Trabajo de grado para optar al título de Magister en Filosofía




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3.2 Los excesos del mundo ilustrado

Igualmente, podemos también tener ahora presente la Dialéctica de la Ilustración de Theodoro Adorno y Max Horkheimer que, como se sabe, se dedicaron a hacer teoría crítica de la sociedad moderna en el año 1944, para mostrarnos, según su manera de pensar, cómo se fue configurando Occidente en relación directa con los pensamientos de la Ilustración de Kant. Esta crítica de los excesos de la Ilustración nos seguirá aportando a la comprensión de la sociedad de nuestro tiempo, pues estos autores mostraron las desviaciones del mundo moderno que incluso siguen hoy afectando a la sociedad contemporánea. Recordemos entonces a Kant, que ante la pregunta qué es la ilustración señala:

Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para sentirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude20! Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración [...] Es tan cómodo ser menor de edad (Kant, 2007, 83).

Estas palabras que nos invitan a salir de la minoría de edad y creer en nuestros propios pensamientos, no buscar amo. ¿No son palabras, que suenan bien? ¿O parecen cantos de sirena? La crítica a la Ilustración que hacen Horkheimer y Adorno nos ayuda a entender cómo se quiso configurar una sociedad liberada de los miedos que transmitían los mitos en su afán de resolverlo todo. Esa liberación convertiría a los hombres en amos y señores de sus propias vidas, pero para lograrlo era necesario develar su verdad a través de la ciencia y romper así el encanto de lo que se da por resuelto por el desencanto de tener que resolverlo por sí mismos. Horkheimer y Adorno citan a Bacon (1561-1626), el padre del empirismo, que muestra su desprecio por la conformación de una sociedad fetichista basada en conocimientos previos irrebatibles, enclaustrada por la tradición y entregada al acuñamiento de las respuestas: "la precipitación en las respuestas, la pedantería cultural, el temor a contradecir, la falta de objetividad, la indolencia en las propias investigaciones, el fetichismo verbal, el quedarse en conocimientos parciales: todas estas actitudes y otras semejantes han impedido el feliz matrimonio del entendimiento humano con la naturaleza de las cosas y, en su lugar, lo han ligado a conceptos vanos y experimentos sin plan" (2009, 59).

El saber es, según Bacon, lo que define la superioridad del hombre y es algo que se puede poseer sin necesidad de ser un rey, lo que constituye una forma de poder en manos del hombre singular, una fortaleza para que, acorazado con su saber y con la capacidad de la invención y la técnica, pueda adueñarse de la naturaleza y controlarla. De esa manera el hombre lograría, a través de las metodologías, explotar el trabajo de los otros: "La técnica es la esencia de tal saber. Este no aspira a conceptos e imágenes, tampoco a la felicidad del conocimiento, sino al método, a la explotación del trabajo de los otros, al capital" (Horkheimer & Adorno, 2009, 60).

Así, la Ilustración decidió considerar como supersticiones a los mitos y a las verdades universales cuya autoridad conceptual, según ella, sería la culpable de producir los miedos a lo desconocido, a los demonios que se les conjuraban con rituales mágicos, desprovistos del conocimiento y, más bien, cobijados por el misterio y la dependencia. Estas tradiciones deben ser doblegadas, según la Ilustración, y deben ser explicadas por las matemáticas, la física, el cálculo y la lógica. Las explicaciones cualitativas del mito que se hacen narrando, nombrando, contando el origen, para crear fantasías, se expresan ahora con la forma explícita de las formulas, como lo hacen las matemáticas, convirtiendo las explicaciones en datos, en números, en estadísticas y en proporciones para representar los hechos y la materia. Lo que no se pueda representar así, será considerado como apariencia.

Al igual que Freud y Fromm, los filósofos críticos consideran que el hombre busca en el mundo moderno asemejarse a Dios y que debido a la estructuración de la ciencia trata de explicarlo todo a través de patrones basados en conocimientos previos, establecidos, inyectados, que se hacen evidentes a través del comando: "La semejanza del hombre con Dios consiste en la soberanía sobre lo existente, en la mirada del patrón, en el comando" (Horkheimer & Adorno, 2009, 64). El uso aquí de la palabra comando nos hace pensar en hombres autómatas, que se guiarán bajo programaciones formuladas por la sociedad en que viven. Esta idea es retomada por Sloterdijk, cuando analiza los diferentes mecanismos de la antropotécnica contemporánea.

Las críticas de Horkheimer y Adorno son contundentes y altamente pertinentes hoy. Dicen, por ejemplo, que el afán de controlar a la naturaleza por parte del hombre lo hace aparecer como un dictador que intentará manipular a sus dirigidos lo que desatará el miedo de perder el control, dando como resultado un autoritarismo que concluirá en acciones de violencia. Aparecerá una fuerza contraria, como reacción a la formulada para acabar con los mitos, que creará otros peligros que se volverán en contra de los hombres, porque ellos mismos se convertirán en objetos regulados y controlados por los datos y las estadísticas: desaparecerá la identidad del hombre singular quedando atrapado por el statu quo. La dificultad de escaparse de esto hará, a quienes lo hagan, presas del miedo: "El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido [...] Nada absolutamente debe existir fuera, pues la sola idea del exterior es la genuina fuente del miedo" (Horkheimer & Adorno, 2009, 70). Vemos aquí una relación con las dificultades y los miedos que se apoderan del ser inauténtico, cuando ese uno decide pasar a una situación de autenticidad.

Para Horkheimer y Adorno, el statu quo aparece como un maná que lo da todo y satisface las necesidades que una vez cumplidas sugieren el deseo de más necesidades, creando así el hábito de la repetición que lleva siempre a lo mismo. Es como la apertura de una puerta hacia el consumo desmedido de las existencias, en sentido heideggeriano. Al final no hay salida. A los estados de felicidad se unirán la desventura y el castigo. El ser pierde la posibilidad del equilibrio de encontrarse a sí mismo, pierde la posibilidad de la libertad mostrando otra batalla perdida por la Ilustración, según Horkheimer y Adorno. El hombre queda sujeto a la obediencia y atrapado por el trabajo, reforzando de esta manera las ideas presentadas antes, en este trabajo, por Ricoeur en relación al oficio y el logro.

En medio de estas exigencias, los hombres se ven obligados a modelarse según los estándares del mercado para encontrarse de nuevo consigo mismo y en ese reajuste se ven obligados a considerar como valor, el cumplimiento de las funciones, ya que el trabajo pasa de ser un medio para convertirse en un fin: "A través de las innumerables agencias de producción de masas y de su cultura se inculcan en el individuo los modos normativos de conducta, presentándolos como los únicos naturales, decentes y razonables. El individuo queda ya determinado sólo como cosa, como elemento estadístico, como éxito o fracaso. Su norma es la autoconservación, la acomodación lograda o no a la objetividad de su función y a los modelos que le son fijados" (Horkheimer & Adorno, 2009, 82).

No es extraño que la educación forme solo para el trabajo y el significado de lo que es el éxito se entregue dosificado en gotas revitalizadoras, como lo ha señalado, por ejemplo, Jünger. Las necesidades de certificación en lo que se ha dado por llamar las mejores prácticas en las diferentes profesiones son un signo de este tipo de dosificación para lograr el éxito. Salirse de estas normas es salirse del cauce de lo que la sociedad espera del individuo según Horkheimer y Adorno. Todo esto aparece como unas tenazas que comprimen al individuo el cual tiende a perder su identidad como hombre y se autodesprecia aun si busca algún nivel de placer: "Pero como éste ha aprendido a odiarse bajó la presión del trabajo a lo largo de los milenios, en la emancipación totalitaria permanece vulgar y mutilado por el auto desprecio" (Horkheimer & Adorno, 2009, 84-85).

Para observar críticamente esta situación, podemos retomar el relato de Odiseo, el prototipo del hombre burgués, en un momento muy apropiado. Recordemos que Odiseo es consciente de su papel como jefe de la expedición y sabe que debe atravesar la zona de las sirenas cuyo canto lo invitarán a permanecer en un pasado seguro. Corre el riesgo de abandonar su travesía, ya que la fuerza atractora de las sirenas es contraria al progreso que está representado por su recorrido.

Pero él, con mente empresarial, considera ese canto de sirenas un engaño y que por más tentador que parezca es en realidad una trampa en la que caerán quienes consideran que solo es seguro lo ya conocido. "Si las sirenas conocen todo lo que sucede, exigen a cambio el futuro como precio, y la promesa del alegre retorno es el engaño con el que el pasado se adueña de los nostálgicos" (Horkheimer & Adorno, 2009, 86). Por eso, Odiseo se hace amarrar del mástil del barco para que, sin dejar de escuchar el canto de las sirenas, sea consciente de sus propias debilidades y sea así capaz de sobreponerse a sí mismo. Mientras tanto, los remeros, es decir los trabajadores, el pueblo, tienen sus oídos tapados con cera y deberán estar tan ocupados de su trabajo y del manejo de la infraestructura del barco, que ni tiempo tendrán para sentir sus pasiones.

En nuestro barco, es decir, la sociedad y el mercado, estamos atados al trabajo, para cumplir con nuestros oficios, así, el jefe, según Horkheimer y Adorno, se ata al mástil del statu quo para incrementar el poder a costa de su propia felicidad. Esta alegoría nos muestra la vida del burgués inmerso en la dialéctica de la Ilustración. Para Odiseo, es más valioso el proceso que la meta; en él encuentra la dinámica de la vida mientras que en la meta, el final es la muerte. Bien lo expresa Constantino Kavafis (1863-1933) en su poema Itaca21.

Las tareas más usuales se vuelven las administrativas y son practicadas por superiores que cumplen las funciones y que a pesar de tener un pensamiento limitado manipulan a los pequeños: "En la limitación del pensamiento a tareas organizativas y administrativas, practicadas por los superiores, desde el astuto Odiseo hasta los ingenuos directores generales, se halla implícita la limitación que invade a los grandes en cuanto no se trata de la manipulación de los pequeños" (Horkheimer & Adorno, 2009, 88-89). La madurez de la sociedad se nutre de la inmadurez de los sometidos que convierten sus cualidades en fortaleza para cumplir solo funciones. Por ejemplo,

los remeros, que no pueden hablar entre sí, se hallan esclavizados todos al mismo ritmo, lo mismo que el obrero moderno en la fábrica, en el cine y en el transporte colectivo [...] La impotencia de los trabajadores no es sólo una artimaña de los patrones, sino la consecuencia lógica de la sociedad industrial, en la que se ha transformado finalmente el antiguo destino bajo el esfuerzo por sustraerse a él (Horkheimer & Adorno, 2009, 89).

Esto hace que los trabajadores sean cada vez más impotentes, no solo por la manipulación de los patrones sino por la forma como se desarrolla la sociedad, dentro de la cual están las máquinas, que mutilan a los hombres: "En el camino desde la mitología a la logística ha perdido el pensamiento el momento de la reflexión sobre sí mismo, y la maquinaria mutila hoy a los hombres, aun cuando los sustenta" (Horkheimer & Adorno, 2009, 90).

Esta crítica a la técnica tiene de por sí una dicotomía, pues expresa dos cosas aparentemente opuestas a la vez: mutila pero sustenta. Siguiendo un espíritu libertario, los pensadores críticos señalan que si los trabajadores suben en algún grado de nivel de vida bajan un grado más en su impotencia convirtiéndose en materia prima del sistema. Es la miseria que crece en tanto crece el poder de otros. En este contexto, el pensamiento es algo a lo cual se debe renunciar en la medida en que se cumplan las tareas basadas en las matemáticas, en las máquinas y en la organización. La Ilustración, según Horkheimer y Adorno, no logra entonces realizar lo que ella se proponía. Ya no se alcanza a pensar en el futuro pues la Ilustración se ha puesto al servicio del presente, engañando totalmente a las masas.

No es extraño entonces que la sociedad se haya organizado para que los seres humanos busquen el virtuosismo, como lo plantea Sloterdijk, a través de la repetición como una manera de sostener los pilares de la cultura en donde vienen a tener más valor las conexiones de la sociedad y su reproducción que las mismas personas. El pasaje de Odiseo nos ayuda a interpretar, metafóricamente, cómo se va configurando una figura en el paso a la modernidad que poco a poco va revelándonos la representación del hombre que Sloterdijk descubre, más tarde, en Has de cambiar tu vida. Nos ayudará a comprender los conceptos sobre la antropotécnica que, como tabla de salvación, le ayudará al hombre moderno a superar sus debilidades o, por lo menos, a sobrellevarlas.

Horkheimer y Adorno enfatizan en la forma como un jefe de expedición, un burgués, un dirigente, un ser humano que tiende a superarse representado en Odiseo, hace uso de su individualidad y de su astucia para lograr sus propósitos luchando contra los monstruos que lo rodean. ¿Cuáles son entonces estos monstruos que crean tantas dificultades y que es necesario vencer? Si revisamos el texto de Kant sobre la respuesta a la pregunta qué es la Ilustración, encontraremos términos que por su calidad de verbos nos indican acciones que representan la presencia de la minoría de edad en los individuos; son fuerzas que nacen de lo propio: “la incapacidad [...] culpable [...] falta de resolución [...] pereza [...] cobardía” (Kant, 2007, 83). Estas son las fuerzas que tenemos que vencer pero que al intentar aceptar las propias ideas crean culpabilidad. El esfuerzo para salir adelante es grande y se necesita valor para hacer la travesía y vencer así los miedos y los monstruos con inteligencia, conocimiento y astucia.

Para Odiseo son los Cíclopes, las sirenas y demás personajes míticos escondidos en las cuevas que tratan de impedir el regreso a su tierra. Así mismo opera el canto de las sirenas, visto como el rumor de la comodidad que nos invita a seguir en lo instituido, en el statu quo o en la “piscina del hábito” (Sloterdijk, 2012, 248), como lo dice Sloterdijk. En la medida en que no podamos superar al sí mismo perderemos libertad y en la medida en que lo logremos será una victoria del hombre sobre sí mismo. Por eso es necesaria una configuración de la autoconciencia para aprovisionarse de lo que exige la decisión de enfrentarse a la lucha. Por ejemplo, en Odiseo nos encontramos ante la conformación de una persona única e indivisible: "El Homero apolíneo es sólo el continuador de aquel proceso artístico universalmente humano al que debemos la individuación" (Horkheimer & Adorno, 2009, 99). En este sentido, Odiseo encarna al personaje inteligente, valiente, fuerte, estratégico y astuto. Más que violento, es malicioso para engañar pues hacerse llamar Ninguno para desaparecer y salvarse es muestra de que posee todas esas cualidades. Si alguien preguntara quien fue el culpable de algo y la respuesta correcta fuera Ninguno, se constituye en una manera de desaparecer el objeto que encarna la culpa22.

Como se puede observar en este pasaje, Odiseo debe ser hábil en la trampa, en el engaño y en el disfraz para lograr cumplir con sus resultados. Es un héroe moderno e ilustrado que se nos presenta como en una novela en un cosmos ordenado que al final destruye el mito. La Ilustración no soporta lo diferente ni lo desconocido y por eso la relación que se establece entre los hombres y la naturaleza busca la certeza, lo manipulable, lo que pueda manejar a través del comando, como ya se ha dicho. Para llegar a su casa y resistir los avatares de la travesía, Odiseo usa todas las armas del sí mismo, sin importar los derramamientos de sangre, mientras no sea la suya. Busca alcanzar sus objetivos a costa de lo que sea y de los que sean. Todos son seres útiles para su fin, inclusive él mismo.
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