Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




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títuloCita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes
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Herodes


Gran parte de los consejos de Jerusalén, incluyendo los setenta y un miembros del consejo supremo judío, el Sanedrín, y todos los escribas de Herodes, y sus propios magos, estaban reunidos en el patio interior del palacio. Herodes se hallaba sentado en su elaborado trono dorado. Iba vestido con las púrpuras más ostentosas, la corona torcida en lo alto de su gruesa peluca roja, que tan mal le ajustaba. Se levantó y se acercó cojeando a la ventana más cercana para contemplar torvamente la columna de fuego que ardía en el cielo nocturno.

—¡La estrella brilla con mayor intensidad por horas! —Su rostro era una máscara de ira—. ¿Sabíais que tenía un rival, pero no me advertisteis? —Golpeó con su cetro un ornado jarrón, derribándolo al suelo—. Hay un rey de los judíos; vuestras escrituras hebreas lo dejan claro. —Se volvió hacia el sacerdote principal, que temblaba de terror—. Son claras, ¿no?

—Las escrituras son claras, señor —tartamudeó el sacerdote jefe.

Herodes abrió los pergaminos de la Torá.

—Acercadlo, para que pueda conocer su tema de manera más íntima.

Los guardias de Herodes agarraron al sacerdote jefe por los brazos y lo empujaron hasta ubicarlo delante del rey. Herodes plantó la Torá delante del sacerdote.

—¿Dónde va a nacer este rey de los judíos?

Petrificado, el sacerdote fue pasando pergaminos hasta que encontró el libro de Miqueas. Temblando, se detuvo. Herodes le arrebató el pergamino de las manos y lo escrutó ávidamente. La carnosa papada le temblaba mientras leía.

—¿Dónde, dónde dice «rey de los judíos»? —Acercó la cara a la del sumo sacerdote—. Enséñamelo.

—En Belén de Judea, pues así fue escrito por el profeta Miqueas: «Pero tú, Belén, aunque menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel.»

—¿Ese soy YO? —chilló Herodes, el rostro enrojecido—. ¿Es a Herodes el grande a quien profetizan? ¿Es Herodes? ¿O hay otro? —susurró, volviendo la cabeza.

El sumo sacerdote tragó saliva. Encontrando de pronto valor, con sagrado fervor, dijo en tono suave pero firme:

—Hay otro. El Mesías, señor de Israel, cuyo reino no tendrá fin.

Herodes se puso de pie, congestionado, y golpeó al sumo sacerdote en el pecho con el cetro. El hombre cayó por los escalones de mármol, la cabeza ensangrentada manchó el suelo. El consejo permaneció en silencio, aterrorizado.

—¡Salid de aquí! ¡Fuera! —gritó Herodes, furioso—. ¡Fuera!

El consejo abandonó de inmediato de la sala del trono. Dos de sus miembros sacaron a rastras al sacerdote semiinconsciente. Los consejeros de Herodes se congregaron en torno al trono, temblando y susurrando febrilmente.

—Detened vuestros murmullos infernales —rugió Herodes—. ¿Qué susurráis ahora?

El consejero jefe dio un paso al frente.

—Hablamos de la caravana que se acerca a Jerusalén desde Oriente, majestad.

Un segundo consejero inclinó la cabeza.

—La caravana transporta toda clase de riquezas, majestad. Es la comidilla de todo Jerusalén.

Herodes se sentó pesadamente en su trono.

—Sí, sí, mis magos ya me han informado de ello. Son partos… entrometidos… ¡creadores de reyes! Los derrocan a capricho. —Se mordió los puños, con un brillo de locura en los ojos. Gotas de sudor resbalaban por su frente—. Es una conspiración. Los partos me tildan de usurpador… Me destronarán, me asesinarán. Y pondrán a ese… a ese rey niño de los judíos.

—No, majestad. Esta caravana pertenece a un rey, Aretas, rey soberano de Arabia.

—¡Aretas! El rey de Petra… vaya, no es ningún filósofo, ni cómplice de ningún mago. —Herodes se relajó visiblemente. Resopló y se volvió a ajustar la peluca—. Es un hombre pragmático, que ha visto muchos derramamientos de sangre. —Sus ojos refulgían—. ¿Viene en son de paz o en pie de guerra? —Recogió la túnica en su puño, temblando—. ¡Guerra! —Gimió—. Busca venganza. ¡Viene a asesinarme y a anexionar Judea a los nabateos! —Un hilillo de saliva resbaló por su barbilla. El paroxismo se apoderó de él, y tosió sangre en su pañuelo.

Su secretario jefe le tendió una misiva sellada. Herodes la cogió y la abrió, los ojos desencajados cuando escrutó su contenido.

—Quiere rendirme honores y zanjar nuestras disputas territoriales. —Se secó la frente con un pañuelo de seda—. Busca la paz. —Suspiró lleno de alivio y tendió una mano temblorosa hacia su copero, que al instante le sirvió una copa de vino—. Ese rey advenedizo bien podría también amenazar a Aretas. —Bebió delicadamente un sorbo de vino—. Comunicad a los embajadores que se lo espera en palacio. Será en efecto un invitado bienvenido. —Acarició la copa, pensativo—. Las casas reales de Petra y Judea harían bien en aliarse. ¡Juntas acabaremos con ese rey advenedizo!

Herodes se volvió hacia una figura alta y siniestra que se hallaba a la derecha de su trono.

—Mefisto, ponme en contacto con el consejo nigromántico.

Mefisto comenzó a entonar una salmodia y lentamente los trece reyes hechiceros de Occidente se materializaron junto a él, sin que Herodes los viera. Dracul, su jefe, habló, y sus palabras fueron repetidas al unísono por Mefisto, casi como si de un álter ego se tratara.

—Que busquen concienzudamente al niño y que vuelvan con sus informes, para que puedas encontrar y destruir al rey recién nacido.

Gabriel cabalgaba en su corcel, atravesando las exuberantes junglas tropicales y cruzando los vastos llanos orientales del Edén, en el Primer Cielo, con la dorada cabellera ondeando al viento. Se detuvo a pocas leguas de la montaña sagrada, cerca de la base de la entrada de rubí de la sala del trono, ante los laberintos occidentales de las siete torres. Desmontó y se dirigió a la entrada subterránea de las sagradas cavernas. Varias cámaras ocultas en la montaña le permitieron ascender al santuario interior de los laberintos. Gabriel caminaba, la cabeza gacha, por el sendero iluminado por las antorchas eternas situadas en lo alto de las paredes de la cueva.

Mientras ascendía, un temor inexplicable oprimió su corazón. Continuó internándose en el corazón de los laberintos, hasta que llegó a la sexta lámpara ardiente. Nueve guerreros altos y silenciosos esperaban empuñando espadas llameantes. Eran los guardianes del santuario interno de Jehová. Alzaron sus espadas flamígeras hacia Gabriel y al reconocerlo inclinaron la cabeza.

Gabriel continuó a través de un estrecho pasadizo, y ascendió hasta que los vio: los temibles guerreros de Jehová, los vigilantes de la séptima llama.

Los vigilantes lo vieron y al unísono levantaron sus espadas llameantes, que le habían cerrado el paso a la séptima sala. Muy despacio, Gabriel atravesó la enorme reja de hierro, atraído hacia una luz deslumbrante a su izquierda. Los vigilantes se retiraron y desaparecieron. Gabriel siguió avanzando. Delante de él soplaba un viento tormentoso que llevaba una gran nube índigo con grandes destellos y relámpagos.

Gabriel contempló asombrado. Ante él se encontraba Jether, en medio de las llamas, los brazos alzados, su bastón, el báculo de los vientos blancos, levantado en alto. Su pelo y su barba volaban con las tempestades que brotaban de la nube índigo. Del báculo restallaban relámpagos azules. Su cara brillaba como bronce bruñido, la piel ardía transparente. Tenuemente visible en mitad de las brasas había seis enormes códigos de lapislázuli encuadernados en oro, sus páginas ardiendo con un feroz fuego azul: eran los códices del Juicio Blanco. Gabriel vio cómo dos majestuosos querubines alados eran visibles a través de las llamas. El primero alzó el códice superior de entre las brasas ardientes. Extendió la mano y le pasó a Jether el tomo sagrado.

Jether lo recogió y lo sujetó con fuerza.

—¡El Códice del Primer Juicio! —exclamó—. ¡Los consejos secretos de Jehová son revelados!

Herodes asintió y descorrió lentamente las voluminosas cortinas de terciopelo rojo. Ante él se encontraban el rey Aretas, Baltasar, Gaspar, Melchor y un centenar de magos, portando cofres llenos de oro y piedras preciosas. Herodes hizo una profunda reverencia al rey Aretas, que se inclinó a su vez. Herodes contempló los rebosantes cofres, sonriendo como un niño. Se sentó en su trono, indicándole a Aretas que tomara asiento frente a él en un trono más pequeño, recubierto de oro.

—Tu real nombre me ha llegado a menudo desde las llanuras del desierto, gran jeque Aretas de Petra y Arabia, Aretas el noble, el guerrero, el protector de su pueblo.

—Tu real nombre es famoso y renombrado por las llanuras orientales, oh, Herodes de Idumea, Herodes el grande, temido por todos —dijo Aretas, y volvió a inclinar la cabeza.

Una sonrisa de placer se extendió por el rostro regordete de Herodes.

—Vienes a Jerusalén no solo a buscar la paz, Aretas. Buscas a otro rey aparte de mí. De eso estoy convencido.

Aretas miró intensamente a los ojos del viejo rey. Era libertino y malvado, pero no era ningún necio. Incluso cerca de la muerte, era un formidable enemigo. Eso lo sabía Aretas.

—Pretendo presentar mis respetos a Herodes el grande, pero sí, tienes razón en tus suposiciones. Hay otro al que busco, oh, Herodes.

Baltasar dio un paso al frente e hizo una profunda reverencia.

—Majestad, buscamos al que ha nacido rey de los judíos. Visto su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.

Herodes entornó los ojos. Agarró el brazo de Aretas y lo apartó de los magos.

—Eres un hombre inteligente, Aretas… —Herodes bajó la voz—, al haberte dado cuenta de la amenaza de un nuevo rey que podría destruir nuestros reinos, y al haberte aliado con los mismos magos que pueden localizar su presencia. —Se volvió hacia los magos y sonrió amablemente—. Mis sumos sacerdotes me dicen que el rey recién nacido se encuentra en Belén. Id, buscad al niño. Y cuando lo encontréis, venid a comunicármelo, para que yo también vaya y le rinda homenaje. Mis ejércitos están a vuestra disposición, así como mi hospitalidad. —Dio una palmada—. Nuestras disputas menores (el valle del mar Muerto, Sileo) quedan atrás. Melech, muéstrales sus aposentos a mis reales invitados.
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