Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




descargar 0.95 Mb.
títuloCita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes
página3/50
fecha de publicación03.08.2016
tamaño0.95 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   50


Ese crepúsculo sigue grabado en mi memoria. El crepúsculo en que el signo del Jinete Blanco del Apocalipsis flotó en los cielos egipcios sobre las abrasadoras llanuras del desierto. El Hijo de la Perdición venido a gobernar la estirpe de los hombres. Pues la rotura del Primer Gran Sello sin duda anunciaba el principio de las devastaciones del Final de los Días.

Y mientras yo estaba allí acompañado por Jether, observando la pálida aparición, mi mente retrocedió dos mil años hasta un crepúsculo diferente. Y un signo diferente que una vez ardió con fuerza en los cielos de Oriente. Un signo que aterrorizaría el alma de mi hermano Lucifer, rey de los malditos. Pues los escalofriantes acontecimientos de las lunas venideras estaban a punto de cambiar la eternidad en el mundo de la estirpe de los hombres como todavía la conocíamos. Y lanzarían a los ejércitos del Primer Cielo y los Caídos en una batalla cósmica que reverberaría durante cien eones.

Más allá de Megiddio.

Más allá del fin del mundo de la estirpe de los hombres.

Para culminar en una batalla final. Entre mis hermanos.

Miguel y Lucifer.

Mil años en el futuro.

En el Abismo Blanco del Infierno, en las orillas orientales del lago de fuego. Pero fue aquí, eones antes, donde comenzó nuestra historia…

pues iba a ser un crepúsculo diferente…

1
El Príncipe de Perdición

4 a. C.
Dos mil diecisiete años antes


Lucifer abrió las colosales puertas de zafiro de su sala del trono y salió al pórtico oriental del Palacio Negro, que colgaba del mismo borde de los acantilados rojos de Perdición. Alzó el rostro a los cielos mientras las doce lunas magenta de Perdición se ponían en el pálido horizonte ámbar sobre las desoladas extensiones de lava del infierno. La enorme estrella ardiente seguía fija en el cielo nocturno entre el Segundo Cielo y la tierra.

Contempló la nova durante largo rato. En silencio.

Kilómetros más abajo, en las oscuras criptas de los siniestros reyes-chamanes, el lento latido de los siniestros tambores de guerra del infierno resonaba por las penitenciarías inferiores de los condenados.

Una lenta sonrisa se extendió sobre los rasgos destrozados de Lucifer cuando este contempló la turba de hábitos grises de espectrales hombres y mujeres que franqueaban las dos monstruosas puertas de hierro negro que se alzaban trescientos metros por encima del brillante suelo rojo… Las Puertas del Infierno.

Cientos de demoníacos serafines de ojos amarillos estaban posados como gorgonas en lo alto de las inmensas puertas de hierro negro del perímetro infernal. Sus gigantescas garras escamosas arañaban los postes, y lenguas de fuego brotaban de sus fosas nasales y sus orejas. Las alas de las gorgonas eran de oro viejo, abiertas medían treinta metros, y en sus cabezas escamosas, inscrito con letras retorcidas, estaba escrito: «las almas de la estirpe de los hombres.»

Lucifer se envolvió en su capa de terciopelo violeta. Su brillante cabellera de color azabache, recogida en gruesas trenzas y entrelazada con diamantes, caía sobre sus amplios hombros, agitándose con las ardientes tempestades que llegaban de los peñascos de ónice pelado de Perdición. La corona satánica de diamantes reposaba en su cabeza, y su brillante túnica de seda blanda bordada con piel de hombre lobo caía hasta el suelo, ocultando a medias sus sandalias enjoyadas. El semblante, en otro tiempo exquisito, había quedado marcado más allá de lo reconocible en el tórrido infierno que era su destierro del Primer Cielo. Sin embargo, en rarísimos momentos, la asombrosa belleza de eones pasados era extrañamente evidente en la ancha frente marmórea, los altos pómulos majestuosos, la apasionada boca escarlata, los imperiosos ojos de zafiro ahora ensombrecidos por sus profundos pensamientos.

Tendió ocioso una fruslería a su sabueso infernal favorito, el mimado Cerbero de cinco cabezas, quien lamió la mano de su amo con sus ásperas lenguas. Entonces Lucifer volvió a contemplar la estrella.

Balberith, su principal asistente, apareció en el hueco de la puerta.

—Tus satánicos príncipes han regresado de la tierra, excelencia —dijo haciendo una profunda reverencia.

Lucifer asintió y, dejando con esfuerzo de contemplar la estrella, franqueó las puertas para dirigirse al monstruoso trono de ónice negro, el asiento de Satán. Se sentó directamente bajo el negro vórtice de cristal que flotaba en lo alto. Araquiel, su sirviente, le tendió un almohadón de terciopelo en el que reposaba su cetro. Lo cogió. Directamente debajo del trono se encontraban las Puertas Doradas de la Necrópolis Oscura que albergaban la dorada Arca de la Estirpe de los Hombres, sujeta al Negro Sepulcro por monstruosas cadenas de hierro. El trofeo de Lucifer.

Delante de él se alzaban las enormes puertas de hierro negro de la sala del trono. Su imponente guardia satánica, la Horda Negra, esperaba en posición de firmes: mil de los temibles generales de elite del alto mando de Lucifer, caídos del Primer Cielo milenios atrás con su rey renegado. Después de su destierro, su valentía y su honor se habían visto rápidamente reducidos a un depravado e implacable salvajismo. Los pasadizos de Perdición reverberaban con oscuras historias susurradas de sus sangrientas torturas y matanzas. El terror de los reclusos de las cárceles del infierno. Sus ojos, de un amarillo pálido, miraban sin piedad desde el fondo de sus rostros deformados por las cicatrices. Sus negros cabellos trenzados les llegaban hasta más allá de los muslos. Junto con la horda caída, una jauría de rugientes jaguares de ojos amarillos caminaban de un lado a otro, encadenados a sus depravados amos, sus venenosos colmillos negros visibles.

Dagón, comandante de la Horda Negra, dio un paso al frente, el casco en una mano enguantada de negro, la otra en la espada, y se inclinó.

—Anuncio a los príncipes satánicos de Su Majestad, los gobernantes del mundo oscuro.

Las puertas de hierro de la sala del trono se abrieron y dos monstruosos príncipes entraron, seguidos por diez regentes y sus guardias. Las puertas se cerraron luego, de golpe, dejando a los doce regentes solos ante Lucifer y la Horda Negra. Se postraron ante las puertas.

—Anuncio a su alteza real, el príncipe Belzoc, campeón de Perdición y satánico regente del mundo oscuro del reino de Persia —declaró Dagón.

El amenazante Belzoc, rey satánico de Persia, se alzó, revelando sus dos metros y medio de estatura y cruzó el brillante suelo de lapislázuli para acercarse al trono. Seis miembros de la Horda Negra enderezaron las anchas espadas y lo detuvieron a veinte pasos.

El gran mago del consejo hermético avanzó.

—Puedes dirigirte a tu emperador.

Belzoc hincó una rodilla en tierra, luego apartó su hirsuta y negra melena de su rostro deforme y alzó los brillantes ojos rojos hacia su emperador.

—Regreso de Persia, majestad —dijo con voz ronca, mientras la saliva densa y amarilla goteaba de sus pálidos y finos labios—. Mis esclavos oscuros de la estirpe de los hombres han ejecutado tu orden. Todos los príncipes y miembros reales recién nacidos en el reino de Persia han sido ejecutados —concluyó, y su voz de tonos demoníacos resonó por toda la sala.

Lucifer se lo quedó mirando, torvo y silencioso.

El gran mago volvió a hablar:

—Anuncio a su alteza real, el príncipe Merodach, regente del reino de Babilonia.

Merodach hincó una rodilla en tierra, temblando.

—Todas las casas reales, todos los palacios, castillos y pabellones del reino de Babilonia han sido arrasados… Todos los miembros de linaje real han sido asesinados.

Lucifer se levantó, se acercó al ala este de la cámara y descorrió las gruesas cortinas de terciopelo.

—Sin embargo, la nova sigue ardiendo en los cielos —dijo—. ¡Él vive!

Dio media vuelta, lleno de furia.

Marduk, encargado de los Consejos Oscuros y jefe de personal de Lucifer, entró por las puertas. Se dirigió hacia el trono y se inclinó, luego alzó su rostro encapuchado hacia el de Lucifer.

—Traigo noticias de la nova —anunció, y su sibilante susurro resonó por la sala del trono. Hizo otra profunda reverencia. Solo sus ojos amarillentos podían verse bajo la capucha de piel de cervatillo.

Lucifer agitó una mano hacia los magos y sus regentes.

—Dejadnos.

Inmediatamente los doce regentes salieron al patio exterior. Marduk se acercó más al trono y echando hacia atrás la capucha reveló sus rasgos cetrinos y devastados.

—La estrella se mueve hacia el este, majestad, hacia las regiones de Oriente Próximo del planeta Tierra.

Lucifer contempló más allá del postrado Marduk, más allá de las enormes puertas de zafiro, hacia donde la estrella seguía flotando.

—Nuestros batallones han arrasado Persia, Grecia, Babilonia, señor, y no lo hemos encontrado.

Charsoc el Oscuro se había ganado bien su nombre entre los caídos como el apóstol oscuro de Lucifer. Antes de su caída del Primer Cielo, fue uno de los ocho ancianos del Gran Consejo de Jehová, uno de los grandes monarcas angélicos del cielo, guardador de los sagrados misterios de Jehová, segundo solo tras Jether el Justo. Pero el traicionero Charsoc había degenerado sin esfuerzo para convertiré en el más negro y repugnante de los reyes nigromantes, para reinar ahora como sumo sacerdote de los caídos, gobernador de los grandes magos de la Corte Negra y los temidos reyes magos de Occidente.

Su amarillento y marchito semblante estaba ahora enmarcado por una melena negra y lisa y una barba abundante. Donde antes estuvieron sus ojos, dos cuencas blancas, sin ojos ni pupilas, miraban siniestramente, como eterno recordatorio del día y la hora en que Cristo mismo visitó las celdas de los condenados. Su voluminosa túnica arlequinada de hechicero era del mejor tafetán, con borlas, y la ceñía un grueso cinturón de raso color bermejo. Sus dedos, huesudos y pálidos, estaban cubiertos de anillos dorados engarzados de zafiros, ópalos y esmeraldas. Charsoc desapareció de las puertas, luego se volvió a materializar directamente ante el trono de Lucifer inclinándose profundamente, barriendo el suelo con el pelo.

—Excelencia, gran príncipe… —dijo Charsoc, cuya voz tenía un tono a la vez siniestro y cultivado—. La nova anuncia a un príncipe recién nacido: este rey niño que nace en la estirpe de los hombres pertenece a un gran linaje real. —Acarició los ópalos de fuego del anillo de su pulgar—. Una estrella de esta magnitud implica una casa real de inmenso poder. —Acercó la cabeza a la de Lucifer—. Tan poderosa que su reino podría destruir el nuestro… —Un temor inusitado oscureció el rostro de Charsoc, que bajando la voz añadió—: Y apresurar el juicio.

Un silencio terrible descendió sobre la sala del trono.

—¿Dónde ha de nacer este rey niño?

Las palabras de Lucifer flotaron en la sala. Se volvió hacia Marduk.

—¿Qué hay de los murmuradores negros? —susurró Lucifer.

Marduk alzó la cabeza y con voz temblorosa repuso:

—Señor, han estado recorriendo las fronteras de la tierra llamada Israel, en la tierra de los hombres. Las legiones de sus reales hermanos, los grandes príncipes Miguel y Gabriel, rodean la zona; no podemos infiltrarnos.

—¡Miguel! —rugió Lucifer—. Ese rey niño nacerá en ese puñado de polvo. Lo siento. —Guardó silencio durante largo rato, luego se volvió hacia Charsoc, con los ojos entornados, y dijo—: Los reyes hechiceros de Occidente… ¿predicen que este niño tiene una conexión con Cristo?

Charsoc lo miró, temblando. En silencio.

Lucifer apuntó a Marduk con su cetro.

—Averígualo, Marduk. —Se levantó, resplandeciente con su túnica—. Jehová me desconcierta continuamente con ese creciente hatajo de profetas, patriarcas… y ahora reyes rivales. Y yo ahora lo desconcertaré a él. Transmite mi real edicto. —Alzó su cetro—. Dagón… envía a la Horda Negra. Desvía a mi hermano Miguel al oeste. Saca de sus jaulas infernales a la legión de reconocimiento de buitres chamanes. Que vuelen hacia el este.

Lucifer atravesó las grandes puertas enjoyadas para dirigirse al pórtico oriental. Continuó mirando la columna de fuego que ardía en los negros fuegos, la nova que anunciaba a su adversario, el rey niño.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   50

similar:

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconLas enfermedades crónicas adquieren el carácter de “enfermedad social”...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconCuando nos propusimos escribir un pequeño libro para saltar al paradigma...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes icon¿CUÁndo nos cambiaron la frecuencia de 432Hz a 440Hz y por qué?

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconPrincipal de los Libros presenta
...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconSe lanzan los primeros estudios de investigación para luchar contra...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconLo que nos cuentan los libros de texto y lo que nos dice la naturaleza

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconNinguna práctica depurativa podrá resultar efectiva si no rectificamos...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconCita tres ejemplos de M. A. S., definiendo cada una de las magnitudes...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconBasado en la película mi nombre es khan, tratando temas como el autismo,...

Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes iconPrimera parte
«¿Cuánto vale eso?». Desde muy pronto aprendemos que prácticamente todo tiene un precio y que todo se vende. Cuando nos hacemos mayores...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com