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Capítulo 5


—¡Hijo de puta! —Julián aplastó el puño contra la barandilla de acero de la camilla, sus sienes palpitando de rabia—. Muy bien, Zoryo, desgraciado, encontraste la manera.

Zoryo no respondió. Estaba tendido en una camilla de ur­gencias, mirando el techo, muerto. Tenía la cara azul y conges­tionada, el cuello amoratado. El cuerpo y la barriga desnudos, y el tatuaje del tigre destacaba pálido sobre la piel azulada. Las marcas rojas en la piel mostraban los puntos por donde las pa­las del desfibrilador habían intentado reanimarle.

—Debía querer morir de verdad para conseguirlo como lo ha hecho. —El capitán de la cárcel, con la cabeza cortada al rape, un burócrata que respondía por Willis, permanecía junto a la camilla, los brazos cruzados defensivamente sobre su pe­cho—. Se necesita determinación.

—¿Determinación? Lo dice como si lo admirara. Este hombre era un asesino a sangre fría y un violador infantil... y usted ha permitido que escape de la justicia. —Julián hundió en los bolsillos sus puños apretados y le dio la espalda al capi­tán... una alternativa mejor que estamparlos contra la cara de aquel idiota.

El Jefe Irving tosió para aclararse la garganta.

—Tiene que comprender que el agente especial Darcangelo ha destinado meses de durísimo trabajo secreto a pillar a esta escoria. Zoryo era su mejor pista para cerrar un caso de alta prioridad.

Y la pista acababa de desaparecer. Meses de riesgos y horas interminables simulando excitarse con la misma porquería abominable con la que Zoryo disfrutaba tirados a la basura. El único consuelo de Julián era que la muerte de Zoryo había sido lenta.

El desgraciado se había estrangulado colgándose sólo de un metro de altura. Un celador que estaba de ronda le había en­contrado en la celda, ya muerto, colgando de un garrote que había construido con las sábanas y con el que había envuelto el lavabo, sus nudillos rozando el suelo.

—He hablado ya con los dos celadores y he determinado que no tuvieron ninguna culpa. Siguieron el procedimiento ha­bitual para...

—¿El procedimiento habitual? —Julián explotó en una ri­sotada de asco y se volvió hacia Willis—. ¿Cómo cojones pue­de estar hablándome de «procedimientos» cuando uno de sus presos ha muerto? ¿Acaso no es un cadáver prueba suficiente de que sus procedimientos fueron insuficientes?

Willis se puso rígido.

—Cuando alguien tiene tan claro que quiere quitarse la vida...

—¡Se le vigila con ojos de águila, por el amor de Dios! ¿Por qué piensa que le puse bajo vigilancia por posible tentativa de suicidio? —Julián no sentía la menor simpatía hacia los burócratas.

—Llevaremos a cabo una investigación completa sobre es le asunto, créame, y cuando esté terminada...

—¡Me importa una mierda su investigación! —Julián señaló el cadáver de Zoryo—. ¡Lo que necesito es la informa­ción encerrada en ese cerebro para poder detener a un asesino!

Entonces Julián se volvió y salió de la enfermería, cruzó los diversos controles y salió al iluminado aparcamiento por la puerta trasera, su sangre a punto de ebullición. Debería haber­se quedado. Debería haber pasado más tiempo interrogando a Zoryo y menos en el hospital. Debería haber ordenado que ataran a Zoryo.

«¡Maldita sea!».

—¡Darcangelo! —La voz del Jefe Irving seguía sus pasos.

Julián se detuvo, se volvió y vio a Irving corriendo tras él tan rápidamente como su perímetro le permitía. Demasiado furioso e inquieto como para quedarse quieto, deambuló por la plaza de aparcamiento vacía que quedaba entre dos vehícu­los y volvió a guardar los puños en los bolsillos.

—Por si te sirve de algo, lo siento. Sé lo mucho que te arriesgaste para encarcelar a Zoryo. Sé lo que significaba para ti.

Apretando los dientes, Julián miró a Irving a los ojos.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. —El viejo policía movió afirmativamen­te la cabeza con terquedad—.Y sé algo más. Culparte por no haberlo evitado no cambiará lo sucedido tres años atrás.

Julián bufó asqueado.

—Si hace tres años hubiese hecho mi trabajo...

—¡Zoryo estaría aún ahí fuera haciendo lo que le gustaba hacer! —La voz de Irving atravesó el aparcamiento y llamó la atención del par de policías que charlaban junto a sus coches patrulla bajo el resplandor amarillento de una farola—. Como mínimo conseguiste retirarlo de las calles. Si de verdad era tan importante para Burien como tú crees que era, le ha­brás atizado a Burien un buen golpe. ¿Cuánto tiempo crees que pasará antes de que Burien se dé cuenta de que Zoryo ha desaparecido?

—Unos días, una semana como mucho.

—¿Cómo reaccionará?

—Cerrará filas, alterará su rutina, sustituirá a Zoryo con otro.

Ese «otro» siempre existía. Por muchos desgraciados en­fermos que Julián retirara de escena, siempre aparecía otro.

—Cuando acabes con Burien, acabarás con el resto. Ahora vuelve a casa y duerme un poco... es una orden. Has estado forzando la máquina en exceso. —Irving le dio una palmadita en la espalda—. Mañana hablaremos de otro tema.

Sintiendo una fatiga que iba mucho más allá de la falta de sueño, Julián se volvió hacia su furgoneta.

—¿Y es?

—Tessa Novak.

Tessa se levantó después de una noche prácticamente sin dor­mir, se duchó y se acercó en coche a la cafetería más próxima, preguntándose si parecería muy raro que pidiese cinco cafés expresos seguidos. Se quedó con sus habituales tres y se abrió camino entre el intenso tráfico hasta llegar al periódico, intentando no pensar en el tiroteo... o en Julián Darcangelo y su arrolladora boca.

Una vez en el periódico, intentó volver a la vida leyendo las notas de prensa y los mensajes de correo electrónico que tenía en la mesa. Consejos de seguridad para Halloween. Doce arrestos en una manifestación a favor de la marmota de las praderas de Boulder. La policía trabajando como voluntaria para una or­ganización de mujeres maltratadas. El arresto de un oficial encargado del control de los presos en libertad condicional que...

Tessa leyó asqueada la nota de prensa.

—Dios, he leído un montón de cosas raras, pero ésta las supera a todas. Un oficial encargado del control de los presos en libertad condicional arrestado bajo sospecha de acoso. ¿Quieres saber lo que hacía?

Sophie levantó la vista de sus anotaciones.

—¿Seguiremos siendo amigas si te digo que no?

—El tipo se dedicaba a eyacular en zapatos de mujer de ta­cón de color negro y los dejaba en los dormitorios de sus cole­gas femeninas.

Se produjo un momento de silencio en la sala de redac­ción. Que se rompió a continuación con un coro de gemidos femeninos.

—¡Puaj!

Matt intentó colocar en su lugar su patética corbata arru­gada.

—¿Os imagináis la primera llamada a un abogado? «Hola, ¿podría ayudarme? Estoy en el trullo». «¿De qué se le acusa?». «De masturbarme en los zapatos y dejarlo en los dormitorios de mujeres».

—¿A qué es extraño? Había también aquel hombre en el Rez que... bien... —Kat hizo una pausa—. Una palabra: ovejas.

Gracias a Dios que ya era viernes.

Pero el día no hizo más que complicarse.

Tom estaba de mal humor porque había discutido con su novia quien, para el cachondeo de todo el mundo, no era otra que la liberal madre de Kara, Lily McMillan. Arremetió contra todo el mundo durante la reunión hasta que al final Syd acabó pidiéndole que se calmara. Los dos iniciaron entonces un concurso de gritos que acabó con Kat levantándose y abandonan­do la sala.

—Esto no es productivo —dijo simplemente, antes de que la puerta se cerrara de un golpe a sus espaldas.

Y así terminó la reunión.

Tessa hizo unas cuantas llamadas sobre el caso del funcio­nario, luego escribió rápidamente un artículo corto y acabó a tiempo para poder comer con Sophie.

Eligieron ensaladas, en realidad sólo montañas de hojas mustias con rodajas de pepino y tomates cherry por encima, y se sentaron en su rincón favorito de la cafetería.

—¿Crees que Kara sabe la importancia vital que tiene su madre para que la sala de redacción funcione sin problemas? -preguntó Sophie, aliñando su ensalada con un sobrecito de iliño italiano—. A lo mejor deberíamos llamarla y decirle que lo pida a su madre que arregle sus asuntos con Tom, fundar el l'ondo Lily McMillan o alguna cosa así.

Tessa se aliñó la suya con salsa ranchera.

—Me parece que Kara intenta básicamente no pensar en el tema. ¿Cómo te sentirías si tu madre se acostara con Tom Trent?

—Diría que se merecería una prestación especial por tra­bajos peligrosos. —Sophie cogió el tenedor y pinchó un to­mate.

Hablaron sobre sus artículos mientras comían y pronto se les unió Holly, que también había elegido ensalada, y Lissy, que no había decidido por una gruesa y jugosa hamburguesa con queso que tenía un aspecto de mil demonios y olía a gloria.

—El embarazo es el único momento en la vida de una mu­jer en el que le está permitido estar gorda, y me aprovecho de ello —dijo Lissy, cuando todas miraron su comida con envi­dia --. Además, me pasé los tres primeros meses sin comer y con náuseas.

Hablaron un rato sobre el embarazo de Lissy, sobre cómo se encontraba, sobre los mimos con que la obsequiaba Will, sobre sus planes para el parto. Luego Lissy y Holly les conta­ron sobre las prendas de un nuevo diseñador que iban a fabri­carse en los alrededores de Denver y sobre el desfile que di­cho diseñador, Antón, celebraría muy pronto en el Adam's Mark Hotel.

—Por fin ha llegado la alta costura de Denver. —Lissy se limpió las comisuras de la boca con una servilleta—. La tem­porada pasada, Antón hizo cosas increíbles con ojales y estam­pados campesinos.

Sophie y Tessa se miraron.

—¿Ojales? —dijeron, casi al unísono.

Pero pese a que Tessa escuchaba la animada conversación de sus amigas, se sentía desconectada, como si no estuvieran allí. Sonreía. Reía. Pero por dentro se sentía totalmente inex­presiva.

Fue Sophie quien finalmente le dijo:

—¿Qué tal lo llevas, Tess? Y no me digas que «bien» por­que me doy perfecta cuenta de que no es verdad.

—Estoy cansada, simplemente. —Al principio, Tessa pen­só en desviar la conversación de sus problemas. Pero luego se dio cuenta de que le apetecía explicarlos—. Me cuesta mucho dormir. Cada vez que oigo un ruido me despierto, y ayer me tropecé con el hombre de la chaqueta de cuero negra.

Lanzaron todas ellas un grito sofocado.

—¡Oh, Dios, Tessa! ¿Llamaste a la policía?

—Muy graciosa la pregunta.

Tessa se enfrentó por un momento a lo que debía decirles. No le había explicado nada a Tom, sabiendo que con él la in­formación no estaría en buen recaudo. Obligándoles a jurar que guardarían el secreto y con un susurro, les explicó que ha­bía ido a visitar al señor Simms y que había acabado en un armario ropero besando a un hombre alto y moreno que suponía que era el asesino, pero que resultó ser una especie de policía secreto. Se lo explicó todo... excepto el nombre de Julián y los detalles que él había descubierto sobre su pasado.

—¿De verdad que le apuntaste con una pistola? —Lissy la miraba con los ojos como platos—. ¿Con una pistola cargada con balas?

—Oh, ¿y a quién le importa eso ahora? —Holly sonrió—. Vuelve al momento en que él te introdujo la lengua en la boca.

—Lo hizo sólo para silenciarme. No fue un beso de verdad.

—Pues a mí me parece que sí acabó siendo un beso de ver­dad. Estoy segura de que le atraes. —Holly sonrió afectada­mente—. Siguió besándote.

Tessa notó que el estómago le daba un pequeño vuelco. No sabía qué decir.

—Mira, Tessa —dijo Lissy—, me parece que ese tipo alto, moreno y letal se salió con la suya en cuanto a no hacerte daño. Podría haberte arrestado... incluso haberte disparado.

—Y si se trata de un policía secreto y el Jefe Irving teme que su vida corra peligro, entonces la que me preocupas eres tú. —Sophie hizo una pausa y bebió un poco de agua mine­ral—. Quienquiera que esté detrás del tiroteo... parece muy peligroso. Es posible que hayas tropezado con un gran artícu­lo... o que el artículo haya tropezado contigo.

Tessa había pasado la noche en vela pensando precisamen­te en eso.

—La mayoría de tiroteos desde vehículos en marcha tie­nen que ver con bandas de gánsteres, de modo que voy a em­pezar por ahí. Esta tarde iré a echarle un vistazo al barrio de la gasolinera para ver qué averiguo.

Tessa estacionó el coche en el callejón que había frente a la ga­solinera, que volvía a estar abierta al público, y echó a andar en dirección sur. No estaba muy segura de por qué había elegido esa calle, pero le parecía que la chica llegó procedente de aque­lla dirección. Sin disponer de nada más, se dispuso a confiar en su instinto.

Era un barrio antiguo y con árboles crecidos. Los vetustos edificios de apartamentos competían por su espacio con casas aún más viejas. Había trozos en los que la acera se desmorona­ba y otros en los que las raíces de los árboles la habían destro­zado. La mayoría de jardines estaban cuidados, el césped que­mado por aquel otoño tan seco y cubierto por las hojas de los naranjos. En el porche de alguna casa había aparcado un trici­clo, y otras tenían puertas y ventanas adornadas con la decora­ción típica de Halloween: familias con niños pequeños. Había coches aparcados a ambos lados de la calle: utilitarios peque­ños, viejos cacharros, monovolúmenes más modernos, un par de deportivos. Era evidente que la gente que visitaba los cines y los negocios de la calle Colfax creía que era un barrio seguro donde poder aparcar.

No era precisamente el tipo de barrio que Tessa relaciona­ría con la actividad de las bandas de gánsteres. Sabía qué era la pobreza, y no era aquello. La gente que vivía allí no era deses­peradamente pobre, sino que simplemente no era lo bastante rica como para permitirse cada año una nueva capa de pintura. Tal vez alguna que otra banda reclamara de vez en cuando la ca­lle como parte de su territorio, pero sin llegar a mayores.

Vio el primer ejemplo de graffiti pintado por una banda en el lateral de un edificio de apartamentos. De entrada le pareció una maraña de letras azules pintadas de modo que tuvieran un aspecto tridimensional, apelotonadas las unas encima de las otras. Se acercó a ellas e intentó descifrarlas.

La palabra de mayor tamaño era «CUZZ», uno de los mu­chos nombres con los que se conocía a los Crips2.

Luego identificó las palabras «Syko» y «Flaco», segura­mente los nombres de los miembros de la banda que lo habían pintado, uno de ellos evidentemente de origen hispano.

Debajo aparecían las palabras «G.O.» (gánster original) y «SLOB»3, con la letra «B» tachada con una «X» de color ne­gra, lo que en el lenguaje de la calle significaba «asesinato san­griento».

A su lado aparecía un garabato en el que se leía «Trey-8», un arma de calibre treinta y ocho, en lenguaje vulgar.

Syko y Flaco intentaban atribuirse el mérito de haber ase­sinado a un miembro de los Bloods con un arma de calibre treinta y ocho.

Anotó las palabras en su cuaderno, sacó la cámara, se alejó unos pasos de la pared y le hizo una fotografía.

Sabía que los Crips eran la mayor banda de Denver y que al igual que sus rivales, los Bloods, estaban bajo la dirección de los líderes de las bandas en Los Ángeles. Ambas bandas vendían crack y otras drogas, peleaban entre ellas y contra las numero­sas bandas de chicanos y mexicanos para obtener la supremacía en las calles. Pero aun así, y en comparación con la situación en Nueva York y Los Ángeles, Denver era el Edén, con pocos ti­roteos y escasa violencia mortal.

Tessa guardó la cámara en el bolso y caminó todo el calle­jón, encontrando más ejemplos de graffitis, algunos obra de inocentes pintores y el resto, el resultado elocuente de los botes de pintura de Syko y Flaco. Regresó a la calle principal y si­guió caminando por ella.

Era un día luminoso y soleado, el cielo eterno y azul como sólo podía serlo el cielo de Colorado, y con una sensación de alivio se dio cuenta de que había pasado como mínimo una hora sin pensar en Julián Darcangelo y sus letales labios. Sin duda alguna, había tenido una reacción exagerada, se había imaginado más pasión y sutileza en el beso de la que había ha­bido en realidad. Al fin y al cabo, temía por su vida y la adre­nalina inundaba su organismo en aquel momento e intensifica­ba sus sentidos. Seguramente la había besado como un pez.

Con la moral un poco más elevada, decidió llamar a unas cuantas puertas.

En las primeras tres casas de la manzana no le respondió na­die. La cuarta era el hogar de una pareja mayor de afroamerica­nos deseosos de hablar sobre sus nietos, pero que no tenían ni idea sobre la posible actividad de las bandas o sobre el tiroteo.

—No leemos la prensa —le explicó el marido—. Sólo hay malas noticias.

La quinta casa estaba habitada por varios estudiantes uni­versitarios, uno de los cuales estaba en casa: un chico británico con pelo castaño de punta.

—Sí, claro —le dijo cuando ella le habló sobre el tiro­teo—. Sí, lo leí en el Indy. ¿Eres tú la chica que lo escribió? He visto ese coche... el de las llantas guay. Un coche guay.

Pero fue incapaz de decirle quién conducía el coche guay, ni reconoció la descripción que ella le hizo de la víctima. Y aun­que había visto a tipos que pensaba que eran miembros de ban­das paseando por Colfax, nunca había visto a ninguno que lle­gara a acercarse hasta aquel barrio.

Cuatro casas más abajo, habló con una joven madre de ori­gen asiático mientras sus dos pequeños se perseguían a sus pies. La mujer le explicó que había leído sobre el tiroteo pero que no había visto ni el coche ni nadie que pareciese miembro de una banda. Pero cuando Tessa le describió a la víctima y le preguntó si alguna vez había visto a cuatro jóvenes caminando juntas, la mirada de sorpresa reflejada en el rostro de aquella mujer fue inequívoca.

—¡Por Dios! Sí, creo que las vi un par de veces. ¡Tyler, para ya! —Se agachó y separó a un niño del otro—. Me parece que este verano las vi algunas veces mientras estaba arreglando el jardín... cuatro adolescentes de origen hispano y una mujer ma­yor. Sólo puedo dedicarme al jardín los fines de semana, cuando mi marido Terry está en casa. ¿Eran miembros de alguna banda?

—No lo sé, pero intento averiguar todo lo posible.

—¡Tyler! —La mujer gritó exasperada—. Me imagino que eso explica que la policía estuviese en su casa esa noche. Seguramente fueron a ver a la familia para comunicarle la muerte, ¿verdad?

—Supongo. —Tessa notó que se le aceleraba el pulso—. ¿Sabe dónde vive su familia? ¿Puede enseñarme la casa?

Uno de los angelitos lanzó un chillido taladrante.

—¡Tyler y Sasha, voy a castigaros a los dos! No pensará publicar mi nombre, ¿verdad? No quiero ver mi nombre en los periódicos, sobre todo si hay un asesino rondando por aquí.

—Lo comprendo. No utilizaré su nombre si es lo que us­ted prefiere.

La mujer cogió en brazos a la niña, que no paraba de llorar, y acompañó a Tessa hasta el porche.

—La tercera casa más abajo y cruzando la calle. Entra y sale mucha gente, en su mayoría hombres. Desde que la policía estuvo allí, no ha habido mucho movimiento.

Tessa contó las casas y vio un desvencijado búngalo blanco con tejado negro.

—Muchas gracias. Ha sido usted de gran ayuda, señora...

—Aito, Wendy Aito. Buena suerte. —Y la mujer desapa­reció en el interior de su casa, con su hija en brazos y arras­trando al niño.

Tessa atravesó la calle, pensando en todo lo que le gustaría decirle a la familia de la víctima.

«Me gustaría haber podido ayudarla, pero me quedé para­lizada. Lo siento.

»Sucedió todo con tanta rapidez, no me dio tiempo a reac­cionar.

»Lo siento mucho, muchísimo».

Tessa se acercó a la casa sintiendo una extraña sensación de aprensión que intentó ignorar. La señora Aito había dicho que allí era donde vivía la familia de la chica. No era el escondrijo del asesino. Caminó por la maltrecha acera, subió las escaleras y llamó a la puerta.

No respondió nadie.

Volvió a llamar.

Seguía sin aparecer nadie.

Llamó una tercera vez y acababa de sacar una tarjeta de vi­sita del bolso cuando se abrió la puerta y apareció una anciana menuda de hombros caídos, rizos blancos y gafas de cristales gruesos. Utilizaba un andador.

—¡No quiero nada! —dijo la mujer con voz fina y tem­blorosa.

Tessa le mostró su tarjeta.

—No vendo nada, señora. Sólo me preguntaba si podría hablar un momento con usted.

—¡Hable alto! —La mujer se llevó la mano al oído, mos­trándole sus aparatos para la sordera—. No oigo nada. Necesi­tan pilas, pero no tengo dinero. Pase.

Tessa entró.

Julián vio a Tessa entrando en la casa de la anciana, la vio salir veinte minutos después, vio a la anciana señalando en dirección a la parte trasera de su casa.

—¡Oh, por el amor de Dios!

El Jefe Irving tenía razón: era insistente.

Irving le había echado la bronca a Julián por la mañana por el beso en el hospital.

—Tessa Novak no es sólo una periodista, Darcangelo. Es miembro del Equipo de Investigación de élite del Denver Indy y es la mejor periodista policial que he conocido en mi vida. La mitad de mis hombres la temen, la otra mitad cree estar ena­morado de ella. Y te diré más, ¡la respeto un huevo! He pasado gran parte de estos tres años intentando convencerla de que no somos delincuentes. ¿Y ahora quieres explicarme por qué ayer la encerraste en un armario ropero y la besaste? ¡Ella lo califi­ca de agresión, y le estoy condenadamente agradecido porque no lo haya publicado en la portada de esta mañana junto con tu maldito nombre!

¿Agresión? Julián imaginaba que había sido un acto invo­luntario. Además, no pretendía besarla... al principio. Y, de he­cho, la lengua de ella tampoco había mostrado reparos en in­troducirse en su boca.

Pero todo eso no se lo había contado a Irving. Había asu­mido la responsabilidad de sus actos y dejado claro que no ha­bía tenido muchas alternativas que no incluyeran la de dejar al­guna que otra señal en la preciosa piel de la señorita Novak. Después se había dirigido a la morgue para presenciar la autopsia que el médico forense tenía que realizarle a Zoryo. Pese a que los resultados del laboratorio no habían llegado todavía, la causa de la muerte parecía suicidio por asfixia.

Enfadado a no poder más por haber perdido a Zoryo, Ju­lián había pasado la tarde cavilando y sentado en su furgoneta aparcada en la calle del apartamento del sótano, anotando el número de matrícula de todos los hombres que se acercaban allí, aparcaban sus bonitos vehículos y se encaminaban a la par­te trasera en busca de un poco de acción prohibida, para salir luego corriendo en cuanto veían la cinta de precinto de la po­licía. Después enviaba oficiales a interrogarlos a todos y cada uno de ellos. En cuanto les explicaban las docenas de muestras de ADN que la policía había recogido en el cuerpo de la vícti­ma, las sábanas y los preservativos usados, se resquebrajaban como cáscaras de huevos y cantaban sin el menor problema.

Divisó a Tessa unas casas más abajo y verla le cabreó tanto que le provocó una reacción química que hizo aumentar unos cuantos grados la temperatura de su sangre.

«Eso es lo que llaman "deseo", Darcangelo».

La vio avanzar puerta tras puerta, disfrutó del contoneo de sus caderas en el interior de la estrecha falda de color azul ma­rino, del balanceo de sus dorados rizos sobre la chaqueta de corte sastre, de la forma femenina de sus piernas. Y se pregun­tó qué demonios haría con ella.

Se dirigió a la parte trasera de la casa, vio la cinta de pre­cinto de la policía y se quedó allí, mirándola. A continuación, se agachó y pasó por debajo.

Y entonces, Julián supo la respuesta a su pregunta.

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