¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam




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título¿Acaso Adam Blake conocía todo acerca de Honor? Ella abrió su corazón sin ninguna inhibición cuando contesto sus cartas, ¡pero ahora se arrepentía! Adam
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Capítulo 10

Era extraño cuánto más un tono de voz podía expresar lo mismo que las palabras, pensó Honor, mientras cambiaba de velocidad para ascender otra tortuosa colina en su automóvil.

Si Adam la hubiera tomado entre sus brazos y hecho la importante pregunta con curiosidad y ternura, no se dirigiría ahora a casa, realizando la temeraria fuga en que pensó la noche anterior, por razones muy distintas.

Pero Adam no lo hizo. Se apartó de ella y habló con una brusquedad que rayaba en la ira, algo que pareció arrepentimiento.

—¿Por qué demonios no me advertiste que yo iba a ser tu primer amante?

Honor alargó el brazo y se cubrió con la manta, avergonzada de pronto por su falta de moderación.

—Dije que había tenido oportunidades, pero no que las hubiera aprovechado.

—Virgen. ¡A tu edad! —exclamó él con incredulidad impregnada… ¿era desprecio? No, eso era demasiado fuerte.

Era más bien desilusión.

¡Adam estaba desilusionado!

Honor se acobardó. El esperaba algo extraordinario de ella, pero Honor sólo le ofreció lo que no era fuera de lo común. Quizá fue torpe e inepta en comparación con su perfecta Mary-Helena. Adam le hizo el amor en tres ocasiones, cada vez con mayor pasión. Pero tal vez no se debió a que la ardiente respuesta de ella lo hubiera inspirado, como Honor ingenuamente creyó, sino que estaba desesperado por lograr la satisfacción que prometía la tensión sexual que se intensificó entre ellos. Pero no hubo una verdadera satisfacción, sólo un vacío amargo.

Ella tenía que hacerle frente al hecho.

—Quizá soy un poco anacrónica hoy en día —respondió ella ceremoniosamente—, pero cuando era adolescente, juré que nunca terminaría como las modelos amigas de Helen. Para ellas el sexo era algo tan natural y tan carente de sentido como un apretón de manos. Para mí iba a ser algo especial…

—¿Es esto? ¿Esto es ese "algo especial" de que hablas? Lástima que sentiste la necesidad de que también fuera "especial" para mí… ¿Por qué? ¿No confiabas en mí? ¿Qué demonios pensabas que haría…?

—Creí que no importaba… —mintió ella.

—¿No importaba? ¿Para qué diablos te mantuviste virgen si ibas a dejar de serlo así? ¡Por Dios, Honor, por supuesto que importa! Ni siquiera estabas preparada, ¿verdad, tontita? Si yo no hubiera tenido la suficiente presencia de ánimo para preguntarte si estabas protegida, ¡te habrías arriesgado a quedar embarazada la primera vez que lo hacías! ¿O así era más especial para ti…?

Honor apretó los puños sobre el pecho. Ahora al menos entendía esa furia. Adam tenía razón. Ella fue una tonta, pues su obsesión por amarlo la cegó al grado de que no previno las consecuencias de sus acciones. No era de extrañar que Adam creyera que tal vez tenía intenciones de atraparlo…

—Yo… no es el momento apropiado del mes para mí… —dijo ella.

—¡No es el momento apropiado para ti, y punto! ¿Crees que si lo hubiera sabido, habría permitido que sucediera así?

La confirmación de sus peores temores, fue un golpe que no pudo esquivar.

—¿Así? No sabía que existiera otra manera en que un hombre y una mujer pudieran hacer el amor…

—No, no lo sabías. Y eso es lo importante. Hay muchas cosas que no sabes o ni siquiera te has tomado la molestia por saberlas. ¿Te lastimé?

Horrorizada, notó que Adam ponía la mano sobre la manta, como si quisiera despojarla de ésta.

—¡No!

—Seguramente sí, pues estabas muy tensa la primera vez…

Ella se sonrojó, furiosa.

—Pero eso no te detuvo, ¿verdad? ¿Por qué no me preguntaste entonces si te importaba tanto? ¿Por qué esperaste divertirte antes de preocuparte de si me habías lastimado o no?

Fue Adam quien ahora se ruborizó.

—No fue divertido…

—Oh, no, me di cuenta de que no te gustó nada.

—A propósito me interpretas mal…

—Oh, lo lamento, pero las vírgenes ingenuas solemos hacer eso…

—Será mejor que aprendas a hablar respecto a eso en pasado, Honor. Me entregaste tu virginidad, ¿lo recuerdas?

—Sí, y qué gran error cometí. Debí habérmela guardado para alguien que apreciara ese… ese…

—¿Ese honor?

Ella tomó aire.

—Da la casualidad de que yo también lo lamento… casi se ahogó al reír amargamente. Miró por encima del hombre hacia la puerta, pero no pudo moverse. No podía soportar la idea de levantarse desnuda de la cama y que él la mirara.

—Maldición, Honor. No es eso lo que quise decir… ¿por qué me incitas a esas cosas fingiendo estar hastiada cuando los dos sabemos que no es así? Me sorprendiste… No podía creerlo la primera vez. Pero tenías razón. Estaba tan absorto en mi propio placer, que no me importaba. Quise tomar lo que pude antes que empezaran las recriminaciones. Nunca dije que me sintiera decepcionado. ¿Me sentí desilusionado cuando estaba dentro de ti? ¡Maldición, mírame! —la asió de la mandíbula y la obligó a mirarlo a la cara—. Tienes que darte cuenta de que yo tenía todos los motivos para creer que sabías exactamente en dónde te metías…

—Por supuesto que lo sabía —respondió ella con impertinencia—. Me acosté contigo.

—Hiciste mucho más que eso, Honor. Eso no iba a ser una aventura de una noche para ninguno de los dos. Dijiste que deseabas tener una aventura, pero descubro que no sabes nada de los riesgos que eso implica. Y aun sabiendo que me aprovecho de tu falta de experiencia…

Se sentía culpable. Bueno no quería que Adam se sintiera así ni que le tuviera compasión. Ninguna de las dos cosas sustituía al amor.

—No tienes que preo…

Ella se detuvo, pues en ese momento llamaron a la puerta.

Adam se recuperó primero. Se cubrió las caderas con la colcha y preguntó:

—¿Quién es? —sujetó a Honor de la cintura cuando ella trató de levantarse—. ¡No, no te atrevas a moverte antes que esto quede arreglado! —refunfuñó, sin tomarse la molestia de bajar la voz.

Hubo una breve pausa.

—Soy Tania. Voy a la ciudad a mirar apartamentos y quería saber si…

Honor se alarmó cuando Adam volvió a hablar.

—¡Por Dios, no tienes que gritar a través de la puerta, Tania! Entra.

—¡Adam…! —exclamó Honor.

La puerta se abrió antes que la chica se cubriera por completo con la manta.

Tania no hizo comentarios, aun cuando su sorpresa era evidente. Tampoco aceptó la invitación de Adam de entrar. Sin embargo, era obvio que no esperaba ver a Honor en la cama de su cuñado. Quizás a Helen. Se encogió de hombros, resignada.

—Sólo quería que me aconsejaras. Pero veo que estás muy ocupado.

Honor sintió un hormigueo en todo el cuerpo, cuando de pronto Adam pasó los labios por el hombro desnudo de ella.

—Desde luego ves con mucha claridad. Llama a mi oficina de construcción y consigue el número de Don Shelly. El maneja toda clase de bienes raíces, de modo que puede aconsejarte mucho mejor que yo… Me temo que en este momento mi concentración está severamente dañada.

—Gracias, Adam —dijo Tania, sonriente—. Me pregunto si estarás tan pagado de ti mismo dentro de algunos momentos —añadió y se fue.

Honor se preguntó a qué demonios se refería Tania. No tuvo que esperar mucho.

Vestida con su uniforme del colegio, Sara parecía tener más de doce años de edad. Su expresión también era de madurez.

—¡Hola! —los saludó, se sentó en la orilla de la cama y los miró con malicia—. ¿Qué están haciendo?

—Está bien, chicuela, no es necesario que trates de meterme en un lío para que le pida a Honor que se case conmigo —le reclamó su padre con severidad, pero a Honor le pareció que estaba a punto de reír. ¿Cómo podía reírse en un momento como ése?—. Da la casualidad de que ahora voy a hacerlo. Tenemos una discusión privada, que no hemos terminado aún. Así que retírate por favor.

—Una discusión, ¿eh? —dudó Sara, levantándose de la cama y guiñándole el ojo a Honor—. Sabía que sucedería. ¡Lo sabía! Se aman, ¿verdad?

—Así es.

—¿Y van a casarse? —preguntó la niña, feliz.

—Sí —respondió Adam.

Momentos después, cuando Sara se fue, Honor se levantó de la cama, olvidándose del recato…

La chica vio la cerca blanca de su casa con los ojos empañados por las lágrimas. La sensación de alivio era inmensa. Tuvo razón en volver a su hogar, pensó mientras estacionaba su automóvil.

Adam no entendió la negativa de ella a escuchar sus explicaciones fáciles. No entendió lo qué hizo al fingir que la amaba delante de su hija.

—¡Los dos sabemos que lo que quieres no es una esposa! —lo acusó ella cuando Adam la siguió hasta su habitación y se negó a irse mientras Honor se vestía. Acorralada como un animal, estalló—. Ah, sí, te conviene que esté enamorada de ti… así todo se te facilita. Además, ¿no es estupendo que ella esté tan agradecida de que le prestes atención, que no le importe desempeñar un papel secundario en relación con un maldito fantasma? No eres capaz de amar a alguien que esté vivo. Si yo fuera hermosa, quizá podría competir con tu Helena de Troya, pero no te gustaría, pues sería como ser infiel con ella. No importaría que fueras infiel conmigo. Sólo soy alguien que llena los requisitos como madre de Sara y amante tuya… —rió con amargura al notar la expresión de sorpresa de Adam—. No me extraña que te hayas asombrado tanto al descubrir que era virgen.

—¿Es tan difícil creer que me he enamorado de ti? —preguntó Adam en voz baja.

Honor rió con desesperación.

—¿Del mismo modo que te enamoraste de tu primera esposa, tu única esposa? ¿Oh, es por eso que me enviaste todas esas cartas de amor y me llenaste de ternezas, y estabas tan orgulloso de ser mi primer amante? ¡Oh, sí, Adam, fuiste tan convincente…!

Con mano temblorosa, Honor introdujo la llave en la cerradura de la puerta principal y casi cayó en su prisa por entrar.

No había llevado nada, se dio cuenta con un extraño sentido de indiferencia mientras caminaba por las habitaciones en silencio. Había empezado a hacer las maletas, pero entonces Helen entró y comenzó a hablar con esa voz tranquila como si tratara de comunicarse con una tonta. Honor sabía que Adam la había mandado, pero no le prestó atención hasta que su hermana empezó a sacar cosas de la maleta con tanta rapidez como ella las metía.

—¡Esto es ridículo! —exclamó Helen—. No esperes que me vaya contigo. Ya sabes que tengo que irme mañana, pues me demandarán por incumplimiento de contrato si no lo hago. No puedo quedarme sin hacer nada y ver cómo arruinas tu vida, debido a un malentendido que podría aclararse en un instante. Está más claro que el agua que estás enamorada de ese hombre. Y si él afirma que también te ama, a caballo regalado no se le mira el diente. ¿Por qué no le das una oportunidad a ese pobre tipo…?

Y así continuó hasta que Honor abandonó su intento metódico de partir y sencillamente huyó. Necesitaba con desesperación volver a casa, a su refugio, donde estaría a salvo, protegida por la comodidad de las cosas familiares, donde se sumiría en el sufrimiento y la soledad…

De manera que ahora que estaba allí; no tenía maletas, ni computadora, ni billetera; tampoco había comida en la casa. Incluso había abandonado a su gato.

Se dirigió al salón y se sentó ante el escritorio vacío. Miró por las puertaventanas el colorido primaveral de las flores del jardín.

No supo cuánto tiempo permaneció allí sentada en una especie de trance. Podrían haber pasado horas. Pero la tranquilidad que Honor buscaba, nunca llegó. No dejaba de pensar en Adam y en Sara, jubilosa de que sus esfuerzos desesperados no hubieran sido en vano después de todo, así como en Joy, quien frunció el entrecejo, angustiada, cuando Honor salió de la casa a toda prisa.

El cajón del escritorio que contenía sus cartas, se encontraba aún un poco abierto. De manera inevitable recordó aquella primera noche y el atropello que sufrió cuando regresó y encontró a Adam buscando entre sus pertenencias. Con añoranza, tocó el fondo del cajón vacío. Adam siempre la maltrataba.

Esta vez, Honor no tenía deseos de pelear. Los perdió la noche anterior, además de su valor y su sentido del humor, por no hablar de su virginidad.

Cuando sonó el timbre, su corazón empezó a latir con fuerza. Pero al mirar por la ventana, no descubrió ningún Mercedes estacionado junto a su propio automóvil, sino una camioneta azul que no reconoció.

Arrastrando los pies, fue hacia la puerta principal, en donde encontró a un joven desconocido, que levantó la tablilla con sujetapapeles y la pluma.

—¿Es usted la señorita Honor Sheldon?

—Sí.

—¿Honor Leigh Sheldon?

—Sí.

—¿La señorita Honor Leigh Sheldon que trabaja para el Evansdale Advertiser?

—¡Sí! Sí, soy yo. ¿De qué se trata? ¿Es una encuesta?

—Firme aquí.

—¿Por qué?

—Porque tengo un paquete para usted, por eso, y tiene que firmar.

—¿Qué paquete? —tardíamente se fijó en el nombre de una empresa de mensajería pintado en la furgoneta.

El sobre que el muchacho le entregó no tenía dirección ni identificación.

—¿Qué es? —preguntó ella.

—No me pregunte, yo sólo los entrego —respondió el joven, encogiéndose de hombros—. Pero por si acaso es una carta-bomba, creo que se la dejaré —añadió, riendo, y se fue.

Como el sobre estaba sellado, Honor regresó a su escritorio y utilizó su abrecartas para quitar el sello. Adentro encontró fotografías. Echó un vistazo con desinterés a las dos primeras.

A menudo la gente le enviaba fotografías en color, esperando aparecer en la página de acontecimientos sociales del periódico, pero éstas eran menos utilizables que la mayoría. La mujer, la misma en las dos fotografías, llevaba ropa casi del mismo color que el fondo. Los anteojos que tenía puestos, se apoyaban en su nariz en forma de botón y su sonrisa era amistosa.

Honor revisó las demás fotografías y se sorprendió al darse cuenta de que la mayoría eran de la misma mujer realizando varias actividades al aire libre y que mostraban una figura en forma de pera que quizás habría sido considerada el ideal femenino… hacía trescientos años. Honor se compadeció de la imagen de la mujer en traje de baño, aunque no parecía cohibida mientras reía con una pequeña niña que retozaba en el agua junto a ella. Era una pequeña regordeta de pelo rubio y grandes ojos que…

Honor miró a la niña y luego a la mujer. Buscó entre las fotografías hasta que encontró una en la que acompañaba a la mujer, embarazada esta vez, un hombre alto…

Le dio la vuelta a la fotografía. Allí, con letra que Honor conocía tan bien como la suya, estaba escrito:

"Mary y yo en el Baile de la Vendimia en Hannigans. ¡Como de costumbre, las venas varicosas no le permitirían a Mary bailar!"

Honor se llevó las manos a los labios y cerró los ojos. Mary. Helena de Troya. Dos mujeres de lo más distintas. No era de extrañar que Adam hablara de una broma entre ellos. Mary no tenía ningún atractivo. Pero era muy cariñosa.

Sus ojos y su rostro eran radiantes. Incluso en las fotografías en que no sonreía parecía feliz, pues sabía que la querían.

Cuando observó la última fotografía, la de la boda, en la que Adam aparecía con el pelo rubio hasta el hombro y Mary llevaba un vestido blanco y un pequeño ramillete amarillo en la mano, Honor contuvo las lágrimas por enésima vez ese día. Estuvo a punto de no ver el pequeño sobre.

"Honor Leigh Sheldon".

Adam no estaba corriendo ningún riesgo.

"Honor, mi único amor…"

Era una carta de amor, escrita sólo para ella.

"¿Cómo amarte? Déjame contar las maneras…"

Había escritas veintisiete razones por las que la amaba.

"Nunca me había sentido tan solo desde que Mary murió, tan herido y enfermo de dolor… hasta hoy. Sabía que te amaba, pero creo que no sabía cuánto, hasta hoy…

Te necesito, Honor, mucho más de lo que puedes imaginarte. No por Sara, no por tu generosidad en la cama, no por tu risa, ni tu sabiduría ni tu ingenio, aunque desde luego, todas esas cosas son parte de mi amor, no por puro egoísmo, por mí…

No puedo dejarte ir, ni siquiera un día, sin decírtelo. Nunca te amé con mis ojos, sino con mi corazón y mi mente. Quiero amarte, vivir contigo, casarme contigo, tener hijos contigo. Quiero ser ese fantasma amante que creaste, pero también el hombre de carne y hueso que puede hacer realidad tus sueños… Anoche estaba demasiado ávido y perdí el control… por eso me molestó que fuera tu primera vez. Tenía miedo de que te desilusionaras de mí, a lo cual tenías derecho. En realidad, saber que fui tu primer amante, es algo que guardaré en la memoria durante el resto de mi vida…"

Honor leyó la carta con avidez, repetidas veces, mientras las lágrimas brotaban cálidas y curativas, como las hermosas palabras.

Esta vez el timbre no sonó; sólo se escuchó el débil traqueteo de las puertaventanas.

Honor alzó la vista y al instante, el tiempo retrocedió. Vestido con jeans y suéter, Adam se encontraba de pie, afuera. Pero en lugar de que la oscuridad lo envolviera en el misterio, la luz del sol grababa los rasgos de su rostro.

A ella le temblaban tanto las manos, que tuvo que hacer tres intentos para abrir las puertaventanas. Para entonces "Monty", enojado, comenzaba a golpear con la cola el pantalón de Adam.

Él miró la carta que Honor tenía en la mano. Se sonrojó un poco. Se aclaró la garganta.

—Creí que si podías amar a un tipo arrogante, malhumorado, egoísta y mal educado como "Monty" como para compartir tu vida con él, también podrías hacerlo conmigo. Aunque yo no soy tan malo como él, pues al menos yo no traeré ratas a la casa…

—Oh, Adam… —dijo Honor, sonriendo.

—Estás llorando, yo… ¡Oh, horrible bestia! Maldición, ensayé esta conmovedora escena de amor… ¡oh! Sujeta un momento a este monstruo por favor mientras hago que deje de clavar sus garras en mi suéter…

Se libraron del gato, pero al hacerlo, se enredaron ellos mismos. Mientras "Monty" saltaba al suelo, Adam la abrazó y ocultó el rostro en el cabello de ella.

—Oh, Dios, no vas a hacerme esperar para darme tu respuesta, ¿verdad? Leíste mi carta… ¿Te gustó? Tenía tanto miedo de apresurar las cosas, pero necesitaba decir todo lo que no dije antes…

—Fue lo más hermoso que haya leído. Te amo, Adam. Siempre te he amado. Fue mi propia inseguridad lo que me hizo dudar. Tenía miedo de pedir lo que deseaba —lo miró con tanto cariño que él se sonrojó más—, sobre todo aquella noche. Fuiste un amante maravilloso, Adam.

—¿Incluso esta mañana, cuando me mostré tan inepto…?

—Adam, no vas pasar el resto de nuestras vidas pidiéndome que te dé cuenta de cada momento de mi amor, ¿verdad? —lo reprendió ella, riendo.

—Sí —respondió él y la besó hasta que Honor dejó de reír—. Me encanta escuchártelo decir. Nunca me cansaré de ello. Te escribiré una carta de amor todos los días de mi vida si es necesario para que te sientas segura. Y no sólo nos lo expresaremos, sino que lo demostraremos todos los días, también, ¡empezando desde este momento!

Se acostaron en el suelo y se comunicaron en un lenguaje mucho más rico y variado que las palabras.

Fin
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