Estudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion




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títuloEstudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion
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gusto especial a estas reuniones» (Elias y Dunning, 1986: 121 y siguientes). Las cosas que teníamos en mente eran objeto de juego en las fiestas y actividades tan primariamente masculinas como contar chistes verdes, cantar canciones obscenas y hacer ese tipo de apuestas con la bebida que en Gran Bretaña se han venido asociando tradicionalmente con los clubes de rugby. Por supuesto, al igual que con cualquier otro tipo de riesgo, reconocimos que en este tipo de contexto la gente a veces llega demasiado lejos y se inflingen serios daños sociales, psicológicos e in— cluso físicos.
Por «motilidad» nos referimos al movimiento y a actividades de ocio como los bailes y una dimensión crucial de los deportes. Lo que teníamos en mente se parecía de alguna manera al concepto de Csikzentmihalyi (1975) sobre las «actividades de flujo», es decir, actividades en las que una de las fuentes principales e inmediatas de satisfacción es el placer obtenido con el movimiento per se. El aerobic es un ejemplo de ello.
Empleamos el término «mimético» para recalcar la idea de que cierto número de actividades de ocio —que de otra forma parecen tener poco en comün— comparten varias características. Estábamos pensando en actividades que es normal agrupar en casilleros distintos del tipo como «deportes», «entreteni «cultura

y <(artes», y en los que aplicar la etiquetación de «cultas, de J medio o poco cultas» tiende a expresar la desgana por percibir sus carac terística comunes.
Más en concreto —sugerimos—, las actividades en todas estas esferas despertaban emociones de un tipo específico y fisiológicamente relacionadas, pero experimentalmente alejadas, de las emociones que la gente siente en el
so habitual de sus vidas normales y en situaciones críticas. En el contexto de las actividades y acontecimientos miméticos —el teatro y el cine, los conciertos, practicar un deporte o asistir a él como espectador— la gente experimenta y, por ejemplo en el arte dramático, exterioriza el miedo y la risa, la ansiedad y el júbilo, la simpatía y la antipatía, y muchas otras emociones que sienten en sus vidas fuera del ocio.
Tales actividades se relacionan porque despiertan emociones, aunque en estos contextos miméticos todos los sentimientos y actos cargados emocional- mente se transponen. Especialmente si las comparamos con las emociones generadas en situaciones críticas, pierden su «mordíente». Para parafrasear el comentario de Milton sobre Aristóteles, se tiñen «con una suerte de alegría» (Elias
y Dunning, 1986: 80). Incluso el miedo, el horror, el odio y otros sentimientos poco agradables pueden asociarse con el estado mimético del placer. Pensemos en las películas de asesinatos y terror. No a todo el mundo le gustan y puek den ser origen de pesadillas, sobre todo en los niños. No obstante, para muchas
personas el ver películas de terror supone una actividad placentera. Las expe‘ riencias y el comportamiento de las personas en contextos miméticos como
¿stos parecen implicar la transposición específica de experiencias y conductas
características de la así llamada línea «seria» de la vida, aunque este término se
emplee para hablar de la guerra, la política y el trabajo o las prácticas habitua1 les durante lo que llamamos tiempo disponible.
Por supuesto, las funciones «serias» y «miméticas» pueden entremezciarse, como es el caso de los conciertos benéficos; pero permítanme ceñirme a la tarea
de darificación. Elias y yo empleamos el término «mimético» para expresar esta !», relación especial entre las tareas no miméticas de la vida y esta clase específica de actividades de ocio. No quisimos decir «imitativo» en sentido literal. Deportes
como el rugby, el fútbol y el cricket, por ejemplo, aunque sean una especie de juegos bélicos, no son literalmente formas de combate militar. De forma parecida, las obras de teatro y las películas suelen aludir a espacios imaginarios o escenarios que ya no existen.
Con el fin de captar complejidades como éstas empleamos el concepto de mimesis en sentido figurado acorde al uso de Aristóteles y Milton (Elias y Dunning, 1986: 77). No era nuestra intención identificar los acontecimientos miinéticos con imitaciones o reproducciones de la vida «real». Tal y como lo empleamos, el término se refería al hecho de que, en los contextos miméticos, las emociones adoptan un «color» distinto. En estos contextos, la gente experimenta y en algunos casos manifiesta poderosos sentimientos sin correr los riesgos normalmente asociados en las sociedades del mundo «desarrollado» con el despertar emocional De hecho, cierto tipo de emociones parecen hallarse en el centro de toda actividad mimética.
Fuera de los contextos miméticos, las emociones públicas —término clave en este contexto— están en las sociedades industriales relativamente civilizadas, cercadas por controles sociales así como por controles interiorizados a nivel de la conciencia individual. En los contextos miméticos, por el contrario, la emoción placentera se exterioriza con la aprobación de la sociedad y sin ofender la conciencia individual siempre y cuando no se superen ciertos límites específicos. Se pueden experimentar de forma vicaria odio y deseos asesinos, la victoria sobre contrincantes y la humillación de enemigos. Se puede compartir el deseo de hacer el amor con hombres y mujeres deseables, experimentar la ansiedad de una posible derrota y el triunfo abierto de la victoria. Dicho de otro modo, uno puede —hasta cierto punto- tolerar emociones poderosas de gran variedad de tipos en sociedades que en otros aspectos imponen un alto grado de constancia en el control de las emociones en todas las esferas de la vida.
También se debatió que las emociones que surgen de las actividades sociales y miméticas, en particular estas últimas, sufren la tensión entre opuestos como el miedo y el júbilo, y se aproximan según los casos a uno u otro extremo. Los conceptos tradicionales dificultan la comprensión de que, en las actividades de ocio, sentimientos en apariencia antagónicos como el miedo y el placer no se oponen como lógicamente podría parecer desde el punto de vista del Horno clausus, sino que constituyen partes inseparables de procesos de disfrute del ocio. En este sentido —sugerimos— sólo se pueden obtener satisfacciones limitadas de las actividades de ocio sin que ciertos atisbos de miedo alternen con esperanzas placenteras, breves ráfagas de ansiedad y ráfagas anticipadas de placer, y, en casos «ideales», por ejemplo en el contexto de los deportes cuando el equipo con el que uno se identifica gana, exaltándose con esas manifestaciones de clímax catártico en donde se resuelven temporalmente todos los miedos y ansiedades, dejando a la gente durante un corto espacio de tiempo un regusto de satisfacción.
También sugerimos que las emociones desempeñan un papel central en los deportes y el ocio, porque cumplen una función de desrutinización. Como la rutina encarna un alto grado de seguridad, esbozamos la hipótesis de que, sin gente que se exponga con cierto grado de inseguridad a un riesgo más o menos lúdico, es imposible aliviar el anquilosamiento de la rutina. Sin nbargo, las actividades de ocio también pueden perder su función desrutinizante. Se pueden volver rutinarias con sucesivas repeticiones o mediante un control estricto que haga que pierdan su capacidad de generar emociones. Es decir, pueden perder

su función de aportar cierto grado de inseguridad, de satisfacer las expectativas ‘ ver algo inesperado, así como el riesgo, la tensión y la ansiedad que las acomjj n. Estas ráfagas más cortas o más largas, más o menos intensas de sensaiones lúdicas y antagónicas parecen ser el origen de la renovación emocional
e proporcionan deportes y ocio.
La teoría preliminar sobre el deporte y el ocio que desarrollamos Elias y yo : — a con la teoría del proceso de la civilización (Elias, 1994). Dentro de
un análisis por lo general constructivo de nuestra obra, Chris Rojek sugiere que no llegamos a tener suficientemente en cuenta los argumentos que esgrime Freud en El malestar en la cultura. Escribe Rojek que existe «un peligro de ser excesivamente complacientes». Freud estableció que la civilización se «fundaba en la represión de la gratificación instintiva» y arguyó que el psicoanálisis mostraba
lo «que nosotros llamamos civilización es en gran medida responsable de nuesira desgracia» (Freud, 1939: 23). La posibilidad, prosigue Rojek, de que los procesos de civilización tal vez incrementen «la suma de desdichas humanas genenzn,k descontento y enfermedades mentales... no es una proposición que el estudio ¿e Elias descarte necesariamente, pero al menos puede decirse que está muy poco desarrollado» (Rojek, 1995: 54).
Esto pasa por alto dos puntos cruciales. Primero, que, en el devenir de los procesos no planificados de la civilización europea en curso desde el siglo XIX, la gente se ha visto más o menos constreñida a abandonar los placeres de expresión emocional desenfrenada en aras de satisfacciones a largo plazo y con frecuencia de caracter subhmatorio Dicho de otro modo este proceso ha dependido del equilibrio entre pérdidas y ganancias. Segundo, que los procesos de la
civilización europea han sido inherentemente democratizantes en el sentido de implicar —aunque no de forma lineal ni sencilla— un aumento de los controles mediante un poder inmenso sobre toda la población: gobernantes en relación con los gobernados, empleadores en relación con sus empleados, hombres en relación con mujeres, adultos en relación con los niños. La cuestión, en el caso del estudio sociológico de los procesos de la civilización, consiste en aumentar el conocimiento sobre ellos para que en el futuro podamos ejercer un mayor control consciente, con lo cual se aminorará su carácter «ciego» y aumentará «la suma de la felicidad humana».
Ningún sociólogo figurativo se plantearía negar que nuestro trabajo está «muy poco desarrollado». De la misma forma que en una ocasión Elias describió la obra de Marx como «la manifestación de un inicio» (Elias, 1994: XXXII), también habría aceptado esta descripción de su obra, con la posible condición de que en su caso está en algunos aspectos más avanzada, porque, con posterioridad, consiguió integrar en sus conclusiones sintéticas no sólo la obra de Marx, sino también la de autores como Weber, Simmel, Mannheim y Freud. Sobre todo, Rojek confunde el popular concepto de «civilización» con el concepto técnico y mis imparcial de «proceso de la civilización» cuando acusa a Elias de «excesiva complacencia». La teoría del proceso de la civilización debe juzgarse con criterios comprobables como en los que se le relaciona con procesos tales como la formación de Estados y el aumento de las cadenas de interdependencia, y del equilibrio entre las tendencias civilizadora y descivilizadora en el desarrollo de los deportes.
Alternativamente, debería juzgarse si el diagnóstico de Elias sobre los procesos de civilización y formación de Estados relativamente continuos hasta tiempos recientes en Francia e Inglaterra, comparado con el desarrollo relativamente discontinuo y, por tanto, más «desciviljzador» y «barbarizante» de Alemania (Elias, 1996), se sostiene con pruebas y razonamientos. No deberían emplearse criterios morales como el alegado de excesiva complacencia ni los que tratan de construirse sobre su obra.
Elias estaba todo menos complacido de la civilización moderna. Se tomaba muy en serio amenazas como la aniquilación nuclear ylos desastres ecológicos, sugiriendo que la gente en el futuro tal vez llegue a ver nuestra época como parte de una prolongación de la Edad Media (Elias, 1994: 307-308) y a nosotros como «bárbaros tardíos» (Elias 1991 b: 146-147). Más en concreto, Rojek aparentemente no se da cuenta de que, si bien no podemos negar las formas en que los «procesos de civilización» han incrementado hasta el momento «la suma de desdicha humana generando descontento y enfermedades mentales», la obra de Elias y mía sobre el deporte y el ocio se concibió como la contradicción empíricamente sostenible del pesimismo esencial de Freud.
Lo que tratamos de demostrar es que, aunque los procesos inintencionados a largo plazo fueran centrales respecto a su desarrollo, es posible que los humanos creen instituciones que sean genuinos focos de placer recurrente a corto plazo para muchas personas y que, aunque parezcan un despilfarro a la luz de los valores hegemónicos de hoy —la preferencia por el trabajo en detrimento del ocio—, de hecho ahorran más medios y vidas humanas que, por ejemplo, las elevadas tasas de paro, la alienación y el anonimato que suelen derivarse de la búsqueda de tales valores.
Nuestro estudio sobre el deporte y el ocio no trató de ser una especie de teoría fijada y definitiva, sino más bien una contribución que creímos que aportaba formas con que sortear las dificultades recurrentes en este campo. Mis en concreto, nuestra hipótesis fue que, en la mayoría de las sociedades civilizadas del mundo contemporáneo, la rutinización de la vida social ha llegado a ser estéril y que, por ejemplo, madres solteras trabajadoras, así como muchas personas de edad avanzada cuya jubilación comporta cierto grado de distanciamiento social, padecían «inedia de ocio». También trabajamos co1a hipótesis de que, como parte de ese mismo desarrollo general y equilibrado de civilización, se había producido un desarrollo complementario en el campo del ocio y los

deportes: el desarrollo de actividades e instituciones emocionalmente estimulantes. Sin embargo, es importante asumir que se han visto sometidos a las mismas coacciones civilizadoras que otras esferas de la vida moderna. Por eso hablamos del «descontrol controlado de los controles emocionales» (Elias, 1986b:
44 y 49).
Dicho de otro modo, en el curso normal de los acontecimientos en las sociedades más «civilizadas» de hoy, las actividades miméticas pueden actuar, en el caso las personas con suerte para disponer de estas oportunidades, de contrapunto a la rutinización y esterilidad emocional de la vida diaria al aportar emociones controladas y limitadas. Pensemos si no en las normas según las cuales se controla el comportamiento del público en teatros y conciertos respecto a las del siglo XVIII. O pensemos en la violencia y dureza de los antecedentes del fútbol y rugby modernos comparadas con la actualidad. Una prueba de ello es una reportaje periodístico escrito en 1898 y con el cual dio Patrick Murphy en la fase inicial de nuestra investigación sobre el gamberrismo en el fútbol. La noticia en cuestión dice así:
Herbert Carter murió la semana pasada en Carlisle por las heridas sufridas mientras jugaba alfootball cuando recibió por accidente una patada en el abdomen. Otros dos jugado res murieron también el sá hado por l.as heridas recibidas en el transcurso del juego, a saber, El/am de Sheffieldy Parks de Woodsley. Ambos, junto con el caso de Partington, que murió el pasado miércoles, suman un total cuatro muertes la semana pasaoa.
(Leicester Daily Mercury,
15 de noviembre de 1898)
Podría ser coincidencia que en 1898 se produjeran cuatro muertes en una sola semana; sin embargo, nuestra idea es que el grado de civilización en el ocio y el deporte varía de acuerdo con el nivel de civilización de las sociedades. Es decir, el objetivo del ocio yel deporte es cumplir una función desrutinizante en todas las sociedades por medio del descontrol de los controles emocionales, si bien este descontrol se torna más controlado en las sociedades que se vuelven mis civilizadas y rutinarias.4
De hecho, hay que hallar un equilibrio entre las reglas y las normas que suscitan un comportamiento descontrolador y las que conciernen a los controles emocionales. Si los controles se vuelven demasiado rígidos, tal vez las pruebas deportivas y el ocio se tornen demasiado rutinarios y aburridos. Si devienen demasiado laxos, tal vez el comportamiento trascienda los límites de lo que se considera civilizado. Tal y como Elias expresó haciendo referencia al fútbol: «Al igual que otras variedades de ocio-deporte... elfitbol se mantiene en un equilibrio precario entre dospelzros mortales: el aburrimiento y la violencia» (Elias, 1 986b:
Cuando un deporte o actividad de ocio se vuelve demasiado violento o se percibe que así lo es, el Estado y otros grupos de poder están obligados a intervenir. Cuando se percibe que el deporte es cada vez más aburrido, la intervención corresponde a las autoridades responsables de esa actividad en cuestión y/o, en el caso de los deportes y actividades de ocio que se comercializan/profesionalizan, a los que reclaman sus derechos de posesión.
No tratamos de afirmar que todas las actividades de ocio, incluso en las sociedades más civilizadas, triunfen siempre en el aseguramiento de la desrutinización. Al contrario, algunas fracasan, mientras que en otros casos el grado de emoción del público se eleva hasta el punto de contravenir los cánones aceptados de comportamiento civilizado. Taly como lo expresamos, de nuevo con un ejemplo sobre el futbol,
un partido defr’tbol constituye una suerte de dinámica de grupo con una tensión creciente. Si esa tensión, si el «tono» del partido se vuelve excesivamente lento, su valor como actividad de ocio declina. El partido será soso y aburrido. Si la tensión se torna excesiva, tal vez suministre muchas emociones a los espectadores, pero también entrañe graves peligros para jugadores y espectadores por :ual. Se pasa de la esfera mímética a la no mimética de una crisis grave... [Em este contexto hay que desechar el matiz negativo del concepto convencional de tensión y... sustituirlo por otro que permita una tensión óptima normal que, en el curso de la dinámica figuracional, se torne demasiado alta o demasiado baja.
(Elias y Dunning, 1986: 89)
Por tanto, es necesario cierto grado de incertidumbre en la estructura de las actividades de ocio brindado por reglas escritas y convenciones informales que permitan cumplir la función desrutinizante; es decir, que permitan generar con recurrencia un nivel de tensión y, por consiguiente, ese estado emocional que no sea demasiado alto ni demasiado bajo. Sin embargo, quizás especialmente en las sociedades competitivas y muy individualizadas del mundo industrializado de hoy, la gente adopta constantemente ciertos riesgos con esas reglas y convenciones, tratando de dilatarlas para lograr cierta ventaja competitiva: en el mundo del deporte para ganar un campeonato o partido, en las artes para fundar una nueva «escuela».
La dinámina de las actividades de ocio siempre comprende, por tanto, correr riesgos y luchar por controlarlos, además de la tendencia a que tales actividades oscilen entre niveles de tensión-emoción que no son demasiado altos ni demasiado bajos, y los esfuerzos consiguientes por restablecerl «tono» en un nivel óptimo. También sostuvimos que:

LAS EMOCIONES EN EL DEPORTE Y LAS ACTIVIDADES DE OCIO
este concepto más dinámico de la tensión se aplica no sólo a [las acti vida- des de ocio] en sí, sino también a los participantes. También los seres mdi- viduales pueden vivir con una tensión sostenida que es superior... o inferior a lo normal, puesto que sólo pierden dicha tensión cuando mueren. En las sociedades como la nuestra, que requieren una discíplina emocional comp leta y circunspección la consecución de sensaciones placenteras fuertesy abiertamente expresadas está muy acotado. Para muchas personas no sólo su vida laboral es siempre la misma, sino también la privada. Para muchas nunca sucede nada nuevo ni emocionante, y su tensión, tono y vitalidad se ven mermados. Deforma simple o compleja, en un grado alto o bajo, las actividades proporcionan durante un lapso corto de tiempo, senjmientosplacenterosypot 05o5 que a menudo faltan en la rutina diaria. Suflinción no es, como se cree con frecuencia, una liberación de tensiones, sino el restablecimiento de la media de la tensión como ingrediente esencial de la salud mentaL El carácter esencial de su efecto catártico es el restablecimiento del «tono» mental normal mediante la experimentación temporal y transitoria de emociones placenteras.
(Elias y Dunning, 1986: 89)
Por tanto, y con el permiso de Rojek y de Freud, contenidos específicos y no sólo inquietudes parecen haber participado en los procesos de la civilización en Occidente. Sin embargo, se nos ha criticado por basarnos en el concepto aristotélico de la catarsis. Allen Guttmann, por ejemplo, ha escrito que abriga dudas sobre
el empleo del concepto de catarsis en su relación con el deporte. Después de todo, incluso el juego de pelota más «dramático» es muy distinto de la experiencia que Aristóteles analiza en su Poética. Los psicólogos sociales han consagrado muchos esfuerzos a probar la teoría de la catarsis [y todo] parece indicar que los espectáculos deportivos aumentan más que reducen la propensión a cometer actos violentos...
También hay datos empíricos que plantean preguntas sobre la teoría de quela búsqueda de emociones en el deporte sea una huida de la rutinización de la vida moderna. Si éste es el caso... entonces ¿cómo explicar.., que sean los miembros mejor situados y no los peor sjtuados en la sociedad los que tengan más probabilidades depracticary ver deportes? Dicho de otro modo, aquellos cuyas vidas son menos rutinarias —es decir, con profesiones liberales— son los que probablemente más busquen la emoción de los deportes en contraste con las personas cuya vida es más rutinaria: obreros y oficinistas. Quizá la respuesta esté en el tipo de deporte que más gusta a catia grupo social.
(Guttmann, 1992: 157)

Estas críticas merecen una respuesta. Lo primero que hay que destacar es que Guttmann no repara en que nuestra hipótesis de que los deportes ylas «artes» tienen propiedades comunes como formas de ocio no presupone que sean idénticos. Cada deporte, arte o forma de ocio genera niveles distintos de tensión y de manera distinta. Pero, a pesar de las diferencias, comparten estructuras encaminadas a ejercer la función mimética de despertar emociones. Es este equilibrio de similitudes y diferencias lo que tiene que estudiarse empíricamente. Sin embargo, hasta la fecha las investigaciones de la sociología del deporte y el ocio han tendido a dar por garantizadas las propiedades estructurales del deporte y las formas de ocio, no llegando a examinar los pequeños detalles de su estructura y funcionamiento.
Con permiso de Guttmann, Elias y yo también tuvimos presentes las investigaciones sobre la catarsis en el deporte, así como el hecho de que los deportes parecen tender a aumentar más que a reducir la propensión a la violencia. Sin embargo, tales investigaciones se basaron en un concepto de catarsis diferente del de Aristóteles y el nuestro. Más en concreto, se basaron en una hipótesis muy simple y general sobre la frustración-agresión tratando de probar —a menudo en condiciones artificiales de laboratorio— la idea de que los deportes, sobre todo los de contacto y lucha, representan un contexto donde la gente puede descargar vicariamente la agresividad generada por la frustración de la vida diaria.
Por el contrario, nuestra hipótesis mantiene que a los deportes concierne más la creación que el alivio o descarga de las tensiones. Además, como sociólogos figuracíonales nos centramos en los deportes como actividades que sólo pueden entenderse en relación con su contexto tota con ios distintos significados que suele darles cada grupo o individuo, y con los distintos intereses, valores y fuentes de poder generados estructuralmente de esas personas.
También recalcamos hechos como que las sociedades modernas sigan siendo predominantemente patriarcales, que el deporte moderno surgiera como un medio de preservar la virilidad y que muchos deportes sigan actuando como vehículos para la expresión y reproducción de la agresividad masculina (Dunning y Sheard, 1973; Dunning, 1986; Dunning y Maguire, 1996). También tratamos de manifestar la forma en que, en contextos como el hooliganismo en el futbol, la agresividad y la violencia pueden experimentarse como algo placentero y excitante (Dunning y cols., 1988) y cómo los deportes modernos pueden integrarse en una serie compleja de nexos políticos y sociales que cada vez son más globales en su alcance (Dunning y Sheard, 1979; Maguire, 1990, 1991, 1993a, 1993c, 1994a, 1994b, 1996).
Guttmann también parece haber comprendido nuestro concepto de la rutinización en el sentido popular que lo identifica con la ejecución dreas sencillas y repetitivas que suelen considerarse aburridas. Sin embargo, aunque así sea, nuestra definición es más sociológica. Nosotros definimos «rutina» como
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canales recurrentes de acción impuesta por la interdependencia con otros, los cuales se imponen a los individuos con un grado bastante alto de regularidad, firmeza y control emocional de la conducta, y pueden bloquear otros canales de acción aunque se adecúen mejor al estado emocional, a los sentimientos y necesidades afectivas del momento.
(Elias y Dunning, 1986: 98)
Dicho de otro modo, nuestra definición recalca el carácter apremiante de trabajos rutinarios, el hecho de que están dirigidos y controlados por otros nís que por uno mismo, y de que no sólo implican regularidad sino también presión social en lo que respecta al control emocional. Tal definición parece completamente compatible con la observación de Guttmann —la cual, creo yo, Se aviene mejor con América del Norte y tal vez otras sociedades de Europa occidental que con Gran Bretaña, y que probablemente no tenga lo bastante en dienta ni a los espectadores ni a las transmisiones por televisión— de que el deporte se vincula más con la clase media que con la clase trabajadora. Es decir,
Centras que los operarios manuales y no manuales aunque sometidos a una
ma tal vez tengan trabajos muy rutinarios en el sentido de que realizan tarey repetitivas, las personas que trabajan en profesiones liberales y empresariales tienden a sufrir mayor presión social y psicológica para ejercer un autocontrol matizado y diferenciado en las fases públicas de su trabajo.
Guttmann pisa un terreno más seguro cuando nos critica por descuidar «el importantísimo papel desempeñado por el proceso psícológico de la ident/icación, que convierte a los deportistas en representaciones simbólicas de los grupos sociales» (Guttmann, 1992: 158). Esto es cierto en lo que atañe a nuestra obra colectiva, pero es menos cierto respecto al trabajo que realicé con mis colegas de Leicester, donde sugerimos que, en lo que concierne a los espectadores deportivos, la identificación con un equipo o deportista individual es un requisito para activar totalmente las pasiones de cada uno (Murphy y cois., 1930: 3 y siguientes, ver también el prólogo a este volumen).
Como ya he sacado a colación, Maguire (1992) se refiere lógicamente a una «búsqueda del significado apasionante» en este sentido. Lo que quiere decir es que, en el deporte, la búsqueda de identidad, identificación, sentido y prestigio están entretejidas en una trama compleja junto con la búsqueda de emociones. En un ensayo de juventud recurrí a la identificación con un equipo para sembrar dudas sobre el concepto convencional de catarsis, destacando que los aficionados apasionados son susceptibles de frustrarse si el equipo al que apoyan pierde, frustración que pueden proyectar de forma agresiva sobre otros me- chante violencia verbal y/o física (Dunning, 1972).
Otra crítica puede hacerse a un aspecto de lo que Elias escribió con independencia del ocio. En su prólogo a Quest ofExcitement hizo ciertas alusiones a las «tensiones nerviosas» que la gente es susceptible de sentir por estar social- mente obligada a esforzarse por mantener el control sobre sus instintos y afectos. Según Elias, tales tensiones tienden a difundirse por las sociedades «donde están muy extendidas normas altamente civilizadoras que se mantienen con un control interno muy eficaz sobre la violencia fisica», y prosigue:
La mayoría de las sociedades humanas... desarrollan... contramedídaspara las tensiones emocionales que ellas mismas generan. En el caso de sociedades con un nivel relativamente maduro de civilización, es decir, con obligaciones relativamente estables, un/rmes y mesuradas, y con poderosas exigencias sublimatorías, es posible observar una considerable variedad de actividades ¿e ocio con esa función, ¿e las cuales el deporte es una. Afin de ejercer esa función de liberar las tensiones emocionales, estas actividades deben adecuarse a la sensibilidad relativa a la violencia fisica que es característica de los hábitos sociales en las fases últimas de un proceso civilizado
(Elias, 1986b: 41-42)
Elias estaba tratando aquí algunos de los «problemas de la civilización» sin resolver, lo que sacó a colación casi al final de The CivílizingProcess. Fueron el tipo de temas que abordó Freud en El malestar en la cultura (1939) y que Mar- cuse examinó desde la óptica marxista en Eros y civilización (1955) mediante conceptos como «represión sobrante». El enfoque de Elias fue más abierto que el de estos filósofos, y nunca pretendió que tuviéramos suficientes conocimientos en la actualidad como para resolver estas cuestiones. Son problemas serios para los cuales se requieren con urgencia soluciones prácticas, y que sólo se podrán resolver con la ayuda de investigaciones guiadas por teorías.
Para lo que aquí se pretende, parece más pertinente reparar en que, al introducir el tema de las tensiones emocionales en nuestra teoría del ocio, Elias se estaba alejando de la teoría tal y como se concibió originalmente. Estaba orientada, no hacia la relación entre ocio y tensiones emocionales, sino hacia la necesidad de provocar tensiones controladas y sentidas como placenteras en sociedades muy rutinarias y por tanto desapasionadas. Las tensiones emocionales son un tema distinto y, al menos en sus formas más serias —una es no tratar aquí una dicotomía sencilla sino un continuo complejo—, es posible que se traten mejor con actividades relajantes como bordar, cuidar el jardín y escuchar música relajante, y no mediante actividades muy competitivas, excitantes y físicamente tan combativas como los deportes.
En lo que en muchos aspectos es un debate equilibrado sobre las contribuciones figurativas al estudio del deporte y el ocio, Chs Rojek sugiere que

bajo presión los sociólogos figuracionales insisten en que su trabajo es más «objetivamente adecuado» que las teorías rivales. Por el término «objetivamente adecuado» se entiende que las proposiciones de la sociología figuracional se corresponden más con los hechos observables del deporte y el ocio que las teorías rivales en este campo. Pocas palabras en ¡it lengua inglesa tienen ahora el mismo peso que «objetividad». Al insistir en la superior «adecuación al objeto» los sociólogos figu racionales dan a entender que las formas de sociología que se preocupan por las impresiones y experiencias son menos valiosas... Lo que hay que resaltar aquí es que, al afirmar que son objetivamente adecuados, los sociólogos figuracionales no consiguen ser suficientemente reflexivos sobre sus propios métodos.
(Rojek, 1995: 54-55)
Los sociólogos figuracionales no hacen tales afirmaciones. Ni tampoco térniros como «objetividad» ni «objetivamente adecuado» aparecen en nuestro ,cabulario. Concebimos la adquisición de conocimientos como un proceso nffictivo y se evita lo que podría llamarse el «apresurado arreglo» político/ide- lógico o filosófico. Subrayamos la necesidad de realizar una investigación guia por una teoría, y de alejarse de lo que parece haberse convertido en una tencia general en la sociología de los iíltimos años a vivir parasitariameflte del bajo de otros, sobre todo del de los últimos filósofos que han llegado a con-
e «tendenciosos», aunque evitando una investigación primaria.
Nuestra intención es desarrollar mediante una investigación representaciO es más «adecuadas al objeto» o «congruentes con la realidad», es decir, reprentaciones que sean más <(adecuadas» a los «objetos» empíricamente observa.ies o más «congruentes» con cierto aspecto o aspectos de la «realidad» que es caso de los conceptos existentes. Procedemos a esta tarea buscando que nuestra investigación sea tan «imparcial» como sea posible. Sin embargo, aunque nuestro objetivo en esta conexión sea, por medio de un «desvío a través de la imparcia1idad» (Elias, 1987), comprobar momentáneamente nuestros sentimientos para añadirlos a la suma de conocimientos «congruentes con la realidad», no afirmamos ni insistimos en que hayamos generado tal conocimiento. Más
i llevamos nuestro trabajo a la palestra sociológica con la esperanza de que
s lo sometan a debate, luchen por entenderlo y por encima de todo, lo )rueben con nuevas investigaciones.
Conclusión
En este capítulo he sugerido que el enfoque sociológico/figuraci01 de los procesos para el estudio del deporte y el ocio presenta ciertas ventajas respecto a enfoques más «convencionales» que, sea cual sea la contribución que hagan en otros aspectos, tienden a viciarse con un compromiso irreflexivo con lo que Elias llamó suposiciones del Horno clausus. Entre estas ventajas se incluye que un enfoque sociológico/figuracional de los procesos: (1) presta la debida atención a la parte central desempeñada por las emociones en el ocio; (2) trata de desarrollar conceptos, hipótesis y teorías mediante el fecundo cruce de búsquedas empíricas, un proceso en que son igualmente necesarios lo empírico y lo teórico, y donde ninguno debe estar en superioridad; (3) trata de evitar las simplificaciones y distorsiones del complejo y diverso mundo del deporte y el ocio que podrían derivarse de un compromiso irreflexivo con dicotomías convencionales como trabajo y ocio, cuerpo y alma, etc., y (4) se compromete a intentar aumentar los conocimientos y maximizar el grado de objetividad de los estudios sociológicos con las presiones a corto plazo, la ansiedad y las preocupaciones. Probablemente valga la pena repetir que, aunque sea nuestro objetivo, no presumimos de haberlo logrado. Es un tema en el que otros tienen que juzgar.
También he sugerido que una teoría básica que se centre en el comportamiento y en las instituciones del deporte y el ocio como hechos sociales por derecho propio, y que trace sus conexiones sin reducirlas a otras áreas de la vida social, puede ayudar a arrojar luz sobre las múltiples formas en las que, por ejemplo, las agencias de la industria y el Estado, junto con las desigualdades de clase, sexo, razaletnia, dejan su impronta en la figuración del ocio. Esta teoría debe ser un sine qua non al respecto, por ejemplo, ayudando a explicar cómo y por qué la gente que ni mucho menos están «cegadas por su cultura» desempeñan un papel en la perpetuación de las instituciones (p. ej., el fútbol americano, el fútbol profesional o la industria de la música pop) a través de las cuales se ven explotados en cuanto permiten que otros obtengan beneficios o un «valor añadido» gracias a sus poderosos compromisos.
En otras palabras, el método sociológico/figuracional de los procesos se fija en el papel desempeñado por los intentos de explotación, manipulación y control —los cuales, por supuesto, a veces logran más o menos éxito y con frecuencia tienen consecuencias inesperadas— en el deporte y el ocio como en cualquier otro campo social. Es decir, el método figuracional considera como axiomático
—tal y como lo expresó Elias— que el poder es «una característica estructural... de todas las relaciones humanas» (Elias, 1978: 74).
Sólo quisiera añadir que es menos probable que los avances en el conocimiento lleguen mediante una teorización apriori, como, por ejemplo, los efectos de la publicidad sobre las preferencias de ocio, que mediante una investigación guiada por una teoría. Es decir, es menos probable que el avance en el conocimiento proceda de la lectura y debate mecánics de las conclusiones derivadas de, por ejemplo, Marx, Gramsci, Foucault, Waudrillard, Raymond Wi

Bourdieu y —por qué no— de Elias, que de la comprobación de hipótesis vaclas de dichos autores.
También es más probable que los avances lleguen si tenemos éxito romindo el equilibrio en este campo al menos de dos formas: primero, entre el
“ate y la investigación (orientada con teorías) a favor de esta última, y seedo, dando prioridad a los debates sobre la investigación y las teorías socio- ¡cas que se centren sistemáticamente en el mundo social empíricamente obble en oposición a los debates arcanos sobre cómo interpretar las últimas editaciones de filósofos no orientados a la investigación y cuyo trabajo pareestar, por el momento, de moda (Mouzelis, 1991). Al decir esto, no quiero
en su totalidad el valor de lo que escriben los sociólogos influidos por la sofia, sino más bien sugerir que las ideas filosóficas suelen necesitar que las
boren y, por encima de todo, las purguen de elementos del Horno clausus ges de ser útiles sin ambigüedades en un contexto de investigaciones guiadas r teorías y teorías orientadas por investigaciones.
También ha ocupado un papel central en mis razonamientos la afirmación t que la teoría de Elias sobre los procesos civilizadores puede actuar como lo
el propio Elias ha denominado una teoría central, es decir, que se emplea
io una teoría que guía, coordina, sintetiza y conjetura sobre la sociología del rte y el ocio. Me doy cuenta de que, sobre todo en el mundo multiparaico y conflictivo de la sociología actual, esto es susceptible de recibir la
ca de que estoy privilegiando a Elias. Es una crítica que estoy dispuesto a ceptar, dado que poco a poco crece mi reconocimiento de que Elias fue uno Le los sociólogos más importantes del siglo XX por la orientación hacia la reaLad de su obra.
Tuve la suerte de trabajar con él, pero no es ése el punto del que quiero haar, sino del provechoso potencial de la teoría del proceso de la civilización pa- a el estudio del deporte y el ocio. Sin embargo una condición previa para proarlo es que no debería rechazarse sobre la base, por ejemplo, del Holocausto y aros ejemplos de la barbarie del siglo XX. Elias nació siendo alemán y judío,
‘6 de Alemania en 1933 y su madre murió en Auschwitz. Su relación con el entró, pues, en un terreno profundamente personal a la hora de der la teoría del proceso de la civilización.
En el capítulo 2, exploraremos el valor explicativo de la teoría del proceso e la civilización en lo que se refiere al desarrollo del deporte moderno, cenásidonos en esa conexión concreta entre deporte y violencia con una perspecva a largo plazo.


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