Malestar sí, pero en la cultura




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La distinción entre agresión "benigna" y "maligna" de Erich Fromm.
Fromm nos plantea la pregunta sobre la constancia o variabilidad de los impulsos destructivos. Si la pulsión de muerte se halla arraigada como característica biológica inherente a todo organismo y constituye, por tanto, un elemento necesario e inalterable de la vida, entonces "deberíamos admitir que la intensidad de los impulsos destructivos -en contra de uno mismo y de los demás- permanece aproximadamente constante. Pero lo que observamos es justamente lo contrario". [22]
El autor de El miedo a la libertad mantiene que hay una agresión innata, que califica de benigna o defensiva. Pero no considera innata la agresión maligna, cruel y destructiva. Esta última es producto de las condiciones de vida y, por ello, es erradicable, aunque permanezca la agresividad defensiva. Esta distinción nos suena inevitablemente parecida a la de Reich entre agresividad y destructividad. La última es la peligrosa y la que debemos atribuir a la estructura social vigente (familia patriarcal y autoritaria). La agresividad maligna (de Fromm) y la destructividad (de Reich) aparecen como los niveles innecesarios, del mismo modo que Marcuse se refería a un plus de represión, innecesario y sobrante, por cuya erradicación se puede luchar. Fromm denuncia el pesimismo de Freud pues no cree que el comportamiento esté determinado por la lucha entre Eros y Thanatos, sino por las estructuras de carácter generadas socialmente.
Marcuse: la otra cara de la pulsión de muerte
Herbert Marcuse -al igual que Reich y Fromm- hace responsable de la agresividad desatada al principio de organización social vigente. Las posibilidades de gozo (con esta organización social) son sacrificadas en aras de una productividad alienada, dirigida a la guerra o al beneficio privado.
En un régimen social de acceso generalizado a la felicidad y al placer, los impulsos destructivos quedarían reducidos. Un proceso histórico liberador puede hacer inútiles las instituciones actuales que reprimen la libido; en tal caso, la energía psíquica se trasvasaría de Thanatos a Eros. Eliminando la represión que pesa sobre Eros, la destructividad sería absorbida en la existencia placentera.
Obsérvese que Marcuse aún propone eliminar "la represión que pesa sobre Eros" y "hacer inútiles las instituciones actuales que reprimen la libido”, cuando Freud ya había señalado que el enemigo de la civilización no es Eros (puesto que incluye la libido de meta inhibida que serviría de argamasa para cohesionar a los individuos), sino la pulsión de muerte, en lo que tiene de tendencia agresora, que empuja guiada por el principio de descarga total. Esta observación hace pensar que, con el término Eros no están manejando ambos autores el mismo concepto.

5.- ¿QUE SOSTIENE LA REPRESION SOCIAL?
5.1.- La lucha por la vida de la especie humana.
¿Por qué nos conviene admitir las regulaciones de la convivencia, si al fin y al cabo no hacen más que poner límites a nuestras posibilidades de actuación, amenazando con penalizar a quien no respete esos límites? Los últimos capítulos de El malestar en la cultura me parecen muy esclarecedores de esta cuestión, y los seguiremos en las próximas páginas.
El reclamo ideal que dice "Amarás al prójimo como a ti mismo" significa para Freud (no así para los freudomarxistas que venimos repasando) un deber cultural que uno se dispone a cumplir con harto dolor de su corazón, toda vez que ese sentimiento se nos despierta sin dificultad cuando encontramos que alguien lo merece; pero resulta difícil si se trata de un extraño; y aún puede que sea injusto dispensar a un extraño el mismo trato que a un familiar. Incluso, quizás hubiera razones prácticas para odiarle o mantener una actitud hostil hacia él.
Freud, como se ha dicho tantas veces, parece estar más cerca de Hobbes que de Rousseau (al contrario que Fromm o Reich [23]) al rechazar la bondad natural del ser humano. Por ejemplo, cuando expresa con cierta rotundidad:
"El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo". [24]
Comoquiera que esta naturaleza salvaje, muchas veces inhibida, pero otras exhibida, perturba las relaciones con nuestros semejantes, "la sociedad culta" tiene motivos para gastar energía en favor de la cohesión, pues se encuentra amenazada y no parece que "el interés de la comunidad de trabajo" sea suficiente para mantenerla unida. No es suficiente porque se trata de un interés racional y nada tendría que hacer frente a "las pasiones que vienen de lo pulsional".
Que la cultura intente frenar los impulsos agresivos, mediante formaciones psíquicas que procuren su inhibición no significa que lo consiga, pues la agresión humana también sabe vestirse con ropajes refinados que la ocultan bajo apariencias aceptables. Ni aún eliminando la propiedad privada, se acabaría con el gusto por la agresión, pues seguirían existiendo desigualdades de poder e influencia, y la agresión consiste en abusar de tales desigualdades.
Así pues, la cultura impone sacrificios "no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano". De ahí, el malestar con el que se vive en un entorno cultural. Freud imagina que "al hombre primordial las cosas le iban mejor, pues no conocía limitación alguna de lo pulsional. En compensación, era ínfima su seguridad de gozar mucho tiempo de semejante dicha. El hombre culto ha cambiado un trozo de posibilidad de dicha por un trozo de seguridad". [25]
En resumen, Freud aclara su posición respecto de la cultura reconociendo como un derecho legítimo el objetar al estado actual [26] de nuestra cultura lo poco que satisface nuestras demandas corporales y descubrir el origen de su imperfección; pero, al tiempo, pretende que nos familiaricemos "con la idea de que hay dificultades inherentes a la esencia de la cultura y que ningún ensayo de reforma podrá salvar" [27]. Y, a pesar de ello, el desarrollo cultural merece ser defendido, en tanto que "puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana" [28]. En el bando opuesto estaría la hostilidad y agresión de cada individuo frente a los demás en persecución de su propia dicha.
5.2.- El sometimiento al influjo de los otros por miedo a la exclusión social.
Freud se pregunta por qué el hombre renuncia a la agresión, evitando dar rienda suelta a sus impulsos hostiles hacia otros y qué tiene que ver la cultura con esa renuncia. Según se describe en El malestar en la cultura, la agresión se vuelve hacia el yo propio, donde es recogida por el superyó "y entonces como «conciencia moral» está pronta a ejercer contra el yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos, ajenos a él". [29]
En cierto modo, la cultura se instala en el interior del individuo, pero, de ser así, debe de haber alguna razón por la cual el individuo acepte esa penetración en su interior. La que proporciona nuestro autor es que cada uno de nosotros se somete a ese influjo externo por su "desvalimiento y dependencia de otros; su mejor designación sería: angustia frente a la pérdida de amor". Sobre todo, la pérdida de amor de aquellos otros que ve como superiores, con más autoridad o poder para someterle a un castigo si descubrieran siquiera sus intenciones, ya sea los padres (en el caso de los niños), ya otros agentes sociales (en el de los adultos). [30]
Encontrando cierta semejanza entre el desarrollo de los individuos y el desarrollo cultural de la humanidad, Freud manifiesta que ambos procesos entablan una lucha porque es distinto el objetivo que persiguen: para los individuos su fin principal es su dicha particular, mientras que para el desarrollo cultural "si bien subsiste la meta de la felicidad, ha sido esforzada al trasfondo; y aún parece, casi, que la creación de una gran comunidad humana se lograría mejor si no hiciera falta preocuparse por la dicha de los individuos". [31]
En las últimas páginas de El malestar en la cultura se plantea la posibilidad de que muchas culturas, o la humanidad toda, sufran de neurosis bajo el influjo de las aspiraciones culturales, patología que espera el autor alguien emprenda la aventura de estudiar. En esa línea se inscribe el trabajo que lleva a cabo Erich Fromm, en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea.
La cuestión decisiva para Freud, y -según él- para la especie humana, es "si su desarrollo cultural logrará y, en caso afirmativo en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento" [32]. No se plantea la hipótesis contraria, esto es: si, por tratarse la cultura de una coerción contra la dicha del ser humano individual, cabría esperar que algún día dejase de existir, pues no concibe un estado de convivencia más seguro si se prescindiese de las limitaciones que impone la cultura, sea por la vía de la ética o de las leyes.
Ciertamente, para ganar en seguridad, han de regularse las interacciones con los demás miembros de la comunidad y las de ésta con otras comunidades de individuos. Todo ello supone ceder parte de la libertad para actuar en beneficio propio, razón por la cual el amor al prójimo es un sacrificio.
Esa concepción del amor al prójimo como sacrificio es, a mi parecer, una clave diferenciadora de Freud, respecto de Reich o Fromm. Este último, por ejemplo, engloba bajo el sentimiento amoroso desde el amor por sí mismo, hasta la solidaridad con nuestros prójimos, pasando por el amor de la madre al hijo y el amor erótico de hombre y mujer. Con ello renuncia a la distinción freudiana entre el amor a uno mismo (o los más allegados) y el amor al prójimo; y, de paso, en lugar de concebir a éste como una difícil y dura concesión del individuo en perjuicio de su libertad, concibe a todo amor como un sentimiento de coparticipación, de comunión, que permite el pleno despliegue de la actividad interna de uno. Adios, pues, al problema:
"El amor es un aspecto de lo que he llamado orientación productiva: la relación activa y creadora del hombre con su prójimo, consigo mismo y con la naturaleza". [33]
5.3.- La polémica Fromm - Marcuse a propósito de la represión y el respeto a las categorías de freud
Erich Fromm y Hebert Marcuse mantienen una larga polémica, de la cual nos interesa rescatar el papel que, según uno y otro, desempeña la represión [34]. Una parte de esta polémica puede seguirse a través de las últimas obras de ambos autores referidas al psicoanálisis: La crisis del psicoanálisis (Fromm, 1993) y La vejez del psicoanálisis (Marcuse, 1971).
Marcuse cree que en la sociedad contemporánea no existen posibilidades de realización para el hombre y, sin embargo, los revisionistas neofreudianos (Fromm, Sullivan y Horney) apuestan por ello. El primero reprocha a quienes trabajan la psicología humanista o culturalista haber instalado la ética idealista y la religión en el lugar de lo instintivo y haber ignorado la existencia misma de la represión. Frente a esta postura, reclama que, si bien pueden plantearse proyectos para abolir la represión, es preciso respetar el análisis de Freud sobre la misma.
El autor de Eros y civilización había señalado que “'represión' y 'represivo' en el sentido no técnico se emplean para designar procesos de restricción, contención y represión, tanto conscientes como inconscientes, externos e internos” [35]. A Fromm le parece que esto es jugar con "la doble significación de la palabra 'represión' [36]. Según él, Marcuse maneja el término como si los dos significados fueran uno solo, y con ese procedimiento se pierde el significado de la represión en el sentido psicoanalítico, si bien se encuentra un artificio que unifica una categoría política y una psicológica por medio de la ambigüedad de la palabra.
Marcuse entiende que las categorías del psicoanálisis constituyen por sí mismas categorías sociales y políticas [37]. Ciertamente, él usa el término 'represión' para referirse a un mecanismo de control social y no a un mecanismo de defensa. Le interesa enfatizar que la sociedad está identificada con un orden represor y no permite más que una felicidad controlada; en este contexto -dirá Marcuse- proponer que el hombre sea productivo y feliz es una ideología. Fromm se defiende de esta acusación indicando que la orientación productiva que él propone, la felicidad y el amor que él define, no son las mismas virtudes que lo que hoy se llama felicidad y amor en la sociedad alienada.
Antes de que apareciera Eros y civilización, Adorno ya había terciado (o quizás se había adelantado) en la polémica, defendiendo a Freud de sus correctores revisionistas. Consideró a estos últimos más conformistas que al propio Freud, pues éste había señalado el carácter traumático de la civilización contemporánea y no quiso resolver falsamente las contradicciones del orden existente; en tanto que el revisionismo neofreudiano cree en la posibilidad de armonía entre hombre y sociedad, dejando por el camino los requerimientos del cuerpo.
Marcuse abunda en este análisis de Adorno cuando recuerda que las exigencias del principio de placer no desaparecen por haber sido dominadas y reprimidas.
"El hecho de que el principio de realidad tenga que ser establecido continuamente en el desarrollo del hombre indica que su triunfo sobre el principio de placer no es nunca completo y nunca es seguro. En la concepción freudiana, la civilización no determina «un estado de la naturaleza de una vez y para siempre». Lo que la civilización domina y reprime -las exigencias del principio de placer- sigue existiendo dentro de la misma civilización. El inconsciente retiene los objetivos del vencido principio de placer." [38]

6.- LA IDEOLOGIA CONSTRUIDA POR LOS FREUDOMARXISTAS
Nos propusimos seguir los pasos del concepto psicoanalítico de represión, en tres de los autores que suelen aparecer como los más imbuidos de las teorías freudianas sobre el hombre y la sociedad. En ese seguimiento hemos avanzando desde el estudio de la represión como operación psíquica hasta las dimensiones socioculturales de los procesos represivos; allí donde Freud se inclina por la tesis según la cual el fenómeno que estudiamos se justifica por la existencia de una tendencia innata a la destructividad y, en general, a la agresión.
Reich, Fromm y Marcuse se encuentran entre quienes piensan que la represión social se mantiene porque la estructura de nuestra sociedad (patriarcal, autoritaria, clasista, etc.) continúa utilizándola en orden a garantizar su reproducción; e incluso su evolución hacia sociedades cada vez más organizadas, automatizadas y restrictivas para la autonomía individual. Pero, a pesar de ello, estos autores tratan de escapar del cerco imaginando civilizaciones alternativas.
Sigmund Freud, por el contrario, es tachado de pesimista y aún de fatalista, porque insiste en poner de manifiesto el conflicto entre naturaleza y cultura. Pero no lo hace porque las considere delimitables en el ser humano, que sería constituido precisamente por una mezcla de elementos naturales y culturales. Insiste en advertir la existencia del conflicto porque naturaleza y cultura no parecen ser diluíbles la una en la otra. Tampoco lo considera deseable. Pide que nos familiaricemos con el problema y se manifiesta neutral en un combate que prevé tal vez eterno.
En efecto, Freud no exalta la renuncia al instinto -que tantas veces exige la cultura-, pero tampoco la desaprueba; como no recomienda el respeto a ultranza de la normativa vigente en una sociedad, pero tampoco la trasgresión de la Ley. La enseñanza que cabe extraer de su obra es la de que conviene, por saludable, no negar nada de lo que nos constituye como humanos: no ignorar lo que nos pide el cuerpo, pero tampoco las regulaciones de la convivencia, porque lo primero es tan humano como lo segundo, y viceversa.
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