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Capítulo 6

Julián hizo una llamada por su radio. Luego cogió un par de es­posas, las guardó en el bolsillo de su chaqueta, salió de la fur­goneta y se dirigió a la parte posterior de la casa. Sabía que el Juzgado del Distrito retiraría los cargos, pero al menos le en­señaría una lección.

Estaba al pie de la escalera trasera, husmeando a través de la pequeña ventana de la puerta, tan concentrada en su fisgo­neo que ni siquiera le oyó llegar.

—Ya puede estar contenta de que los tres osos no estén en casa, Ricitos de Oro. Queda usted detenida.

Ella lanzó un grito sofocado, se volvió y le miró. Y enton­ces entrecerró sus grandes ojos azules.

—¡Usted!

Julián levantó la cinta amarilla y le indicó a ella que se acercase.

—Atravesar los precintos de la policía es un delito muni­cipal, pero interferir las operaciones del gobierno es un delito mayor.

—¿Qué operaciones del gobierno? —Subió las escaleras, sus tacones repicando en el suelo de hormigón, y se agachó por debajo de la cinta.

—Las manos detrás de la cabeza. Enlace los dedos, separe los pies. Ya conoce el procedimiento a seguir.

—¡No puede hablar en serio! —Le miraba como si se hu­biese vuelto loco.

—Jamás he hablado más en serio. —Le posó la mano en la nuca y la apartó del peligro de las escaleras, sintiendo bajo la mano la suavidad sedosa de sus rizos.

Ella le apartó la mano.

—¡No me toque!

—Atacar a un oficial de policía, resistirse al arresto, no se­guir las órdenes que marca la ley. —La miró por encima de las gafas de sol, divertido al ver su cara de asombro—. Está cons­truyéndose un buen historial criminal, señorita Novak.

Lanzó ella un grito femenino de rabia, dejó caer el bolso al suelo y, hecha una furia, asumió la posición ordenada.

—¡El Jefe Irving le cortará la cabeza!

Seguramente tenía razón. Pero aun así, no pudo evitar son­reír. En comparación con los duros asesinos con quien solía tratar, aquello era como arrestar a Barbie.

—Pienso que exigirá saber por qué está usted metiendo la nariz en un caso que le ha pedido que deje correr.

—¡Yo no estoy bajo el mando del Jefe Irving! ¡Usted sí! —Volvió la cabeza para mirarlo—. ¡Además, yo no estaba me­tiendo la nariz en ningún lado! Creía que la familia de la chica vivía aquí. Quería darles el pésame.

—Debería haber mandado flores. —Se acercó a ella para re­gistrarla, vio que se ponía rígida. No quería que la tocase. ¿O sí?

Alargó la mano para tocarla.

—Tiene derecho a permanecer en...

En el momento en que la rozó, dio ella un grito sofocado y dejó caer los brazos a ambos lados, se tambaleó sobre sus ta­cones y cayó de espaldas contra él.

Si un hombre adulto hubiera hecho aquello en pleno regis­tro, Julián habría imaginado que el sospechoso pretendía ata­carle y le habría sometido. Pero Tessa no era el tipo de asesino Violador que estaba acostumbrado a cachear, y su nerviosismo le resultaba tanto divertido como extrañamente atractivo.

La sujetó y la estabilizó de nuevo sobre sus preciosos zapa­tos. La agarró entonces por las muñecas y se las llevó de nuevo a la cabeza.

—Tranquila, Tessa, no pienso abusar de usted.

Trabajó con rapidez, sus manos recorrieron su estrecha caja torácica y su vientre ligeramente redondeado, descendie­ron hasta su esbelta cintura y sus marcadas caderas, siguieron por la uniforme longitud de sus pantorrillas y sus muslos.

—Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier rosa que diga puede ser y será utilizada en su contra ante los tribunales.

Aquellas palabras le salieron de forma automática... suer­te, pues la parte racional de su cerebro había dejado de funcio­nar. No ayudaba para nada que dondequiera que la tocaba, ella le tensase: los hombros, el vientre, los muslos. Como agente secreto que era, tenía la costumbre completamente arraigada de prestar atención hasta al más sutil de los movimientos que pudiera percibir en las personas que tenía bajo su custodia; era una habilidad que le había salvado la vida. Pero aquello era dis­tinto.

Era física. Era química. Era una tremenda distracción.

Y estaba comunicándole algo que no quería precisamente haber: que Tessa Novak podía parecer fría y distante por fuera, pero que por dentro era puro fuego.

«Tranquilo, chico».

—Tiene derecho a hablar con su abogado y a su presencia durante cualquier interrogatorio. Si no puede permitirse un abogado, el gobierno correrá con los gastos de uno de oficio. ¿Ha comprendido bien sus derechos?

—¡Váyase al infierno! —Su voz había perdido un ápice del tono desafiante anterior.

—Empleo de palabras malsonantes. —La cogió por las muñecas, le dobló los brazos por detrás de la espalda y le cal­zó las esposas, dejándolas más sueltas de lo que era habitual—. Espero que tenga un buen abogado. A cada minuto que pasa veo más probable una estancia confortable en el Club Fe­deral.

Un coche patrulla blanco y negro patinó hasta detenerse en la cuneta, sus luces encendidas intermitentemente.

Justo a tiempo.

—Tal vez, mientras hago la reserva, podría presentar car­gos contra usted. ¿Qué le parece secuestro, encarcelamiento improcedente, agresión sexual y arresto improcedente, para empezar? Podría ser una noticia interesante, ¿no?

Le dio un tirón para colocarla frente a él, se agachó y bajó su voz hasta alcanzar aquel tono que conseguía asustar incluso a hombres hechos y derechos y armados.

—Esto no es un juego, señorita Novak. Conozco cosas so­bre secuestros y agresiones sexuales que van mucho más allá de las peores pesadillas que usted pudiera tener. Si veo mi nombre publicado en su periódico, rodarán cabezas, empezan­do por la suya.

Tessa abrió los ojos dé par en par, se quedó casi sin respi­ración, pero aun así, levantó la barbilla.

Julián sintió el absurdo impulso de besarla.

Ahuyentó dicho impulso, bajó la mano, le cogió el bolso y lo registró mientras Petersen la escoltaba hasta el coche patru­lla. Billetero. Gafas de sol. Lápiz de labios. Más lápiz de labios. Lima de uñas. Tampones. Llaves. Media docena de bolígrafos.

Una pistola de calibre veintidós cargada. Bloc de notas. Cáma­ra digital.

Examinó estos dos últimos objetos y vio que ella seguía buscando indicios de presencia de bandas con la mirada... un hecho que le preocupaba. No le gustaba la idea de tenerla por las calles relacionándose con miembros de bandas.

—Siento tener que verla bajo estas circunstancias, señori­ta Novak —dijo Petersen, con la mano posada sobre la cabeza de Tessa para guiarla hacia el interior del vehículo—. La lleva­remos a comisaría y le tomaremos declaración.

Julián dejó el bolso en el asiento delantero.

—Lleva en el bolso un doble dos cargado, Petersen, aun­que no estoy muy seguro de que sepa utilizarlo. Y cuando te en­cargues de ella, asegúrate de que le anotas también el cargo de falsificar información en el permiso de conducir.

—¿Qué? —exclamó ella—. ¡Se está pasando!

Sus miradas se cruzaron y Julián vio la rabia y la increduli­dad reflejadas en los ojos de ella.

—Aquí dice que pesa cincuenta y dos kilos, pero estoy se­guro de que no está ni un gramo por debajo de los cincuenta y cuatro.

Tessa se puso colorada como un tomate.

—¡Ooooh!

Muerta de hambre y de sed, Tessa se sentó a la espera de que le llamasen a declarar en una silla de plástico naranja que es­taba atornillada al suelo (que, por cierto, necesitaba un fregado urgente), sus piernas y sus pies descalzos y helados. Unas sillas más allá, un hombre roñoso con barba pelirroja y cabello rubio enmarañado, vestido con unos pantalones vaqueros mugrientos y una camisa de cuadros más sucia aún, la repasaba de arriba abajo como si estuviese completamente desnuda.

—¿Por qué estás aquí, pequeña?

—Por castrar a un tipo que se atrevió a molestarme.

El hombre la miró fijamente un instante, el deseo desapa­reciendo rápidamente de sus ojos, cruzó las piernas y apartó la vista.

—Mala puta.—susurró.

Tessa seguía sin poder creerse que estuviera allí. A la espe­ra de declarar. En la cárcel de Denver. Arrestada por diversos delitos. Seguía esperando que alguien le dijese que todo aque­llo era una broma o un terrible error y la soltaran. Pero nadie le decía nada. Ni siquiera le habían permitido realizar una lla­mada.

El oficial Petersen la había llevado en coche patrulla hasta el centro de la ciudad y la había escoltado hasta un control.

—Bienvenida al Denver Hilton —le había dicho.

Le había quitado las esposas y le había pedido que primero se quitara los zapatos, que habían pasado uno a uno a través de una pequeña ventanilla, y luego las medias. A continuación, una mujer policía la había cacheado a fondo, tocando las pocas par­tes del cuerpo que Julián había dejado sin inspeccionar. Des­pués de magrearla, la policía la había acompañado hasta la sala de espera donde, uno a uno, iban llamando a los recién arres­tados para tomarles las huellas dactilares y fotografiarlos.

Tessa se sentía humillada... y furiosa. Sabía que atravesar los precintos policiales iba contra la ley, pero era lo que siem­pre hacían los periodistas, normalmente con la aprobación tá­cita de la policía. Tessa no conocía ningún caso de un periodis­ta arrestado por haberse agachado bajo la cinta amarilla. Y el resto... aquel hombre se lo estaba inventando.

¿Interferir las operaciones del gobierno? Eso sería imposible de demostrar. Igual que atacar a un oficial de la policía. ¿Cómo podía ella atacar a un hombre que era mucho más grande y fuerte que ella? Julián seguramente era cinturón ne­gro pero, aunque hubiese sido una bailarina vestida con un tutú de color rosa, habría sido capaz de doblegarla sin derramar ni una sola gota de sudor.

Cuando había aparecido de repente detrás de ella, le había dado un susto de muerte. Después la había sometido a aquel iluminante cacheo...

Dios, no podía pensar en eso. No podía.

Pero no podía evitar pensar en ello.

Había intentado hacerse la fría, actuar como si ser regis­trada de arriba abajo por un potente macho moreno de metro noventa no fuese más que una simple molestia... como que­darse atrapada en un atasco de tráfico. Pero en el momento en que la había tocado, había perdido toda su resolución, había de­jado caer los brazos, perdido el equilibrio y había caído hacia atrás hasta chocar contra la dura pared de su pecho.

«Tranquila, Tessa, no pienso abusar de usted».

¿Qué demonios le pasaba? A lo largo de su carrera profe­sional había sido testigo de docenas de arrestos, había investi­gado las técnicas de control de arrestados de Koga. Sabía per­fectamente lo que él le iba a hacer.

«Claro, pero no sabías lo que se sentía, ¿verdad?».

Lo tenía tan cerca detrás de ella, su presencia era tan abru­madora. Había notado su aliento contra su nuca, oído el tenso crujir de su chaqueta de cuero, olido su aromática loción para después del afeitado. Había sentido incluso el calor de su cuer­po. Era como si sus manos traspasaran ardientes la ropa, abra­saran su piel a medida que iba tocándola. Y cuando las manos se habían deslizado por sus medias y habían ascendido por sus muslos, se había incluso sentido húmeda.

¿Cómo era posible que su cuerpo respondiera de aquella manera con lo mucho que odiaba a ese hombre?

A lo mejor no lo odiaba, pero lo que estaba claro era que no era en absoluto de su agrado. Había utilizado la fuerza en dos ocasiones para intimidarla. Y a él incluso le había resultado gracioso. Lo había notado en su mirada cuando la había obser­vado por encima de sus gafas de sol.

«Está construyéndose un buen historial criminal, señorita Novak».

Al final, sería ella quien reiría en último lugar cuando el Jefe Irving le pegara la bronca.

Pero algo le decía que el Jefe Irving no tenía mucho con­trol sobre Julián. A lo mejor era el hecho de que Julián no tenía nada que ver con su concepto de policía secreta, una persona normal y corriente e invisible. O a lo mejor era su prepoten­cia, ese aspecto que tenía de no estar acostumbrado a recibir órdenes de nadie.

¿Y qué hacía allí? Era evidente que había estado vigilando la casa. ¿Esperaría el regreso de quienquiera que tuviera alqui­lado aquello?

«Ya puede estar contenta de que los tres osos no estén en casa, Ricitos de Oro».

¿Qué había querido decir con aquello? A lo mejor se refe­ría a las tres hermanas supervivientes. Pero ¿por qué habrían de suponer una amenaza para ella? O a lo mejor se refería al asesino, a quienquiera que estuviese en el coche aquella noche. Pero tampoco tenía sentido. Wendy Aito parecía estar segura de que las chicas vivían en la casa, y la señora Davis, la anciana menuda que tenía alquilada la parte superior de la casa, tam­bién le había dicho que vivían allí.

«Reciben muchas visitas masculinas», le había dicho, en un tono con el que dejaba clara su desaprobación.

¿Por qué la chica pretendía escapar de su casa? ¿Violencia doméstica? ¿Un novio violento? ¿Algún tipo de redada en bus­ca de miembros de bandas? Fuera cual fuese el caso, en el apar­tamento del sótano no vivía nadie en aquellos momentos. Por lo que Tessa había podido ver, estaba vacío.

—¡Tessa Marie Novak!

Tessa se estremeció por dentro al oír su nombre anunciado en la sala de espera. Era la única mujer de la sala. ¿No podrían haberse limitado a hacerle un gesto para que se acercara?

Un policía bajito con cabello oscuro y rizado y un lunar en su estrecha barbilla, se ocupó de tomarle las huellas dactilares, le hizo la fotografía de rigor y le indicó que subiera a una bás­cula. La luz roja de la cifra digital subió hasta cincuenta y seis.

«Aquí dice que pesa cincuenta y dos kilos, pero estoy se­guro de que no está ni un gramo por debajo de los cincuenta y cuatro».

«¡Cabrón!».

—Por aquí. —El policía se dirigió a ella en un tono de evi­dente aburrimiento, y le indicó que le siguiera hacia una de la media docena de celdas provisionales que había allí.

Se trataba de pequeñas salas cerradas con cristales gruesos que parecían peceras para personas. Las había visto con ante­rioridad, pero nunca se había percatado de sus detalles más sutiles: litera de acero inoxidable, lavamanos de acero inoxi­dable, retrete visible de acero inoxidable. Intimidad cero. Confort cero.

—Si me permite la pregunta, señor, ¿cuándo se me auto­rizará realizar mi llamada? ¿Y hay manera de poder tener una manta o de que me devuelvan los zapatos? Tengo los pies con­gelados.

La introdujo en una de las celdas vacías.

—El jefe está en camino para visitarla.

«¡Por fin!».

—¿Sabe usted cuándo...?

La gruesa puerta de acero inoxidable se cerró con un fuer­te sonido metálico.

Tessa deambuló por su jaula durante lo que le pareció una eternidad. Luego, con el estómago sin parar de gruñir, se sen­tó en la camilla de acero inoxidable, se quitó la chaqueta y se cubrió con ella las piernas y los pies. Cuando el Jefe Irving apa­reció al otro lado del cristal, había ya contado dos veces las bal­dosas del suelo.

Se levantó y volvió a ponerse la chaqueta.

Una llave en la puerta, un clic metálico. La puerta que se abre hacia fuera.

—¡Jefe Irving, me alegro mucho de verle!

Sólo mirarle la cara supo que el sentimiento no era mutuo.

Julián observó desde el monitor de la sala de control como Tes­sa seguía a Irving y abandonaba la celda provisional. Pálida y conmocionada, la vio acercarse al mostrador de recepción para firmar y recoger sus objetos personales y dirigirse, descalza aún, hacia los vestuarios. La siguió con la cámara y vio que se secaba los ojos. ¿Estaría llorando?

Notó una punzada en el pecho. La ignoró.

Mejor llorando que muerta.

Se abrió una puerta a sus espaldas.

—¿Qué le has dicho, Jefe? Se la ve muy turbada.

—No sé a quién darle una patada en el culo… si a ti o a ella. Aunque en este momento creo que me decantaría por ti.

Julián observó a Tessa entrar en un vestuario y cerrar la puerta, bloqueando de este modo la cámara. Luego se volvió hacia Irving y se cruzó de brazos.

—Me parece justo.

Irving instaló su obesa figura en una silla de oficina con ruedas.

—Me recuerda a mi hija mayor... resistente por fuera, y no tan resistente por dentro. Odio tener que ponerme duro con ella.

—No me digas que también has caído rendido ante su frá­gil belleza sureña, Jefe. —Julián soltó una risotada, aun reco­nociendo para sus adentros que lo que Irving acababa de decir sobre Tessa era verdad—. Tiene todo al Departamento de Po­licía de Denver dando vueltas a su lindo alrededor.

—Ahora no me vengas con que no te sientes atraído por ella, Darcangelo. Llevo toda la vida trabajando con hombres. Huelo de lejos cuando a un policía se le pone dura por culpa de una mujer implicada en uno de sus casos.

Julián ocultó su sorpresa.

—Está bien, no negaré que es atractiva. —Un juicio muy modesto—. Pero no pienso dejarla salir de aquí con sólo una citación. Está interfiriendo mi investigación y no permitiré que lo haga. Hay demasiado en juego... ¡incluyendo su vida!

—Todo lo que dices es cierto. —Irving movió afirmativa­mente la cabeza—. Pero nosotros, los pobres policías munici­pales, no podemos ir de mandones y doblegando las reglas como hacéis vosotros, los federales, y no puedo permitir que pongas en un compromiso la relación de mi departamento con los medios de comunicación.

Muy cabreado, Julián se puso en pie.

—¿Qué habrías querido que hiciese? ¿Quedarme sentado mientras ella va espantando sospechosos potenciales?

—No estoy seguro de qué habría hecho, pero está claro que fue accidental que estuviese presente en la escena del crimen. Estaba buscando información sobre las bandas y tuvo suerte.

—Sí, suerte. ¿Qué suerte habría tenido si hubieran vuelto a casa?

—No van a volver, y los dos lo sabemos. Pero te entiendo, y también ella.

—¿Qué le has dicho?

—Sólo que si la hubiera sorprendido el ocupante del apar­tamento en lugar de tú, esta noche su cuerpo habría aparecido flotando en el río Platte.

—¿Y por eso está tan conmocionada?

Irving asintió.

—Y por el hecho de que sigue traumatizada por el tiroteo: no puede dormir, tiene pesadillas, sigue recordando las últimas palabras de la chica. El sentimiento de culpa del superviviente.

Julián conocía a la perfección el sentimiento de culpa del superviviente.

—Le dije que le solucionaría el tema mandándole el mar­tes, a la salida del trabajo, a uno de mis hombres para que le en­señara a practicar un poco con esa arma de veintidós milíme­tros que lleva encima. Y ese hombre eres tú, Darcangelo.

Julián se sentó y bufó.

—¡De ninguna manera! Lo siento, Jefe, pero tengo cosas más importantes que hacer que enseñarle a...

—Lo harás porque yo te pido que lo hagas. Durante estos últimos meses te he hecho más de un favor: dejarte llevar la ba­tuta, no informar de nada a mis hombres, ocultarle determina­das actividades a tu verdadero jefe. ¿Cuánto tiempo más piensas que puedo retener el informe de la autopsia de la chica asesina­da o desviar la atención de la detención y el suicidio de Zoryo?

Irving lo tenía cogido por las pelotas.

—De acuerdo, lo haré... una vez. Pero Tessa Novak no es responsabilidad mía. Tengo un trabajo que hacer y que no in­cluye hacer de niñera de una periodista.

—Mantenla con vida, Darcangelo. Cómo soluciones el conflicto depende de ti. Pero mientras, recuerda lo que dice el buen libro.

Julián no había leído nunca la Biblia.

—¿Y qué dice?

Irving salió al pasillo y se volvió para mirarlo.

—Nunca inicies una disputa con alguien que compra la tinta a granel... la prensa, se entiende.

Tessa aceptó que el Jefe Irving la acompañara en coche hasta donde tenía aparcado su vehículo y luego volvió a su casa. No le apetecía hablar con Tom aquella noche, de modo que espe­raría al lunes para dar explicaciones. Lo único que quería en aquel momento era devorar un helado gigante de chocolate y ver programas de televisión que no le hiciesen pensar.

Aparcó en la plaza de aparcamiento que tenía reservada, entró por la puerta principal y miró el buzón. Nada que no fuese basura.

Cogió el ascensor hasta el séptimo piso, entró en su apar­tamento, encendió las luces y cerró la puerta con llave a sus es­paldas. Todo estaba tal y como ella lo había dejado. Dejó el ma­letín en el suelo, junto a la puerta y exhaló un suspiro de alivio.

¿Qué esperaba? ¿Quince miembros armados de una banda?

Inició la rutina que habitualmente seguía al llegar a casa después del trabajo, intentando sacudirse de encima el mal presentimiento que tenía desde que el Jefe Irving le dijera —ofi­ciosamente, por supuesto— que quien vivía en el apartamento del sótano era el asesino, no la familia de la chica.

—A estas alturas estaría muerta... o desearía estarlo —le había dicho—. Acabaríamos encontrándola flotando en el río Platte.

Se había dado cuenta por su mirada que intentaba asustar­la, pero también que decía la verdad. Y había hecho la cosa me­nos profesional de su vida: le había hecho confidencias a una fuente de información. Le había explicado al Jefe Irving lo mu­cho que le costaba dormir. Le había confesado que saltaba al oír el menor ruido. Le había contado sus pesadillas.

Estaba segura de que el Jefe Irving la consideraría una debilucha y que le había contado todo aquello sólo para que él le posase una mano paternal sobre el hombro.

—Ser testigo de un asesinato a sangre fría no es andarse con chiquitas, señorita Novak. He visto a hombres hechos y jderechos más débiles que usted... hombres con galones. Tómese un tiempo de descanso. Visite a sus amistades. Abandone la ciudad una temporadita. Después se sentirá mucho mejor.

Entonces le ofreció que uno de sus hombres le hiciese un pequeño entrenamiento de prácticas de tiro en las instalaciones que tenía la policía a esos efectos. Al principio se había negado, pues no quería que todo aquello cobrase más visos de realidad de los que ya tenía. Además, lo de apuntar a alguien con un arma y apretar el gatillo tenía que ser muy duro. Pero luego recordó la rapidez con la que Julián la había desarmado, y aceptó la oferta. No le haría ningún daño sentirse más cómoda con el arma, practicar algunos disparos. Había estudiado el manual de usuario, pero jamás había apre­tado el...

Abajo, en el vestíbulo, se oyó una puerta cerrarse de un portazo. Tessa dio un brinco.

Y de pronto supo lo que quería hacer. Corrió hacia el te­léfono y marcó el número de teléfono móvil de Kara, espe­rando que no fuese demasiado tarde. Kara respondió al tercer ring.

—¡Oh, gracias a Dios que te encuentro! ¿Puedo, puedo por favor, aceptar tu invitación e ir con vosotros a la cabaña? Necesito salir un poco de la ciudad.
Había muchas maneras de saborear a las mujeres, muchas ma­neras de controlarlas, de poseerlas. Alexi había llegado a domi­narlas todas... y gracias a ello se había convertido en un hombre muy rico y poderoso. Había pasado de las calles insulsas y grises de Moscú a una vida de lujo en Estados Unidos. Pocos hombres podían llegar a entender el control que tenía sobre la vida de los demás... o la enorme carga que sentía cuando algo salía mal.

Tres años atrás, había estado a punto de perderlo todo. Ju­lián Darcangelo se había infiltrado en su organización como un virus. Pero Alexi le había devuelto la pelota y había manipula­do a Darcangelo para librarse de dos socios fastidiosos, utilizándolo para indagar sobre las debilidades de su organización. Era una relación arriesgada pero simbiótica: Darcangelo man­tenía a Alexi en estado de alerta y Alexi le daba a Darcangelo un objetivo en la vida. Alexi sabía más sobre Darcangelo que lo que aquel desgraciado sabía sobre sí mismo, y Alexi se aprove­chaba de ello. Un día, Darcangelo tendría que morir, pero de momento era un oponente útil, además de formidable, para Alexi.

Aun así, no podía permitirse que sus empleados cometie­ran errores estúpidos.

Bajó la pistola de calibre cuarenta y cuatro y contempló al idiota al que acababa de disparar y que había caído al suelo como un bulto. Luego miró a los demás, saboreando el aroma a miedo que inundaba el almacén.

—Una de mis chicas ha muerto, y creo que es bueno. Debería estar muerta. Pero me pregunto, ¿cómo consiguió escapar? Recorre tres manzanas hasta llegar a una gasolinera y na­die la detiene hasta que hay más testigos que moscas sobre la mierda. ¿Tenéis algún tipo de explicación?

Volvió a levantar la pistola, sonrió cuando su objetivo se hundió en un charco de orín y levantó los brazos, suplicante.

—¡No, no tengo idea de cómo escapó! ¡Dios mío! Yo es­taba dormido, ¡lo juro! ¡Era el turno de Toby de controlar la puerta!

Alexi se planteó darle también un tiro a ése. Su negocio era tan fuerte como débiles fueran sus enlaces, y aquel imbécil se había arrugado muy fácilmente. ¿Qué haría si lo pillaba la policía o, peor aún, si lo pillaba Darcangelo?

—¡No eres nada! Mírate... arrastrándote en tus propios orines. ¿Acaso no eres capaz ni siquiera de mirar un muerto a la cara?

El imbécil levantó lentamente su cara pálida y sudorosa, temblando de la cabeza a los pies, sollozando.

—¿Lo ves? —Alexi sonrió—. No eres cobarde del todo. ¿Qué harás por mí si te permito seguir con vida?

—¡Lo que me pidas! ¡Lo que quieras! ¡Por Dios!

Alexi bajó el arma.

—En aquel tiroteo chapucero hubo dos testigos, ¿no es cierto?

Un gesto de asentimiento frenético.

—Una es periodista. Mirad, ha escrito sobre el caso en su periódico. —Mostró un ejemplar del Denver Independent —. Un artículo muy bueno.

—Le pegaré un tiro. ¡Les pegaré un tiro a los dos!

—Una oferta muy amable por tu parte... pero muy estú­pida. No se trata de andarse a tiros con una periodista. Si lo ha­ces, los demás periodistas empezarían a formular preguntas.

—¿Y qué tendría que hacer?

—El viejo... tiene el corazón mal, un pie en la tumba. Ni siquiera necesitarás un arma. Pero la periodista... —Alexi re­flexionó sobre la situación, sopesó los pros y los contras—. Quiero que la vigiles. Quiero que lo averigües todo sobre ella... adonde va, con quién se ve, qué cena. Luego, ya ve­remos.


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