Cita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes




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títuloCita «Nos rescató cuando ya no podíamos luchar. Crónicas es Su historia.» Los personajes
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La revelación


Lucifer se refrescaba las piernas en el balsámico estanque ambarino que titilaba bajo las pálidas lunas del horizonte occidental, bebiendo licor de granada de su copa dorada. Se volvió hacia Marduk, que se hallaba a su izquierda, y preguntó:

—Esos hacedores de reyes, los magos… ¿qué han encontrado?

Arrancó una fruta azul de las parras plateadas que florecían en sus invernaderos nocturnos y la cortó diestramente con una cuchillita afilada.

Marduk hizo un gesto a los hechiceros de palacio, que permanecían inmóviles tras el estanque ornamental.

—La nova se movía, majestad —respondió el mago jefe—. Salieron del palacio de Herodes al amanecer. Dijeron que volverían a informar a Herodes, señor, como ordenaste.

Lucifer guardó silencio, esperando. Se llevó un gajo de fruta a la boca y tragó.

—Recibimos rumores de que no regresaron, majestad —tartamudeó el mago jefe.

Lucifer lo miró, intrigado. Marduk acercó su rostro al de Lucifer.

—Se marcharon por una ruta diferente.

Lucifer entregó su copa a su copero, su expresión inescrutable, y se levantó mientras Balberith lo secaba con un paño dorado. Recorrió las terrazas occidentales, seguido por Balberith, atravesó los invernaderos de vuelta a la sala del trono, vestido solo con su taparrabos de seda blanca, y luego cogió la túnica de raso que Balberith le ofrecía y se la puso sobre los hombros, enfurecido.

—¡Rumores! —rugió, despidiendo a los hechiceros, que salieron a toda prisa de la cámara de mármol, dejando atrás la guardia luciferina y las puertas de la sala del trono—. ¡Rumores!

Alastor se acercó a las negras puertas, consultando entre susurros con Marduk, mientras Lucifer caminaba de un lado a otro ante su trono, las manos a la espalda, mirando su reflejo en el negro suelo pulido. Marduk atravesó corriendo la nave de la sala del trono, extrañamente perturbado.

—Los hechiceros de la Corte Negra de Charsoc han vuelto, majestad.

—Concededles audiencia —ordenó Lucifer, sin detenerse.

Inmediatamente las puertas se abrieron para revelar la corpulenta figura encapuchada de negro de Alastor. Tras él gravitaba su compañía de hechiceros de turbantes plateados, sus negros bastones desprendiendo fuego naranja.

Lucifer continuó mirando por los balcones del norte, de espaldas a ellos.

—¿Dónde está el rey recién nacido?

Alastor recorrió lentamente la nave de la sala del trono hacia Lucifer, el único sonido sus estrechos zapatos puntiagudos, que chirriaban con cada uno de sus torpes pasos. Charsoc se materializó en las puertas negras. Silencioso. Observando.

Alastor se detuvo a medio camino.

—No encontramos a ningún rey, majestad.

Lucifer se volvió, el rostro distorsionado de furia, luego abrió de golpe las enormes puertas doradas del ala norte. La nova se había acercado mucho más a la Tierra y ardía furiosamente.

—La nova arde todavía —cerró los puños lleno de furia—. ¿Dónde está ese rey niño que ha nacido en Oriente?

Darsoc y sus Magos Grises entraron en la sala del trono. Los cien Magos Grises se detuvieron, conteniendo el aliento. Su extraña belleza hechizaba a quien la contemplase. Altos y pálidos, sus cabellos platinados caían hasta su cintura lisos como cristal sobre sus abultadas capas de terciopelo, sujetas con delicados broches de plata entrelazados con áspides vivos. Darsoc se deslizó en silencio sobre el suelo de lapislázuli hacia Alastor y el trono.

Alastor se detuvo delante de Lucifer.

—No encontramos a ningún rey de noble cuna, señor, solo un niño campesino envuelto en pobres telas al que adoraban los pastores.

Marduk frunció el ceño, impaciente.

—¡Pastores! Le hacéis perder el tiempo a Su Excelencia.

Lucifer agarró a Marduk por el brazo para hacerlo callar, clavando profundamente las uñas en su carne. Marduk frunció el ceño, perplejo, pero obedeció.

Alastor volvió la cabeza, vio que Darsoc se acercaba, y cayó de rodillas.

—No… mi señor. —Una mueca maligna se extendió por sus blandos rasgos. Alzó sus ojos oscuros hacia Lucifer—. Es Darsoc quien te hace perder el tiempo con pastores —jadeó—. Nosotros, los grandes magos de las Cortes Negras, fuimos prudentes. Nosotros nos dirigimos hacia Persia.

Charsoc acarició lentamente la serpiente plateada de su bastón, observando con intensidad a Alastor, reflexionando.

Lucifer se acercó a las enormes puertas abiertas y contempló la nova durante largo rato.

—Darsoc, mi malvado príncipe.

—Mi señor. —Darsoc hizo una profunda reverencia y se arrodilló junto a Alastor.

—Háblame de esos pastores. —La voz de Lucifer, que le daba la espalda a Darsoc, era solícita, tranquilizadora.

Darsoc alzó los oscuros ojos.

—Alastor consideró que eran una distracción, excelencia… una mera diversión —respondió, la voz lánguida pero cultivada.

Lucifer se volvió hacia él con el rostro inescrutable.

—Pero tú, mi leal y astuto esclavo…

—Hubo una gran conmoción en los Segundos Cielos. De ellos descendió una vasta compañía de caballeros celestes.

—¿Su propósito? —Charsoc recorrió la nave directamente hacia el trono.

—Eran exploradores. —La voz de Darsoc era medida—. Del Caballero Blanco de la montaña sagrada, señor.

Alastor se agitó, súbitamente inquieto, y miró de Charsoc a Lucifer.

—Del batallón de tu hermano el gran príncipe Miguel, señor.

—¿Miguel envía a sus exploradores y proclamadores por un niño campesino? —Lucifer frunció el ceño y se apartó el negro pelo de los ojos, momentáneamente confuso.

—¡Pálido necio! —escupió Alastor—. ¡Haces perder el tiempo a Su Excelencia!

Darsoc acercó su platinada cabeza a la de Alastor y apretó los labios contra la carnosa oreja de este.

—Creo que no —susurró. Se quitó los guanteletes de plata y señaló una forma alta y pálida envuelta en una capa de terciopelo blanco que instantáneamente se materializó junto a él.

—Soy uno de los Magos Grises, me llamo Jequon —dijo con voz grave y sedosa—. Archivero jefe de los Magos Grises.

—¿Y qué documentan tus archiveros, Jequon? —preguntó Lucifer en voz baja, de espaldas a Alastor.

Jequon se miró las manos, largas y temblorosas, y luego posó de nuevo los ojos en la espalda de Lucifer.

—Mis archiveros documentaron los pronunciamientos de la caballería blanca. —El sudor corría por sus sienes.

—Transmite la declaración, Jequon —ordenó Charsoc.

—Puede molestar a mi emperador soberano… —Jequon se inclinó de nuevo ante Lucifer.

Charsoc apoyó ominosamente una mano en la empuñadura de su deslumbrante espada de nigromante.

—Transmítela. Palabra por palabra.

Jequon inspiró profundamente.

—Que… este día ha nacido un niño… en la ciudad de David… —Jequon miró a Lucifer, cada vez más falto de valor—. Un salvador que es…

Ni un solo músculo del rostro de Lucifer se movió.

—Que es… Cristo…

Lucifer se volvió asombrado hacia Charsoc, cuyo rostro estaba lívido.

—Cristo… —siseó, asombrado. Un terrible horror distorsionó sus rasgos.

—… el Señor —jadeó Jequon, sin apartar los ojos de los de Lucifer.

Una extraña sonrisa asomó a los pálidos labios de Darsoc mientras veía cómo Charsoc avanzaba vacilante hacia Alastor, todo su cuerpo temblando.

Alastor, aturdido, miró a Lucifer y luego a Charsoc.

—Un error, mi señor —dijo, y se puso de pie.

—Un error —murmuró Charsoc.

Charsoc atravesó a Alastor con su espada de nigromante. Alastor permaneció de pie, ahogándose en su propia sangre azul.

A continuación, Charsoc extrajo la espada del cuerpo de Alastar y atravesó con ella el cuello de este, cuya cabeza cayó al suelo con un golpe seco.

—Los errores nunca son tolerables —murmuró Charsoc, dejando caer la espada—. ¡Nunca!

Como un rayo, Lucifer se volvió hacia Charsoc, alzando su propia espada sobre el cuello de Charsoc.

—¡Tus magos me han fallado!

Charsoc se echó a temblar incontrolablemente, mientras el sudor resbalaba por sus sienes.

—Esta nova… este rey… —Lucifer agarró salvajemente a Charsoc por el pelo y se lo retorció acercándolo tanto a su rostro que su cálido aliento ardió contra sus mejillas—. ¡Este rey no es otro que Cristo! Su sangre… ¿es pura? —Dio otro cruel—. Conoces, igual que yo, los principios de la Ley Eterna.

Charsoc miró a Lucifer horrorizado, la mente embotada.

—¡Si su sangre es pura, cambiará su alma por las almas de los hombres y me arrebatará mi reino! —rugió Lucifer.

Permaneció en silencio durante un largo minuto, luego soltó a Charsoc, que se desplomó en el suelo junto al desdichado Alastor, cuya cabeza se desvaneció. A continuación lo hizo su cuerpo, desapareciendo hacia el Abismo.

Lucifer bajó su espada, se acercó a la ventana y descorrió las cortinas, mascullando contra la estrella que todavía brillaba en el Segundo Cielo.

—¡El genio de Jehová! ¡Se envió a Sí mismo! ¡Engañado por mis propias preconcepciones, como Él bien sabía! —Empujó a Charsoc y se acercó al lugar donde estaba Darsoc, temblando—. Su Mesías no tendrá ningún palacio, ninguna túnica real. ¡Su Mesías nace del polvo y el barro! Dime, Darsoc, el destino del rey niño —susurró, con el rostro muy cerca del de Darsoc.

—Seguí… seguí tus reales órdenes, mi señor —musitó Darsoc, lleno de temor—. Mis murmuradores negros siguieron a los magos por el desierto de vuelta a Persia.

—¿El niño está con los magos? —inquirió Lucifer.

Darsoc tendió con dedos temblorosos una misiva sin sellar. Lucifer la agarró y la arrugó en la mano con una expresión de profundo odio en el rostro.

—¡El niño ha desaparecido! —rugió. Se apoyó pesadamente contra la columna, pasó los dedos por sus rizos negros como ala de cuervo, murmurando para sí en una maligna y peculiar lengua angélica como si fuera un demente—. Mis hermanos me engañan —murmuró. Se volvió hacia Charsoc, que aún temblaba en el suelo—. Investiga las circunstancias del nacimiento del niño. Descubre lo que pretende hacer Jether. ¡No te atrevas a fallarme de nuevo, Charsoc! —Se envolvió en la túnica, luego se dirigió a Marduk—: Agita a las hordas demoníacas para que atormenten a ese imbécil de Herodes día y noche. Infectad sus sueños para que se le meta en el corazón matar a todos los varones de menos de dos años de edad. El príncipe niño no escapará a mi ira. ¡Llamad a Belzoc! —exclamó—. ¡Gran príncipe de Persia, el príncipe Miguel es suyo! ¡Preparad nuestros carros de guerra! Convocad a todos los regentes para que hagan la guerra contra mis hermanos. ¡Astaroth! —gritó—. Alerta a todos los poderes, principados y gobernantes de la oscuridad de este mundo… los grandes príncipes satánicos… Nakan y sus reyes nigromantes, los tronos de Folcador, los hechiceros de Ishtar… Que se reúnan todos en las grandes llanuras de Perdición. Y encontrad a mi hermano Miguel. ¡Donde esté Miguel, también estará el niño Jesús! ¡Entonces, golpearemos!
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