Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo?




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SEGUNDA PARTE




ENERGIZACIÓN
«Cada atomo que forma parte de mi forma parte de h.»

Walt Whitman, «Canto a mí mismo»

Capítulo 5


Entrando en el hiperespacio
En un ventoso monasterio en lo alto de los Himalayas al norte de India, durante el invierno de 1985, un grupo de monjes budis­tas tibetanos estaba sentado en silencio, absorto en la meditación. Aunque poco abrigados, los monjes parecían no sentir la fría tempe­ratura del interior, que estaba cerca de cero grados. Otro monje circu­laba entre ellos, y los envolvía, uno por uno, en sábanas empapadas en agua fría. Unas condiciones tan extremas normalmente harían que el cuerpo entrase en estado de shock y producirían un descenso brusco de la temperatura. Si la temperatura del cuerpo bajara sólo 6 grados Celsius, a los pocos minutos la persona perdería la conciencia y todas las señales vitales.

Sin embargo, en lugar de tiritar de frío, los monjes comienzan a sudar. Las sábanas mojadas emanan vapor, y, al cabo de una hora, están totalmente secas. El asistente las reemplaza por sábanas nuevas, también empapadas en agua helada. Para entonces, los cuerpos de los

monjes ya se han convertido prácticamente en hornos humanos. La segunda serie de sábanas se seca rápidamente, y lo mismo sucede con la tercera serie.

Un equipo de científicos, encabezados por Herbert Benson, car­diólogo de la Facultad de Medicina de Harvard, observaba de cerca el acontecimiento. Los monjes habían sido conectados a una serie de dis­positivos médicos con objeto de averiguar cuáles eran los mecanismos fisiológicos que les habían permitido generar este extraordinario nivel de calor. Benson llevaba años explorando los efectos de la meditación sobre el cerebro y el resto del cuerpo. Se había embarcado en este ambi­cioso programa de investigaciones para estudiar, en los lugares más remotos del planeta, a budistas con muchos años de disciplinada prác­tica meditativa a sus espaldas. Durante un viaje al Himalaya también filmó a unos monjes que, con un delgado chai como único abrigo, pasaron una noche entera al aire libre durante el frío mes de febrero y a una altura de 4500 metros sobre el nivel del mar. La película de Benson mostró que los monjes habían dormido profundamente du­rante toda la noche, sin ropa ni cobijo.

Durante sus viajes, Benson presenció muchas extraordinarias hazañas de intención —un control de la temperatura corporal y el meta­bolismo basal que podía producir un estado parecido a la hiberna­ción— Los monjes monitoreados por el equipo de Benson habían aumentado la temperatura de sus extremidades en hasta 9 grados Celsius y bajado su metalismo en más de un 60%.! Benson se dio cuen­ta de que esto representaba la mayor variación en el metabolismo basal jamás registrada. Por ejemplo, durante el sueño, el metabolismo sólo baja entre un 10 y un 15%, y los meditadores experimentados sólo lo pueden reducir en un 17%, como mucho. Pero ese día en el Himalaya, acababa de presenciar lo imposible en cuanto a influencia mental se refiere. Los monjes habían usado sus cuerpos para hacer hervir agua helada con el mero poder de su pensamiento.2

El gran y duradero entusiasmo de Benson por la meditación ge­neró interés en las principales instituciones académicas de los Estados Unidos. A comienzos del siglo XXI, los monjes ya se habían convertido en los conejillos de indias preferidos de los laboratorios de neurociencia. Científicos de Harvard, Princeton, la Universidad de Wisconsin y la Universidad de California, en Davis, siguieron el ejemplo de Benson conectando a monjes a equipos de moni toreo de última generación y estudiando los efectos de la meditación intensiva y avanzada. Se reali­zaron asimismo muchas conferencias sobre el tema de la meditación y el cerebro.3

No fue sólo la meditación en sí lo que fascinó a estos científicos, sino su efecto sobre el cuerpo humano, especialmente sobre el cerebro, y las posibilidades que esto presentaba. Al estudiar los efectos biológi­cos con tanto detalle, los científicos esperaban llegar a comprender los procesos neurológicos que tienen lugar durante las proezas realizadas mediante un pensamiento altamente concentrado, como el que habían mostrado los monjes en el Himalaya.

Los monjes también proporcionaron a los científicos una opor­tunidad para comprobar si los años de atención concentrada servían para expandir la mente más allá de sus límites normales. ¿Acaso el cere­bro de un monje se convertía en algo equivalente al cuerpo de un atle­ta olímpico, más desarrollado y transformado por los muchos años de rigurosas disciplinas y prácticas? ¿Quizá el entrenamiento y la expe­riencia cambian la fisiología del cerebro con el paso del tiempo? ¿Es posible que con la práctica puedas llegar a convertirte en un mejor transmisor de la intención? Las respuestas abordarían a su vez un anti­guo debate de la neurociencia: ¿la estructura neural viene predetermi­nada desde la infancia o es plástica —maleable dependiendo de la naturaleza de los pensamientos de una persona a lo largo de su vida?

Para mí, lo más intrigante acerca de estas investigaciones sobre la atención dirigida era el método mediante el cual un monje budista podía convertirse en un horno humano, y en qué se diferencia este método de las técnicas y prácticas de otras antiguas tradiciones. Como

Benson, me intrigaban los «maestros» de la intención: los practicantes de antiguas disciplinas -Budismo, Qigong, Chamanismo, técnicas curativas indígenas...que habían sido adiestrados para realizar hazañas extraordinarias con sus pensamientos. Yo quería descubrir sus denominadores comunes. ¿Se parece lo que hace un maestro de Qigong al enviar ki a lo que hace un monje budista durante la medi­tación? ¿Qué disciplinas mentales colocan al curandero en un estado que le permita reparar el cuerpo de otra persona? ¿Poseen los «maes­tros» de la intención ciertos poderes neurológicos especiales que les permitan usar sus mentes con mayor eficacia que el resto de nosotros, o adquirieron una habilidad que la gente común y corriente también podría aprender? Y tal vez lo más importante, ¿qué me dice el estudio neurològico de los monjes acerca del efecto de la intención dirigida sobre el cerebro? ¿Qué práctica es la que te va a permitir convertirte en un mejor y más eficiente transmisor de la intención?

Comencé a estudiar las investigaciones científicas sobre los méto­dos curativos de varias tradiciones y luego realicé mi propio cuestio­nario y mis propias entrevistas con curanderos y «maestros» de la intención provenientes de todas las tradiciones.4 El trabajo del psicó­logo Stanley Krippner y de su alumno Alian Cooperstein, de la Escuela de Posgrado Saybrook, me fue de gran ayuda en mis investigaciones. Cooperstein, psicólogo clínico y forense, había realizado para su tesis doctoral un meticuloso estudio de las variadas técnicas usadas por los practicantes de la curación a distancia, incluido un análisis de los libros más eruditos sobre la curación y una serie de minuciosas entre­vistas con conocidos practicantes que tenían evidencias científicas de su éxito en las curaciones.'

Descubrí que, en todos los casos, el paso más importante consistía en alcanzar un estado de total concentración, o máxima atención.

Según Krippner, experto en chamanismo, prácticamente todas las culturas indígenas realizan la curación a distancia en un estado altera­do de conciencia y alcanzan un estado de gran concentración a través de una variedad de métodos.6 Aunque es común la utilización de drogas

alucinógenas como la ayahuasca, muchas culturas usan un ritmo repe­titivo para producir este estado; el wanbeno de los indios ojibvva, por ejemplo, emplea tambores, cantos, bailes al desnudo y el manejo de car­bones ardientes.7 El sonido del tambor es especialmente eficaz para producir un estado de gran concentración; varios estudios han mos­trado que hace que el cerebro entre en un estado parecido al trance.8 Como descubrieron los indios de Norteamérica, incluso el intenso calor, como en el caso del temazcal, puede producir un estado altera­do de conciencia.

En mis propias investigaciones sobre los «maestros» de la inten­ción, hablé con Bruce Frantzis, posiblemente el principal maestro de Qigong occidental. Frantzis, campeón de artes marciales y poseedor de cinturones negros en cinco artes marciales japonesas, también apren­dió las artes curativas del Qigong después de haber estudiado muchos años con maestros chinos. Los poderes de la intención de Frantzis eran legendarios; ha sido filmado haciendo volar a la gente de un lado a otro de la habitación simplemente mediante el envío de fá. En su época de luchador, había dejado a varias personas en silla de ruedas. Ahora, conocedor de su extraordinario poder, reservaba el kt para la curación. Durante mi encuentro con él, Frantzis me hizo una pequeña demostración del poder del k¿ dirigido. Después de un momento de intensa concentración, los huesos de la parte superior de su cráneo comenzaron a realizar un movimiento ondulatorio como si fueran olas.9

Frantzis enseñaba a sus alumnos a desarrollar un estado de máxi­ma atención de forma gradual, mediante una intensa concentración en la respiración. Aunque empezaban con ráfagas cortas de la «respiración de la longevidad», se esforzaban en extender estos períodos hasta poder mantener esta misma concentración de manera continua. También les enseñaba métodos para tomar plena conciencia de todas las sensacio­nes físicas.10

Los curanderos que entrevisté accedieron a este profundo estado de concentración a través de varios métodos: meditación, oración, opinión generalizada es que se ralentiza durante la meditación. La mayor parte de las investigaciones sobre la actividad eléctrica del cere­bro durante la meditación indica que ésta produce un predominio de o bien las ondas alfa (ondas cerebrales lentas de gran amplitud con fre­cuencias de 8-13 hercios, o ciclos por segundo), que también se pro­ducen durante el sueño poco profundo, o bien de las más lentas ondas theta (4-7 hercios), que caracterizan al estado de sueño profundo.11 Durante la conciencia de vigilia, el cerebro opera mucho más rápido, con ondas beta de entre 13 y 40 hercios. Durante décadas, la visión pre­dominante ha sido que el estado ideal para manifestar la intención es el estado «alfa».

Richard Davidson, neurocientífico y psicólogo que trabaja en el Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, ha puesto a prueba recientemente esta visión. Davidson es experto en «procesamiento afectivo» —el lugar donde el cerebro procesa la emo­ción y la comunicación resultante entre él y el cuerpo—. El Dalai Lama se enteró del trabajo de Davidson y lo invitó a visitar Dharamsala, India, en 1992. Gran aficionado a la ciencia, Su Santidad quería saber más acerca de los efectos biológicos de la meditación intensiva. Seguidamente, ocho de los más experimentados practicantes de las meditaciones Nyingmapa y Kagyupa viajaron a Wisconsin para parti­cipar en unos experimentos en el laboratorio de Davidson. A cada monje se le colocaron 256 sensores EBG en la cabeza, con objeto de registrar la actividad eléctrica de un gran número de áreas del cerebro. Luego se les pidió que realizaran una meditación compasiva. Al igual que el sistema de Jerome Stone, la meditación consistía en concentrar­se en una total disposición por ayudar a los demás y un deseo por libe­rar del sufrimiento a todos los seres vivos. Para el grupo de control, Davidson reclutó a unos estudiantes universitarios que nunca habían practicado la meditación, consiguió que realizaran un curso de medi­tación de una semana de duración y luego los conectó al mismo núme­ro de sensores EEG para poder monitorizar sus cerebros durante la meditación.

opinión generalizada es que se ralentiza durante la meditación. La mayor parte de las investigaciones sobre la actividad eléctrica del cere­bro durante la meditación indica que ésta produce un predominio de o bien las ondas alfa (ondas cerebrales lentas de gran amplitud con fre­cuencias de 8-13 hercios, o ciclos por segundo), que también se pro­ducen durante el sueño poco profundo, o bien de las más lentas ondas theta (4-7 hercios), que caracterizan al estado de sueño profundo.11 Durante la conciencia de vigilia, el cerebro opera mucho más rápido, con ondas beta de entre 13 y 40 hercios. Durante décadas, la visión pre­dominante ha sido que el estado ideal para manifestar la intención es el estado «alfa».

Richard Davidson, neurocientífico y psicólogo que trabaja en el Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, ha puesto a prueba recientemente esta visión. Davidson es experto en «procesamiento afectivo» -el lugar donde el cerebro procesa la emo­ción y la comunicación resultante entre él y el cuerpo—. El Dalai Lama se enteró del trabajo de Davidson y lo invitó a visitar Dharamsala, India, en 1992. Gran aficionado a la ciencia, Su Santidad quería saber más acerca de los efectos biológicos de la meditación intensiva. Seguidamente, ocho de los más experimentados practicantes de las meditaciones Nyingmapa y Kagyupa viajaron a Wisconsin para parti­cipar en unos experimentos en el laboratorio de Davidson. A cada monje se le colocaron 256 sensores EEG en la cabeza, con objeto de registrar la actividad eléctrica de un gran número de áreas del cerebro. Luego se les pidió que realizaran una meditación compasiva. Al igual que el sistema de Jerome Stone, la meditación consistía en concentrar­se en una total disposición por ayudar a los demás y un deseo por libe­rar del sufrimiento a todos los seres vivos. Para el grupo de control, Davidson reclutó a unos estudiantes universitarios que nunca habían practicado la meditación, consiguió que realizaran un curso de medi­tación de una semana de duración y luego los conectó al mismo núme­ro de sensores EEG para poder monitorizar sus cerebros durante la meditación.

Después de quince segundos, el EEG reveló que los cerebros de los monjes no se ralentizaron; por el contrario, comenzaron a acele­rarse. De hecho, estaban activados a una escala que ni Davidson ni cualquier otro científico había visto nunca. Los monitores mostraban ráfagas sostenidas de actividad gamma —ciclos rápidos de 25-75 her­cios— Los monjes habían pasado rápidamente de una alta concentra­ción de ondas beta a un predominio de alfa, de vuelta a beta, y final­mente subiendo hasta gamma. El nivel gamma, el más alto de las ondas cerebrales, es empleado por el cerebro cuando está funcionando al máximo de sus posibilidades: cuando se está en un estado de aten­ción extasiada, cuando se está sondeando la memoria, durante pro­fundos niveles de aprendizaje y durante las grandes revelaciones intui­tivas. Davidson descubrió que cuando el cerebro opera a frecuencias tan extremadamente rápidas, las fases de las ondas cerebrales de todo el cerebro comienzan a operar en sincronía. Este tipo de sincroniza­ción es considerado crucial para lograr un estado elevado de concien­cia.12 Se cree, incluso, que el estado gamma produce cambios en las sinapsis del cerebro, las uniones entre las neuronas a través de las cua­les pasan los impulsos eléctricos.13

El hecho de que los monjes pudiesen alcanzar este estado tan rápi­damente indicaba que sus procesos neurales habían sido permanente­mente alterados por años de meditación intensiva. Aunque los monjes eran de mediana edad, sus ondas cerebrales eran mucho más coheren­tes y estaban más organizadas que las de los robustos jóvenes del grupo de control. Incluso en su estado de reposo, los budistas mostraban un elevado índice de actividad gamma en comparación con los meditadores principiantes.

El estudio de Davidson confirmó los resultados de otras investi­gaciones anteriores que sugerían que ciertas formas de meditación avanzada hacen que el cerebro opere a su máxima intensidad.14 Los experimentos con yoguis han mostrado que durante la meditación profunda sus cerebros producen ráfagas de ondas beta de alta frecuen­cia o de ondas gamma, que suelen estar asociadas con momentos de éxtasis o de intensa concentración.Aquellos que puedan abstraerse de los estímulos externos y dirigir toda su atención hacia dentro parecen tener más probabilidades de acceder al hiperespacio de las ondas gamma. Durante estos momentos de máxima atención, la frecuencia cardíaca también se acelera.16 Se han registrado efectos similares duran­te la oración. Un estudio, en el que fueron monitoreadas las ondas cerebrales de seis protestantes durante sus oraciones, comprobó que se producía un aumento en la velocidad de las ondas cerebrales durante los momentos de mayor concentración.17

Distintas formas de meditación pueden producir ondas cerebra­les notablemente diferentes. Por ejemplo, los yoguis intentan alcanzar el
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