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Capítulo 8


Syko y Flaco no se alegraron de verla. Eso lo sabía Tessa con toda seguridad.

Con la adrenalina disparada, les mostró su identificación como periodista y les entregó sendas tarjetas de visita. Luego les explicó el tiroteo, les describió la víctima, les dio la direc­ción de la casa donde habían sido vistas las chicas.

—Vi vuestros graffitis en el cruce de Colfax con York, y pensé que si alguien sabía lo que sucedía por esa parte de la ciudad seriáis vosotros.

El chico más próximo a ella, el más alto del grupo, se echó a reír.

—Oye, Flaco, ¿has oído esa gilipollez? ¿Pintaste algo por el cruce de Colfax con York?

El joven que estaba a su lado hizo un movimiento afirmati­vo de cabeza, sin apartar los ojos de Tessa.

—¡Qué va, tío!

—Eso de decorar las calles le gusta a mucha gente. No quiere decir que lo hayamos hecho nosotros.

—¿Habéis oído algo, algún rumor sobre quién pudo ha­cerlo? ¿A lo mejor miembros de otra banda?

—¿Y por qué tendría que decírtelo? —Syko se encogió de hombros y dio un paso hacia ella, acorralándola.

Ella se mantuvo erguida, levantó la barbilla, su corazón aporreándole el pecho.

—Porque soy la única persona lo bastante estúpida como para adentrarme sola en un callejón oscuro y preguntarlo.

Los miembros del grupo rieron con disimulo y Syko soltó una risotada.

Flaco sacudió la cabeza, sonriendo.

—Estás loca, tía.

—Podría ser que hubiéramos oído alguna cosa. —Syko bajó el tono, intentando relajar la situación—. Podría ser que fuéramos demasiado inteligentes como para contarlo, ni si­quiera a una chula tan dulce como tú.

—¿Hay en estos momentos alguna guerra territorial?

—Caramba, rubita, ¿sabes más de lo normal, no?

—¿Soléis aceptar en vuestro grupo a niños y niñas que vi­ven en las calles?

—Los acogemos, les damos de comer, un hogar, familia. Sucede de vez en cuando.

—¿Y qué hacéis si intentan abandonar la banda?

Syko se cruzó de brazos.

—Depende. A veces les dejamos marchar. Otras les echa­mos a patadas. Podría ser que pensara largarse de alguna ban­da, pero lo dudo. En esas calles hay cosas peores que las bandas.

Los demás chicos rieron y asintieron con la cabeza.

—Me han dicho que los chulos se aprovechan de las ado­lescentes sin hogar, que las obligan a trabajar para ellos... —Notó que la atención de los miembros del grupo pasaba a otra cosa, escuchó varios clics de los pestillos de seguridad de sus armas.

Se preguntó por un momento si haría bien sacando tambien su pistola, y sintió ganas de reír al imaginarse allí, en me­dio de un callejón oscuro, apuntando con su pistola a un puña­do de gamberros. Pero luego recordó la rapidez con la que Ju­lián le había quitado el arma. No estaba dispuesta a regalar a los chicos otra arma que poder utilizar contra ella.

—El Ángel Oscuro —dijo Syko, mirando la entrada del oscuro callejón—. ¡Joder!

Entonces, él y Flaco se dirigieron en voz baja al resto del grupo y Tessa no entendió qué se dijeron. Estiraron el cuello. Algunos de los miembros más jóvenes del grupo retrocedieron unos pasos, pero Syko y Flaco se quedaron donde estaban.

Con el corazón en la garganta, Tessa se volvió hacia el cru­jido de pisadas de botas sobre la gravilla.

En la oscuridad, un hombre avanzaba hacia ellos dando grandes zancadas. No se veía más que una silueta oscura, una sombra que avanzaba por el callejón con la elegancia de un ani­mal predador. No necesitó ver su rostro para saber quién era.

«Julián».

Se acercó a su lado, saludó a Syko y a Flaco con un ademán y posó la mano sobre la nuca de Tessa, el calor del contacto atravesando el tejido de su cazadora vaquera. La intensidad de su presencia provocaba incluso vibraciones en el aire, la señal inconfundible de violencia reprimida, amenaza, dominio.

—Hola, Ángel Oscuro, estábamos charlando. ¿Conoces a la rubia?

«¿Ángel Oscuro?».

Tessa casi explota en una carcajada. Luego escuchó la res­puesta de Julián.

—Hacedme un favor. Vigiladla, y haced correr la voz de que está bajo mi protección. Tiene la mala costumbre de me­terse en problemas.

Furiosa, Tessa abrió la boca para replicar, pero Syko la cortó.

—Entendido, tío. —Entonces la miró—. ¿Por qué no nos dijiste que eras la mujer del Ángel Oscuro?

—¡Porque no lo soy!

Pero nadie le hizo ni caso.

—Tenemos que largarnos. Hasta luego, rubia. Nos vemos, Ángel Oscuro. —Syko hizo un gesto con la cabeza y los miem­bros del grupo dieron media vuelta y desaparecieron por el ca­llejón.

Tessa se volvió para encararse con Julián.

—¡Acaba de fastidiar la única entrevista que consigo en todo el día!

Julián la cogió del brazo sin apartar la vista del callejón.

—Es hora de irnos, Ricitos de Oro. La llevaré hasta su coche.

Tessa luchó para liberarse de su brazo.

—Olvídelo, iré en autobús.

—Ni pensarlo. —Seguía examinando la calle con la mirada.

—¿Quién demonios se cree qué es?

—Su mejor oportunidad para llegar a casa entera.

Ella soltó una risotada de asco y empezó a caminar por de­lante de él.

—¡Por favor! Me estaba yendo todo estupendo sin su ayu­da. ¡No necesito que venga a rescatarme!

—Son asesinos, Tessa. —La alcanzó de un solo paso y se quedó a su altura, aunque cada uno de sus pasos hacía fácil­mente dos de los de ella—. Han llegado a ser líderes de la ban­da apretando el gatillo.

—¡No pensaban apretarlo contra mí!

A lo lejos se oía el zumbido de la sirena de un coche de po­licía.

—Tal vez no, pero no me apetecía que corriese este ries­go simplemente para conseguir un titular.

—¿Un titular? —Se quedó un instante sin acabar de creer lo que acababa de oír—. ¿Cree que hago todo esto simple­mente para alcanzar la gloria?

Él la miró.

—¿Y no es así?

—¡No! Prefería estar en mi casa dándome un baño calien­te y leyendo un libro que paseando por un callejón oscuro muerta de miedo. Estoy haciendo mi trabajo.

—Usted no es sólo una periodista, Tessa. Es la testigo de un crimen. ¿O lo había olvidado?

—¡Por supuesto que no lo he olvidado! —Notó lágrimas de rabia escociéndole en los ojos y pestañeó para reprimir­las—. ¡Estoy aquí por ella! No puedo permitir que mi miedo me impida hacer lo que debo hacer por ella.

—No sé si es usted una valiente o una estúpida. —Señaló hacia la izquierda, en dirección a una machacada furgoneta que en su día debió de ser de color azul—. Tengo la furgoneta allí aparcada.

Ella podía ser cualquier cosa, pero valiente no. El enfrentamiento con Syko y Flaco la había consumido mucho más de lo que se imaginaba y cuando el nivel de adrenalina descendió, se encontró con unas ganas desesperadas de estar de nuevo en su casa y con la puerta cerrada con llave. Defraudada consigo misma por dejarse conmover con tanta facilidad, se dejó guiar hacia la furgoneta.

—¿Conduce usted eso? Yo me esperaba el Batmóvil, como mínimo.

Julián le abrió la puerta del lado del pasajero.

—Muy amable. Entre.

Tessa subió al coche, furiosa aún. Había dedicado mucho esfuerzo a localizar a Syko y a Flaco y cuando llegó Julián había hecho bastantes avances. Estaba entrometiéndose en su trabajo. El mensaje confuso que había lanzado sobre la relación exis­tente entre ellos tal vez sirviera para que la calle se convirtiese en un lugar más seguro para ella, pero también podía compli­carle conectar con según que tipo de gente. Syko y Flaco se morían de ganas de perder de vista a Julián.

Y entonces cayó. ¿Por qué una docena de gamberros arma­dos temerían a un solo hombre? Lo superaban en número en muchos sentidos: puños, pies, balas. Y aun así, le tenían miedo.

Julián se instaló en el asiento del conductor, introdujo la llave en el motor de arranque y miró de reojo a la mujer sen­tada a su lado. Su valentía era digna de admiración. No existían muchas mujeres que se atreviesen a hacer lo que ella acababa de hacer. Se había cabreado y no la culpaba por ello. Él le había fastidiado por completo la entrevista. De haber estado él en su lugar, también se habría enfadado.

Había pasado las tres últimas horas callejeando, buscándola, su sensación de urgencia aumentando a medida que caía la no­che. Sabía que estaba siguiendo la pista de las bandas, estaba se­guro de que se había dirigido o a Five Points o a Aurora. Había localizado su pequeño Thunderbird de color negro, con su ma­trícula de miembro de la prensa, en el cruce de Colfax con Yosemite y se había arrepentido de no haberla hecho seguir de cerca.

Cuando finalmente la localizó, estaba en aquel callejón ro­deada por la banda de Syko, una mujer menuda y dulce contra una docena de hombres armados, y había sentido una sensa­ción que no experimentaba desde que era niño: miedo. Había notado el corazón a punto de estallar dentro de su caja toráci­ca y había sentido un auténtico subidón de adrenalina en las ve­nas. Había entrado en el callejón dispuesto a cualquier cosa y había descubierto que ella no necesitaba ningún tipo de ayuda. De un modo u otro, se había camelado a un grupo entero de matones callejeros.

Puso en marcha el motor, se sumó al tráfico de las calles y al llegar a Colfax, giró en dirección oeste.

—Estoy aparcada en el cruce de Colfax con Yosemite.

No le dijo que ya lo sabía.

Y entonces, ella soltó una carcajada.

—¿Ángel Oscuro? Más bien me parece «Ángel Caído».

—Y tiene razón en eso.

—¿Qué es eso de «Ángel Oscuro»? ¿Su nombre de guerra?

—Un nombre, simplemente.

—¿Por qué le temen tanto?

—Por experiencias recientes.

Pasó un rato sin que ninguno de los dos hablara. Julián miró de reojo y la encontró mirando por la ventanilla, como un gatito enfurruñado. Era la primera vez que la veía en va­queros y no pudo evitar que la visión le encantara: curvas sua­ves que en pantalones cobraban un aspecto más femenino si cabe. Pero aun así, la situación tenía su gracia.

¿Sería ése su look barriobajero?

Pese a estar claramente enfadada con él, el lenguaje del cuerpo de Tessa le comunicaba de forma inequívoca que no era sólo rabia lo que sentía. Tenía las piernas pegadas la una a la otra, sujetaba su cuaderno de notas con fuerza y lo aplas­taba contra su regazo. Estaba nerviosa, le daba miedo estar con él.

De modo que ella también sentía aquella curiosa cone­xión.

«Lo que sientes es química —le habría gustado decirle—. Podemos solucionarlo en tu casa».

—No soy su enemigo, compréndalo —le dijo en cambio.

Ella lo miró con recelo.

—Podría haberme hecho quedar en ridículo.

—Me parece que empezamos con mal pie. —Aminoró la marcha, se aproximó al semáforo de Yosemite y paró el co­che—. Se lo compensaré durante la cena.

«¿En qué demonios estás pensando, Darcangelo?».

Era evidente que no estaba pensando... al menos no con el cerebro. Lo último que necesitaba era estar más tiempo con ella. Acabarían haciendo el amor apasionadamente en el suelo y después, cuando él le dijera que de casita con valla blanca nada de nada, ella le miraría, herida, con aquellos enormes ojos azules.

Tessa abrió los ojos como platos por un instante.

—¡Oh, no! No, no. Eso supondría un conflicto de intere­ses importantes. No, no podría.

—Claro que podría.

Ella le miró de reojo.

—¿A qué se refiere con eso?

—Vamos, Tessa. Somos adultos. Es lo que se conoce como atracción sexual. —Vio como empezaba ella a rubori­zarse.

—No, no sé de qué me habla.

—¿No?

—Le veo muy seguro de sí mismo, Darcangelo.

—Ya...

—Si quiere saber la verdad, en realidad me parece usted un ser despreciable, sobre todo ahora que me ha destrozado toda una noche de trabajo. ¡Es usted creído y arrogante y se entromete en mi trabajo! —Las palabras le salían a borboto­nes—. De hecho, estoy tan enfadada que me apetecería pegar­le, aunque eso no estaría bien. No soy de las que andan a gol­pes con la gente.

—La comprendo. —Tuvo que disimular una sonrisa—.Y tiene razón, ¿sabe?

—¿Cree que la tengo?

—Supondría un conflicto de intereses y enrollarse sería una mala idea.

«¿Estás oyendo lo que dices, Darcangelo?».

—Déjeme aquí... ¡Mi coche! ¡No, no, no!

Julián miró el espacio donde estaba aparcado el pequeño Thunderbird... y vio un esqueleto. En la hora y media transcu­rrida desde que lo había visto, habían destrozado el coche: ha­bían robado los tapacubos, los neumáticos, los espejos, las pie­zas del motor y, seguramente, gran parte de su interior.

—¡Oh, Dios mío! —Tessa se dispuso a abrir su puerta—. ¡Dios!

Julián extendió el brazo y mantuvo la puerta cerrada.

—¡Quédese en la furgoneta! No tiene ninguna necesidad de acercarse a él. Iré yo y llamaré a la policía de Denver para que se ocupe de él.

—¡Pero si es mi coche!

—Lo era.

El semáforo se puso en verde y aceleró.

Julián manipuló la radio, hizo la llamada, pidió una grúa para que se llevaran el coche. Cuando terminó sus gestiones se volvió y vio a Tessa mirando por la ventanilla, con los ojos abiertos de par en par y conmocionada.

—Ahora ya sabe por qué dejo el Batmóvil en el garaje. La llevaré a su casa.

—De acuerdo. —Le miró, cruzada de brazos, todavía en­fadada—. Pero no crea que con esto me compensa por haber­me arrestado o por echar a perder mi entrevista. Vivo en...

—Sé dónde vive.

Tessa entró con su coche de alquiler en el aparcamiento sub­terráneo y tuvo que bajar dos niveles hasta encontrar un hueco. No sólo había perdido el coche —su primer coche nuevo—, sino que además su karma para las plazas de aparca­miento se había esfumado. Apagó el motor, cogió el maletín y miró el reloj.

—¡Maldita sea!

Llegaba tarde a su cita con el Jefe Irving y el director del equipo especial dedicado a la investigación de las bandas. ¿Ten­drían problemas así las famosas periodistas Christiane Amanpour, Barbara Walters o Jane Pauley? Le parecía que no.

«Aunque tampoco tienen a Tom Trent como jefe, chica». Aquella mañana, al llegar al periódico, había encontrado fotocopias de su fotografía en comisaría colgadas por todos los tablones de anuncios del edificio con las palabras «SE BUSCA» escritas encima. Tal vez lo habría encontrado divertido de no ha­ber dormido tan poco aquella noche, primero discutiendo ima­ginariamente con Julián y luego combatiendo sus pesadillas. Ni siquiera una triple dosis de café con leche había conseguido de­volverle su sentido del humor. Se había desahogado con Sophie contándole lo del arresto y lo de la entrevista interrumpida —manteniendo, por supuesto, el nombre de Julián en secreto— y se había quedado pasmada cuando Sophie sonrió y le dijo: —Creo que Holly tiene razón. Le gustas.

—¡Oh, qué afortunada soy! Supongo que si además estu­viese enamorado de mí, ya me habría metido en la prisión fe­deral.

Entonces, para empeorar las cosas, finalizada la reunión del Equipo I, Tom había pasado cuarenta y cinco minutos inte­rrogándola sobre todos los detalles de su detención, a la espera, evidentemente, de pegarle luego la bronca al Jefe Irving. I Había utilizado todas las evasivas posibles para no darle el nombre del oficial que la había detenido. Y al final, había tenido que recurrir a la verdad.

—No puedo darle el nombre. Es policía secreto. —«Y me encantaría darle un puñetazo en su cara repugnantemente atractiva».

Tom no se había quedado satisfecho con aquello, pero como defensor acérrimo que era de la confidencialidad de las fuentes de información periodísticas, no había podido ponerle objeciones.

Y ahora llegaba veinte minutos tarde. Esperaba que el Jefe Irving no se hubiese hartado de esperarla. Salió del coche, ce­rró con llave y echó a correr hacia la escalera más próxima, en­sayando sus preguntas mientras iba subiendo los peldaños, el ritmo repetitivo y punzante de sus tacones resonando en las paredes de hormigón.

Si tanta violencia existía entre las bandas callejeras y los in­digentes de la ciudad, ¿por qué se hacía tan poco para comba­tirla? ¿Cuántos informes de ataques contra indigentes habían recibido en el transcurso de los últimos cinco años y cuántos ha­bían investigado? ¿Qué se estaba haciendo para proteger a los jóvenes sin hogar de las bandas y otros predadores callejeros?

Lo que andaba buscando no era un artículo. Nada de aque­llo respondía a la pregunta de quién había matado a la chica. Pero era un tema que por sí solo valía la pena y estaba segura de que existía algún tipo de conexión entre todo aquello y el tiroteo.

«¡Por favor, señor, ayúdeme! ¡Me van a matar!».

Los gritos aterrorizados de la chica resonaban aún en la ca­beza de Tessa, le formaban un nudo en el estómago.

«Disparos. Cristales hechos añicos».

Mucha sangre.

Perdida en sus pensamientos, Tessa tropezó de frente con­tra una pared de pectorales y se encontró mirando un par de ojos de color azul oscuro.

«Julián».

Sorprendida, se apartó de él y perdió el equilibrio.

La sujetaron unos brazos potentes, la mantuvieron en pie.

—No hacemos más que encontrarnos, ¿verdad, Tessa?

Iba vestido como la primera noche: cabello oscuro recogi­do en una cola de caballo, chaqueta negra de cuero, pantalón vaquero. Iba recién afeitado, sus cejas resaltaban oscuras sobre su piel morena, sus pestañas eran interminables. Y aquellos la­bios...

Recordaba a la perfección la sensación de sentirse besada por aquellos labios, la conmoción, la respuesta de su cuerpo. Le habría gustado que fuese calvo, o desdentado, o que tuviese la cara cruzada por una cicatriz asquerosa... cualquier cosa que le hiciese menos atractivo. Pero sólo verlo, se le hacía la boca agua y se quedaba incapaz de pensar. Entonces recordó lo poco que era de su agrado.

—¿Qué hace aquí?

«¡Muy lista, Tessa! Es policía. ¿Qué piensas que estará ha­ciendo aquí?».

—Soy un «tipo oscuro y criminal», ¿lo recuerda? Y los cri­minales están en la comisaría de policía. —Se mordió el labio inferior, la repasó de arriba abajo con los ojos entrecerrados—. Aunque la verdad, también podría decir que es usted quien me sigue.

Más bien era al contrario, y ambos lo sabían. La noche an­terior, no se había tropezado con ella por accidente. La había buscado hasta encontrarla.

Ella se echó a reír.

—¿Por qué demonios querría yo seguirle? No creo preci­samente que de pronto se vuelva usted parlanchín y me cuen­te en qué aspecto del tiroteo está trabajando.

—No creo que sea eso. —Su boca formó entonces una sensual sonrisa que le removió las entrañas—. A lo mejor quería que volviera a besarla.

Ruborizada hasta las orejas, se quedó boquiabierta y le dijo:

—¡Es usted un iluso, Darcangelo!

Julián le devolvió una sonrisa de engreimiento y autosuficiencia que sirvió para darle a entender a Tessa que sabía exac­tamente la sensación que le había causado el beso.

—¿De verdad lo soy?

Tessa se obligó a adoptar una expresión fría como el hielo y a soltarse de su abrazo.

—Odio tener que herir su orgullo masculino, pero no he vuelto a pensar ni por un instante en aquel ridículo beso en la boca. Además, no fue un beso de verdad.

Con la cabeza bien alta y la espalda muy erguida, se dispu­so a alejarse de él.

Julián sintió la tentación de echarse a reír. Por mucho que pretendiera simular que tenía horchata en vez de sangre, nun­ca había conocido a una mujer que se derritiera como ella lo había hecho con un solo beso, independientemente de que fue­ra falso o no. Había sentido su excitación. Pero ¿por qué discu­tir con ella al respecto si podía demostrarlo?

La tuvo contra la pared con un solo movimiento, sujetán­dola por las muñecas, los brazos levantados a ambos lados de la cabeza.

—Tiene razón. Aquello no fue un beso, pero esto sí lo es.

—Pero ¿qué...?

—Calla. —Se inclinó, le acarició la mejilla con los labios, recorrió con la punta de la lengua la espiral de su oreja. Olía para comérsela, su perfume era sutil y sensual y tremenda­mente femenino. Hambriento de ella, aspiró con la boca el ló­bulo de la oreja, incluyendo la perla de su pendiente.

Notó que inspiraba aire, sintió la tensión de su cuerpo.

—¡Es... es usted... un arrogante!

—He dicho que te calles. —Le soltó la muñeca derecha, la cogió por la barbilla y le obligó a mirarle.

Entonces la besó con toda su pasión.

Y ella se derritió.

Era como si se tornara líquido, como si cada centímetro de su cuerpo suave y femenino se presionase contra el de él. El contacto le provocó una tremenda oleada de deseo, le puso dolorosamente duro, su erección luchando por encontrarse en un lugar más agradable que el interior de sus pantalones vaqueros.

En un instante, el beso se volvió salvaje. Dientes rayendo piel, mordiendo, pellizcando. Lenguas invasoras, luchando, sa­queando. Notó el movimiento de sus caderas, traicionando y desvelando el deseo de ella. Luego enlazó las manos por detrás de su cuello y gimió.

Aquel sonido fue como echar gasolina a un fuego que ar­día ya por las venas de Julián. Gruñó, percatándose de que es­taba perdiendo el control. No pretendía que las cosas se desa­rrollaran de aquella manera. La había besado para borrar de su cara aquella expresión de engreída, para demostrarle que le deseaba pese a lo que había dicho la noche anterior.

Pero la deseaba. Ahora. Allí mismo.

Mientras recorría a pequeños mordiscos la piel de seda de su garganta, ascendió con la mano por su muslo cubierto de fino nailon, la deslizó por debajo de la falda y alcanzó de este modo sus braguitas. Eran de seda. Y estaban húmedas.

Tessa se sentía perdida. Se había perdido en el aroma de él, en su dureza, en el calor de sus labios sobre su piel. De existir algún motivo por el que no debería estar haciendo lo que esta­ba haciendo, lo había olvidado por completo. Lo odiaba, lo de­seaba, lo necesitaba.

Cuando sintió la presión de su mano, le flojearon las pier­nas. Y en lugar de apartar la mano, se descubrió presionando contra ella, abriéndose de piernas para él.

—¡Oh, Julián!

El calor se extendía por su vientre como una corriente lí­quida. Y cuando él alcanzó la dureza de su pezón con el dedo pulgar, gimió de tal modo que el sonido reverberó por toda la escalera.

Una puerta que se abre.

Pasos.

Gruñó él con un sonido ronco emitido desde lo más pro­fundo de su garganta, la agarró con fuerza y presionó su erec­ción contra el vientre de ella. Y entonces le susurró al oído:

—Si la próxima vez que nos veamos me vienes con que no has estado pensando en follar conmigo, te tacharé de mentirosa.

Y con eso, la soltó y desapareció.

Temblorosa, con el cuerpo ardiendo, Tessa intentó recupe­rar el control de sí misma. Alisó la falda, recogió el maletín del suelo donde había caído y se arregló el pelo. ¿Cómo había per­mitido que sucediera lo que acababa de suceder? ¡Dios, si prácticamente había tenido una relación sexual con él en aquella escalera! ¡Y le había encantado!

Por la escalera bajaba un oficial de policía que la saludó con un movimiento de cabeza.

Y entonces lo recordó. «¡El Jefe Irving!».

Miró el reloj.

«¡Maldita sea!».

Y subió corriendo los tramos de escaleras que aún le que­daban por recorrer.


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