Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




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títuloCita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes
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Aretas de Petra


El pequeño grupo de magos cabalgó durante semanas a lo largo del traicionero y rocoso terreno de las principales rutas comerciales persas, siguiendo el río Éufrates, guiados por la extraña columna de fuego que flotaba en los cielos. Al filo del desierto sirio, se encontraron con una antigua casta de monjes, que cambiaron los caballos de los magos por diez camellos.

El anciano mago Baltasar guiaba la caravana, derecho y regio sobre su montura. Tras él cabalgaba Gaspar, el mago más joven de la orden caldea, junto al más anciano y tranquilo Melchor. Balista, criado de Baltasar, y seis magos más cabalgaban detrás, sus camellos cargados con enormes bolsas de finas especias, provisiones e instrumentos astronómicos.

Su destino, Petra.

La ciudad había albergado durante generaciones las antiguas reliquias del rey hebreo Salomón, las cuales serían ofrecidas al rey recién nacido.

Los días interminables se habían convertido en noches, y los ocasos en amaneceres mientras los magos se esforzaban hasta los límites de su resistencia, golpeados implacablemente por el abrasador sol del desierto mientras atravesaban las feroces llanuras sirias. Sin detenerse a descansar ni a dormir, agotados por el asfixiante calor, impulsados a continuar por la nova que ardía furiosamente en cielo, a través de los desiertos áridos y desolados, más allá de Damasco, hasta que el terreno se transformó en un paraíso de exuberantes valles verdes y arroyos cristalinos. Demacrado y cansado, Baltasar alzó una mano.

—Adelántate, Balista. Que la guardia del rey sepa que estamos solo a un día de viaje. ¡Las reliquias de Salomón nos esperan! —exclamó, la voz ronca por el agotamiento, los ojos ardiendo de júbilo.

La caravana rodeó la última montaña ese mismo amanecer. Y allí estaba, encajada en el remoto y casi inaccesible valle en las montañas al sur del mar Muerto: la misteriosa y antigua ciudad nabatea de Petra.

Estaba rodeada por las altas montañas de piedra arenisca de color rosado que se alzaban en la llanura desértica para proteger a los nobles habitantes árabes de los invasores. El grupo permaneció mirando, extasiado, el gran abismo que se abría ante ellos.

—El Shiq —murmuró Melchor, lleno de asombro—. El gran surco en la tierra.

Uno a uno, guiados por Baltasar, los magos recorrieron la larga, estrecha y serpenteante ruta a través de los altos acantilados hasta que rodearon una curva. Allí, alzándose delante de ellos, había un inmenso monumento de trece pisos de altura y treinta metros de ancho cincelado en la pálida arenisca.

—Al Jazneh, la octava maravilla de nuestro mundo —susurró Baltasar.

Entonces inclinó la cabeza sobre su pecho, exhausto, y se desplomó hacia delante. Perdió la conciencia y se hundió en un sueño bendito.

Baltasar, ahora bañado y acicalado y después de tres noches de descanso, iba magníficamente ataviado con sus túnicas sacerdotales bordadas. Su negra piel brillaba como el ébano, y su cabello y su barba de plata habían sido meticulosamente recortados y ungidos con aceites perfumados por uno de los mayordomos personales del rey. No se había sentido tan joven en la mayor parte de sus ochenta y siete años.

Cruzó a caballo el patio del palacio real, manteniéndose a la altura del atractivo y joven rey que cabalgaba ante él en uno de sus hermosos alazanes árabes, la túnica escarlata al viento, sus ojos de color azul acero y expresión decidida.

Aunque todavía no tenía cuarenta años, el monarca transmitía un poder y una autoridad impropios de su edad, pues generalmente se atribuían a los gobernantes ancianos y sabios. Aretas IV, rey de Petra y Arabia del Sur, era pragmático y decidido. Esbelto y de metro ochenta de estatura, tenía la piel bronceada por el sol y unas manos nudosas y encallecidas por el trabajo. Largos y oscuros rizos enmarcaban sus fuertes rasgos morenos y su sonrisa de mercurio.

Baltasar lo estudió. Era distinto de su padre, su viejo y querido amigo, el juicioso rey nabateo. El joven Aretas era un rey orgulloso, feroz y apasionado, en ocasiones demasiado imperioso e inflexible. Maduraría con el tiempo, como había hecho su padre antes que él; Baltasar estaba seguro de ello.

Siguió a Aretas y la guardia real por la calle flanqueada por columnas, cautivado por la belleza de las tumbas reales y los palacios menores. Aretas señaló orgulloso su anfiteatro, recientemente construido, que podía albergar fácilmente a tres mil personas. Atravesaron las estrechas y polvorientas calles rodeadas por las altas murallas de piedra de Petra. El hedor de la rancia leche de cabra mezclada con incienso y especias invadió su olfato cuando rodearon la esquina para llegar a los mercados al aire libre. Cientos de mercaderes chinos, árabes, indios y romanos ocupaban el irregular pavimento, regateando a viva voz en los cientos de puestos por el precio del incienso, la seda y las especias. Baltasar contempló admirado aquel paraíso, el magnífico estanque ornamental y los jardines de Petra.

Ante ellos se alzaba la imponente puerta de tres arcos de Temenos, decorada con bustos esculpidos y ornadas inscripciones grabadas en la piedra.

Aretas giró a la derecha y desmontó ante el impresionante Templo de los Leones Alados. Baltasar contempló las exquisitas tallas de los leones alados y grifos que decoraban los capiteles de las colosales columnas del templo. Aretas encabezó la marcha hacia los anchos peldaños dorados para dirigirse a la nave del templo, seguido por Baltasar y los otros magos, hasta que llegaron a las columnas forradas de plata del santuario interior. Un enorme velo de color magenta colgaba de barras de hierro sobre el oscuro altar de piedra. Aretas, extrañamente solemne, hincó una rodilla en tierra. De inmediato, dos sumas sacerdotisas envueltas en tenues túnicas blancas descorrieron con gesto reverente el velo púrpura para luego postrarse en el suelo de mármol, como hicieron también los magos.

Aretas se incorporó y el sumo sacerdote descorrió el sutil velo interior. Ante ellos, sobre el oscuro y húmedo altar de piedra apareció un cofre de plata tallado con querubines y serafines. Aretas se volvió hacia Baltasar y asintió. Despacio, alzó la gran tapa de plata para revelar una copa de oro, una pequeña caja de piedra y una vara dorada. Lo contempló todo con inconfundible asombro.

—Las maravillas de Daniel… —dijo Baltasar.

—La copa de incienso, la caja de alabastro con mirra… —murmuró Aretas.

—Y la vara de oro de Aarón… —Baltasar se giró radiante hacia Aretas—. Las reliquias del templo de Salomón…

—Ha pasado más de medio milenio desde que el hebreo Daniel las confiara a nuestra Casa Real para que las guardáramos.

Aretas golpeó dos veces en el suelo con su báculo de oro.

Los sirvientes se incorporaron de inmediato.

Baltasar se volvió hacia Aretas con los ojos llenos de lágrimas, abrumado por la emoción.

—Las profecías del gran mago Daniel deben cumplirse. Hemos de ofrecer las reliquias al rey que acaba de nacer.

Aretas asintió. El sumo sacerdote dio una palmada y al instante seis sacerdotes sirvientes cargaron el cofre sobre sus hombros.

Aretas regresó despacio hacia la salida del templo. Se detuvo en los escalones, contemplando la ciudad nabatea, sumido en sus pensamientos.

—La casa de mi padre esperaba con ansia este día —murmuró.

Baltasar asintió.

—Tu padre, mi viejo y querido compatriota.

—Apreciado Baltasar, sabes que no comparto su sentimiento religioso. —Aretas se volvió hacia Baltasar con una inusitada expresión de vulnerabilidad en el rostro—. Pero por bien del nombre de mi padre, te acompañaré a Jerusalén.

Baltasar volvió a asentir, conmovido por el ofrecimiento.

—¿Quién sabe, viejo amigo? —dijo Aretas con una sonrisa—. Si este niño es el futuro rey de los judíos, podría forjar una alianza con él y poner fin a nuestras eternas disputas fronterizas.

Aretas se detuvo mientras el carro de su Casa Real se paraba ante las escalinatas del templo. Cuatro doncellas reales descendieron.

Una niña pequeña se zafó violentamente de los brazos de su matrona, corrió hacia Aretas y se lanzó a sus brazos.

—¡Padre, padre! Yo voy contigo…

Aretas, la expresión de cuyo rostro se suavizó de inmediato, abrazó a la diminuta niña, y luego tendió los brazos para contemplarla y apartar suavemente los despeinados rizos que le caían sobre la cara.

—¡Jotapa! Eres en todo momento una princesa de la Casa Real de Aretas. ¿Has estado otra vez jugando en la tierra?

Jotapa rio.

—Jotapa ha construido un castillo… para padre, el rey…

Aretas echó a cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada.

—Voy a visitar a un rey joven, Jotapa, un rey de los hebreos. —Acarició tiernamente el bonito rostro en forma de corazón de su hija—. Si es cortés y justo… —miró a Jotapa con gesto de adoración— y guapo… —la sentó sobre su rodilla—, muy, muy guapo, podríamos concertar un matrimonio, una alianza de las casas de Arabia y Judea.

Baltasar sonrió y sacudió la cabeza. Posó suavemente la mano sobre el hombro del rey y dijo:

—Mi querido Aretas, no buscamos a un rey terrenal…

—Hablas como hablaba mi padre. Eres consciente de que no soy un hombre religioso, Baltasar. ¡Será mejor que dejes tus profundas palabras para el banquete de esta noche, cuando pueda digerirlas con jarras de vino!

Aretas lanzó a Jotapa al aire y, entre sus chillidos de risa, volvió a montar en su semental y la sentó delante, donde la niña empezó a canturrear suavemente para sí. Baltasar cabalgó a su lado a través de las calles hasta que llegaron al brillante patio de mármol del palacio real.

Gaspar y Melchor salieron a su encuentro. Gaspar hizo una profunda reverencia.

—¡La estrella se mueve, mi señor Baltasar!

Tanto Baltasar como Aretas alzaron la mirada al cielo. Baltasar desmontó, exultante.

—Se dirige hacia las regiones noroccidentales, majestad. Es allí donde encontraremos al Mesías, de quien hablaba nuestro compatriota Daniel.

Aretas desmontó y colocó firmemente a Jotapa en el suelo de piedra del patio del palacio.

—Debemos dirigirnos con rapidez a los consejos de Jerusalén, Melchor —instruyó Baltasar.

Ariel alzó la mano.

—Últimamente mis embajadores están en contacto con el que llaman Herodes el Grande, rey vasallo de Judea.

El rostro de Melchor se ensombreció.

—¿Herodes el edomita? —Frunció el ceño.

Baltasar imitó su gesto.

—Las historias sobre su crueldad han llegado incluso a Persia, Aretas. Asesinó a los sumos sacerdotes del Sanedrín. Incluso a su esposa y sus tres hijos…

Aretas caminó por el patio, las manos a la espalda.

—Estoy seguro de que sabes, por mi padre, que la madre de Herodes, Kufra, era una princesa nabatea… y que Herodes pasó algún tiempo entre nosotros cuando era niño.

Baltasar asintió.

—Eso lo sé. Sé también que cuando Herodes fue obligado a huir de Jerusalén, tu padre rechazó su petición de encontrar asilo en Petra.

—Sí, ha habido mala sangre…. Cleopatra… Sileo…

—Es precario en el mejor de los casos. Asegúrate en este asunto. —Baltasar lo miró con semblante sombrío.

Aretas asintió.

—Es un tirano cruel e implacable, soy consciente de ello. No es de fiar, pero entre nuestros países existen varias relaciones políticas, y nuestras disputas fronterizas se han intensificado estos últimos meses. Presiona para reunirse conmigo. —Se arrodilló y acarició amablemente la barbilla de Jotapa—. Aprende ahora la sabiduría de un rey, princesa mía. El tamaño y la dignidad de nuestra caravana al menos lo obligarán a ser hospitalario hasta que averigüe nuestro verdadero propósito. Nos ayudará en nuestra búsqueda, con la intención de utilizarnos para el suyo propio…

Entregó amablemente a Jotapa a su mayordomo real, entre protestas de la niña. Le besó con amor ambas mejillas y los despidió.

Aretas se irguió y miró a Baltasar con expresión seria.

—¡Pero más bien lo utilizaremos para el nuestro! —Llamó a sus sirvientes, que se presentaron de inmediato—. Preparad los cofres de oro y especias para el rey de Judea… —Se volvió hacia Baltasar y sonrió—. Recibiremos la bienvenida de un rey en Jerusalén, viejo amigo… ¡Y el mismísimo Herodes el Grande nos recibirá!

2021
Alejandría, Egipto


Nick de Vere pisó a fondo el acelerador del Range Rover deportivo de 2009 que había alquilado. Había llegado al aeropuerto de El Cairo esa mañana desde Heathrow, agotado, para encontrar eso, el único vehículo de cuatro ruedas que quedaba en los depósitos de la empresa de alquiler de coches.

—No está mal para ser un cacharro viejo —murmuró mientras recorría a toda velocidad la autopista hacia Alejandría.

Habían pasado ocho años desde la última vez que visitó la ciudad, la «Perla del Mediterráneo».

Entonces la carretera estaba desierta, libre de tráfico y completamente yerma, pero ahora grandes zonas de terrenos agrícolas, granjas de cría de caballo y residencias palaciegas flanqueaban la autopista. A treinta kilómetros fuera de los límites de Alejandría, justo antes de llegar al peaje, dio un brusco giro a la derecha, cambió la tracción a las cuatro ruedas y cruzó las llanuras del desierto, dejando una enorme nube de polvo tras su paso.

Casi una hora más tarde, en la distancia, asomó la formidable fortificación. Las antiguas murallas de granito del Monasterio de los Arcángeles, talladas en la enorme montaña tras el monasterio fortaleza que había resistido siglos de persecución romana contra los cristianos egipcios, se alzaban entre diez y treinta y cinco metros de altura con sus tres metros de grosor. Y ahora era el lugar de descanso final del mayor descubrimiento arqueológico del siglo xxi: los anales secretos de Lucifer.

Cinco semanas atrás, la valiosísima antigüedad había sido trasladada desde las cámaras arqueológicas de alta seguridad del museo del palacio real de Amman, Jordania, al monasterio, inmediatamente después del tenue alto el fuego pactado tras la sangrienta guerra panárabe-israelí. Y ahí se quedaría.

Nick tensó la mandíbula. Había sido su descubrimiento, tres años y medio antes, en sus excavaciones arqueológicas en Petra. Y el mundo entero ignoraba el hecho, y así continuaría siendo gracias a la casa real jordana. Y a su acuciante necesidad de la exorbitante suma puesta a su nombre en un banco suizo a cambio de su silencio. Nick suspiró.

Golpeó el volante con la mano, lleno de frustración. Al detenerse delante de la puerta occidental, descubrió que no había nadie. Bajó del Range Rover y se acercó a la puerta.

Alto y desgarbado, Nick de Vere cumpliría veintinueve años el mes siguiente. Era el más joven de los tres hermanos de una dinastía de banqueros exageradamente rica, la familia De Vere. Era guapo, casi de un modo femenino, con unos ojos grises que reflejaban inteligencia y una nariz aguileña y pómulos altos. Su cabello, rubio, fino y largo, rozaba su camiseta gris oscuro.

La vida había dado recientemente a Nick de Vere dos duros golpes seguidos. Su fondo fiduciario había sido congelado por su padre, James de Vere, la noche antes de su fatal ataque al corazón. Y ahora también Nick se estaba muriendo. De sida. Durante cuatro años se había sometido a la terapia retroviral más avanzada, pero ahora su salud se deterioraba rápidamente.

Se apartó impaciente el mechón rubio de los ojos. Al levantar la mirada, apenas pudo distinguir a dos beduinos jugando al backgammon, gesticulando y hablando en voz alta, ajenos a su presencia.

Nick volvió a subir al Range Rover, cerró la puerta e hizo sonar el claxon. Al instante los dos beduinos se pusieron en pie y corrieron a la puerta, sus largas chilabas ondeando tras ellos. Hubo un fuerte roce y crujir de madera mientras un enorme ascensor bajaba por el lado del muro del monasterio.

Nick miró incrédulo al tembloroso ascensor. El beduino más viejo le hizo señas.

—Suba… —dijo con una amplia y desdentada sonrisa.

—¡Abran las puertas! —exigió Nick.

—Las puertas no abrirse… usted subir. —El hombre señaló el aparato de madera, luego señaló hacia arriba a una puerta en la muralla, a diez metros de altura.

Nick cerró los ojos, sin poder creérselo. Luego golpeó el capó del coche.

—¿Y mi coche?

—Solo a pie… y en helicóptero. —El beduino se encogió de hombros—. Ningún motor —declaró enfáticamente.

Nick cerró de golpe la puerta del coche, puso los ojos en blanco y se encaminó hacia el ascensor de madera, que empezó a oscilar salvajemente cuando los dos árabes lo izaron hacia la puertecita por medio de un sistema de poleas.

—¡Por aquí! ¡Por aquí!

Un anciano sacerdote indicó a Nick que lo siguiera a través de los campos cubiertos de verduras, granadas y hierbas. Dejaron atrás filas de palmeras datileras y olivos, hasta llegar a un segundo patio interior. Nick tuvo la clara impresión de que lo estaban observando… vigilando. Mientras rebasaban el refectorio de los monjes en dirección a una antigua torre atalaya, Nick redujo el paso y contempló la cúpula del telescopio solar giratorio del observatorio del monasterio. El sacerdote frunció el ceño y le indicó que continuara.

Nick siguió obedientemente a la figura encorvada a través de un jardín de sicomoros amurallado hasta llegar a un pequeño sendero de piedra que se abría paso entre un enorme estanque, en cuyas turbias aguas flotaban exquisitos lotos de color rosa. Se detuvieron ante una oxidada puerta de metal que conducía a un ala más antigua del monasterio.

Nick observó con atención mientras el sacerdote hacía la señal de la cruz y luego introducía rápidamente un código en el sofisticado sistema de seguridad. Las puertas de metal se abrieron poco a poco. Se internaron en numerosos pasillos que olían a tinta y cuero mezclado con mirra, y después atravesaron una enorme biblioteca en la que cientos de monjes archivaban silenciosamente datos en sistemas informáticos Apple Mac de última generación. Nick se agachó para entrar en un túnel bajo y hediondo. Finalmente, llegaron a lo que parecía ser la puerta de una cripta.

Dos fornidos soldados con pistolas ametralladoras aparecieron, como surgidos de la nada, uno a cada lado de Nick. Llevaban la cabeza rapada, y reconoció de inmediato la insignia digital de sus uniformes; pertenecían a la unidad de operaciones especiales de elite jordana.

El anciano sacerdote le entregó al soldado más alto un documento marcado con el sello de la casa real hachemita.

—Se le ha concedido permiso para fotografiar los anales —le dijo a Nick, e inclinando la cabeza, se marchó.

Nick frunció el entrecejo. De pronto lo empujaron con fuerza contra la pared, le hicieron abrir las piernas y los brazos, y el primer soldado lo cacheó minuciosamente. El segundo le quitó la cámara y sin más ceremonias vació el contenido de los bolsillos y la mochila de Nick en una bandeja, que a continuación pasó por un escáner.

Nick miró con mala cara al guardia. Cinco segundos más tarde, lo empujaron hacia la puerta. El primer soldado le indicó por señas que recogiera sus pertenencias de la bandeja. Furioso, Nick se agachó y volvió a guardar las cosas en la mochila. Sujetó la cámara con fuerza.

El soldado más alto le hizo señas de que lo siguiera. Tras franquear la puerta se encontró en una enorme antesala, rodeado por al menos doce cámaras más pequeñas que contenían la colección de antigüedades más magnífica sobre la que jamás hubiera posado los ojos. Piezas egipcias, etruscas, persas, asirias y caldeas, mosaicos y frescos árabes, iconos griegos y rusos, obras originales de Rafael, Leonardo da Vinci, Tiziano, Perugino. Tesoros de valor incalculable.

Pero ante él se hallaba la cámara más grande. Nick entró y su atención se vio rápidamente atraída por la escultura de diorita que se alzaba a su derecha. Le pareció extrañamente familiar… Entonces se acordó. La fotografía había circulado por toda Europa en la lista roja de Interpol de antigüedades iraquíes robadas. Se acercó más, fascinado. Cientos de volúmenes de manuscritos se amontonaban del suelo al techo. Vio una tableta de piedra dentro de una vitrina de cristal. La contempló, absorto ante las inscripciones cuneiformes.

—Los legados perdidos de la antigua Mesopotamia… La incalculable colección de sellos cilíndricos… —musitó para sí.

Observó la tableta, hipnotizado, mientras buscaba la cámara en su bolsillo. Despacio, con cuidado, alineó la pequeña cámara digital directamente con la tableta.

—Increíble.

De pronto, unos dedos delgados le arrancaron la cámara de las manos.

—Nada de fotografías aquí, señor De Vere. Debe ceñirse a nuestras condiciones.

Nick dio media vuelta y se encontró ante un par de deslumbrantes ojos pardos. Inclinó respetuosamente la cabeza.

—Majestad…

—No tenemos paciencia con los necios, señor De Vere. Por favor, asegúrese de respetar nuestro acuerdo o puedo asegurarle que todos los permisos que nosotros, el pueblo jordano, hemos aprobado para su trabajo serán revocados de forma inmediata.

Nick estudió a la princesa que tenía ante sí. Era joven. De hecho, mucho más joven de lo que parecía en las fotografías que había visto de ella. Veintidós años, calculó, no más de veinticuatro. Era pequeña y esbelta, de huesos finos, y sus altos pómulos y sus regios rasgos estaban enmarcados por brillantes trenzas negras que le caían más allá de los hombros. Vestía un par de tejanos desteñidos y una camiseta de algodón blanco, y el único signo de su desmesurada riqueza era el lujoso reloj de diamantes Audemars Piguet que lucía en la muñeca izquierda.

Ella advirtió el modo en que la observaba y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—Las tablas cuneiformes con las partes perdidas de la epopeya de Gilgamesh, las primeras palabras escritas, un relieve en bronce del año 4000 antes de Cristo… valen un centenar de Giocondas —murmuró suavemente la princesa de Jordania, como si recitara una doxología sagrada—. Nuestro gobierno devolvió al estado de Irak miles de antigüedades robadas que habían sido introducidas en Jordania durante la guerra de principios de siglo —continuó—. La sagrada vasija de Warka, la figura de Entemena, cuyos restos compramos, por cientos de millones de dólares, en el mercado negro, en Suiza. Aparecieron por todas partes: en bazares de Teherán, en París, en un aeropuerto norteamericano. —Vaciló—. Fuimos pacientes. La mayor parte de los tesoros robados aparecieron en Londres. —Miró directamente a los penetrantes ojos grises de Nick—. El principal mercado mundial del arte islámico —murmuró Nick—. El tío Lawrence…

La princesa asintió.

—La red de contactos de Lawrence St. Cartier fue enormemente útil para la casa real. Ahora poseemos la colección más importante de manuscritos iluminados del mundo, aparte de la del Vaticano. —Hizo una pausa, mientras caminaba, y añadió—: En el año 180 antes de Cristo, los nabateos recibieron este monasterio de una antigua casta de sacerdotes relacionadas con las cortes reales de Egipto. A lo largo de los siglos, los gobiernos egipcios han tenido en gran estima su herencia histórica y siguen honrando su presente tratado con el reino hachemita. La casa real de Jordania ha mantenido ocultos sus incalculables tesoros a los ojos curiosos del mundo exterior, confinándolos tras estos muros, en estas criptas. Tenemos una gran deuda con el tío de su cuñada y, naturalmente, con usted.

Safwat, el jefe de seguridad, se acercó a la princesa.

—Majestad —dijo en voz baja con fuerte acento árabe—. Su helicóptero llegará dentro de quince minutos.

La princesa asintió. Luego se volvió hacia Nick.

—Sígame.

Volvió rápidamente a la antesala y giró a la izquierda, hacia un túnel estrecho y poco iluminado.

—Su inglés es impecable, alteza —dijo Nick—. He leído que estudió usted en Oxford.

—Historia antigua y arqueología clásica.

Nick la siguió de cerca por los estrechos y serpenteantes pasillos. Percibió el leve aroma de la mirra.

—Una educación inglesa… como su padre.

—Ah —repuso la princesa—, pero usted, como nosotros, tampoco es británico, señor De Vere. Déjeme ver… —Su inglés apenas tenía una leve inflexión árabe—. Nació usted en la ciudad de Washington, en el seno de la dinastía De Vere. Su padre fue nombrado embajador de Estados Unidos ante el Reino Unido cinco años después de su nacimiento. Creció en Gran Bretaña… en Regent’s Park, para ser exactos. Educado en Gordonstoun, estudió arqueología en Cambridge, cociente intelectual propio de un superdotado, su talón de Aquiles son las drogas y su estilo de vida propio de un… playboy. La oveja negra de la familia, a la que le han congelado el fondo fiduciario. Su hermano mayor, Jason de Vere, magnate de los medios de comunicación estadounidenses, posee un tercio de la prensa y televisión del mundo occidental.

»Su hermano mediano, Adrian de Vere, fue el primer ministro más joven del Reino Unido y recientemente lo nombraron presidente de los Estados Unidos de Europa. También ha sido propuesto para el premio Nobel de la Paz.

»En 2014 estuvo usted implicado en un accidente en el que la hija de su hermano mayor quedó lisiada de por vida. Conducía usted; estaba borracho en ese momento. Jason de Vere no le dirige la palabra desde entonces.

Nick no podía apartar la mirada de la princesa, que continuaba su camino.

—Contrajo el sida hace cuatro años. Adrian de Vere pagó los mejores tratamientos en Suiza, Londres y la Clínica Mayo, pero, ay, en los últimos cinco meses su cuerpo no ha respondido favorablemente a ninguno de los tratamientos.

Nick luchó por controlar la furia que se acumulaba en su interior ante esa regia adolescente chismosa.

—Mi vida privada no es asunto de…

—Es usted un necio, Nicholas de Vere —lo interrumpió ella bruscamente—. Desde el estelar ascenso político de su hermano, su familia ha estado bajo la lupa de todos los servicios de inteligencia de los gobiernos mundiales: Interpol, Europol, la CIA, el MI6, el Mossad, SAVAMA, el FSB y el servicio secreto jordano… todos lo están vigilando. —Giró bruscamente hacia una pequeña escalera. Nick la siguió—. Mi hermano, el príncipe heredero, y yo nos reuniremos con su hermano y los representantes de las Naciones Árabes Unidas el mes que viene en Damasco para la firma del mayor tratado de paz del siglo veintiuno. Por primera vez, todos estamos en la misma mesa: China, Corea del Norte, Europa, la Unión Pan-Árabe, Estados Unidos, Rusia e Israel. Puede que por fin haya paz en el mundo. —Se volvió hacia Nick—. Le hemos permitido acceder a los anales para que prosiga con sus investigaciones. Sin embargo, Lawrence St. Cartier me pidió que le devolviera un favor… estrictamente de negocios. ¿Quería usted ver la cruz de la que se habla en los anales?

Nick inspiró profundamente. Toda su ira se evaporó al instante.

—¿La cruz existe, entonces? —Nick dio un paso hacia la princesa, con un extraño brillo en los ojos.

—Oh, sí, Nicholas de Vere, existe. —La princesa siguió bajando los húmedos escalones de piedra.

—Según la leyenda, posee extraños poderes curativos —dijo Nick, cuya voz resonó detrás de la princesa, que se perdía en la oscuridad. Bajó las escaleras tras ellas.

—Las leyendas influyen mucho en aquellos que creen —repuso la princesa.

—Las leyendas dicen que Aretas IV protegió al niño Jesús en su huida de Egipto… —Los ojos de Nick brillaban de júbilo—. Y que lo trajo aquí, a este monasterio, con una antigua casta de magos… —Se detuvo. El sudor le perlaba la frente. Se agarró a la barandilla para sostenerse.

La princesa se volvió hacia él. Le sostuvo la mirada.

—Y que el mismísimo niño Jesús talló una cruz cuando no era más que un chiquillo y se la dio como regalo a Aretas antes de regresar a Nazaret —continuó él.

—Cartier le ha informado bien. Al parecer conoce todas nuestras leyendas.

Continuaron bajando hasta que llegaron a las criptas inferiores, y se detuvieron ante una sólida puerta de acero de apenas metro veinte de altura. Dos fornidos monjes, medio ocultos en un rincón en sombras, avanzaron hacia Nick. Un tercer monje, más viejo, alzó la mano. Los otros dos regresaron de inmediato a las sombras.

—Gracias, padre Benedict. Es nuestro invitado.

El monje inclinó la cabeza ante la princesa, introdujo un código de seguridad y dio un paso atrás mientras la puerta de acero, de un palmo de grosor, se abría revelando una antigua puerta de madera que daba a la cripta.

Nick pasó asombrado la mano por la puerta.

—Cedro del Líbano —murmuró.

El padre Benedict asintió.

—Los antiguos padres del monasterio lo importaron del monasterio original —dijo.

Nick se agachó para entrar en el diminuto mausoleo. Allí, en el centro de la cámara, bajo un grueso cristal de protección, se encontraba su descubrimiento, los Anales Angélicos Secretos. Contempló, como hipnotizado, la extraña luz azul que todavía brotaba débilmente de sus páginas. Por fin, con gran esfuerzo, apartó la mirada de los anales.

En el rincón izquierdo de la cámara, sobre terciopelo azul oscuro bajo una cúpula de cristal, había una pequeña cruz no más grande que un DVD, perfectamente tallada en madera de acacia.

Nick se acercó y, examinándola, dijo:

—La han reparado. Burdamente.

La princesa suspiró.

—Hace dos mil años, el rey Aretas creía que el niño Jesús crecería para convertirse en guerrero, un coloso, y que destruiría Roma. Pero el guerrero de Aretas no fue tal. Después de que el Hebreo fuera crucificado, se dice que, amargado y desilusionado, Aretas rompió la cruz en un arrebato de ira.

—Hay historias, descabelladas y sin sustancia, según las cuales, cuando Aretas agonizaba, Cristo se le apareció —dijo Nick.

—Somos una nación maravillosamente dramática, señor De Vere. —La princesa bajó la mirada—. Los relatos de Las mil y una noches… Nuestra rica cultura, nuestra poesía y nuestra prosa han hecho que seamos un pueblo muy aficionado a toda clase de historias desde hace siglos. —Se encogió de hombros—. Por eso tenemos tantas leyendas.

La princesa se interrumpió cuando sus gafas de sol de Prada resbalaron de sus manos y cayeron al suelo de piedra. Se arrodilló para recogerlas justo cuando Nick hacía lo mismo. Él las alcanzó primero y se las tendió antes de quedarse mirando, fascinado, la sencilla cruz de plata que asomó bajo la camiseta de la princesa.

—Sin embargo, usted cree —susurró.

Ella lo miró, en silencio, todavía arrodillada.

—Mi pueblo respeta y reverencia a Cristo como maestro y profeta, señor De Vere. Es cosa conocida, incluso entre los agnósticos como usted —repuso. Recobró rápidamente la compostura y, con las gafas de sol ya en la mano, se incorporó.

Nick continuó, implacable:

—Sin embargo, sus críticos dicen que ha decidido dar un paso más… como Jotapa, la hija de Aretas IV.

Safwat surgió de las sombras próximas a la puerta junto con el padre Benedict.

—Su helicóptero ya está aquí, majestad —dijo Safwat en tono suave pero insistente—. El Gulfstream reposta en Alejandría. Debemos llegar al palacio de Áqaba antes de que anochezca, majestad.

La princesa asintió.

—Queda en buenas manos, Nick de Vere. —La princesa señaló al padre Benedict—. Pero debo recordárselo: toda imagen digital debe ser entregada al padre Benedict antes de su marcha: ninguna imagen debe salir de aquí o le retiraré el permiso. Incluso un De Vere debe plegarse a las reglas del reino hachemita. —Se dio la vuelta y Nick oyó su suave voz desde las sombras cuando añadió—: Se llamaba igual que yo… Jotapa.

Y acto seguido se marchó.

Más tarde


Empezaba a caer la noche cuando Nick abrió la puerta del Range Rover. Su rostro estaba arrebolado de júbilo.

Los monjes encapuchados lo miraron desde el observatorio del Monasterio de los Arcángeles.

—Está muy enfermo.

—Se está muriendo —susurró el monje mayor—, y sin embargo su mayor enfermedad es la de su alma.

—¿Se le revelará la identidad del Hijo de la Perdición? —preguntó el más joven.

—Regresará dentro de no muchas lunas. Las revelaciones relacionadas con su hermano empezarán. —El anciano monje se apartó de la ventana del observatorio—. Entonces entrará en la noche oscura de su alma.

El sol poniente iluminó los ancianos y nobles rasgos de Jether mientras se quitaba la capucha. Cansado.

—Ha sido elegido. Que Jehová tenga misericordia de él.

El monje más joven se quedó mirando el Range Rover mientras este se internaba en el desierto.

—No tiene fe.

—Y sin embargo busca la verdad.

—Así de maravillosa es la raza de los hombres, Gabriel —dijo Jether. Se volvió a mirar por el telescopio la blanca aparición en los cielos de Egipto—. El mesías de Lucifer ya está aquí.

4 a.C.


Lucifer esperaba bajo la luz evanescente de las doce lunas color magenta de Perdición, tocando su viola, con los ojos cerrados en actitud extática.

Las altas puertas de su dormitorio estaban abiertas de par en par y la exquisita melodía resonaba por los tenebrosos páramos de lava hasta las criptas del infierno.

Lucifer tenía el rostro alzado hacia los cielos. Su negra cabellera caía brillante sobre sus hombros desnudos, y una rara serenidad dominaba su semblante.

Pasaba con largos y apasionados golpes el arco de cuerno tallado sobre las cuerdas de su viola, moviendo suavemente la boca al compás del exquisito estribillo.

Llamaron suavemente a la puerta, y Balberith, su ayudante, entró.

Lucifer abrió los ojos, sintiendo la presencia.

—Ordené que no me molestaran. —Miró con desdén a Balberith y apartó la viola de su barbilla.

Balberith hizo una reverencia y tendió una misiva con el sello de los nigromantes de los reyes hechiceros de Occidente.

Lucifer desplegó la carta, la leyó y volvió a plegarla con cuidado a la vez que asentía. Balberith se retiró. Lucifer se puso a caminar inquieto por la habitación, con la viola todavía en la mano.

Un segundo sirviente se presentó y abrió las puertas del mueble de música finamente tallado que albergaba la enorme colección de liras, salterios, dulcémeles, pífanos, serpientes, cornetas y brillantes shofars dorados. Lucifer le entregó la viola.

Balberith volvió a entrar seguido de Charsoc, que vestía una brillante bata bermeja e iba tocado con un gorrito para dormir amarillo canario rematado por una borla. Su negra cría de buitre chamán reposaba en su brazo.

—Majestad… —Hizo una profunda reverencia, con una sonrisa siniestra en el ciego rostro.

—Puedes hablar —dijo Lucifer, dándole la espalda, mientras Balberith le arreglaba la túnica de raso.

—Majestad, he recibido noticias de la casta de murmuradores negros que recorren el reino árabe de Petra. Informan de que una caravana de magos llegó anoche. Los magos buscan al rey que acaba de nacer.

Lucifer miró por encima del hombro a Charsoc con expresión inescrutable mientras Balberith le colocaba una gruesa bata de piel blanca sobre los hombros.

—¿Magos…? ¿Qué quieren de ese rey?

—Pertenecen a la casa superior de los megistanos, majestad, un antiguo sacerdocio. Sus deberes incluyen la unción de reyes. Siguen la estrella.

—¡Hacedores de reyes!

—Majestad, hay uno, un devoto servidor nuestro, un rey de la Tierra, cuyos hechiceros consultan con los reyes hechiceros de Occidente. Los magos irán a verlo.

—¿Y ese rey es adicto a nuestra causa? —Una leve sonrisa titiló en los labios de Lucifer, que se detuvo ante las cien velas de incienso perfumado e inhaló profundamente.

—Se llama Herodes —respondió Charsoc—. Está muy preocupado, majestad. Este nuevo rey amenaza su poder.

Lucifer se asomó a los enormes ventanales de rubí. La nova se había acercado mucho más a la Tierra. Lucifer contempló su intenso fulgor.

—Envía a Darsoc, mi siniestro príncipe… y a mis Magos Grises para que sigan a esos magos. Ordena a los grandes magos de la Corte Negra que lo acompañen. Encarga a los reyes hechiceros de Occidente que instruyan a Herodes para que, cuando lleguen, esos magos deben buscar cuidadosamente al niño y que, cuando lo encuentren, se lo hagan saber. Su excusa será que quiere ir a adorarlo. —Lucifer se apartó de los ventanales—. Luego traedme la noticia… —Una lenta y maligna sonrisa se extendió por sus rasgos—. Para que yo también vaya a adorarlo..
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