Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo?




descargar 1.11 Mb.
títuloResumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo?
página2/30
fecha de publicación05.01.2016
tamaño1.11 Mb.
tipoResumen
b.se-todo.com > Derecho > Resumen
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30

Introducción


El experimento de la intención no es un libro cualquiera, y tu no eres un lector cualquiera. Se trata de una obra sin final, porque pre­tendo que tú me ayudes a terminarla. Tú no eres sólo un lector de este libro, sino también uno de sus protagonistas -un importante partici­pante en una investigación científica de vanguardia —. Estás a punto de embarcarte en el mayor experimento de la historia acerca del dominio que la mente tiene sobre la materia.

El experimento de la intención es el primer libro «vivo» en tres di­mensiones. El libro, en cierto sentido, es un preludio, y el «contenido» va mucho más allá del momento en que termines la última página. Aquí descubrirás evidencias científicas sobre el poder de tus propios pensamientos, y luego irás más allá de esta información y pondrás a prueba otras posibilidades a través de un gran experimento interna­cional de grupo, bajo la dirección de algunos de los más respetados científicos internacionales que están investigando sobre la conciencia.
A través del sitio web de El experimento de la intención (www.theintentionexperiment.com), tú y el resto de los lectores de este libro podréis participar en experimentos remotos, cuyos resultados serán publicados en el sitio web. Cada uno de vosotros se convertirá en un científico en uno de los experimentos más audaces jamás realizados sobre la conciencia.

E/ experimento de la intención se basa en una premisa descabellada: el pensamiento afecta a la realidad física. Una gran cantidad de inves­tigaciones sobre la naturaleza de la conciencia, realizadas durante más de treinta años en prestigiosas instituciones científicas de todo el mundo, muestra que los pensamientos son capaces de afectar a todo tipo de cosas, desde las máquinas más simples hasta los organismos vivos más complejos.1 Estos resultados sugieren que los pensamientos humanos y las intenciones son una «sustancia» física que tiene el asom­broso poder de cambiar nuestro mundo. Cada pensamiento que tene­mos es una energía tangible con poder para transformar las cosas. Un pensamiento no es sólo una cosa; un pensamiento es una cosa que ejer­ce influencia sobre otras.

Esta idea central de que la conciencia afecta a la materia está en el centro de una discrepancia irreconciliable entre la visión del mundo de la física clásica —la ciencia del mundo visibley la de la física cuán­tica -la ciencia del mundo microscópico—. Esta discrepancia atañe a la propia naturaleza de la materia y a las maneras en que puede ser modi­ficada.

Toda la física clásica, y también el resto de la ciencia, se deriva de las leyes del movimiento y la gravedad desarrolladas por Isaac Newton en su obra Principios matemáticos de la filosofía natural\ publicada en 1687." Las leyes de Newton describen un universo en el que todos los objetos se mueven en el espacio tridimensional de la geometría y el tiempo conforme a ciertas leyes fijas del movimiento. La materia era considerada inmutable y enclaustrada en sí misma, con sus propias fronteras fijas. Cualquier tipo de influencia exigía que se hiciera algo físico a alguna cosa —una fuerza o una colisión Modificar algo impli­caba básicamente calentarlo, quemarlo, congelarlo, dejarlo caer o darle una buena patada.

Las leyes de Newton, las ilustres «reglas del juego» de la ciencia, como las denominó el famoso físico Richard Feynman,3 y su premisa principal de que las cosas existen independientemente unas de otras, constituyen los fundamentos de nuestra visión filosófica del mundo. Creemos que la totalidad de la vida y su tumultuosa actividad con­tinúan a nuestro alrededor, con independencia de lo que hagamos o pensemos. Dormimos tranquilamente por la noche con la seguridad de que cuando cerramos los ojos el universo no desaparece.

Sin embargo, esta ordenada y cómoda visión del universo como una colección de aislados y previsibles objetos se vino abajo a comien­zos del siglo XX, cuando los pioneros de la física cuántica comenzaron a adentrarse en el corazón de la materia. Los más diminutos fragmen­tos del universo, los propios componentes del gran mundo objetivo, no se comportaban en absoluto conforme a ninguna regla conocida.

Este comportamiento poco ortodoxo fue resumido en un con­junto de ideas que llegaron a ser conocidas como la interpretación de Copenhague, en honor al lugar donde el enérgico físico danés Niels Bohr y su brillante ayudante, el físico alemán Werner Heisenberg, for­mularon el significado probable de sus extraordinarios descubrimien­tos matemáticos. Bohr y Heisenberg se dieron cuenta de que los áto­mos no son pequeños sistemas solares en miniatura, sino algo mucho más caótico: pequeñas nubes de probabilidad. Cada partícula subató­mica no es algo sólido y estable, sino que existe simplemente como una potencialidad de cualquiera de sus entidades futuras —lo que los físicos llaman una «superposición» o suma de todas las probabilidades, como una persona que se mira a sí misma en una sala de espejos-

Una de sus conclusiones se refería a la noción de «indetermina­ción» -el hecho de que uno nunca puede saberlo todo sobre una partí­cula subatómica en un momento dado-. Si descubres informaciones sobre su posición, por ejemplo, no podrás calcular al mismo tiempo adonde se dirige o a qué velocidad. Hablaban de una partícula cuántica como si fuera a la vez una partícula -un objeto sólido y fijo y una «onda»: una amplia región del espacio-tiempo dentro de la cual la partícula podía ocupar cualquier lugar. Era como describir a una per­sona diciendo que abarcaba toda la calle en que vivía.

Sus conclusiones sugerían que, en el nivel más elemental, la mate­ria física no es sólida y estable -de hecho, no es nada aún—. La reali­dad subatómica no se parecía al estado sólido y fiable descrito por la ciencia clásica, sino a un efímero conjunto de opciones aparentemen­te infinitas. Los fragmentos más pequeños de la materia parecían tan caprichosos que los primeros físicos cuánticos tuvieron que confor­marse con una rudimentaria aproximación simbólica a la verdad -una gama matemática de todas las posibilidades-

En el nivel cuántico, la realidad se parecía a una gelatina de fru­tas sin cuajar.

Las teorías cuánticas desarrolladas por Bohr, Heisenberg y otros científicos hicieron temblar los cimientos de la visión nexvtoniana de la materia como algo discreto y enclaustrado en sí mismo. Estas teorías sugerían que la materia, en su nivel más fundamental, no podía ser dividida en unidades independientes ni tampoco podía ser descrita totalmente. Las cosas no tenían sentido en el aislamiento; sólo lo tenían dentro de una red de interrelaciones dinámicas.

Estos pioneros también descubrieron la asombrosa capacidad de las partículas cuánticas para influenciarse mutuamente, a pesar de la ausencia de todos los factores que, según los físicos, podrían ser los causantes de esa influencia, como un intercambio de fuerzas sucedien­do a una velocidad finita.

Una vez dos partículas entraban en contacto, ambas conservaban un extraño poder remoto una sobre la otra. Las acciones -por ejemplo, la orientación magnética— de una partícula subatómica influenciaban inmediatamente a la otra, sin importar la distancia que las separase.

En el nivel subatómico, el cambio también se debía a desplaza­mientos dinámicos de energía; esos pequeños paquetes de energía vibra­toria intercambiaban constantemente información a través de «partícu­las virtuales», como los rápidos pases de un juego de baloncesto, un incesante ir y venir que dio origen a una gigantesca capa básica de energía en el universo.4

la materia subatómica parecía estar implicada en un continuo intercambio de información, causando refinamientos constantes y sutiles alteraciones. El universo no era un almacén de objetos separa­dos y estáticos, sino un único organismo de campos de energía interconectados, en continua transformación. En el nivel infinitesimal, nuestro mundo se parecía a una gigantesca red de información cuán­tica, con todos sus componentes en permanente comunicación.

La participación de un observador es lo único que convertía a esta pequeña nube de probabilidad en algo sólido y mensurable. Cuando estos científicos decidían examinar más de cerca una partícula subató­mica y medirla, la partícula subatómica que existía como pura poten­cialidad se «colapsaba» en un estado determinado.

Las implicaciones de estos primeros resultados experimentales eran profundas: la conciencia viva era de alguna forma la influencia que convertía la posibilidad de algo en una realidad. En el momento en que observábamos un electrón o realizábamos una medición, pare­cía que estábamos ayudando a determinar el estado final de ese electrón. Esto sugería que el ingrediente más importante en la creación de nuestro universo es la conciencia que lo observa. Algunas de las figuras más relevantes de la física cuántica argumentaron que el universo era democrático y participativo —un esfuerzo conjunto entre el observador y lo observado—.

El efecto del observador en la experimentación cuántica da lugar a otra noción herética: el hecho de que la conciencia viva es crucial en la transformación del desordenado mundo cuántico en algo parecido a la realidad cotidiana. Sugiere no sólo que el observador hace surgir lo observado, sino también que no hay nada en el universo que exista como un «objeto» independiente de nuestra percepción.

Implica que la observación -la participación de la conciencia hace cuajar la gelatina de frutas.

Implica que la realidad no es algo fijo, sino algo fluido y cambiante, y por lo tanto abierto a otras influencias.

La idea de que la conciencia crea y probablemente incluso afecta al universo físico también cuestiona nuestra visión científica actual de la conciencia, que se desarrolló a partir cié las teorías del filósofo francés del siglo XVII René Descartes -el hecho de que la mente está separada y es distinta de la materia-, y que adoptó la idea de que la conciencia es generada por completo por el cerebro y está encerrada en el cráneo.

La mayor parte de los físicos en ejercicio se encogen de hombros respecto a este enigma crucial: el hecho de que objetos grandes se encuentren separados pero que sus diminutos componentes funda­mentales estén en incesante comunicación entre ellos. Durante medio siglo, los físicos han aceptado, como si fuera algo muy lógico, que un electrón que se comporta de una cierta manera en el nivel subatómico pase a adoptar un comportamiento «clásico» (es decir, newtoniano) cuando se da cuenta de que forma parte de un conjunto mayor.

En general, los científicos han dejado de preocuparse por las pro­blemáticas preguntas planteadas por la física cuántica, que sus pione­ros dejaron sin respuesta. La teoría cuántica funciona matemática­mente. Ofrece una exitosa receta para lidiar con el mundo subatómi­co. Ayudó a crear la bomba atómica y el láser. En la actualidad, los científicos se han olvidado del efecto del observador. Se contentan con sus elegantes ecuaciones y aguardan la formulación de una teoría uni­ficada del todo o el descubrimiento de más dimensiones además de las que ya percibimos, lo cual esperan que ayude a unificar todos estos resultados contradictorios en una sola teoría centralizada.

Hace treinta años, mientras el resto de la comunidad científica seguía con su rutina de siempre, un pequeño grupo de científicos de vanguardia pertenecientes a prestigiosas universidades de todo el mun­do se tomó un tiempo para considerar las implicaciones metafísicas de la interpretación de Copenhague y el efecto del observador/' Si la mate­ria era mutable, y la conciencia hacía que la materia se convirtiese en algo fijo, parecía probable que la conciencia también pudiese empujar las cosas en una cierta dirección.

Sus investigaciones se reducían a una simple pregunta: si el acto de la atención afectaba a la materia física, ¿cuál era el efecto de la inten­ción, de intentar producir un cambio deliberadamente? En nuestro acto de participación como observadores en el mundo cuántico, podríamos ser no sólo creadores sino también factores influyentes.7

Comenzaron diseñando y llevando a cabo experimentos, ponien­do a prueba algo que recibió el complicado nombre de «influencia mental remota dirigida», «psicoquinesis» o, en resumen, «intención» o incluso «intencionalidad». La intención es definida como «un plan deliberado para realizar una acción que llevará a un resultado desea­do»,8 a diferencia de un deseo, que sólo implica centrarse en un resul­tado, sin un plan deliberado de cómo lograrlo. La intención iba diri­gida a las propias acciones del sujeto; requería algún tipo de razona­miento, un compromiso de hacer lo que el sujeto se había propuesto. La intención implicaba un propósito: la comprensión de un plan de acción y un resultado satisfactorio. Marilyn Schlitz, vicepresidenta de educación e investigación del Instituto de Ciencias Noéticas y una de las científicas que participaron en las primeras investigaciones de influencia a distancia, definió la intención como «la proyección de la conciencia, deliberada y eficazmente, hacia algún objeto o resultado».9 Estos científicos creían que para influir sobre la materia física el pen­samiento tenía que estar muy motivado y dirigirse hacia un objetivo.

En una serie de extraordinarios experimentos, demostraron que el hecho de tener ciertos pensamientos dirigidos podía afectar al propio cuerpo de la persona, a objetos inanimados y a prácticamente todos los seres vivos, desde los organismos unicelulares hasta los seres humanos. Dos de las figuras más importantes de este pequeño grupo eran Robert Jahn, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Princeton, y Brenda Dunne, directora del Laboratorio de Investigaciones Anómalas de la misma universidad (Laboratorio PEAR, según sus siglas en inglés). Juntos, crearon un sofisticado y riguroso programa de investigaciones. A lo largo de veinticinco años, Jahn y Dunne dirigie­ron lo que se convirtió en un gigantesco esfuerzo internacional por cuantificar la «micropsicoquinesis», el efecto de la mente sobre los generadores de sucesos aleatorios (GSA) que realizan el equivalente electrónico de echar una moneda al aire.

Los resultados que obtenían estas máquinas (el equivalente informático de cara o cruz) eran controlados por una frecuencia alter­nada aleatoria de pulsaciones negativas y positivas. Como su actividad dependía totalmente del azar, cada una producía «caras» y «cruces» aproximadamente el 50% de las veces, conforme a las reglas de la pro­babilidad. La configuración más común de los experimentos con GSA consistía en una pantalla de ordenador en la que alternaban aleatoria­mente dos atractivas imágenes -por ejemplo, de indios y vaqueros-. A los participantes en los experimentos se les pedía que se sentaran fren­te al ordenador y que intentaran influir sobre la máquina para que ori­ginase más de un cierto tipo de imágenes -más vaqueros, por ejem­plo—, luego que la influenciaran para que produjese más imágenes de indios, y finalmente que no intentasen influenciarla en absoluto.

Después de más de dos millones y medio de pruebas, Jahn y Dunne demostraron claramente que la intención humana puede influir sobre estos dispositivos electrónicos en la dirección deseada,10 y sus resultados fueron duplicados independientemente por 68 investigadores.11

Mientras el Laboratorio de Investigaciones Anómalas de la Uni­versidad de Princeton se concentraba en los efectos de la mente sobre objetos y procesos inanimados, muchos otros científicos experimenta­ron con el efecto de la intención sobre los seres vivos. Varios investi­gadores demostraron que la intención humana puede afectar a una enorme variedad de sistemas vivos: bacterias, hongos, algas, piojos, pollos, ratones, jerbos, perros y gatos.12 Varios de estos experimentos se han realizado con sujetos humanos; y se ha demostrado que la inten­ción afecta a muchos procesos biológicos del sujeto, incluidos los movimientos motores y los del corazón, el ojo, el cerebro y el sistema respiratorio.

Los animales también demostraron ser capaces de actos de verda­dera intención. En un ingenioso experimento realizado por René Peoc'h, de la Fundación ODIER, en Nantes, Francia, un robot «madre gallina», construido a partir de un generador de sucesos aleatorios, le fue «inculcado» a un grupo de pollitos poco después de su nacimien­to. El robot fue colocado fuera de la jaula de los pollitos, donde podía moverse libremente, y se siguió su trayectoria. Finalmente, quedó claro que se movía hacia los pollitos dos veces y medio más a menudo de lo que lo hubiera hecho normalmente; la «presunta intención» de los pollitos —su deseo de estar cerca de su madreparecía afectar al robot, haciendo que se acercara a la jaula. En otros ochenta experimentos similares, una vela encendida se colocó sobre un GSA móvil, y los pollitos —que habían sido mantenidos en la oscuridad— conseguían que el robot pasase más tiempo del normal cerca de sus jaulas.13

El mayor y más persuasivo conjunto de pruebas ha sido reunido por William Braud, psicólogo y director de investigaciones de la Mind Science Foundation en San Antonio, Texas, y, más tarde, del Insdtuto de Psicología Transpersonal. Braud y sus colegas demostraron que los pensamientos humanos pueden alterar la dirección en que nadan los pe­ces, el movimiento de otros animales, como los jerbos, y la descom­posición de las células en un laboratorio.14

Braud también diseñó algunos de los primeros experimentos bien controlados acerca de la influencia mental sobre los seres humanos. En una serie de experimentos, demostró que una persona podía afectar al sistema nervioso autónomo de otra (o al mecanismo de lucha o huida).15 La actividad electrodermal (AED) es una medida de la resis­tencia de la piel y muestra el estado de estrés de un individuo; gene­ralmente se produce un cambio en la AED cuando alguien está estresado o no se siente a gusto.16 El experimento de Braud examinó el efec­to que tenía sobre la AED el hecho de ser observado, una de las mane­ras más simples de aislar el efecto de la influencia a distancia sobre un ser humano. Comprobó repetidamente que la gente era estimulada de manera subconsciente cuando se la observaba.17

Tal vez el área más frecuentemente estudiada de la influencia remota sea la curación a distancia. Se han llevado a cabo un total de 150 estudios,18 con distintos grados de rigor científico, y uno de los mejor diseñados fue realizado por la ya fallecida doctora Elisabeth Targ. Durante el apogeo de la epidemia de sida en la década de los ochenta, diseñó un ingenioso y riguroso experimento en el que se com­probó que cuarenta especialistas en curación a distancia de distintos kigares de los Estados Unidos consiguieron mejorar el estado de salud de pacientes terminales de sida, a pesar de no haber estado nunca en contacto con ellos.1"

Incluso algunos de los experimentos más rudimentarios del domi­nio de la mente sobre la materia han tenido resultados sorprendentes. Uno de estos primeros experimentos consistía en influenciar los resul­tados de una tirada de dados. Hasta la fecha, 73 estudios han exami­nado los esfuerzos de 2500 personas por influir sobre más de dos millones v medio de tiradas de dados, con un éxito extraordinario. Cuando todos los estudios fueron analizados en conjunto, tomando en cuenta su calidad y los informes selectivos, las probabilidades de que los resultados fuesen producidos exclusivamente por el azar eran de 1 entre 10 elevado a la potencia 76 (uno seguido de setenta y seis ceros).20

También había algo de provocativo en doblar cucharas con la mente, ese típico truco hecho famoso por el médium Uri Geller. John Hasted, profesor del Birkbeck College, de la Universidad de Londres, realizó un ingenioso experimento sobre este tema en el que participó un grupo de niños. Hasted colgó del techo una serie de llaves y colocó a cada niño a una distancia de entre uno y tres metros de la llave que le correspondía, para evitar cualquier contacto físico. Cada llave tenía un medidor de esfuerzo que detectaría y registraría cualquier cambio en ella. Luego Hasted pidió a los niños que intentasen doblar el metal suspendido. Durante las sesiones, observó no sólo que las llaves se movían y a veces se fracturaban, sino también abruptos y enormes aumentos de voltaje de hasta 10 volaos —el límite máximo del medi­dor—. Ylo que es aún más impactante, cuando se pidió a los niños que dirigieran su intención hacia varias llaves al mismo tiempo, los medi­dores de esfuerzo registraron señales simultáneas, como si se estuviese afectando al conjunto de llaves."

Algo que resulta muy intrigante en la mayor parte de las investi­gaciones sobre la psicoquinesis es que la influencia mental de cualquier tipo produce efectos mensurables, sin importar la distancia entre el sujeto y el objeto o en qué momento el sujeto generó su intención. Según las pruebas experimentales, el poder del pensamiento trasciende el tiempo y el espacio.

Cuando estos revisionistas terminaron, habían hecho añicos el libro de reglas y esparcido los pedazos a los cuatro vientos. La mente parecía estar inextricablemente conectada a la materia y, de hecho, ser capaz de alterarla. La materia física podía ser influenciada, incluso irre­vocablemente alterada, no sólo mediante la fuerza, sino con el simple acto de formular un pensamiento.

Sin embargo, las pruebas presentadas por estos científicos de van­guardia dejaban sin respuesta cuatro preguntas fundamentales. ¿A través de qué mecanismos físicos los pensamientos afectan a la reali­dad? Cuando escribo estas líneas, unos famosos estudios sobre la ora­ción no han conseguido mostrar que ésta produjera ningún efecto. ¿Qué condiciones especiales y qué estados preparatorios de la mente contribuyen a propiciar el éxito? ¿Cuánto poder tiene realmente un pensamiento, para el bien o para el mal? ¿Cuántas cosas de nuestra vida puede cambiar un pensamiento?

La mayor parte de los descubrimientos sobre la conciencia se pro­dujeron hace más de treinta años. Los más recientes experimentos de la física cuántica de vanguardia y de laboratorios de todo el mundo ofrecen respuestas a algunas de estas preguntas. Proporcionan pruebas de que nuestro mundo es altamente maleable, abierto a constantes influencias sutiles. Las investigaciones recientes demuestran que los seres vivos son transmisores y receptores constantes de energías men­surables. Los nuevos modelos de la conciencia la describen como una entidad capaz de trascender los límites físicos de todo tipo. La intención parece ser algo parecido a un diapasón que hace que los diapasones de otros obje­tos del universo resuenen en la misma frecuencia.

Los últimos estudios del efecto de la mente sobre la materia sugie­ren que la intención tiene efectos variables que dependen del estado del sujeto, y del momento y el lugar en que se origina. La intención ya ha sido empleada en muchas partes para curar enfermedades, alterar los procesos físicos e influir sobre los acontecimientos. No es un don espe­cial, sino una habilidad aprendida, fácilmente enseñable. De hecho, ya la usamos en muchos aspectos de nuestras vidas cotidianas.

Un conjunto de investigaciones también sugiere que el poder de la intención se multiplica cuando hay mucha gente teniendo el mismo pensamiento al mismo tiempo.22
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30

similar:

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconLa vida diaria que percibidos con nuestros 5 sentidos no es una realidad....

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconIntroduccion: la importancia de producir nuestros propios alimentos...

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconAgradecer a todos nuestros primeros alumnos de Biodescodificación...

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconEn nuestros días la demanda imperiosa de producir alimentos para...

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconGerardo Schmedling
No se preocupen porque en algún momento la mente rechace una información nueva; eso es absolutamente normal, eso no tiene ningún...

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconPuedan intentar pensar qué tipo de decisiones epistemológicas, científicas...

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconCientíficos muestran cómo los pensamientos provocan cambios moleculares en tus genes

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconResumen En este trabajo se intenta seguir el paso a las transformaciones...

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconLa alimentación en nuestros pájaros

Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? iconPremios otorgados a nuestros biocalcios




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com