Índice




descargar 1.76 Mb.
títuloÍndice
página10/31
fecha de publicación03.08.2016
tamaño1.76 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   31

Capítulo 9


Tessa bebió un poco de café con leche e intentó leer lo que ha­bía escrito hasta entonces. Su objetivo era escribir un folio, un artículo sobre los conflictos entre la población de indigentes de Denver y las bandas callejeras. Tenía que ser un artículo re­lativamente fácil de escribir, pero le resultaba imposible con­centrarse.

No podía quitarse de los labios la sensación de Julián, ni su sabor de su boca. Olía su loción para después del afeitado en cualquier punto donde su piel la había rozado... a especias y cuero. Sentía aún un hormigueo en los pezones y el contacto con la seda del sujetador le resultaba casi insoportable. La sensación dolorosa que le había provocado entre las piernas se ne­gaba a desaparecer y se sentía tan frustrada que cruzaba las piernas inconscientemente para detener aquella sensación.

«¡Concéntrate, concéntrate, concéntrate, Novak!».

¿Y qué le diría a Syd cuando le entregara el artículo con re­traso? «¿Lo siento, voy caliente?».

Quince ataques a indigentes sólo en aquel año, todos in­vestigados, ningún detenido. Añadió unas palabras del director del refugio para indigentes de Denver en las que criticaba al departamento de policía y las contraatacaba con otras palabras del Jefe Irving sobre las dificultades de encontrar responsables debido a que las víctimas se negaban a formular cargos y no eran fiables como testigos.

«Aquello no fue un beso, pero esto sí lo es».

¡Señor, si aquello era su concepto de beso...! Sintió un hormigueo en el bajo vientre.

Había querido decirle que parara, alejarlo de ella, pero en el momento en que sus labios le rozaron la piel, su cerebro ha­bía dejado de funcionar y sus ovarios habían tomado el poder. Era evidente que sus óvulos no habían recibido el informe so­bre lo mucho que lo odiaba. Lo encontraban encantador. De hecho, les gustaba mucho más que cualquier hombre que hu­biera conocido hasta entonces.

Ni siquiera Scott —el hombre al que creía amar, el hombre con quien se había acostado— la había hecho sentirse así. De hecho, el espacio entre lo que sentía cuando Scott la besaba y lo que había sentido con los besos de Julián era tan enorme que no había forma de tender un puente entre ambos extremos. Scott ha­bía sido como el calor en lo agradable del sol. Julián era puro fuego.

«Es lo que se conoce como atracción sexual».

Le importaba un comino cómo se llamase aquello. No le interesaba. Había trabajado muy duro para abrirse camino en la vida. Se había apretado el cinturón y ahorrado para pagarse los créditos que le permitieron estudiar en la universidad, ha­bía estudiado duro, había trabajado muchísimas horas. Había hecho todo lo posible para aprender modales, para aprender a vestirse y hablar correctamente. Había dejado atrás la pobre­za y la vergüenza. No estaba dispuesta a arriesgar su felicidad para satisfacer su urgencia hormonal. Quería un hombre que la amase, que fuese un padre fiable y cariñoso para sus hijos y que la apoyara en su carrera profesional. No se imaginaba a Julián haciendo ninguna de esas cosas. Lo más probable era que a los cinco minutos de haberse acostado con ella ya ni siquiera se acordara de su nombre.

«Vino a rescatarte, chica. Si Syko y Flaco se hubiesen cabreado, te habrías sentido de lo más agradecida al verlo llegar».

Sus óvulos le hablaban de nuevo. Los ignoró por completo.

Adolescentes indigentes. Los adolescentes indigentes pre­sentaban unas probabilidades mucho más elevadas que cual­quier otro grupo de verse expuestos a drogas, violencia y abu­sos sexuales. Algunos estaban tan desesperados que ofrecían sexo a cambio de comida y un techo, lo que los convertía en presa fácil para traficantes y aficionados a la pornografía infan­til. Otros buscaban refugio en las bandas, cuyos miembros los aceptaban y les proporcionaban una sensación de familia... a cambio de un precio.

Tessa hojeó sus notas, encontró las espeluznantes estadísti­cas y citó las palabras de un experto en juventud indigente que siguió con las palabras de preocupación del Jefe Irving.

¿De verdad había enlazado las manos por detrás del cuello de Julián? Y tanto que sí. Pero eso no había sido lo peor. Lo peor había sido que además se había presionado contra su mano, se había abierto de piernas, había susurrado su nombre. Y esa vez no podía echarle la culpa a la adrenalina. Le había en­cantado... todo.

La sensación de su boca pegada a la suya. Sus dedos exci­tando sus pezones. Su mano presionando expertamente entre sus muslos. Su dura y enorme erección contra su vientre. Ju­lián le había proporcionado más placer que cualquier otro hombre... y estando ambos completamente vestidos.

«Si la próxima vez que nos veamos me vienes con que no has estado pensando en follar conmigo, te tacharé de mentirosa».

—¡Oh, cállate! —Fue sólo cuando escuchó su propia voz que Tessa se dio cuenta de que acababa de hablar en voz alta. Lentamente, miró por encima del hombro y vio que los demás miembros del Equipo I estaban mirándola.
Julián inspeccionó lo que quedaba de Tobias Ronald Grant, de veinticinco años de edad. Su cabeza había prácticamente desa­parecido.

—Supongo que fue un Mágnum del cuarenta y cuatro dis­parado a bocajarro.

«Y no es que este cabrón se mereciese menos».

El forense asintió.

—Es lo que yo supongo también. Cuando lo examiné, lle­vaba veinticuatro horas muerto, como mínimo, lo que sitúa el momento del asesinato en el viernes a última hora de la tarde.

Julián estaba interrogando a un miembro de la junta de planificación del ayuntamiento respecto a su interés ilegal por las chicas adolescentes, cuando recibió una llamada del Jefe Irving informándole de que las huellas dactilares que habían to­mado al cadáver descubierto en un cubo de basura en Commerce City el sábado por la tarde coincidían con algunas de las huellas obtenidas en el interior del apartamento del sótano.

Era el asesino de María Ruiz, el hombre que había apreta­do el gatillo.

De modo que, tal y como Julián esperaba, Burien había solucionado por su cuenta aquel tiroteo chapucero. Segura­mente había disparado contra Tobias en pleno ataque de rabia y luego había seguido con sus asuntos, dejando que sus acólitos supervivientes solucionaran el tema. Era una ejecución al esti­lo Burien.

—¿Alguna otra prueba en el lugar de los hechos?

—Unas llantas de coche estupendas, pero eso es todo. En el cuerpo, nada de nada.

—¿Y las pruebas de ADN?

—Estamos contrastándolas con las muestras obtenidas en el apartamento, así como con las muestras encontradas en el cuerpo de María Ruiz. Hacia finales de esta semana sabremos si existe alguna coincidencia. Me parece que en toda la historia del departamento nunca hemos hecho tantas pruebas de se­men. La verdad es que resulta asqueroso.

—Asqueroso es lo mínimo. —Julián cerró la cremallera de la bolsa, empujó la camilla hacia el interior de la nevera y cerró la puerta de acero inoxidable. La policía había hecho un buen trabajo y quería demostrar su respaldo a los hombres de Irving.

—Gracias. Manténgame informado.

—Así lo haré.

Julián salió de la morgue, atravesó el vestíbulo y subió a su furgoneta con una sensación desagradable en el estómago. El primero de los tres asesinatos que había predicho después del asesinato de Ruiz acababa de confirmarse. Quedaba aho­ra el viejo señor Simms quien, por suerte, había salido del es­tado. Y Tessa.

Tessa conducía por la I-70 en dirección este con destino al campo de tiro que el departamento de policía tenía en las afue­ras de la ciudad. Había decidido ir a casa a cambiarse y ponerse cómoda con un pantalón vaquero y una camiseta y ahora es­taba atrapada en el tremendo tráfico de hora punta. Llegó al aparcamiento con quince minutos de retraso y cuando observó el edificio de hormigón, sintió una curiosa sensación de miedo. En realidad, no había disparado un arma en su vida y no quería hacerlo. De hecho, la idea de tener que aprender a de­fenderse con un arma de fuego otorgaba incluso más visos de realidad a la violencia de aquella noche. No había querido ad­mitir que había corrido peligro de verdad. No había querido pensar que tal vez habría un día en el que tendría que apretar el gatillo. Apuntar a Julián con la pistola cuando aún le creía el asesino había sido aterrador, y no le apetecía en absoluto revi­vir la experiencia, ni siquiera dentro del marco de seguridad que proporcionaba el campo de tiro.

En parte le habría gustado llamar al Jefe Irving y cancelar la cita, pero recordaba muy bien la facilidad con la que Julián la había desarmado y lo estúpida que se había sentido en aquel ca­llejón, rodeada de una docena de gamberros armados y teme­rosa de desenfundar su propia pistola. Si la llevaba encima, te­nía que aprender a utilizarla. Además, quien fuera el que el Jefe Irving hubiera asignado para darle clases estaba esperándola desde hacía un buen rato. Sería de una mala educación tremen­da darle plantón.

Respiró hondo y se obligó a olvidar sus miedos. Cogió el bolso, salió del coche y se dirigió a la entrada principal. Estaba muy vigilada, como cabía esperar, y las paredes estaban llenas de información sobre las reglas y regulaciones que mandaban en el lugar. Empezaba a leerlas cuando escuchó su voz.

—Llegas tarde.

Se volvió y se encontró a Julián de pie a su lado. No lleva­ba la chaqueta de cuero, sino una camiseta blanca ceñida y un collar de cuero con una turquesa azul. Colgando de su hombro izquierdo, una cartuchera negra con una pistola de aspecto amenazador.

«Si la próxima vez que nos veamos me vienes con que no has estado pensando en follar conmigo, te tacharé de menti­rosa».

Notó que le ardían las mejillas y empezó a hablar sin poder evitarlo.

—¡Oh, de ninguna manera! ¡No, usted no!

El levantó una ceja.

—¿Empezamos?

Julián la acompañó hacia un pasillo, pasaron junto a las má­quinas expendedoras de refrescos y comida basura, volvieron una esquina y se dirigieron hacia unas pesadas puertas dobles. Tessa intentó no fijar su atención en el delicioso aspecto de aquel trasero dentro de los pantalones vaqueros, o en lo estre­chas que eran sus caderas en relación a sus hombros, o en sus andares sigilosos como los de un gato. Y por un momento se ol­vidó por completo del motivo por el que estaba allí.

Julián se detuvo frente a un mostrador situado a la izquier­da de las puertas dobles y estampó su firma en un portapapeles.

—Darcangelo. —El hombre de más edad que ocupaba el puesto detrás del mostrador reconoció la presencia de Julián con un movimiento de cabeza—. Hoy te toca la quince. ¿Qué arma utilizará?

Tessa se dio entonces cuenta de que el hombre se dirigía a ella. Dejó el bolso sobre el mostrador y extrajo de él su pisto­la de calibre veintidós, las mariposas que sentía en su estóma­go desplegando todas sus alas.

—Ésta.

—¿Ha traído munición?

No había pensado en ello.

—Sólo lo que hay en el cargador.

Julián frunció el entrecejo.

—Dame cien. Cárgalo en mi cuenta.

Tessa hundió la mano en el bolso para buscar dinero.

—No, ya pago yo...

El hombre dejó una caja de balas en el mostrador para Julián.

—Aquí están.

Y antes de que ella pudiera decir nada más, Julián cruzaba las puertas.

La sala era una especie de cueva débilmente iluminada con carriles, recordaba una bolera. En el extremo había dianas de papel en forma de siluetas humanas. En el otro extremo había unas paredes divisorias de las que colgaban los números de identificación y que parecían pesebres. El ambiente olía extra­ño... ¿a pólvora? Exceptuando el zumbido del sistema de ven­tilación, la sala estaba en silencio.

Julián la acompañó hasta el compartimiento número quin­ce, le cogió la pistola y la munición, y dejó las balas en un mos­trador. Extrajo entonces del arma las balas que ella había car­gado previamente con todo cuidado y las depositó también en el mostrador.

—Y ahora cuéntame lo que sabes.

—¿Sobre armas? —preguntó Tessa, sintiéndose extraña­mente desorientada. Dejó la chaqueta en una silla y el bolso en el suelo.

El le devolvió la pistola.

—Para eso estamos aquí.

Sintiéndose tanto azorada como nerviosa, ella le señaló las distintas partes de la pistola: el cierre de seguridad, el tambor, el cañón, el percutor, la empuñadura, el gatillo.

Él le cogió la mano y dejó caer en ella seis balas.

—Veamos cómo la cargas.

Lo habría hecho más rápidamente y con menos dificultad de no haber estado él mirándola, pero no se lo comentó. Sus dedos se convertían en manazas por el simple hecho de tener­lo allí a su lado de pie, observándola con aquellos ojos azul oscuro. Con cuidado de no apuntar a nadie, introdujo las balas una a una y luego devolvió el tambor a su lugar.

—Bastante bien —dijo él. Cogió entonces de una estante­ría dos pares de gafas de seguridad y lo que parecían unos auri­culares—. Póntelo.

Tessa dejó la pistola cargada sobre el mostrador y obedeció sus órdenes. En cualquier momento le pediría que disparase, y la sola idea la aterrorizaba.

«Supéralo, Tessa. ¡Eres más fuerte que todo eso!».

Estaba dándole instrucciones. Se obligó a concentrarse en el sonido de su voz, profunda y cálida, y no en el latido acele­rado de su corazón.

—Mantén la vista al frente. Nunca intentes darle a nadie en la cabeza. Es un blanco demasiado pequeño. Apunta al cen­tro del cuerpo, en el torso. Unas cuantas balas en el pecho y el estómago detienen a cualquiera.

Tessa apuntó, cerró el ojo izquierdo y se concentró en ali­near su visión delantera con la parte superior del blanco que veía a lo lejos.

—No cierres el codo derecho. Apoya el brazo derecho...

«¡Bambam! ¡ Bambam!».

Tessa lanzó un grito ahogado, el corazón le estallaba en el interior de su pecho, las rodillas le flaqueaban. El suelo enlosa­do se tambaleó, la absorbió, la pistola resbaló de sus manos.

«¡Ayúdeme! ¡Me van a matar!».

Julián escuchó los disparos dobles de un arma de cuarenta y cinco milímetros unos cuantos compartimientos más allá y vio el cuerpo de Tessa estremeciéndose. Se quedó pálida y se derrumbó en el suelo.

—Tranquila, Tessa. —Le cogió la pistola, que estaba a punto de caer al suelo, la sujetó por la cintura y la acompañó hasta la silla.

«¡Bambam! ¡Bambam!».

Su cuerpo volvió a estremecerse y gritó, sus manos suje­tándose a la camiseta de Julián. El corazón le latía con tanta fuerza que podía incluso verse a través del tejido de su camise­ta de color rosa.

Le retiró las gafas y la protección acústica.

—No pasa nada, Tessa. Es sólo...

«¡Bambam! ¡Bambam!».

Se sacudió, lanzó un nuevo grito, sus pupilas dilatadas, su mirada vidriosa.

—¡Dejad de dispa...!

«Bambam! ¡Bambam!».

El tirador no podía oírle.

—¡Demonios! —Julián la cogió en brazos, atravesó los demás compartimientos y salió hacia la sala de espera del per­sonal. Cerró la puerta a sus espaldas de una patada, la depositó en un viejo sofá anaranjado y se sentó a su lado.

Tessa temblaba violentamente de la cabeza a los pies, respiraba con dificultad y seguía con la cara enterrada en su pecho.

Comprendía lo sucedido: había oído los disparos y su cuerpo y su mente habían reaccionado con el mismo miedo que sintió en el momento del asesinato. Era estrés postraumático. A lo largo de los años, lo había visto diversas veces en agentes experimentados. ¿Y qué demonios se suponía que de­bía hacer él ahora? Estaba entrenado para detener y matar delincuentes, no para consolar damiselas angustiadas.

—No pasa nada, Tessa. Respira lentamente. —Sintiéndose torpe, la atrajo hacia él y la abrazó, acariciando sus sedosos me­chones, los rizos envolviéndole los dedos. Olía de maravilla y la notaba menuda y delicada entre sus brazos. Eso es. Lenta­mente. Dentro y fuera. Dentro y fuera.

Sentía una rabia oscura en sus entrañas. Otra obra de Burien, otra mujer aterrorizada y traumatizada.

El ritmo de la respiración fue regularizándose y con él, también sus pulsaciones. Sin dejar de temblar, Tessa levantó la cabeza.

—¡Lo... lo siento! ¡Lo siento mucho! —Se despegó de su camiseta y levantó la vista para mirarle, como si le sorprendie­se encontrarse abrazada a él—.Yo... ¡oh, Dios mío! ¡Oh, Ju­lián! ¿Qué...? ¿He... he disparado?

Julián negó con la cabeza.

—Ni un solo disparo.

Tessa enterró su rostro entre sus temblorosas manos.

—¡Me siento tan avergonzada!

—No tienes por qué. Voy a buscarte algo para beber. ¿Coca-Cola o Pepsi? —Julián se levantó y se acercó a la má­quina expendedora destinada al personal.

—Cualquier cosa.

Julián introdujo unas monedas en la máquina y pulsó la te­cla de Pepsi. La máquina expulsó una lata. La cogió, la abrió y se la acercó a Tessa, arrodillándose delante de ella. Seguía tem­blando de tal manera que tuvo que sujetarle la lata y acercárse­la a los labios.

—Bebe un poco. Así está bien. Un poco más.

Ella bebió, su rostro le recordaba la expresión que había visto reflejada en él aquella primera noche... estaba pálida, conmocionada y horrorizada.

—Gracias.

—De nada.

Sus miradas se cruzaron y ella apartó la vista.

—Debes pensar que soy una inútil total.

—No. —Le apartó un rizo sedoso de la mejilla y se lo co­locó detrás de la oreja—. Qué va.

«Cuidado, Darcangelo. Estás entrando en terreno peli­groso».

Se había maldecido ya una docena de veces por haberla be­sado de aquel modo en la escalera. Lo último que necesitaba era empeorar la situación.

—Sigo viendo su cara, oyendo su voz. Sueño cada noche... ¡y hay mucha sangre! —Se le llenaron los ojos de lágrimas. Las secó con la mano—. ¡Maldita sea!

El se sentó a su lado y le acarició el cabello.

—Llorar no es ningún crimen, ¿sabes?

—Apuesto lo que sea a que tú no lloras.

No lloraba. No lloraba desde los cinco años de edad, cuan­do su padre le pegó y le dijo que era una niña.

—Lloro siempre... con las películas tristes, con los anun­cios de las tarjetas de felicitación Hallmark, en la ópera.

Ella le miró, pestañeó y sonrió.

—El intento ha estado bien, pero no te creo.

El se encogió de hombros y le acarició la mejilla con los nudillos.

—¿Por qué no me dejas que te lleve a casa? Creo que has tenido bastante de esto por hoy.

Ella se sentó más erguida y negó con la cabeza, sus rizos dorados balanceándose a uno y otro lado.

—No puedo.

Julián pensó por un momento que a lo que se negaba era a que él la acompañase a casa, y sabía que sólo él tenía la culpa de ello. Antes, en la escalera, prácticamente la había agredido. ¿Podía echarle la culpa por querer mantenerse alejada de él?

—Tengo que hacerlo, Julián. Tengo que intentarlo. Si no me enfrento a esto, nunca tendré la fuerza suficiente para vol­ver aquí y es posible que ni siquiera pueda volver a coger un arma en mi vida.

Tremendamente sorprendido por el hecho de que se plan­tease volver a probarlo, intentó calibrar su estado de ánimo.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Tengo que decir una cosa a tu favor, Ricitos de Oro. Tie­nes agallas.

Regresaron allí diez minutos más tarde, después de que Julián lo dispusiera todo para disfrutar de quince minutos sin nadie más en la zona de tiro. Le comentó la postura una vez más, acercó el blanco un poco más para que tuviese mayores probabilidades de alcanzarlo y le dio el visto bueno para empe­zar a disparar.

—Notarás como si la pistola saltase en tu mano. No dejes que eso te intimide.

Apretó el gatillo con una mirada decidida en su pálido ros­tro, los nudillos blancos.

«¡Pop!»

La pistola se estremeció y él vio la sorpresa reflejada en su rostro. Se dispuso a decirle alguna cosa para darle confianza pero se dio cuenta de que estaba completamente concentrada en el objetivo. Entrecerró los ojos y disparó cinco veces segui­das a toda velocidad.

«¡Pop!¡Pop!¡Pop!¡Pop!¡Pop!».

En el blanco aparecieron cinco agujeros... todos ellos en la zona pectoral.

Julián la miró, asombrado.

Tessa dejó la pistola en el mostrador y le regaló una sonri­sa temblorosa.

—¿Qué tal lo he hecho?

—Cariño, recuérdame que no debo volver a acercarme a hurtadillas a ti en un callejón oscuro.

Julián marcó el número de Dyson y puso un burrito congelado en el microondas.

Le había dado a Tessa su número privado del teléfono mó­vil por si había alguna emergencia, la había seguido hasta su casa y se había asegurado de que entraba sin problemas. Luego había vuelto a su casa y había intentado comprender ese nudo de sentimientos encontrados que le presionaba el pecho.

Comprendía lo del deseo. Era una emoción sencilla que se solucionaba con un buen polvo... la mayoría de las veces. Pero Tessa se lo inspiraba como ninguna mujer se lo había inspirado hasta ahora. La había besado por la mañana y había perdido el control, no había otra manera de describirlo. Pero incluso así, el deseo era un tema que podía solucionarse.

Incluso el instinto de protección que había experimentado en la pista de tiro tenía sentido. Pese a haber sido entrenado para ocuparse de malhechores y no consolar a las víctimas, el objetivo de su trabajo era precisamente proteger a la gente, in­terponerse entre la gente normal y corriente y los matones que merodeaban por las calles. Ella había necesitado su ayuda y él le había respondido. No había nada de extraño en ello.

Pero lo que le confundía era el sentimiento de ternura que ella le inspiraba. La había abrazado y habría querido se­guir abrazándola, sin ningún tipo de intención sexual, simple­mente para consolarla. Le había acariciado el cabello y le ha­bría gustado seguir acariciándoselo simplemente para seguir sintiendo aquella sensación de seda en sus manos. Le habría gustado borrarle aquellas lágrimas a besos simplemente para verla sonreír, para ahuyentar aquellos demonios que tanto la obsesionaban.

Seguramente todo se resumía en que iba caliente y necesi­taba penetrarla para olvidarla luego por completo. Pero aun así, se sentía en parte agradecido de que alguien les hubiera interrumpido y le hubiera impedido follársela sin pensar en me­dio de la escalera. ¿De qué demonios iba todo aquello?

«Se merece algo mejor. Eso es lo que pasa».

Necesitaba mantenerse alejado de ella, tanto por el bien de la chica como por el suyo. Si Burien iba tras ella, seguramente la tendría bajo vigilancia. Y si la tenía bajo vigilancia y veía a Ju­lián con ella...

Aquello no era plan.

Por lo que Julián sabía, Burien desconocía su existencia y, en consecuencia, su aspecto. Si todo seguía igual, Julián viviría más tiempo. Lo último que necesitaba en aquel momento era ser reconocido en el Pasha's o por la calle. La respuesta de Bu­rien a los agentes del FBI era tan simple como sucia: una bala en la cabeza.

—Aquí Dyson.

—Hemos identificado al asesino. Tobías Ronald Grant, veinticinco años. —Julián sacó la salsa de la nevera—. Sus hue­llas dactilares coinciden con algunas de las obtenidas en el apar­tamento del sótano. Ha hecho carrera: violaciones, robos. Le volaron la cabeza con una pistola del cuarenta y cuatro. A fina­les de semana tendremos los resultados de las pruebas de ADN.

—Veré qué más puedo indagar... colegas, direcciones co­nocidas, ese tipo de cosas. Margaux está terminando en Longmont. Resulta que su pista era sólida.

—¿Y Burien?

—No ha podido demostrar nada al respecto. Ha descu­bierto un supuesto salón de masajes donde las mujeres, todas sudamericanas, eran obligadas a trabajar. Quienquiera que di­rigía el local hacía tiempo que se había largado cuando Mar­gaux apareció por allí. Ahora está siguiendo las pistas que le han dado las víctimas, pero el tema del idioma ralentiza mucho la investigación. :

—Puedo colaborar, si quieres.

—Déjalo correr, Julián. Ya sabes lo territorial que Margaux puede llegar a ser.

Lo sabía, pero le daba igual.

—Esto no es ninguna competición. Si está resentida con­migo que lo demuestre durante su tiempo libre.

—No se hable más del tema. ¿Qué tal tus interrogatorios?

—Hasta el momento llevo quince fulanos. En su mayoría cantaron en cuanto vieron las fotografías que tomé de ellos en­trando y saliendo del garito, pero no han dicho nada que ya no supiese. Estamos obteniendo órdenes de registro para sus casas y sus ordenadores del trabajo y esperaremos los resultados de las pruebas de ADN antes de presentar cargos. Si alguno de ellos aparece dentro de María Ruiz, presionaremos para que los cargos sean por violación.

—¿Alguna cosa más?

—Deberíamos pedir a la policía local, tanto de aquí como de Omaha, que custodien a los dos testigos, al señor Simms y a la señorita Novak. Si Burien sigue fiel a su estilo, no tardará mucho en...

—Simms ha muerto. Su hermano lo encontró ayer por la mañana, pero no es lo que piensas. El forense de Omaha ha di­cho que ha sido un infarto.


1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   31

similar:

Índice iconIndice ( irá al índice general) II. Factores de riesgo 4

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice icon1.Índice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com