¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam




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título¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam
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Capítulo 6

—Tengo una proposición para ti.

Honor miró fijamente al hombre sentado detrás del pesado escritorio de nogal. Podría parecer perfectamente cuerdo, pero desde luego no lo estaba. ¡Primero su acto exasperante durante la cena y ahora esto!

—La respuesta es no —aseguró ella con frialdad, cruzando las piernas para subrayar la firmeza de su negativa. Había hecho que le explicara de nuevo lo de las cartas mal dirigidas mientras él escuchaba, esta vez en silencio, dándole a ella esperanzas de que al fin empezaba a creerle.

—Todavía no sabes de qué se trata.

Él jugueteaba con una elegante pluma de plata, pero su atención estaba en otra parte. Al seguir la mirada de él, Honor vio cómo el vestido que llevaba había dejado al descubierto sus muslos, de manera que rápidamente dejó de cruzar las piernas. El hombre era un genio para perturbarla.

—No me importa lo que sea. La respuesta sigue siendo no.

—¿No quieres al menos escucharme hasta el final? Sin duda me debes mucho. .

—No te debo nada. Y menos pensar en alguna proposición indecente…

Él dejó de juguetear con la pluma.

—¿Qué te hace pensar que es indecente?

Él pareció tan sorprendido que Honor casi se ruborizó.

—La manera en que te comportaste en el comedor —esgrimió ella, empleando el sarcasmo para disimular su orgullo lastimado— ¡no es el método perfecto para convencer a tu madre de que no hay nada entre nosotros!

—Sí, bueno… te pido disculpas por eso —dijo él, mirándola a los ojos—. Creo que me dejé llevar un poco por mi deseo de venganza. Lamento haberte molestado.

—¿Te dejaste llevar un poco? ¡Pero si te ahogaste en tus propias tonterías!

—Qué descripción tan repugnante, pero muy acertada. Te gustan mucho las metáforas pintorescas, ¿verdad, Honor? Empleas muchas de ellas en tus cartas…

Ella trató de recordar exactamente qué metáforas reveladoras podría haber empleado en sus efusiones creativas. Nunca corregía sus cartas de la manera en que corregía sus textos originales.

—Sé que sólo fue una actuación —dijo ella.

—Por supuesto que lo sabías. Eres una mujer muy inteligente y perspicaz. Demasiado inteligente para guardar rencor por una actuación mezquina.

—No es necesario salir al ataque —apuntó ella agriamente—. ¿De qué se trata esa proposición tuya, entonces?

—Es una proposición de negocios, por supuesto.

—Adelante.

—Actualmente estoy tratando de resolver los problemas que creó la muerte de mi hermano en la empresa de la familia. Por desgracia, aunque Zach era un agricultor nato, parece ser que le faltaba mucho para ser un administrador. En parte es culpa mía, porque después de nuestra expansión original, llevamos las cosas una tras otra hasta que mi esposa murió. Zach supervisaba el aspecto agrícola y yo me encargaba de los negocios. Entonces todos vivíamos aquí, así que Tania tuvo que hacer el papel de señora de la casa mientras que mi mamá dirigía las labores domésticas y Mary se dedicaba a atender a Sara…

Como si advirtiera el interés de ella, Adam se levantó y se volvió hacia la ventana encortinada que estaba detrás de él. Iba a correr las cortinas, pero dejó caer la mano en un gesto de frustración. De pronto, Honor comprendió que quizás le habían aconsejado que no se acercara a las ventanas iluminadas. No volvió la cabeza mientras continuaba hablando.

—A Mary le encantaba este lugar, pero después de su muerte, me sentía sofocado por sus recuerdos, así que Sara y yo nos trasladamos a la ciudad. Ahí me concentré en fortalecer la empresa de desarrollo de propiedades que había creado como un negocio suplementario. Si hubiera sabido que Zach tenía problemas, le habría ayudado, pero nunca me lo hizo saber. Era mi hermano mayor. Siempre lo había respetado y admirado. Quizá no quería poner en peligro eso o tal vez no quería cargarme con obligaciones que yo había rechazado…

—¿Quieres decir que la empresa de tu familia tiene dificultades financieras? —preguntó ella con cautela.

No debió de haber preguntado eso.

—No, eso no es lo que quiero decir. La compañía es solvente. Así que si publicas una palabra en contra, entablaré un pleito por difamación en contra tuya de inmediato.

Ella parpadeó.

—Si confías tan poco en mí, ¿por qué demonios me cuentas todo eso?

Él frunció el entrecejo.

—Todo lo que las Inversiones Blake necesitan para volver al camino es un manejo firme desde arriba —continuó él, sin prestar atención a la pregunta de ella—. Mi primera tarea es motivar y entusiasmar a todos. Quiero unir a los empleados y hacerles sentir que tienen verdaderos intereses en el futuro de la compañía, sea cual sea su nivel de trabajo. Quiero una hoja informativa del personal, algo elegante pero barato, ahora. Necesito a alguien en el momento con habilidad probada en computación, alguien que sepa que no me fallará…

Honor cayó en la cuenta. Se puso de pie, incrédula.

—¿Quieres que yo lo haga?

—Por decirlo así. ¿Por qué tan incrédula? ¿No eres hábil en tu trabajo?

—Por supuesto que sí. Pero no esperes que crea que quieres que trabaje para ti alguien que piensas te ha engañado y traicionado tu confianza…

—Me pareció que te había pedido disculpas por eso.

—Me pediste disculpas por tu conducta conmigo durante la cena, no por todo lo demás que has hecho.

Él movió la cabeza.

—Eres una mujer dura, Honor Sheldon.

—Y tú eres un hombre duro.

—Todavía no, pero si sigues provocándome, descubrirás lo duro que puedo ser.

Quizás él no quiso hacer esa insinuación sensual, pero eso no impidió que Honor bajara la vista. Tan pronto como se dio cuenta de lo que hizo, miró a Adam a los ojos y se sonrojó.

—No fue mi intención provocarte así, cariño —comentó él en voz baja.

—¡No me llames así!

—Tú me llamaste cariño.

—Sí, pero yo sólo estaba…

—Jugando conmigo. Sí, lo sé. Muy imprudente de tu parte. ¿Quién te enseñó a coquetear? ¿Tú hermosa hermana? Los celos se apoderaron de ella.

—¡No metas a Helen en esto!

—Es difícil, pero intentaré hacerlo si tratas de perdonarme por no creer en tu inocencia sin mancha.

—¿Qué te hace suponer que no tengo mancha? —preguntó ella, todavía furiosa con Adam por haberla comparado con Helen—. Tengo veinticinco años. Sólo porque no soy rubia ni hermosa, no significa que no haya tenido muchas oportunidades…

Esta vez Adam se echó a reír.

—Estoy seguro de que sí, pero no me refería a tu experiencia sexual, Honor. Para ser escritora, pareces tener un terrible problema con la mala interpretación del lenguaje, ¿verdad? Sencillamente, quise decir que cuanto más tiempo pasó contigo, menos creo que te hayas metido en algo tan deshonroso como la extorsión —inclinó la cabeza y la miró, pensativo—. ¿Sabías que entrecierras los ojos cuando mientes… o, debo decir, cuando tratas de mentir? Como si te armaras de valor para hacer algo a contrapelo. En realidad parece algo bastante excitante. Inocente pero excitante, si sabes a qué me refiero.

Ella no lo sabía. Lo miró airadamente.

—Tienes una mente retorcida —repuso.

—¿Por qué te dije que entrecerrabas los ojos de manera muy excitante?

—Sí… quiero decir, no… mira, ¿te importaría retomar el tema?

—¿A mi proposición? —se oyó tan indecente como nunca.

—Tu ofrecimiento de un trabajo. Si es que existe y no lo inventaste como una especie de truco…

—El trabajo es real, te lo aseguro. Si la policía quiere que te quedes aquí unos días, ¿por qué no habríamos de sacar partido de la situación? Puedo hacer los preparativos para que traigan aquí tu computadora y te instales en una de las habitaciones disponibles. Si necesitas una razón mejor para aceptar, ¿por qué no tienes en cuenta hacer algún trabajo independiente para mí a cambio de que yo te dé cama y comida?

—¿No te parece que voy a intercambiar mis servicios virtualmente por nada? Recuerda que entré en esta casa como invitada ¡y los invitados no tienen que pagar por cama y comida! —argumentó ella con entusiasmo, sin darse cuenta de que había caído en una trampa.

—Ya veo que no necesitas mis consejos para sacar ventaja.

—No. He estado cuidándome sola mucho tiempo.

—¿Es por eso que no te llevas bien con tu familia… con tu hermana?

¡De nuevo Helen!

—Por supuesto que sí. Pero a mamá y a Helen les encanta vivir en Nueva York y a mí no. Cinco años fueron suficientes. Es una ciudad demasiado grande e impersonal. Así que después que me gradué de la escuela de segunda enseñanza, convencí a mamá de que me dejara regresar a vivir aquí con papá.

—¿Tus padres están divorciados?

—Mi padre murió hace unos años, pero no, no estaban divorciados. Daba la casualidad de que querían vivir en dos países distintos. Mamá acompañó a Helen y a otra modelo adolescente cuando obtuvieron sus primeros contratos en Nueva York, y desde que yo tenía doce años y papá trabajaba de manera irregular, mi mamá me llevó con ella. Nos quedamos cuando la carrera de Helen se inició, pero papá se mantuvo inflexible y dijo que nunca se iría de Nueva Zelanda. Él era el director del periódico para el que yo trabajaba…

Ella se preparó para recibir una acusación burlona de nepotismo, pero ésta no llegó. Esto resultó afortunado, pues el padre de Honor creó el empleo para ella cuando regresó. Entonces tenía diecisiete años y no sabía bien qué hacer con su vida, excepto que quería escribir.

Por fortuna, pronto encontró qué hacer, pues su interés por las computadoras y el arte gráfico, resultó útil cuando el propietario del periódico decidió aceptar la nueva tecnología computarizada. Cuando el padre de Honor murió y el hijo del dueño reorganizó la cadena de diarios que poseía en Auckland, ella aceptó la sugerencia de trabajar desde su casa.

—¿De modo que llevas la tinta en la sangre? ¿Nunca quisiste ser modelo como Helen?

—¡Dios, no! Aunque hubiera tenido la figura, no tenía el valor para hacerlo. Las modelos parecen tener piel delicada, pero en realidad necesitan tener piel de rinoceronte para sobrevivir a las críticas.

—¿Así que tú eres la de piel delgada de tu familia?

Para ser un hombre grande, Adam se movió con tranquilidad. Deslizó el dedo por la clavícula de ella, de modo que la hizo abrir los ojos.

—Tan sólo me preguntaba si aún te duelen los arañazos —aclaró él con inocencia—. Eres afortunada de que no se noten, de modo que no tienes que responder preguntas molestas.

Ella se llevó la mano al pecho y, en actitud defensiva, se cubrió los senos, aun cuando Adam seguía mirándola a la cara.

—No me duelen —dijo ella, decidida.

—No iba a mirar. Sólo mostraba preocupación amistosa por una colega.

—Todavía no te he dicho que aceptaré el trabajo.

Adam la miró fijamente un momento, luego suspiró y su rostro se endureció.

—Debería haber sabido que sucedería esto. Supongo que deseas tener derechos exclusivos acerca de la información confidencial de la extorsión cuando ésta se divulgue. Como ya posees datos potencialmente perjudiciales, tienes que saber que no estoy en condiciones de negarme.

Honor parpadeó mientras pensaba en una idea que no se le había ocurrido.

—Eso sería chantaje —dijo.

—Supongo que eso no te impedirá utilizarlo para obtener lo que deseas. Sabes que me tienes con el agua hasta el cuello.

¿De verdad? A Honor le brillaron los ojos al pensar en esta nueva perspectiva. De pronto Adam no la intimidaba tanto. Sonrió.

—Entonces quizá mi trabajo resulte más costoso de lo que pensabas… mucho más costoso…

—¡Eres una zorra insensible!

El insulto le produjo una emoción prohibida. Nadie la había llamado "zorra" y menos insensible. Era demasiado simpática, común y corriente, para provocar sentimientos fuertes en alguien.

—Cálmate, Adam —pidió ella con dulzura—. Deseabas que estuviera contigo. Ya me tienes. ¡Sencillamente tienes un poco más de mí de lo que esperabas! —rodeó el escritorio y se dejó caer en la silla—. ¿Por qué no te sientas y me das los detalles?

Condescendiente, le indicó con la mano la otra silla. No tuvo el descaro de poner los pies sobre el escritorio, pero con displicencia tomó la pluma con la que él había estado jugueteando antes.

—Bonita pluma. ¿Un regalo?

—En mi cumpleaños —miró con pesar a la arpía a quien había desafiado. Ella estaba acariciando la pluma con los labios, lo cual lo llevó a preguntarse si Honor quería provocarlo sexualmente. Quizá no. Tenía la impresión de que ella no se consideraba excitante. Escogió sus siguientes palabras con cuidado—. Sí. Me la regaló Sara. Ahorró durante dos meses para comprármela.

Vio que Honor dejaba caer la pluma como si fuera una brasa ardiente.

De pronto Adam se sentó y se pasó una mano por el pelo con gesto de preocupación.

—Sara siempre ha sido así: generosa con aquellos a quienes ama. Ojalá no hubiera escogido este momento para rebelarse, pero sé que debe ser importante para ella. Si no la animo a confiarme sus problemas, quizá lo lamente después. También sé por experiencia, que no me lo dirá hasta que ella esté dispuesta. No puedo lastimarla rechazándola hasta que sea más conveniente para mí. No entendería. Y si está aquí, tendré que explicarle qué pasa, pues es demasiado lista para no darse cuenta de que algo anda mal. Desde que Mary murió, se ha mostrado muy sensible a cualquier cosa que nos amenace como familia. Deberé dejar claro que las cartas anónimas están dirigidas a la empresa antes que a mí personalmente…

Honor se sintió peor que un gusano. Comprendió que Adam sólo había estado tratando de proteger su casa y a su familia.

—¿Sabes con seguridad que se trata de un grupo radical que defiende los derechos de los animales? —preguntó ella, vacilante.

—No… ese es el problema —ahuecó las manos, que se puso detrás de la cabeza, y se desperezó con cansancio. Honor apartó la vista, consciente de la sensación de sensualidad que experimentó. Había estado relacionada íntimamente con este hombre durante tres meses—. Se trata de un grupo de fanáticos de formación reciente o alguien que utiliza los derechos de los animales como un ciego —continuó Adam—. El hecho de que hayan hablado de dinero apoya la teoría de que se trata de una acción criminal y no política. ¡Pero todo ha sido tan vago! Hace más de dos semanas que llegó la primer carta y todavía no hemos recibido una exigencia concreta, sólo especulación acerca de lo que podría pasar si no cooperamos y satisfacemos las demandas que podrían hacer. Quienquiera que sea, parece más resuelto en prolongar el sufrimiento, que en tomar el dinero y desaparecer —la miró a los ojos y observó su expresión de preocupación un momento antes de decir, aún con cierta frustración—: Si esta es nuestra primera entrevista, ¿no deberías estar tomando notas? Por favor utiliza mi pluma…

Honor se sonrojó.

—Sin duda tengo derecho a cierta curiosidad personal…, considerando el hecho de que era sospechosa.

—Sigues siéndolo. Por lo que se refiere a la policía, todos somos sospechosos. Incluso yo.

—¿Tú?

Él se encogió de hombros.

—Podría tratar de cometer un fraude o encubrir una malversación…

—No es de extrañar que la policía no haya capturado a alguien todavía —dijo Honor; se levantó de la silla y con impaciencia rodeó el escritorio—. Están demasiado ocupados persiguiendo pistas absurdas. ¡No es posible que crean que estés metido en un plan tan tonto y ridículo!

—Gracias, Honor, por tu confianza…

—No es cuestión de confianza, sino de sentido común. Si estuvieras realizando una malversación, no llamarías la atención hacia ti. Eres demasiado inteligente. Lo harías de tal manera que nadie lo descubriría.

—Gracias de nuevo… creo.

Honor dejó de ir y venir por la habitación y miró fijamente a Adam.

—Bueno… es que es ridículo.

—Ya lo dijiste. Si alguna vez necesito un testigo, recuérdame no escogerte a ti. Con el entusiasmo de tu defensa, es probable que me incrimines.

—Sólo estaba pensando en voz alta. No le informaría cosas como ésa a la policía —corrigió ella de prisa—. Sé lo que se siente ser inocente, pero no estar bajo sospecha.

—Gracias —repitió él con el mismo sarcasmo. Una mano tibia la tomó de la muñeca. Adam echó la cabeza hacia atrás—. Eres muy crédula, ¿verdad, Honor?

—¿Crédula?

—Eres muy susceptible a las presiones emocionales. Fácilmente te desvías de tu objetivo.

Ella apretó los labios, como si advirtiera que algo desagradable se acercara.

—Me parece que no —negó con firmeza.

—Estabas lista para sacarme todo mi dinero hasta que te recordé que tenía una hija —señaló él—. Entonces toda tu hostilidad se derritió como hielo al sol. ¿Cómo diablos alguien tan bondadosa como tú, se defiende en el mundo real?

Era demasiado tarde para salvar las apariencias, pero hizo un valiente intento por desafiar el insensible oportunismo de él.

—No creas que no lo haré —dijo ella, furiosa.

—¿No harás qué? ¿Sacarme el dinero? —preguntó él, sonriente, satisfecho de sí mismo.

—¡Con mucho gusto! —exclamó ella, con ganas de borrar esa sonrisa afectada del rostro de Adam. Honor retrocedió hacia el escritorio. Ahora la consideraría más ingenua.

—Espero con ansias esa experiencia. Me alegro de que vayas a trabajar conmigo y no en mi contra. En momentos difíciles como éste, a un hombre le gusta saber que tiene a una zorra como tú de su lado.

—Espero que no emplees ese lenguaje cuando tu hija esté presente.

—No, señora —afirmó él con burla.

Honor tuvo ganas de abofetearlo. Apretó los puños.

Quizá fue bueno que ella permitiera que la involucraran en una situación tan ignominiosa. Le dolía descubrir que Adam se reía de ella… ¡qué bien! Después de enamorarse como una tonta de un héroe imaginario, una buena dosis de realidad exasperante era justo lo que ella necesitaba para dejarse de tonterías. Esperaría sólo lo suficiente para realizar el trabajo sucio y luego se iría.

Y, por supuesto, mientras estuviera allí viviría en la abundancia. Se vengaría de Tania por haberla tratado como a "Monty". Además, tenía la oportunidad de realizar un buen trabajo periodístico.

Escuchó, pensativa, mientras Adam esbozaba las condiciones en que ella se quedaría en la casa, lo cual incluía que compartiera las precauciones de seguridad que la familia había adoptado siguiendo los consejos de la policía.

—Como no tengo mi bicicleta y mi auto está aún en el taller, no puedo llegar muy lejos —aclaró ella con agresividad.

—Nunca falta alguno de los vehículos de la granja. Si bajas a la oficina del huerto detrás de la casa y preguntas, estoy seguro de que alguien tendrá tiempo para llevarte a donde quieras ir. Se lo mencionaré a Dave. Él es el administrador del huerto. Sin embargo, trata de hacer sólo los viajes esenciales y no les digas a todos dónde estás alojada. Está mal que Tania no lo tome con seriedad, pero a ella siempre le gustó esconder la cabeza debajo del agua para evitar ver las cosas desagradables.

Honor lo miró con incredulidad. Desde luego, esa no era la impresión que ella tenía.

—Ella no quiere que yo esté aquí —comentó Honor sin rodeos, preguntándose qué sentía exactamente Adam por su hermosa cuñada.

—Como le dije a ella antes, el poseer esta casa me otorga ciertos privilegios. Tania tendrá que poner al mal tiempo buena cara.

Honor sintió un poco de lástima por la otra mujer. Después de todo, tal vez sólo estaba luchando por su propia seguridad de la única manera que sabía hacerlo.

—Sea quien sea el dueño, esta sigue siendo su casa. Tiene derecho a quejarse de mi presencia aquí…

—Quejarse, sí, pero no ordenar. No le confieras a Tania tu propio sentimentalismo. No existe ningún vínculo entre ella y este lugar. Siempre trató de convencer a Zach de irse a la ciudad. Si se la hubiera dejado a ella, habría vendido una granja de tres generaciones en un instante y comprado algo en Auckland. Pero no está en la indigencia ni mucho menos. Sabe perfectamente bien que mañana mismo podría comprar una casa en la ciudad si quiere. Así que no caigas en la trampa de sentir lástima por ella. Puede cuidarse sola, a pesar de que manifieste lo contrario.

—Entonces, ¿por qué se queda? —preguntó ella, desafiante.

Adam la miró, divertido, y se puso de pie.

—¡Caramba, Honor! ¡Al igual que a ti, le parezco irresistible y cree que la proximidad podría tener éxito donde falló la simulación!

Unas horas después, mientras estaba acostada, Honor aún trataba de encontrar una respuesta aplastante al comentario arrogante de Adam. ¡Debería haberle dicho que desde luego ella y Tania tenían teorías radicalmente distintas sobre los efectos de la proximidad! Compararla con la viuda, era un insulto. ¿Qué lo hacía pensar que era tan irresistible?

De pronto Honor se sentó en la cama y abrió los ojos, horrorizada.

¡Las cartas!

Sabía que había un asunto importante que quería resolver antes de aceptar cualquier cosa.

Olvidó pedirle a Adam que le devolviera sus cartas. ¿Qué tal si decidía volver a leerlas? ¿Qué tal si leía de nuevo todas las tonterías que le escribió al hombre de sus sueños?

Honor miró hacia la puerta cerrada que comunicaba la habitación de ella con la de Adam. Una delgada línea blanca que iluminaba el borde inferior de la puerta, le indicó que él estaba aún despierto.

Sintió de pronto la urgencia de hacerlo. No iba a esperar hasta la mañana siguiente para resolver el problema. Preocupada como estaba, no podría dormir.

Se levantó de la cama e hizo salir a Monty, que estaba acurrucado en sus pies, y se dirigió hacia la rendija de luz, pero se desvió cuando vio su reflejo en el espejo. Tenía el camisón abotonado hasta el cuello y le llegaba hasta las rodillas, pero no iba a correr riesgos. Adam no iba a tener el pretexto de que acudía a él.

Al recordar algo que descubrió en el ropero cuando guardó su propia ropa, abrió éste y sacó el anticuado y descolorido abrigo rojo. Se lo puso y se miró de nuevo en el espejo. Nadie se atrevería a acusarla de seductora.

Cuando llamó a la puerta no hubo respuesta, así que volvió a hacerlo.

—¿Adam? ¿Puedo entrar? Tengo que hablar contigo.

No escuchó nada del otro lado de la puerta, pero estaba segura de que él se encontraba allí y a propósito la dejaba en ascuas.

Llamó una vez más.

—¡Voy a entrar! —exclamó antes de abrir la puerta y asomarse con cautela.

La habitación estaba vacía, la luz de la lámpara iluminaba las sábanas blancas que estaban abiertas y la cama de latón brillaba.

—¿Adam?

Honor se arriesgó a entrar, pero contuvo el repentino impulso de levantar la orilla de la manta y mirar debajo de la cama. Se cubrió la boca para reprimir una risa nerviosa.

Echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que la única fotografía que había en la habitación, era una de Sara. Parecía que por ninguna parte de la casa había alguna de Mary, como si él no pudiera soportar el recuerdo de haberla perdido. Sin duda estaba muy enamorado de ella. Quizás aún lo estaba y era por eso que buscó consuelo en la escritura de cartas.

—¿Eres sonámbula, Honor?

Ella abrió la boca, sorprendida, y se volvió. Adam había entrado en silencio. Llevaba una bata y se frotaba el pelo húmedo con una toalla.

—He decidido que quiero que me devuelvas mis cartas —pidió ella antes que Adam pudiera sacar alguna conclusión precipitada y arrogante en cuanto a la presencia de ella en su dormitorio.

Él se frotó por última vez la cabeza y arrojó la toalla sobre un taburete. Se pasó la mano por el pelo húmedo mientras se volvía hacia ella.

—¿Ahora?

—Bueno… sí… si están aquí… si aún las tienes… —se dio cuenta de que al vacilar, le ofrecía a Adam pretextos, así que rápidamente cambió de tono—. Sí, ahora, por favor. Te entregué las tuyas cuando me las pediste.

—Sí —aceptó él. De pronto se dio cuenta de la ropa que ella llevaba, pero por fortuna no hizo ningún comentario—. Veré si puedo encontrarlas.

—Hazlo —dijo Honor.

Lo vio abrir un cajón de la cómoda que estaba en el rincón.

—Aquí las tienes. ¿Te importaría decirme a qué se debe la urgencia?

Honor recogió los sobres que él arrojó sobre la cama. Se quedó sin aliento cuando comprendió qué trataba de hacer Adam.

—¡Y las demás! —exclamó ella—. Vamos, Adam, ¿dónde está la última media docena que escribí? Ya sabes de cuáles estoy hablando…

—¿No tienes la impresión de que hemos representado antes esta escena… con los papeles invertidos?

Ella apretó los dientes.

—Muy gracioso. Ahora que te has divertido a mi costa, ¿qué te parece si me las devuelves? —como él continuó mirándola de manera extraña, ella estalló—. ¡Debería haber sabido que no jugarías limpio! —metió las cartas en el bolsillo del abrigo, se acercó a la cómoda y abrió el cajón donde Adam buscó.

—No están allí, Honor…

—Bueno, ¿dónde están entonces? —preguntó ella, agresiva—. ¿Estás pensando chantajearme? ¿No te parece irónico, dadas las circunstancias? Bueno, olvídalo. No son tan importantes.

Quizá la mentira altanera de ella le remordió la conciencia a Adam, pues cambió su actitud.

—Te las conseguiré, Honor, te lo prometo —dijo y volvió a cerrar el cajón—. Pero no esta noche. Es tarde y estoy cansado.

El bufido de ella le indicó lo que pensaba de sus promesas.

—¿Cuándo? —preguntó la chica.

—Pronto.

—¿Qué tan pronto?

Adam apretó los labios.

—Tan pronto como pueda conseguirlas. ¿Por qué no te vas a la cama ahora…?

—¿Conseguirlas? ¿Dónde están? ¿Se las entregaste a la policía?

—No, por supuesto que no, Mira, Honor, yo… —algo pasó entre ellos y bajaron la vista, sorprendidos. El viejo cinturón con que se sujetaba ella el abrigo se abrió. Sin algo que lo afianzara, el grueso abrigo también se abrió.

Hubo un breve momento de silencio. Adam fue el primero en recuperarse.

—¿Me recibes con todos los honores? —preguntó él en voz baja—. ¿No es esto bastante contradictorio, considerando el gusto perverso que tienes por la ropa interior?

Ella sintió la boca seca.

—Fuiste tú quien escogió mi ropa —señaló con voz ronca. Sabía que debía retroceder.

—Muy sensual, sin embargo… —apoyó la mano contra el hombro de ella y creó una suave fricción entre la tela y la piel femenina. Honor experimentó un hormigueo en los senos.

—Y quizá no tan contradictorio, —refunfuñó él, observando el cambio que tenía lugar. Deslizó la mano por los senos—. Con cuánta perfección llenas mi mano…

Honor se mordió el labio para no gemir. Adam movió el pulgar sobre el pezón. Esta vez ella no pudo evitar estremecerse, transmitiendo así un mensaje inequívoco al hombre que la abrazaba.

—Ah, sí, te gusta eso, ¿verdad, Honor? Te gusta lo que te puedo hacer sentir…

Él alargó la otra mano y tomó el cuello del abrigo. Se lo quitó y sus dedos volvieron a acariciar la sensible piel del muslo de ella y así continuó hasta la parte posterior. Después buscó los labios y empezó a besarla.

Los besos de él eran algo nuevo y excitante. Honor dejó de lado la cautela. Echó los brazos al cuello de Adam y se puso de puntillas para oprimirse contra el cuerpo masculino. Se entregó a sus fantasías prohibidas. Dobló él torso, buscando aumentar el contacto, pero sin querer atrapar la mano de él y detener el dulce tormento que experimentaba en los senos. Abrió sus labios, su mente y su corazón a las sensaciones puras.

Él respondió a la falta de inhibición de ella con una violenta oleada de lascivia. Sus dos manos cubrieron el trasero femenino y la oprimió contra sus propias caderas.

Sólo cuando Adam la empujó hacia la cama e inclinó la cabeza para libar el pezón a través de la tela, el sensual letargo de ella empezó a disiparse. De repente tomó consciencia de la fuerza de él, de su propia desnudez debajo de la bata, que no podía ocultar su excitación. Deseaba que terminaran lo que habían comenzado, que Adam le hiciera el amor, pero lo que él quería sin duda, tenía que ver muy poco con ese sentimiento.

Sintió que la mano de Adam le tocaba el abdomen. Se quedó sin aliento.

—Adam… —ahogó su débil protesta un fuerte ruido que llegó desde la habitación de ella.

—¿Qué demonios…? —Adam levantó rápidamente la cabeza y con ademán, protector, empujó a Honor detrás de él, lejos de donde provenía el ruido.

La puerta que daba a la habitación de ella se abrió.

—¡"Monty"!

—¡Ese gato! —exclamó él—. ¿Qué hizo ahora? ¡Un día voy a retorcerle el pescuezo!

Honor descubrió que la puerta que daba al pasillo ¡había estado abierta todo el tiempo! Reflexionó en lo que podría haber pasado.

De inmediato una figura delgada vestida con bata apareció en la puerta para preguntar a qué se debió el ruido. Después se acercó otra figura más pequeña. Eran Tania y Joy.

En seguida el golpe final: una niña. Sara. Con los ojos desmesuradamente abiertos, como siempre, y más curiosa.

Lo que realmente destruyó la reputación de Honor en la casa Blake como una mujer honesta, fueron dos cosas sobre las cuales sólo una niña podría haber llamado la atención.

¿Por qué, preguntó Sara, Honor tenía una pequeña mancha húmeda en una parte importante y estratégica de su camisón? ¿Y por qué su padre caminaba "gracioso"?
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