Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




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títuloCita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes
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Hermanos


Gabriel caminaba despacio, en silencio, hundiendo los pies en las suaves y perladas arenas de las celestiales playas del Primer Cielo, que se extendían a lo largo de miles de leguas delante del espléndido Palacio de los Arcángeles. Sus trenzas doradas estaban sujetas con tiras de platino y colgaban sueltas a su espalda sobre su casaca de seda de color ostra. Sus rasgos eran etéreos, inmaculados, regios. Sus claros ojos grises tenían una mirada amable pero penetrante.

Gabriel miró el reflejo de las doce lunas del azul más pálido que brillaban en el horizonte del Primer Cielo, mientras veía cómo los lirios cambiaban a un profundo y majestuoso índigo. Hacia el horizonte oriental se encontraba el Edén, sus magníficos y exuberantes jardines colgantes y sus cascadas de amatista apenas visibles desde el borde del mar. Estrellas errantes y relámpagos se dibujaban sobre las espumosas olas plateadas del mar de Cristal mientras puñados de diamantes transparentes del tamaño de granadas bañaban las blancas arenas, emitiendo una suave luz titilante.

Contempló el palacio de nubes doradas que se alzaba sobre la muralla occidental. Era ahí donde sus dos hermanos mayores y él habían vivido en armonía y amistad antes de que las oscuras sombras de la insurrección cayeran sobre el reino del Primer Cielo… antes de que Lucifer, serafín, gran arcángel, portador de la luz, fuera desterrado.

Ahora solo estaban ocupadas las grandes alas donde se hallaban las cámaras de Miguel y Gabriel. La majestuosa ala oeste del hijo de la mañana se hallaba desierta, las magníficas cámaras de madreperla de Lucifer abandonadas, sus altas torres doradas talladas con el emblema de la Casa Real cerradas desde el advenimiento de su destierro, en mundos abandonados hacía tiempo.

Miguel bajó los escalones dorados, la capa esmeralda flotando tras él.

—Regreso de la Tierra —anunció, atravesando las filas de grandes columnas blancas y dejando atrás los enormes invernaderos de cristal del ala este del palacio para dirigirse a Gabriel—. Me alegro de verte, estimado Gabriel. —Lo besó afectuosamente en ambas mejillas, luego se quitó sus dorados guanteletes de batalla.

—Lo mismo digo, querido hermano.

Gabriel contempló al alto y noble guerrero. El brillante pelo rubio de Miguel estaba recogido con esmeraldas y oro en dos gruesas trenzas que enmarcaban sus nobles rasgos, los inteligentes ojos verdes perdidos en reflexión.

«Ha crecido mucho en sabiduría últimamente —pensó Gabriel—. Desde el destierro de Lucifer.» Había desaparecido todo rastro del apasionamiento y la intratabilidad de antaño, y en cambio se habían desarrollado una nobleza y una gracia que eran inconfundibles. Este era su hermano mayor, Miguel, su espíritu rebosante de honor, nobleza y valor, comandante en jefe de los ejércitos del Primer Cielo: el guerrero de Jehová.

Miguel alzó la cabeza hacia los horizontes y cerró los ojos; una profunda paz transformó sus rasgos. Aspiró la densa fragancia de la mirra que flotaba sobre las vastas planicies sembradas de álamos blancos más allá de las llanuras orientales del Edén. Permaneció en silencio largo rato, luego siguió la mirada de Gabriel hacia las cámaras de Lucifer.

—Los magos de Lucifer lo han alertado —dijo con voz suave—. Era solo cuestión de tiempo.

Gabriel asintió y dijo:

—Sabíamos que así sería. —Se acercó al borde del mar de Cristal para contemplar las estrellas fugaces de color índigo que ardían en el horizonte.

—Todavía puedo ver su cabellera negra como el azabache ondear con la brisa del este —murmuró—. Es extraño… recuerdo cada palabra de Lucifer como si estuvieran grabadas en mi alma. —Volvió el rostro hacia Miguel—. «Cada amanecer somos puestos a prueba por si servimos a nuestra propia voluntad, nuestros propios deseos, o si servimos a Jehová» —susurró Gabriel—. Esto es lo que me dijo en este mismo sitio. «Elige sabiamente cada día, Gabriel», me dijo… —Gabriel bajó la mirada—. «Y nunca podrás fallarle. El regalo más grande que puedes hacerle es tu libre decisión de servirlo con obediencia, que, a su vez, es tu verdadero amor.»

—Jehová, por decisión propia, dotó a la raza angélica de libre albedrío —dijo Miguel—. Lucifer escogió su camino, como nosotros hemos escogido el nuestro.

—Y como la estirpe de los hombres elige el suyo —dijo Gabriel, pensativo. Continuó caminando a lo largo de las luminosas arenas. Se produjo un largo silencio. Finalmente, volvió a hablar—. Miguel… —Alzó el rostro hacia la abandonada ala oeste, con una expresión de profunda pena en los ojos—. ¿Crees que Lucifer lo lamenta?

—No —respondió el eco de una suave voz.

Gabriel se volvió. Jether el Justo, monarca angélico imperial y gobernador de los veinticuatro antiguos reinos de Jehová, apareció junto a ellos en los escalones dorados. Su cabello y su barba de plata se agitaban con el suave céfiro marino. Sus arrugados rasgos eran amables, pero bajo sus tupidas cejas blancas sus acuosos ojos verdiazules chispeaban como los de un águila: atentos, alerta. Nada escapaba de la vigilante mirada de Jether. Los sueños que noche tras noche acosaban a Gabriel eran el coste del don que soportaba como vidente de Jehová, su revelador angélico. Dirigió a Gabriel una sonrisa compasiva.

—Sí lo lamenta, Gabriel… —Jether se acercó a ellos, caminando sobre las arenas con sus enjoyadas zapatillas verde lima—. Lo lamenta por sí mismo, ya que se da cuenta de las terribles consecuencias de su elección… de su caída. Pero verdadero pesar…

Jether miró al norte de los dos árboles del Edén, hacia la colosal puerta dorada repujada de rubíes, encendida de luz incrustada en las paredes de topacio de la torre, la entrada a la sala del trono.

—El verdadero pesar se basa en el arrepentimiento, el dolor por el pecado, no por su consecuencia. Son dos cosas contradictorias. Completamente opuestas. —Los ojos azules de Jether ardieron con fervor poco característico en él—. Y nunca deben confundirse.

Miró hacia el ala oeste, con sus grandes balcones de perlas ahora abandonados. En ruinas.

—Perfecto en la belleza —susurró—. Lleno de sabiduría, oh, cómo has caído, hijo de la mañana.

—¿Qué tiene la estirpe de los hombres para que Él sea consciente de ellos? —murmuró Gabriel.

Jether le colocó suavemente una mano en el hombro.

—El Gran Consejo se reúne. Se espera la presencia de los príncipes jefes de Jehová.

Miguel inclinó la cabeza.

—Así será, reverenciado Jether.

Jether se alisó la túnica se seda bordada verde claro.

—Nos reuniremos en las arenas orientales bajo los grandes sauces. Al atardecer. —Miró intensamente a los hermanos y añadió en voz baja—: El antiguo mundo ha desaparecido. Nunca podrá ser recuperado. Este es un día de despedidas.

Y de pronto se desvaneció, transportado a la Torre de los Vientos.
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