Estudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion




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títuloEstudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion
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Tipología de los deportes profesionales
A
pesar de las diferencias entre ellos, Rigauer, Brohm y Hargreaves com parten el hecho de haber trazado los orígenes del deporte moderno sólo en sus raíces capitaiistas. Desde la óptica figuracional, esto no es tan grave como su simplificación excesiva. Permite que estos estudiosos pasen por alto o infravaloren los procesos que traté en los capítulos 2 y 3, por ejemplo, el papel un tanto independiente desempeñado en este proceso por la aristocracia y la burguesía rica. En este capítulo, sin embargo, optaré por un cambio de rumbo.
Antes sugerí que Hargreaves criticaba con razón a los defensores de la «teoría de la reproducción» al echarles en cara que la automía del deporte suponía que no contribuía mecánicamente a la reproducción de (En general, el término «deporte profesional» se refiere a cualquier tipo de actividad lúdica que aporte beneficios económicos a alguien. En este sentido, pueden distinguirse los siguientes nueve tipos de profesionalismo deportivo. Son tipos «puros», analíticamente discernibles en el sentido de que muchos deportes en fases concretas de su desarrollo revelan una mezcla de dos o más tipos. Los tipos se distinguen en primer lugar por dos dimensiones entretejidas:
primero, los grados de apertura o legitimidad del profesionalismo implicado, y segundo, las relaciones entre los productores de los espectáculos deportivos y los consumidores y otros que aportan la base económica, la cual permite a los productores obtener beneficios económicos de su actividad. El primero de los cuatro tipos comprende el profesionalismo encubierto e ilegítimo. El término «seudoamateurismo» es apropiado para describir estos tipos. Los otros cinco tipos restantes implican formas de profesionalismo patente y legítimo. He aquí los nueve tipos.

pos encubiertos, ilegítimos de profesionalismo deportivo (seu4oamateurismo»)
Un tipo de profesionalismo deportivo en el cual los deportistas amateurs viven de sinecuras del Estado dentro del ejército, la policía o el servicio social. Ejemplos: la antigua Unión Soviética y la Europa del Este antes de la caída del «imperio» soviético.
Z. Un tipo de apoyo financiero para deportistas a través de empleos, a menudo sinecuras, dentro de empresas industriales y comerciales privadas o mediante trabajos administrativos/organizativos ene1 deporte per se. Ejemplos:
la Rugby Union hasta 1995 yel cricket inglés hasta la década de 1960. Un tipo en el cual los deportistas reciben un subsidio a través de becas universitarias. Ejemplo: el fútbol americano y otros deportes universitarios de Estados Unidos. En algunas formas, la antigua práctica de los colegios de Oxford y Cambridge de reclutar estudiantes más por su capacidad deportiva que por su capacidad intelectual se aproximaban muy de cerca a los parámetros de este tipo.
4. Un tipo en que deportistas nominalmente amateurs que ganan dinero clandestino bajo mano o procedente de fondos aportados por mecenas, medios de comunicación, patrocinadores comerciales o la publicidad. Ejemplos: la Rugby Union en Gran Bretaña hasta declararse abiertamente profesional en
1995.
Tipos declarados, legítimos de profesionalismo deportivo
5. Un tipo de profesionalismo deportivo en el cual el dinero procede de mecenas. Ejemplo: el cricket inglés durante el siglo XVIII.
6. Un tipo de profesionalismo en el que el dinero se entrega bajo mano. Ejemplo: equipos deportivos peripatéticos/en gira como el de William Clarke «AlI England (cricket) )U» durante la década de 1850; el futbol profesional británico hasta la década de 1960.
7. Un tipo de profesionalismo que obtiene el presupuesto financiero con actividades de recaudación por parte de aficionados/miembros. Ejemplos: el fútbol, la Rugby Union y la Rugby League en Gran Bretaña en la actualidad.
8. Un tipo de profesionalismo cuyo apoyo financiero procede de patrocinadores y publicistas industriales y comerciales. Ejemplo: el futbol británico en la actualidad.
9. Un tipo de profesionalismo cuyo apoyo financiero lo aportan los medios de comunicación como pago a la transmisión televisiva/radiofónica de los partidos. Ejemplos: los Juegos Olímpicos contemporáneos, los Mundiales de fútbol y los deportes de elite en la mayoría de los países occidentales.
La falta de espacio nos exige un debate limitado de estos tipos. Me ceñiré a la consideración de tres de los tipos legítimos/djferenja5. el crícket del siglo XVJII es un ejemplo del 50 tipo; el fútbol y el crícket de finales del siglo XJX y comienzos del XX son ejemplos del 6° tipo, y el fútbol actual es un ejemplo con una combinación cambiante de todos los tipos legítimos/diferencjJ5 además del pago de «maletines», es decir, pagos ilegales a los administradores, jugadores y sus agentes cuando se produce la transferencia de un jugador. El debate se centrará en la relativa y cambiante autonomía de los productores directos del deporte, los patrones de consumo deportivo implicados en los distintos tipos de profesionalismo, y la relativa y cambiante autonomía de los consumj dores.
La estructura y ethos del cricket profesional inglés durante el siglo XVJIJ dependió en gran medida de la riqueza y dominio social indiscutible de la aristocracia y la alta burguesía. Su aparición fue un proceso social relativamente libre de conflictos. Esto se debió sobre todo a la existencia en la sociedad inglesa de aquel período de una estructura de clases basada en el dominio seguro de una elite terrateniente y ociosa, donde el equilibrio de poder entre clases implicaba grandes desigualdades y donde no era posible desafiar la posición de la clase dominante.
El poder indiscutible de la aristocracia y la alta burguesía inglesas del siglo XVIII otorgó a los miembros de las clases terratenientes cierta autonomía suficiente para estructurar el cricket virtualmente orientado hacia sus propios intereses. El tipo de profesionalismo surgido se basó en una clara subordinación de los profesionales a sus mecenas y una dependencia casi completa por lo que a las expectativas en la vida se refiere. Los miembros de la aristocracia y la alta burguesía contrataban a los mejores jugadores como sirvientes domésticos, cocheros o para trabajar en sus fincas, pero en realidad se trataba de jugadores de cricket (Brookes, 1978: 60 y sigs.). En aquel período también hubo números reducidos de lo que Brookes llama «jugadores independientes» que alquilaban sus servicios partido a partido (l3rookes, 1978: 63). Y había oportunidades para empresarios como George Smith, Thomas Lord y James Dark, que quisieron ganar dinero con la propiedad y administración de campos de cricket (Brookes, 1978: 73). Se calcula que hasta 20.000 personas asistían en ocasiones a los partidos ylos espectadores pagaban una entrada de 2 peniques por entrar en el Campo de Artillería de Londres durante la década de 1740 (Brookes, 1978:
50).
Por tanto, había ciertos elementos capitalistas dentro de la estructura general del cricket de aquel período, pero no puede decirse que hayan determinado la estructura ni el ethos del juego. Ambos dependían del poder intocable y de la inmensa riqueza de la aristocracia y la alta burguesía. Que unos pocos individuos de clases inferiores pudieran ganar dinero o mejorar su nivel de vida con

[deporte, o explotar las oportunidades comerciales que apuntaban en el
del deporte, a los miembros de la aristocracia y la alta burguesía les parecía a extensión de un «orden natural» donde el destino había decretado que ellos edaran ci poder, la riqueza y el estatus. Los aristócratas y caballeros que juban al cricket en aquel período eran productores y consumidores, jugadores organizadores, además de espectadores. Como jugadores, se implicaban bas2nte por sí mismos, reforzando la diversión que obtenían de las apuestas en los sultados de ios partidos (Brookes, 1978: 4 1-44). Su comportamiento no es_ia dirigido tanto por las ganancias pecuniarias como por la intensificación de a diversión o la adquisición de prestigio al demostrar a sus pares que estaban .por encima de cuestiones tan banales como el ganar o perder dinero. Aunque no fuera una aristocracia cortesana de pleno grado, se orientaban hacia variantes de racionalidad orientada por el prestigio que —sugiere Elias— contrasta con la racionalidad orientada por las finanzas en los grupos burgueses (Elias, 1983:
92).
Los aristócratas y caballeros que practicaban el cricket en la Inglaterra del sigb XVIII hacían que sus equipos salieran al terreno de juego con sus propios colores. Eran como un simulacro de ejércitos conducidos a la batalla por señores feudales. Podían actuar de este modo para minar el prestigio de los rivales entre otros miembros de su clase vinculados o no al mundo del cricicer.
Una de las cosas mis chocantes de este patrón del deporte profesional es que estos aristócratas y caballeros jugaran junto a profesionales contratados de clases inferiores, se cambiaran en el mismo vestuario, comieran y bebieran durante las cenas de camaradería que seguían a los partidos e incluso en presencia de grandes multitudes, y contemplaran con relativa ecuanimidad la humillación de una derrota a manos de jugadores inferiores socialmente. Poca amenaza suponía para su propia imagen o para su estatus social. Tampoco dependían financieramente de las multitudes que asistían como espectadores, al menos no en grado sustancial, para alimentar su ego. Por su parte, los espectadores, los consumidores vicarios del cricket en aquel período, debían disfrutar al ver jugando a sus superiores en la escala social, quizás en especial cuando sufrían un revés a manos de profesionales socialmente inferiores. Los consumidores de cricket también debían disfrutar de partidos emocionantes y de las oportunidades de hacer vida social y jugar a las apuestas. El nivel de emoción tiene que juzgarse frente a la relativa escasez de entrenimientos organizados al alcance de las clases inferiores de aquella época. Cabe suponer que ver a los «caballeros» correr el riesgo de ser humillados en el campo de cricket tenía algo en común con otro entretenimiento popular del período: los ahorcamientos públicos.
La profesionalización del fútbol y el rugby contrasta mucho con este patrón. Se inició a finales del siglo XIX durante un período del desarrollo de la sociedad británica en que la formación del Estado y la industrialización estaban bas 140

tante más avanzadas y cuando, junto con estos dos procesos, el equilibrio de poder entre las clases sociales había empezado a inclinarse. Lo más obvio es que una burguesía pujante desafiaba la hegemonía de las clases terratenientes, y había signos de que el proletariado amenazaba el dominio creciente de la burguesía. En estas condiciones sociales cada vez más fluidas, las tensiones entre clases aumentaron más que en épocas anteriores y los patrones de exclusividad social empezaron a ser sustituidos por una mezcla comparativamente más fácil y libre de clases sociales en los terrenos de juego de lo que había sido característico en el siglo XVJII y comienzos del XIX.
El desarrollo del fútbol y rugby profesionales reflejó este patrón de tensión entre clases y la exclusividad del estatus social. Como consecuencia, este desarrollo se vio acompañado de conflictos de carácter desestabilizador que a veces terminaban en graves trastornos. Por ejemplo, en 1895 el rugby se dividió a nivel de clases y regiones en segmentos profesionales y amateurs. Diez años antes casi había habido un cisma similar en el fútbol, e incluso el cricket experimentó graves tensiones a medida que las formas de organización y los patrones de trabajo se adaptaban a las condiciones sociales emergentes (Dunning y Sheard, 1979: esp. capítulos 7, 8 y 9).
Fue durante este período cuando la dicotomía entre profesionales y amateurs alcanzó la cumbre de su desarrollo en términos de valores y relaciones. Durante cierto tiempo, amateurs y profesionales siguieron jugando juntos pero, en la situación social que iba a prevalecer, la derrota en el terreno de juego a manos de grupos sociales inferiores resultaba más duro para los miembros de las clases altas. Llegó a simbolizar para la mayoría de ellos lo que más temían en la sociedad: la derrota política y económica a manos de la clase obrera. Se desarrolló asimismo un patrón de deportes donde la participación estaba segregada y donde los amateurs y profesionales estaban casi siempre separados. En los casos en que siguieron jugando juntos, fue en un contexto ritual y de etiqueta diseñado para subrayar la inferioridad social de los profesionales.
Al mismo tiempo, se desarrolló al máximo un ei-hos amateur que recalcaba que el deporte era «un fin en sí mismo» y subrayaba «virtudes aristocráticas» como el «juego limpio», el «carácter», el autocontrol y la generosidad en la victoria y la derrota. Uno de los corolarios de este ethos fue la idea de que el profesionalismo era la antítesis del «deporte verdadero», es decir, que por naturaleza destruía el carácter del deporte como «juego». En su forma más extrema, se puso el énfasis en la idea de que la participación directa era la única forma válida de consumo deportivo. Correlativamente la asistencia como espectador se tachó de «ociosa» y «moralmente dañina», y por tanto, rechazable.
Este patrón, y por encima de todo la existencia de valores según los cuales el profesionalismo ylos espectadores son la antítesis del deporte, ayuda en parte a explicar la precariedad de las instalaciones para los espectadores en muchos

estadios deportivos ingleses hasta la década de 1990. También ayuda a explicar por qué los legisladores de deportes como el fútbol han sido atacados tradiciojalmente por tener presentes los intereses y deseos de los espectadores. Sin em‘argo, este patrón ha tenido en parte un efecto contrario, lo cual ha forzado inctamente una forma limitada de acomodación a los intereses de los espectadores.
: Más en concreto, este patrón supone que, hasta hace poco, los deportes pro! fesionales en Gran Bretaña han estado menos expuestos a la presión comercial y económica que sus homólogos de Norteamérica. Allí, los clubes de los de- portes profesionales suelen estar en posesión de una corporación o de una persona acaudalada y se dirigen según intereses comerciales (Gadner, 1974). Si los : beneficios disminuyen, el dub suele irse a otra ciudad donde se espera que el mercado sea más provechoso. Esta situación ha sido inconcebible en Gran Bretaña hasta ahora. Es razonable esbozar la hipótesis de que una de las razones ha sido la persistencia de los valores amateurs, aunque cambiante de forma gradual y débil. Por ejemplo, cuando a finales del siglo XIX la mayoría de los clubes de la Football League se registraron como compañías limitadas, la federación de
fútbol pudo evitar que pagaran los dividendos de los accionistas que superaran el 7,5% de los beneficios. Una consecuencia fue que la identificación de la gente de la localidad y el interés por el juego en sí solía superar el deseo de los presidentes de beneficiarse. También supuso un apoyo a la tradición relativamente sólida y acendrada del apoyo de la población local a los clubes. Estas tradiciones ayudan a explicar por qué cuando ricachones con intereses económicos como Robert Maxwell y David Evans trataron durante la década de 1980 de cambiar la ubicación y fusionar los clubes Reading, Oxford United y Luton Town, no sólo se consideró impropio de los valores fundamentales ingleses, sino que se iniciaron movimientos de protesta relativamente eficaces.
Las motivaciones para acudir a los partidos de fútbol como espectadores y no como jugadores han solido amalgamar una mezcla de deseo de experimentar emociones placenteras y derrutinizadoras (Elias y Dunning, 1986; ver también el capítulo 1) y la expresión de cierto grado de identificación con el equipo local y cierta unidad social.
A diferencia de los accionistas y presidentes de los clubes cuyo poder deriva de la propiedad, y a diferencia de los jugadores profesionales cuyo poder deriva de la unidad de sus miembros y, de manera más efímera, de su pericia y, por tanto, de su «valor en el mercado», los espectadores/fans ejercen un poder muy escaso a no ser el de «votar con los pies» o escribir artículos y libros de crítica a fin de organizar campañas de protesta local y/o nacional, o bien comportarse violentamente durante los partidos. En el fútbol británico, los clubes con afición organizada empezaron a constituirse a finales del siglo XIX y en 1926 se fundó la National Federation of Supporters’ Clubs. No obstante, estas organi 142

zaciones han sido relativamente débiles y fáciles de controlar y domesticar por las autoridades y accionistas principales de los clubes. Las razones no son dificiles de hallar, a saber, el que ser aficionado de un club de fútbol es completamente gratuito, es decir, ocioso, y que no pertenece al ámbito laboral.
A diferencia de los presidentes que tienen una participación financiera, y de los jugadores cuya relación es laboral, la mayoría de los fans invierten cantidades de tiempo y dinero relativamente escasas en el apoyo de su equipo. Estas cantidades, aunque puedan ser grandes en relación con la renta de los fans, quedan empequeñecidas por los miles de millones que invierten los presidentes. Por consiguiente, y a pesar de lo poderosos que sean los lazos emocionales de los aficionados con sus clubes, su relación con el fi’itbol no está vinculada a la producción de medios básicos para vivir, y esto afecta el patrón y grado de implicación. Además, aunque hablen con regularidad de fútbol en el trabajo o en el pub, los aficionados de un club de fútbol sólo se reúnen en masa unas 2 horas cada 15 días durante 8 meses del año. Es decir, aunque no es aplicable a los que viajan con regularidad a ver jugar a sus equipos a otras ciudades, no experimentan esa exposición continua a unas condiciones vividas en comunidad y propias de muchos ámbitos laborales, condiciones que generan acciones colectivas coordinadas y eficaces, y que Weber describió como «acciones sociales racionales» en oposición a lo que denominó «acciones de k masas» o acciones de tipo «amorfo» (Weber, 1946: 180-195).
Tampoco la mayoría de los aficionados piensan más allá de los éxitos de sus clubes. Finalmente, aunque estén unidos por su afición al fútbol, están divididos por los colores de sus clubes, que son rivales en la competición. También suelen mantener poderosas tradiciones de odio hacia clubes particulares y sus fans. Ejemplos de odio recíproco son el Arsenal y el Tottenham, el Leeds y el Manchester linited, el Leicester City y el Nottinghairi Forest. Todo esto re- dunda en contra de la eficacia de las organizaciones nacionales.
Durante la década de 1950, cuando empezaron a aumentar en Gran Bretaña los salarios y las oportunidades de ocio, junto con la aparición gradual de una economía que dependía y era capaz de mantener una «sociedad de consumo y bienestar», se puede trazar un proceso cuyo origen se remonta a los años treinta (Dunning y cols., 1988) y en el cual los espectadores de fútbol empezaron a votar cada vez más con los pies, optando por ver el partido por televisión con las comodidades del hogar o apuntarse a algunas de las distintas opciones de ocio que empezaban a ofrecerse. El consiguiente declive de los ingresos por entradas, junto con el aumento de los contratos a los jugadores tras la abolición de los contratos máximos en 1961, en gran medida producto de la acción desarrollada por la Professional Footballers Association (PFA), supuso que los clubes se vieran obligados a buscar grupos con más dinero de los que habían apoyado el fútbol en el pasado reciente y

íuentes como la publicidad, el patrocinio comercial y actividades para reudar fondos de los aficionados.
En resumen, ci fútbol comenzó a adoptar elementos del quinto, sexto, sép¡mo, octavo y noveno tipos de profesionalismo. Como ha puesto en evidencia .ing (1995: 88), esta situación favoreció a los clubes grandes de la First Diviion, ya que tenían las mayores audiencias en televisión, eran los clubes más soLcitados ylos que aparecían con más frecuencia en televisión. El fútbol inglés iedó preso en un doble juego donde los principales clubes acumulaban cada z más poder y riqueza al tiempo que se secaban las divisiones inferiores.
Cuando Hargreaves escribió sobre el declive de la asistencia de espectadores
a los partidos, sugirió que estos procesos «podían amplficarse con los patrocinadores». Ejemplos son, escribió,
la transformación de las carreras de caballos y el fútbol en espectáculos televisivos. Esto coincide con el declinar de la recaudación en taquilla, lo cual ha estimulado la demanda de dinero de los patrocinadores para cubrir las pérdidas en taquilla, y esto vuelve a aumentar el declive de la tisistencia formando un círculo vicioso. El patrocinio en este sentido no es una buena solución por lo que a la asistencia de espectadores se refiere.
(Hargreaves, 1986: 119)
Esto fue publicado en 1986. Desde entonces, la asistencia total en la Footbail League y, desde la introducción en 1992, en los partidos de la Premier League ha aumentado temporada tras temporada. La asistencia a los partidos de la Copa ha aumentado también. Como el patrocinio aumentó en línea con este proceso de crecimiento, está claro que la espiral descendente, a la que se refirió no sin razón Hargreaves a mediados de la década de 1980, no es la única posibilidad. Es mucho más probable, como ha vuelto a subrayar King, la reducción del fútbol profesional inglés a dos ligas nacionales durante algún tiempo a comienzos del próximo siglo (1995: 531).
Posdata: la comodificación del fútbol inglés
Por lo que se refiere a lo que podríamos llamar consumo directo de los jugadores, puede decirse que el fútbol en Gran Bretaña goza de bastante buena salud. Con algunas cifras en la mano, recurriré al caso de Inglaterra para ejemplificar brevemente este punto. En 1991, había unos 45.000 clubes de fútbol ingleses afiliados a las County Football Associations. Entre todos había en los campos unos 60.000 equipos (FA, 1991: 64). Asumiendo que cada equipo contase con una plantilla de 13-15 jugadores, esto supondría que hubo entre 780.000 y 900.000 jugadores en aquel momento afiliados a la FA. Según ésta, se produjo un incremento del 60% en la afiliación de mujeres a los clubes femeninos entre 1971 y 1991. Sólo un 10% de estos clubes se han asociado con sus homólogos para hombres (FA, 1991: 65).
En contra de estas cifras, la FA registró un declive del 70% en las oportunidades de jugar al fútbol en las escuelas en 1984 y 1985 y, junto con esto, un aumento de aproximadamente el 500% en el número de clubes independientes para jóvenes de entre 9 y 16 años sin afiliación a escuela alguna. Según la FA, con estos últimos clubes se asociaba una «indisciplina parental alta» (FA, 1991:
64). Nos encontramos aquí con la constitución de un «protohooliganismo» en el que es urgente ahondar.
Por lo que al fútbol profesional se refiere y a pesar de la tendencia general al aumento de la asistencia de público a los partidos y al creciente aumento de ios ingresos por patrocinio y televisión, las finanzas de un gran número de clubes profesionales británicos, quizá la mayoría, siguen en un estado lamentable. En junio de 1991, la FA (inglesa) publicó lo que llamó un Anteproyecto para elfrturo del fitbol donde la recomendación principal fue que se formara una Premier League, compuesta por los clubes de la antigua First Division y administrada por la FA en vez de por la Football League. Patrocinada por la empresa de bebidas alcohólicas Carling y habiendo llegado a un contrato lucrativo con la compañía de televisión por satélite BSkyB, la Premier League de la FA se inauguró en 1992. Pronto quedó claro que uno de los principales efectos de esta restructuración era que permitía a los principales clubes ingleses competir de forma más eficaz de lo que había sido en los años ochenta contra los gigantes de Italia y España para contratar a los mejores jugadores.
De esta forma, la tendencia inicial de que la Football League se convirtiera en un exportador de estrellas y, posiblemente, junto con esta «fuga de talentos», se quedara relegada al estatus de una «liga canterana» para los colosos del fútbol del sur de Europa, parece haberse parado al menos temporalmente. Con los fichajes por parte de los clubes ingleses durante los años siguientes a la inauguración de la Liga de Campeones de jugadores continentales tan notables como Bergkamp, Cantona, Ginola, Klinsmann, de Matteo, Vialli y Zola, a veces en las propias narices de otros clubes españoles o italianos, la tendencia inicial puede que se haya invertido. El regreso de Italia de jugadores ingleses como Platt y Gascoigne apunta en la misma dirección.
Es probable que muchos fans ingleses consideren que tal inversión de la «figa de talentos» es positiva. Sin embargo, hay otra consecuencia probable de la formación de la Premier League que difícilmente se verá con tan buenos ojos. Me refiero a la reestructuración global del fútbol profesional inglés, donde muchos clubes de las divisiones inferiores de la FootballLeague se han visto obligados a recurrir al empleo, única o principalmente, de profesionales a tiempo par-

al o incluso a quedar relegados al estatus amateur. Esta reestructuración putiva también puede haber causado una regionalización de las divisiones infeDres, una vuelta a una situación en ciertos aspectos comparable a la que preLleció en los años cuarenta y cincuenta cuando, a fin de mantener al mínimo costes por desplazamiento no hubo una Cuarta División Nacional sino una rcera División (Sur) y una Tercera División (Norte). Tal reestructuración mbién pudo llevar a algunos clubes a salir de la Football League o incluso al Eacaso de esta organización.
King (1995) afirma que la escisión de la FootballLeaguey la formación de
Premier League se produjeron junto al aumento de poder en este deporte (y también en la sociedad ea general) de lo que él llama «la nueva clase económiea», sobre todo hombres que han subido por sus propios medios y cuya riqueza se debe sobre todo a la «economía posfordiana» (Hall y Jacques, 1990) que surgió en Gran bretaña durante la década de 1980 como respuesta al colapso del consenso general posbélico y al «estado de bienestar keynesiano». Esta economía se basa en la especialización flexible y en el aumento de la orientación hacia la producción de bienes más por el simbolismo que implican que por su valor de uso. Los empresarios de esta nueva clase económica fueron rápidos en ver que la popularidad del fútbol era un campo ideal para la publicidad y la in versión Según King, hubo sin embargo una «coyuntura» crucial (emplea el término en su sentido gramsciano) en este proceso gracias a la aceptación por par- te del gobierno de las recomendaciones del Informe Taylor sobre la tragedia de Hillsborough de 1989,6 sobre todo la de emprender un programa importante de renovación e inversión en los estadios. Esto es así porque los clubes se vieron obligados a buscar nuevas fuentes de ingresos y a adoptar un capitalismo más racional (King, 1995: 171), proceso que favoreció sobre todo a los clubes más grandes, haciéndoles creer que tenían necesidades especiales que cubrirían mejor en una liga aparte. Este es un razonamiento persuasivo, si bien es demasiado «etnocentrista» y no presta suficiente atención al grado en que estos desarrollos en el fútbol y en la sociedad en general formaron una respuesta de grupos poderosos a la globalización incluida la globalización del capital.
Por lo que concierne a los jugadores profesionales una consecuencia probable de estos desarrollos es un nuevo aumento de la polarización en sus filas entre los pocos que estaban muy bien pagados y el resto que estaba poco o mal pagado. Aunque hubo algunos signos a comienzos de los años cincuenta —las sumas embolsadas por Denis Compton del Arsenal, el Middlesex e Inglaterra (era un «internacional dual», aunque más famoso por su pericia en el cricket que en el fútbol) por anunciar un producto capilar de la casa «Brylcreem» es el ejemplo que más fácilmente me viene a la memoria— este proceso se reduce sobre todo a la abolición de la ley del salario máximo. Tal vez hasta un 50% de los jugadores profesionales se vean forzados por este proceso a ser profesionales a tiempo parcial o amateurs. Por supuesto, quizá mejoren las oportunidades a largo plazo en la vida de algunos al obligarles a prestar más atención a sus estu dios y al trabajo extradeportivo de lo que ha sido lo tradicional entre la mayo ría de los profesionales ingleses.
Además, dada la mayor internacionalización del mercado del deporte (Maguire, 1 994a), no hay duda de que algunos tendrán oportunidad de jugar o ejercer de entrenadores en el extranjero. Sin embargo, la internacionalización también conduce a un aumento de la competitividad en el mercado global por un puesto en el equipo de los clubes de cada país, proceso intensificado por el reciente fallo de la Corte Europea de Justicia en el caso Bosman, donde la UEFA estipula que los clubes no pueden tener jugando en partidos europeos más de tres extranjeros y más de dos «nacionalizados», restricción sobre la libertad de movimiento y que viola las leyes de la Comunidad Europea.
El caso Bosman es una prueba del grado en que los procesos globales, en este caso específicos de Europa, desempeñan cada vez un papel mayor en la vida deportiva de las naciones. Esto ha provocado hasta el momento dos reacciones contradictorias en apariencia: por una parte, la PFA inglesa ha tomado la delantera en asegurarse la revocación del fallo de la ley Bosman, si bien bajo el liderato del argentino Diego Armando Maradona y el francés Eric Cantona se creó una Unión Internacional de Jugadores en noviembre de 1995. Al mes siguiente apareció una Asociación Internacional de Agentes de Fútbol. Si el proceso de globalización prosigue a este ritmo —y alejar el peligro de una Tercera Guerra Mundial y/o una catástrofe ecológica global son condiciones para que así sea—, parece probable que estas organizaciones y sus miembros adquieran mis poder, mientras que las organizaciones nacionales y con mis solera como la PFA, cuyos jefes están tratando de parar o invertir la dirección de las tendencias actuales, se verán cada vez más marginadas y quedarán en el futuro como equivalentes a finales del siglo XX de las figuras del siglo XIX que trataban de impedir el movimiento libre de los «futbolistas» de Escocia a Inglaterra y que abogaban sólo porque los jugadores nacidos en ciudades, localidades y países concretos jugaran sólo representando a estas unidades sociales (Dunning y Sheard, 1979: 155 ysigs.).
Por supuesto, el triunfo equilibrado del universalismo, cosmopolitismo y la orientación hacia el éxito sobre el particularismo, el localismo y la atribución no está ni mucho menos asegurado. Los sentimientos nacionales siguen siendo fuertes y pueden en cualquier omo sucedió en la antigua Yugoslavia— detener y luego invertir lo que ha sido una tendencia dominante del deporte y la sociedad durante mis de 100 años.
En consonancia con King (1995), ya he sugerido que una consecuencia probable de estos desarrollos es la reducción de cuatro a dos del número de ligas nacionales en Inglaterra y Gales a comienzos del siglo )OU, viéndose forza L

DINÁMICA DEL CONSUMO DEPORTIVO
los equipos de la segunda y tercera división a poner sobre el campo sobre
a profesionales a tiempo parcial, y a jugar en ligas locales o regionales. Por
que concierne a los equipos de las dos ligas nacionales restantes —ital vez ilen a constituir la primera y segunda división de la Premier League?—, es proJe que los fans paguen más dinero por ver partidos jugados por equipos cada
más cosmopolitas. Además de esto, la importancia de las ligas nacionales se
Lucirá a medida que vayan ganando fuerza las competiciones europeas.
Aunque se quejen de lo elevado de los precios, los fans o equipos de las u- nacionales restantes que no pueden permitirse pagarles, es probable que se noden a lo que tienen. Sin embargo, una reacción comprensible a este po/probab1e desarrollo por parte de los fans que temen que sus equipos se ven fuera del ámbito nacional es enfadarse y acusar de esta amenaza a la pérdida Le sus estatus a lo que consideran codicia de los responsables de las ligas na¡onales y el alejamiento de éstos de los aficionados. No hay duda de que es el aso de muchos de los personajes mis poderosos del futbol inglés, individuos odiciosos y con ganas de riqueza y poder. Sin embargo, sin un diagnóstico so¡ológico adecuado de la reestructuración actual del futbol inglés, será difícil t.te los grupos implicados, incluyendo los fans de a pie, desarrollen estrategias lecuadas para proteger y asegurar sus intereses, y sepan lo que pueden o no esr. ,Cuá1 sería el diagnóstico más adecuado de la reestructuración del fútbol? Lo primero que hay que destacar es que, aunque la principal «causa próxima» de la actual reestructuración es sin duda el poder, el dinero, la riqueza y el [prestigio de los personajes más poderosos de este deporte, esto no explica su comportamiento porque es demasiado individual e implica abstraerlos de la situación cada vez mis competitiva e internacional en la que están envueltos. Di-cho de otro modo, aunque este tipo de influencias ejerzan un cometido, la reestructuración del futbol inglés no se explicará haciendo sólo referencia a los motivos de cada individuo o, desde una óptica etnocéntrica, haciendo sólo referencia a los procesos y acontecimientos de Inglaterra. Por encima de todo hay que verlos dentro del contexto de los procesos de europeización y globalización que se están dando a ritmo acelerado. Que éste es el caso se aprecia, como ya he l dicho, por la inversión del proceso de «fuga de talentos» y por el caso Bosman
de 1995 que ha generado ramificaciones, no sólo en la estructura y financiación del futbol inglés, sino también en la estructura y financiación del futbol europeo y de otros países. Concluiré este capítulo con un diagnóstico inicial de la estructura de poder del futbol inglés contemporáneo que se basa en lo que escribí antes sobre este tema y establece lo que esta estructura de poder supone para entender las acciones de los fans.
Entre los hechos significativos que se produjeron en el futbol inglés durante la década de 1980 está la fundación de la Football Supporters’ Association (la FSA) y la aparición del «movimiento de los fanzines», numerosas revistas de fút 148

bol en manos de fans, algunas de carácter nacional aunque sobre todo locales y consagradas a clubes particulares. La FSA se formó aprovechando el eco de la tragedia de Heysel en 1985 como respuesta a las reacciones autoritarias de «ley y orden» del gobierno de Thatcher ante Heysel y el hooliganismo. Haynes emite el siguiente comentario sobre el movimiento de los fanzines:
Los fanzines defitbolforman parte de una nueva sensibilidad afectivay una nueva relación con el mundo... que atrae nuevas sensibilidades, sentimientos y deseos con distinto grado de implicación y energía por e/fituro del deporte, tanto a nivel local como global. Los fanzines deJiítbol también fo rman parte de una «cultura defensiva» que ha surgido en oposición a los procesos de modernización especflcos del deporte (estadios sólo con localidades de asiento, aumento de lapublicid4d mayor influencia de las compañías de televisión y los patroci nado res) y leyes sociales y legales espec ficas (el plan del carné de identidad en taquilla y la campaña de los medios de comunicación y la re-representación de los fans).
(Haynes, 1995: 146-147)
Como descripción del movimiento de los fanzines y de las motivaciones de su personal, parece difícil mejorar el estudio de Haynes, si bien su solidez fojea al establecer un diagnóstico sociológico. King (1995: 277) ha dejado claro

que

no tiene sentido idealizar el papel de los fanzines como opuesto a /.asfrerzas comerciales.., que se canalizan a través del frtbol, ya que los fanzines forman parte de esas mismas fuerzas. Son empresas comerciales que han dado respuesta a un hueco abierto en el mercado. Los fanzines son clósicas producciones posfordianas. Emplean la más novedosa tecnología de ordenado res para producir un artículo de consumo para un mercado muy concreto.

Además, como subraya Roderick (1996), Haynes no consigue indagar en los orígenes sociales de los que escriben y leen los fanzines, paso crucial para evaluar sus fuentes de recursos respecto a otros y al deporte. Para saberlo, es necesario identificar al personal del movimiento de los fanzines en términos de estratificación social, es decir, por lo que atañe a su riqueza prestigio social y otras formas de capital cultural. Sin embargo, también es importante identificarlos dentro de configuraciones más amplias. La única forma de hacerlo es con una investigación fundada en una teoría. En ausencia de este estudio —que sería complejo, costoso y difícil de financiar7— lo único que podemos ofrecer en la actualidad es el siguiente diagnóstico esquemático y en algunos aspectos dema Lad

simple sobre la estructura de poder general del fútbol inglés contemporáo.
Lo que Clarke (1992) llamó la «figuración delfiítbol [inglés]» comprende en s niveles más altos las siguientes organizaciones y grupos vinculados: los propietarios y el personal de ventas, de administración, etc., de los dubes; organiaciones generales de control como la FA, la FA Premier League y la Football Leue jugadores, administradores y entrenadores; los medios de comunicación, cada vez más la televisión, tanto normal como por satélite, y finalmente, los &ns. A su vez, la figuración del fútbol inglés tiene que verse dentro de las configuraciones más amplias (y cambiantes) que constituyen la sociedad británica, y de las configuraciones futbolísticas internacionales que cada vez tienen un alcance más global. Los propietarios de los clubes, por ejemplo, lo son por vía directa o indirecta gracias a los contratos de patrocinio, y cada vez están más implicados en operaciones globales de poderosas empresas multinacionales.
En estos términos, es fácil ver que, aunque los fans son más numerosos que otros grupos y organizaciones, dependen más del dinero y el tiempo, ya que se dedican preferentemente a ver partidos, leer sobre fútbol y comprar productos
—las compañías multinacionales, por supuesto, podrían retirarse pronto si, por las razones que fueran, comenzaran a ver que el patrocinio del fútbol atenta contra sus intereses—; los fans son, a nivel individual, las personas menos poderosas dentro de la figuración del fútbol.
Los propietarios de los clubes son casi todos hombres ricos cuya riqueza y derechos de propiedad les confieren poder para adoptar decisiones críticas. El personal al mando de la FA tiene a su disposición los recursos de una poderosa organización cuyo derecho a dirigir el deporte está respaldado por la ley, la tradición y el hecho de que la mayoría de los presentes en la figuración del fútbol aceptan la legitimidad del derecho de la FA a regirlos.
Los jugadores tienen la PFA, lo cual, como ya dije, facilita que actúen colectivamente, por ejemplo, amenazando con ir a la huelga o haciéndolo de hecho. A nivel individual, el poder de los jugadores, sobre todo pero no únicamente el de las estrellas, está respaldado por su estatus de celebridades, por la adoración de los fans y cada vez más por los agentes que los dirigen y la asociación que los representa.
También los medios de comunicación cuentan con el apoyo de grandes recursos, sobre todo las compañías de televisión como BSkyB, que pertenece al imperio informativo News Corporation del magnate de origen australiano Rupert Murdoch.
Estos poderosos grupos están lejos de estar unidos, y las tensiones y conflictos que surgen entre ellos reducen un tanto su poder. Sin embargo, en razón de su escaso tamaño y su acceso a la riqueza y a los medios de comunicación, es más fácil que estos grupos actúen al unísono respecto a la masa enorme y relativamente amorfa de fans. Como ya he dicho, la década de 1980 fue testigo de la formación de la FSA y la aparición del movimiento de los fanzines, que se sumaron a organizaciones ya existentes como la National Federation of Football Supporters’ Clubs. Los años ochenta también presenciaron una existosa campaña de los fans del Chariton para que el club permaneciera en su ubicación de siempre, el Valley (Bale, 1993: 88 y sigs.), mientras que los fans del Northampton Town, bajo el hábil liderato de Brian Lomax, consiguieron entrar a formar parte de la junta directiva del club. Todo esto supuso un incremento del poder de los fans de fútbol.
Sin embargo, tanto individual como colectivamente, el poder de las organizaciones e individuos siguió siendo bastante escaso por razones fáciles de identificar. La eficaz organización de los fans a escala nacional se ve impedida por su número, por la dispersión geográfica y porque, si bien unidos por el amor al fútbol, están igualmente divididos por su apasionado apoyo a sus clubes y su igualmente apasionado odio a los rivales. Los fans también están divididos por factores generales de demografia social como la clase social, el sexo, la edad, la raza y las regiones, por no hablar de diferencias políticas entre ellos como, por ejemplo, los que están a favor o en contra de la campaña para «dar una patada y echar el racismo del futbol».
Sólo uniéndose a nivel nacional y amenazando con dejar de acudir a los campos un mes o una temporada y, quizás haciéndolo, o negándose en conjunto a comprar los productos deportivos de las tiendas de los clubes de las cuales han empezado a depender en ios últimos años parte de los ingresos de los grandes clubes, conseguirían los fans tener una oportunidad de combatir a los poderosos elementos que operan contra ellos en la figuración del fútbol. Sin embargo, para conseguirlo, tendrían que correr el riesgo de dejar una de las cosas más importantes, placenteras y significativas de sus vidas, a saber, la manifestación de su apoyo a los clubes a los cuales se sienten apasionadamente ligados, lo cual, en las circunstancias actuales, pocos parecen dispuestos a hacer.
Los miembros de la FSA y el personal del movimiento de los fanzines expresan con cierta regularidad su malestar por no haber sido consultados nunca directamente sobre el proceso actual de la perestroika del fútbol. Dado su relativa incapacidad de actuar, no deberían sorprenderse. Tampoco deberían sorprenderse si, en la actual situación, son tratados más como simples consumidores de lo que han sido en el pasado, si el deporte que aman sigue adaptándose y convirtiéndose en un vehículo de consumo. Ésta es la situación del actual equilibrio de poder en la figuración del fútbol inglés.
Antes de que la estructura actual se democratice y ofrezca a los aficionados una representación más eficaz, será necesaria una larga y dura campaña para atraer a más aficionados a las organizaciones y una larga y meditada decisión en torno al tipo de clubes y fútbol que se desea. Esta situación no sólo requiere más

ate Sino también más teorización e investigación sobre la producción y cono de fútbol de lo que se ha hecho hasta ahora. Si tal programa se materiay si el precedente pasado se repite, apuesto a que los sociólogos marxistas y racionales estarán a la cabeza del proceso.
Postdata
Al llegar al poder en 1997, una de las primeras cosas que hizo el gobierno l nuevo partido laborista fue poner en marcha un «Comité dedicado al fát.1» dirigido por el antiguo ministro conservador David Mellor y formado por ministro de deporte Tony Banks, el jefe ejecutivo de la FA Graham Kelly, dos ,resentantes del Football Trust uno de la FSA. No hay duda sobre la since[ad de sus miembros ni el deseo de conseguir una situación mejor para los afinados de fútbol. Sin embargo, abrigo dudas de que tuvieran poder o visión a conseguir algo significativo. Con los datos de que disponemos, lo que pari estar consiguiendo es cierto tipo de «estatuto de los aficionados», un quivalente futbolístico del ineficaz «estatuto de los ciudadanos» que se puso acción con John Mayor. Tampoco parece que su conocimiento de los temas ruciales sobre el futbol fuera particularmente profundo.
Al hablar en Leicester en enero de 1998, Tony Banks mostró una oposición implacable a la reintroducción de áreas limitadas de gradas sin asiento en la Pre..Lr League y en la First Division sobre la base de la afirmación dicotómica de que estar sentado es seguro per se y las gradas sin asientos son peligrosas. No parece haberse dado cuenta —ni los funcionarios que le asesoran— de que eso depende de los tipos de asientos, de los tipos de gradas abiertas, de la densidad permitida de aficionados y, por encima de todo, de las normas de comportamiento que adopten los fans. Los fans que se comprometen a estar de pie son un peligro para sí mismos y para los que están en localidades de asiento, sobre todo si las últimas son poco sólidas.
En Leicester, varios miembros del Comité mostraron una fuerte oposición al racismo en el fútbol y se mostraron igualmente vehementes en la condena de los clubes que no destinan parte de los beneficios obtenidos con la televisión a bajar los precios de las entradas, beneficiando así a los fans. Sin embargo, el ultraje moral de los miembros del Comité no parece que estuviera marcado por un diagnóstico sociológico adecuado. Por encima de todo, parecían desconocer el grado en que no sólo los clubes, sino también los jugadores de elite, administradores y agentes se estaban beneficiando, legal e ilegalmente, de la explotación de los aficionados normales.
El futbol en Gran Bretaña —lo mismo que en todos los deportes de elite del mundo— está en una situación que Durkheim (1964) habría llamado »anomia
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