Malestar sí, pero en la cultura




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Malestar sí, pero en la cultura
Francisco Bernete
Universidad Complutense de Madrid


1.- INTRODUCCIÓN
En este 2006 de nuestros agrios debates políticos sobre cosas tan imaginarias, pero a la vez tan pasionales, como “la identidad nacional” o “la cultura nacional”, además de cumplirse 250 años del nacimiento de Mozart, se cumplen 150 del nacimiento, en el mismo país (Austria), de Sigmund Freud, uno de los autores que, sin ser antropólogo ni sociólogo de profesión, mejor alumbró, a mi juicio, la naturaleza de la cultura.
Este trabajo rinde tributo al esfuerzo de Freud por conocer la naturaleza humana, a la vez que vuelve la mirada sobre una línea intelectual sospechosamente semi-olvidada o quizás semi-escondida, el freudomarxismo. Siguiendo las huellas de un concepto capital en la obra de Freud, el concepto de represión, trataré de explicar de qué manera el caudal de la obra freudiana se canaliza en direcciones distintas entre los autores más prototípicos del freudomarxismo (Reich, Fromm y Marcuse) para elaborar teorías sobre la cultura y la sociedad contemporáneas.
1.1.- "Represión" y "alienación": los dos pilares del freudomarxismo
Reich, Fromm y Marcuse se ocupan de la socialización del individuo y del origen mismo de la civilización, para lo cual se interesan por la perspectiva freudiana de estos procesos. En esa revisión de la obra de Freud, se topan con la represión como punto (delicado) de contacto entre “lo individual” y “lo social”, tanto si inician su trabajo en la Psicología Social (Fromm), como si lo hacen en la Teoría Social (Reich y Marcuse).
Distintos analistas de la obra freudiana coinciden en creer que la represión fue el signo bajo el cual Freud concibió la historia ontogenética y filogenética del hombre. El propio fundador del psicoanálisis le dio ese lugar privilegiado al asegurar que "La teoría de la represión es la piedra angular sobre la que reposa todo el edificio del psicoanálisis, su pieza más esencial". [1]
Del lado marxista, parece que es el concepto de alienación el que mejor sirve para describir el carácter mutilado del hombre moderno. El ser humano se ve desposeído del objeto que ha producido con su trabajo y, en general, de toda su actividad y su vida social, pues la cultura, la política, la economía, etc. tienen vida propia y el individuo las siente como algo extraño a él mismo. Para el marxismo, la naturaleza humana no es exclusivamente biológica: al contrario, es humano quien se convierte en un ser social mediante el trabajo, pues es a través del trabajo como se relaciona con los otros, además de relacionarse con la naturaleza. Lo que sucede es que el modo de producción desarrollado por la burguesía cosifica las relaciones y las actividades, despojándolas de su condición humana.
Los freudomarxistas más conocidos por su condición de tales lanzan sus reproches al marxismo que da excesiva relevancia a la dimensión económica de la vida; y, por otro lado, tratan de corregir a Freud desde la concepción de una posible sociedad socialista, en la cual no existiría ni el malestar ni la explotación. Al menos, no en los niveles alcanzados en los últimos siglos. Reich, Fromm y Marcuse piensan que han cristalizado en el ser humano unas estructuras psíquicas en favor de un sistema socioeconómico explotador y represivo. Pero ese psiquismo no es inmanente a nuestra forma de ser, sino que ha sido modelado históricamente. De ahí se deduce que puede modificarse.
1.2.- "Represión psíquica" y "represión social"
Cotidianamente, el verbo "reprimir" se usa con mucha frecuencia en forma reflexiva. Decimos que un sujeto se reprime cuando se contiene en su comportamiento, evitando hacer algo que tiene ganas de hacer, pero le parece inconveniente. Ese control de su propia acción parece ser:
a) por una parte, individual, en cuanto que es el propio sujeto quien decide su conducta y quien asume los riesgos, premios, castigos, evaluaciones, etc. asociados a esa conducta.
b) por otra parte, social, en cuanto consideramos que la inhibición de los impulsos es un proceso originado por la enculturización a que están sometidos los individuos desde el momento en que nacen. La regulación de los comportamientos -en la que está interesada la sociedad- requiere la renuncia a la espontaneidad.
En Teoría Psicoanalítica, el concepto de represión remite a una “operación según la cual el sujeto intenta rechazar o mantener en el inconsciente representaciones (pensamientos, imágenes, recuerdos) ligados a una pulsión" [2]. Teniendo en cuenta que los autores "freudomarxistas" se refieren a la "represión" más bien como una forma de "control social", y no como "mecanismo de defensa" de naturaleza psíquica, cabe preguntarse si estarán describiendo el mismo fenómeno o fenómenos distintos que guardan algún parecido.
En los epígrafes siguientes, se muestra el marco conceptual en el que se inserta el uso del término “represión” en la teoría psicoanalítica. Marco desde el cual se da el salto a otro diferente, donde se pone el énfasis en la represión social.

2.- LA REPRESION EN LA TEORIA PSICOANALITICA
2.1.- La operación represiva
La palabra "represión" aparece en la obra de Freud asociada a otras de la misma constelación, como "defensa" y "censura". Y, a través de ellas, vinculada con otras expresiones como "resistencia" y "conciencia moral". El proceso de la represión (en sentido psíquico) es conocido como el prototipo de los mecanismos de defensa. "Su esencia consiste en rechazar algo de la conciencia y mantenerlo alejado de ella." [3]
Esta acotación de la «represión» como uno de los mecanismos de «defensa» es mantenida por Anna Freud y otros psicoanalistas, pero las obras del fundador del Psicoanálisis permiten también el uso de ambos términos como sinónimos. Aquí no entraremos en esas elucidaciones [4]. Interesa más destacar algo que mantiene Freud en todos los escritos donde describe el procedimiento represivo: que se trata de una defensa del individuo y que es el "yo" [5] quien recurre a esa y otras técnicas defensivas.
El propio Freud advirtió que se corría el peligro de sobreestimar el papel del superyó en la represión [6], o subestimar el papel del yo, y éste parece ser uno de los sesgos que a menudo cometió el freudomarxismo. El yo es un eficaz represor, lo cual, según Freud, obliga a no exagerar los vasallajes del yo respecto del ello y del superyó.
El yo se halla bajo la particular influencia de la percepción, cualidad que le permite tomar nota de las exigencias del entorno en el que se encuentra y procurar frenar las pulsiones provenientes del ello cuya satisfacción resulte más inconveniente para vivir en ese entorno. Por esa razón dirá Freud que (el yo) "se afana por remplazar el principio de placer, que rige irrestrictamente en el ello, por el principio de realidad" [7]. Este principio de realidad tiene la función de armonizar los deseos con las posibilidades que brinda el mundo exterior, tratando de adaptar la satisfacción a las condiciones que el entorno impone al individuo.
De este modo, se explicaría que el ser humano no se rija sólo por el principio de placer, buscando la satisfacción por el camino más corto, sino que acepte dar un rodeo, o aplazar esa satisfacción, con tal de conciliar la pulsión que proviene del cuerpo con algo supra-individual que entiende debe ser igualmente atendido, por lo menos, hasta cierto punto.
2.2.- El papel del "superyó" (o ideal del yo) en la represión
Alrededor de los cinco años -indica Freud- la concepción del aparato psíquico, según la cual todo lo que no es ello, revestido de la capa del yo (que, preocupado por su propia conservación, se rige por un principio de placer modificado), es mundo exterior, sufre una alteración: el nacimiento del superyó, nueva instancia psíquica, que asume funciones de juez y es sentida como nuestra conciencia moral.
El superyó se crea por identificación del sujeto con una parte del mundo exterior. Lo acogido en el interior del sujeto son las normas, las pautas de conducta transmitidas por las personas adultas que rodean al niño desde su nacimiento. A este nuevo ser le son dados unos bienes materiales y le son denegados otros; le son permitidas unas acciones y prohibidas, otras; e igualmente, junto con los nombres de las cosas y las acciones, recibe conceptos y valoraciones destinados a su interiorización.
Normalmente, los adultos que crían al niño (es decir, le alimentan y le dan las primeras pautas de comportamiento) son los progenitores. Pero, en muchos casos, esas actividades las asumen otros familiares o personas allegadas a la familia (nanas, vecinos, etc.). Más tarde, la acción enculturizadora corre a cargo de los educadores profesionales; y, según las sociedades, ejercerán más o menos influencia los sacerdotes, las autoridades y -en nuestros días- las empresas que elaboran y distribuyen productos informativos o de entretenimiento.
Freud no negaba que el sistema social exigiera la represión de las pulsiones; pero defendía, al mismo tiempo, que ese sistema se había desarrollado sobre la base de represiones de nuestros antepasados. Y, por tanto, la cultura (como el superyó individual) no sería sólo productora, sino también, producto de operaciones represivas. Planteamiento dialéctico que echaremos en falta en sus continuadores freudomarxistas, pues convirtieron la represión en un proceso unidireccional que -con el fin de mantener el orden social- arranca de las instituciones para contener a los individuos, en contra de sus intereses y de su voluntad. O, más bien, conquistando su voluntad.

3.- LA REPRESION EN EL ORIGEN DE LA SOCIEDAD
3.1.- El conflicto "naturaleza - sociedad"
Freud no pierde ocasión de recordar que las relaciones entre vida orgánica y vida social del hombre son conflictivas. En ese enfrentamiento entre individuo y sociedad, ni le parece probable que la condición biológica del ser humano desaparezca por mor de la adaptación al orden social, ni que algún orden social se ajuste a los deseos naturales.
La vida psíquica de los hombres y las mujeres, desde la perspectiva freudiana, se caracteriza por el conflicto entre las pulsiones que proceden del cuerpo en busca de placer y las normas morales a las que los individuos se ven sujetos por vivir en sociedad. Desde este punto de vista, ser social es dominar la pulsión que habita en el cuerpo, puesto que el individuo se encuentra tanto más integrado cuanto más y mejor se interioricen dichas normas y más se inhiban las pulsiones naturales (pre-sociales).
Freud señala que los individuos no parecemos dispuestos a aceptar sumisamente las restricciones y la regresión, a pesar de estar en la base de las relaciones humanas. Ante este problema de desajuste, los autores que repasamos exponen soluciones diferentes:
a) De un lado, el propio Freud proponía más racionalidad en los procesos psíquicos individuales. Con ellos, los hombres se procurarían una internalización más consciente de las normas sociales y, a lo sumo, una desmitificación de la cultura (porque se desarrolla para reprimir los impulsos del individuo), pero sin dejar de considerarla útil, porque esa represión es la que hace posible la vida civilizada [8]. Nuestro autor considera que, después de todo, el sufrimiento emanado de las relaciones con los demás no es más doloroso que los sufrimientos que proceden del mismo cuerpo o del mundo exterior.
b) De otro lado, quienes intentan el maridaje freudo-marxista reconocen la lucha entre naturaleza y sociedad. Pero, en la confianza de que debe haber un orden social más justo, acaban preconizando que en el futuro podrán armonizarse las regulaciones sociales y las necesidades fisiológicas. De ese modo, la represión queda circunscrita a un elemento contingente, característico de una cultura determinada, pero no inherente a toda civilización.
Los dos autores psicoanalistas (Reich y Fromm) se desmarcan de Freud en su concepción de las relaciones entre naturaleza y cultura:
a) ya sea por creer que hubo en el pasado sociedades matriarcales donde la sexualidad y el placer eran compatibles con la cultura y que habrá en el futuro una revolución que, desintegrando la familia autoritaria, termine con la represión sexual y la explotación económica (caso de Reich);
b) ya sea por creer que la civilización occidental contiene elementos patriarcales (como la razón o la ley), pero también matriarcales (como los vínculos de la sangre y la tierra, la aceptación de los fenómenos naturales o el amor a los demás), que los principios patriarcales aparecen después de los matriarcales como consecuencia del desarrollo de las capacidades humanas, que permiten un contacto más activo con la naturaleza; y que, por tanto, el hombre se realiza en el marco social (caso de Fromm).
Marcuse, que no es psicoanalista, parece no contradecir, en principio, la hipótesis de que se trata de un enfrentamiento y no de una armónica complementación. Sin embargo, el seguimiento de Freud casi concluye en el punto de partida. Pronto matiza que se trata de un enfrentamiento actual entre el individuo y su sociedad, acercándose en el fondo a Reich y Fromm, en lo que respecta al carácter no esencial, sino histórico del conflicto; y, por ello, contingente y evitable si se llevara a cabo cierta transformación de las relaciones sociales. Es decir, Marcuse se presenta como leal a Freud, pero le reprocha la misma generalización (abusiva, a juicio de los tres autores) que consistiría en identificar la civilización con la que al propio Freud le tocó vivir.
A diferencia de Reich y Fromm, Marcuse no describe ningún matriarcado previo al patriarcado, o a la familia autoritaria. Entiende -como lo hicieran Marx y Freud- que la dominación del hombre por el hombre ha existido siempre, pero añade que esa dominación no se manifiesta siempre de la misma manera. Ahora, quienes dominan al individuo enseñándole a obrar bien no es sólo el padre, como pudo haber sido en un principio, ni el dominio consiste exactamente en poseer a las mujeres. La dominación la ejercen personas e instituciones que ocupan una posición social superior a la del propio individuo y ejercen sobre él una represión más racionalizada y despersonalizada. Una represión que hace más difícil rebelarse contra el sistema de dominio, pues ya no se trata de acabar con un poder personal, sino con todo un orden social, que tiene su lógica y su eficacia. El sentimiento de culpa de quienes destruyan ese edificio ha de ser mayor, lo cual contribuye a frenar en la práctica toda rebelión radical contra el sistema.
3.2.- La apoyatura económica de la represión sexual, según Reich
Wilhelm Reich fue el primero de los autores freudomarxistas que intentó enlazar las aportaciones de la teoría psicoanalítica con las del marxismo. Presentó en paralelo el orden moral y la estructura económica de la sociedad capitalista, concibiendo al primero como dependiente de la segunda. Ese orden moral es represivo en materia de sexualidad y su correa de transmisión fundamental es la familia, a través de la cual se contagia la enfermedad, la «peste colectiva» que es el orden sexual represivo.
El autor de La revolución sexual cree que es fácil de romper el vínculo entre dominación económica y dominación ideológica en las familias obreras, toda vez que no tienen los mismos intereses económicos que las familias burguesas. Pero reconoce que "las fuerzas de la tradición pueden incidir en ellas por otras vías ideológicas como la religión". [9]
Reich defiende la posibilidad de un orden social que no esté basado en la renuncia de los impulsos naturales [10]. Protesta contra la idea de que el «principio de realidad» requiere un aplazamiento de la gratificación instintiva, y reclama que se discuta sobre cada impulso en concreto y sobre el principio de realidad vigente en cada sociedad y en cada momento histórico, pues "este (el de la sociedad de su época) principio de realidad es en sí mismo relativo". [11]
Cabe recordar a este respecto que Freud no es tan homogeneizador de las culturas como puede deducirse de los escritos freudomarxistas, pues el mismo Freud señala que las pautas de una sociedad son relativas, no sagradas ni inmutables. El "biologicismo" con el que se le etiqueta no le impide reconocer que el grado de libertad sexual y, por tanto, de represión, es diferente en culturas distintas. El fundador del Psicoanálisis atribuye esas diferencias a las estructuras económicas de cada sociedad, pero sin hacer coincidir estos intereses con los de la familia, como haría Reich, sino más bien contraponiéndolos, pues una fuerte cohesión intrafamiliar puede obstaculizar la integración en círculos más amplios. Una tarea del orden social es ayudar a que el joven pase a ser un sujeto independiente de la familia, con sus propios derechos y obligaciones, e implicado en la reproducción social. Volviendo sobre los grados de represión, Freud recuerda que la sociedad que reprime en exceso se ve obligada a aceptar transgresiones que supuestamente persigue.
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