¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam




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título¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam
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Capítulo 8

Honor suspiró, frustrada. El cajón inferior del escritorio de nogal estaba cerrado con llave. No había manera de que lograra abrirlo "accidentalmente" y descubrir su contenido.

La luz de la lámpara del escritorio se reflejaba en un abrecartas que se encontraba junto a ésta. Estuvo tentada a tratar de meter la punta en la cerradura, pero la tentación fue efímera.

Volvió a suspirar y puso las manos sobre la alfombra para levantarse.

—¿Perdiste tus lentes de contacto?

Alzó la cabeza tan rápido al escuchar la pregunta sarcástica, que se golpeó en ésta con el borde del escritorio.

—¡Ay! —exclamó Honor. Se puso de pie y se frotó la parte dolorida, pero fue mayor la sorpresa de ver al hombre que encendió la luz de la habitación.

Había algo extraño en la elegancia del esmoquin que él llevaba. Tenía un aspecto magnífico, pero parecía rígido y muy formal.

Ella se preguntó si parecía tan austero la noche del baile de los enamorados. Quizá. Joy le había comentado que esa ocasión Adam fue a la fiesta de mala gana junto con Zach y Tania.

Le confesó también que Mary había nacido el quince de febrero, de modo que Adam siempre se ponía un poco melancólico en la víspera del cumpleaños de ella. Así que la familia pensó ese día que le haría bien distraerse. En esas condiciones, no era sorprendente que se hubiera mostrado vulnerable ante una damisela en apuros, pensó Honor, sobre todo si Helen le recordó a su hermosa esposa. Adam mismo le confesó que cuando envió la tarjeta al día siguiente, lo hizo sin reflexionar; sólo era un tributo a una belleza misteriosa y la rápida respuesta lo tomó desprevenido.

—¡Ya regresaste! —exclamó ella.

Hacía menos de veinte minutos lo había visto salir de la casa en dirección a Auckland, a un asunto de negocios.

—Parecería que no antes de tiempo —respondió él con voz suave—. Es evidente que perdiste algo de valor. ¿O debería decir que no lograste encontrarlo? Además, ¿estás vestida así para cenar o para robar? ¿El color negro tiene muchos usos, ¿no te parece?

—Creí que estarías fuera por varias horas… dijiste que incluso podrías pasar la noche en la ciudad —Honor lo miró airadamente.

—Tenía un apartamento colina abajo —dijo Adam, frotándose los hombros y llamando la atención de ella hacia la humedad sobre la tela negra y las manchas de lodo que ensuciaban la orilla inferior del pantalón—. Como iba a mojarme y ensuciarme hiciera lo que hiciera, me pareció más inteligente regresar a cambiarme de ropa y de auto. Pero quizás ahora no me iré. No cuando ha surgido la perspectiva de una noche mucho más interesante…

Honor no podía interpretar mal lo que Adam quería decir mientras avanzaba… no, entraba, como al acecho a la habitación y su formalidad se convertía en algo más provocativo mientras se desanudaba la corbata negra y desabotonaba el cuello de la camisa blanca.

Se despojó del saco, que arrojó con descuido sobre el respaldo de un sofá. Aún con movimientos lentos, se dirigió hacia el escritorio, metió la mano en el bolsillo y sacó un juego de llaves. Utilizó la más pequeña de éstas para abrir el cajón que tanta frustración le provocó a Honor. Después se hizo a un lado y la invitó a echar un vistazo.

Honor ni siquiera se tomó la molestia de mirar hacia abajo, pues su mirada estaba fija en el brillo en los ojos de él y en la peligrosa dulzura de su sonrisa.

—¿No te interesa? Allí dentro hay algunos papeles que contienen información por la que algunas personas te pagarían bien. Además, allí está mi caja fuerte… ¿todavía no has intentado abrirla? —señaló hacia la pared.

—Sabes muy bien que no soy espía —repuso ella, agresiva—. Sólo quiero lo que es mío…

"Y eso te incluye a ti". Honor se cubrió la boca con la mano para no pronunciar esas imprudentes palabras.

No. Adam continuó mirándola con la misma expresión seductora y burlona.

—Pobre Honor, estás muy preocupada por esas cartas, ¿verdad? Déjame ver esa inflamación.

Pero no la miró. Metió los dedos entre el cabello de ella, mientras que con la otra mano buscó la herida.

Ella se asustó cuando Adam la tocó, consciente del aroma masculino que se desprendía del cuerpo cálido de él.

—Adam…

—No hables. Quédate quieta. Creo que no es grave. Sé qué cosa te hará sentir mejor…

Honor cerró los ojos y respiró a fondo. "Sí", yo también lo sé:

"¡tú!", pensó ella.

—También a mí: un buen trago. Ven a sentarte, porque ya es hora de que hablemos seriamente de algo que quizá te haga cambiar de opinión y dejes tu carrera delictiva.

Con esas ominosas palabras, la condujo sin que ella se resistiera, hacia el sofá. Después abrió un panel del librero y dejó al descubierto una colección de botellas y un diminuto refrigerador.

Adam se sirvió un whisky con cubitos de hielo y añadió ginebra al de ella.

—Bueno… —Adam se sentó junto a Honor y esperó hasta que ella tomó un sorbo— tengo que hacerte una confesión… Honor no lo dejó terminar.

—¡Lo sabía! ¡No las tienes! ¡Ya las tiraste! —lo interrumpió ella.

De pronto no parecía la más favorable de las situaciones que Honor se imaginó, después de todo.

Ese día junto a la alberca, estaba tan contenta de tener un pretexto para quedarse, que permitió que Adam pensara que la había sometido, pero en la mágica semana que siguió tuvo tiempo para arrepentirse de su debilidad. ¿Tenía él todavía esas cartas o no? Al final, ella tomó las cosas en sus manos y empezó su búsqueda subrepticia.

Mientras tanto, aunque Honor continuó realizando su trabajo sin obstáculos, siempre había algo que le impedía terminar el folleto; por lo general Adam mismo. El trabajaba en su propia oficina, en la planta baja, pero parecía tener un sexto sentido, pues siempre que ella estaba a punto de preparar el plan final, él llegaba con más cosas que era necesario incluir.

Adam también insistía en que con el fin de estar involucrada por completo en el proyecto, Honor tenía que conocer a la gente y los lugares para los que ella estaba trabajando. Casi todos los días él la llevaba durante algunas horas a explorar algún nuevo aspecto del imperio Blake. Así, ella se enteraba de lo importante que él era y de la gran responsabilidad que ahora tenía.

A menudo llevaban a Sara. Un día Adam fue con ésta a Auckland a ver a la directora del colegio, quien aceptó que la niña se quedara un tiempo más en casa, siempre y cuando realizara algunas tareas escolares todos los días. Llevó a Honor con él y por la mañana la dejó en una estación de radio donde ella pasó el día grabando varios anuncios promocionales.

—Si sabías que no tenía las cartas, ¿por qué estabas buscándolas en mi oficina? —preguntó Adam con impecable lógica.

Ella tomó de prisa otro sorbo, después uno más grande.

—Pensé que las habías extraviado. Así que creí que si echaba un vistazo… —bebió con avidez. De este modo, tenía algo que hacer con las manos y la boca. ¿Por qué Adam no le ayudaba?—. ¿Podrías ofrecerme otro trago?

Adam se puso de píe en silencio para servírselo más grande que el primero.

—Debiste habérmelo dicho —continuó Honor cuando él volvió—. Habría entendido. Quiero decir, no me habría sentido ofendida. Comprendo que para ti debe de haber sido muy molesto…

—¿Sí?

—Hay que reconocerlo; todos hacemos cosas de las que más tarde nos arrepentimos. No quiero que pienses que te tomaría en serio… Quiero decir, no creas que hay muchos hombres que me escriben apasionadas cartas de amor, pero es necesario tomar esas cosas con reservas si se es sensato…

—Y tú eres muy sensata.

Se alegró de que Adam entendiera eso.

—Sí.

—Tan sensata que me contestaste y me dijiste de modo muy razonable que dejara de escribirte esas tonterías.

Honor se ruborizó y se ahogó con su bebida. Atento, Adam le dio golpecitos en la espalda hasta que ella recuperó el control. Para entonces estaba bañada en lágrimas.

Él sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y Honor se enjugó el rostro.

—Sabes muy bien…

—Ah, pero esa es la trampa. Nunca te he escrito cartas apasionadas, así que ¿cómo podría haber recibido respuestas a ellas? La única correspondencia que he tenido contigo son esas cartas amables, conmovedoras y graciosas que intercambiábamos una vez al mes…

—Pero eso es imposible… estaban escritas con tu letra… estaban dirigidas a mí… es decir, a Helen… ¡pero me llegaban a mí!

—Pero la dirección no estaba escrita a mano, sino con computadora.

—Pero las cartas…

—Oh, las cartas eran mías, lo admito. Pero no eran tuyas. Nunca las escribí para ti… o para tu hermana. Las únicas cartas de amor que he escrito en mi vida, las envié hace años, cuando aún era joven, a una novia de la que estaba muy enamorado…

—No… no entiendo —tenía mucho miedo de empezar a comprender lo que él, con mucha amabilidad, trataba de decirle.

¿Otra Helen? ¿No Helen Sheldon? ¿No su hermana?

¡De modo que existía otra mujer hermosa en el pasado de Adam! No podía imaginarse que él le hubiera sido infiel a Mary.

Honor hizo una mueca. Había sido bastante desalentador competir con un dechado de belleza… ¿pero dos? Al menos, ya no tenía que preocuparse de que su hermana fuera su rival. Si Adam hubiera querido comunicarse con Helen, ¡no habría vacilado en pedirle a Honor su dirección!

—¡Oh, Honor! No existe una manera sutil de decirte esto, ¿verdad? Que yo sepa, esas viejas cartas estaban en uno de los desvanes, en una maleta y junto con muchos otros felices recuerdos míos. Ella se creyó en la obligación de devolvérmelas… así que nunca podría olvidar qué se sentía enamorarse por primera vez. ¡Como si pudiera hacerlo! De todas maneras… bueno, entenderás lo que significaban para mí… eran una parte muy importante de mi historia personal.

Oh, sí, Honor podía entenderlo perfectamente. Sabía con certeza lo que significaba acariciar un sueño.

—Cuando Malcolm me mostró la carta que te había quitado, ¡no podía creerlo! Volví corriendo aquí y busqué en el desván como loco. Pero cuando no pude encontrarlas… bueno, no puedo decirte cómo me sentí. Es por eso que llegué a ti como Atila. Si las tenías, entonces, para mi tranquilidad de espíritu, debías ser culpable de algo… ¡de cualquier cosa! Pero, en lugar de encontrar respuestas, todo lo que hallé fueron más preguntas. Para empezar, no tenías todas las cartas. Y, en caso de que no lo supieras, casi todas las que te enviaron, parecían seleccionadas con cuidado para mantener una especie de anonimato de ambos lados… nada de nombres ni direcciones…

—Lo supe… demasiado tarde —comentó Honor con expresión ceñuda.

—Sólo fue una infortunada coincidencia que llegara a un punto crítico al mismo tiempo que esto otro —la sujetó del mentón, obligándola a mirarlo a los ojos—. Te das cuenta de que tenía que mantenerte aquí, ¿verdad? Debía saber si tenías las demás cartas, si sólo se trataba de una broma o una conspiración…

Honor apartó la cabeza.

—¡Pues no lo era! —exclamó.

—Me di cuenta de ello en seguida. Pero en lo que a mí se refería, eso sólo empeoró las cosas. Significaba que tenía que buscar al delincuente más cerca de la casa. Al analizar las fechas del correo en los sobres, el primer cambio ocurrió poco después de que me instalé aquí, después de la muerte de Zach. Debía ser alguien que tenía acceso al desván, alguien que robaba mi correspondencia y te mandaba las cartas falsificadas. No sólo eso, sino que tendrían que interceptar tus respuestas, pues de otro modo yo me daría cuenta de que algo pasaba.

Honor se puso pálida al pensar en su amor en manos de algún individuo perturbado psicológicamente. Pero no era un desconocido. Era evidente que se trataba de alguien muy cercano a Adam. Ese era el motivo de la calma solemne de él.

—¿Pero cuál podría ser el motivo? —preguntó ella, sin querer creer que alguien en quien Adam confiaba, pudiera traicionarlo—. ¿Es una broma pesada? ¿Quién querría ser tan cruel… no sólo conmigo sino contigo?

Adam permaneció callado, observándola mientras ella trataba de entender lo que él ya sabía.

Honor solo pudo pensar en una persona que le guardaba el suficiente rencor para querer lastimarla.

—¿Acaso fue Tania…?

—¿Tania? —Adam negó con la cabeza—. No me extrañaría que a propósito ella hiciera que se extraviaran algunas cartas, si eso conviniera a sus propósitos, pero no al grado de generar un malentendido entre nosotros. Me parece que no. Si quería perjudicar nuestra relación, ¿por qué habría de hacer inevitable una reunión de nosotros animándote a creer que estaba enamorado de ti? —ella asintió con la cabeza y se sonrojó—. Es por eso que no me permitían recibir respuestas. Demasiado pronto el juego se habría descubierto. Era necesario convencerte primero…

—¿Pero por qué?

—Quizá por la mejor razón que existe en el mundo. Por amor.

—¿Por amor?

Adam sonrió al advertir la confusión de ella.

—Quizás alguien que me amaba estaba preocupada por mí. Tal vez esa persona pensó que yo necesitaba con urgencia una vida amorosa.

—¿Tu madre…?

—Creo que es lo más probable, ¿no te parece?

Honor recordó la manera en que Joy le dio la bienvenida a la casa.

—¿Se lo preguntaste?

—No de manera abierta. Es bastante duro acusar a la propia madre de uno de robo y falsificación si no se tiene la menor prueba de ello. Si estoy equivocado, podría lastimarla mucho. Y si tengo razón… bueno, me preocupa que mamá esté tan mal como Tania aseguró —deslizó el pulgar, pensativo, por los nudillos mientras reía entre dientes—. Pero entonces me di cuenta de que es todo lo contrario, pues nadie en un estado de confusión mental, podría haber tenido éxito en llevar a cabo un plan tan maquiavélico.

—Me parece que en realidad estás orgulloso de ella —replicó Honor—. No me importa dónde están tus demás cartas, pero, ¿qué hizo con las mías?

—Oh, sí, las respuestas sensatas y prudentes a mis divagaciones embriagadoras —deslizó el brazo por el respaldo del sofá y, provocativo, se inclinó hacia ella—. ¿Qué me darás si te prometo recuperarlas para ti?

—No tengo que darte algo —dijo ella, sin aliento—. Ya me prometiste dármelas, sin condiciones.

—Ah, claro —miró los labios femeninos abiertos—. Esa noche cuando de manera coqueta entraste en mi dormitorio, vestida con ese camisón sedoso y transparente…

—No estaba coqueteando… y el camisón no era transparente —se defendió ella débilmente, echándose más y más hacia atrás mientras los labios de él se aproximaban poco a poco. Iba a besarla y no había algo que ella pudiera hacer al respecto… a menos que se levantara y se saliera de la habitación, por supuesto…

—Seductor, entonces… y eso es gracioso, porque cuando estoy solo por la noche, dando vueltas en mi cama, me obsesiona el recuerdo de tus senos en mis manos y mis labios…

—¿Estás tratando de que sienta lástima por ti? —lo interrumpió Honor.

—¿Está resultando? —al fin los labios de él rozaron los de ella.

—No —suspiró ella, sin fuerzas, mientras los labios masculinos volvían a rozar los suyos…

—Eres una insensible… —sus labios sabían a whisky.

—Adam… el auto… la cena… —recordó ella, arqueando el cuello.

—Al diablo todo eso —dijo él con voz profunda—. Esto es más importante. En este momento prefiero estar haciendo esto que cualquier otra cosa… ¿Por qué no vamos a alguna parte donde podamos estar solos?

—Estamos solos.

—No lo suficiente. Quiero decir, realmente solos.

—¿Qué esperas de mí, Adam?

Él le besó los labios.

—¿Tienes que preguntármelo?

—Sí. Me parece que sí.

La expresión sensual de él cambió mientras se apoyaba en un codo y con la mano le acariciaba debajo de los senos.

—¿En verdad?

Ella asintió con la cabeza.

—¿Estás segura de eso, cariño? —su aliento fue como una caricia húmeda y secreta; ella cerró los ojos al sentir que sus senos se ponían tensos. Adam conocía todos sus secretos… excepto uno.

Honor se estremeció y descubrió que no podía contestar. ¿Por qué tenía Adam que preguntar? ¿Por qué no podía sencillamente mentir y permitir que los dos fingieran creerlo?

—¿Honor? Soy egoísta y ávido. No quiero perder a una amiga para ganar a una amante. Quiero a las dos —se puso de pie, la ayudó a levantarse y la apretó contra sí antes de apartarla—. ¿Me preguntaste qué esperaba de ti? La respuesta es nada, sino lo que estés preparada a dar —aclaró él—. Entonces, ¿qué te parece darme un poco de sinceridad? Por ejemplo, ¿por qué no me dices qué sentiste al abrir una carta y descubrir que de pronto estaba muy enamorado de ti? ¿Te sorprendiste? ¿Te divirtió? Y dime lo que sentiste cuando al final te diste cuenta de que yo pensaba que eras otra mujer.

—Me pareció… divertido —contestó ella, desafiante, abriendo los ojos tanto como pudo, e incluso sonrió un poco—. ¡Haberlo tomado en serio habría sido una tontería!

—¿Así que todo te pareció divertido? —la voz de él sonó incierta.

Honor alzó la cabeza.

—Sí —respondió.

—Entonces, ¿por qué estás llorando?

Ella se llevó la mano a la mejilla y descubrió con horror que era cierto.

—¡Porque te odio! ¡Por eso! —exclamó ella, histérica, tratando en vano de borrar la humillante evidencia, pero advirtió que estaba utilizando el pañuelo que Adam le dio. Se lo arrojó a la cabeza y se dirigió hacia la puerta.

De pie al otro lado, con la mano en alto para llamar, estaba Sara, elegantemente vestida para la cena.

—¡Oh! —Honor aún trataba de serenarse. Sabía que debía de tener la nariz roja y los ojos hinchados. Por eso la chiquilla hizo una mueca.

—Lo lamento, lo lamento —se disculpó la niña y se fue corriendo.

Adam pasó de prisa junto a Honor. Ella lo tomó del brazo, tratando de ayudar.

—Adam…

Él se volvió hacia ella con brusquedad.

—Suéltame. Por Dios, ¿no has hecho ya bastante daño esta noche?

La acusación de Adam era tan injusta, que se quedó sin aliento. No era culpa de ella que Sara hubiera alcanzado a escuchar la discusión entre ellos, aun cuando fue Honor quien gritó.

La cena resultó muy desagradable. Ni Sara ni Adam aparecieron y fue evidente que Joy había decidido que era hora de hacer valer sus derechos ante Tania. Mientras comían la fría sopa, anunció que iba a tomar clases de cocina con la esposa de un contador de la localidad. Sólo tuvo que esperar un instante la respuesta.

—¿A su edad? —preguntó Tania, frunciendo el ceño—. Tal vez sólo estorbará a las demás estudiantes. ¿Por qué no va a la tienda de pasatiempos de Evansdale si quiere hacer algo? Tienen unos hermosos tapices en venta.

—No me gusta coser. Prefiero cocinar —respondió Joy—. Además, Adam aceptó que hiciera lo que quisiera. Rhonda me dijo que le gustaría volver a su rutina anterior y trabajar de ocho a cuatro.

—No sé por qué quiere aprender a preparar curry. Ya sabe que no me gusta la comida picante…

—Pero ahora pocas veces cenas aquí, querida. Además, la comida india no es sólo curry. Hay una gran variedad de platillos regionales…

Y así continuó mientras Honor en silencio miraba el techo.

Al fin, cuando ya no pudo soportarlo más, se disculpó y se llevó la taza de café a su oficina; pero después de media hora de tratar de corregir el informe anual de una organización de servicio a la comunidad, se dio por vencida. Sencillamente no tenía el estado de ánimo apropiado. Nadie la fue a buscar. Incluso Monty la había abandonado.

Al final ya no pudo soportar la tensión.

Sus pies la llevaron hasta la puerta cerrada del dormitorio de Adam y después hasta otra puerta con una placa de cerámica con el nombre de "Sara" grabada en ella, producto de algún proyecto escolar.

Echó una mirada nerviosa al pasillo y acercó la oreja a la puerta, por encima de la placa.

Como no escuchó voces dentro y sabía que Adam se encontraba en otra parte, llamó con suavidad.

Sara, muy sumisa, estaba sentada ante el tocador, mirándose en el espejo.

—Papá me dijo que tenía que pedir disculpas —suspiró la chica y se sentó en la cama—. Estaba practicando.

—Me parece que es mejor no practicar esa clase de cosas —aconsejó Honor, sintiendo que la tensión se relajaba—. La espontaneidad es mejor si queremos ser sinceros. De todas maneras debería ser yo quien dijera que lo lamento. No fue mi intención desconcertarte. Tu padre y yo estábamos… hablando y yo perdí los estribos.

—Dijiste que lo odiabas. Te hizo llorar —señaló Sara.

—Se lo dije porque estaba molesta y no me hizo llorar. A veces me pongo emotiva.

Sara sonrió de pronto.

—¿De qué te dijo tu padre que tenías que pedir disculpas? —preguntó Honor de prisa.

—Oh, bueno… —Sara respiró profundamente mientras posponía el momento desagradable. Tomó una de las almohadas y la abrazó—.¡Fui yo!

—¿Tú qué? —preguntó Honor.

—Fui yo quien te mandó las cartas que mi papá escribió. Ya sabes, las sentimentales —Honor se dejó caer en la cama, junto a la increíble niña—. Papá dijo que te enfadarías. No lo hice para lastimar a alguien…

—Sé que no —la calmó Honor.

—Lo que pasa es que no quería que papá se casara con mi tía Tania.

—¿Qué se casara con ella? ¿Qué te hizo pensar que iba a hacerlo?

—No sabes lo que pasaba. Después que nos instalamos aquí, ella siempre lo andaba rondando, adulándolo, mirándolo como boba y diciéndole que lo necesitaba mucho. ¡Era indecente! No es que papá sea tonto, pero está en una edad peligrosa. Dentro de poco tiempo tendrá cuarenta años, así que pensé que, asustado por estar envejeciendo, podría casarse con mi tía Tania… Desde que mi mamá murió, él pasa la mayor parte de su tiempo haciendo cosas conmigo. Al menos yo voy a fiestas con mis amigos, pero papá prefiere leer algún libro o escuchar música. Entonces, ¿qué posibilidades hay de que conozca a otra mujer? Mi tía Tania trata de acaparar su atención. Incluso insistió en que la llevara a asuntos de negocios y a esas ocasiones ella las llamaba citas. Supongo que tenía razón porque era mi tía y no nos veíamos a menudo, pero yo no podía considerarla mi madrastra. Siempre quiere cambiarme y a veces papá deja que se salga con la suya porque no desea discutir con ella. Sara respiró a fondo y continuó:

—Entonces me acordé de ti. Siempre que llegaba una carta con tu letra, papá sonreía, aunque estuviera cansado y de mal humor. A veces me leía algunas partes a mí y me parecías realmente, divertida. Inteligente también, no como mi tía Tania. Papá me dijo que sólo eran amigos que se mandaban cartas y yo creí que eso significaba que vivías demasiado lejos, pero un día estuve husmeando y encontré tu dirección. Pensé que quizá mi papá tenía miedo de conocerte y que él no te gustara o que supiera que eras muy tímida. Tenía esa fotografía tuya del periódico… pero no eras tú, ¿verdad? Supongo que era tu hermana. Parecía muy contenta y mucho más hermosa que mi tía Tania. Así que un día que estaba jugando en el desván y encontré esas viejas cartas, pensé que quizá tú podrías pedirle conocerlo si descubrías que era un tipo excitante. Es muy romántico, ¿no te parece, para poder escribir cartas tan fantásticas como esa…? Así que escogí algunas que no tuvieran fecha, y eran las mejores… Supongo que fue una muy mala jugada mía, ¿no? De todas maneras al final de cuentas, todo resultó mucho más fácil de lo que pensaba, pues desde que mi papá ha estado aquí, siempre deja sus cartas personales en la mesa del vestíbulo, para que Rhonda las mande al correo. Sólo que pasó mucho tiempo sin que sucediera algo y mi tía Tania comenzó a insinuarme que sería bonito tener una madre con quien compartir las cosas. Yo estaba desesperada, de modo que hice que me suspendieran para que papá no estuviera solo aquí con ella tanto tiempo y que en un momento de debilidad, ya sabes… —miró a Honor con timidez—. Pero tú llegaste ese mismo día y…

—Y yo no era la hermosa princesa que esperabas.

—No, pero resultaste bien —aclaró Sara, magnánima—. En realidad, no ayudé, ¿verdad? Porque nada era real. Mi papá me dijo que no se puede obligar a las personas a que se amen, aunque se les hagan muchas jugadas. Al fin y al cabo todo depende de ellas. Pero quiero que sepas, Honor, que nunca leí las cartas que enviaste. Ni siquiera abrí los sobres. En realidad no supe qué hacer con ellas, así que las guardé en la caja de cartón que cerré con cinta adhesiva y que tenía debajo de mi cómoda… donde llevo mi diario. Es que mi tía Tania también suele husmear.

—Quizá podrías ver con claridad la manera de hacer las cosas, devolviéndomelas entonces —sugirió Honor con expresión grave.

—Ah, claro. Pero tendrás que pedírselas a papá. Se las llevó después que hablamos. Tengo que regresar a la escuela el lunes y… Oye, Honor, ¿adónde vas?

Al igual que su hija, Adam estaba recostado en su cama, pero con una importante diferencia: se encontraba rodeado de sobres abiertos y un gran número de hojas de papel de escribir azul. Estaba leyendo con atención. ¡Oh, Dios, ella incluso había perfumado las cartas!

—¿Cómo te atreves? ¡Devuélvemelas! —exclamó Honor al irrumpir en la habitación. Sin vacilar, se lanzó hacia él y trató de tomar las hojas de papel que volaron alrededor de ellos como una especie de confeti azul.

—¿Qué te pasa, Honor? Hablas muy en serio —bromeó él—. ¿No es esto gracioso? —la tomó de la muñeca—. ¡No vuelvas a mentirme así! Tenía razón cuando te dije que eras crédula, ¿no? ¡Eres una romántica crédula, imprudente e impulsiva! ¿No se te ocurrió haber averiguado primero quién era yo? Escribir cosas como estas a un hombre a quien ni siquiera conocías, era algo muy peligroso. ¿Qué tal si yo hubiera resultado ser un maniático sexual en busca de mi siguiente víctima?

—¡Quizá lo eres! —exclamó ella, furiosa.

—¡Vas a tener la oportunidad de descubrirlo! Si fuera tú, no me preocuparía, cariño. Es demasiado tarde. He estado leyéndolas durante la última media hora y tengo memoria fotográfica.

—Tú…

Adam acalló sus protestas poniendo un dedo sobre los labios de ella.

—Ahora cálmate y te ayudaré a recogerlas. A lo hecho… Honor. Ahora ya no tienes nada que ocultar. Por cierto, gracias por esos hermosos cumplidos. Nadie me había escrito en términos tan desinhibidos…

—¿Qué te parece tu original Helen? —replicó Honor, apartándose.

—¿Mi Helena de Troya? —preguntó él, sonriente, divertido—. Sus respuestas consistían por lo general de unas cuantas líneas en las que me decía dónde y cuándo verla. Éramos como Romeo y Julieta, lo cual resultaba mucho más excitante.

Honor apretó los labios.

—¿Podrías hacerte a un lado, por favor? Quiero recoger esta última carta que está debajo de ti.

—Desde luego. Oh, esa es mi favorita. ¿No es esa en la que me dijiste que era…?

—Buenas noches, Adam —se despidió ella con firmeza, alejándose de la cama.

El se levantó y se desperezó, tan satisfecho como un gato bien alimentado.

—¡Que duermas bien, cariño! Sé que yo sí lo haré…

Adam caminó hacia la puerta y la abrió, pero antes de dejarla salir, la besó brevemente. Era más bien una promesa que una amenaza.

—Todo estará bien mañana, ya lo verás. Un buen sueño pondrá todo esto en su verdadera perspectiva. No habrá más sorpresas desagradables ni complicaciones difíciles. De ahora en adelante, podemos concentrarnos en ti y en mí…

¡Adam estaba muy equivocado!

A la mañana siguiente, al pasar por el vestíbulo cuando se dirigía a desayunar, Honor se detuvo para ver quién llamaba a la puerta principal.

Afuera se encontraba un nuevo motivo de preocupación y complicación.

—¡Sorpresa! —exclamó su hermana, poniendo en el suelo su sombrerera y extendiendo los brazos—. Honor, no me dijiste que ascenderías temporalmente a la alta burguesía. Tuve que averiguarlo por mi cuenta. ¿No vas a invitarme a entrar para conocer a tu generoso amigo?
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