Título Original: Deception Point




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D a n B r o w n L a c o n s p i r a c i ó n

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glóbulos metálicos que brillaban en la piedra. Había docenas de ellos

salpicando el corte vertical como minúsculas gotas de mercurio, cada uno de

ellos de aproximadamente un milímetro de diámetro.

—Esas pequeñas burbujas se llaman «cóndrulos» —dijo Corky— . Y sólo

aparecen en los meteoritos.

Rachel entrecerró los ojos y clavó la mirada en las gotas.

—Sin duda nunca he visto nada semejante en una roca terrestre.

—¡Ni lo verá! —declaró Corky—. Los cóndrulos son una estructura

geológica que no tenemos en la Tierra. Algunos son excepcionalmente

antiguos... quizá formados por los materiales más antiguos del universo. Otros

son mucho más jóvenes, como los que tiene en la mano. Los cóndrulos de ese

meteorito apenas tienen ciento noventa millones de años.

—¿Ciento noventa millones de años es poco?

—¡Diantre, sí! En términos cosmológicos, eso es ayer. Sin embargo, lo

que aquí nos interesa es que la muestra contiene cóndrulos, lo cual constituye

una prueba meteórica concluyente.

—Bien —dijo Rachel—. Los cóndrulos son concluyentes. Lo he entendido.

—Y, por último —dijo Corky, soltando un suspiro—, si la corteza de fusión

y los cóndrulos no la convencen, nosotros los astrónomos tenemos un método

a prueba de errores para confirmar el origen meteórico.

—¿Que es?

Corky contestó su pregunta con un informal encogimiento de hombros.

—Simplemente utilizamos un microscopio polarizador petrogáfico, un

espectrómetro de fluorescencia de rayos X, un analizador de activación de

neutrones o un espectrómetro de plasma de inducción para medir las

proporciones ferromagnéticas.

Tolland soltó un gemido.

—Ahora está fanfarroneando. Lo que Corky quiere decir es que podemos

probar que una roca es un meteorito simplemente midiendo su contenido

químico.

—¡Oye, niñito del océano! —le reprendió Corky—. Dejemos la ciencia a los

científicos, ¿te parece? —De inmediato se giró hacia Rachel—. En las rocas

terrestres, el níquel mineral se encuentra o bien en porcentajes muy elevados

o bien extremadamente bajos; no hay término medio. Sin embargo, en los

meteoritos, el contenido de níquel refleja un valor medio de valores. Así pues,

si analizamos una muestra y descubrimos que el contenido de níquel refleja un

valor medio, podemos garantizar sin la menor duda que la muestra es un

meteorito.

Rachel estaba exasperada.

—Muy bien, caballeros: cortezas de fusión, cóndrulos, contenidos medios

de níquel... todo ello prueba que la muestra procede del espacio. Ya me hago

una idea. —Dejó la muestra sobre la mesa de Corky—. Pero ¿por qué estoy

aquí?

Corky soltó un suspiro portentoso.

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—¿Quiere ver una muestra del meteorito que la NASA ha encontrado en el

hielo que tenemos bajo los pies?

«Antes de morir, por favor».

Esta vez, Corky se llevó la mano al bolsillo del pecho y sacó un pequeño

trozo de piedra con forma de disco. El fragmento de roca tenía la misma forma

que un CD de audio, un grosor de un centímetro y medio, y parecía similar por

su composición al meteorito pétreo que Rachel acababa de ver.

—Esto es un fragmento de una muestra del núcleo que perforamos ayer —

dijo Corky, dándole el disco a Rachel.

La apariencia sin duda no era arrebatadora. Como la muestra que había

visto antes, se trataba de una roca pesada de color anaranjado y blanco. Parte

del borde estaba chamuscado y era de color negro; al parecer se trataba de un

segmento de la piel externa del meteorito.

—Veo la corteza de fusión —dijo Rachel.

Corky asintió.

—Sí. Esta muestra fue tomada de un punto cercano al exterior del

meteorito, de modo que todavía conserva algo de corteza.

Rachel inclinó el disco hacia la luz y vio los diminutos glóbulos metálicos.

—Y veo los cóndrulos.

—Bien —dijo Corky con la voz tensa de entusiasmo—. Y puedo decirle,

después de haber examinado esta cosa con un microscopio polarizador

petrográfico, que su contenido medio de níquel nada tiene que ver con el de

una roca terrestre. Felicidades, acaba usted de confirmar con éxito que la roca

que tiene en la mano procede del espacio.

Rachel levantó la mirada, confundida.

—Doctor Marlinson, es un meteorito. Se supone que tiene que proceder

del espacio. ¿Se me está escapando algo?

Corky y Tolland intercambiaron una mirada de complicidad. Tolland le

puso a Rachel una mano en el hombro y susurró:

—Déle la vuelta.

Rachel dio la vuelta al disco para poder ver la otra cara. A su cerebro le

llevó sólo un instante procesar lo que estaba mirando.

Entonces la verdad la golpeó como un camión.

«¡Imposible!», pensó soltando un jadeo. Sin embargo, mientras seguía

observando la roca, se dio cuenta de que su definición de «imposible» acaba

de cambiar para siempre. Clavado en la piedra había una forma que en un

espécimen terrestre podría considerarse común, pero que en un meteorito era

totalmente inconcebible.

—Es un... —Rachel tartamudeó, casi incapaz de pronunciar la palabra—.

¡Es... un bicho! ¡El meteorito contiene el fósil de un bicho!

Tanto Tolland como Corky estaban resplandecientes.

—Bienvenida a bordo —dijo Corky.

El torrente de emociones que embargó a Rachel la dejó

momentáneamente muda y, sin embargo, y a pesar de lo perpleja que estaba,

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podía ver con claridad que aquel fósil había sido en su momento un organismo

biológicamente vivo. La huella petrificada mediría unos seis centímetros y

parecía ser el revés de algún tipo de escarabajo enorme o de algún insecto

trepador. Tenía siete pares de patas articuladas agrupadas bajo un caparazón

de protección externo, que a su vez parecía estar segmentado en placas como

las de un armadillo.

Rachel estaba mareada.

—Un insecto procedente del espacio...

—Es un isópodo —dijo Corky—. Los insectos tienen tres pares de patas,

no siete.

Rachel ni siquiera le oyó. Le daba vueltas la cabeza mientras estudiaba el

fósil que tenía ante sus ojos.

—Podrá ver claramente —dijo Corky—, que el caparazón dorsal está

segmentado en placas como las del escarabajo pelotero terrestre y, sin

embargo, los dos apéndices prominentes a modo de cola lo diferencian,

convirtiéndolo en algo más próximo a un piojo.

La mente de Rachel se había ya desconectado de Corky. La clasificación

de la especie era totalmente irrelevante. Las piezas del rompecabezas

ocuparon violentamente su lugar: el secretismo del Presidente, el entusiasmo

de la NASA...

«¡Hay un fósil en el meteorito! ¡No es sólo una mota de bacterias o de

microbios, sino una forma de vida avanzada! ¡Es una prueba de que hay vida

en algún otro lugar del universo!»

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Diez minutos después de haber dado comienzo el debate, el senador

Sexton se preguntaba cómo había podido llegar a preocuparse. Marjorie Tench

había sido insultantemente sobreestimada como posible adversaria. A pesar de

ser una mujer reputada por su cruel sagacidad, estaba resultando más una

oveja sacrificada que un contrincante digno de tenerse en cuenta.

Era cierto que al principio de la conversación Tench se había apuntado un

buen tanto martilleando la plataforma pro-vida del senador por su

predisposición contra las mujeres, pero entonces, justo cuando parecía que

Tench estaba apretándole las tuercas, había cometido un error imperdonable.

Mientras cuestionaba cómo esperaba el senador financiar las mejoras

educacionales sin aumentar los impuestos, hizo una sarcástica alusión a las

críticas constantes que Sexton dedicaba a la NASA.

Aunque la NASA era un tema que sin duda el senador esperaba tocar

hacia el final de la discusión, Marjorie Tench había abierto la puerta antes de

hora. «¡Menuda idiota!»

—Hablando de la NASA —empezó Sexton, cambiando de tema como sin

darle importancia—. ¿Podría comentarnos algo sobre los constantes rumores

según los cuales la NASA ha sufrido un nuevo fracaso? Marjorie Tench ni

siquiera se inmutó.

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—Me temo que no ha llegado a mis oídos ese rumor —respondió. Su voz

de fumadora sonaba como el papel de lija.

—Entonces, ¿ningún comentario?

—Me temo que no.

Sexton no cabía en sí de gozo. En el mundo de golpes de efecto de los

medios de comunicación, la expresión «sin comentario» se traducía fácilmente

por «culpable de los cargos».

—Entiendo —dijo Sexton—. ¿Y qué hay de los rumores sobre una reunión

secreta y de emergencia entre el Presidente y el director de la NASA?

Esta vez Tench pareció sorprendida.

—No estoy segura de a qué reunión se refiere. El Presidente tiene muchas

reuniones.

—Por supuesto. —Sexton decidió ir por ella—. Señora Tench, usted es una

gran defensora de la agencia espacial, ¿no es así?

Tench suspiró, al parecer cansada de las recurrentes alusiones de Sexton

a su tema preferido.

—Creo en la importancia de preservar la supremacía tecnológica de

Estados Unidos, ya sea militar, industrial o en el ámbito de la inteligencia o de

las telecomunicaciones. Sin duda la NASA es parte de esa visión, sí.

En la cabina de producción, Sexton pudo ver los ojos de Gabrielle

diciéndole que se mantuviera al margen, pero el senador saboreaba ya la

sangre.

—Hay algo que despierta mi curiosidad, señora. Huelga decir que su

influencia tiene mucho peso en el apoyo continuado que el Presidente ha

demostrado por esta achacosa agencia.

Tench negó con la cabeza.

—No. El Presidente cree firmemente en la NASA. Toma sus propias

decisiones.

Sexton no podía creer lo que estaba oyendo. Acababa de dar a Marjorie

Tench una oportunidad de oro para exonerar parcialmente al Presidente

aceptando personalmente parte de la culpa por la financiación de la NASA. En

vez de eso, Tench se la había devuelto sin dudarlo al Presidente. «El

Presidente toma sus propias decisiones». Al parecer, Tench ya se estaba

intentando distanciar de una campaña que hacía aguas. A decir verdad,

tampoco era nada sorprendente. Al fin y al cabo, cuando las cosas volvieran a

su sitio, Marjorie Tench estaría buscando trabajo.

Durante los minutos siguientes, Sexton y Tench siguieron en la brecha.

Tench formuló algunos débiles intentos por cambiar de tema mientras Sexton

seguía presionándola sobre el presupuesto de la NASA.

Senador —arguyó Tench—. Usted pretende reducir el presupuesto de la

NASA, pero ¿tiene idea de cuántos empleos en el sector de la alta tecnología

se perderán?

Sexton a punto estuvo de reírse en la cara de aquella mujer. «¿Y a esta

chiquilla la consideran una de las mentes más privilegiadas de Washington?»

Obviamente, Tench tenía mucho que aprender sobre la demografía del país.

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Los empleos del ámbito de la alta tecnología no tenían la menor importancia

en comparación con la inmensa cantidad de abnegados obreros

norteamericanos.

Sexton atacó.

—Estamos hablando de un ahorro de millones, Marjorie, y si el resultado

es que un hatajo de científicos de la NASA tienen que montarse en sus BMW y

llevar sus currículos a otro sitio, que así sea. Por mi parte, yo me he

comprometido a mantenerme inflexible con el gasto.

Marjorie Tench se quedó en silencio, como si aquel último golpe la hubiera

dejado fuera de juego.

El moderador de la CNN la apremió.

—¿Alguna reacción por su parte, señora Tench?

Por fin, la mujer se aclaró la garganta y habló.

—Supongo que me sorprende oír que el señor Sexton está tan dispuesto a

declararse tan abiertamente anti-NASA.

A Sexton se le entrecerraron los ojos. «Buen intento, señora».

—Yo no estoy en contra de la NASA y lamento profundamente su

acusación. Simplemente estoy diciendo que el presupuesto de la agencia

espacial indica la clase de gasto desproporcionado que su Presidente aplaude.

La NASA dijo que podía construir el trasbordador espacial por cinco mil

millones de dólares. Costó doce. Dijo también que podía construir la Estación

Espacial por ocho. Ahora el precio asciende ya a cien.

—Si los norteamericanos somos un país líder —contraatacó Tench— es

debido a que nos fijamos metas elevadas y nos mantenemos fieles a ellas en

los momentos difíciles.

—Ese discurso de ensalzamiento del orgullo nacional no funciona conmigo,

Marge. La NASA ha superado el presupuesto que le ha sido asignado tres veces

en los últimos dos años y ha vuelto arrastrándose al Presidente con el rabo

entre las piernas para pedir más dinero y así poder enmendar sus errores. ¿A

eso le llama usted orgullo nacional? Si quiere hablar de orgullo nacional,

hablemos de escuelas de peso. Hablemos de un sistema sanitario universal.

Hablemos de niños inteligentes que crecen en un país de oportunidades. ¡A eso

le llamo yo orgullo nacional!

Tench le clavó una mirada glacial. ¿Puedo hacerle una pregunta directa,

senador?

Sexton no respondió. Simplemente esperó.

Las palabras de la mujer fueron pronunciadas deliberadamente, con una

repentina infusión de firmeza.

—Senador, si yo le dijera que no podemos explorar el espacio por menos

de lo que la NASA está gastando actualmente, ¿aboliría usted la agencia

espacial?

La pregunta fue como si una piedra de río hubiera caído en las rodillas de

Sexton. Quizá, después de todo, Tench no fuera tan estúpida. Simplemente

había atacado a Sexton desde el ángulo menos esperado con un

«rompevallas» (una pregunta cuidadosamente articulada que sólo permite un

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sí o un no como respuesta y que está diseñada para forzar a un oponente que

juega a mantener un pie a cada lado de la valla a pronunciarse con claridad y a

definir sin medias tintas su postura).

Instintivamente, Sexton intentó salirse por la tangente.

—No me cabe duda de que, con una gestión adecuada, la NASA puede

explorar el espacio por mucho menos de lo que en estos momentos...

—Conteste a la pregunta, senador Sexton. Explorar el espacio es un

asunto peligroso y costoso, comparable a construir un reactor de pasajeros. O

se hace bien, o no se hace. Los riesgos son demasiado elevados. Mi pregunta

sigue en pie: si llega usted a ser elegido presidente y debe escoger entre

continuar financiando la NASA con su actual nivel de presupuesto o eliminar

por completo el programa espacial de Estados Unidos, ¿por qué alternativa

optaría?

«Mierda». Sexton levantó los ojos para mirar a Gabrielle por el cristal. En

su expresión, Sexton vio reflejado lo que ya sabía. «Está usted comprometido.

Sea directo. Nada de peroratas». Sexton mantuvo alta la barbilla.

—Sí. Transferiría el actual presupuesto de la NASA a nuestros sistemas

escolares si tuviera que hacer frente a esa decisión. Votaría por nuestros hijos

en detrimento del espacio.

La expresión del rostro de Marjorie Tench revelaba una total conmoción.

—Estoy perpleja. ¿Le he oído bien? En caso de que fuera Presidente,

¿aboliría usted el programa espacial de la nación?

Sexton sintió que estaba a punto de estallar. Ahora Tench estaba

poniendo palabras en su boca que él no había dicho. Intentó contraatacar,

pero Tench volvía a hablar.

—¿Está usted diciendo, senador, para que quede claro, que eliminaría a la

agencia que llevó al hombre a la Luna?

—¡Lo que estoy diciendo es que la carrera espacial ha terminado! Los

tiempos han cambiado. La NASA ya no desempeña un papel decisivo en las

vidas de los norteamericanos de a pie y sin embargo seguimos financiándola

como si lo hiciera.

—Entonces, ¿no cree que el futuro esté en el espacio?

—Sin duda, el futuro está en el espacio, ¡pero la NASA es un dinosaurio!

Hay que dejar que el sector privado explore el espacio. El contribuyente no

debería abrir su cartera cada vez que algún ingeniero de Washington quiere

sacar una fotografía de Júpiter que nos cuesta mil millones de dólares. ¡Los

norteamericanos están cansados de hipotecar el futuro de sus hijos a cambio

de financiar una agencia anticuada que tan poco ofrece a cambio de sus

desorbitados costes!

Tench suspiró teatralmente.

—¿Que tan poco ofrece? A excepción, quizá, del programa SETI, la NASA

ha proporcionado enormes compensaciones.

Sexton apenas podía creer que la mención del SETI hubiera escapado de

labios de Tench. Craso error. «Gracias por recordármelo». La Búsqueda de

Inteligencia Extraterrestre era el pozo más abisal de la NASA desde su

creación. A pesar de que la NASA había intentado dar al proyecto un lavado de

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