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Capítulo 1.


El café era la heroína de Tessa Novak. Y en aquellos momentos la ansiaba con la desesperación de un yonqui callejero. Lo que quería —lo que necesitaba— era una dosis triple de sabroso café mexicano con leche, espumoso y aromatizado con vainilla. Aunque no le quedaría otro remedio que conformarse con la típica bazofia tóxica de la gasolinera.

«Te está bien empleado por no saber en qué hora vives, chica».

Las últimas cafeterías decentes habían cerrado hacía un cuarto de hora, mientras ella seguía estúpidamente sentada en su despacho releyendo informes.

Encaró el coche hacia el aparcamiento de la iluminada ga­solinera, esquivó un par de chicos que practicaban con su mo­nopatín, ignorantes tanto de los peligros del tráfico como de la fuerza de la gravedad, y estacionó junto a un monovolumen donde retumbaban canciones de Eminem. Sacó la cartera del maletín, salió del coche e inspiró el habitual hedor de gases de tubo de escape y gasolina.

Aunque era ya octubre, el ambiente seguía siendo cálido: uno de aquellos curiosos veranillos de San Martín de Colorado que parecían prolongarse eternamente. Pese a que prácticamente todos sus colegas del periódico estaban encantados con aquel clima cálido y soleado, a Tessa le apetecía que pasase pronto y empezara a nevar. Le gustaba el frío, le gustaba la re­pentina transformación de la ciudad sucia y gris en un univer­so de blanco puro y reluciente.

Se había criado en el Sur y no había construido su primer mu­ñeco de nieve hasta tres años atrás, cuando a los veinticinco años de edad se había trasladado a vivir a Denver. Y a pesar de que aque­llo era el detalle más mínimo de su nefasta infancia, en cierto sen­tido se había convertido en un símbolo de todo lo demás. La pri­mera tormenta de nieve del año se había convertido para Tessa en una especie de ritual, en la celebración anual de su huida.

Este año, la nieve llegaba con retraso.

Atravesó corriendo el aparcamiento y las abrió puertas de cristal. El olor de la ciudad quedó sustituido por el de perritos calientes rancios, detergente desinfectante... y café. Abriéndo­se paso entre la breve cola que esperaba para pagar en la caja, se dejó guiar por la nariz hasta el mostrador del fondo donde en­contró un recipiente de vidrio medio lleno de una sustancia que parecía aceite de motor sucio.

Se detuvo, lo miró, su cabeza luchando con fuerza contra su deseo. Miró entonces al camarero, un hombre mayor de pelo canoso y nariz hinchada.

—¿De cuándo es este café?

—¿Y cómo quieres que lo sepa? —Estaba mirando la caje­tilla de tabaco de una mujer, ni siquiera levantó la vista.

—Yo qué sé. —Tessa cogió el recipiente, olisqueó su con­tenido y mantuvo un tono amable—. A lo mejor resulta que usted trabaja aquí.

—Ya estaba aquí hace un par de horas, cuando llegué.

Lo que significaba que debía llevar reposando sobre el ca­lentador desde la época del nacimiento de Jesús.

Pero una dosis era una dosis.

Resignada a su destino, vertió el líquido negro en una taza grande de plástico espuma, cogió luego cuatro paquetitos de leche en polvo con sabor a vainilla y los añadió uno detrás de otro, deseando para sus adentros haberle echado un vistazo al reloj veinte minutos antes.

Se había quedado otra vez trabajando hasta tarde, más por­que no tenía nada mejor que hacer que porque realmente lo necesitara. Había entregado un montón de horas antes su con­tribución para el periódico del día siguiente (un breve artículo de seguimiento sobre un oficial de policía de la 321 que había sido asesinado en el transcurso de una detención por un caso de violencia doméstica). Había aprovechado su ausencia com­pleta de vida amorosa para pasar su noche del martes releyen­do los documentos que había solicitado a la oficina de contra­tos del departamento de policía. Sabía que su labor en aquel momento era básicamente seguir buscando pruebas, y que así era cómo empezaban muchas de las mejores historias de inves­tigación, con un periodista levantando piedras para ver qué se escondía debajo de ellas.

¿Y qué había encontrado hasta el momento? Poca cosa más que algún que otro gusano retorciéndose.

Ni un contrato lucrativo a nombre de algún familiar. Nada de gastos inflados sospechosamente. Nada de dinero transferi­do a empresas inexistentes.

El Jefe Irving controlaba estrictamente su barco... no a la perfección, pero sí estrictamente.

Tessa se dijo que debería estar satisfecha por ello. Al fin y al cabo, ella no era nadie para hacerle la zancadilla al Departamen­to de Policía de Denver. Que los polis no fueran también unos delincuentes era buena señal. Pero, por desgracia, el habitual «no pasa nada malo» no servía como sabroso titular de portada.

Tessa había abandonado Savannah para instalarse en Colora­do y ocupar el puesto de reportera policial del Equipo de Inves­tigación de élite del Denver Independent, el llamado «Equipo I». Relativamente novata en el mundo del periodismo, le había sorprendido que le ofreciesen el puesto. Y por ello trabajaba duro para demostrarle su valía a Tom Trent, el exigente jefe de redacción del periódico (sí, de acuerdo, el tipo era un imbécil redomado), cumpliendo un horario de auténtica explotación laboral, sacrificando horas de sueño y renunciando a cualquier oportunidad de romance, todo para simplemente justificar su puesto en el equipo. Pero llevaba ya un tiempo sin desenterrar nada que mereciese ser publicado. Lo que necesitaba era un gran reportaje.

Bueno, lo que en aquel momento necesitaba era cafeína.

Se llevó la taza a los labios, dio un sorbo e hizo una mueca. Estaba mucho más horrible de lo que se imaginaba, pero era potente. Dio un sorbo más largo y se acercó a la caja, agrade­cida de que la cola hubiese desaparecido.

Acababa de sacar un par de billetes de la cartera cuando se abrió la puerta, emitiendo un tintineo, y entró corriendo una joven y hermosa mujer de origen latino, el pánico reflejado en sus ojos, la cara llena de lágrimas. Descalza, vestida con bermudas vaqueras y una minúscula camiseta de tirantes, parecía extrañamente fuera de lugar para aquel momento del año.

¡Por favor, señor, ayúdeme! ¡Ayúdeme! —sollozaba—. ¡Me van a matar!

Con un sobresalto, Tessa se detuvo en seco.

La chica se acercó corriendo a la barra.

¡Ayúdeme! ¡Llame a la policía!

Era evidente que el camarero no entendía nada de lo que le decía la chica. Se quedó mirándola boquiabierto y confuso, paralizado como una estatua.

La boca de Tessa reconectó con su cerebro y hurgó en el bolso en busca de su teléfono móvil.

¿Quién? ¿Quién te va a matar?

La chica miró a Tessa con unos ojos castaños suplicantes, su cuerpo temblando, y luego echó un vistazo por encima del hombro.

¡Madre de...!

Todo terminó en un instante que pareció alargarse eterna­mente.

Un coche negro reluciente, una ventanilla tintada bajando. El grito horrorizado de la chica. Una explosión de balas y el cristal hecho añicos. Un rechinar de neumáticos. El hedor a caucho quemado.

Tessa se encontró de repente en el suelo bocabajo, el rápi­do martilleo de sus pulsaciones superando el peso del silencio. Frente a ella, la chica yacía sin vida sobre un charco de sangre y café, sus ojos abiertos y vacíos, las lágrimas rodando aún por sus mejillas.

—¿Vio usted el arma?

Era la segunda vez que Tessa repetía su declaración. El po­licía, un joven detective llamado Petersen a quien había visto antes un par de veces, estaba repasando sus notas, intentando ser detallista. La habían conducido al otro extremo del esta­blecimiento, mientras fotografiaban la escena del crimen y cu­brían y trataban de identificar el cuerpo de la chica. El servicio de ambulancias cargó el cuerpo en el vehículo para transpor­tarlo al depósito forense. Otra ambulancia se había encargado ya de transportar al hospital al camarero, víctima de un posible infarto.

En el exterior, las luces de una docena de coches patrulla lanzaban destellos de rojo y azul. Oficiales uniformados impe­dían el paso de los curiosos. Otros interrogaban a los testigos o registraban el establecimiento y el aparcamiento en busca de pruebas. Con los años, Tessa había estado en cientos de escenas de crímenes, pero era la primera vez que lo vivía desde la pers­pectiva de la víctima. Y por algún motivo, todo aquello no le parecía real.

—Sí, sí señor, pero sólo de refilón. —¿Por qué le costaba tanto pensar? Se envolvió con más fuerza con la manta que el abogado de la víctima le había dado, intentando evitar los tem­blores, obligándose a concentrarse—. Los disparos se produje­ron con enorme rapidez.

—Pero no pudo ver al tirador. ¿Es eso correcto?

—Sólo le vi el brazo. Llevaba guantes negros y una cha­queta de cuero negro.

—No consiguió identificar la marca del coche ni la matrí­cula.

—No, no señor. Vi un coche negro, reluciente, y enton­ces. .. —Se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llo­rar y tragó saliva—.Y entonces, empezaron a disparar.

Un coche negro, reluciente. Tapacubos plateados girando. A toda velocidad.

—Los tapacubos. —Hablaba sin ser consciente de ello—. Tenían una pieza aparte en el centro, dentada, como una sierra circular. Giraba sola... o eso parecía.

—Así que el conductor se compró unas llantas a la última. Eso podría ayudarnos. ¿Vio algún tipo de distintivo en ellas... algún símbolo?

Intentó hacer memoria.

—No, señor. Lo siento.

—Tengo que decirle que tiene usted un acento encanta­dor. ¿De dónde es?

Confusa ante una pregunta tan trivial, Tessa tardó un mo­mento en responder.

—De Georgia.

Entonces fue cuando le vio.

Estaba junto a la cinta de seguridad que había colocado la policía, en un extremo del aparcamiento, entre las sombras. Tenía el pelo oscuro y lo llevaba recogido en una cola de caba­llo que le llegaba hasta los hombros, su barbilla oscurecida por la sombra de una tupida barba de tres días. Medía un metro ochenta, como mínimo, e iba vestido con un par de pantalones vaqueros Levi's gastados... y una chaqueta negra de cuero. Y la miraba.

Tessa se cruzó con su mirada y el corazón le dio un vuelco.

—¡Hay un hombre...!

Pero había desaparecido.

—Había un hombre allí... un hombre con una chaqueta negra de cuero.

El detective Petersen miró por encima del hombro hacia donde ella le indicaba y frunció el entrecejo.

—¿A quién puedo llamar para que venga a recogerla, se­ñorita Novak?

—¿No piensa interrogarle? —La mirada de Tessa recorrió la oscuridad.

—Pediré a algún oficial que eche un vistazo. Pero en estos momentos, lo importante es llevarla a su casa sana y salva. ¿Tiene algún familiar a quien pueda llamar?

—No, no tengo familia.—Tessa no habría llamado a su madre ni aun estando en su lecho de muerte, ni aunque hubie­se vivido cerca de allí. Llevaban diez años sin hablarse—.Vol­veré en mi propio coche. Lo tengo aparcado aquí mismo.

El detective Petersen la miró con gran solemnidad.

—Lo siento, pero no puedo dejar que marche conduciendo su propio coche. Si pudiese telefonear a alguien..., a un amigo, a un compañero de trabajo.

Y Tessa se dio cuenta de que tenía razón. No podía poner­se al volante. Le costaba mantener las rodillas rectas. Y de re­pente sintió ganas de hablar con Kara.

—Llamaré yo.

Antigua componente del Equipo I, Kara McMillan era qui­zá la mejor periodista que Tessa conocía y una de sus mejores amigas. Kara había sido la responsable de una de las noticias más importantes de la historia de Denver... y había estado a punto de morir asesinada por ello. Si alguien podía compren­der cómo se sentía Tessa en aquellos momentos, ésa era Kara.

Tessa manipuló su teléfono móvil, buscó hasta encontrar el nombre de Kara y marcó automáticamente el número. No le respondió Kara, sino Reece, el esposo de Kara, que era senador.

—Kara está acostando a Connor y Caitlyn —le explicó—. ¿Le digo que te llame?

El cálido sonido de su voz hizo que Tessa se desmorona­se. Notó el escozor de las lágrimas en los ojos y que le temblaba la voz.

—Siento..., siento molestaros, pero necesito que me ha­gáis un favor. Estaba..., estaba tomando un café, y apareció ese coche, y... le dispararon, Reece. Está muerta.

—¿Quién está muerto? ¿Te encuentras bien, Tessa? ¿Dón­de estás? ¿Estás con la policía?

—Estoy bien..., sólo un poco conmocionada, supongo. —Se obligó a concentrarse—. Estoy en la gasolinera del cruce de Colfax con York. Y, sí, estoy con la policía.

—Busca un oficial que vaya armado y no te separes de su lado. Voy enseguida.

Julián Darcangelo observó a la preciosa rubia subir al todoterreno del hombre que había ido a recogerla..., seguramente su marido o su pareja. Su joven rostro reflejaba tanto horror como conmoción, las reacciones de la mente sana al enfrentar­se a la jodida realidad del asesinato.

¿Cuánto hacía que Julián no sentía esas emociones?

Ni siquiera se molestó en intentar recordarlo.

Siguió mirando al todoterreno, que dio media vuelta y enfiló Colfax abajo y, por mera costumbre y sin abandonar nunca la penumbra, memorizó la matrícula del vehículo. En ningún momento había pretendido que le viera y la reacción reflejada en su cara le había sorprendido. Pareció reconocerle, pero era imposible. Llevaba en Denver pocos meses y había pa­sado la mayor parte de ese tiempo en lugares que ninguna mu­jer frecuentaría de poder elegirlo. Además, estaba seguro de no haberla visto nunca. Aquella melena rubia ondulada y aque­llos grandes ojos azules no la convertían precisamente en el tipo de mujer que un hombre olvidaba fácilmente.

El asesino tampoco la olvidaría, y era muy posible que re­gresara para rematar su trabajo. Burien odiaba las chapuzas. No quería testigos, sobre todo testigos que hubieran cruzado algu­na palabra con la víctima. A Julián no le sorprendería nada que el autor de los disparos apareciera muerto en un callejón en el plazo de una semana, acribillado por las balas de su propia arma. Burien tenía un carácter repugnante, incluso dentro de los cánones de un viejo mafioso ruso.

A Julián le daba la sensación de llevar la vida entera persi­guiendo a Burien. Había empezado a seguir la pista de Burien y sus compinches (Rafael y Clemente García y Jarrett Pembroke) a finales de la década de 1990 y había acabado infiltrán­dose en el operativo de García. Había mandado a la cárcel a García y a Pembroke y se hizo justicia cuando murieron entre barrotes, García suicidándose y Pembroke apalizado por su compañero de celda. Pero Burien había conseguido escapar.

Julián había asumido la plena responsabilidad del caso. Ha­bía dejado que su trabajo le llevase hasta él y un error de cálcu­lo le había costado su relación con Margaux, había provocado la muerte de dos buenos agentes y había dado a Burien la opor­tunidad que necesitaba para escabullirse. Julián había presenta­do su dimisión al día siguiente, pero nunca había dejado de perseguir a Burien.

Cuando Ed Dyson le reclamó desde los cuarteles genera­les de Washington, D. C. y le pidió que le ayudara a sacar a Bu­rien de su escondite, Julián accedió, aunque ello significara te­ner que trabajar de nuevo con Margaux, responsable de la sección de informática. Borrar a Burien de la faz de la Tierra valía mucho más que cualquier precio personal que tuviera que pagar por ello. Llevaba ahora cuatro meses como enlace entre el FBI y la unidad responsable del Departamento de Policía de Denver. No era el trabajo clandestino al que estaba acostum­brado, pero el puesto le permitía trabajar de forma indepen­diente, utilizar a voluntad los recursos policiales y pasar mucho tiempo en las calles, siguiéndole la pista a Burien.

Y Julián estaba cerca, muy cerca. Lo intuía.

Había tenido una semana entera bajo vigilancia el aparta­mento que Burien tenía en un sótano, sabiendo que era una de las guaridas de Burien. Había decidido no acercarse aún del todo, seguro que de haberlo hecho habría espantado a Burien y le habría hecho replegarse más si cabe. Nunca se había imagi­nado que una de las chicas fuera a escapar. Nunca escapaban. Tenían demasiado miedo, estaban demasiado drogadas, dema­siado destrozadas para huir.

«¡Maldita sea!».

El oficial de paisano que había estado vigilando el lugar aquella noche afirmó no haberse dado cuenta de que la chica había huido hasta que los hombres de Burien subieron al coche para perseguirla. Le había llamado, dudoso sobre cómo inter­venir, sin saber si las órdenes que tenía le permitían intervenir. Julián estaba en el otro extremo de la ciudad y había oído la lla­mada a través de su emisora de la policía. Cuando llegó, la chi­ca ya estaba muerta.

Burien era ahora responsable de un nuevo asesinato, un peso que caía con fuerza sobre los hombros de Julián. Había llegado a acostumbrarse a aquel peso, a la carga de saber que había permitido que un asesino siguiese matando. Ambos lo pa­garían: Julián cargaría con ese peso durante el resto de su vida y Burien cuando cayera entre rejas o alguien le cruzara la cabe­za con una bala.

Julián vio desaparecer las luces traseras del todoterreno, confió en que el hombre que lo conducía fuese lo bastante in­teligente como para saber proteger a la mujer que llevaba a su lado, y luego miró su reloj. Primero, registraría el apartamen­to con un equipo para reunir cualquier prueba que hubiese quedado. Luego iría a comisaría y se aseguraría de que los nombres de los testigos no apareciesen en el informe policial, donde Burien podía localizarlos fácilmente. Se volvió y echó a andar por la calle oscura, sin poderse quitar de la cabeza la imagen del rostro conmocionado de aquella preciosa rubia.

—¡Si no me hubiese quedado paralizada! —Tessa se secó sua­vemente las lágrimas. Odiaba llorar delante de nadie, ni si­quiera delante de amigos—. ¡Si hubiese marcado enseguida el número de emergencias o si hubiera tirado de ella hacia el pa­sillo!

Se había duchado para limpiar los restos de sangre de la chica y se había puesto un camisón y un batín de Kara mientras su ropa pasaba por la lavadora y la secadora.

—No es culpa tuya. —Kara estaba sentada a su lado, ves­tida con unos pantalones de chándal y una camisa de algodón que evidentemente era de Reece, y llevaba su larga melena os­cura recogida en una trenza suelta. Se la veía increíblemente serena por ser madre de dos pequeños—. En esos pocos se­gundos, no podías haber hecho nada que hubiese provocado un resultado distinto.

—Bebe. —Reece le puso un vaso entre las manos—. Kara tiene razón. Es imposible que la policía pudiera haber llegado a tiempo y no creas que un expositor de patatas fritas pudiera haber detenido los disparos de un arma automática. Es un mi­lagro que no te mataran también a ti.

Tessa intentó no pensar en eso. Sabía que había estado muy cerca. Cuando se inició el tiroteo debía estar a menos de un metro de distancia de la chica.

—Supongo que fue una suerte para mí que ese tipo tuvie­ra buena puntería.

«Una suerte para mí. No tanta suerte para ella».

Dio un buen trago al vaso que Reece le acababa de dar, sin darse cuenta, hasta que notó la quemazón, de que aquello era whisky. Tosió, y dio un nuevo trago.

—¡Oh, Tess, no sabes cuánto lo siento! —Kara la rodeó por los hombros para consolarla—.Y deja de hacerte la dura. Acabas de sobrevivir a una pesadilla. Después de haber sido testigo de un asesinato, nadie está obligado a sentirse como si tal cosa.

Su compasión tocó el corazón de Tessa y las lágrimas aso­maron de nuevo.

—¿Lloriqueaste así después de que ese desgraciado inten­tase matarte en la fábrica de cemento?

—Tuve pesadillas durante meses y lloré mucho. Pregúnta­le a él.

Reece movió afirmativamente la cabeza, muy serio.

—Si esto no te hubiese conmocionado, serías una persona muy extraña.

Tessa rió.

—Bueno, no está mal saber que no soy un bicho raro.

—No sabía que hablabas español. —Reece le sirvió más whisky—. ¿Lo estudiaste en la universidad?

Tessa negó con la cabeza y habló sin pensar.

—Lo aprendí de pequeña.

—¿En Georgia? —Kara puso cara de sorpresa.

Pero Tessa no se había criado en Georgia. Nunca había ex­plicado a sus amigos dónde había nacido, ni siquiera cómo ha­bía llegado al mundo. Toda esa vida quedaba atrás.

Cambió de tema.

—Después del tiroteo vi un hombre. Me observaba mien­tras yo hablaba con la policía. Llevaba una chaqueta de cuero negro, igual que el asesino. Cuando le vi, se esfumó. Se lo dije al oficial, pero no mostró ningún interés. Alguien tiene que en­contrarlo.

—Estoy seguro de que la policía sabe lo que se hace. —Reece se sentó en el sofá otomano situado enfrente de ella y le posó la mano en la rodilla para tranquilizarla—. Mejor que eso lo dejes en sus manos.

Tanto Tessa como Kara le miraron.

Reece se puso en pie y se pasó la mano por el cabello.

—Claro, tenéis razón. Eres periodista, y eso significa in­tentar dar caza a los asesinos, ¿no es eso?

—¡Reece! —Kara puso mala cara.

Pero Tessa necesitaba explicarse.

—Era muy joven. Era joven y asustada, y la mataron, a tiros.

Vi cómo ocurría. La vi morir. Me suplicó que la ayudase, y en lugar de ayudarla, vi cómo moría. Tengo que hacer alguna cosa.

Reece cruzó los brazos sobre su pecho y adoptó la pose rí­gida del senador que era.

—Esta noche no. Acaba esta copa y luego vete a dormir.

—Gracias, sois estupendos los dos.

Se oyeron sollozos arriba.

—¡Caitlyn! Estoy tratando de destetarla. —Kara movió la cabeza y luego miró a Reece—. ¿Vas tú a verla, cariño? Si me ve a mí, sólo querrá...

—... querrá pecho. Yo tengo el mismo problema. —Ree­ce le guiñó un ojo a su esposa, sonriendo, y desapareció esca­leras arriba.

Tessa sonreía también.

—Eres muy afortunada, Kara.

Kara le dio un abrazo reconfortante.

—Un día encontrarás al hombre que te mereces, Tess. Y ahora, vamos a instalarte bien cómoda.

Tessa se encontró enseguida acostada entre suaves sábanas que olían a suavizante, su estado de nervios calmado gracias al ja­bón, al whisky y la amistad. Un hogar con una madre, un padre y niños pequeños resultaba reconfortante. No sabía exactamen­te por qué, pero le gustaba, tal vez porque nunca lo había tenido.

«Un día encontrarás al hombre que te mereces, Tess».

Tessa confiaba en que fuera cierto. Anhelaba tener lo que Kara tenía: una carrera profesional, niños, un matrimonio fe­liz, un hombre que la mimase. Pero no podía esperar mucho. Las mujeres de su familia habían tenido poca suerte con los hombres. Y mientras intentaba conciliar el sueño, no eran pre­cisamente pensamientos sobre su hombre ideal lo que ocupaba su cabeza, sino la imagen del hombre vestido con la chaqueta negra de cuero.
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