Título Original: Deception Point




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D a n B r o w n L a c o n s p i r a c i ó n

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—Buena pregunta. No me lo ha dicho.

Ahora Rachel se sentía perdida. Ocultarle información al director de la

ONR era comparable a ocultarle secretos del Vaticano al Papa. La broma típica

de la comunidad de los servicios de inteligencia era que sí William Pickering no

estaba al corriente de algo, eso significaba que no había ocurrido.

Pickering se levantó y empezó a pasearse por delante de la ventana.

—Me ha pedido que me ponga inmediatamente en contacto con usted y

que le ordene reunirse con él.

—¿Ahora?

—Ha enviado un medio de transporte. Está esperando ahí afuera.

Rachel frunció el ceño. La petición del Presidente ya resultaba inquietante

en sí misma, pero era la expresión de preocupación en el rostro de Pickering lo

que realmente la alarmaba.

—No hay duda de que tiene usted sus reservas al respecto.

—¡Ya lo creo! —Pickering hizo gala de un insólito destello de emoción—. El

oportunismo del Presidente se me antoja casi pueril en su transparencia.

Tratándose de la hija del hombre que en estos momentos le está retando en

las urnas, ¿para qué solicita un encuentro en privado con usted? Me parece del

todo inadecuado. Sin duda su padre estaría de acuerdo conmigo.

Rachel sabía que Pickering estaba en lo cierto, aunque le importaba un

comino lo que pudiera pensar su padre.

—¿Acaso no confía en los motivos que pueda tener el Presidente para

convocarme a esa reunión privada?

—Mi juramento me obliga a facilitar apoyo de inteligencia a la

administración actual de la Casa Blanca, no a poner en tela de juicio su

política.

«Qué respuesta tan típica de Pickering», pensó Rachel. William Pickering

no vacilaba a la hora de ver a los políticos como efímeros testaferros que

pasaban fugazmente por un tablero de ajedrez cuyos auténticos jugadores

eran hombres como el propio Pickering: los valientes de la vieja guardia que

llevaban en la brecha el tiempo suficiente para comprender las reglas del juego

con cierta perspectiva. Pickering a menudo decía que dos legislaturas

completas en la Casa Blanca no bastaban para comprender las verdaderas

complejidades del panorama político mundial.

—Quizá no es más que una invitación inocente —se aventuró a decir

Rachel con la esperanza de que el Presidente estuviera por encima de intentar

cualquier truco barato de campaña—. Quizá necesite el resumen de algún dato

importante.

—No quisiera parecerle despreciativo, agente Sexton, pero la Casa Blanca

tiene acceso a un buen número de personal de «gisting» perfectamente

cualificado si lo necesita. Si se trata de una tarea interna de la Casa Blanca, el

Presidente debería ser lo suficientemente cauto como para no ponerse en

contacto con usted. En caso contrario, desde luego no hay duda de que sería

un error considerable solicitar un activo de la ONR y luego negarse a decirme

para qué lo quiere.

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Pickering siempre utilizaba la palabra «activos» para referirse a sus

subordinados, una forma de hablar que a muchos les parecía desconcertante y

fría.

—Su padre está adquiriendo fuerza política —dijo Pickering—. Mucha.

Seguro que la Casa Blanca debe de estar poniéndose nerviosa —añadió con un

suspiro—. La política es un negocio desesperado. Cuando el Presidente solicita

una reunión secreta con la hija de su oponente, apostaría a que en su cabeza

hay algo más que los resúmenes de inteligencia.

Rachel sintió un pequeño escalofrío. Las corazonadas de Pickering tenían

la maldita costumbre de dar en el clavo.

—¿Y teme usted que la Casa Blanca esté tan desesperada como para

meterme a mí en ese lío político?

Pickering guardó silencio durante un instante. —No puede decirse que sea

usted muy discreta sobre los sentimientos que alberga hacia su padre y estoy

totalmente seguro de que el equipo de campaña del Presidente está al

corriente de sus desavenencias. Se me ocurre que quizá quieran utilizarla de

algún modo contra él.

—¿Dónde hay que firmar? —dijo Rachel, bromeando sólo en parte.

Pickering no pareció impresionado y le dedicó a Rachel una mirada severa.

—Una pequeña advertencia, agente Sexton. Si cree usted que los

problemas personales entre su padre y usted suponen un obstáculo en su

capacidad de razonamiento al tratar con el Presidente, le recomiendo

encarecidamente que rechace la invitación.

—¿Que la rechace? —Rachel soltó una carcajada nerviosa—. Es obvio que

no puedo rechazar una petición del Presidente.

—Así es —dijo el director—. Pero yo sí puedo.

Las palabras de Pickering resonaron ligeramente y Rachel recordó

entonces que Pickering, a pesar de ser un hombre de baja estatura podía

llegar a provocar terremotos políticos cuando se enfadaba.

—Lo que me preocupa en este caso es muy simple —dijo Pickering—. Mía

es la responsabilidad de proteger al personal que trabaja para mí y no me hace

ninguna gracia la menor insinuación de que alguien de mi equipo pueda ser

utilizado como peón en un juego político.

—¿Qué me recomienda usted?

Pickering suspiró.

—Yo le sugeriría que acudiese al encuentro. Pero no se comprometa a

nada. En cuanto el Presidente le suelte lo que tenga en mente, llámeme. Si

veo que está tramando algo para utilizarla, la sacaré de allí tan rápido que el

tipo no tendrá ni tiempo de saber qué ha sido lo que le ha golpeado, créame.

—Gracias, señor. —Rachel percibía un aura protectora en el director que a

menudo echaba de menos en su propio padre—. ¿Y dice que el Presidente ya

ha enviado un coche?

—No exactamente —respondió Pickering, frunciendo el ceño y señalando

por la ventana.

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Titubeante, Rachel se acercó y miró en la dirección que señalaba el dedo

extendido de Pickering.

Un helicóptero MH-60G PaveHawk de morro chato esperaba sobre el

césped. Aquel PaveHawk, uno de los helicópteros más veloces construidos

hasta el momento, llevaba grabado el escudo presidencial. El piloto estaba de

pie junto a la nave, mirando su reloj.

Rachel se volvió y miró a Pickering sin dar crédito.

—¿La Casa Blanca ha enviado un PaveHawk para que recorra los

veinticinco kilómetros que nos separan de D.C.?

—Al parecer, el Presidente espera impresionarla o intimidarla—dijo

Pickering mirándola con atención—. Le sugiero que no caiga en lo uno ni en lo

otro.

Rachel asintió. Estaba tan impresionada como intimidada. Al cabo de

cuatro minutos, Rachel Sexton abandonó la ONR y no bien subió al helicóptero,

éste despegó en el acto sin que tuviera tiempo de abrocharse el cinturón de

seguridad. Miró por la ventanilla y a varios cientos de metros por debajo vio

desfilar una mancha borrosa de árboles. El pulso se le aceleró. De haber

sabido que el destino verdadero del PaveHawk no era la Casa Blanca el

corazón le hubiera latido desbocado.

5

El viento helado golpeaba la tela de la tienda ThermaTech, pero Delta-Uno

apenas lo notaba. Delta-Tres y él estaban concentrados en su compañero, que

en ese momento manejaba la palanca de mando con destreza quirúrgica. La

pantalla que tenían delante mostraba una transmisión de vídeo desde una

cámara de precisión montada sobre el microrobot.

«La herramienta de vigilancia más avanzada», pensó Delta-Uno, todavía

perplejo cada vez que la ponía en funcionamiento. Últimamente, en el mundo

de la micromecánica, la realidad parecía siempre superar con creces la ficción.

Los Sistemas Mecánicos Microelectrónicos (SMME), o micro robots, eran la

herramienta más moderna en el ámbito de la vigilancia de alta tecnología:

«volar a lomos de la tecnología de punta», lo llamaban.

Y así era. Literalmente.

A pesar de ser microscópicos, los robots dirigidos por control remoto

parecían cosa de ciencia ficción. De hecho, llevaban en funcionamiento

desde los años noventa. En el número de mayo de 1997, la revista

Discovery había presentado en portada un reportaje sobre los micro robots,

hablando tanto de los modelos «voladores» como de los «nadadores». Los

nadadores —nanosubmarinos del tamaño de un grano de sal— podían

inyectarse en la corriente sanguínea del cuerpo humano igual que en la

película Un viaje fantástico. Ahora eran utilizados por avanzadas instalaciones

hospitalarias para ayudar a los médicos a navegar por las arterias por control

remoto, observar en vivo transmisiones de vídeo intravenosas y localizar

obstrucciones arteriales sin tan siquiera levantar un bisturí.

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En contra de lo que podía parecer, construir un microrobot volador era un

asunto incluso más simple. La tecnología aerodinámica empleada en lograr una

máquina voladora venía desarrollándose desde Kitty Hawk2 y lo único que

quedaba pendiente era el asunto de la miniaturización. Los primeros micro

robots voladores, diseñados por la NASA como herramientas de exploración

automática para futuras misiones a Marte, medían varios centímetros. Sin

embargo, los avances logrados en los campos de la nanotecnología, en el

tratamiento de materiales ligeros de absorción energética y en micromecánica

habían convertido los micro robots voladores en una realidad.

El verdadero adelanto había llegado desde el nuevo campo de la

biomímica (basado en la imitación de la Madre Naturaleza). Se había

descubierto que las libélulas miniaturizadas eran el prototipo ideal para esos

ágiles y eficaces micro robots. El modelo PH2 que Delta-Dos estaba haciendo

volar en ese momento medía sólo un centímetro de longitud (el tamaño de un

mosquito) y empleaba un doble par de alas transparentes de bisagra y de

hojas de silicona que le daban una movilidad y una eficacia en el aire

inigualables.

El mecanismo de recarga energética del microrobot había resultado otro

gran adelanto. Los primeros prototipos de microrobot sólo podían recargar sus

células energéticas situándose directamente debajo de una fuente de luz

potente, lo cual no resultaba ideal en casos de necesaria cautela y cuando se

utilizaban en locales oscuros. Sin embargo, los nuevos prototipos podían

recargarse simplemente deteniéndose a escasos centímetros de un campo

magnético.

Para facilitar aún más las cosas, en la sociedad moderna los campos

magnéticos estaban por todas partes y se ubicaban discretamente: enchufes,

monitores de ordenadores, motores eléctricos, altavoces, teléfonos móviles...

nunca faltaban estaciones de repuesto ocultas. En cuanto un microrobot era

introducido con éxito en un local, podía transmitir audio y vídeo casi

indefinidamente.

El PH2 de la Delta Force llevaba ya transmitiendo desde hacía una semana

sin el menor problema.

Ahora, como un insecto revoloteando en el interior de un cavernoso pajar,

el microrobot volador colgaba silenciosamente en el aire quieto de la enorme

sala central de la estructura.

Con una vista de pájaro del espacio que tenía debajo, el microrobot voló

silenciosamente en círculo por encima de los confiados ocupantes: técnicos,

científicos y especialistas en innumerables campos de estudio. Mientras el PH2

circulaba, Delta-Uno vio dos rostros conocidos que hablaban totalmente

concentrados. Resultarían un blanco contundente. Le dijo a Delta-Dos que

hiciera descender el microrobot y que escuchara.

Delta-Dos manipuló los controles, activó los sensores sónicos del robot,

orientó el amplificador parabólico y disminuyó su elevación hasta dejarlo

2 Pequeña población de Estados Unidos donde los hermanos Wright efectuaron su primer vuelo

en 1903. (N. del T.)

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situado a cinco metros de las cabezas de los científicos. La transmisión era

débil, pero discernible.

—Todavía me cuesta creerlo —decía uno de los científicos. El entusiasmo

que delataba su voz no había disminuido desde el momento de su llegada,

hacía cuarenta y ocho horas.

Obviamente, el hombre con quien hablaba compartía su entusiasmo.

—Desde que tienes uso de razón... ¿alguna vez has llegado a imaginar

que serías testigo de algo así?

—Nunca —respondió el científico, emocionado—. Todo esto es un sueño

maravilloso.

Delta-Uno ya había oído bastante. Estaba claro que en el interior todo iba

como se esperaba. Delta-Dos maniobró el microrobot, alejándolo de la

conversación y lo devolvió a su escondite. Aparcó el diminuto dispositivo cerca

del cilindro de un generador eléctrico. Las células energéticas del PH2 en

seguida empezaron a recargarse para la siguiente misión.

6

La mente de Rachel Sexton estaba perdida en la maraña de

acontecimientos del día mientras el PaveHawk que la transportaba cruzaba el

cielo matinal. Hasta que el helicóptero no se dirigió velozmente hacia

Chesapeake Bay, Rachel no fue consciente de que iban en dirección contraria a

la Casa Blanca. El sobresalto inicial de confusión dio instantáneamente paso a

la angustia.

—¡Oiga! —le gritó al piloto—. ¿Qué está haciendo? —Su voz apenas se oía

sobre el estruendo de los rotores—. ¿No iba a llevarme a la Casa Blanca?

El piloto negó con la cabeza.

—Lo siento, señora. El Presidente no está en la Casa Blanca esta mañana.

Rachel intentó recordar si Pickering había mencionado específicamente la

Casa Blanca o si había sido ella quien había dado por sentado que era allí

adonde se dirigían.

—Entonces, ¿dónde está el Presidente?

—Su reunión con él tendrá lugar en otra parte.

«No fastidies».

—¿Dónde exactamente?

—Ya llegamos.

—No es eso lo que le he preguntado.

—Faltan veinticinco kilómetros.

Rachel lo miró, ceñuda. «Este tipo debería dedicarse a la política», pensó.

—¿Esquiva usted las balas tan bien como las preguntas?

El piloto no respondió. El helicóptero tardó menos de siete minutos en

cruzar la Chesapeake Bay. Cuando volvieron a ver tierra, el piloto viró hacia el

norte y rodeó una estrecha península en la que Rachel vio una serie de pistas

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de aterrizaje y de edificios de aspecto militar. El piloto hizo una maniobra de

descenso hacia allí y Rachel entonces se dio cuenta de adonde la llevaban. Las

seis plataformas de lanzamiento y las chamuscadas torres de naves espaciales

hablaban por sí mismas, pero, por si eso no bastaba, en el techo de uno de los

edificios había pintadas dos enormes palabras:

WALLOPS ISLAND.

Wallops Island era uno de los puntos de lanzamiento más antiguos de la

NASA. En la actualidad se utilizaba como base de lanzamiento de

satélites y como plataforma de pruebas para naves experimentales.

Wallops era la base más secreta de la NASA. ¿El Presidente en Wallops Island?

No tenía sentido.

El piloto alineó la trayectoria del aparato con una serie de tres pistas que

recorrían longitudinalmente la estrecha península. Parecían llevar al extremo

más alejado de la pista central.

El piloto empezó a reducir la velocidad,

—Se reunirá con el Presidente en su despacho.

Rachel se volvió, preguntándose si el tipo estaba bromeando.

—¿El presidente de Estados Unidos tiene un despacho en Wallops Island?

El piloto tenía un semblante totalmente serio.

—El presidente de Estados Unidos tiene su despacho donde quiere, señora

—dijo, señalando hacia el extremo de la pista. Rachel vio la mastodóntica

forma brillando en la distancia y casi se le paró el corazón. Incluso a

trescientos metros era imposible no reconocer el fuselaje azulado de aquel 747

tan peculiar.

—Voy a reunirme con él a bordo del...

—Sí, señora. En la que es su casa cuando no está en casa.

Rachel miró la enorme aeronave. La codificación militar para aquel

prestigioso avión era VC-25-A, aunque el resto del mundo lo conocía por otro

nombre: Air Force One.

—Parece que esta mañana le ha tocado el nuevo —dijo el piloto, indicando

los números que aparecían en el timón de cola.

Rachel asintió, aturdida. Pocos americanos sabían que de hecho había dos

Air Force One en servicio: un par de 747-200-Bs idénticos y configurados para

ese fin, uno con el número de cola 28000 y el otro con el 29000. Ambos

aviones alcanzaban velocidades de crucero de novecientos kilómetros por hora

y habían sido modificados para poder repostar en pleno vuelo, dándoles así

una autonomía prácticamente ilimitada.

Cuando el PaveHawk se posó sobre la pista junto al avión del Presidente,

Rachel entendió el sentido de las referencias que apuntaban al Air Force One

como el «imponente palacio y hogar portátil» del comandante en jefe. La

visión del aparato producía un efecto intimidatorio.

Cuando el Presidente volaba por el mundo para reunirse con otros jefes de

Estado, a menudo solicitaba —por razones de seguridad— que los encuentros

se produjeran en la pista de aterrizaje. A pesar de que algunos de los motivos

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