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Capítulo 4


Julián vio que estaba a punto de activar la alarma de incendio e hizo lo único que podía hacer: taparle la boca con la mano, arrastrarla lejos del pasillo y obligarla a entrar en el primer lu­gar que encontró disponible, un cuarto ropero lleno de ropa blanca. Dio una patada a la puerta para cerrarla a sus espaldas y se esforzó por doblegar cincuenta y cinco kilos de una mujer desesperada y aterrorizada que pataleaba, se retorcía y luchaba entre sus brazos.

La volvió hacia él, la atrajo hacia sí apresuradamente.

—No voy a hacerle daño, Tessa.

Se quedó helada al oír que mencionaba su nombre y Julián se encontró mirando los ojos más grandes y más azules que ha­bía visto en su vida. Enmarcados por pestañas largas y oscuras, le miraban horrorizados y sin pestañear. Estaba pálida, su piel blanca y transparente, exceptuando alguna que otra peca dimi­nuta sobre la nariz. La notaba pequeña entre sus brazos, frágil y suave. Tan cerca de él como estaba, notaba el latido de su co­razón, olía su miedo, saboreaba su pánico.

—Si quisiera matarla, ya estaría muerta. —Lo había di­cho para tranquilizarla, pero cuando vio cómo se le dilataban las pupilas, se dio cuenta de que sus palabras habían tenido el efecto contrario—. Voy a soltarla, y se quedará aquí quieta y me escuchará, ¿entendido?

Tessa asintió.

Dejó que sus pies tocaran otra vez el suelo, la soltó... y se encontró delante de un pequeño revólver de calibre veintidós. ¿De dónde demonios había salido aquello?

«Tranquilo, Darcangelo. ¿Con qué te ganas la vida? ¿De agente especial, dices?».

—¡Aléjese de mí! —Estaba temblando... mala cosa te­niendo en cuenta que su dedo reposaba sobre el gatillo de un arma apuntándole el pecho. Los disparos dolían, incluso con un chaleco Kevlar—. ¡Le vi aquella noche! ¡Sé que estaba allí!

—Deje eso, señorita Novak. Ya se lo he dicho... no pienso hacerle daño.

—¿Por qué tendría que creerle? Sé que lleva un arma. ¡La he notado debajo del jersey! —Le temblaba la voz, vacilando entre la rabia y el terror. Cogió el arma con las dos manos para equilibrarla.

Julián sopesó sus alternativas. Podía decirle que era agente federal... pero era una periodista. ¿Quién le garantizaba que no inundaría aquel maldito periódico con su nombre? Podía desarmarla, pero había la probabilidad de que le hiciese daño o que ella apretara el gatillo sin quererlo o intencionadamente. Ninguna alternativa era buena.

Dio lentamente un paso hacia ella.

—Deje el arma.

—¡Ni hablar! Ha venido aquí para matarle, ¿verdad? ¡Ha venido aquí para matar al señor Simms e impedir así que hable con la policía!

Estaba allí con la intención de interrogar al viejo, pero no quería decírselo.

—Si eso es lo que cree, dispáreme. Venga, se lo pondré fácil. —Dio un nuevo paso al frente con los brazos extendi­dos hacia los lados—. Apunte a la izquierda de mi esternón. El pequeño veintidós rebotará en mi caja torácica, hará trizas mis pulmones y mi corazón, y estaré muerto antes de caer al suelo.

Le miró boquiabierta y bajó la vista hacia el pecho.

Era la interrupción que Julián necesitaba.

Se movió para apartarse de la línea de fuego, la agarró por la muñeca, le arrancó la veintidós milímetros. Necesitó menos fuerza de la que había imaginado y la oyó lanzar un grito sofo­cado. No sabía si de sorpresa o de dolor. Se volvió hacia ella y la encontró frotándose la muñeca y mirándole amedrentada con aquellos enormes ojos azules.

—Ya le dije que la soltara. Tendría que haberme escucha­do. —Hizo saltar el tambor, dejó caer las balas en el hueco de su mano y le devolvió la pistola.

El condenado artilugio estaba completamente cargado y preparado para disparar.

Ella dejó caer la pistola en el bolso, sin apartar de él en ningún momento su mirada cautelosa.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Lo sé casi todo sobre usted. —Recitó todo lo que había averiguado después de buscar un poco aquella misma maña­na—. Nació en Rosebud, Texas, el 9 de marzo de 1979, hija de Linda Lou Bates, de catorce años de edad. Padre desconocido. Se crió gracias a la beneficencia y las cartillas de racionamien­to con su madre y su abuelo materno. Se graduó por la Rosebud-Lott High School en 1997 con una media de trescientos noventa y ocho y abandonó Rosebud al día siguiente.

Su palidez había desaparecido y sus mejillas se habían ru­borizado, aunque Julián no sabía muy bien si era por rabia o por vergüenza. Prosiguió.

—Obtuvo una diplomatura en inglés en el Austín Community College en 1999, el año en que cambió su apellido por el de Novak. Se trasladó a Athens para estudiar periodismo en la Universidad de Georgia y se graduó en la cofradía estudian­til Phi Betta Kappa. Su primer trabajo como periodista fue en el Savannah Morning News. Hace tres años se trasladó a vivir a Denver para ocupar un puesto en...

—¡No sé quién es usted, pero voy a llamar a seguridad! —Aceleró con sus elegantes piececitos y pasó volando por su lado en dirección a la puerta.

La atrapó sin problemas, la hizo volverse y la atrajo hacia él... justo en el momento en que se abría la puerta y entraban dos mujeres de mediana edad vestidas con uniformes de lim­pieza de color azul. Sin saber muy bien lo que ella iba a decir­les, y queriendo evitar una escena y librarse de las mujeres, Ju­lián se agachó y la silenció con su boca.

Tessa oyó la puerta abrirse a sus espaldas, sintió la cálida sorpresa de sus labios sobre los de ella y, asombrada e incrédu­la, se dio cuenta de lo que le estaba haciendo. Intentaba aca­llarla, intentaba controlarla. Aquello era una violación que la había dejado asombrada y furiosa. Presionó su pecho en vano, intentó gritar, pero cuando abrió la boca, le invadió su lengua, convirtiendo su grito en un chillido sofocado.

Recorrió su cuerpo una oleada de calor, inesperada e indeseada, y sus entrañas se fundieron mientras él atacaba sus sen­tidos, la lengua de él provocando la suya con caricias robadas, los labios de él presionando cálida y tenazmente los suyos. No pudo evitar percatarse de la dureza de su cuerpo, no pudo evi­tar percatarse del sabor mentolado de su dentífrico que inun­daba su boca, no pudo evitar absorber su aroma... espaciado con una pizca de cuero.

«Es un desconocido, Tess... tal vez incluso un asesino».

La cabeza de Tessa lo sabía, pero a su cuerpo parecía im­portarle un comino. La adrenalina que corría en su sangre aler­tó a las feromonas, rabia gélida en ebullición. Y antes de que se diera cuenta de ello, había dejado de pelear con él, había deja­do de temerle, había dejado de respirar. Peor aún, había empe­zado a devolverle el beso, su lengua envolviéndose con la de él, sus huesos haciéndose agua mientras las manos de él se desliza­ban lentamente por su espalda.

Detrás de ella, las mujeres reían como tontas.

Tessa se había olvidado por completo de ellas.

¡Perdónenos!

La puerta se cerró y Tessa apenas se dio cuenta de que las mujeres se habían ido.

Pero él no dejaba de besarla, ni mucho menos. Le pellizcó la lengua, arrastró su labio inferior hacia su boca, lo aspiró. En­tonces, de forma abrupta, la cogió por los hombros, la separó y la mantuvo a cierta distancia delante de él.

—Espero que me escuche con atención, señorita Novak, porque no me gustaría verla sobre una mesa de autopsias. —Sus ojos eran de color azul oscuro. Fruncía sus oscuras ce­jas, su mandíbula cuadrada perfectamente afeitada, sus labios extraordinariamente sensuales por ser masculinos—. Sé que le pagan para hablar con sensacionalismo sobre el sufrimiento de los demás, pero es mejor que decida dejar este crimen en manos de la policía. Con el artículo de hoy ya ha provocado su­ficientes problemas. Sería mejor para los dos que no escribiese ninguno más.

—¿Sensacionalismo...? ¡Es un...! ¡Oh! —Estaba tan fu­riosa que apenas podía hablar—. ¡Vi morir a esa chica! ¡Me su­plicó que la ayudara y no pude hacerlo! Pero pienso hacer todo lo posible para ayudarla ahora. Encontraré al asesino...

La zarandeó ligeramente.

—¡Lo que va a conseguir con eso es que la maten a usted! Deje que la policía haga su trabajo. Dedíquese a perseguir am­bulancias o cualquier otra cosa.

—¡Suélteme! —Se liberó de él y se pasó la mano por la boca, intentando borrar la evidencia de aquel beso—. Usted me ha arrastrado hasta aquí, me ha atacado, me ha insultado, ¿y ahora intenta decirme cómo tengo que hacer mi trabajo? ¿Quién es usted?

—¿Estamos en plan confidencial o no?

—Nada de confidencias.

—Pues no necesita saber quién soy.

—En plan confidencial, entonces.

Se quedó él dudando.

—Soy Julián Darcangelo, y soy del equipo de los buenos.

—Una idea escalofriante. —Tessa pensó que parecía de los malos... un tipo oscuro y criminal. Y no se dio cuenta de que había expresado sus pensamientos en voz alta hasta que vio una sonrisa sardónica dibujada en la boca de él.

—Mejor que se acostumbre a no juzgar a la gente por su as­pecto, señorita Bates. Oh, lo siento... es Novak, ¿verdad? Y la pró­xima vez que apunte a alguien con un arma, no permita que se le acerque tanto. Jamás aparte su mirada de la de la otra persona.

Entonces pasó por su lado, abrió la puerta y salió al pasillo.

Cuando sus piernas se habían estabilizado lo bastante como para seguirle, él ya había desaparecido.

Tessa estaba sentada en el agua de la bañera, que empezaba a enfriarse, bebiendo una copa de pinot grigio e intentando eli­minar la tensión de la jornada. Tenía la intención de inspeccio­nar el barrio de la gasolinera al salir del hospital para ver si al­guien más recordaba haber visto a las cuatro chicas o sabía dónde vivían, pero se había sentido demasiado conmocionada, demasiado enfadada, demasiado confusa para ello.

Lo que había hecho, entonces, había sido dirigirse al apar­camiento del hospital, entrar en el coche y llamar al Jefe Ir­ving, exigiendo hablar con él inmediatamente.

—¿Quién es Julián Darcangelo? —El Jefe Irving había re­petido la pregunta, como si no pudiera creerse lo que estaba oyendo—. ¿Por qué demonios me pregunta eso?

—Acabo de tropezarme con un hombre que dice ser Ju­lián Darcangelo en el University Hospital —le explicó—. Dice que es de los buenos. Pensé que usted sabría si lo que dice es verdad o no.

—¡Maldita sea! Cuénteme lo sucedido.

Y se lo explicó, aun sabiendo que el Jefe Irving no había respondido todavía a sus preguntas.

—A ver si lo he entendido bien. Usted intentó activar la alarma de incendio. Él la cogió y la metió en un armario rope­ro, donde usted le apuntó con una pistola cargada. ¿Él la de­sarmó y entonces... —El Jefe Irving tosió, o se atragantó— ... y entonces la besó?

—Me atacó.

—¡Por Dios! Esto es estupendo. —Aún a pesar de la co­bertura irregular del teléfono móvil, había oído maldecir entre dientes al Jefe Irving—. Lo que voy a decirle no tiene que ser repetido, grabado o publicado bajo ningún concepto, ¿entendi­do, señorita Novak?

—Sí, señor.

—Y si se lo digo es porque realmente veo que no me que­da otra elección. Pero si leo su nombre en el periódico, se con­vertirá usted en una persona jodidamente non grata en comisa­ría. ¡Recibirá una multa por estacionamiento indebido cada día de su vida... y dos por Navidad!

—¿Es eso una amenaza?

—Por supuesto que lo es.

—De acuerdo, entonces. Me alegro de que todo haya que­dado tan claro.

—Julián Darcangelo está en el bando de los buenos, y esa pequeña descripción que hizo de él en su artículo podría poner su vida en peligro. Y no le diré más. —Y con esas palabras, el Jefe Irving le colgó el teléfono.

¿Había puesto en peligro la vida de Julián Darcangelo?

«Con el artículo de hoy ya ha provocado suficientes proble­mas. Sería mejor para los dos que no escribiese ninguno más».

Se dio cuenta de que aquello sólo podía significar una cosa: el señor Darcangelo era una especie de policía secreto. Por eso sabía tantos detalles sobre ella. Había verificado su historial, había indagado en su pasado más privado. Y luego le había res­tregado por la cara todos sus secretos.

Dios, ¿y si le hubiera disparado? ¿Y si hubiera matado a un inocente?

No quería ni pensarlo.

Pero el señor Darcangelo era cualquier cosa menos ino­cente.

La verdad era que saber que era policía y no un asesino re­sultaba un alivio. Le habría aterrado pensar que había respon­dido de aquel modo al beso de un asesino a sangre fría.

¡Dios, y aquel tipo sabía besar!

¿La habían besado alguna vez así? No, para nada. En su vida. Nunca le había encontrado la gracia a los besos, tal vez porque siempre había temido lo que podía seguir después. Se había jurado no cometer los errores que su madre había come­tido y se había mantenido a una distancia prudencial de los hombres, a la espera de que llegara aquel en quien pudiera confiar y amar.

Creyó encontrarlo durante su primera época en la univer­sidad. Scott Chambers, un estudiante de teatro con cara de poe­ta, se había enamorado al parecer tan desesperadamente de ella como ella de él. Fue sólo después de acostarse con él que le confesó que siempre había deseado hacer el amor con una ru­ina de verdad. Poco después, se había liado con una estudiante de baile y dejado a Tessa preguntándose cómo podía haberse equivocado de aquella manera.

De eso hacía ya siete años, y desde entonces no se había acercado a otro hombre. El último hombre que había visto des­nudo había sido el marido de Lissy, Will, y había sido por acci­dente, un accidente en absoluto desagradable, bajo el punto de vista de Tessa. Will había sido la estrella del equipo de fútbol de su universidad y tenía el cuerpo de un dios.

No era que Tessa no quisiese sexo. Tenía fantasías. Lo de­seaba. Lo anhelaba. Pero nunca jamás quería volver a encon­trarse acostada entre las sábanas de un hombre y sintiéndose utilizada, vacía y sola. Además, sus fantasías sexuales le resulta­ban mucho más placenteras que el acto en sí. Exceptuando el lieso de aquella tarde.

¿Tan hambrienta de sexo estaba para responder como lo había hecho?

«Como si me hubieran tocado la fibra exacta».

Y no sólo lo sabía ella. Él también lo sabía. Tenía que sa­berlo.

Tessa cerró los ojos e intentó recordar hasta el mínimo de­talle... la presión de sus labios, el calor de su lengua, la dureza de sus músculos. Sintió mariposas en el estómago, notó sus pe­zones tensándose y se descubrió acariciándose los labios en un intento de recuperar la sensación.

Pero en realidad no había sido un beso, ¿no?

«No ha sido más que una forma de hacerte callar, chica».

Como mínimo no había utilizado una media o cinta adhe­siva.

Naturalmente, el hecho de que hubiera indagado en su pa­sado personal no le había gustado nada. Sabía cosas de ella que nunca había compartido con nadie. Cuando sus amistades le preguntaban por su familia, ella esquivaba el tema, dándoles a entender que había nacido en Georgia. Se había esforzado mu­cho en perder su acento texano y adoptar los tonos más refina­dos de Georgia. Había luchado para poder pagarse los estudios universitarios, dedicando muchas noches sin dormir al perió­dico estudiantil. Luego había ido ascendiendo por los escalafo­nes de la jerarquía del Morning News. Por el camino, había deja­do de ser Tessa Bates —la pobrecita chica blanca de clase baja sin padre— para convertirse en Tessa Novak.

No había vuelto la vista atrás ni una sola vez.

No quería mirar atrás, ni quería recordar la pobreza, la vergüenza, la soledad. Intentando dormir mientras el abuelo y su madre se pasaban la noche peleando hasta que llegaba la po­licía. Yendo al colegio vestida con prendas que sus vecinos ha­bían donado al Ejército de Salvación. Llegando a casa para en­contrar al abuelo inconsciente en el suelo después de pasarse el día en compañía de Jack Daniel's. Sorprendida robando libros del colegio porque se moría de ganas de leer. Preguntándose si lo que le decían los demás niños sería verdad: que su abuelo era también su padre.

«La mamá de Tessa es su hermana... y su madre. Es lo que dice mi madre».

El rumor no era cierto. Su madre se lo había asegurado. Pero a Tessa había dejado de importarle quién pudiera ser su padre. Ya no necesitaba robar libros para poder leer, ni tenía que vestirse con ropa usada. Compraba todo lo que necesitaba con el dinero que ganaba trabajando muy duro. No huía de su pasado, como el señor Darcangelo había insinuado, provocán­dola al llamarla por su antiguo apellido. No, se había liberado de todo aquello.

En la calle, en el exterior de su apartamento, se oyó una si­rena de policía y dio un brinco. El sonido le provocó un esca­lofrío. El abogado de la víctima le había dicho que pasaría una temporada con los nervios a flor de piel. Por desgracia, el abo­gado de la víctima tenía razón.

Sintiéndose extrañamente vulnerable dentro de la bañera, Tessa soltó el tapón con los dedos de los pies, se incorporó, se envolvió en una toalla y acabó de prepararse para meterse en la cama. Amodorrada por el vino, verificó que la puerta estuvie­ra cerrada con llave y se acurrucó bajo las mantas. Pero tardó mucho en caer dormida.

Julián estaba llevando a cabo su rutina de aikido en su sótano, tenuemente iluminado, el sudor cayéndole por la cara y su pe­dio desnudo. El instinto era su primera línea de defensa. Su cuerpo la segunda. Lo entrenaba, lo mantenía en forma para el combate, como si de un arma más se tratase.

El aikido, además, le aclaraba las ideas, le ayudaba a pensar. Tendría que estar durmiendo; exceptuando la pequeña siesta de la mañana, llevaba despierto más de cuarenta y ocho horas. Pero estaba demasiado tenso para dormir, sus pensamientos estaban enredados en una larga melena rubia. Tenía que dejar de pensar en Tessa Novak. Tenía un trabajo que hacer, y no incluía enrollarse con ella.

Una pena, la verdad.

Se puso a pensar en Burien... una vez más.

Zoryo había tenido poco que añadir a lo que ya les había dicho y afirmaba que hacía años que no se veía con Burien.

Pero el anciano del hospital había resultado más útil de lo que Julián esperaba. Había podido describir a las chicas con bastan­te detalle, y a la mujer de mediana edad que hacía las veces de su perro guardián. Simms suponía que las chicas vivían cerca de la gasolinera y los detalles que había proporcionado encaja­ban con lo que Julián ya sabía sobre la forma de trabajar de Burien: mantenía a las chicas en pequeños grupos y las dominaba a base de terror, valiéndose de una mezcla de castigos brutales y pequeñas recompensas, como los caramelos.

Era evidente que aquel cabrón tenía en Denver su base de operaciones, pero ¿dónde estaba él? Antes era el cerebro de la operación y llevaba la batuta desde Los Ángeles, mientras que García se ocupaba del tema de los asuntos de suministro en México y Pembroke supervisaba el transporte. Tenían alguna guarida por la zona de Denver, pero nada de gran interés, pues operaban principalmente en los estados fronterizos. Pese a que la Operación Liberación había acabado tanto con García como con Pembroke, Julián había perdido el control de sus emocio­nes y había actuado antes de tiempo, permitiendo la huida de Burien.

Hoy, Julián había estado de nuevo a punto de perder el control de la situación. Estaba controlándolo todo y al instante siguiente tenía ante sus ojos el cañón de una pistola de veinti­dós milímetros. Tenía que reconocerlo. Apuntarle con un arma había sido un acto de gran valentía por parte de aquella mujer. Él debía pesar treinta kilos más que ella, y la superaba en altu­ra al menos en treinta centímetros y, aun así, había intentado defenderse.

Pero no le había sorprendido sólo en ese sentido. Le había tapado la boca con la suya para silenciarla, había introducido la lengua entre sus labios para sofocar su grito... y ella se había derretido. No había otra palabra mejor para definirlo. Su cuerpo entero se había fundido entre sus brazos, la resistencia se había esfumado.

Y luego ella le había devuelto el beso, una respuesta dulce­mente sensual y tan excitante que había olvidado que aquel beso no era más que una simple maniobra táctica y se había en­contrado disfrutando del mismo. Había seguido besándola aun cuando ya no era necesario, saboreando su feminidad, inhalan­do su aroma, sintiendo placer al escuchar aquel breve grito so­focado que había emitido cuando le había chupado el labio.

«¡Maldita sea, Darcangelo! ¡Estáte por lo que debes de estar!».

Paró, atravesó la habitación en busca de la botella de agua y bebió hasta apurarla. Regresó al centro de la estancia y em­pezó de nuevo su rutina.

El truco estaba en encontrar a Burien, en dar con él sin que se enterara de que estaban cerca. Por mucho que Julián consiguiera aproximarse a él, el hijo de puta siempre le llevaba ventaja. Era tan difícil de alcanzar como el humo, pero no era ni un maestro del disfraz ni un genio lingüístico. Era un matón arrogante con un acento ruso inconfundible. Dondequiera que estuviese, siempre se hacía notar. Lo sabía y vivía una vida de Hocretismo, utilizando a sus acólitos para tratar con el mundo exterior. Amargamente y sin ningún dolor, se servía del miedo para controlar su sórdido imperio.

«¡Aléjese de mí! ¡Le vi aquella noche! ¡Sé que estaba allí!».

Julián sabía que aterrorizaba a Tessa, que estaba segura de que era un asesino dispuesto a matar de nuevo. Sin duda eso explicaba la reacción que había tenido al beso. El peligro era afrodisiaco para determinadas mujeres. Lo había sido para Margaux. Le encantaba follar después de una redada y sin pre­liminares. Nunca había habido ternura entre ellos, nada de dulzura, ni cariño. Se sentía atraída hacia él por su pasado oscuro, y porque su padre, una leyenda del FBI, nunca le había dado su visto bueno.

La emoción del peligro... había sido aquello, seguro. Tessa había notado su 357 y creía que estaba dispuesto a utilizarlo, y cuando la había besado, su miedo se había transformado en lu­juria.

«Eso está bien en su caso, pero ¿qué excusa tienes tú?».

Su siguiente patada le pilló desequilibrado. Se detuvo y maldijo para sus adentros.

¿Necesitaba una excusa para disfrutar besando a una mujer bonita?

Sí... le hacía perder la concentración. Su trabajo consistía en detener a Burien, no en embaucar a una periodista ham­brienta de titulares, por dulce y sexy que fuera.

«¡Vi morir a esa chica! ¡Me suplicó que la ayudara y no pude hacerlo! Pero pienso hacer todo lo posible para ayudarla ahora».

Al pronunciar esas palabras, las lágrimas habían humedeci­do sus ojos, como si de verdad las sintiera. Julián se descubrió recordando el aspecto angustiado de su rostro la noche del asesinato. Y algo se agitó en sus entrañas. ¿Compresión? ¿Compa­sión? ¿Instinto de protección?

Dio otro trago largo de agua para alejar la sensación.

La señorita Novak era soltera... se había enterado. El hom­bre que había ido a recogerla esa noche era el marido de una amiga... un senador estatal que había sido absuelto de asesina­to hacía un tiempo. Pero aunque Julián no estuviese llevando el caso, no habría intentado llevársela a la cama. Se adivinaba que sus expectativas en cuanto al sexo eran complicadas. No era el tipo de mujer que llegaba y luego se iba. Quería amor y compromiso. Quería la casita rodeada de una valla blanca.

No es que Julián nunca hubiera querido esas cosas. Hacía tiempo se había enamorado perdidamente de la joven prostitu­ta mexicana que su padre había pagado para que se acostase con él con motivo de su quince cumpleaños... un romance que ha­bía durado hasta que un día entró y la encontró liada con su padre. Luego, muchos años después, se había creído enamorado de Margaux, pero viéndolo en retrospectiva, el tiempo que ha­bían pasado juntos parecía más una película clasificada triple X que una relación de verdad. Había sido un idiota confundiendo aquello con otra cosa cuando en realidad no había sido más que obsesión sexual.

Desde entonces, Julián se había limitado a mujeres que sa­bían lo que querían y había aceptado lo que le habían dado. Nada de compromisos, nada de vinculación.

«Nada de ternura. Nada de cariño. Nada de dulzura».

No tenía ni que perder el tiempo pensando en Tessa Novak. El tipo de vida que vivía no era para compartir con nadie.

Dejó el agua, se dirigió de nuevo al centro de la habitación dispuesto a reiniciar su rutina, y casi se sintió aliviado cuando sonó el teléfono.

Era el Jefe Irving.

—Se trata de Zoryo —le dijo—. Ve a la cárcel ahora mismo.

Julián cogió su camisa y corrió hacia las escaleras.


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