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Epílogo


Tessa estaba sentada en el porche principal con Kara, bebiendo las dos un típico té dulce sureño y contemplando cómo sus maridos comentaban la audiencia especial del comité del Sena­do del lunes siguiente, donde Julián iba a tener un papel im­portante.

—Yo encabezo el comité, de modo que presentaré el pro­yecto de ley y te concederé entre diez y quince minutos para dirigirte a los senadores —le explicaba Reece, con un aspecto de cualquier cosa menos de senador, vestido como iba con una camiseta mugrienta, pantalón corto y sandalias—. Entonces abriré el turno de preguntas. Resulta difícil decir cuánto tiem­po se prolongará esa parte de tu testimonio... seguramente en­tre media hora y una hora.

Como corolario de la Operación Abolición, y en respues­ta a la investigación llevada a cabo por Tessa, Reece había im­puesto una sesión especial a la legislatura del Estado y presen­tado un proyecto de ley urgente que crearía a nivel de todo el estado un equipo de trabajo especializado en el tráfico sexual y entrenaría a los responsables policiales de todos los niveles para que pudiesen abordar mejor ese crimen. El proyecto de ley, además, reservaba fondos para programas de ayuda destinados a jóvenes indigentes y para la rehabilitación de las vícti­mas del tráfico sexual. Era un proyecto de ley audaz, y el Denver Independent había publicado un editorial para respaldar con fuerza la medida.

—Acuérdate de dirigirte a mí como «Señor Presidente» y de referirme tus respuestas —añadió Reece—. En cuanto a los demás miembros del comité, tendrás que dirigirte a ellos como «Senador tal y cual».

—Entendido. —Julián llevaba unos vaqueros viejos y una camiseta igual de mugrienta, el cabello suelto por encima de los hombros, su expresión seria. Se le veía últimamente más joven, más feliz, las arrugas de su cara suavizadas—. ¿Será una audiencia abierta al público?

—Sí —Reece asintió—, y ya puedes ir esperándote un circo de medios de comunicación.

—No está nervioso, ¿verdad? —susurró Kara, cogiendo a su bebé hambriento, que había empezado a alborotar mientras estaba en brazos de Tessa.

Tessa estampó un beso en la cabecita vellosa del pequeño Brendan, de cuatro semanas de edad, y se lo entregó a regaña­dientes a su madre.

—¿Bromeas? Julián está aterrorizado. Todo esto es com­pletamente nuevo para él.

Miró de reojo al hombre que amaba y sintió una oleada en su interior. Había muchas cosas nuevas para Julián. En el trans­curso de los siete últimos meses, había pasado de vivir en las sombras a ser propietario de una casa, de ser un solitario a te­ner una suegra que lo adoraba y un círculo de amigos íntimos, de no tener amor en su vida a tener una esposa. Había pasado de agente especial a detective de la policía, y la transición había sido mucho más suave de lo que Tessa se había imaginado.

Eso no quería decir que no hubiese habido problemas. Julian estaba tardando en acostumbrarse a tomar decisiones como dos personas, no como una sola. Protegía tanto a Tessa, que a veces ella se ponía nerviosa. Seguía diciendo demasiados tacos. Y luego estaba aquella tendencia suya al secretismo. Tessa podía comprender que quisiese guardar en códigos cifrados la información relacionada con sus cuentas bancarias y sus tar­jetas de crédito. Pero ¿el número de socio del gimnasio?

Pero aun así, Julián jamás la hacía dudar ni por un momen­to que la quería y le demostraba su amor de infinidad de ma­neras. En la amabilidad que mostraba respecto a su madre y a Frank, que iban a casarse en junio. En el respeto que demos­traba por su exitosa carrera profesional. En su forma de escu­charla cuando ella necesitaba hablar. En su dominio de la má­quina de café. En su forma de hacerle deliciosamente el amor por las noches... y en cualquier otro momento del día, si sur­gía la oportunidad.

Tessa jamás habría soñado en poder llegar a sentirse tan fe­liz, en que tantas piezas de su vida encajaran con aquella per­fección. Pese a que abandonar el Equipo I había resultado duro, no podía llevar muy bien la relación con la policía siendo su es­poso un miembro de las fuerzas. Igual que había hecho Kara, se había decantado por trabajar por su cuenta y por realizar ar­tículos de investigación para revistas de difusión nacional y es­cribir libros de ensayo y divulgación. Trabajar por su cuenta le permitía estar en casa durante el día, programar su propia agenda y pasar más tiempo con Julián.

Y pasaba gran parte de ese tiempo preocupada por él. Su trabajo seguía siendo todavía demasiado peligroso para su gus­to. Vigilancia a altas horas de la noche. Redadas imprevistas. Demasiado tiempo en las calles. Pero nada que ver con el tipo de trabajo clandestino y espeluznante que había realizado para el FBI, y parecía encontrarse a gusto en el puesto. Él y el Jefe Irving peleaban a menudo, pero al parecer eso también le gus­taba. Los dos habían crecido profesionalmente juntos. El Jefe Irving se había convertido para Julián en una especie de figura paterna e incluso había ocupado ese puesto en la boda. Natu­ralmente, si el proyecto de ley de Reece fructificaba, Julián de­dicaría más tiempo al entrenamiento de policías que a trabajar en las calles... otro motivo por el cual Tessa deseaba su aproba­ción.

Pero Reece y Kara no estaban allí aquel sábado sólo para que Reece aconsejara a Julián con respecto al testimonio del lunes. Reece estaba también allí para ayudar a Julián a pintar la valla. Lissy y Will estaban al caer.

La histórica mansión victoriana que habían adquirido ne­cesitaba mucho trabajo, y pintar el tejado y la valla era lo últi­mo que quedaba pendiente. El tejado estaría acabado hoy y es­peraban que la valla lo estuviera poco después. El conjunto era más gris que blanco, la pintura estaba descascarillada y dejaba a la vista las astillas de la madera. Algunas de las planchas de madera se habían soltado y se inclinaban hacia los lados como si fuesen dientes torcidos. Reparar el tejado era mucho traba­jo, mucho más que haberlo instalado de nuevo, pero Julián ha­bía insistido en conservarlo y restaurarlo.

A lo mejor Tessa podía pedirle a Kara que convenciese a Reece de que colaborara.

—Seguramente, la mayoría de las objeciones con que te toparás vendrán por parte de los senadores que no consideran que el tráfico sexual sea un problema tan importante en este estado como para exigir una acción a nivel legislativo —dijo Reece.

Julián movió la cabeza, incapaz de creer que hubiese quien pensase así.

—Creo que podré gestionar sin el menor problema esas objeciones. Estamos de acuerdo en que Tessa no testificará, ¿no es eso?

Reece miró a Tessa.

—¿Estás de acuerdo en eso, Tessa?

Julián miró a Tessa a los ojos.

—No vas a testificar. No quiero que vuelvas a pasar por eso. Ya has pasado bastante.

Tessa había actuado como testigo en diversos juicios por delitos relacionados con el tráfico sexual, incluyendo el de John Wyatt. Tener que describir su dura experiencia en los tri­bunales había despertado de nuevo sus pesadillas y la había de­jado inútil durante la semana posterior a cada juicio.

—Haré lo que creas que debo hacer para garantizar que el proyecto de ley se apruebe.

Reece se levantó, se acercó a Kara y besó a Brendan en su morena cabecita.

—Me parece que lo tenemos todo cubierto.

—¿Empezamos? —Julián se puso en pie y miró el reloj.

Los hombres se encaminaron hacia la parte lateral de la casa, justo en el momento en que aparcaban delante Lissy y Will.

—¡Gandúl! —le gritó Reece a Will—. Se suponía que te­níamos que empezar hace una hora. ¿Dónde estabas?

Will sonrió, ayudando a Lissy a sacar del coche la sillita del bebé.

—William no quería despertarse de su siesta.

—Claro —dijo Julián—, ahora échale la culpa al bebé.

Mientras los hombres se ponían a trabajar con la pintura y las escaleras, Lissy se unió a Kara y a Tessa en el porche, estu­penda con su vestido de tirantes de un conocido diseñador y con el pequeño William, de diez meses de edad, completa­mente despierto y dando chupetones al chupete.

Tessa cogió al niño en brazos y le dio un beso en su regordeta mejilla.

—Eres igual que tu papá. Me pregunto si acabarás siendo una estrella del fútbol.

—Oye, Tessa, no puedo evitar fijarme en las fiestas que les haces a los niños últimamente. ¿Cuándo pensáis poneros en ello Julián y tú? —preguntó Kara mientras Brendan se alimen­taba medio dormido al pecho, las manitas cerradas en peque­ños puños.

—Estamos esperando. —Tessa cogió bien a William—. Por mucho que deseemos tener un bebé, también queremos primero disfrutar de un tiempo juntos. Julián ha tenido que adaptarse a muchos cambios en su vida.Y yo no quería compli­cárselo aún más teniendo un bebé enseguida. En julio nos ire­mos a Irlanda para que conozca a la tía de su madre. Tenemos pensado empezar a intentarlo en cuanto regresemos a casa.

Mientras los hombres pintaban y sudaban bajo el sol de fi­nales de primavera, Tessa y sus amigas siguieron charlando y preparando ensaladas y otros manjares para la cena. Estaban en plena discusión sobre un libro sobre las víctimas del tráfico se­xual que Tessa estaba escribiendo —ella y Julián habían viajado a México el mes pasado para conocer a la familia de María Ruiz— cuando Sophie aparcó su Toyota delante de la casa y Holly saltó a la acera, cargando cada una de ellas con una silla de jardín.

—Nos han dicho que vuestros chicos iban a dedicarse hoy a la pintura —dijo Sophie.

—Y habéis venido a ayudar —Tessa abrió la puerta para que entraran—. ¡Qué Dios os lo agradezca!

—¡Oh no! No estamos aquí para ayudar. ¿Estás loca? —Holly desplegó la silla en medio del césped y tomó asien­to—. Estamos aquí para disfrutar del paisaje.

Tessa les miró, sin saber muy bien si reír o enfadarse. Lissy miró por la ventana.

—¿Acaso piensan comerse otra vez a nuestros maridos con los ojos?

—Pues vayamos también —dijo Kara, sonriendo.

Julián miró desde el tejado y se encontró con cinco pares de gafas de sol contemplándolos, como si pintar tejados fuese un deporte para mujeres espectadoras.

—¿Siempre son así?

—Sí —respondieron al unísono Reece y Will, sonriendo.

Reece se quitó la camiseta por la cabeza y la lanzó al suelo.

—Personalmente, me encanta que me traten como un sex-symbol... sobre todo mi mujer.

—Considéralo como una inversión. —Will se quitó tam­bién la camiseta, dejando al desnudo su físico de futbolista—. Esta noche cosecharás los beneficios en la cama.

Julián sonrió.

—De acuerdo entonces, chicos... probémoslo.

Se quitó la camiseta, cogió su botella de agua y bebió, de­jando caer el líquido en su garganta y sobre su pecho desnudo.

Se oyó un gruñido de Holly.

A última hora de la tarde, el trabajo estaba hecho y todo reco­gido. En la barbacoa los filetes chisporroteaban y las mujeres habían preparado una nevera con cerveza fresca y cosas de pi­car para aguantar hasta la hora de la cena.

—Me imagino que lo único que te queda ahora es esa vie­ja valla. —Reece dio un trago largo a su cerveza—. Bastará con un poco de lija, unos cuantos clavos y un par de capas de pintura. Puedo pasarme el fin de semana que viene y lo tene­mos listo en pocas horas.

—Gracias. —Julián dejó vagar la mirada a lo largo de la maltrecha valla—.Ya me encargaré yo.

—¿De verdad? No me supone ningún problema.

—Gracias, Reece, pero podría decirse que es mi proyecto favorito. Lo he estado guardando para el final.

La cena transcurrió entre risas y conversación y se prolon­gó hasta entrada la noche. Julián tuvo varias veces la extraña sensación de estar viviendo la vida feliz de otra persona. Era una sensación que tenía últimamente con frecuencia. Pero Tessa estaba a su lado, su presencia, sus caricias, el sonido de su voz servía para asentarle, para darle a entender que todo era real.

Despidieron juntos a sus amigos acompañándolos hasta la puerta. Los dedos de Tessa enlazados con los suyos, su mano sedosa y caliente. Cuando los coches se fueron, ella miró la verja y luego a él... y entrecerró los ojos.

—Kara dice que has rechazado la oferta de Reece para ayudarte a pintar la verja.

Julián asintió.

—Es algo que quiero hacer yo solo.

—¿Qué hay entre ti y esta valla?

Julián la estrechó entre sus brazos e intentó encontrar las palabras adecuadas.

—Me imagino que una valla blanca representa todas las cosas que nunca tuve ni me merecí: un hogar, una esposa, una familia. Ahora es un recordatorio de que nunca debo tomarme ni un solo día como algo garantizado.

—¡Oh, Julián! —Tessa sorbió por la nariz, sus hermosos ojos humedeciéndose—. ¡Y para mí no era más que una vieja valla llena de astillas!

—Bien, la verdad es que es una vieja valla llena de astillas, pero es nuestra vieja valla llena de astillas.

Julián la abrazó en medio de aquel silencio, inhalando su aroma, saboreando el momento... el murmullo lejano de la ciudad, el indicio de la llegada del verano en la brisa proceden­te de la montaña, una perezosa luna en cuarto creciente por encima de sus cabezas.

—¿Sabes esa escenita que te sacaste de la manga esta tarde dejando caer el agua sobre tu pecho desnudo? —Tessa deslizó la mano por debajo de la camiseta de Julián.

—Mmmm. —Él le alborotó el pelo, su sangre calentán­dose.

Allí estaban por fin los beneficios de los que hablaba Will.

Ella pasó los dedos por el vello de su pecho.

—Me recordó que hace tiempo que no utilizamos debida­mente el masaje de la ducha.

—Cariño, creo que tienes razón. Hace como mínimo una semana.

—Vamos. —Le dio la mano para guiarlo hacia la casa, las ventanas otorgando a la noche una cálida luz dorada.

Y Julián supo que estaba en casa.


Fin

1 En español en el original. A lo largo del texto, se indicarán siempre en cursiva las expresiones que están en español en el original. (N. de la t.)

2 Banda callejera originaria de Los Ángeles y expandida por todo Estados Unidos, cuyos miembros se caracterizan por vestir de color azul. (N. de la t.)

3 Abreviatura de los Bloods, la eterna banda rival de los Crips. (N. de la t.)

4 En argot, persona que transporta droga en su cuerpo. (N. de la t.)
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