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Capítulo 7



No había nada más terapéutico que una buena pelea de bolas de nieve, y Tessa tuvo varias el sábado. Ella y Connor vencieron dos veces a Reece, compensando su mala puntería con grandes cantidades de nieve. Luego, ella y Kara perdieron en una va­liente batalla contra los hombres. Se vieron obligadas a reco­nocer los méritos de Connor, que con sólo seis años de edad, no conocía el miedo.

Cuando no estaba fuera jugando en la nieve como una niña —¿quién podía imaginarse que hacer muñecos de nieve podía ser tan divertido?—, estaba en el interior de la cálida cabaña, echando una mano en la cocina, entreteniendo a la pequeña Caitlyn de catorce meses de edad, o sentada frente al fuego charlando con sus amigos. Kara y Reece no la presionaron, y Tessa estuvo un rato sin mencionar nada sobre su investigación, deseosa, por encima de todo, de dejar de pensar en el tiroteo.

Pero con el respaldo de aquellos picos nevados de más dos cuatro mil metros, al cobijo de los bosques de olorosos pinos ponderosa y álamos blancos desnudos de hojas, y rodeada por el calor de la amistad, notó que la tensión que había ido acu­mulando a lo largo de la semana desaparecía. Y por vez prime­ra en muchos días, durmió profundamente.

Naturalmente, no le hacía ningún daño saber que Reece estaba armado. Cuando se quitó el suéter empapado de nieve, Tessa vio de refilón la pistolera que llevaba sujeta al cinturón. Sabía que no era sólo por ella. Llevaba un arma encima desde la terrible experiencia de Texa Ment que casi acaba tanto con su vida como con la de Kara.

El domingo por la tarde. Tessa creyó que sería bueno co­nocer su opinión sobre la investigación. Mientras bebían sidra de manzana caliente, les explicó a Reece y a Kara lo que había sucedido desde la última vez que se habían visto, prescindien­do de cualquier detalle que pudiera poner en un compromiso la seguridad nacional, es decir, el nombre de Julián, el historial de ella, y el hecho de que se transformaba en gelatina caliente cada vez que Julián la tocaba. Cuando terminó su relato, se encontró frente a dos pares de ojos pesimistas.

Fue Kara quien rompió el silencio.

—Esto es muy serio, Tessa. Cuando la pesadilla de Texa ­Ment, el Jefe Irving me dijo que esperaba que no acabasen matándome. Nunca dijo esas cosas que te está diciendo a ti. ¿Flotando en el Platte? ¡Dios mío!

—Kara tiene razón. —Reece se levantó y añadió más leña al fuego—. Confío completamente en Irving. Si cree que esos tipos son tan peligrosos como dice, tienes que hacer todo lo posible para protegerte... empezando por mantenerte alejada de ese policía secreto.

—No es precisamente que haya tratado de encontrarme con él—Tessa bebió un poco más de sidra—. ¿Qué harías tú, Kara?

—Haría lo que tú has hecho: seguir la pista de la banda y ver hasta dónde me conduce.

—¿Y si te conduce al Platte? —Reece atizó el fuego, hablaba de espaldas a ellas. Luego cerró la puerta de cristal del lugar cerrado y cogió su chaqueta—Voy a buscar más leña.

—Parecía enfadado.

—Está preocupado por ti, Tessa.

Tessa asintió, sintiendo un calor que nada tenía que ver con el fuego. No estaba acostumbrada a que la gente se preocupase así por ella.

—Lo sé.

Entonces Kara miró en dirección a la puerta, como para asegurarse de que Reece no pudiera escucharlas, y esbozó una sonrisa.

—Quiero que me cuentes más cosas sobre ese policía se­creto. No es necesario que me digas su nombre. ¡Sólo cuénta­me cómo fue lo del beso!

Tessa notó que le subían los colores hasta las raíces del pelo.

—¡Eres tan mala como Holly!

Julián se sentó en la barra, simulando sentirse hipnotizado por la rubia en topless que hacía piruetas en torno a una barra de acero al ritmo estéril de la música tecno. Se puso en cuclillas, ofreció una fugaz visión de su poco tapada entrepierna, se in­corporó y repitió la escena hacia el otro lado. Rubia falsa con pechos falsos, la también falsa sonrisa no abandonaba su joven rostro. Si ella había cumplido los dieciocho, entonces él tenía ochenta.

Puso el local bajo vigilancia horas después de que Zoryo lo mencionara. Tres videocámaras colocadas en la ventana de una habitación de la quinta planta del hotel que estaba en la acera de enfrente registraban todas las entradas y salidas, así como las de los vehículos que entraban en el aparcamiento. Pero sólo había una manera de averiguar lo que sucedía en el interior del club, y era entrando en él.

Estaba claro que el domingo por la noche no era el mo­mento en que el Pasha's ganaba más dinero. El local estaba prácticamente vacío. La noche anterior estaba lleno a rebosar, con universitarios calientes mezclándose con moteros, direc­tores generales y bichos raros de todo tipo para abandonarse a su único interés común: tetas y culos. A nadie le importaba cómo las chicas habían llegado a trabajar allí, ni el tipo de con­diciones que tenían que soportar. Iban allí para satisfacer un deseo, algunos se contentaban con mirar, otros intentaban to­car un poco y algunos esperaban conseguir más.

Julián había pasado desapercibido la última noche, aprove­chando tanto gentío para echar un vistazo. Había localizado las cámaras y las salidas, y observado quien entraba y salía a través de las puertas vigiladas situadas a la derecha del escenario. A menos que estuviese muy equivocado, allí atrás se llevaba algo más que la contabilidad.

Esta noche estaba simulando beber mucho y ser espléndi­do en las propinas, esperando llamar con ello la atención de al­guien. El dinero era la única cosa que hombres como Burien codiciaban más que las mujeres. Agitar ante ellos un montón de billetes podría ser suficiente para traspasar aquella puerta vigilada. Podría servirle también para que le dieran una paliza.

La chica acabó su baile sacando pecho y posando las manos en sus estrechas caderas, en un triste intento de seducción. El puñado de clientes habituales aplaudió y un par de ellos le lan­zó algo de calderilla. Julián extrajo un billete de cincuenta dó­lares del fajo que llevaba en el bolsillo y se lo mostró, a la espe­ra de que con ese gesto se le acercara. Funcionó como un imán.

La chica cogió el dinero y le regaló la primera sonrisa sin­cera que le había visto en toda la noche.

—Gracias.

Tenía cierto acento... ruso, quizá ucraniano.

—Me llamo Tony... Tony Corelli. —Se acercó más a ella pero no la tocó—. ¿Cómo te llamas, nena?

—Irena. —Un nombre ruso vulgar y seguramente tan fal­so como sus pechos. Sonrió pero no le miró a los ojos—. ¿Me invitas a una copa?

Sabía perfectamente bien que la chica no tenía la edad, pero sacó otro de cincuenta.

—Lo que tú quieras, pequeña.

Charlaron un poco mientras ella apuraba su copa aguada. Julián se enteró de que era de Ucrania y que había llegado a Es­tados Unidos a través de un cazatalentos que le había prometi­do un trabajo como modelo en una agencia importante de Nueva York. No es necesario decir que aquello no era cierto. Era demasiado bajita, su cara demasiado normal para las pági­nas de Vogue, pero la combinación de pobreza, ambición e in­genuidad conseguía tapar los ojos a cualquiera. No le explicó por qué estaba trabajando en el club, pero él ya lo sabía. Como millones de chicas más, al llegar había descubierto que todas aquellas promesas eran falsas y que el trabajo era bastante dis­tinto al que le habían ofrecido.

—Y bien, Irena —Julián se acercó más a ella y bajó el tono de voz hasta convertirlo en un murmullo ronco—, ¿hay algún lugar dónde podríamos estar solos?

—No está permitido. —Sus miradas se cruzaron por un instante y él se vio a través de sus ojos... otro viejo que quería meterse entre sus piernas.

Estaba acostumbrado a esa mirada. La había visto demasia­das veces en demasiados lugares y en demasiadas chicas como ella. Aunque en realidad no la deseaba en absoluto. A quien él deseaba era al hombre que la había traicionado, al hombre que estaba utilizándola, al hombre que la controlaba.
El lunes por la mañana, Tessa llegó a la sala de redacción des­cansada y concentrada de nuevo. Había puesto el tiroteo en perspectiva, se había sacado de la cabeza a Julián Darcangelo y se había planteado un plan de actuación claro. Verificó sus men­sajes, cerró una cita para la mañana del día siguiente con el Jefe Irving y el líder de la comisión dedicada a la persecución de las bandas y se encaminó a la reunión del Equipo I.

—Tuve un viernes por la tarde muy productivo —dijo, omitiendo el hecho de que había pasado una buena parte de la misma en la cárcel. Todavía no había pensado cómo se lo expli­caría a Tom—. Encontré pruebas de actividad de bandas en el barrio, tanto en forma de testigos como de graffitis. Encontré también vecinos que dicen haber visto el coche y la víctima en un momento u otro. He pedido informes policiales sobre la ac­tividad de las bandas a lo largo del último año, así como la co­rrespondencia entre la comisión de bandas de Denver y la po­licía de Los Ángeles. Me gustaría tener un artículo para el viernes.

Tom asintió, luego cogió un pedazo de papel y lo deslizó sobre la mesa de reuniones.

—¿Te importaría explicarme esto? Me lo ha pasado por fax esta mañana un confidente de la oficina de informes del sherrjff.

«Su foto en la ficha, después del arresto».

El pulso de Tessa se aceleró. Se cruzó con la mirada de Tom y sonrió.

—Encontré lo que una testigo creía que era la casa de la víctima y fui arrestada por superar el precinto policial. El Jefe Irving retiró personalmente los cargos y me pidió disculpas.

—Mejor que lo haya hecho. —Tom se inclinó hacia atrás y la miró fríamente—. ¿Algún motivo por el que no me lo con­taras?

—Si no me hubiesen soltado, habrías sido la primera per­sona a la que habría llamado.

Joaquín cogió el papel y esbozó una sonrisa.

—Linda foto.

Tom continuó.

—James, ¿qué es lo último que tenemos sobre las Rocky Fíats?

Y Tessa no se enteró ya de nada más.

—Se llamaba María Conchita Ruiz, dieciséis años. —Dyson parecía cansado. Había superado con creces la edad de la jubi­lación y se merecía un poco de descanso. Pero seguía adelante. Julián lo admiraba muchísimo—. Hace diez minutos hemos recibido la identificación por parte del consulado de México. Las autoridades mexicanas dicen que desapareció en Ciudad Juárez cuando volvía a casa después de salir de su trabajo como maquilladora.

Julián leyó el informe que Dyson acababa de pasarle por fax.

—Encaja con su forma de hacer. Sus coyotes las hacen cru­zar por El Paso, luego se dividen por el camino, utilizando es­tacionamientos de camiones, hoteles baratos y paradas de des­canso como puntos de tránsito.

El contrabando humano era el más fácil de ocultar. Una vez controlado a base de amenazas, drogas y violencia, podía ocultarse sin ningún problema.

—He enviado a Margaux a Longmont para que verificase los informes de chicas menores de edad que trabajan allí en un salón de masajes. La ciudad tiene un importante porcentaje de población hispana y mucha mano de obra agrícola sin papeles. ¿Estaría aprovechándose Burien de eso? Margaux no lo cree, y lo conoce mejor que nadie, exceptuándote a ti. Pero el Ministerio de Justicia de Estados Unidos ha recibido diversos chiva­tazos, por lo que valdría la pena echar un vistazo. ¿Algo qué decir por tu parte?

—Tengo cuarenta y siete sospechosos. Empezaremos a in­terrogarlos hoy.

Julián no mencionó a Lonnie Zoryo ni sus actividades extracurriculares en el Pasha's. Odiaba tener que ocultarle cosas a Dyson, pero llevaba tiempo sospechando que Burien tenía un topo en los cuarteles generales. Era la única forma de explicar cómo aquel desgraciado había conseguido ir siempre un paso por delante de él durante tantos años. No podía pensar que fuera Dyson, la idea le parecía inimaginable, pero sí alguien que trabajaba allí. Hasta que no supiese quién era, guardaría sus ases debajo de la manga.

—Me han dicho que has tenido algún problema con una periodista.

«La bocazas de Margaux».

—Resulta que uno de los testigos era periodista. Ya lo he arreglado.

«Sí, lo has arreglado, muy bien, Darcangelo. Has arreglado el tema y ahora no te la puedes quitar de la cabeza».

—Bien. Quiero a este tipo, Julián. Quiero sus pelotas di­secadas y colgadas de mi pared para Navidad. Cógelo y vete a casa.

—Estoy contigo.

Julián colgó, releyó el informe. Había recibido los resulta­dos de toxicología el día antes. Los forenses habían hecho todo lo posible y le había ofrecido a Julián un retrato completo de las últimas horas de la víctima. Aquello, combinado con las pruebas que habían obtenido en el apartamento del sótano, le llevaría hasta los hombres que la habían secuestrado... y espe­raba que hasta Burien.

La causa de la muerte habían sido nueve disparos mortales en el pecho... eso era evidente. Lo que no era evidente era la heroína que contenía su organismo y las señales de pinchazos que tenía en los brazos. O los moratones que plagaban su cuer­po. O el semen que tenía en su interior y que contenía siete ADN distintos. O las marcas que tenía en las muñecas de haber estado atada recientemente.

María Conchita Ruiz había nacido libre y había muerto como esclava.

«Podrías haberla salvado».

Era cierto. Julián podría haber ordenado una redada, pues­to fin a lo que sabía estaba sucediendo allí, liberar a María y a las otras tres chicas. Pero había hecho su trabajo... y esperado. Y mientras esperaba que uno de los peces gordos de Burien vi­sitara a las chicas y le condujera de nuevo hasta su jefe, María había encontrado fuerzas suficientes para huir de allí.

La última vez, Julián había decidido todo lo contrario, ti­rar la puerta al suelo y entrar a golpe de pistola, salvar a un car­gamento de adolescentes secuestradas de un infierno similar. Habían sobrevivido y habían regresado con sus familias, pero Burien había escapado y en el proceso, sus compinches habían herido a Margaux y matado a dos agentes.

A Julián seguía costándole convivir con la elección que había tomado en su día. Y ahora tendría que convivir con ésta.

Dejó el informe en la mesa, se dirigió a la ducha, sudado aún después de su rutina de ejercicio con aikido y pesas. Se había acostado tarde después de quedarse en el Pasha's hasta las dos de la madrugada, de haber estado hablando con Irena y de realizar progresos con el camarero de la barra, un idiota llamado Chet a quien le gustaba fanfarronear sobre el número de bailarinas que habían bailado sobre su polla. Julián había simulado pura envidia mientras aparentaba seguir bebiendo. Luego, se había tambaleado en dirección a la puer­ta, fingiendo estar borracho, y había salido a la calle en bus­ca de su furgoneta, después de asegurarse de que no le se­guían.

No había destapado nada, pero iba avanzando.

Mañana echaría su primer vistazo a las grabaciones de las cámaras de vigilancia. Pero hoy se dedicaría a visitar a unos cuantos miembros destacados de la comunidad... y les pondría cara a cara con su manera de gastar su tiempo libre y su dine­ro. Luego contactaría con Tessa para asegurarse de que no ha­bía vuelto a meterse en ningún lío.

«Mantenla con vida, Darcangelo».

¿Cómo demonios se había convertido esa mujer en su pro­blema?

Se quitó el pantalón de chándal, abrió el grifo y entró en la ducha.

Tessa estaba sentada en la mediana de Speer Boulevard obser­vando como un mendigo que decía llamarse Arthur recorría la hilera de coches parados por un semáforo en rojo. La mayoría de los conductores, de camino hacia sus lucrativos trabajos en el centro de la ciudad, le hacían caso omiso. Otros bajaban la ventanilla, le daban algún billete de dólar y se veían recom­pensados por una de sus prácticamente desdentadas sonrisas y las palabras «¡Qué Dios le bendiga!».

Le había entrevistado durante casi media hora, el ritmo de su conversación dictado por el color del semáforo. Olía fuer­temente a alcohol y tenía el tono de voz incansable de quien ha vivido casi toda su vida en la calle. Vestido con una sucia cha­queta del ejército de color verde y pantalones vaqueros raídos, llevaba en las manos un cartón en el que se leía: «Veterano de Vietnam. Cualquier donación es útil».

Pero, en realidad, Arthur no era un veterano de guerra. Era un criminal huido de la ley que había ido a parar a Colorado procedente de Louisiana, o eso decía. Viendo que ese anuncio no había asustado en absoluto a Tessa, y después de que ella le pusiera en la mano un billete de cinco dólares, había empe­zado a hablar. Le había explicado que los miembros de las bandas se aprovechaban de los indigentes más débiles, les robaban su dinero, su bebida y sus drogas, los pegaban si se resistían... o simplemente para divertirse. Le explicó que cuando les pegaban, no iban al hospital por temor de que la policía se invo­lucrase en el caso.

—Son las reglas de la calle —le había dicho.

El semáforo se puso en verde y la cola de coches aceleró y empezó a avanzar por la calle.

Arthur se acercó de nuevo a ella y se quedó a su lado, con­trolando el tráfico con la mirada.

—Hace un calor asqueroso —dijo—. Hago más dinero cuando hace frío. Le doy pena a la gente.

Tessa reinició su interrogatorio.

—¿Ha oído algún rumor sobre algún tipo de pelea territo­rial, alguna conversación sobre una adolescente que murió en un tiroteo desde un coche?

Arthur la miró como si le estuviese preguntando una estu­pidez.

—Siempre hay peleas territoriales. Y, sí, he oído lo del ti­roteo, pero no he oído quién lo ha hecho. ¿Iba vestida con algún color especial o llevaba algún tipo de insignia?

«¡Ayúdeme! ¡Me van a matar!».

No, o al menos yo no lo vi. De hecho, llevaba poca cosa encima.

Arthur asintió.

—Podría haberlo hecho cualquiera. A lo mejor las bandas. A lo mejor su chulo. A lo mejor trabajaba como mula.

¿Su chulo? ¿Una mula4?

Tessa no se había planteado esas posibilidades.

—Parecía muy joven para estar trabajando como prosti­tuta.

Arthur se echó a reír.

—Usted no pasa mucho tiempo en las calles. Muchas ni­ñas indigentes acaban picando el anzuelo, con chulos. Algunas intercambian sexo o participan en películas porno por comi­da. De alguna manera tienen que sobrevivir. Y otras se unen a bandas para mantenerse alejadas de los proxenetas y los trafi­cantes.

El semáforo se puso en ámbar, luego en rojo.

Una nueva cola de coches. Arthur fue a mendigar mientras Tessa intentaba digerir lo que le había dicho.

¿Cabría la posibilidad de que la chica fuese una adolescen­te indigente en manos de un proxeneta? ¿Estaría intentando huir y la habían matado en venganza? ¿Serían las otras tres chi­cas familiares y amigas, como ella imaginaba, o formarían par­te del grupillo que controlaba el proxeneta? Recordó enton­ces lo que el señor Simms le había comentado sobre la mujer mayor.

«Siempre pensé que era extraño cómo las vigilaba... como un halcón. Supongo que quería asegurarse de que no robasen nada».

Bajó una ventanilla y una mujer de mediana edad con ca­bello castaño corto y cara redonda le hizo señas con un folleto de color blanco, interrumpiendo las cavilaciones de Tessa.

—La Primera Iglesia Baptista monta este domingo un co­medor de beneficencia —dijo, alzando la voz por encima de los motores en espera y depositando el papel en la mano de Arthur—. Buena comida y cálidas prendas de invierno. Venga, y traiga también a su amiga.

Arthur se volvió hacia Tessa y le entregó el folleto, esbo­zando una sonrisa.

—Piensa que es usted mi mujer.

Tessa miró su chaqueta de algodón, su jersey negro de cue­llo alto, sus pantalones vaqueros y las zapatillas deportivas. ¿Parecía una indigente?

Arthur se echó a reír al ver su reacción.

—Si quiere hablar con bandas, tendrá que ir a Crack Park en Five Points o meterse en Aurora.

—¿Crack Park?

Arthur sonrió y se volvió hacia el billete de dólar que le es­taba esperando.

—Curtís Park. Pero vigile, querida. Esos chicos se zampa­rían sin remilgos un bocado delicioso como usted.

Más que ninguna otra calle, Colfax explicaba la historia de Denver. Se abría camino de este a oeste, desde los bloques de Aurora, pasando por la cúpula dorada del edificio del go­bierno, hasta los rascacielos del centro de la ciudad; desde la pobreza hasta la ostentación de la riqueza, desde las librerías para adultos hasta las galerías de arte, desde las casas de empe­ño hasta los museos, hasta convertirse en la Highway y de­saparecer entre las lejanas montañas. Por sus aceras deambula­ban hippies y amas de casa, prostitutas y políticos, estudiantes y ancianos, hombres de negocios y señoras que iban a la compra. Tessa aparcó el coche delante de una carnicería musulmana, en el cruce de Colfax con Yosemite, y caminó en dirección este hacia Aurora. Había pasado unas horas en Curtís Park, en­trevistando a más indigentes y escuchando historias similares. Por dondequiera que mirara, había graffitis obra de las bandas, en su mayoría anuncios callejeros de traficantes de crack. Pero no había visto a nadie con pinta de miembro de una banda o de traficante. Debían rondar por allí por las noches.

Estaba oscureciendo y las calles estaban a rebosar. Un jo­ven vestido con pantalones vaqueros y una sudadera de color gris con capucha vendía CD de fabricación casera que guarda­ba en el maletero de su coche, sus auriculares temblaban por la intensidad de los bajos. Un carnicero de edad avanzada arre­glaba el escaparate de su tienda. Un alborotado grupillo de jó­venes de origen hispano se había instalado en su puerta, be­biendo refrescos y sin parar de reír.

Dejaron de hacerlo, sin embargo, cuando ella se aproximó al grupo.

Cambió al español, se presentó y les mostró su identifica­ción de periodista. Las chicas la miraron con desconfianza mientras ella les explicaba el tiroteo y les describía a la vícti­ma. Y antes de que pudiera preguntarles si habían oído comen­tar alguna cosa, echaron a correr.

No sabemos nada —dijo una de ellas.

Tuvo la misma reacción que una pareja de ancianos afro­americanos, que un grupo de jóvenes que practicaban un jue­go de pelota de tres contra tres y que la cajera de una licorería cercana.

Nadie quería hablar con ella.

Y no les culpaba. Sabía lo que era criarse pobre, no confiar en nadie, temer a los desconocidos. bY eso era ella allí: una des­conocida.

Acababa de pasar por delante de lo que evidentemente era un complejo de viviendas subvencionadas, cuando un grupo de cinco niños —todos ellos de unos diez años de edad— se aproximó a ella. La mayoría llevaba gorras de los Oakland Riders vueltas hacia un lado y algunos llevaban pañuelos de color azul atados al bolsillo de los vaqueros o alrededor del cuello.

«¿Mini Crips?».

—¿Quieres algo? —le preguntó uno de ellos, cruzándose de brazos.

Se le veía muy duro por tratarse de un niño que no le lle­gaba a Tessa ni a la altura de las rodillas. Sintió una punzada de tristeza al ver que alguien tan joven se veía obligado a compor­tarse con aquella dureza. ¿Habría sido ella así también?

—Soy Tessa Novak, del periódico Denver Independent. Bus­co a alguien que pueda explicarme qué sucede en las calles. —Les mostró su identificación y pensó en el graffiti que había visto cerca del lugar del tiroteo. Estaba arriesgándose mucho, pero si no hacía alguna cosa, nunca llegaría a conseguir nada—. ¿Están por aquí Syko o Flaco?

«¿Y qué piensas hacer si resulta que ellos son los asesinos, chica?».

El niño que se había dirigido a ella se encogió de hombros y se largaron todos.

—Una conversación muy breve —murmuró Tessa para sus adentros, agradecida en el fondo de que no la hubiesen oído.

Mentiría si dijese que no estaba nerviosa. En más de una ocasión había sentido un extraño cosquilleo en la garganta y había tenido la sensación de que la seguían. Sabía que en aque­llas calles había violencia; había escrito artículos al respecto. Pero también sabía que la mayoría de la gente que vivía por allí no era peligrosa. Como todo el mundo, simplemente intenta­ban sobrevivir hasta el día siguiente. La gente que pasaba por allí y vivía en zonas más ricas de la ciudad, veía los graffitis, la decadencia... y sentía miedo. Lo que no veían era la sensación de comunidad, de lealtad, los parterres de flores, los padres trabajadores que intentaban dar a sus hijos una vida mejor.

Prosiguió su camino y cruzó por Sable, consciente de que era casi de noche. Tenía que subir al autobús y llegar de nuevo hasta su coche, pero desde hacía un par de manzanas se había dado cuenta de que en estos momentos no se veían sólo graff-tis de los Crips. Se encontraba ahora en una parte de la ciudad que reclamaban tanto los Crips como los Bloods. Se detuvo para tomar nota del graffiti que había en un callejón lateral y volvió a sentir aquel extraño cosquilleo en la garganta.

Luego oyó voces a su espalda.

Se volvió... y vio que una docena de jóvenes se acercaban directamente a ella. Estaba demasiado oscuro para ver qué co­lor vestían, pero no le cabía la menor duda de que pertenecían a alguna banda. El latido de su corazón se aceleró.

«Adolescentes, Tess. Son adolescentes».

Los adolescentes eran más altos que ella. Se detuvieron a escasos metros de donde estaba y la miraron. Más de uno iba armado.

Tessa tragó saliva, obligándose a no aparentar el miedo que sentía.

—Soy Syko. Este es Flaco. Nos han dicho que andas bus­cándonos.

—Caballeros —dijo ella—. Me alegro de veros.
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