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Capítulo 13


Julián siguió a Tessa hasta su casa, manteniendo la distancia su­ficiente para poder vigilar la posible presencia de Wyatt. No había indicios del desgraciado. Era posible que la escolta poli­cial que había tenido hasta el campo de prácticas le hubiese es­pantado momentáneamente. O que Burien le hubiese rediseñado ya su anatomía por la pifia de la noche anterior... si es que lo de la noche anterior era, de hecho, una pifia.

Desde media manzana de distancia, Julián la observó en­trar en su aparcamiento y aparcar en la plaza que tenía reser­vada. Divisó el coche de policía sin señales estacionado en una plaza cercana, desde donde oficiales de paisano habían estado vigilando el edificio durante toda la tarde. El turno de noche que les relevaría llegaría enseguida, dos policías secretos elegi­dos personalmente por Julián y entrenados para el juego duro.

Si Wyatt rondaba por allí aquella noche, se encontraría de­lante de algo más que una mujer aterrorizada.

Julián le había pedido a Tessa que le dejara dormir otra vez en su sofá. La había visto aliviada al saber que estaría allí, pero le había hecho prometer que no volvería a dejarla fuera de combate.

—Se acabaron los cócteles Molotov, o lo que quiera que fuera eso —le había dicho—. Ni siquiera recuerdo haberme metido en la cama.

Julián pensó que era mejor no decirle que él la había lleva­do hasta allí en brazos. Y lo que había hecho, en cambio, era re­pasar con ella lo que harían.

Tal y como habían planificado, Tessa entró en su edificio en primer lugar. Los oficiales de paisano la vigilaron de cerca mientras ella recorría el camino de acceso, cruzaba la puerta recién arreglada y miraba su buzón. Julián se quedó fuera es­perando unos minutos y luego la siguió y utilizó la llave que ha­bía previamente duplicado para acceder al vestíbulo.

Diez minutos después, se encontraba en la cocina de Tessa intentando responder a sus preguntas lo mejor que podía.

—La verdad es —dijo, mientras descorchaba una botella de vino tinto—, que no lo sé.

Sirvió el líquido de color granate en una copa de cristal, la colocó delante de ella y dejó la botella a un lado. Él no bebía a menos que sus supuestas identidades se lo exigieran.

Ella se sentó, mirándole, nerviosa y con las manos entrela­zadas sobre su regazo. Se había cambiado y se había vestido con pantalones vaqueros y una camiseta azul de escote en V que arrastraba la mirada de Julián hacia sus pechos por mucho que intentara no hacerlo. Se obligó a mirarla a la cara, prohi­biendo a sus globos oculares descender más abajo del nivel de su barbilla.

«Eres un cerdo, Darcangelo».

Ella miró el vino sin verlo en realidad, luego cogió la copa y bebió un poco.

—A lo mejor le espanté con mi grito.

Julián llevaba toda la tarde intentando encontrarle la lógi­ca a la situación. Había dos posibilidades: que cuando atacó a Tessa, Wyatt estuviese actuando siguiendo las órdenes de Burien, o que no lo estuviese. Y ya que Julián no podía imaginar­se lo que Burien podía ganar si uno de sus secuaces la maltra­taba, se inclinaba más bien por lo segundo. Tal vez aún no le hubieran ordenado a Wyatt dar el golpe y se había entusiasma­do mirándola. O tal vez le habían ordenado matarla y no había tenido el valor para hacerlo. De tratarse de esto último, estaría muerto en menos que canta un gallo.

—Lo dudo —dijo por fin Julián—. Esos tipos son des­piadados. Disfrutan con los gritos de una mujer. Me imagino que hizo algo que no tenía que hacer y se largó de aquí antes de que pudieras verlo. O eso, o tenía que matarte y no tuvo valor para hacerlo.

Tessa se quedó estudiándolo, y Julián casi podía oír los en­granajes de su mente dando vueltas sin parar.

—Tú sabes quién es.

Julián llevaba toda la tarde intentando decidir qué debía contarle. Su vida corría peligro en sentidos que ni siquiera po­día imaginarse y darle a conocer la verdad, o parte de la mis­ma, podía marcar una diferencia. Pero, por otro lado, era pe­riodista, y no había forma de estar seguro de que no publicaría en el periódico todo lo que él pudiera contarle. Y pese a que aún no había publicado nada de lo que sabía sobre él —su nombre, por ejemplo—, no estaba seguro de que pudiera re­sistirse a la tentación de escribir un artículo sobre Burien si él le pasaba la información general. Además, no estaba autoriza­do a explicar nada. Ella ni siquiera debía saber quién era él.

—Lo que voy a decirte te lo digo estrictamente porque debes saberlo y es completamente confidencial, ¿entendido? Si publicas cualquier detalle de lo que voy a contarte, estarás ayu­dando y favoreciendo a los asesinos.

—Comprendido. —Dejó la copa de vino en la mesa—. Confidencial.

—Se llama John Richard Wyatt, veintidós años de edad. —Julián extrajo de su bolsillo la fotografía de Wyatt y la dejó en la mesa—.Tiene una larga lista de antecedentes, que va au­mentando. Estuvo implicado en el tiroteo del que fuiste testi­go, seguramente como cómplice.

»El hombre que creo que apretó el gatillo está muerto ya. Le volaron la cara a bocajarro con un Mágnum del cuarenta y cuatro, sin duda como castigo por haber dejado testigos. En­contramos su cuerpo el fin de semana pasado, junto con las llantas del coche, e identificamos el cuerpo gracias a las huellas encontradas en el apartamento del sótano. Llevaba aún su chaqueta de cuero.

Vio que los ojos de Tessa se abrían de par en par —una re­acción que rápidamente reprimió— y se preguntó si debería suavizarlo un poco. No suponía que los periodistas hablasen de crímenes con el detalle casual y escabroso que utilizaban los profesionales del cumplimiento de la ley. ¿O sí lo harían?

Tessa se quedó mirando la fotografía. Cruzó los brazos so­bre el pecho como si estuviese abrazándose, un gesto incons­cientemente defensivo que le provocó a él cierto dolor.

—Parece un niño.

—Este «niño» es un sociópata.

Apartó entonces la fotografía como si de repente no so­portara mirarla.

—¿Existe alguna posibilidad de que me cuentes de qué va exactamente todo esto? ¿Qué sucedía en aquel apartamento? ¿Por qué la asesinaron, quienquiera que fuese esa gente?

Julián cogió la fotografía y la apartó de su vista.

—¿No basta con lo que ya te he contado, Tessa? ¿Necesitas oír aún más para comprender que tu vida corre un grave peligro?

—¿Ni siquiera puedes decirme cómo se llamaba la chica? —En sus ojos brillaban las lágrimas.

Se arrodilló a su lado de cara a ella, y le secó una lágrima con el dedo pulgar.

—Estás intentando dar sentido a algo que no lo tiene, Tessa. Conocer su nombre no facilitaría las cosas. Te doy mi palabra.

—La vi morir, Julián. No puedo explicar lo que... —Ce­rró los ojos con fuerza en un intento de reprimir las lágrimas y volvió la cabeza.

—María Conchita Ruiz. Tenía dieciséis años.

«María Conchita Ruiz».

Tessa repitió mentalmente el nombre de la chica, una y otra vez, su cerebro gritando y diciendo que dieciséis años era una edad muy joven para morir. Y se dio cuenta de que Julián tenía razón. Conocer el nombre de la chica sólo servía para au­mentar su pesar.

«¡Por favor, señor, ayúdeme! ¡Ayúdeme! ¡Me van a matar!».

En aquel momento llamaron a la puerta y Tessa lanzó un grito sofocado y se puso en pie de golpe.

—No puede ser la pizza. Primero tendría que haberles abierto la puerta de la calle.

—Tranquila, Tessa. —Julián le acarició el brazo y extrajo la pistola de su arnés—. Seguramente alguien llegó en ese mis­mo momento y le dejó pasar. La gente de Denver es muy inge­nua y no teme por su seguridad. Iré yo. Tú quédate aquí para que no te vean.

Con el corazón a punto de estallar, Tessa cogió su bolso, buscó su pequeña pistola de calibre veintidós, se instaló en un rincón de la cocina y vio cómo Julián observaba por la mirilla.

Se dijo que estaba segura y recordó lo rápida y fácilmente que se había librado de todos los blancos en el campo de prác­ticas de tiro. Nunca en su vida había visto a nadie moverse con esa rapidez o con tanta precisión. Si Wyatt volvía a aparecer aquella noche, sería él, y no Tessa, quien corriera peligro. Tra­tó de ignorar su miedo, pero no pudo evitar sentirse aliviada cuando Julián guardó el arma, la miró sonriendo y abrió la puerta.

—Son veinte con cincuenta y tres —dijo una voz juve­nil—. Aceptamos talones con identificación.

Observó a Julián extraer la cartera del bolsillo trasero de su vaquero y sacar unos cuantos billetes.

—Gracias —dijo el chico—. Oye, tío, ¿es de verdad esa pistola?

Julián respondió, su tono de voz divertido.

—Claro, tío, sí que lo es.

Comieron la pizza sentados en la mesa, Tessa insistiendo en utilizar platos de verdad aunque comiesen comida rápida. Ju­lián intentó mantener una conversación trivial, formulándole preguntas sobre su trabajo, sobre otras investigaciones en las que hubiera trabajado, sobre Tom.

—Por lo que oí esta mañana, ese tipo es un capullo —dijo, sirviéndole más vino.

—¿Tom, un capullo? —Tessa, ya más relajada, no pudo evitar reír—. Lo que ocurre es que se toma muy en serio la responsabilidad del periodismo... pero sí, es un capullo rema­tado.

Cuando dejaron los platos en el fregadero y se trasladaron al salón, Tessa se sentía mucho más tranquila que los últimos días. El vino recorría sus venas como una puesta de sol de ve­rano, dejándole una sensación de paz y pereza.

—¿Por qué decidiste hacerte periodista? —le preguntó Julián. Se había despojado del arnés, lo había dejado colgado de una silla y se había sentado en el suelo junto al sofá, descansan­do su peso sobre un brazo, con una rodilla doblada, su camise­ta negra resaltando claramente sus pectorales. La contemplaba con sus ojos azules oscuros, su mirada calentándola tanto como el vino.

Tessa estiró las piernas, recostándose sobre un montón de cojines que había sobre el sofá.

—Se acabaron las preguntas respecto a mí. Ya lo sabes todo. Sabes cosas de mí que nadie sabe, cosas que me gustaría que no supieses. Seguramente puedes responder tú solo a esa pregunta.

Él entrecerró los ojos, como si estuviese evaluándola.

—Diría que tiene que ver con una necesidad de combatir en favor de los desvalidos, de defender a gente que no puede defenderse por sí misma. Tu historial te lleva a identificarte na­turalmente con los desvalidos. Y pienso que necesitas el reco­nocimiento público por ello. Sirve para demostrarte que huiste de todo eso, que ya no eres Tessa Bates.

Tessa notó que se le subían los colores.

—¡No necesito...!

El levantó una ceja.

—¿He sido demasiado directo?

De hecho lo había sido. Pero no podía darle la satisfacción de que lo supiera.

—Ya basta de hablar de mí. Has formulado tus veinte pre­guntas. Ahora me toca a mí.

—Me parece justo.

—¿Cuántos años tienes?

—Treinta y dos.

—¿Estás casado, divorciado, solte...?

—No me he casado nunca. Ni me casaré.

—Claro. —La respuesta no le sorprendió en absoluto, pero por algún motivo desconocido, su estado de humor no se alteró ni una pizca.

—¿Hijos?

—No, que yo sepa.

—¿Qué significa Darcangelo?

—Es mi apellido. —Reprimía una sonrisa.

—¡No! Me refiero a su origen étnico. —Cogió un cojín y se lo lanzó.

Él se defendió del ataque con el antebrazo.

—Soy medio italiano.

—¿Qué mitad? —Pronunció las palabras sin poder evitarlo.

¿Estaría flirteando con él? Ella nunca flirteaba con hom­bres.

Los labios de él se torcieron en una sonrisa lenta y sexy que le produjo un vuelco en el corazón.

—De la cintura para abajo.

Notó que se quedaba sin aire, que la cara le ardía, y se en­contró pensando distintas cosas que preguntarle.

—¿Por qué te hiciste policía?

Él le retiró un mechón de cabello que le caía sobre la me­jilla y aquella milésima de segundo de contacto fue como una sensación de electricidad estática sobre su piel.

—Me gusta pillar a malos tipos.

De haberlo dicho cualquier otro, le habría sonado a bufo­nada, pero Tessa sabía que hablaba en serio.

—¿Eso es lo que más te importa en la vida? ¿Patrullar por la gran ciudad y limpiar las calles de mala gente?

—Algo así.

Lo tenía muy cerca, su cuerpo irradiaba calor. No la había tocado, pero se sentía ya en el punto de fundición y su cuerpo tamborileaba con un deseo patente e innegable. Nunca se ha­bía sentido así, ni siquiera cuando Scott, borboteando palabras poéticas que ni siquiera pensaba, la desnudó por completo y le robó la virginidad en la habitación de aquella residencia estu­diantil.

Tessa cogió la copa de vino, bebió un poco e intentó re­cordar de qué estaban hablando. El trabajo de él.

—Eso suena a peligroso... y solitario.

—Hablando de soledad, ¿Por qué no hay un hombre en tu vida? Una mujer guapa e inteligente como tú, con una carrera profesional de éxito... cabría imaginar que a estas alturas esta­rías ya casada.

Tessa casi se atraganta y de repente deseó que ojalá estu­vieran hablando del tiempo. Aunque, la verdad, ¿por qué no afrontarlo directamente? De hecho, lo sabía prácticamente todo de ella.

Dejó la copa.

—Las mujeres de mi familia tienen poca suerte con los hombres. Mi abuela se casó con mi abuelo... una desgracia para ella. Mi madre... bueno, ya sabes lo de mi madre.

—Tuvo una hija con catorce años. Sí, lo sé. Debió ser duro para las dos.

Tessa había intentado no pensar en ello, pero su conversa­ción lo hizo imposible,

—Me ha llamado hoy. ¡Bendita sea! No he hablado con ella desde que me fui y ahora aparece salida de la nada y me cuen­ta que está trabajando en el Denny's de Aurora.

—¿Irás a verla?

Tessa negó con la cabeza, se encogió de hombros.

—No lo sé. Es complicado.

Él hizo una mueca.

—Es tu madre.

—Ése es el problema. —Las palabras de Tessa sonaron frías incluso para sus propios oídos—. ¿Estás en contacto con tu madre?

—Nunca conocí a mi madre. —Tanto su voz como su cara eran inexpresivas.

—¿Nunca conociste a tu madre? ¿Te dio en adopción o murió al nacer tú?

—No.

Se quedaron un momento sentados sin decir nada.

—Lo siento —dijo ella por fin—. He sido maleducada.

Él se comportó como si no la hubiese oído.

—De modo que tu madre cometió un error y te aver­güenzas de ella. ¿Qué tiene eso que ver con tus motivos para evitar a los hombres?

—¿Y quién es el maleducado ahora? —Tessa le miró de reojo—.Yo no evito a los hombres. Simplemente voy con cui­dado. Lo último que quiero es acabar como ella o como mi abuela: sola con un bebé o casada con un borracho violento. Además, la idea de tener relaciones sexuales con un hombre es mucho mejor que la realidad.

Con un leve movimiento, él se situó cara a cara con ella.

—¿Tan segura estás de eso?

Con el pulso acelerándosele, Tessa se descubrió mirándole la boca, preguntándose si la besaría, deseando que la besara, pi­diéndole a Dios que la besara.

—Segurísima.

Una de las manos de él penetró entre su cabello, acarició su nuca, movió su cabeza de tal modo que su boca quedase frente ala suya.

—Lo aceptaré como un reto.

Y entonces la besó.

Lentamente.

Le acarició los labios con los suyos una vez, dos, tres veces, produciéndole escalofríos. Luego, con un gruñido perezoso, la rodeó con su otro brazo y la atrajo contra su duro pecho. Pero siguió sin besarla del todo, saboreando primero su labio superior, luego el inferior, después las comisuras de su boca una y otra vez, hasta que sus labios sintieron un doloroso hormigueo y ella se encontró temblando de pura necesidad.

No tendría que estar haciéndolo. No quería ser utilizada, no quería ser una muesca más en la cama de ningún hombre. No quería cometer otro error estúpido. Durante todos aque­llos años, había ido con mucho cuidado de no acostarse con hombres que sólo querían sexo, hombres como Julián. Pero ja­más había conocido a un hombre como Julián, y hacía mucho tiempo que no la tocaba un hombre, mucho tiempo que no se permitía sentir.

Él se echó hacia atrás y la miró, sus labios húmedos, su en­trecejo fruncido, su mirada oscura.

—¿Qué tal lo he hecho hasta ahora, cariño?

No le dio tiempo a responder, sino que la besó... con fuerza.

«¡Oh, Dios, sí!».

Le introdujo profundamente la lengua, asoló su boca con asombrosa crudeza, descubriendo sus rincones más sensibles, chupando y pellizcando sus labios, inclinándole la cabeza para besarla más a fondo, dejándola sin respiración, consumiéndola. Ella gimió y le devolvió el beso, sus dedos enredándose en el cabello de él, su cuerpo deliciosamente consciente, un calor lí­quido inundándola entre los muslos.

La cogió por el cabello, le obligó a echar la cabeza hacia atrás y besó la piel de su cuello, pellizcó ese punto sensible de­bajo de la oreja, chupó el lóbulo, presionó sus labios contra su pulso. La barba de dos días le arañaba la piel, y aquel leve do­lor se convirtió en una fuente de placer.

—¿Más? —le susurró sin despegar la boca del cuello, su voz áspera, su respiración tan entrecortada como la de ella.

—¡Oh, Dios, Julián!

Julián lo tomó como un sí, haciendo caso omiso a la voz de su cabeza que le decía que aquello estaba muy mal, escuchan­do en cambio los gemidos de ella, la respuesta de su cuerpo y la tensión del suyo. No quería pensar en quién quería casitas con vallas blancas y en quién no. No quería pensar en Burien.

Sólo quería pensar en Tessa.

Con un gruñido, la hizo bajar del sofá y la acostó en la al­fombra debajo de él, besándola con más fuerza, su cerebro ar­diendo de puro y crudo deseo. Ella se arqueó contra él y aque­lla sensación de feminidad provocó la tensión de todos los músculos de su cuerpo, su pene duro como el acero presio­nando el tejido de su pantalón vaquero. Le habría gustado algo lento y tranquilo, pero le resultaba imposible tomarse las cosas con calma.

Sin dejar de besarla, le subió la camiseta con una mano y le bajó el sujetador, revelando unos pechos que podían incluirse entre los más bellos que había visto jamás... turgentes y cre­mosos, unos pezones de color rosado claro completamente ex­citados.

—¡Dios! —Agachó la cabeza y saludó aquellas puntas ro­sadas con un lengüetazo impaciente. Luego cerró los labios so­bre el pezón derecho para saborearlo mejor.

Ella lanzó un grito sofocado, luego gimió, un sonido sen­sual y femenino, sus dedos deslizándose por la nuca de él para agarrarle por el pelo.

—¡Oh, Julián, sí!

Impulsado por sus súplicas, sus gemidos y por su ardiente necesidad, tiró del pezón con los labios, lo chupó, agarró el otro pecho con avaricia, su dedo pulgar trazando círculos so­bre aquella piel suave como el pétalo de una flor.

¡Era tremendamente sensible! Reaccionaba a cada caricia de su lengua, a cada tirón de sus labios, como si su boca acariciase todo su cuerpo, su respiración entrecortada, sus caderas levantándose de la alfombra, el aroma almizclado de su res­puesta guiándole a él hacia extremos insospechados.

Trasladó la boca al otro pezón y lo chupó con fuerza, su mano descendiendo por la piel suave y sedosa de su vientre. Bajó rápidamente la cremallera y deslizó la mano por debajo de sus braguitas, sus dedos abriéndose camino entre su ri­zado y húmedo vello. No perdió el tiempo, sino que separó al instante sus hinchados labios e introdujo primero un dedo, luego dos, en aquel calor resbaladizo, cuidando en todo momento de rozarle el clítoris mientras entraba y salía sin parar.

Ella gritó, sus uñas clavándose en sus hombros, sus muslos abriéndose para facilitarle el acceso.

—¡Oh! ¡Oh, Dios mío, Julián!

—Estás a punto, lo noto. —Acarició con los labios un pe­zón tenso y húmedo, mientras su mano seguía ocupada salien­do y entrando en ella—. Cuando llegues, pienso arrancarte es­tos vaqueros, enlazar tus piernas en mi cintura y follarte tal y como has deseado desde que nos conocimos.

—Eres... eres un arrogante... ¡oh! —Respiraba con difi­cultad, su cabeza volviéndose de un lado a otro, sus ojos cerra­dos, su piel sonrosada—. ¡Oh, oh, Dios mío, sí!

Entonces, su respiración se interrumpió y llegó, arqueán­dose sobre el suelo, sus músculos internos presionando con fuerza, llevándole casi a explotar al pensar en su pene ocupan­do el lugar que hasta ahora habían ocupado sus dedos.

La acompañó manteniendo su ritmo regular, su boca sobre sus pechos, su cuello, sus labios, mientras el terremoto que ella tenía en su interior remitía lentamente... y el que él sentía a punto estaba de estallar.

De pronto, ella tiró de su camiseta, la retiró de sus pantalones, sus manos deslizándose hambrientas por la piel de su vientre y su pecho.

—¡Necesito tocarte! ¡Quiero tocarte!

—¡Por Dios, cariño, por mí puedes hacerlo! —Se pasó la camiseta por la cabeza, la dejó caer y bajó la mano para ayu­darla con la cremallera, el hambre que sentía de ella reco­rriéndole las venas.

Su pene, dolorido casi de tan duro que estaba, quedó por fin libre.

Y entonces se escuchó una voz en su radio.

—Sospechoso avistado. Código Negro.


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