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Capítulo 2.


En el apartamento abandonado encontraron exactamente lo que Julián sabía que encontrarían. Los policías, nuevos en este tipo de cosas, no sabían de qué iba nada y Julián, que quería evitar cualquier tipo de filtración, no pensaba informarlos al respecto.

La habitación delantera era un caos de envoltorios de co­mida basura, botellas de alcohol medio vacías y desperdicios de todo tipo. Había un sofá de color beige lleno de manchas fren­te a un televisor colocado encima de una caja de madera. Jun­to a la caja había docenas de vídeos, pornográficos a buen se­guro, y caseros en su mayoría.

La cocina apestaba a basura de hacía muchos días, el frega­dero estaba lleno hasta arriba de platos de papel, latas de cer­veza y paquetes de comida. El baño, apenas iluminado, olía a meados y a moho, el suelo tenía manchas anaranjadas de orines y en el lavabo había mugre y pelos.

—La sirvienta estaría de vacaciones —le dijo Julián a Petersen, demasiado joven e inmaduro como para sentirse trau­matizado.

Al otro lado del baño, el dormitorio pequeño albergaba dos camas grandes por hacer, una a cada lado. En un pilar de una de las camas había atado un cable eléctrico: una forma cruel y dolorosa de retener a alguien allí. Exceptuando un pu­ñado de cintas de vídeo, el armario estaba vacío.

Pero lo más revelador era el dormitorio principal. Cuatro colchones en el suelo, las sábanas que los cubrían manchadas de semen y sangre seca. Un pequeño recipiente de plástico lle­no de docenas de condones usados. Envoltorios de preservati­vos de color negro y dorado repartidos sobre la sucia alfombra de color marrón claro. En un rincón, un montón de cuerdas de cuero, de las que se utilizan para atar a una mujer de manos y piernas a la cama. Jeringuillas usadas, cajas de píldoras anti­conceptivas a medias, antibióticos, compresas y cajas de con­dones por estrenar.

—Vaya puta mierda. —Petersen miraba a su alrededor, asombrado—. Debía ser prostituta.

—No hagas suposiciones, Petersen. —Julián le habló em­pleando un tono neutral y miró el reloj. Saldrían de allí a las tantas.

—¡Mira todas esas jeringuillas! ¿No deberíamos llamar a los de narcotráfico?

—Hasta que yo no diga lo contrario, esto es una operación de la brigada del vicio. ¿Entendido?

—Sí, Darcangelo.

Julián pensó en la chica cuya sangre había visto derramada sobre las frías baldosas aquella misma noche. Había huido en busca de la libertad, y había encontrado la muerte. Alguien la había silenciado, pero aquellas pruebas, correctamente gestio­nadas, hablarían por ella. Julián se aseguraría de que así fuese.
Tessa durmió poco, sus sueños convertidos en pesadillas en cuanto el efecto del whisky hubo desaparecido. Siempre lo mismo: la chica cruzaba corriendo la puerta, pedía ayuda y era acribillada mientras Tessa observaba la escena, paralizada, in­capaz de respirar o gritar o moverse. Y cada vez, Tessa se des­pertaba, sofocada y buscando aire, empapada en sudor frío.

Finalmente dejó correr cualquier intento de conciliar el sueño y se quedó mirando la CNN sin volumen hasta que Kara y Reece se levantaron. Entonces, mientras Kara preparaba a Connor para ir al colegio, Reece acompañó a Tessa a la gasoli­nera para recoger su coche.

—Puedes quedarte con nosotros todo el tiempo que quie­ras —le dijo—. Este fin de semana iremos a la cabaña. Nos en­cantaría que nos acompañases. Me han dicho que es posible que por allí empiece ya a nevar.

—Gracias. Lo tendré en cuenta. —Le dio un abrazo y un beso en la mejilla, salió del todoterreno y se volvió para en­frentarse al escenario que había estado obsesionándola durante toda la noche.

A la luz del día tenía otro aspecto: pequeño, sórdido, de­solado. Las puertas y las ventanas destrozadas del pequeño establecimiento estaban cubiertas con tablones de madera. El edificio estaba acordonado con la típica cinta amarilla que uti­lizaba a esos efectos la policía. El interior estaba oscuro, ex­ceptuando un fluorescente que parpadeaba sin cesar.

¿Cuántas veces habría pasado en coche por allí? ¿Cuántas veces se habría parado a repostar o a tomar un café? Ahora se preguntaba si sería capaz algún día de volver a cruzar esas puertas.

Le resultó extraño pensar que si hubiera llegado a tiem­po a su cafetería favorita, no habría sido testigo del asesinato. Y hbría sido una nota de prensa más, un artículo más: «Joven asesinada a tiros desde un coche en marcha, investigación en curso».
Pero había sido testigo del crimen. Había visto a una joven vivir aterrorizada los últimos momentos de su vida antes de ser cruelmente asesinada. Sabía que nunca lo olvidaría.

Entró en el aparcamiento un monovolumen de color rojo y se detuvo junto a un poste de gasolina. Salió de él un hombre trajeado, hablando a gritos por su teléfono móvil. Tuvo que pa­sar tres veces la tarjeta de crédito para darse cuenta de que la gasolinera estaba cerrada. Marchó resoplando y de mala gana.

Tessa buscó en el bolso las llaves del coche, abrió la puerta y se sentó al volante, decidida a mantener la calma. Regresó a casa, intentó reanimarse con una ducha caliente e hizo lo posi­ble para ocultar con maquillaje sus oscuras ojeras.

—Estás horrorosa —le dijo a su cara reflejada en el espejo.

Su propia cara la observaba con ojos enrojecidos, hincha­dos y rodeados de sombras.

En parte, le habría gustado llamar diciendo que estaba en­ferma y meterse en la cama, pero estaba ya cansada de tanto llorar. Sabía que escondiéndose no podría ayudar a nadie, sobre todo a la chica asesinada la noche anterior. Además, segura­mente no podría dormir. Era mejor seguir con su rutina y en­frentarse cara a cara con la jornada que tenía por delante.

Buscando el consuelo de lo conocido, se vistió con su tra­je chaqueta favorito de seda negra —el color le pareció de lo más adecuado— y se dirigió en primer lugar a su cafetería ha­bitual para saborear una taza de su salvación, y luego al perió­dico. Después de haber dado unos cuantos sorbos al café y de camino a su despacho, se sentía casi humana.

Verificó los mensajes del contestador y de correo electró­nico, y a continuación repasó la montaña de notas de prensa que había recogido en su casillero. Un nuevo robo de ketamina en una clínica veterinaria. Una supuesta violación. Un acciden­te mortal en la 1-70.

Sorprendida al no encontrar ninguna mención sobre el ti­roteo, cogió el teléfono y marcó.

—No vamos a publicar el informe policial. —Larry, de la oficina del sheriff, estaba más gruñón de lo habitual—. El inci­dente sigue bajo investigación. Ya conoces los trámites.

Sophie Alton, desde el extremo opuesto de la sala de re­dacción, señaló su reloj y levantó tres dedos. En tres minutos tenían reunión del Equipo I.

Tessa movió afirmativamente la cabeza, preparó el mate­rial para la reunión y buscó un lápiz afilado.

—¿Sabes si el Jefe Irving piensa emitir algún tipo de comunicado?

—Para eso tendrás que llamar a la oficina de prensa.

Se obligó a hablar con un tono acaramelado. Lo mínimo que podía hacer era intentar hacerle sentirse culpable.

—Gracias, Larry. Has sido de gran ayuda. Sé que tu tiempo es muy valioso. Que tengas un buen día, seguiremos en contacto.

Colgó.

—¡Que te zurzan!

—¿Larry haciendo de nuevo el gilipollas? —Matt Harker, el reportero local, se levantó y alisó su desesperadamente arrugada corbata... la corbata que se ponía cada mañana y que guardaba en su escritorio cada tarde—. Alguien debería inves­tigar por qué los funcionarios locales son tan repelentes. ¿Aca­so los entrenan para actuar así? ¿Acaso alguien les ha robado el Prozac? ¿Tanto café beben?

—No te metas con el café, Harker. —Tessa cogió su café con leche y siguió a sus compañeros hacia la sala de reunio­nes—. No está bien insultar las religiones de los demás.

Sophie, con su liso cabello cobrizo recogido en una trenza francesa y sujetando una botella de agua en una mano y un cua­derno en la otra, se retrasó para esperarla.

—¿Te encuentras bien? Se te ve cansada y enfadada.

—Gracias. —Tessa se obligó a sonreír como si acabara de recibir un gran cumplido—. Cansada y enfadada era precisa­mente el aspecto que quería tener esta mañana.

Sophie hizo una mueca.

—Muy bien, no me cuentes nada de lo que sucede.

Tessa notó la preocupación en la mirada de su amiga y pen­só en explicárselo. Sophie era tal vez su mejor amiga. Compar­tían las penurias de trabajar para Tom Trent, de estar eterna­mente solteras, y de trabajar en el terreno predominantemente masculino del periodismo de investigación. Pero Tessa no se veía capaz de explicarle a Sophie lo de la noche pasada... no sin volver a llorar.

Prefería enfrentarse a un pelotón de fusilamiento que llo­rar en la sala de redacción.

Cuando llegaron a la sala de reuniones, Tom estaba espe­rándolas dando golpecitos de impaciencia en el cuaderno con su bolígrafo. Era un hombretón: más de metro ochenta y se­guramente rondando los ciento treinta kilos de peso. Con una greña de cabellos canosos, siempre miraba a Tessa como una especie de cruce entre perro pastor y defensa de fútbol, aun­que su personalidad era la de un pitbull de pura raza.

A su izquierda estaba sentada Syd Wilson, la directora edi­torial. Su trabajo consistía en conseguir que todas las noticias encajaran en la edición, y habían empezado a salirle canas desde que trabajaba a las órdenes de Tom. Joaquín Ramírez, el sensual fotógrafo que recordaba a las mujeres del periódico a un joven Antonio Banderas, estaba hablando con Syd sobre diversas po­sibilidades fotográficas, mientras que Katherine James, el miem­bro más nuevo del equipo, repasaba sus notas. Seleccionada personalmente por Tom para ocupar el puesto de Kara, Kat ha­bía llegado a Denver directamente desde el periódico de su ciudad. natal, Window Rock, Arizona, dentro de la reserva de los indios navajos, donde había escrito una primicia sobre unas mi­nas de uranio tóxico. Menuda, con una melena oscura que le llegaba hasta la cintura y unos ojos verdes almendrados que re­velaban su ascendencia mestiza, era tremendamente reservada.

Tessa tomó asiento, garabateó algo en su cuaderno, e in­tentó decirse que aquello era simplemente un miércoles más, una reunión más del Equipo I.

Tom nunca perdía el tiempo en charloteo.

—Alton, ¿qué novedades tenemos?

Sophie justo acababa de sentarse.

—Ayer recibí un soplo sobre una mujer que ha inter­puesto una demanda contra el Departamento de Corrección de Menores. Dice la demanda que se puso prematuramente de parto estando en aislamiento, que pidió ayuda y que los cela­dores se burlaron de ella porque no se la creyeron. Pasó toda la noche de parto sola en su celda y el bebé nació muerto a la ma­ñana siguiente.

Las miradas de Tessa y Sophie se encontraron, compartie­ron el asco y la rabia que sentían. Pero el periodismo de inves­tigación era eso: alumbrar tenuemente los rincones oscuros para que los malhechores no tuvieran dónde esconderse.

Tom no tuvo ningún tipo de reacción aunque, después de toda una vida dedicada al periodismo, era muy posible que hu­biera visto y escuchado de todo.

—¿Qué puedes tener preparado para la hora del cierre?

—Puedo escribir una visión general del caso... unos cua­renta centímetros de longitud. Durante la semana, me gustaría hacer el seguimiento desde el punto de vista médico: cuántos médicos por reclusa, el nivel de equipamiento del centro peni­tenciario para afrontar las urgencias médicas de las mujeres allí Internadas, cosas así. He cursado una solicitud para pedir el historial y ahora estoy en el momento de las típicas evasivas para posponerlo.

Syd movió afirmativamente la cabeza, anotó alguna cosa, hizo los cálculos.

—¿Fotografías?

—La foto de la ficha policial de la demandante.

Tessa estaba pensando de nuevo en la noche anterior. No había escuchado la historia de Matt sobre los miembros del consejo municipal que mantenían reuniones secretas ilegales a través de un circuito cerrado de correo electrónico desconoci­do hasta el momento. No había escuchado a Katherine relatar las últimas noticias sobre Rocky Fíats, antigua planta de fabri­cación de armas nucleares abierta ahora al público como área recreativa donde la gente podía hacer un picnic rodeada de plutonio.

«¡Por favor, señor, ayúdeme! ¡Ayúdeme! ¡Me van a matar!».

—¡Tessa! —Sophie se inclinó hacia delante y posó la mano sobre el antebrazo de Tessa.

—¿No has tomado aún suficiente café? —Joaquín sonreía.

Abochornada, Tessa se enderezó en la silla y miró sus ano­taciones.

—Ha habido otro robo de ketamina en una clínica veteri­naria. Es el tercero en lo que va de mes. Podría ponerme en contacto con la brigada antidroga y ver si estamos ante la nue­va moda de la ketamina. Pero hay algo más...

Hizo una pausa y se armó de valor.

—Anoche fui testigo de un asesinato... dispararon desde un coche en marcha.

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala de reuniones.

Tom no dijo nada.

Tessa respiró hondo y se obligó a dejar de lado sus emo­ciones.

—Me había parado en la gasolinera que hay en el cruce de Colfax con York y vi cómo mataban a tiros a una adolescente. Cuando dispararon, yo estaba a menos de un metro de ella. La policía no ha emitido aún el informe ni ningún tipo de declara­ción, pero igualmente me gustaría publicarlo ya.

—¡Por Dios, Tessa! —Sophie la miraba con sus ojos azules abiertos de par en par—. ¡Podrían haberte matado!

Fiel a su estilo, Tom no perdió el tiempo en expresiones de compasión.

—¿Qué tienes pensado?

Tessa lo supo en cuanto se lo preguntó.

—Me gustaría escribir un relato en primera persona, como testigo presencial. Me gustaría seguir el caso en su tra­yectoria por el sistema judicial. Puedo aprovechar mi conoci­miento sobre la policía y los tribunales para completar mi ex­periencia personal como testigo del crimen.

Las pobladas cejas de Tom se unieron en el entrecejo y abrió la boca, dispuesto a hablar.

Segura de que iba a rechazar su idea, Tessa le interrumpió.

—Sé que se sale de lo habitual, pero no puedo ser objeti­va en esta historia, de modo que no podría fingir. Pienso que un relato de los hechos en primera persona hará comprender a la gente lo que es un asesinato de un modo que un artículo de prensa normal jamás podrá conseguir.

—Me parece una idea estupenda —apuntó Syd—. Seguro que atraerá lectores... un misterio de asesinato en la portada del periódico.

Sophie, Matt y Joaquín mostraron también su apoyo.

—Hay un tema que deberías tener en cuenta, de todos

modos. —Kat colocó detrás de su oreja un largo mechón de pelo negro—. Le darás a conocer al asesino todo lo que cono­ces sobre el asunto. ¿Estás preparada para ello?

Tessa recordó el terror reflejado en los ojos de la chica. «¡Por favor, señor, ayúdeme!». Gritos. Balas. Sangre.

«El hombre de la chaqueta negra de cuero». En lugar de miedo, sintió rabia.

—Sí, creo que lo estoy. —Se produjo un momento de silencio. Entonces, Tom dejó su bolígrafo junto al cuaderno de notas. —De acuerdo, Novak. Adelante. Pero no escribas chorra­das de color rosa. ¡No somos Hallmark!
Con la bolsa de deporte colgada del hombro, Julián caminaba por la deshilachada alfombra de color azul y naranja que cubría el vestíbulo del hotelucho, una alfombra que daba la sensación de no haber sido limpiada desde la década de los setenta. Había estado en centenares de lugares como aquél, infestados de cucarachas, vertederos que se alquilaban por horas y que se amontonaban en los rincones más oscuros de cualquier ciudad. Y seguían en el negocio gracias a una sola cosa: la compraven­ta del comercio sexual. Baratos, clandestinos y regentados por gente demasiado pobre y demasiado conocedora de la vida de las calles como para formular preguntas, era el lugar perfec­to de cita para chicas trabajadoras y sus tipos, para hombres ca­sados que querían vivir sus aventuras extramatrimoniales... y para escoria como Lonnie Zoryo.

Julián llevaba ya unos meses cultivando la amistad de Zor­yo, uno de los lacayos de Burien, y lo hacía representando el papel de cliente repetitivo amante de lo prohibido. Tenía acu­mulados contra Zoryo cargos suficientes como para meterlo entre rejas durante varias vidas, aunque sabía que Zoryo nunca llegaría a vivir lo bastante como para cumplir toda su sentencia. Los presos presentaban una curiosa intolerancia hacia los hombres que violaban a menores.

Julián no había informado a Dyson sobre aquel pequeño trabajo que estaba llevando a cabo en secreto, pero trabajaba fuera del alcance de su radar y compartía detalles con el Jefe Irving sólo cuando había necesidad de intercambiar informa­ción. Lo que estaba haciendo no era estrictamente legal, en el sentido de que no era una actividad avalada ni por la policía ni por el FBI. Pero le daba igual. Oficialmente, no estaba incluido dentro de la nómina del FBI, y tampoco era oficialmente un policía. Por lo tanto, no estaba obligado a seguir el libro de re­glas oficial de nadie. Tenía sus motivos.

Caminó hasta el final del pasillo y giró a la izquierda, sin apenas percatarse de los gemidos procedentes de una de las ha­bitaciones que quedaba a la derecha. En lo que al sexo se re­fería, ya no le sorprendía nada. Se había criado con su padre huyendo siempre de la justicia, pensando que era normal le­vantarse por la mañana y encontrarse con prostitutas medio desnudas durmiendo junto a su padre en el sofá. Si años atrás, Dyson no le hubiese sacado de aquella cárcel mexicana, si no le hubiese dado una buena patada en su culo de adolescente, y si no le hubiese dado un nuevo comienzo, Julián seguramente es­taría pasando mucho tiempo en lugares como aquél.

No, estaría en la cárcel... o muerto.

Ed Dyson había ido a visitarle cuando estaba en la cárcel y le había ofrecido un trato: o pones a nuestro servicio tu domi­nio del español y tus conocimientos de las calles mexicanas, o te pudres en la cárcel. Condenado a los diecisiete años de edad a treinta años de cárcel por homicidio involuntario después de haber acabado accidentalmente con la vida de un hombre en el transcurso de una pelea callejera, Julián no había tenido que pensarse mucho su respuesta. El hombre que había matado tenía muchos amigos allí dentro, y todos querían un pedacito de Julián. No habría sobrevivido ni un año.

Le debía la vida a Dyson.

Llamó a la puerta de la habitación 69 (ése era el concepto del chiste que tenía Zoryo) y permaneció a la espera. Percibió el impacto en el suelo de los pesados pasos de Zoryo, vio una sombra pasar por la mirilla de la puerta. El volteo de los ce­rrojos y la puerta abierta, en cuyo umbral apareció Zoryo sin camisa y con unos pantalones flojos de color caqui. El tatuaje de un tigre que llevaba en el pecho proclamaba su pedigrí como antiguo colaborador de la Mafia Roja, mientras que su enorme barriga peluda era una muestra de su amor por la carne y la bebida. Apestaba a tabaco, alcohol y sudor rancio. Lle­vaba en la mano una Taurus de nueve milímetros.

—Hola, Dominic, amigo. Qué alegría verte —dijo con su marcado acento ruso, invitando a Julián a entrar con una gran sonrisa dibujada en su rostro sin afeitar—. Pasa.

Julián entró en la habitación, asimilándola en su totalidad de un solo vistazo: la cama por hacer llena de CD y DVD; la maleta abierta; el rollo de cinta adhesiva y la caja de munición en el armario; las cortinas que cubrían una única ventana; la botella medio vacía de vodka en la mesita de noche; el baño con la tapa del inodoro levantada; el televisor donde se veía el retorcido concepto de Zoryo sobre las películas caseras.

Y eso era precisamente lo que Julián había ido a comentar. Al fin y al cabo, era un cliente entusiasta.

Adoptó la repulsiva personalidad de Dominic Conti y el acento de Filadelfia.

—Qué tal, Zoryo. ¿Qué estabas viendo? ¿Es de mi gusto?

Zoryo cerró la puerta con llave.

—Te gustan las niñas, ¿verdad?

Julián dejó caer la bolsa de deporte sobre la cama, la abrió, le enseñó el dinero (un fajo de billetes de cien dólares) y se vol­vió hacia la pantalla de televisión. Tuvo que reprimir su rabia y su repulsión y simular que aquello le gustaba.

—Oh, es bonita... joven y tersa.

En la pantalla, Zoryo, desnudo, violaba a una chica. Junto con una lista interminable de otras fechorías, aquélla le costa­ría la vida. Aquel hijo de puta las pagaría. Empezando hoy mis­mo: Julián le detendría y haría todo lo legalmente posible para destrozarle. Después utilizaría la información que Zoryo le proporcionase para acercarse a Burien.

Julián se obligó a concentrarse en aquel hecho y no en lo que estaba viendo. Si lo que pretendía era ayudar a la chica que aparecía en pantalla y a millones como ella, no podía cometer el error que había cometido la última vez. No podía permitir­se sentir emociones.

—Lo era. —Zoryo se volvió hacia la pantalla con una mi­rada de lujuria depredadora. Luego miró el dinero—. ¿Estás dispuesto a comprar?

—Por supuesto. —Julián introdujo la mano en la bolsa de deporte, cogió el puñado de billetes y lo dejó caer sobre la cama, consciente de que despertaría el apetito de Zoryo—. ¿Qué más tienes?

Zoryo cogió el dinero y agitó los billetes.

—¿De dónde sacas este dinero? Vienes cada semana, pagas siempre en metálico.

Julián sabía que Zoryo había empezado a indagar sobre Dominic y que había encontrado la información que él había preparado.

—Hago algún trabajillo extra... un par de páginas en In­ternet, un poco de agricultura colombiana.

—¿Páginas Web? ¿Drogas? —Zoryo guardó los billetes en la bolsa e hizo algo completamente inesperado.

Levantó la Taurus y acercó el cañón a la sien de Julián. Acercó su cara a la de Julián, su aliento apestando a vodka y ta­baco, sus ojos azules vidriosos e inexpresivos.

—Pamplinas, Dominic. Haces un trabajo de mierda..., de poca monta. Eres un don nadie. ¿Piensas que puedes competir conmigo, moverte por dónde yo me muevo?

Julián notó que su pulso se desaceleraba y que su cabeza se despejaba, como le sucedía siempre antes de una situación de violencia. Irritado por la falta de sueño, pensaba disfrutar con aquello. Cruzó su mirada con la de Zoryo y sonrió.

Con menos movimientos que los que necesitaba para ce­pillarse los dientes, tenía a Zoryo bocabajo en el suelo, con el brazo doblado sobre la espalda, la nariz rota sangrando sobre la alfombra, la nueve milímetros completamente inofensiva a un lado de su cuerpo. Zoryo jadeaba y gemía, falto de aire para poder hablar... seguramente el resultado de la rodilla de Julián clavada en su plexo solar.

Julián presionó su 357 SIG Sauer contra la nuca de Zoryo.

—Tal vez sea un don nadie, tío, pero soy también agente fe­deral. Quedas arrestado por ser un jodido pervertido enfermo. Tienes derecho a guardar siiendo. Todo lo que digas podrá y será utilizado en tu contra en los tribunales... si es que vives para eso.

Zoryo gruñó.
Tessa se lavó la cara con agua fría y la gélida sensación le ayudó a detener las lágrimas. Había terminado el artículo y sabía que era de lo mejor que había escrito en su vida. Pero al llegar al fi­nal, no había podido. Matt lo había visto. También Kat. Sophie le había ofrecido una caja de pañuelos de papel.

¿Dónde estaban los pelotones de fusilamiento cuando se necesitaban?

Avergonzada, Tessa había seguido la única línea de actua­ción digna. Había entregado el artículo a Syd y había salido co­rriendo hacia aquel santuario que eran los lavabos de mujeres, donde por fin había cedido a las lágrimas que llevaban el día entero luchando por salir.

La puerta se abrió.

—Sabía que te encontraría aquí.—Era Sophie.

—Lo has adivinado. —Tessa cogió una toalla de papel, se secó la cara y cuando abrió los ojos se encontró rodeada. So­phie había llegado con refuerzos.

Lissy, la editora de moda, estaba a su lado con la mano po­sada sobre su vientre embarazado de cuatro meses, su mirada de preocupación no ocultaba el glamour de su vestido de la ex­clusiva colección maternal de VeraWang. Holly, redactora de la sección de espectáculos y la amiga más pesada de Tessa, se mi­raba al espejo y se arreglaba su corte a lo chico en color rubio platino.

—Eres la única mujer que conozco que piensa que tiene que esconderse cuando llora —dijo Sophie.

—¿Y tu solución es no dejar que me esconda? —Tessa tiró el papel a la papelera—. ¡Qué Dios te bendiga! ¡Qué lista eres!

Lissy cogió la mano de Tessa y le dio un cariñoso achu­chón, sus ojos verdes expresando franca preocupación.

—Sophie nos ha explicado lo sucedido. Queríamos asegu­rarnos de que estabas bien.

—Estoy bien.

Holly apartó la vista del espejo y taladró a Tessa con la mirada.

—¡Mira lo horrorosa que estás! Llevas el rímel corrido hasta la barbilla y tienes la piel llena de manchas. Mira aquí.

Holly le pasó a Tessa un pequeño neceser donde había muestras de rímel, crema hidratante y corrector, junto con co­lorete, sombra de ojos y barra de labios.

—Siempre lo llevo encima. Nunca se sabe cuándo vas a acabar llorando a lágrima viva o pasando la noche en el aparta­mento de un tío. Puedes quedártelo. Hay muestras suficientes para solucionar un par de crisis de llanto.

Tessa podría haberse tomado a risa el gesto de Holly y con­siderarlo superficial, como eran la mayoría de los actos de Holly, pero por encima de todo deseaba volver a sentirse ella.

—Gracias, Holly.

Mientras sus amigas intentaban convencerla de que no te­nía que sentirse avergonzada por llorar en público, Tessa se lavó de nuevo la cara y se maquilló.

—Eres humana, Tessa —le garantizó Lissy—. Deja de in­tentar ser una Supermujer. Haces quedar mal a todas las demás.

Tessa acabó con el rímel e intentó explicarse.

—No sé por qué me siento así cuando lloro. Me imagino que lo considero un signo de debilidad.

Y mientras pronunciaba estas últimas palabras, se abrió la puerta de los lavabos y apareció Kat.

—Los navajos creemos que las lágrimas de la mujer puri­fican. Consideramos las lágrimas como un signo de fortaleza, no de debilidad.

Tessa dejó caer el cepillo del rímel.

—Entonces debo ser una mujer de lo más fuerte.

—Sólo he venido para decirte que tu artículo ha hecho llorar a Syd y al corrector de estilo, así que no estás sola. —Kat miró a Tessa a los ojos, algo que rara vez hacía—.Tus palabras conseguirán que la muerte de la chica aflija a los lectores. Ha­rán que sea para ellos algo real. Piensas que no has hecho nada por ella, Tessa, pero lo has hecho.

Entonces Kat dio media vuelta y salió de los lavabos, dejan­do a Tessa y a las demás contemplando su marcha en silencio.
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