Lo mejor del domingo para reir y pensar el espectador tola y maruja




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LO MEJOR DEL DOMINGO

PARA REIR Y PENSAR

EL ESPECTADOR

TOLA Y MARUJA


Apreciadas camanduleras,

Soy un procurador católico, apostólico y santanderiano y estoy sumamente arrecho por la sentencia que dio vía libre al matrimonio excremental entre tipos del mismo sexo. Y como me opongo a este engendro antinatural me están acusando de participar en política, cuando lo único que hago es recorrer el país y decirle a los jóvenes: cuento con su voto...de castidad.

Atentamente,

Ordóñeze de la risa

***

Querido Dino (por dinosaurio),

Por su letra vemos que estudió con monjes. La verdá es que Tola y yo estamos impedidas pa opinar sobre el matrimonio gay pues yo tengo un nieto voltiao (Carlos Adonis) y Tola tiene una nieta machorra (Ana Lesbi).

***

Pero sobre el otro matrimonio, el enterosesual, sí podemos opinar porque llevamos casadas un jurgo de tiempo (cada una por aparte, lógico) y conocemos los sinsabores de la vida conyugal.

***

El matrimonio no es la otava maravilla pues desde su origen es un castigo divino, tal como lo supimos en la Biblia (bueno, una biblia pirata que Tola compró en un agáchese y que resultó con los evangelios ampócrifos).

***

En el Génesis de esa tal biblia se narra que cuando Dios castigó a Adán y Eva rumbándolos del Paraíso (nos suponemos que era un paraíso fiscal, pues no había impuestos) no les dijo ¡fuera! sino que les dijo ¡se me casan!

***

Entonces cuando Adán sintió que estar junto a Eva era una obligación comenzó a cambiar, y del hombre amoroso y atento pasó a ser un bulto de neurastenia que se desaparecía con las disculpas más rebuscadas: Mija, voy a ver si ya Dios creó la empleada doméstica.

***

Adán dejó de ser aquel caballero que le cogía las guamas más altas y le endulzaba el oído con mentiras tiernas. No, ya refunfuñaba por todo: Caminá pues Eva, dejá de mirar hojas...

***

Después llegaron los hijos: Caín, Abel, Set...y se multiplicaron buscando la parejita. Entonces Adán ya no se sentía obligao por Dios a estar con Eva sino obligao por la paternidá responsable. Y hastái le llegó la magia al matrimonio.

***

Ahora usté, querido troglo (por troglodita), quiere impedir que dos seres que aparentemente se quieren junten sus geniecitos por siempre. Decimos "aparentemente" porque si uno de verdá ama al otro no le desea el altar.

***

Si quiere castigar a los gueyes déjelos casar y proponga una reforma que les prohiba el divorcio. Esta sí sería la venganza que ya se quisiera la diosa Némesis (no es cultura general, es Gúgol).

***

Y si quiere redondiar el desquite, déjelos que puedan adotar cursientos, pa que vean lo que es bueno. Y pa rematarlos, impulse una ley que les prohiba ejercer la peluquería.

***

Cuando mi nieto Carlos Adonis me dice que se quiere casar con el amigo yo le alvierto: Usté verá mijo, pero sepa y entienda que se llama "matrimonio igualitario" porque es igualito al otro.

Tus tías que te quieren,

Tola y Maruja

Posdata: Nos soplaron que usté anda regao animando la no restitución de tierras y que inclusive lo vieron escribiendo un grafitis que decía: La tierra pal que la despoja...

SEMANA

¡FUERA ESAS ROPAS, DOCTORES!

Daniel Samper Ospina


Finalmente, si la clase política es experta en rasgarse las vestiduras, ¿qué espera para hacerlo en beneficio de una obra de arte?

Es un sueño cumplido: según lo entrevistaron en La W, Spencer Tunick, el famoso fotógrafo neoyorquino, organizará el próximo 5 de junio uno de sus célebres desnudos masivos en algún lugar de la Bogotá de Peñalosa: una estación del metro elevado, o un malecón lleno de venados, o alguna locación en verdad urbana, metálica y de cemento, como la reserva forestal Van der Hammen.

Como soy promotor de la idea (y lo advertiría con un asterisco si no resultara francamente impertinente ante el tipo de instalación) conforme avanzaba la convocatoria de Tunick me invadió la inquietud de asistir.

–¿Será que vamos? –le pregunté a mi mujer en el desayuno.

–Conmigo no cuentes –me respondió–; pero ve solito: aunque no creo que seas capaz.

–Claro, soy capaz –respondí, retado.

–¿Y si te encuentras con algún conocido?

–¿Pero con quién? ¿Con monseñor Castro, acaso?

–Pues con alguno de tus amigos del mundo del arte –me dijo–: Poncho Rentería, por ejemplo… O Anamarta de Pizarro.

–Si va Poncho, será la única oportunidad de verlo bien vestido –respondí–; y si va Anamarta, podré averiguar si es cierta la famosa teoría de que las cortinas y el tapete suelen combinar.

Mi mujer no cree que yo sea capaz de asistir. Yo, sin embargo, lo he pensado a fondo, y he llegado a la conclusión de que iré. Siempre y cuando no me toque al lado el Tino Asprilla, naturalmente. Y siempre y cuando al evento también acuda la clase dirigente nacional, como lo sueño.

Me explico: a Spencer Tunick lo trae el Museo de Arte Moderno de Bogotá, en alianza con una célebre marca de whisky, para enviar el mensaje de que, en el fondo, la piel nos une. Y razón no les falta: desnudos, finalmente, nadie puede saber si somos liberales o conservadores, uribistas o santistas, hinchas de Millonarios o gente de bien. A lo sumo, y por un vistazo rápido a la condición capilar de la ingle ajena, se puede detectar quién milita en el Polo. Y, si es el caso, quién tiene frío. Pero nada más.

Razoné entonces que si el evento convoca a la unión, e invita al progreso, resultaría fundamental que acudan a la cita aquellas personas que históricamente no se entienden: que el general Palomino exhiba los bigotes al lado del capitán Ányelo, por ejemplo; o que Paloma Valencia pose de gancho con María Lorena Gutiérrez; o, en fin, que Jorge Robledo exhiba la viruta canosa al lado de miembros de todos los gobiernos, sean los que sean.

Visualizar a Paloma libre de prendas –el pelo esponjoso al viento y al viento también el cabello– permitió que aflorara en mi interior un sueño que todavía me embarga, si me autorizan la expresión: el sueño de que todos los dirigentes de la política criolla, sin importar procedencia, acudan a la instalación para reconocerse como una única masa. Así se trate de una masa crítica. O de una masa Márquez. Finalmente, si la clase política es experta en rasgarse las vestiduras, ¿qué espera para hacerlo en beneficio de una obra de arte?

Suena cándido, yo sé: pero ¿no sería hermoso que Santos eche al traste los zapatos, y el expresidente Uribe los Crocs, y se reconozcan los dos como una misma humanidad capaz de ser retratada en idéntica baldosa? ¡Fuera esas ropas, doctores! Si en el fondo son lo mismo: los dos quisieron vender Isagén, los dos son responsables morales de los falsos positivos; los dos han nombrado pésimos ministros de Defensa. ¿No pueden, ahora, encontrarse cuerpo a cuerpo, piel con piel? ¿Es mucho pedir que el procurador, que tanto se ufana de hablar a ‘calzón quitao’, se lo quite de veras y pose espalda contra espalda con el exfiscal Montealegre? ¿Irá el exfiscal Montealegre? ¿Cómo reaccionaría Spencer Tunick si lo hace?

–Aún no han dado la orden de acurrucarse, caballero –le gritaría el fotógrafo–: póngase de pie, que esta no es una exhibición de traseros.

–Es mi calva, señor: estoy de pie.

Sueño con que, por esta vez, el único despojo que celebre José Félix Lafaurie sea el despojo de ropas, y aparezca en el retrato de la mano, si no del ministro Iragorri, al menos de su esposa: Adán y Eva de la derecha terrateniente, la manzana en la mano, la culebra todavía viva, dispuestos ambos a combatir la restitución de tierras en el paraíso.

Ese, pues, es mi sueño. Y en esas ando. Me quito la ropa por la unidad nacional. Pido a la clase dirigente, inflamable y dividida, que asista al evento. Será el momento que hemos esperado para que mi tío Ernesto muestre su espalda; el senador Uribe, sus tres huevitos; Andrés Pastrana, su rabo de paja. La única forma, en fin, de que celebremos que al presidente Santos la realidad –llámese fenómeno de El Niño, o bandas criminales, o inflación– siempre lo agarre con los pantalones abajo.

–¿Entonces vas a ir? –me preguntó mi esposa.

–Voy si van todas las bancadas.

Y así será: voy si van todas las bancadas. Para que no se les vea nada indebido, podrán seguir tapándose entre ellos. De ese modo, y al menos por un momento, no estarán divididos ni por banderas ni por colores. Mucho menos por el color azul, salvo en el caso de que asista mi eficiente amiga Anamarta de Pizarro.

EL TIEMPO
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