Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo?




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títuloResumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo?
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PRIMERA PARTE


LA CIENCIA

DE LA INTENCIÓN
«Un ser humano es parte del todo que nosotros llamamos "universo"; una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto —una especie de ilusión óptica de su conciencia —.»

Albert Einstein


Capítulo 1


Materia mutable
Hay pocos lugares en la galaxia tan fríos como el frigorífico de dilución de helio del laboratorio de Tom Rosenbaum. Las tem­peraturas en ese frigorífico -un aparato circular del tamaño de una habitación y con varios cilindros pueden bajar hasta algunas milési­mas de grado por encima del cero absoluto, es decir, casi -273 grados, tres mil veces más frío que los lugares más lejanos del espacio exterior. El nitrógeno líquido y el helio circulan durante dos días alrededor del frigorífico, y luego tres bombas que están constantemente escupiendo helio gaseoso se encargan de que la temperatura alcance su nivel míni­mo. Al carecer de todo tipo de calor, los átomos de la materia se mue­ven mucho más despacio. A temperaturas tan bajas como éstas, el uni­verso entero se detendría. Es el equivalente científico a la congelación del infierno.

El cero absoluto es la temperatura preferida del físico Tom Rosen­baum. A sus cuarenta y siete años, este distinguido profesor de física de

la Universidad de Chicago y ex director del James Frank Institute está en la vanguardia de los físicos experimentales a los que les gusta explo­rar los límites del desorden en la física de la materia condensada, el estudio del funcionamiento interno de los líquidos y sólidos cuando su orden subyacente es alterado.1 En física, si quieres averiguar cómo se comporta alguna cosa, la mejor forma de hacerlo es perturbar su estado normal y ver qué sucede. La creación del desorden generalmen­te implica la aplicación de calor o de un campo magnético para deter­minar cómo reaccionará el objeto ante la perturbación y ver qué orien­tación magnética elegirán los átomos.

La mayoría de sus colegas seguían interesados en sistemas simé­tricos como los sólidos cristalinos, cuyos átomos siguen un cierto orden, como los huevos en una caja de cartón, pero a Rosenbaum le atraían los sistemas extraños que estaban intrínsecamente desordena­dos, unos sistemas que los físicos cuánticos más convencionales lla­maban despectivamente «polvo». Rosenbaum creía que en ese «polvo» se encontraban los inexplorados secretos del universo cuántico, un territorio virgen que él se sentía muy feliz de poder investigar. Le encantaba el reto que le planteaban los vidrios de espín, extraños híbri­dos de cristales con propiedades magnéticas, que técnicamente eran considerados líquidos de movimiento lento. A diferencia de un cristal, cuyos átomos apuntan hacia la misma dirección en perfecta alinea­ción, los átomos del vidrio de espín son caóticos y desordenados.

El uso de frío extremo permitió a Rosenbaum ralentizar los áto­mos de esos extraños componentes lo suficiente como para observar­los detalladamente y desentrañar su esencia cuántica. A temperaturas cercanas al cero absoluto, cuando sus átomos están prácticamente inmóviles, estos componentes comienzan a adquirir nuevas propieda­des colectivas. A Rosenbaum le fascinaban los recientes descubrimien­tos según los cuales los sistemas desordenados a temperatura ambien­te presentan un comportamiento más conformista al ser enfriados. Por primera vez, estos átomos anárquicos empiezan a actuar conjunta­mente.

Examinar el comportamiento colectivo de las moléculas en varias circunstancias es altamente instructivo respecto a la naturaleza esencial de la materia. El laboratorio de Rosenbaum parecía el lugar más apro­piado para comenzar mi propio viaje de descubrimiento. Allí, a las más bajas temperaturas posibles y donde todo sucede a cámara lenta, podría revelarse la verdadera naturaleza de los constituyentes más bási­cos del universo. Yo buscaba pruebas sobre las maneras en que los componentes de nuestro universo físico pueden ser fundamentalmen­te alterados. También me preguntaba si se podía demostrar que algu­nos comportamientos cuánticos como el efecto del observador se pro­ducen fuera del mundo subatómico, en el mundo de la realidad coti­diana. Lo que Rosenbaum había descubierto en su frigorífico podría proporcionar algunos indicios cruciales sobre cómo cada objeto u organismo en el mundo físico, que la física clásica describe como un hecho irreversible, un ensamblaje final, alterable únicamente mediante la fuerza bruta de la física newtoniana, podía ser afectado y finalmen­te alterado por la energía de un pensamiento.

Según la segunda ley de la termodinámica, todos los procesos físi­cos del universo sólo pueden pasar de un estado de mayor energía a otro de menor energía. Arrojamos una piedra al río y la onda que se forma en el agua finalmente se detiene. Una taza de café caliente sólo puede enfriarse. Las cosas inevitablemente acaban desintegrándose; todo viaja en una única dirección, del orden al desorden.

Pero Rosenbaum cree que es posible que esto no sea siempre ine­vitable. Descubrimientos recientes sobre los sistemas desordenados sugieren que ciertos materiales, en determinadas circunstancias, pue­den contrarrestar las leyes de la entropía y unirse en lugar de desinte­grarse. ¿Es posible que la materia pueda ir en dirección opuesta, desde el desorden hacia un orden mayor?

Rosenbaum y sus estudiantes del James Franck Institute estuvie­ron diez años haciéndole esta pregunta a un pequeño trozo de sal de fluoruro de litio holmio. Dentro del frigorífico de Rosenbaum, había un pedazo perfecto de cristal rosado, no mayor que la cabeza de un lápiz, envuelto en dos bobinas de cobre. Con los años, después de muchos experimentos con vidrios de espín, Rosenbaum había tomado cariño a estos pequeños especímenes, una de las sustancias naturales más magnéticas de la Tierra. Esta característica ofrecía la situación per­fecta para estudiar el desorden, pero sólo después de que hubiese alte­rado el cristal hasta hacerlo irreconocible y lo convirtiese en una sus­tancia desordenada.

Primero le había pedido al laboratorio que había creado los cris­tales que combinara el holmio con flúor y litio, el primer metal de la tabla periódica. La resultante sal de holmio litio flúor era una sustan­cia altamente ordenada cuyos átomos se comportaban como un mar de microscópicas brújulas apuntando hacia el norte. Rosenbaum luego se puso a hacer estragos con el compuesto de sal original, pidiéndole al laboratorio que extrajesen algunos átomos de holmio y los reem­plazaran con itrio, un metal plateado sin atracción magnética natural, hasta que quedara un extraño compuesto híbrido, una sal llamada tetrafluoruro de litio holmio itrio.

Al eliminar prácticamente las propiedades magnéticas del com­puesto, Rosenbaum había acabado creando la anarquía en el vidrio de espín —con los átomos de esta monstruosidad frankenstiniana apun­tando hacia cualquier parte-. El hecho de poder manipular las pro­piedades esenciales de elementos como el holmio mediante la creación de extraños nuevos compuestos era como tener un control final sobre la propia materia. Con estos nuevos compuestos de vidrio de espín, Rosenbaum podía cambiar las propiedades del compuesto práctica­mente a voluntad; podía orientar los átomos de una cierta forma o congelarlos en un determinado patrón aleatorio.

Sin embargo, su omnipotencia tenía sus límites. Los compuestos de holmio de Rosenbaum se comportaban bien en algunos aspectos, pero no en otros. Algo que no podía conseguir era hacerles obedecer las leyes de la temperatura. Por muy frío que Rosenbaum pusiera su fri­gorífico, los átomos en su interior se resistían a adoptar cualquier tipo de orientación ordenada, como un ejército que se negase a marchar al mismo ritmo. Si Rosenbaum estaba jugando a ser Dios con sus vidrios de espín, el cristal era Adán, negándose tercamente a obedecer Su ley principal.

Había una joven estudiante llamada Sayantani Ghosh que com­partía la curiosidad de Rosenbaum acerca de las extrañas propiedades del compuesto de cristal. Sai, como la llamaban sus amigos, había naci­do en la India y era uno de sus candidatos estrella para el doctorado. Se había graduado con honores en la Universidad de Cambridge y había elegido el laboratorio de Tom para su tesis doctoral en 1999. Casi de inmediato, había destacado al ganar el premio Gregor Wentzel, otorgado anualmente por el departamento de física de la Universidad de Chicago al mejor estudiante de primer año asistente de profesor. La menuda joven de veintitrés años, que a simple vista parecía tímida, escondiéndose tras su abundante pelo negro, había impresionado rápi­damente a sus colegas y profesores con su audaz autoridad, una rareza entre los estudiantes de ciencias, y por su capacidad para expresar ideas complejas en un lenguaje que un estudiante no graduado pudiese com­prender. Sai era una de las dos únicas mujeres que habían ganado este codiciado premio desde que se comenzó a otorgar hacía veinticinco años.

Según las leyes de la física clásica, la aplicación de un campo magnético alterará la alineación magnética de los átomos de una sus­tancia. El grado en que esto sucede representa la «susceptibilidad magnética de la sustancia». La pauta habitual con una sustancia desor­denada es que responderá al campo magnético durante un tiempo y luego el efecto se irá desvaneciendo a medida que baje la temperatura o el campo magnético llegue a un punto de saturación magnética, entonces los átomos ya no podrían girar en la misma dirección del campo magnético y comenzarían a reducir su velocidad.

En los primeros experimentos de Sai, como estaba previsto, los átomos de la sal de litio holmio itrio se alteraron mucho con la apli­cación del campo magnético. Pero luego, a medida que Sai aumentaba la fuerza del campo, algo extraño comenzó a suceder. Cuanto más ampliaba la frecuencia, más rápido giraban los átomos. Ylo que es más importante, los átomos que antes se comportaban caóticamente empe­zaron a apuntar hacia la misma dirección y a funcionar como un todo organizado. Luego se alinearon pequeñas agrupaciones de unos 260 átomos, formando «osciladores», girando colectivamente en una u otra dirección. No importaba lo fuerte que fuese el campo magnético apli­cado por Sai, los átomos continuaban tercamente alineados entre sí y actuando en conjunto. Esta autoorganización persistió durante diez segundos.

Inicialmente, Sai y Rosenbaum creyeron que estos efectos podrían haber tenido algo que ver con los extraños efectos de los átomos res­tantes de holmio, una de las pocas sustancias en el mundo con fuerzas internas de tan largo alcance. De hecho, en algunos sectores el holmio es descrito matemáticamente como algo que existe en otra dimensión.2 Aunque ninguno de los dos comprendió el fenómeno que estaban observando, anotaron los resultados obtenidos, y éstos fueron publi­cados en la revista Science en el año 2002.3

Rosenbaum decidió llevar a cabo otro experimento para intentar aislar la propiedad de la naturaleza esencial del cristal que le había per­mitido contrarrestar influencias exteriores tan poderosas. Dejó el diseño del experimento en manos de su brillante estudiante, sugirién­dole únicamente que creara en el ordenador una simulación matemá­tica en tres dimensiones del experimento que pretendía realizar. En experimentos de esta naturaleza con elementos tan pequeños, los físi­cos tienen que apoyarse en simulaciones por ordenador para confir­mar matemáticamente las reacciones que están presenciando de forma experimental.

Sai pasó varios meses desarrollando el programa y creando su simulación. El plan era descubrir algo más sobre la capacidad magné­tica de la sal mediante la aplicación de dos sistemas de desorden al trozo de cristal: temperaturas más altas y un campo magnético más fuerte.

Preparó la muestra colocándola en un pequeño recipiente de cobre de 2,5 x 5 cm, y luego envolvió el pequeño trozo de cristal en dos bobinas: una era un gradiómetro (para medir la susceptibilidad magnética y la dirección de giro —espínde los átomos individuales) y la otra servía para anular cualquier flujo aleatorio que pudiese afectar a los átomos.

Una conexión con su ordenador personal le permitiría alterar el voltaje, el campo magnético o la temperatura, y registraría cualquier cambio que se produjera cuando alterara una de estas variables.

Sai comenzó bajando la temperatura una fracción de kelvin (K) cada vez, y luego empezó a aplicar un campo magnético más fuerte. Para su gran sorpresa, los átomos seguían alineándose progresivamen­te. Luego intentó aplicar calor, y comprobó que se alineaban nueva­mente. No importaba lo que hiciera, los átomos ignoraban siempre la interferencia exterior. Aunque ella y Tom habían eliminado la mayor parte del componente magnético del compuesto, éste se estaba convir­tiendo por sí solo en un imán cada vez mayor.

Pensó que esto era muy extraño y que quizá debería hacer más comprobaciones, sólo para asegurarse de que no hubiera nada fuera de lo normal en el sistema.

Repitió el experimento a lo largo de los seis meses siguientes, «hasta la primavera del 2002, cuando completó finalmente su simula­ción por ordenador. Una tarde, colocó los resultados de la simulación en un gráfico, y luego incluyó también los resultados de su experi­mento. Fue como si hubiese dibujado una única línea. La pantalla del ordenador mostraba dos líneas superpuestas: la línea diagonal obteni­da a partir de la simulación por ordenador estaba directamente enci­ma de la diagonal lograda a partir de los resultados experimentales. Lo que había presenciado en el pequeño cristal no se debía a ningún error; era algo real que su simulación por ordenador había reproducido. Incluso había señalado el lugar del gráfico donde deberían haberse encontrado los átomos en el caso de que hubiesen obedecido las leyes habituales de la física. Pero estaban alineados, siguiendo algún tipo de ley propia.

Escribió un cauto correo electrónico a Rosenbaum esa misma noche: «Tengo algo interesante que mostrarte mañana por la mañana». Al día siguiente, ambos examinaron el gráfico. Comprendieron que no había ninguna otra posibilidad; los átomos habían estado ignorando a Sai, y estaban siendo controlados por la actividad de sus vecinos. Por mucho que ella sacudiera los cristales con fuertes campos magnéticos o aumentos de la temperatura, los átomos contrarrestaban esta pertur­bación externa.

La única explicación era que los átomos de la muestra de cristal se estaban organizando internamente y comportándose como un único átomo gigantesco. Sai y Rosenbaum comprendieron, algo alar­mados, que todos los átomos debían de estar entrelazados.

Uno de los aspectos más extraños de la física cuántica es una característica llamada «no localidad» o, más poéticamente, «entrelaza­miento cuántico». El físico danés Niels Bohr descubrió que una vez que las partículas subatómicas como los electrones o los fotones están en contacto, siguen influenciándose mutuamente de manera instantá­nea a través de cualquier distancia y para siempre, a pesar de la ausen­cia de todos los factores que —según los físicos— podrían producir estos efectos, como el intercambio de una fuerza o de energía. Cuando las partículas están entrelazadas, las acciones -por ejemplo, la orientación magnética— de una influenciarán siempre a la otra en la misma direc­ción o en la dirección contraria, sin importar la distancia que las sepa­re. Erwin Schródinger, otro de los arquitectos originales de la teoría cuántica, creía que el descubrimiento de la no localidad representaba nada menos que el momento determinante de la teoría cuántica -su premisa y propiedad principal-

La actividad de las partículas entrelazadas es análoga a una pareja de gemelos que son separados en el momento del nacimiento, pero que conservan para siempre intereses idénticos y una conexión telepática. Un gemelo vive en el estado de Colorado y el otro en Londres. Aunque nunca vuelven a encontrarse, a ambos les gusta el color azul. Ambos son ingenieros y practican el esquí. De hecho, uno se cae esquiando en Vail y se rompe la pierna derecha; su hermano gemelo se rompe la pier­na derecha exactamente en el mismo momento, a pesar de encontrar­se a siete mil kilómetros de distancia, mientras bebe un café en Starbucks.4 Albert Einstein se negó a aceptar la no localidad, llamán­dola despectivamente «spukhafte ¥ermvirfoingeny> o «acción fantasmagó­rica a distancia». En un famoso experimento mental, Einstein argu­mentó que este tipo de conexión instantánea requeriría que la infor­mación viajase más rápido que la velocidad de la luz, algo que violaría su propia teoría especial de la relatividad/ Desde la formulación de la teoría de Einstein, la velocidad de la luz (299 792,458 kilómetros por segundo) ha sido usada para calcular el límite absoluto de lo rápido que una cosa puede afectar a otra. Se supone que no puede afectarla más aprisa de lo que tardaría en viajar hasta ella a la velocidad de la luz.

Sin embargo, algunos físicos actuales, como Alain Aspect y sus colegas de París, han demostrado decisivamente que la velocidad de la luz no es un límite absoluto en el mundo subatómico. El experimen­to de Aspect, en el que se disparaban dos fotones a partir de un solo átomo, mostró que la medición de un fotón afectaba instantáneamen­te a la posición del segundo fotón,6 de manera que tuviera la misma o, como lo expresó una vez el físico de IBM Charles H. Bennett, la «suer­te contraria»7 -es decir, espín o posición-. Los dos fotones continua­ron comunicándose entre sí y todo lo que le sucedió a uno fue idénti­co a lo que le sucedió al otro —o su exacto opuesto—. En la actualidad, incluso los físicos más conservadores aceptan la no localidad como una extraña característica de la realidad subatómica.8

La mayoría de los experimentos cuánticos incorporan algunas pruebas de la desigualdad de Bell. Este famoso experimento de la físi­ca cuántica fue realizado por John Bell, físico irlandés que desarrolló una manera práctica de comprobar el comportamiento de las partícu­las cuánticas.9 Este simple experimento requería que buscases dos partí­culas cuánticas que hubiesen estado alguna vez en contacto, las sepa­raras y luego realizaras mediciones en ambas. Es algo análogo a la pare­ja formada por Daphne y Ted. Habían vivido juntos, pero ahora están separados. Daphne puede elegir una de entre dos direcciones, y lo mismo le sucede a Ted. El sentido común nos dice que la decisión de Daphne es totalmente independiente de la de Ted.

Cuando Bell realizó este experimento, se esperaba que una de las mediciones fuera mayor que la otra —una demostración de «desigual­dad»—. Sin embargo, una comparación de las mediciones mostró que ambas eran iguales y que por lo tanto su «desigualdad» había sido «vio­lada». Parecía que hubiese algún tipo de hilo invisible conectando ambas partículas a través del espacio, un hilo que hacía que una siguie­ra a la otra. Desde entonces, los físicos han comprendido que cuando se producía una violación de la desigualdad de Bell, ello significaba que las dos partículas están entrelazadas.

La desigualdad de Bell tiene enormes implicaciones para nuestra comprensión del universo. Al aceptar la no localidad como una carac­terística normal de la naturaleza, estamos reconociendo que dos de los pilares en los que se basa nuestra visión del mundo son erróneos: 1) que la influencia sólo se puede ejercer a través del tiempo y la distan­cia, y 2) que las partículas como Daphne y Ted, y obviamente todas las cosas que están hechas de partículas, existen independientemente unas de otras.

Aunque hoy los físicos aceptan la no localidad como una carac­terística básica del mundo cuántico, se consuelan señalando que esta extraña e ilógica propiedad del universo subatómico no se aplica a objetos más grandes que un fotón o un electrón. Una vez las cosas alcanzan el nivel de los átomos y las moléculas, que en el mundo de la física es considerado «macroscópico», o grande, el universo comienza a comportarse normalmente, siguiendo las mensurables y predecibles leyes newtonianas.

Con un pequeño trozo de cristal del tamaño de una uña, Rosen baum y Sai echaron por tierra esa demarcación. Habían demostrado que objetos grandes como los átomos también estaban conectados no localmente, incluso en un pedazo de materia tan grande que podías tomar­lo con la mano. Nunca antes la no localidad cuántica había quedado demostrada a una escala tan grande. Aunque el espécimen era sólo un pequeño trozo de sal, para una partícula subatómica se trataba de un palacio gigantesco, ya que albergaba un trillón de átomos (10 elevado a la potencia 18). Rosenbaum, generalmente muy reacio a especular sobre lo que no podía aún explicar, se dio cuenta de que había descu­bierto algo extraordinario sobre la naturaleza del universo. Y yo com­prendí que había hallado un mecanismo para la intención: había demostrado que los átomos, componentes esenciales de la materia, podían ser afectados por influencias no locales. Objetos de gran ta­maño como los cristales, en lugar de seguir las reglas principales del juego, estaban siguiendo las anárquicas reglas del mundo cuántico, con conexiones invisibles para las que no existía ninguna causa evidente.

En el 2002, después de que Sai redactara sus resultados, Rosen­baum pulió un poco la redacción del texto y envió el trabajo a Nature, una revista famosa por su conservadurismo y su escrupulosidad en la revisión. Después de pasarse cuatro meses respondiendo a las sugeren­cias de los evaluadores, Ghosh finalmente consiguió que se publicara su trabajo en la revista científica más importante del mundo, una increíble hazaña para una estudiante de posgrado de veintiséis años.10

Uno de los evaluadores, Vlatko Vedral, examinó el experimento con una mezcla de interés y frustración.11 Vedral, yugoslavo que había estudiado en el Imperial College de Londres durante la guerra civil de su nación y su subsiguiente colapso, había destacado en su país de adopción y había sido elegido para dirigir el departamento de ciencia de información cuántica en la Universidad de Leeds. Alto y leonino, formaba parte de un pequeño grupo de Viena que trabajaba en la físi­ca cuántica de vanguardia, incluido el entrelazamiento.

Vedral fue el primero en predecir teóricamente los efectos que Ghosh y Rosenbaum descubrieron tres años después. Había presenta­do su trabajo a Nature en el 2001, pero la revista, que prefería los expe­rimentos a la teoría, lo había rechazado. Al final, Vedral consiguió publicar su trabajo en Phjsical Review Letters; la más importante de las revistas de física.12 Después de que Nature decidiera publicar el trabajo de Ghosh, los editores quisieron darle un regalo de consolación. Le permitieron ser uno de los evaluadores del trabajo, y luego le cedieron un espacio en el mismo número de la revista para que escribiera un artículo de opinión sobre los resultados de los experimentos de Ghosh.

En el artículo, Vedral se tomó la libertad de especular. La física cuántica es aceptada como el método más preciso para describir cómo los átomos forman moléculas, escribió, y como la relación molecular es la base de toda la química, y la química es la base de la biología, la magia del entrelazamiento podría muy bien ser la clave misma de la vida.13

Vedral y algunos de sus colegas no creían que este efecto fuese una característica exclusiva del holmio. El problema central a la hora de detectar el entrelazamiento es el primitivo estado de nuestra tecno­logía; en la actualidad, el aislamiento y la observación de este efecto sólo es posible a bajísimas temperaturas, unas temperaturas que impi­den casi cualquier movimiento de los átomos. Sin embargo, algunos científicos han observado el entrelazamiento en la materia a 200 K, o -73 grados Celsius, una temperatura que se puede encontrar en algunos de los lugares más fríos de la Tierra.

Otros investigadores han demostrado matemáticamente que en todas partes, incluso en el interior de nuestros cuerpos, los átomos y las moléculas están intercambiando información constantemente y de manera instantánea. Thomas Durt, de la Universidad de Vrije, en Bruselas, demostró mediante elegantes formulaciones matemáticas que casi todas las interacciones cuánticas producen entrelazamiento, sin importar cuáles sean las condiciones internas o del entorno. Incluso los fotones, las más pequeñas partículas de luz que emanan de las estre­llas, están entrelazados con cada átomo que encuentran en su camino hacia la Tierra.14 El entrelazamiento a temperaturas normales parece ser una condición natural del universo, incluso en nuestros cuerpos. Cada interacción entre los electrones del interior de nuestro cuerpo produ­ce entrelazamiento. Según Benni Reznik, físico teórico de la Univer­sidad de Tel Aviv, incluso el espacio vacío que nos rodea está lleno de partículas entrelazadas.15

El matemático inglés Paul Durac, arquitecto de la teoría del campo cuántico, fue el primero en postular que la nada —o el espacio vacío— no existe. Incluso si extrajésemos toda la materia y la energía del universo y examinásemos el espacio «vacío» entre las estrellas, des­cubriríamos un mundo lleno de energía subatómica.

En el mundo de la física clásica, un campo es una zona de influencia en la que dos o más puntos están conectados por una fuer­za como la gravedad o el electromagnetismo. Sin embargo, en el mundo de las partículas cuánticas, los campos son creados por inter­cambios de energía. Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, una de las razones por las cuales las partículas cuánticas son en última instancia incognoscibles es que su energía siempre está siendo redistribuida en una pauta dinámica. Aunque a menudo son repre­sentadas como pequeñas bolas de billar, la verdad es que las partículas subatómicas se parecen más a diminutos paquetes de ondas vibratorias que están intercambiando constantemente energía. Todas las partícu­las elementales interactúan entre sí intercambiando energía a través de las que son consideradas partículas cuánticas provisionales o «virtua­les». Se cree que éstas surgen de la nada, combinándose entre ellas y aniquilándose en un instante, produciendo fluctuaciones aleatorias de energía sin causa aparente. Las partículas virtuales, o estados de energía negativos, no toman forma física, de modo que no podemos obser­varlas. Incluso las partículas «reales» no son más que pequeños nudos de energía, que surgen brevemente y luego desaparecen en el campo de energía subyacente.

Estos movimientos de ida y vuelta, que alcanzan un estado de energía extraordinariamente elevado, son conocidos de manera colec­tiva como el Campo Punto Cero. El campo recibe el nombre de «pun­to cero» porque incluso a la temperatura de cero absoluto, cuando teó­ricamente toda la materia debería dejar de moverse, estas pequeñas fluctuaciones siguen siendo detectables. Incluso en el lugar más frío del universo, la materia subatómica nunca para y continúa con su peque­ño tango energético.16

La energía generada por cada uno de estos intercambios entre partículas es inimaginablemente pequeña —el equivalente a la mitad de un fotón—. Sin embargo, si se sumaran todos los intercambios entre todas las partículas del universo, producirían una inagotable fuente de energía de incalculables proporciones, que superaría toda la energía de la materia por un factor de 1040, o uno seguido de cuarenta ceros.17 El propio Richard Feynman comentó una vez que la energía contenida en un metro cúbico de espacio era suficiente para hacer hervir todos los océanos del mundo.18

Después de los descubrimientos de Heisenberg sobre la energía del Punto Cero, la mayoría de los físicos convencionales han restado de sus ecuaciones las cifras que representan la energía del Punto Cero. Supusieron que como el Campo Punto Cero siempre estaba presente en la materia, no cambiaba nada y por lo tanto podía ser simplemen­te ignorado. Sin embargo, en 1973, cuando intentaba encontrar una alternativa a los combustibles fósiles durante la crisis del petróleo, el físico americano Hal Puthoff, inspirado por el ruso Andrei Sakharov, comenzó a investigar cómo se podría dominar la gran energía del espa­cio vacío y usarla tanto para el transporte terrestre como para viajar a galaxias lejanas. Puthoff pasó más de treinta años examinando el Campo Punto Cero. Demostró, con algunos de sus colegas, que este constante intercambio de energía de toda la materia subatómica con el Campo Punto Cero explicaba la estabilidad del átomo de hidrógeno, y, por lo tanto, de toda la materia.19 También demostró que la energía del Punto Cero podía explicar las dos propiedades básicas de la masa: la inercia y la gravedad.20 Puthoff también trabajó en un multimillo­nario proyecto patrocinado por Lockheed Martin y una serie de uni­versidades americanas cuyo objetivo era desarrollar la energía del Punto Cero para los viajes espaciales —un programa que finalmente se hizo público en el 2006—

Muchas extrañas propiedades del mundo cuántico, como la incertidumbre o el entrelazamiento, tendrían explicación si se tomase en cuenta la constante interacción de todas las partículas cuánticas con el

Campo Punto Cero. Para Puthoff, la comprensión de la naturaleza del entrelazamiento por parte de la ciencia era análoga a dos pedazos de madera clavados en la arena de la playa que están a punto de ser gol­peados por una gran ola. Si ambos son derribados, y no supieras nada de la ola, podrías pensar que un pedazo de madera estaba afectando al otro y llamarlo un efecto no local. La interacción constante de las partículas cuánticas con el Campo Punto Cero podría ser el mecanismo subyacente trás los efectos no locales entre partículas, permitiendo que una partícula esté continuamente en contacto con todas las demás.21

El trabajo de Benni Reznik en Israel con el Campo Punto Cero y el entrelazamiento comenzó matemáticamente con una pregunta cru­cial: ¿qué le sucedería a un par hipotético de sondas que interactuasen con el Campo Punto Cero? Según sus cálculos, una vez comenzasen a interactuar con el Campo Punto Cero, las sondas empezarían a comu­nicarse entre sí y finalmente acabarían entrelazadas.22

Si toda la materia del universo estaba interactuando con el Campo Punto Cero, esto quería decir sencillamente que toda ella esta­ba interconectada y potencialmente entrelazada en todo el cosmos a través de ondas cuánticas.23 Y si nosotros y todo el espacio vacío somos una masa de entrelazamientos, debemos de estar estableciendo cone­xiones invisibles con cosas que se hallan lejos de nosotros. El hecho de reconocer la existencia del Campo Punto Cero y el entrelazamiento nos ofrece un mecanismo que explica por qué las señales generadas por el poder del pensamiento pueden ser captadas por alguien a muchos kilómetros de distancia.

Sai Ghosh había demostrado que la no localidad existe en los grandes componentes básicos de la materia y los otros científicos pro­baron que toda la materia del universo era, en cierto sentido, un saté­lite de un gran campo central de energía. Pero ¿cómo podía la materia ser afectada por esta conexión? La presuposición central de toda la física clásica es que los grandes objetos materiales del universo son entidades fijas, obras terminadas. ¿Cómo es posible que pudiesen cambiar?

Vedral tuvo una oportunidad para examinar este tema cuando fue invitado a trabajar con el renombrado físico Antón Zeilinger. El labo­ratorio del Instituto de Física Experimental de la Universidad de Viena, donde Zeilinger trabajaba, estaba en la vanguardia de algunas de las más exóticas investigaciones sobre la naturaleza de las propiedades cuán­ticas. El propio Zeilinger se sentía profundamente insatisfecho con las explicaciones existentes de la naturaleza, y había transmitido a sus estu­diantes esa insatisfacción y ese afán por encontrar nuevas soluciones.

Zeilinger y su equipo habían entrelazado un par de fotones bajo el Danubio. Habían construido un canal cuántico con fibra de vidrio que atravesaba el lecho del río. En su laboratorio, había puesto el nom­bre de Alice y Bob a los fotones individuales, y a veces, cuando nece­sitaba un tercer fotón, lo llamaba Carol o Charlie. Alice y Bob, sepa­rados por 600 metros de río, mantenían una conexión no local.24

Zeilinger estaba particularmente interesado en la superposición, y en las implicaciones de la interpretación de Copenhague —el hecho de que las partículas subatómicas existan sólo en un estado potencial¿Podrían los objetos, y no simplemente las partículas subatómicas de las que están compuestos, —se preguntó— existir en este estado como de juego de espejos? Para responder a esta pregunta, empleó un interferómetro Talbot Lau, un equipo desarrollado por algunos colegas del Instituto de Tecnología de Massachussets, usando una variante del famoso experimento de la doble rendija de Thomas Young, un físico británico del siglo XIX En el experimento de Young, un haz de pura luz se envía a través de un agujero, o rendija, en un pedazo de cartón. Luego el haz atraviesa una segunda pantalla con dos agujeros antes de llegar a una tercera pantalla vacía.

Cuando dos ondas están en fase (es decir, tienen la misma fre­cuencia y amplitud) y chocan la una contra la otra —una situación téc­nicamente llamada «interferencia»-, la intensidad combinada de las ondas es mayor que cada amplitud individual. La señal se hace más fuerte. Esto equivale a un intercambio de información, algo llamado «interferencia constructiva». Si una onda se encuentra en su cresta

cuando la otra está en su valle, tenderán a anularse mutuamente —una situación llamada «interferencia destructiva»—. Con la interferencia constructiva, cuando todas las ondas están en sincronía, la luz será más brillante; la interferencia destructiva anulará la luz y el resultado será una completa oscuridad.

En el experimento, la luz que atraviesa los dos agujeros forma un patrón semejante al de una cebra, con franjas alternadas de luz y oscu­ridad en la pantalla final. Si la luz fuese simplemente una serie de partí­culas, las zonas más brillantes se encontrarían exactamente detrás de los dos agujeros de la segunda pantalla. Sin embargo, la zona más bri­llante se encuentra a medio camino entre los dos agujeros, lo cual es causado por la amplitud combinada de aquellas ondas que más inter­fieren entre sí. Young fue el primero en darse cuenta de que la luz que atraviesa los dos agujeros se propaga en ondas superpuestas.

Una variante moderna del experimento dispara fotones indivi­duales a través de la doble rendija. Estos fotones también producen en la pantalla patrones semejantes al de una cebra, lo que demuestra que incluso las unidades individuales de luz viajan como una onda difusa con una amplia zona de influencia.

Los físicos del siglo XX siguieron usando el experimento de Young con otras partículas cuánticas individuales, y lo presentaron como prueba de que la física cuántica tenía propiedades paradójicas: las enti­dades cuánticas actuaban como ondas y atravesaban ambas rendijas al mismo tiempo. Dispara un chorro de electrones hacia las tres pantallas, y al final tendrás los patrones de interferencia de zonas alternadas de luz y oscuridad, lo mismo que sucede con un haz de luz. Ya que necesitas al menos dos ondas para crear estos patrones de interferencia, la conclu­sión del experimento es que el fotón es misteriosamente capaz de atra­vesar ambas rendijas al mismo tiempo e interferir consigo mismo cuando vuelve a reunirse.

El experimento de la doble rendija resume el misterio central de la física cuántica —la idea de que una partícula subatómica no es un asiento individual en un estadio, sino la totalidad del estadio-. También

prueba que los electrones, que existen en un hermético estado cuánti­co, son a fin de cuentas incognoscibles. No puedes identificar algo sobre una entidad cuántica sin antes detener el movimiento de la partí­cula, en cuyo momento colapsaría en un único punto.

En la adaptación de Zeilinger del experimento de la rendija, usan­do moléculas en lugar de partículas subatómicas, el interferómetro tenía una serie de rendijas en la primera pantalla, y un enrejado de ren­dijas paralelas idénticas en la segunda pantalla, cuyo propósito era difractar (o desviar) las moléculas que pasaban. El tercer enrejado, per­pendicular al haz de moléculas, actuaba como una «máscara» escaneadora, con capacidad para calcular el tamaño de las ondas de cualquie­ra de las moléculas que pasaran mediante un detector láser altamente sensible. El detector localizaría la posición de las moléculas y sus patro­nes de interferencia.

Para el experimento inicial, Zeilinger y su equipo eligieron cuida­dosamente un lote de moléculas de fulereno, compuestas de 60 átomos de carbono. Con un tamaño de un nanómetro cada una, las molécu­las de fulereno son los paquidermos del mundo molecular. Optaron por el fulereno no sólo por su tamaño sino también por su ordenada configuración, con una forma parecida a la de una pelota de fútbol.

Se trataba de una operación delicada. El grupo de Zeilinger tenía que trabajar exactamente con la temperatura adecuada. Calentar las moléculas sólo un poco de más haría que se desintegraran. Zeilinger calentó las moléculas de fulereno hasta 900 K para que crearan un intenso haz molecular, y después las disparó a través de la primera pan­talla. Luego las moléculas atravesaron la segunda pantalla antes de crear un patrón en la pantalla final. Los resultados fueron inequívocos. Cada molécula demostró la capacidad de crear patrones de interferen­cia consigo misma. Algunas de las unidades más grandes de materia física no se habían «condensado» hasta alcanzar su estado final. Al igual que las partículas subatómicas, estas moléculas gigantes aún no habían cuajado en nada que pudiera considerarse real.

El equipo de Viena buscó algunas otras moléculas que tenían el doble de tamaño y formas poco comunes para ver si las moléculas geométricamente asimétricas también mostraban las mismas propie­dades mágicas. Las elegidas fueron la gigantesca molécula de carbono fluorado -de 70 átomos de carbono con forma de pelota de fútboly la tetrafenilporfirina —una molécula con forma de tortilla—. Con más de 100 átomos por cabeza, ambas entidades se hallan entre las molé­culas más grandes del planeta. Nuevamente, cada una creó un patrón de interferencia consigo misma.

El grupo de Zeilinger demostró repetidamente que las moléculas podían estar en dos sitios al mismo tiempo y que continuaban en un estado de superposición incluso en una escala tan grande como ésta.2" Habían probado lo impensable: los mayores componentes de la mate­ria física y de los seres vivos existen en un estado maleable.26

Sai Ghosh no pensaba a menudo en las implicaciones de su des­cubrimiento. Se contentaba con saber que había creado mucho revue­lo y que eso podría ayudarla en su carrera como profesora adjunta dedicada a la investigación sobre la miniaturización, la dirección que según ella iba a seguir la mecánica cuántica. Ocasionalmente, se per­mitía especular que su cristal podía haber probado algo importante sobre la naturaleza del universo. Pero era sólo una estudiante de pos­grado. Después de todo, ¿qué sabía ella realmente sobre cómo funcio­naba el mundo?

Pero para mí, las investigaciones de Ghosh y el trabajo de Zei­linger sobre el experimento de la doble rendija representan dos puntos determinantes de la física moderna. Los experimentos de Ghosh mues­tran que existe una conexión invisible entre los elementos fundamen­tales de la materia, una conexión que a menudo es tan fuerte que puede anular los métodos clásicos de influencia, como el calor o un em­pujón. El trabajo de Zeilinger mostró algo aún más asombroso. La materia de gran tamaño no era algo sólido y estable ni tampoco se comportaba de acuerdo con las reglas newtonianas. Las moléculas necesitaban alguna otra influencia para asentarse en un estado com­pleto de ser.

Estas eran las primeras pruebas de que las peculiares propiedades de la física cuántica no se producen únicamente en el nivel cuántico de las partículas subatómicas, sino también en el mundo de la materia visible. Las moléculas también existen en un estado de pura potencia­lidad, y no como una realidad final. En ciertas circunstancias, no siguen las reglas newtonianas y presentan efectos cuánticos no locales. El hecho de que algo tan grande como una molécula pueda experi­mentar un entrelazamiento sugiere que no hay dos libros de reglas -el de la física de lo grande y el de la física de lo pequeño-, sino un solo libro de reglas para todas las cosas.

Estos dos experimentos son claves para la ciencia de la intención -cómo los pensamientos son capaces de afectar a la materia sólida y terminada-. Sugieren que el efecto del observador no se produce úni­camente en el mundo de las partículas cuánticas, sino también en el mundo de la realidad cotidiana. Ya no se debería pensar que las cosas existen en sí mismas y por sí mismas sino que, como las partículas cuánticas, sólo existen dentro de una relación. La cocreación y la influencia pueden ser propiedades básicas de la vida. Nuestra observa­ción de cada componente de nuestro mundo puede ayudar a determi­nar su estado final, lo que sugiere que es probable que influyamos sobre todo lo que vemos a nuestro alrededor. Cuando entramos en una habitación llena de gente, cuando estamos con nuestra pareja y nuestros hijos, cuando contemplamos el cielo, podemos estar creando y ejerciendo una influencia en cada momento. Aún no podemos demostrar esto a temperaturas normales; nuestros instrumentos de medición son todavía demasiado toscos. Pero ya tenemos alguna prue­ba preliminar: el mundo físico -la propia materia— parece ser malea­ble y susceptible de ser influenciado desde fuera.

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