Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




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De La caída de Lucifer
Crónicas de Hermanos
Libro 1


La tempestad se acumuló con la fuerza de un ciclón y un tórrido infierno surgió de la oscuridad, iluminando todo el panorama.

Lucifer se apartó el brazo de la cara, abriendo y cerrando la boca aterrorizado y absorto mientras una abrasadora y calcinante llama apocalíptica descendía sobre sus ángeles y los engullía.

—¡El fuego voraz! —chilló.

Por toda la sala resonaron gritos espeluznantes mientras la Horda Angélica renegada era devorada por la devastadora bola de fuego.

—¡Me llevaré al hombre conmigo! ¡No arderé solo!

Su desquiciado grito resonó a través de la oscuridad mientras las abrasadoras lenguas de fuego empezaban a engullirlo. Lucifer se miró incrédulo las manos. Mientras lo hacía, estas se cubrieron de ampollas. Sus largas y acicaladas uñas se convirtieron en espolones retorcidos y se volvieron amarillentas por la edad. En los rasgos de alabastro cincelado aparecieron marcas de viruela. Las cejas negras se unieron. La hermosa nariz aguileña se torció. La apasionada boca carmesí se volvió fina y cruel.

Frenético, Lucifer se llevó las manos a las mejillas y palpó sus rasgos destrozados y deformes. Las magníficas trenzas de ébano cayeron de su cuero cabelludo en mechones humeantes. Su anillo de oro y rubí se le clavó ardiendo en la carne.

—¡Escúchame, Cristo! —gritó—. ¡Yo, Lucifer, portador de la luz, príncipe primero, sagrado regente angelical de la Casa Real de Jehová, me convierto ahora en Tu enemigo jurado y haré que caigan sobre ti la traición y la iniquidad por toda la eternidad de eternidades!

Un viento tormentoso sopló en la cámara. Los ángeles de Lucifer, horriblemente transformados ellos mismos, se aferraban con desesperación a las balaustradas, las columnas de mármol y las mesas de mármol volcadas mientras eran expulsados del salón del trono. Gritaron frenéticos en medio del resplandor de los relámpagos.

Entonces, impulsados por una invisible y gigantesca fuerza magnética, ellos y cuanto los rodeaba fueron absorbidos por el negro vórtice que giraba más allá de la entrada de la cámara.


Las sombras habían caído…

Prólogo

1981
Monte de San Miguel, Marazion
Cornualles, Inglaterra


La oscura y majestuosa figura se alzaba en un macizo escarpado bajo las altas laderas de granito del monte de San Miguel. Su capa de color índigo se hinchaba con las violentas ráfagas de aire que traía la tormenta invernal que cruzaba el canal de la Mancha.

—Padre Nuestro… —murmuró Lucifer en un tono suave y cultivado.

Un relámpago destelló en el cielo, iluminando el empinado monte en forma de pirámide coronado por su castillo medieval.

—Que estás en el cielo…

Los cielos se abrieron y cayó una lluvia torrencial y flageladora.

Lucifer inhaló profundamente, con el rostro alzado hacia el cielo, bañado por el aguacero torrencial, y levantó, jubiloso, las manos hacia la oscuridad. Seis monstruosas alas negras de serafín se alzaron tras él.

—Venga mi reino… —exclamó, los acerados ojos azules ardiendo de fervor.

Los empapados mechones de sus rizos enmarañados se aplastaban contra su rostro, enmascarando los desfigurados rasgos majestuosos.

—Su voluntad se hará —resonó una suave voz a sus espaldas.

Lucifer esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Miguel… —murmuró sin volverse hacia su hermano—. Llegas tarde.

Miguel se encontraba al otro lado del monte, espada en mano, silencioso. Lucifer se apartó la larga cabellera negra del rostro, dio media vuelta y estudió a su hermano intensamente.

Miguel vestía la larga túnica de seda blanca del uniforme de gala de su batallón. Los zafiros de su peto plateado brillaban, y llevaba los dorados rizos recogidos en dos trenzas de platino. Los hermosos rasgos, como cincelados, mostraban una expresión seria.

Parecía sombrío, reflexionó Lucifer. No, sombrío no: severo. El noble y severo Miguel.

—Nada ha cambiado —observó, y soltó una risa maléfica.

—Me has convocado a través de las cortes reales. ¿Qué te trae aquí, hermano? —preguntó Miguel, caminando impaciente de un lado a otro.

Lucifer mostró de nuevo su vieja y esplendorosa sonrisa, deleitándose con la impaciencia de Miguel.

—Pasaba por la zona —dijo en tono casual. Avanzó hacia Miguel sobre las crestas de las alborotadas olas, con largas y firmes zancadas—. Sentía curiosidad, hermano. —Acercó la cabeza a la de Miguel—. Quería averiguar sobre las leyendas… de la roca blanca en el bosque —susurró.

Los ojos verdes de Miguel se clavaron en la inescrutable mirada zafiro de Lucifer, que agregó:

—Las leyendas de Miguel el arcángel…

Miguel dio un respingo mientras el seductor y dulce tono de la voz de Lucifer penetraba en lo más profundo de su alma.

—Materia de cuentos de hadas —añadió Lucifer.

—Recorro muchas tierras —repuso Miguel.

—Ah, pero te revelas ante tan pocos… —Lucifer lo rodeó lenta, perezosamente—. Vieron tu aparición aquí en Cornualles, en el año 495. —Señaló un alto peñasco en la distancia—. Te revelaste a un pescador, un eremita solitario… ¿un monje? —Lucifer entornó los ojos—. ¿Quién era, Miguel? ¿Uno de los nuestros? —susurró—. ¿Era ángel o pertenecía a la estirpe de los hombres? ¿Se siente Jehová obligado a adelantarse a todos mis movimientos?

—Me haces perder el tiempo, Lucifer —dijo Miguel con frialdad—. Me convocaste con el sello real, y sin embargo no dices más que frivolidades.

Lucifer lo observó con escepticismo.

—Creo que son algo más que frivolidades, hermano —dijo—. No importa, saciaré mi curiosidad en otro momento. —Alzó las manos al cielo—. Hablemos de negocios, Miguel…, del negocio de nuestro Padre. Y como Él, también yo quisiera hablar del Mesías. —Contempló las costas del suroeste de Cornualles—. Y de este imperio deshecho…, este león debilitado…. Esta Inglaterra —Canturreó—. Pues aún contemplará un rey… este año…, tal vez el siguiente…

Dirigió a Miguel una risa burlona, tal como solían hacer cuando luchaban con espadas muchos eones atrás, en mundos largamente separados.

—Tal vez esta noche, Miguel, nazca un mesías en Marazion.

—Habla con claridad, Lucifer —replicó Miguel, perdiendo la paciencia—. Ya basta de parábolas.

—Ah, pero ¿digo la verdad o es sencillamente una invención? —Lo azuzó Lucifer—. Transmítele a tu padre que también yo enviaré a un mesías.

—Nuestro Padre es omnisciente —respondió Miguel—. Conoce todas tus conversaciones, todos tus pensamientos, y se anticipa a ellos.

—Ah, sí, pero yo me rijo por el proceso legal. Haré que mis pensamientos sean registrados en las cortes reales en los códices del cielo. Por eso estás aquí… para que yo pueda cumplir las exigencias de «su» sistema legal.

Miguel mostró su acuerdo.

—Será registrado como petición tuya.

—Me flaquean las fuerzas… —Lucifer escrutó el cielo, extrañamente agitado—. El Nazareno está cerca.

Una sombra de temor cruzó su rostro marcado de cicatrices.

—¿Has venido solo?

Miguel asintió.

—El tiempo se acaba, hermano —dijo en voz baja, con el pesar grabado en sus nobles rasgos.

Lucifer ladeó la cabeza, controlando su respiración.

—Ofrece arrepentimiento con una mano, pero con la otra busca mi destrucción. —Una expresión de repulsa apareció en los ojos de Lucifer—. Nuestro Padre es malicioso.

—Lo que tú digas, Lucifer. —Miguel le dirigió una mirada súbitamente feroz—. Tu descarada iniquidad te afecta el juicio.

—Igual que tu desvergonzada ingenuidad afecta el tuyo —replicó con desprecio Lucifer.

Los dos hermanos se miraron con expresión severa.

Finalmente, Lucifer dijo:

—Mi mesías surgirá de estas islas. Será un rey de la política y la industria, cortejado por reyes y reinas… Un orador más grande que Churchill se alzará en estas orillas. —Dirigió la mirada más allá de las enfurecidas olas negras hacia una estrella solitaria que titilaba a través de las brumas que se levantaban—. Creo que le daré hermanos —añadió—. Como nosotros, tendrá una familia. —Su estado de ánimo cambió bruscamente—. Serán tres, igual que tú, Gabriel y yo somos tres hermanos angelicales. —Dirigió a Miguel una sonrisa veleidosa—. Tres hermanos de la estirpe de los hombres. —Un fuego enloquecido iluminó su mirada—. Y como nosotros —inclinó burlonamente la cabeza hacia Miguel—, uno de ellos será un insurrecto, un renegado.

—Perderás, Lucifer —murmuró Miguel—. Igual que perdiste en el Gólgota.

—¡El Gólgota! —rugió Lucifer, cuyo semblante se convirtió de inmediato en una máscara de odio. Le dio la espalda a Miguel y contempló los enfurecidos mares de invierno. Su voz sonó con dureza—. Dile a Jether que cuando vea el Jinete Blanco en los cielos mi mesías hará su aparición entre los hombres.

Y desapareció.

Miguel dio media vuelta mientras Gabriel salía de entre las brumas de Cornualles y subía por la ladera rocosa hacia él. El cabello dorado de Gabriel caía suelto sobre sus vestiduras azules. Sus rasgos inmaculados eran más finos que los fuertes rasgos de Miguel… más amables. Pero esa noche su regio semblante era firme.

—Su mesías nacerá esta noche en Marazion —anunció Gabriel, cansado—. Es cierto. —Se detuvo ante Miguel, la espada de la justicia colgando a su lado—. Los batallones de ángeles caídos de Lucifer rodean ya la zona: nuestras legiones harán lo mismo.

—Perderá —dijo Miguel—. En Megiddo.

Gabriel asintió.

—Sí, Miguel, perderá… pero ¿a qué precio para la estirpe de los hombres?

Los dos hermanos permanecieron en silencio, contemplando más allá de las oscuras brumas que llegaban de la costa occidental de Cornualles la ardiente estrella que se alzaba en los cielos sobre la pequeña población de Marazion.

2021
Monasterio de los Arcángeles
Alejandría, Egipto


Dos monjes coptos esperaban en la puerta de San Miguel Arcángel, la cúpula con el telescopio giratorio del observatorio del Monasterio de los Arcángeles. Sus rasgos quedaban ocultos por las grises capuchas de sus hábitos. Miraban a través del telescopio Coronado Solar directamente al sol egipcio, transfigurados por la inquietante aparición que flotaba sobre la abrasadora llanura desértica.

El monje más viejo siguió mirando, hipnotizado, mientras el espectro se materializaba en una siniestra forma dorada que montaba un magnífico semental blanco. La forma empuñaba un arco.

—El jinete blanco del Apocalipsis… —susurró el monje más joven, acariciando la cruz que llevaba al pecho—. El primer sello se ha roto.

—El Hijo de la Perdición viene a gobernar… Un miembro de la estirpe de los hombres. —El monje anciano dejó de mirar por el telescopio y contempló los titilantes cielos escarlata del amanecer egipcio—. La Gran Tribulación ha comenzado.
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