Título Original: Deception Point




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D a n B r o w n L a c o n s p i r a c i ó n

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—En ese caso, cuente usted con mi voto, senador Sexton. Quince mil

millones para la investigación espacial y nuestros hijos no tienen profesores.

¡Es un ultraje! Buena suerte, señor. Espero que llegue usted hasta el final.

El siguiente oyente estaba ya en antena.

—Senador, acabo de leer que la Estación Espacial Internacional de la

NASA está claramente sobrefinanciada y que el Presidente está pensando en la

posibilidad de dar más fondos de urgencia a la NASA para mantener el

proyecto en activo. ¿Es eso cierto?

Sexton dio un respingo ante semejante pregunta.

—¡Cierto!

Explicó que la estación espacial se había constituido en su origen como

una joint venture en la que doce países iban a asumir los costes del proyecto.

Sin embargo, después de iniciarse las labores de construcción, el presupuesto

de la estación se desbocó y la mayor parte de los países se retiraron,

enojados. En vez de eliminar el proyecto, el Presidente decidió cubrir los

gastos del resto de los países.

—El coste que representa para nosotros el proyecto EEI —anunció

Sexton— ha pasado de los ocho mil millones inicialmente presupuestados ¡a

unos nada despreciables cien mil millones de dólares!

El oyente estaba furioso.

—¿Por qué demonios no corta eso el Presidente?

Sexton podría haberle dado un beso al tipo.

—Buena pregunta, sí señor. Desgraciadamente, un tercio de los

materiales de construcción ya están en órbita y el Presidente gastó los dólares

de sus impuestos poniéndolos allí, de modo que cortarlo ahora equivaldría a

reconocer que ha cometido una pifia de miles de millones de dólares con su

dinero.

Las llamadas no dejaban de entrar. Por primera vez, parecía que los

norteamericanos despertaban ante la idea de que la NASA, lejos de ser

intocable, era una opción más entre las demás prioridades del país.

Cuando terminó el programa, a excepción de unos pocos incondicionales

de la NASA que llamaban con patéticas propuestas sobre la eterna búsqueda

del conocimiento por parte del ser humano, el

consenso era firme: la campaña de Sexton había dado con el cáliz sagrado

de las campañas políticas (un nuevo «botón al rojo»), un tema controvertido y

todavía por abordar que había logrado tocar la sensibilidad de los votantes.

En las siguientes semanas, Sexton castigó duramente a sus rivales en

cinco primarias de crucial importancia. Presentó a Gabrielle Ashe como su

nueva asesora personal de campaña, alabándola por su trabajo a la hora de

llevar el tema de la NASA a los votantes. Con un simple gesto, Sexton había

convertido a una joven afroamericana en una prometedora estrella política y

todo lo referente a su historial de voto racista y sexista desapareció de la

noche a la mañana.

Ahora, sentados juntos en la limusina, Sexton sabía que Gabrielle había

vuelto a probar su valía. Su nueva información sobre la reunión secreta de la

semana anterior entre el director de la NASA y el Presidente sin duda apuntaba

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a que se anunciaban más problemas en los que la NASA estaba implicada...

quizá otro país estuviera retirando fondos de la estación espacial.

Cuando la limusina pasó por delante del monumento a Washington, el

senador Sexton no pudo evitar la sensación de haber sido elegido por el

destino.

8

A pesar de haber ascendido al cargo político más poderoso del mundo, el

presidente Zachary Herney era de estatura normal, de constitución delgada y

hombros estrechos. Tenía la cara llena de pecas, usaba lentes bifocales y tenía

el pelo negro, aunque ya le empezaba a escasear. Sin embargo, su

insignificante físico contrastaba claramente con la devoción casi principesca

que el hombre despertaba en aquellos que le conocían. Se decía que quien

hablaba con Zach Herney una sola vez, iba al fin del mundo si él se lo pedía.

—Me alegro de que haya podido venir —dijo el presidente Herney,

tendiendo la mano a Rachel y estrechándosela. Su apretón fue cálido y sincero.

Rachel carraspeó de nervios.

—Por... supuesto, señor Presidente. Es un honor conocerle.

El Presidente le dedicó una sonrisa tranquilizadora y Rachel sintió en sus

carnes la legendaria afabilidad de Herney. Aquel hombre hacía gala de un

rostro relajado que los dibujantes de cómic adoraban porque, por muy poco

afortunada que resultara la caricatura que hicieran de él, nadie confundía

jamás aquella calidez y aquella sonrisa tan natural. Sus ojos reflejaban

sinceridad y dignidad en todo momento.

—Si hace el favor de seguirme —dijo en tono acogedor—, tengo una taza

de café con su nombre.

—Gracias, señor.

El Presidente pulsó el intercomunicador y pidió que le trajeran café a su

despacho.

Mientras Rachel le seguía por el avión, no pudo evitar la idea de que el

Presidente parecía extremadamente feliz y relajado para tratarse de alguien

que iba por debajo en los sondeos de intención de voto. Además, vestía de

manera muy informal: pantalones vaqueros, un polo y botas de montaña L.L.

Bean.

Rachel intentó darle conversación. ¿Piensa salir a pasear por la

montaña, señor Presidente?

—En absoluto. Mis asesores de campaña han decidido que éste debería

ser mi nuevo aspecto. ¿Qué le parece?

Rachel esperaba por su bien que no hablara en serio.

—Es muy... hum... masculino, señor.

Herney se quedó totalmente inexpresivo.

—Bien, tal vez así podamos arrebatarle algunos de los votos de las

mujeres a su padre. —Tras unos instantes, esbozó una amplia sonrisa—. Era

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una broma, señorita Sexton. Creo que ambos sabemos que necesito algo más

que un simple polo y unos vaqueros para ganar estas elecciones.

La franqueza del Presidente y su buen humor estaban evaporando

rápidamente cualquier tensión que Rachel pudiera sentir por estar allí. Él

compensaba con creces toda la masa muscular que le faltaba con su elegancia

diplomática. La diplomacia es un don y Zach Herney lo tenía.

Rachel siguió al Presidente hacia la parte trasera del avión. Cuanto más se

adentraban en la nave, menor era la sensación de estar dentro de un avión:

pasillos curvos, papel pintado en las paredes y hasta un pequeño gimnasio con

un StairMaster y una máquina de remo. El avión parecía casi totalmente

desierto.

—¿Viaja usted solo, señor Presidente?

El negó con la cabeza.

—De hecho, acabamos de tomar tierra.

Rachel se vio sorprendida. «¿Tomar tierra desde dónde?» Los informes de

inteligencia de la semana no habían incluido nada acerca de

los planes de viaje presidenciales. Por lo visto, utilizaba Wallops Island

para viajar de incógnito.

Mi gente ha desembarcado justo antes de que usted llegara —dijo el

Presidente—. Yo vuelvo a la Casa Blanca dentro de muy poco para reunirme

con ellos, pero antes quería verla a usted aquí en vez de hacerlo en mi

despacho.

—¿Quiere intimidarme?

—Al contrario. Lo hago por respeto a usted, señorita Sexton. La Casa

Blanca es todo menos privada, y la noticia de una reunión entre nosotros dos

la dejaría en una incómoda situación ante su padre.

Le agradezco su consideración, señor.

—Comprendo que se vea usted en una situación muy delicada, pero

déjeme decirle que lo lleva con mucha elegancia y no veo ninguna razón para

entrometerme en ello.

En la memoria de Rachel destelló la imagen del desayuno con su padre y,

al recordar su actuación, pensó que podía calificarse de cualquier forma,

menos de «elegante». Sin embargo, Zach Herney estaba haciendo un gran

esfuerzo por ser sincero, y desde luego no tenía por qué.

—¿Puedo llamarla Rachel? —preguntó Herney.

—Por supuesto. «¿Puedo llamarle Zach?»

—Mi despacho —dijo el Presidente, haciéndola pasar por una puerta de

arce labrada.

El despacho del Presidente a bordo del Air Force One resultaba sin duda

mucho más acogedor que su equivalente de la Casa Blanca, aunque el

mobiliario seguía impregnado de cierto aire de austeridad. El escritorio estaba

abarrotado de papeles, y detrás de él colgaba un imponente óleo de un clásico

velero de tres mástiles navegando a toda vela e intentando salvar una furiosa

tormenta. A Rachel le pareció una metáfora perfecta para representar la

situación de la presidencia de Zach Herney en ese momento.

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El Presidente le ofreció una de las tres sillas de ejecutivo que estaban

delante de su escritorio. Rachel se sentó. Esperaba que él se sentara al otro

lado de la mesa, pero en vez de eso, apartó una de las sillas y se sentó junto a

ella.

«Igualdad de condiciones», pensó Rachel. «El gran maestro en el arte de

la compenetración».

—Bien, Rachel —empezó Herney, soltando un suspiro cansado al

acomodarse en el asiento—. Imagino que debe de estar usted muy confundida

al verse aquí sentada en este momento, ¿me equivoco?

Los restos de desconfianza que Rachel había conservado hasta ese

momento se deshicieron al percibir el candor de la voz de aquel hombre.

—De hecho, señor, estoy desconcertada.

Herney soltó una fuerte risotada.

—Fantástico. No crea que todos los días tengo la oportunidad de

desconcertar a una agente de la ONR.

—Tampoco es habitual que un agente de la ONR sea invitado a bordo del

Air Force One por un Presidente que lleva botas de montaña.

El Presidente volvió a reír.

Un discreto repiqueteo en la puerta anunció la llegada del café. Una mujer

de la tripulación de vuelo entró con una jarra de estaño y dos tazones, también

de estaño, sobre una bandeja. A petición del Presidente, la azafata dejó la

bandeja sobre el escritorio y desapareció.

—¿Leche y azúcar? —preguntó el Presidente, levantándose para servir el

café.

—Leche, por favor —respondió Rachel, saboreando el fuerte aroma del

café. «¿El presidente de Estados Unidos en persona me está sirviendo café ?»

Zach Herney le pasó un macizo tazón de estaño.

—Auténtico Paul Reveré —dijo—. Uno de mis pequeños lujos.

Rachel le dio un sorbo al café. Era el mejor que había probado en su vida.

—En cualquier caso —dijo el Presidente, sirviéndose un tazón y volviendo

a tomar asiento—, tengo poco tiempo, así que será mejor que vayamos al

grano. —Dejó caer un terrón de azúcar en el tazón y levantó los ojos hacia

Rachel—. Imagino que Bill Pickering la habrá advertido de que probablemente

yo quería verla con el fin de utilizarla para mi propio beneficio político.

—De hecho, señor, eso es exactamente lo que me ha dicho.

El Presidente se rió por lo bajo.

—Siempre tan cínico.

—Entonces, ¿se equivoca?

—¿Está usted de broma? —dijo el Presidente entre risas—. Bill Pickering

nunca se equivoca. Ha dado en el clavo, como de costumbre.

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Gabrielle Ashe miraba con gesto ausente por la ventana de la limusina del

senador Sexton mientras ésta avanzaba entre el tráfico matinal hacia el

edificio donde estaba ubicado el despacho de Sexton. Se preguntaba cómo

demonios había llegado a ese momento de su vida. Asesora Personal del

Senador Sedgewick Sexton. Eso era exactamente lo que siempre había

deseado, ¿o no era así?

«Estoy sentada en una limusina con el próximo presidente de Estados

Unidos».

Gabrielle recorrió el lujoso interior de la limusina con la mirada hasta

clavarla en el senador, que parecía estar muy lejos de allí, concentrado en sus

cosas. Admiró sus hermosos rasgos y su atuendo perfecto. Parecía un hombre

presidencial.

Gabrielle había oído hablar por primera vez a Sexton cuando ella era una

estudiante de ciencias políticas en la Universidad de Cornell, hacía tres años.

Jamás olvidaría cómo los ojos de Sexton sondeaban al público, como si le

estuviera enviando un mensaje directamente a ella: «Confía en mí». Después

del discurso, Gabrielle hizo cola para conocerle.

—Gabrielle Ashe —dijo el senador, leyendo el nombre que figuraba en su

pegatina—. Un nombre precioso para una joven preciosa. —Sus ojos

resultaban de lo más tranquilizador.

—Gracias, señor —respondió Gabrielle, sintiendo la fuerza de aquel

hombre cuando le estrechó la mano—. Estoy realmente impresionada con su

mensaje.

—¡Me alegra oír eso! —exclamó Sexton, poniéndole su tarjeta en la

mano—. Siempre ando en busca de jóvenes mentes que compartan mi visión.

Cuando salga de la universidad, búsqueme. Puede que tengamos algo para

usted.

Gabrielle abrió la boca para darle las gracias, pero el senador ya estaba

atendiendo a la siguiente persona de la cola. Sin embargo, durante los meses

siguientes, siguió la carrera de Sexton por televisión.

Vio admirada, cómo hablaba contra el enorme dispendio gubernamental:

encabezar los cortes presupuestarios, racionalizar el IRS3 a fin de que funcione

de forma más eficaz, sanear la DEA e incluso abolir los redundantes programas

de servicio público. Luego, cuando la esposa del senador murió de repente en

un accidente de coche, vio, perpleja, cómo éste lograba convertir lo negativo

en positivo. Sexton se elevó por encima de su dolor personal y declaró al

mundo que había decidido presentarse a las elecciones presidenciales y dedicar

el resto de su labor pública a la memoria de su esposa. Fue entonces, cuando

decidió que en ese preciso lugar e instante quería trabajar en la campaña

presidencial del senador Sexton.

Ahora era imposible estar más cerca de él.

Gabrielle se acordó de la noche que había pasado con Sexton en su lujoso

despacho y se encogió, intentando bloquear las vergonzosas imágenes en su

mente. «¿En qué estaría yo pensando?» Sabía que tendría que haberse

3* Internal Revenue Service (equivalente a la Agencia Tributaría).

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resistido, pero en cierto modo se había visto incapaz de hacerlo. Sedgewick

Sexton había sido para ella un ídolo desde hacía mucho tiempo... y pensar que

la deseaba...

La limusina pasó por un bache, devolviéndola bruscamente al presente.

—¿Está bien?

Ahora Sexton la miraba.

Gabrielle esbozó una sonrisa apresurada.

—Sí, perfectamente.

—No estará pensando todavía en ese chivatazo, ¿no?

Gabrielle se encogió de hombros.

—La verdad es que me tiene un poco preocupada, sí.

—Olvídelo. El chivatazo en cuestión ha sido lo mejor que podía ocurrirle a

mi campaña.

Gabrielle había tenido que aprender a las duras que un chivatazo era el

equivalente político a filtrar información diciendo que tu rival utilizaba un

alargador de pene, que estaba suscrito a la revista Stud Muffin, o cosas por el

estilo. No era desde luego una táctica muy decorosa, pero cuando salía bien,

los resultados eran espectaculares.

Aunque, claro, cuando se te volvía en contra...

Y eso es lo que había ocurrido. Desde la Casa Blanca. Hacía cosa de un

mes, el equipo de campaña del Presidente, inquieto ante los resultados tan

poco prometedores de los sondeos, había decidido ponerse agresivo y filtrar

una historia supuestamente cierta: que el senador Sexton tenía una relación

íntima con Gabrielle Ashe, su asesora personal.

Desgraciadamente para la Casa Blanca, no existía ninguna prueba

definitiva. El senador Sexton, que creía firmemente en que la mejor defensa es

un buen ataque, aprovechó el momento para atacar. Convocó una rueda de

prensa a nivel nacional para proclamar su inocencia y su ultraje.

—No puedo creer —dijo, mirando a las cámaras con dolor en los ojos—

que el Presidente deshonre la memoria de mi esposa con estas sucias

mentiras.

La actuación del senador Sexton en televisión resultó tan convincente que

incluso la propia Gabrielle prácticamente llegó a convencerse de que no se

habían acostado. Al ver la facilidad con la que Sexton mentía, se dio cuenta de

que el senador era un hombre peligroso.

Últimamente, aunque estaba segura de que había apostado al caballo más

fuerte en esa carrera presidencial, había empezado a cuestionarse si en

realidad estaría dando su apoyo al mejor caballo. La experiencia de trabajar

junto a Sexton le había abierto los ojos, como uno de esos paseos por las

bambalinas de los Universal Studios, donde la infantil admiración por las

películas desaparece en cuanto se hace evidente que Hollywood no tiene nada

de mágico.

A pesar de que la fe de Gabrielle en el mensaje de Sexton seguía intacta,

ya había empezado a cuestionar la valía del mensajero.

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