Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




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títuloCita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes
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Cristo


El príncipe Darsoc marchaba a la cabeza de los Magos Grises, sus escogidos y siniestros demonios hechiceros. Implacables y astutos más allá de ninguna medida, los Magos Grises eran los mejores informadores de Lucifer, y actuaban como su servicio de inteligencia. Archiveros, filósofos, intelectuales… Allí estaban, un centenar de ellos, las blancas capuchas cubriéndoles el rostro, ensombrecidos por la oscuridad.

—¡Pastores! ¡Bah! —le comentó a Darsoc Alastor, gran mago de las Cortes Negras—. ¡Esta no es vivienda de un rey! —Hizo volverse impaciente a su negro corcel—. ¡Tus magos y tú me hacéis perder el tiempo!

Darsoc permaneció quieto, sin mover ni un solo músculo, todos los sentidos alerta. Alastor echó hacia atrás la cabeza cubierta por un turbante, sus rojos ojos de gato brillando de desdén.

—¡Una misión de idiotas! —Escupió—. ¡Tenemos que regresar a las Cortes Negras con hechos!

—Entonces cabalga, Alastor —dijo Darsoc, y sus palabras fueron como seda entremezclada con veneno—. No querrás decepcionar a tu implacable amo… el gran mago Charsoc, ¿verdad?
Y renuncia a tus joyas… y tu promoción —Una sonrisita maligna asomó a su rostro—. O a tu cabeza.

Alastor volvió su negro caballo hacia su compañía de magos de la Corte Negra.

—Aquí no hay nada. ¡Iremos a Persia! —exclamó, y echó a cabalgar en su monstruoso semental que respiraba fuego, su ardiente bastón en alto.

Darsoc se echó hacia atrás la capucha. Sus finos y pálidos rasgos exudaban una extraña luminosidad. Solo un escrutinio más intenso revelaba que su piel antaño perfecta estaba ahora cubierta de cicatrices y sus hermosos ojos grises destellaban con una oscura maldad. Las ráfagas de viento agitaron sus largos mechones de pelo sobre su blanca capa.

—Percibo el olor de los reveladores en el viento —susurró, llevándose un dedo a los pálidos labios.

Un viento terrible soplaba en las alturas, acompañado por el sonido de un monstruoso batir de alas. Al instante el cielo se llenó de miles y miles de gigantescas águilas blancas, sus alas abarcaban treinta metros, sus cuellos y espolones eran de oro fundido.

—Los exploradores del Caballero Blanco.

Una sonrisa maliciosa se extendió por el rostro de Darsoc mientras observaba a Alastor y su compañía de magos de la Corte Negra de Charsoc ascender a los cielos en dirección al este.

—Miguel está aquí… —murmuró, con un destello en los crueles ojos—. Esperaremos.

El rey Aretas, Baltasar, Gaspar y Melchor encabezaban la gran caravana a lomos de corceles árabes. Balista y Ayeshe, el criado de Aretas, los seguían de cerca. Baltasar contempló la estrella, ahora fija en el cielo directamente sobre una cumbre lejana, y luego tiró de las riendas de su caballo, indicando al grupo que hiciera lo mismo. Desmontó, el corazón latiendo con fuerza, y se dirigió rápidamente hacia las laderas de Belén guiándose solo por la lámpara solitaria que pendía del centro de una cuerda colgada en la entrada de una posada que había delante. Se detuvo ante la baja estructura construida con burdas piedras: se trataba de un recinto donde había un puñado de cabezas de ganado atadas para pasar la noche. Sobre el recinto había seis pequeñas habitaciones de piedra. Baltasar pasó lentamente ante cada cámara, estudiando con atención a los habitantes, luego se volvió hacia Aretas y Melchor y negó con la cabeza. Frunciendo el ceño, se acercó más a una burda gruta de piedra unida a la posada y que hacía las veces de establo. Cuatro perros pequeños, las costillas asomando a su sucio pelaje, le ladraron implacables y trataron de morderle los pies. Se cubrió el rostro con la túnica cuando el fuerte hedor de las heces de las vacas, mulas y camellos asaltó sus fosas nasales y se detuvo delante de la sucia zona donde estaban atados los caballos y las mulas. Vacilante, echó un vistazo al interior, dio media vuelta e indicó al grupo que lo siguiera. Aretas frunció el entrecejo. Baltasar asintió. Aretas se encogió de hombros mientras Gaspar y Melchor seguían a Baltasar al interior del establo. Allí, entre el heno y la paja esparcidos para alimento y descanso de los animales, en un lejano rincón de la pelada estancia, sentada de piernas cruzadas en una esterilla había una muchachita, poco más que una niña. Sus tupidos mechones castaños enmarcaban sus delicados rasgos, sus pómulos altos, su nariz aguileña y su suave boca en flor. Miró a los recién llegados, agotada, pero sus ojos pardos estaban exultantes. Su mirada se volvió hacia el niño que tenía en los brazos. Como un solo hombre, los magos se postraron. Ella colocó de nuevo suavemente al niño en el pesebre, luego se acercó a Baltasar cruzando el suelo cubierto de paja.

Aretas observaba en silencio desde la puerta, contemplando el establo vacío, el pesebre de madera, que era el único mueble en el recinto. Baltasar se arrodilló mientras las lágrimas corrían por sus ajadas mejillas de ébano.

—Todos estos años… estos eones, hemos guardado fielmente todo esto —susurró—. Lo hemos mantenido a salvo para el Mesías judío profetizado por el gran hebreo Daniel. —Inclinó la cabeza, temblando.

Un pálido Gaspar colocó con delicadeza los regalos a los pies de María.

—La copa de incienso, la caja de mirra…

Melchor dio un paso al frente.

—El báculo de oro de Aarón. Con esto rendimos homenaje al Mesías. —Se arrodilló e inclinó la cabeza.

María alzó la mirada, apartó de su rostro encantador las largas trenzas oscuras de su pelo y dijo:

—Recibimos humildemente vuestros regalos.

—Os damos las gracias —intervino José, que observaba la escena desde detrás del pesebre.

Baltasar alzó las manos.

—Que yo haya vivido para ver este día… —Se volvió hacia Aretas, que todavía estaba pálido y silencioso junto a la puerta—. Aretas, ven. —Los ojos le brillaban—. Él es a quien esperaba nuestro antepasado Daniel.

José tendió las manos hacia Aretas, que sacudió la cabeza y declaró con firmeza:

—No soy un hombre religioso…

Baltasar le agarró el brazo con fuerza y lo guio hasta el niño dormido. Aretas dio un paso atrás, con los brazos extendidos. María le sonrió con ternura y le tendió la mano.

De nuevo, él negó impaciente con la cabeza.

—Perdóname… No creo como estos…

María continuó sonriéndole, mirándolo fijamente a los ojos. Tomó la mano oscura y endurecida en su pequeña mano olivácea.

—Diles que no creo… —dijo Aretas, en tono suplicante, volviéndose hacia Baltasar.

María le dirigió una mirada compasiva, como si fuera corto de entendederas, y colocó su mano sobre la del niño.

Aretas cayó hacia atrás como golpeado por una fuerza violenta y sorprendente. Baltasar, María y José se quedaron mirando, anonadados, mientras todo el cuerpo de Aretas se estremecía como si fuera víctima de un ataque violento. Su respiración se volvió irregular y débil, meneó la cabeza de un lado a otro y se llevó las manos a la cara antes de desplomarse en el suelo.

Baltasar lo miró horrorizado.

—Perdonadme… —Volvió el rostro hacia José—. Tenemos que ayudar a su majestad de inmediato… lo sacaremos de aquí.

José frunció el ceño.

—En su estado es mejor no moverlo, señor.

María asintió con expresión de consternación. Colocó su mano sobre la de Baltasar y dijo:

—Hay sitio al fondo, con el posadero. Llevémoslo allí hasta que esté más fuerte.

Baltasar asintió y se volvió hacia Gaspar, que temblaba.

—Me quedaré con el rey Aretas. Cuida de nuestra caravana.

Gaspar asintió, aturdido, e intercambió una mirada de asombro con Melchor.

Baltasar se volvió a mirar al recién nacido una vez más y cogió la temblorosa mano del rey. Pero cuando miró al rostro de Aretas la sangre se le heló en las venas, pues el joven monarca miraba al frente, con los ojos abiertos de par en par. Se había quedado completamente ciego
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