación.

—¿Qué eres, un experto? ¿Por qué habríamos de vestirnos las mujeres como prostitutas sólo para complacer a los hombres y sus fantasías? ¡Además, la ropa interior que use no es asunto tuyo!

Menos mal que Adam no revisó el cajón de arriba a la derecha.

Por desgracia, él remedió el olvido. Se quedó quieto, miró el contenido, luego levantó la cabeza y dirigió una mirada de burla al rostro inflamado, mientras, poco a poco, movía la prenda de encaje hasta que una liga de raso se balanceó provocativamente en el aire. Ella alzó el mentón y apretó los puños.

Adam no hizo comentarios mientras volvía a guardar la prenda. No era necesario, pues su expresión lo dijo todo. ¡Ahora la hizo sentir como si tener unos cuantos perifollos fuera un delito!

—En este momento, todo lo que tiene que ver contigo es asunto mío —continuó él como si el intercambio silencioso no hubiera ocurrido. Abrió el armario y sacó una maleta. Luego empezó a echar en ésta, prendas de ropa que tomaba de ganchos y cajones—. Para cuando haya acabado contigo voy a conocerte mejor de lo que tú te conoces.

—¿Qué estás haciendo? ¡Deja eso! Adam, te lo advierto… Si no te detienes ahora, yo…

Él cerró la cremallera de la maleta.

—¿Qué harás?

Ella frunció el ceño mientras trataba de pensar en alguna amenaza que lo asustara.

—Llamaré a mi abogado.

¡Vaya amenaza! Quizás Adam había adivinado que ella no tenía ningún abogado.

—Muy bien. Utiliza mi teléfono —dijo él con frialdad—. Está interceptado, pero en vista de que afirmas ser inocente, sin duda no te importará que la policía escuche.

¿Su teléfono? Al fin Honor se vio obligada a aceptar que Adam no estaba tratando de asustarla. ¡Estaba lográndolo!

—No iré a ninguna parte contigo —mientras protestaba débilmente caminaba junto a Adam, quien todavía la sujetaba.

Una vez en la sala de estar, él puso la maleta en el suelo, pero sin soltar a Honor, corrió el cerrojo de las puertaventanas y revisó las ventanas.

—¿Dónde están tus llaves?

—Sobre la mesa del vestíbulo —respondió ella sin pensarlo, antes de forcejear mientras Adam la conducía hacia la puerta—. No es posible que hables en serio…

—Siempre hablo en serio —afirmó él. Era una mentira, pues muchas de sus cartas eran alegres.

—Pero… esto es absurdo.

—No te dejaré aquí. No hasta que esté seguro de dónde encajas tú…

—¡No encajo en ninguna parte!—exclamó ella en el momento en que Adam recogía las llaves de la casa y la hacía salir a la acera.

—Hasta que sepa eso con toda seguridad, no correré ningún riesgo. Hay demasiadas cosas en peligro. No sólo mi seguridad personal y la de mi familia, sino también la de otras personas. Quizá no tienes ninguna relación con la extorsión —dijo él, metiéndose las llaves en el bolsillo luego de cerrar la puerta—. Pero ya sea que haya sido planeado o no, eres otra fuente de presión, otra distracción cuando necesito concentrarme y dedicar todos mis esfuerzos a mi problema principal. Además —agregó mientras abría la puerta del elegante Mercedes y la obligaba a sentarse en el asiento posterior, junto con la maleta—, si eres tan inocente como afirmas, ¿no se te ha ocurrido pensar que al admitir estar relacionada conmigo, también corres peligro? Tú también podrías ser blanco de los fanáticos, si ellos tienen la idea de que pueden lastimarme a mí lastimándote a ti. Si es así, estarás más segura donde haya mucha seguridad.

—¿De modo que me secuestras por mi bien? —preguntó Honor, malhumorada, para ocultar el miedo que las palabras de él, le provocaban.

No dudaba que Adam creyera lo que él decía. La frustración y amargura que había en la voz de él expresaba rabia. No le gustaba ser una víctima. Al ejercer dominio sobre ella, recuperaba un poco de su poder para controlar los sucesos a su alrededor. Adam la miró sombríamente.

—¿Dudas de mí? —preguntó él mientras desenganchaba un pequeño teléfono celular negro de su cinturón y marcaba algunos números.

Adam se puso de pie y mantuvo en voz baja una conversación que Honor no pudo escuchar bien. Después le entregó el teléfono a ella.

—¿Bueno? —contestó Honor.

—Habla el detective Malcom Marshall, señorita…

Honor escuchó en silencio mientras quien fue su interrogador confirmaba el punto de vista de Adam.

—Las amenazas que el señor Blake ha recibido han sido tan generales, que no puedo asegurar categóricamente que usted no esté en peligro. Sin embargo, tampoco puedo afirmar que sí lo esté. Por lo tanto, no le vendría mal tomar precauciones. Sé que el señor Blake se sentiría responsable si algo desafortunado sucediera, así que su sugerencia de protegerla es un gesto bastante generoso…

—¡Qué gusto tener influencia en las altas esferas! —exclamó Honor al devolverle el teléfono a Adam.

Él cerró la puerta y se sentó delante de ella.

—Sí —respondió—, por eso me aprovecho de ello.

Honor alargó la mano hacia la manija de la puerta.

—No te molestes, pues las puertas traseras tienen cierre de seguridad —dijo él, encendiendo las luces y el motor—. No te asustes. Marshall es un profesional… muy buen policía. No te mentiría, ni siquiera por mí. Por lo que a mí se refiere, trato de protegerte. Aún quiero que me contestes algunas preguntas. Ahora deja de quejarte y abróchate el cinturón de seguridad.

Honor obedeció, cansada, mientras Adam ponía en movimiento el automóvil. Quizá tenía razón. Tal vez a la mañana siguiente, los antagonismos personales que los sucesos del día habían causado entre ellos, desaparecerían.

Si no, al menos después de un buen sueño, ella se sentiría lo suficientemente fresca para reiniciar la pelea en mejores condiciones. De pronto una idea terrible le vino a la cabeza.

—¡Espera un momento! ¡Oh, no! ¡Detén el auto! —el cinturón de seguridad casi la cortó por la mitad y el grito de pánico que profirió hizo que Adam diera un frenazo.

—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿Estás bien?

Monty. No le gusta estar solo y es muy capaz de huir si cree que me he ido y lo he abandonado. Podrían matarlo o envenenarlo. Si no lo llevamos con nosotros, voy a protestar enérgicamente y luchar con furia. ¡No me iré de aquí sin mi gato!
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