Trabajo de grado para optar al título de Magister en Filosofía




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1.3 La tensión entre lo natural y lo artificial

Ese mundo estacionado puede ser lo que llamamos la cultura que aprisiona al hombre a través de fuerzas horizontales que terminan siendo fuerzas de valor cero responsables del estancamiento. En este punto podemos recordar a Marcuse, un componente de la escuela de Frankfurt, que en su crítica a la técnica moderna sigue a Freud, que muestra a la cultura como una construcción colectiva que somete al hombre a su existencia social y biológica. Ahora al hombre se le aplica una fuerza invisible dirigida a sus impulsos o pulsiones, con un pero fundamental: ser una “opresión como presupuesto del progreso”, (Citado por Berciano, 1995, 41). Progreso que lleva a los hombres al consumo de cosas, a veces innecesarias, y a un desvío de la atención con respecto de los “verdaderos deseos” (Citado por Berciano, 1995, 42). “Para soportarla no podemos prescindir de calmantes” (Freud, 2007, 75) Sigue diciendo Freud que el ganador viene a ser el Estado controlador, pues esto le da formas para distraer a los ciudadanos y controlar su tiempo libre. Estas menciones sobre la cultura y su carácter antropológico nos generan muchas preguntas. El mismo Freud se cuestiona cuando pregunta “¿Por qué camino han llegado tantos seres humanos a este punto de vista de asombrosa hostilidad a la cultura?” (Freud, 2007, 86) “[...] no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado no habrían más bien de protegernos y beneficiarnos a todos” (Freud, 2007, 85).

Marcuse, interesado en dar algunos visos de salvación ante la tensión dialéctica entre progreso, industrialización y libertad, considera que la cultura puede ser influenciada de alguna manera para determinar lo que puede significar la calidad de vida y lograr con ello un aumento de la libertad perdida. ¿Cómo puede suceder esto? Por ejemplo, moderando los excesos de la cultura, bajando los niveles de trabajo a riesgo de bajar los niveles de producción. Ante el aplanamiento del concepto de calidad de vida y la comodidad de permanecer en él, los sujetos no sienten la necesidad de cambiar. Hay una tendencia al estancamiento.

La ciencia ya no solo conquista a la naturaleza sino también al hombre creándose así una nueva forma de esclavitud, no de obediencia sino de entrega, en este caso a la producción tecnológica, tan fuerte, que convierte al hombre en mera cosa. Ni siquiera es una dialéctica entre señor y esclavo, en la que, como señalaba Hegel, ambos sujetos tienen aun la posibilidad de no morir en el enfrentamiento, sino que ambos entran en un remolino en donde ambos sucumben. Al establecerse esa relación entre el amo y el esclavo, en este caso entre el hombre y la naturaleza, en la cual ninguno gana la batalla a muerte, usando la expresión de Hegel, las tensiones que se producen de ambos lados esperan convertirse recíprocamente el uno en el amo del otro. Usar al otro como medio para que sirva de intermediario en el desocultamiento de la materia. El hombre como amo y señor usaría la mediación de la naturaleza solo para buscar la satisfacción y el goce, no para interactuar con la esencia del objeto. El peligro de este posible final de la lucha es que si el hombre prima sobre la naturaleza o cree primar, dejará de pensar en la esencia de las cosas, perderá esa relación y será la naturaleza la final vencedora, si la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel se cumpliera. Dice Hegel: “[...] el señor es la potencia de este ser, pues ha demostrado en la lucha que solo vale para él como algo negativo; y, al ser la potencia que se halla por encima de este ser y este ser, a su vez, la potencia colocada por encima del otro, así en este silogismo tiene bajo sí a este otro. Por el contrario, a través de esta mediación la relación inmediata se convierte, para el señor, en la pura negación de la misma o en el goce, lo que la apetencia no logrará, lo logra él: acabar con aquello y encontrar satisfacción en el goce” (Hegel, 1992, 118).

¿Podríamos decir que los administradores y señores se vuelven esclavos de los modelos certificados del management y los trabajadores en operadores de los mismos? Marcuse nos lleva a pensar cómo en ese remolino del consumo, en el que se instala el hombre con tal de participar en el statu quo, primero lo educa la publicidad, luego los productos mismos y, finalmente, al alcanzar el estatus de comodidad pierde con ello la posibilidad de generar un cambio de su propia condición. Se afecta la libertad como posibilidad de mejorar, de lograr autenticidad o, como diría Sloterdijk, de subir por las cumbres de la improbabilidad, al polucionarse el ascenso mostrando cumbres prefabricadas fácilmente alcanzables por todos.

Al contrario del pesimismo de Jasper, Ortega o Heidegger, el físico e ingeniero Friedrich Desauer (1881-1963), quien tristemente murió por las irradiaciones de los rayos X debido a su contacto permanente con ellos, presenta otra cara de la técnica. Él separa las observaciones hechas sobre la producción de los bienes de la técnica misma y dice que en general los filósofos que la critican están por fuera de la esfera de la misma. Solo ven, según él, lo que llama la atención y considera superfluas las opiniones en las cuales se equipara la técnica con la máquina. Dice que, por ejemplo, los vestidos que usamos hoy, la radio, el libro se pueden también equiparar al concepto de máquina (citado por Berciano, 1995, 49). Inclusive critica la falta de consulta o de citas de parte de los filósofos con los técnicos y dice que solo se citan entre ellos. Las producciones técnicas tienen una finalidad determinada por el creador humano y considera desconsiderada la idea de que el hombre se esclavice por medio de la técnica, separando el concepto de la esencia de la técnica de los afanes que llevan a los hombres a su uso (Citado por Berciano, 1995, 50).

El hombre, al verse enfrentado a la naturaleza abierta, sentir sus peligros y percibir las necesidades propias de la vida, se convierte en creador para superar lo que tiene a la mano que se le presenta limitado, pero a la vez con grandes posibilidades. Por ejemplo, uno de los casos citados por Desauer es la generación de energía que le da a la naturaleza la propiedad de despensa, diferente a la posición de Heidegger que lo considera un emplazamiento, una provocación. Sobre ciertos inventos como la rueda, dice: “La naturaleza no ha creado nunca una rueda; esta es una invención técnica antiquísima” (Citado por Berciano, 1995, 51) y sobre la rueda se pregunta: ¿En dónde estaba? En realidad lo que Desauser nos indica es que esta forma circular ya estaba allí en la naturaleza pero era necesaria la intervención del inventor para ser hallada.

Esta cita nos mueve a comentar, por ejemplo, como las Salamandras y otros pequeños animales se conviertes en ruedas para salvarse de las ruedas del hombre como se puede observar en: http://corcholat.com/$Yc8 lo que da muestra de un ejemplo de cómo la naturaleza nos deja ver la existencia de la rueda. Cabe anotar que la relación entre naturaleza, física y matemáticas es tan fuerte que se refleja de muchas maneras. Una de ellas es la serie de Fibonacci que es la secuencia de números naturales sumando desde el 0 y el 1 sucesivamente el número actual con el anterior: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, etc, serie numérica que es expresada por la naturaleza en muchas de sus criaturas tanto animales como vegetales. Es el caso, por ejemplo, del nautilos o del girasol cuya estructura cumple con esta secuencia..

Otro ejemplo sobre la relación de la naturaleza y su influencia en la técnica se observa en el Compendium musicae de Descartes que parece ser el primero de sus libros, cuando contaba apenas veintidós años. En este libro se pregunta: ¿por qué la música produce sentimientos? La explicación la da matemáticamente. Descartes establece una relación entre la música que se oye y el cuerpo del escucha cuando hace referencia a la marcación de los tiempos en la música bajo el término batuta. Dice: "[...] Al comienzo de cada batuta, el sonido se emite más distintamente. Cosa que naturalmente observan los cantores o instrumentistas, especialmente en las cantilenas a cuyos compases solemos saltar y bailar; en efecto, esta regla nos sirve para distinguir que a cada batuta de Música corresponde un movimiento del cuerpo. Al hacer esto somos impulsados, de forma natural por la Música: pues es cierto que el sonido agita todos los cuerpos de alrededor [...]" (Descartes, 2001, 61). En este libro se hace referencia a la antigua superstición en la que los tambores de piel de lobo silenciaban el sonido de aquellos cuya piel era de oveja, por la presencia de la naturaleza de un animal superior ante otro inferior. Descartes desmonta esta creencia a través del estudio de la resonancia pues las ondas sonoras del tambor de piel de lobo se mueven senosoidalmente y eliminan las de piel de oveja por un fenómeno de orden natural.

Volviendo a Desauer, lo que este científico pregona es, precisamente, la búsqueda de bondad en la técnica, como el esfuerzo de encontrar aquello que está más allá de la naturaleza, que supera a lo físico, a lo vegetal y a lo animal y que procede del cuidado humano. A todo esto lo llama civilización (Citado por Berciano, 1995 53). La visión del hombre creador es teológica y hace verlo como aquel que es capaz de hacer aparecer lo que no es evidente, cumpliendo así el mandato divino como criatura creada a imagen y semejanza de Dios, de quien ha recibido el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra. Se precisa, sin embargo, poner en manos de la ética los posibles abusos de la técnica, como los que se están dando hoy en las ciudades congestionadas y polucionadas.

Enfrentando las anotaciones de Berciano a las de Ortega, podemos ver que la vida del hombre no es algo que se nos ha dado sino que debemos hacer. Ese hacer se puede interpretar como la aplicación de fuerzas para lograr cosas que vayan más allá de la satisfacción de sus necesidades elementales. Este hacer lo asumiremos, más tarde, en este trabajo como el despliegue de ejercicios antropotécnicos. Su tarea es entonces realizar su ser-en el mundo. Y la manera de hacerlo, que es a través de la acción, supone el uso de la técnica como mecanismo para su auto fabricación. Ortega dice entonces que el hombre comienza cuando empieza la técnica, que dada la diversidad de tipos de hombres, habrá también diversidad de tipos de técnicas que van más allá de lo material y deben proyectarse hacia el alma, lo cual ha sido superado por Asia más que por Occidente.

El trabajo humano, según Marcuse, es “el hacer del hombre, el modo de ser en el mundo”, esto es, la manera en que el hombre llega a ser lo que es, como se reconoce a sí mismo:

En la medida en que progresa la industria en gran escala, la creación de la verdadera riqueza depende menos del tiempo de trabajo y de la cantidad de trabajo invertidos, que del poder de los instrumentos puestos en acción durante el tiempo de trabajo. Estos instrumentos y su poderosa eficacia no están en proporción con el tiempo de trabajo inmediato que requiere la producción; más bien su eficacia depende del nivel alcanzado por el progreso científico y tecnológico o por la aplicación de la ciencia a la producción. El trabajo humano ya no aparece entonces como encerrado en el proceso de producción; más bien el hombre mismo se relaciona con el proceso de producción sólo como supervisor y regulador. Permanece fuera del proceso de producción, en lugar de ser su principal agente. En esta transformación, el gran pilar de la producción y de la riqueza ya no es el trabajo inmediato desempeñado por el hombre mismo, ni su tiempo de trabajo, sino la apropiación de su propia productividad universal (poder creativo), es decir, el conocimiento y el dominio de la naturaleza a través de su existencia social; en una palabra, el desarrollo del individuo social (completo) (Marcuse, 1969, 42).

Sin embargo, la imposición de un modo de ser en la sociedad industrializada hace que el hombre pierda la conciencia de sí, se sienta satisfecho y se esclavice. Ante esta posibilidad que la sociedad de la técnica actual no se sostenga y llegue incluso a su fin, Marcuse piensa casi románticamente que, hay vías de superación en la medida en que el hombre vea en la naturaleza una compañera de juego no de explotación, en donde el hombre se reconcilie consigo mismo, “una especie de paraíso terrenal, donde el trabajo sea acción de auto realización del hombre” (Berciano, 1995, 80-81). Como podemos ver, confluyen aquí también las ideas de Marx en la que el trabajo es entendido como la esencia del hombre que se acredita a sí mismo, en la medida en que este no sea denegado. O las de Hegel en las que el hombre es producto de su propio trabajo.

Habermas piensa, por otro lado, que dado que la técnica se introduce dentro de la sociedad y que aquella controla a la naturaleza, y también puede llegar a controlar a la sociedad con el peligro de crear un hombre – máquina, lo que no es ni más ni menos que la biotécnica, el control de la conducta y el cambio en el lenguaje, todo lo cual lleva a “una alienación planificada” (Berciano, 1995, 91). Berciano apela a Marcuse que en La sociedad industrial y el marxismo hace referencia a la máquina como un elemento alienador que es capaz de decidir. Para eso cita a Weber y considera que “la máquina inanimada es un espíritu coagulado” (Marcuse, 1969, 32). Dice que por ser así “tiene el poder de forzar a los hombres a ponerse a su servicio” (1969, 32-33). El concepto del espíritu coagulado es una manera de expresar que puede ser tomado por otros y representar la posibilidad de domino de los hombres a los hombres como una manera de perpetuar la esclavitud y abrir el compás a la sujeción y la dominación a través de la política.

Lo expuesto hasta el momento nos muestra que la consideración de la técnica como un simple medio para la consecución de un fin determinado no resulta suficiente para comprender su esencia. Es evidente que no hay una postura única sobre ella y que las diferencias crean tensiones entre detractores y defensores, más que ofrecer un panorama unificado de comprensión. Encontramos entusiastas que la defienden a toda costa por percibir en ella la base fundamental del progreso material del hombre; por otro lado, hay quienes admiran la belleza de las máquinas por ser reflejo del potencial humano y se sienten agradecidos por los beneficios que traen a la humanidad. La naturaleza, siempre presente, es también contemplada de diversas maneras. Unas veces como madre pródiga, despensa proveedora, ama y señora, mansa, esclava, víctima, dadivosa o impotente, pero también se le mira como si fuera: temeraria, impositiva, arrasadora, pero siempre omnipresente para bien o para mal de los hombres.

Las ciencias, la técnica, la física, la matemática, el lenguaje y la metafísica muestran una integralidad entre ellas muchas veces escondida, que necesita empero ser develada a través de la observación, la investigación y la lectura cuidadosa de aquello que nos rodea. En cuanto al hombre este aparece, en primera instancia, como centro del universo para después convertirse en una criatura más dentro de las criaturas. Es observado también de maneras antagónicas: unas veces se le culpa de arrasar con lo que encuentra a su paso o de querer ejercer su poder ante todo lo que lo rodea. A la vez, se le otorga la responsabilidad sobre sí mismo, llegando incluso a ser oportunista o un hijo de Dios capaz de diseñar y administrar las máquinas y la técnica bajo el ingenio del que fue provisto. Sin embargo, a pesar de su prepotencia, es también víctima de una cultura que él mismo ha creado para protegerse de sus similares, pero que al final lo atenaza, le hace perder la libertad viéndose obligado a acoplarse a normas que rechaza. Estas fuerzas encontradas dificultan las posibilidades de una vida feliz y lo convierten en esclavo de señores representados por el mercado, la publicidad y el statu quo que lo detiene en su avance como ser humano. Todo esto demanda una visión antropológica que haga justicia a la ambigüedad que atraviesa de manera estructural nuestra existencia hoy. El curso de esta visión antropológica es lo que queremos rastrear a lo largo del presente trabajo.

Finalmente, aparece el Estado como regulador pero también como controlador, explotador, cómplice de fuerzas negativas como la aceptación de drogas dañinas o aliado de otras fuerzas positivas. Para el Estado, la técnica se convierte en un medio a veces imperceptible que influye en la configuración del ser, de la cultura y de la sociedad. En este recorrido que hasta ahora hemos realizado, se ha citado con frecuencia a Heidegger, para quien el problema de pensar hoy no radica en la técnica en sí, sino más bien el profundo desconocimiento de su esencia, pues aunque la técnica ha sido objeto de un reiterado examen, aún no se ha atendido a la verdad que en ella se abre. En el trabajo de atender a la esencia de la técnica, Heidegger considera que la técnica como tal coincide con la metafísica y que, por tanto, se requiere una juiciosa deconstrucción de sus posibilidades. ¿Es por ello Heidegger un tecnófobo? O más bien, ¿un romántico del pasado que obsesionado por lo que vive en la Selva Negra y ha pasado en ella? ¿Cuáles son entonces los peligros que nos acechan por el desconocimiento de la esencia de la técnica? ¿Es enemigo del progreso? ¿Qué es el progreso para Heidegger? ¿Cómo influye la técnica en la configuración del ser? Estas son las preguntas que a continuación queremos abordar.
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