Estudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion




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la lucha de ios negros por los derechos civiles
Desde finales del siglo XIX hasta después de la Segunda Guerra Mundial
—con excepciones notables como el boxeo y el atletismo, y el deporte en el ám bit

universitario fuera del Sur— el deporte en Estados Unidos se caracterizó por manifiestaciones extremas de segregación racial. En la actualidad, los negros gozan de una gran representación —más en la participación que en la gerencia y propiedad— a nivel de elite en el deporte estadounidense. En resumen, está en curso un proceso de apertura racial en los niveles superiores del deporte estadounidense.
Para explicarlo, Coakley sugiere que
estd claro que son motivos financieros los que han dominado en la apertura del deporte. Si los deportistas negros no hubieran mejorado las marcas deportivas y aumentado los beneficios de los que controlaban el deporte, las políticas racistas que restringían laparticzpación de los negros durante tanto tiempo no hubieran cambiado con tal rapidez y extensión como ocurrió en ciertos deportes. En los deportes en los que no es posible ganar dinero, ha habido mucho menos interés por reclutar negros o abrir los ojos a la comunidad negra sobre las oportunidades a su alcance. Y los negros no han dejado pasar las oportunidades deportivas.
(Coakley, 1990: 210)
Este argumento es persuasivo pero incompleto. No explica por qué el proceso de apertura empezó a producirse abiertamente en 1946, cuando el propietario Branch Rickey fichó al jugador de béisbol negro Jackie Robinson para los Brooklyn Dodgers. Posiblemente, Rickey no había previsto los beneficios que iba a obtener con la contratación de negros. Tampoco el argumento de Coaldey explica por qué a principios de siglo los propietarios de los clubes de béisbol de la liga mayor y sus homólogos en otros deportes no eran conscientes de los beneficios que iban a obtener fichando a negros para sus equipos. Para lograr una explicación más completa, es necesario contextualizar la creciente apertura de los deportes estadounidenses de nivel de elite en relación con un desarrollo más amplio de las relaciones raciales.
Si preguntáramos por la entrada de Jackie Robinson en la liga mayor de béisbol, muchos norteamericanos probablemente lo atribuirían a características individuales como la mayor habilidad de Robinson o a las ideas políticas y la perspicacia económica de Rickey. Dicho de otro modo, darían una explicación reduccionista. Sin embargo, las pruebas disponibles sobre el ascenso de Robinson nos dicen que marcó un momento decisivo en este proceso, cuyas raíces pueden rastrearse antes de 1946. De hecho, las pruebas sugieren que hombres como Robinson y Rickey eran sólo actores destacados de un desarrollo más amplio, donde el continuo surgimiento de la burguesía negra desempeñaba un papel crucial. Uno de los síntomas más evidentes de este desarrollo fue la campaña de los medios de comunicación contra la segregación en el béisbol.

Parece que fueron los periodistas blancos liberales quienes iniciaron la campaña. Westbrook Pegler del Chicago Tribune echó a rodar la pelota en 1931, recibiendo el apoyo de sus compañeros Heywood Broun y Jimmy Powers, quienes dieron conferencias contra la segregación en la cena anual de los escritores de béisbol en 1933 (Wiggins, 1983: 6, 7). Esto sirvió de estímulo para que entraran en la lucha los periódicos de negros. Según Wiggins, el más importante fue el Pittsburgh CourierJournah el periódico para negros de mayor tirada y quizás el más radical de Estados Unidos durante aquel período (Wiggins, 1983: 5). Sumó su voz a la causa en 1933 y desempeñó un papel preponderante en la campaña que con posterioridad desarrolló Wendell Smith, quien llegó a ser redactor deportivo en 1938. Smith luchó en nombre del béisbol racialmente integrado, siendo más tarde mediador entre las estrellas de las ligas negras segregadas y propietarios como Rickey.
Otros miembros de la plantilla deportiva del CourierJournah especialmente Chester Washington, Alvin Moses y Rollo Wilson, también participaron en la campaña. Como periodistas, es razonable suponer que fueran miembros de la emergente burguesía negra. Smith, por ejemplo, había estudiado en el West Virginia State College, donde se graduó en 1937 con el título de licenciado en Educación (Wiggins, 1983: 10). Como escritores, eran fuentes importantes que disponían de lógicas, retóricas y factuales y de capacidad de persuasión, medios de los que no habían dispuesto la mayoría de los negros con pocos estudios.
Smith y sus compañeros también pudieron prever las cosas a largo plazo. Lo que sobre todo les preocupaba eran los efectos de la imagen grupal y la auto- confianza de los negros ante la exclusión del deporte nacional de máximo nivel, un deporte profundamente arraigado en los hábitos y la psique de una mayoría de los norteamericanos. La existencia de ligas segregadas —afirmaban— implicaba que los negros eran ciudadanos de segunda y, durante las décadas de 1930 y 1940, pudieron apoyarse en que había incómodos paralelismos entre la situación social de los afroamericanos y el tratamiento de minorías, sobre todo los judíos, en la Alemania nazi (Wiggins, 1983: 11).
Un momento crucial en la campaña del CourierJournal fue el mes de diciembre de 1943, cuando Smith logró convencer al comisario de béisbol Landis para que recibiera una delegación de la Black Newspaper Publishers Association (Wiggins, 1983: 21). En sí es un testimonio del poder creciente de los negros. Si Landis no hubiera considerado que era gente de importancia, al menos en cierto grado, se hubiera negado a recibirlos. Entre los que acudieron al encuentro estaban: John Sengstacke del Chicago Defender, presidente de la Publishers Association; Ira Lewis, presidente del Courier Journa4 Howard H. Murphy, gerente comercial del Baltimore Afro-Amen can, y Paul Robeson, actor, cantante y antigua estrella deportiva universitaria (Wiggins, 1983: 20-23).

Basándose en los textos de las entrevistas dirigidas por Smith, Lewis afirmó que la mayoría de los gerentes y jugadores de béisbol ya no se oponían a que hubiera una liga para todos, y que los norteamericanos en general (influidos por el éxito mundial de estrellas como Joe Lewis y Jesse Owens) aceptaban la participación de los negros en el boxeo yel atletismo universitario (Wiggins, 1983:
21-22). Al preguntarle al final de la reunión si tenían alguna pregunta para los editores, los 44 árbitros de béisbol guardaron silencio. Sin embargo, después hicieron la siguiente declaración: « Todos los clubes son libres para fichar negros en ¿2 cantidad que ellos quieran. Es una decisión que depende de los clubes, sin ninguna restricción» (Wiggins, 1983: 22-33).
Esto era mera retórica. En aquel momento, ningún propietario de los clubes de la liga mayor tenía intención de firmar contratos a jugadores negros, sino que trataban de mantener el monopolio blanco defacto en los niveles de elite del béisbol. Tampoco puede descartarse la posibilidad de que muchos consideraran la perspectiva de un béisbol integrado como algo potencialmente contaminante para los blancos y que, mediante la proyección de sus propias ideas, las creencias racistas seguían siendo dominantes entre los gerentes, jugadores y espectadores.
Muchos propietarios de clubes de las ligas para negros también se oponían o eran ambivalentes ante la perspectiva de una liga integrada y se negaban a apoyar activamente la campaña de Smith. Al igual que sus homólogos blancos, se mostraban conservadores al respecto y temerosos del cambio social. Los jefes del béisbol negro —dijo J. B. Martin, presidente de la Black American League en 1943— no podían «forzar a los dueños de los clubes mayores a admitir jugadores negros» (Wiggins, 1983: 20). Como suele ocurrir con la proximidad de cambios sociales en la dirección de un mayor nivel de integración social, los jefes del nivel inferior tenían miedo de perderpoder, influencia, dinero y prestigio. Los dueños de los clubes negros tampoco parecen haber sido una excepción. Hay razones, sin embargo, para creer que Martin y sus amigos propietarios negros habían infravalorado el creciente poder de los negros y los cambios que se iniciaban correlativamente en las relaciones entre negros y blancos en la sociedad norteamericana en general.
Smith siguió luchando a favor de un béisbol racialmente integrado. También intentó conseguir pruebas para los jugadores negros en los clubes de la liga mayor, terminando por convencer a Rickey para que fichara a Robinson para los Brooklyn Dodgers. Esto ocurrió en octubre de 1945. Que fue sólo una manifestación de un proceso más amplio que impulsaba el creciente poder de la burguesía negra —favorecido por el clima antirracista alimentado por el contexto de la guerra contra los nazis— lo sugiere el hecho de que, en mayo de ese mismo año, Rickey y Larry McPhail, presidente de los New York Yankees, fueran seleccionados por sus ligas para dirigir un comité encargado de estudiar si

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EL FENÓMENO DEPORTIVO

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debían integrarse ¡os negros en la liga. Por la misma época, Vico Marcantonio, congresista norteamericano por el Estado de Nueva York, exigió una investigación del Congreso sobre la discriminación racial en el béisbol, y el alcalde La Guardia de la ciudad de Nueva York nombró a Rickey parte del comité de 10 miembros destinados a investigar el asunto.
En noviembre de 1945, un mes después de que Rickey hubiera fichado a Robinson, el comité recomendó calurosamente la admisión de negros en la liga mayor de béisbol (Wiggins, 1983: 27-28). Es razonable suponer que una parte importante de este proceso se debió a la campaña de Wendell Smith y sus socios, y que esta campaña, a su vez, se había basado en grado considerable en el creciente número de negros con estudios y organizados, producto del surgimiento de una burguesía negra de la cual Smith y sus colegas formaban parte.
Por el año 1959, 57 de los 400 jugadores de la liga mayor de béisbol eran negros, en torno a un 12% (Boyle, 1971: 259). La tabla 8.1 muestra el crecimiento de la representación negra en el béisbol y baloncesto de elite entre 1954 y 1989.
Durante el mismo período, se produjo una expansión comparable de la representación negra a nivel de elite en otros deportes de Estados Unidos, sobre todo en boxeo y atletismo. Según Frazier, los jugadores de pelota negros se han convertido en símbolos del éxito, símbolos de la participación de los negros en un mundo blanco, y las altas rentas y consumo conspicuo..., forman parte importante de la elite de la burguesía (citado por Boyle, 1971: 275-276). En resumen, la desegregación del deporte de elite estadounidense, proceso cuya sociogénesis e impulso continuo parece haber dependido en gran medida de la burguesía negra, contribuyó a una mayor expansión de esta clase social.
Por lo general, esto también parece ser cierto por lo que al movimiento por los derechos civiles se refiere. Las razones eran inherentes a la estructura profunda del proceso social a través del cual se generó. Al principio el poder e influencia de la burguesía negra se restringió solamente a los barrios de color de las ciudades sureñas y, más tarde, a los guetos, pues la segregación forzaba a los negros a realizar virtualmente todas las funciones de servicios y profesionales (incluidas las deportivas). Como resultado, en principio la presión global de la democratización funcional tendió a ser específica de las castas, es decir, operativa sobre todo entre los blancos, y en menor medida entre los negros, y casi inexistente en las relaciones entre blancos y negros.
Sin embargo, a partir de la década de 1960, los negros empezaron a ser elegidos alcaldes, y muchos empezaron a trabajar en contextos racialmente integrados, por ejemplo, en los gobiernos federales, en puestos de administración y atención en grandes almacenes, escuelas y bancos, y, más significativo para lo que aquí nos importa, en el deporte de nivel de elite. Esto significa que se dio en contextos donde la presión de la democratización funcional pudo operar en-

Tabla 8.1 Porcentajes de deportistas negros en los tres deportes profesionales más importantes de EE.UU. desde la década de 1950*

Fuente. Coakley (1990: 208).

* No se dispone de datos sobre estos deportes de los mismos años.
‘ Estos porcentajes se obtuvieron dividiendo el número de jugadores negros por el número total de jugadores registrados en las listas de los equipos, incluidos los pitchers. Algunos estudios aportan cifras distintas para estos años, porque los cálculos se hicieron sin incluir a los pitchers en el análisis. Como éstos suman hasta el 40% de las listas de los equipos de la liga mayor de béisbol, y como hay pocos pitchers negros, estos otros estudios ofrecen porcentajes superiores a los que ofrecemos aquí.
*** Esta cifra excluye a los «rookies» o novatos (jugadores recién fichados).
tre castas raciales y no sólo dentro de ellas, como había sido la tendencia anterior. A su vez, esto supuso que los avances en los derechos civiles se pudieran consolidar y mejorar con mayor facilidad.
Sin embargo, para la gran mayoría de los negros más pobres, la retórica de la igualdad del movimiento de los derechos civiles servía sólo para mínimas aspiraciones, sobre todo durante un período de declive en las oportunidades de empleo para los trabajadores con pocos estudios y no cualificados; como no podían quedar satisfechos a corto plazo, contribuyeron al surgimiento de altercados a mediados de los años sesenta y más tarde.
Los efectos de estos altercados y de las protestas de los negros sobre la dinámica de la estratificación racial en Estados Unidos han sido complejos. En parte, ha causado desilusión entre los activistas negros más jóvenes, muchos de origen burgués, por los jefes moderados; también ha sido origen de la potenciación del poder negro y, en algunos casos, al menos durante los años sesenta, de un rechazo creciente a las tácticas pacíficas como medio para la consecución de objetivos. Esto, a su vez, sirvió para dividir la jefatura moderada, inclinando a algu 250

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Fútbol a Año

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nos hacia posiciones más radicales. También sirvió para intensificar la resaca blanca que había empezado a crecer desde el cambio de equilibrio de poder entre negros y blancos, y que se tradujo en protestas y reuniones organizadas.
En parte por esta razón, el movimiento de los derechos civiles sólo consiguió comparativamente un pequeño porcentaje del poder de los blancos dominantes; el principal efecto a largo plazo fue, además del aumento de la burguesía negra, la exacerbación y polarización de la división de clases entre los negros que comenzó a darse con la formación de castas de color y el proceso de marginación en guetos. En cierta medida, las estrellas negras del deporte profesional han contribuido sin querer a este proceso de polarización de las clases dentro de las castas. A medida que el deporte de elite en Estados Unidos se fue desegregando durante y después de la década de 1940, las estrellas negras del deporte comenzaron a ganar más dinero y a estar más integradas, como dice Frazier, en la burguesía negra, contribuyendo en algún grado a su tamaño global.
Sin embargo, uno de los efectos de su éxito, como han sacado a la luz Edwards (1973), Cashmore (1990) y hace menos y con más controversia Hoberman (1997), ha sido mostrar a los jóvenes negros más pobres que el deporte representa una forma de escapar de la pobreza de los guetos, haciendo que muchos se concentren en el deporte a expensas de los estudios y otros medios de ascender. Algunos han sido ayudados por profesores que aceptan el mito de la superioridad deportiva y genéticamente determinada de los negros a fin de canalizar sus energías hacia el deporte (Cashmore, 1990: 88 y sigs.).
No obstante, como han puesto de manifiesto Leonard y Reyman usando datos del censo estadounidense de 1980: «Las oportunidades de ascenso social a través de/deporte están muy restri ngi das; para las mujeres, 4/1.000.000 (0,004%); para los hombres, 7/1.000.000(0,007%)» (citado por McKay, 1995: 195). McKay resume la posición sociológica dominante hoy en día al respecto:
e/puñado de deportistas (muchos de ellos hombres) que llegan a ser ricos son excep ciones poco habituales para la obstinada estructura social norteamericana. Aunque un número reducido de negros obtengan becas deportivas, esto influye poco en sus perspectivas laborales. Gates afirma que un 75% de los deportistas varones negros nunca llegan a licenciarse; Lapchick advierte de que en torno al 80% de los jugado res negros de baloncesto yfiítbol americano de la NCAA División 1 no se licencian; [y] entre 1983 y 1987, en 44 de las universidades de la NCAA no se licenció ningún jugador de baloncesto negro que comenzara como estudiante de primer año.
(McKay, 1995: 194-195)

Las cifras de McKay revelan la continua explotación de los negros norteamericanos por el mito de «la superioridad fisica y la infirioridad intelectual». Sin embargo, ninguna interpretación alternativa puede darse a las cifras de Gates y Lapchick, a saber, que entre el 20 y el 25% de los negros que consiguen becas deportivas logran graduarse. Sería interesante determinar la proporción que luego logra consolidar su posición dentro de la burguesía negra gracias a su pericia deportiva y/o por las notas obtenidas en los estudios. Sea cual fuere la proporción, aunque la pericia deportiva y el éxito puedan ser un medio individual de conseguir poder, no necesariamente tiene que ser colectivo.
En contra de la explotación de la mayoría de los negros norteamericanos por medio del deporte, Gates (1991) ha pedido «que los deportistas negros profesionales contribuyan con una parte de su renta a financiar la United Negro College Fund, y que hagan publicidad entre los negros jóvenes del valor de saca rse unos estudios». Edwards (1969) hizo sugerencias parecidas (ambos citados por McKay, 1995: 198). En sus escritos de la década de 1960, Boyle argüía que los jugadores de béisbol negros tendían a ser «hombres que corrían»; es decir, a pesar de su ascenso social, seguían identificándose con otros miembros de su casta, incluyendo los que eran más pobres. Esto quedó expresado mediante la asociación y apoyo financiero de la NAACP (Boyle, 1971: 277). Niveles similares de conciencia de raza en el deporte quedaron expresados en las demostraciónes del poder negro de Smith y Carlos en las Olimpiadas de 1968 y en la organización de la disidencia negra en el deporte estadounidense durante la década de 1960, en la cual Harry Edwards desempeñó un papel capital (Edwards, 1969). Sin embargo, las estrellas negras del deporte estadounidense de los noventa parecen optar por una orientación más comercial y egoísta, y están menos concienciados de la grave situación de la mayoría de los negros que sus homólogos de los años sesenta. Como nos recuerda McKay, quien cita a Wenner (1994), Michael Jordan y sus compañeros negros del «Dream Team», ganadores de la medalla de oro de baloncesto en las Olimpiadas de Barcelona en 1992, también protagonizaron una protesta en el podio, pero no se trató de una protesta política sino de un conflicto de intereses entre el patrocionador Nike de los jugadores y Reebok, patrocinador oficial de las Olimpiadas. Llevaban chándales con el logotipo de Reebok y lo que hicieron fue oscurecerlo durante la ceremonía de entrega de medallas. Tal y como dijo Charles Barkley, según se le atribuye: «Los chicos de Nike son leales a Nike porque nos pagan mucho dinero. Tengo dos millones de motivos para no llevar ropa de Reebok» (McKay, 1995: 199).

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EL FENÓMENO DEPORTIVO

Conclusión
Es razonable suponer que la aparición de una burguesía negra de cierto poder en Estados Unidos se interprete como la representación de un cambio direccional de la civilización, en el contexto de un equilibrio global entre tendencias civilizadoras y descivilizadoras de ese país. Igualmente, el confinarnien_ to de la gran mayoría de los negros en guetos urbanos con pocas perspectivas y con problemas, como la creciende dependencia de drogas y la criminalidad, pues las bandas vinculadas a la droga pueden representar un desarrollo «barbarizante» de proporciones incluso mayores.
Si los argumentos aportados en este capítulo poseen alguna sustancia, las estrellas negras del deporte podrían desempeñar un papel útil, tal vez vertebrador, del desarrollo y aplicación de políticas pensadas para cambiar los aspectos des- civilizadores de estas tendencias. Por ejemplo, podrían seguir la sugerencia de Gates y recurrir a su estatus de estrellas para persuadir a los varones negros pobres de que cursen unos estudios con mayor seriedad y dediquen menos energías al deporte, y hacer campaña para la dedicación de fondos a la mejora de las escuelas urbanas. Por supuesto, en el grado en que prueben su éxito en este aspecto, se daría un descenso en la presión competitiva para alcanzar ese éxito en el deporte que da pábulo a la superioridad negra en deportes específicos, y así, también habría un declive de esa superioridad per se.
A corto plazo, esto tal vez se perciba como una forma de impedir que los negros tengan oportunidades en una de las pocas áreas en las que han logrado la superioridad y, por tanto, provoque resentimientos (Cashmore, 1990: 88). Sin embargo, a largo plazo, siempre y cuando hayan demostrado servir, tales políticas conseguirán una significativa igualdad de oportunidades para los negros y eliminará un requisito central implicado en la sociogénesis y persistencia del mito de la superioridad física e inferioridad intelectual de los negros.
No obstante, está todavía por ver si las estrellas negras del deporte actual seguirán siendo corredores (Boyle, 1971) a quienes persuadir de dirigir campañas políticas, o si las grandes sumas que ganan y el clima comercial y la hiperindividualización que se ha vuelto predominante en el deporte en el Oeste contemporáneo llevarán a creer que el dinero le vuelve a uno blanco, ayudando a contrarrestar la ambigüedad de su estatus que antes llevó a los miembros de la burguesía negra a identificarse con sus hermanos menos aformnados.
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