Capítulo 19 análisis del sentido de la accióN: el trasfondo de la intencionalidad




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Fernando J. García Selgas (1999) “Análisis del sentido de la acción: el trasfondo de la intencionalidad.” En Juan Manuel Delgado y Juan Gutiérrez, (Coords.) Métodos y Técnicas Cualitativas de Investigación en Ciencias Sociales. Ed. Síntesis psicología, Madrid, España, pp. 493 a 527

CAPÍTULO 19

ANÁLISIS DEL SENTIDO DE LA ACCIÓN:

EL TRASFONDO DE LA INTENCIONALIDAD


Fernando J. García Selgas

En el fundamento de la creencia bien fundamentada yace la creencia no fundamentada (253).

Es decir, el que en la práctica no se pongan en duda ciertas cosas pertenece a la lógica de nuestras investigaciones científicas (342).

Pero no se trata de que no podamos investigarlo todo y que, por lo mismo, nos debamos conformar forzosamente con la suposición. Si quiero que la puerta se abra, los goznes deben mantenerse firmes (343) (Wittgenstein, 1988).

19.1 Comprender la acción: sentido e intencionalidad1


Para comprender y explicar una acción, que en realidad es siempre parte de una corriente de acciones materiales y discursivas, hay que tener un mínimo conocimiento de los goznes sobre los que gira la configuración de su sentido, esto es, hay que atender a las condiciones que posibilitan su configuración característica y que los/as2 agentes dan por establecidas y asumidas. Es evidente que las investigaciones que se realicen para producir ese conocimiento girarán a su vez sobre otros goznes o creencias epistemológicas, ontológicas y sociológicas, también necesitados de un análisis crítico y un asentamiento. En eso estamos: queremos vislumbrar los elementos necesarios que sirvan como goznes de una puerta que nos conduzca a una mejor comprensión de (el sentido de) las acciones. La reflexividad, en su movimiento perpetuo, también debería alcanzar a los goznes sobre los que gira esta propuesta.

Vamos a partir de una síntesis metodológica clásica. M. Weber nos recuerda que una acción es aquella conducta a la que el agente imputa un significado o sentido subjetivo. La intención del agente, la incardinación del movimiento corporal en un cierto orden de deseo y de sentido, es lo que convierte una conducta, o su ausencia, en una acción. Según Weber3, independientemente de si nos ayudamos de estudios estadísticos, de “tipos ideales”, o de análisis cualitativos, la acción queda comprendida y a veces explicada cuando captamos el sentido pretendido por el agente (la intención) y lo situamos en el complejo contexto de significado práctico en que se desarrolla. Intencionalidad y contexto. Así el objeto de conocimiento es para Weber4 “el subjetivo complejo-de-significado de la acción”, esto es, el marco de sentido de la acción tal como es vivido por los sujetos, es decir relativo a los sujetos, es decir subjetivo. El marco de sentido vivenciado (subjetivado y subjetivante) es lo que nos permitiría realizar y comprender la acción.

Para proseguir nuestro camino voy a hacer una serie de aclaraciones que señalan e inician ya los pasos siguientes y ponen límites generales a la propuesta. Espero que esas aclaraciones nos permitan empezar a ver que para hablar de la intención o significación pretendida y referida a la conducta de otros, que según Weber caracterizaría a la acción social, hay que dar por supuestos un entramado de intencionalidad (individual y colectiva), unas prácticas socio-históricas y unos agentes que los constituyen al ser por ellos constituidos. Estos serían los supuestos ontológicos del sentido de la acción y los goznes que han de ser revisados para asentar su comprensión y explicación científicas. Veamos las aclaraciones.

a) Al hablar del sentido de una acción me refiero tanto a una entidad semántica (sentido = significado, carácter simbólico, capacidad de representación), como a una entidad de la geometría del deseo (sentido = orientación, dirección de marcha, relación a un fin apuntado, etc.). Con ello es evidente que doy más relevancia a la carga simbólico-representativa de las acciones de lo que el mismo Weber hacía que, por tanto, la intención constitutiva de sentido ha de ser entendida en un sentido más amplio como intencionalidad.

b) Es cierto que la intención, junto a la percepción, es la forma biológicamente primaria de la relación intencional entre el organismo y el entorno, y que la intención es componente básico de la acción. Pero también es cierto que es sólo uno de los posibles estados intencionales que tenemos y que pueden entrar en la acción. Otros son las creencias, los deseos, los miedos, etc. Por ello aunque a la hora de aclarar el sentido de una acción haya que tener muy en cuenta la intención del agente, también hay que considerar otros estados intencionales como los anteriormente referidos.

Todos ellos son estados caracterizados por dirigirse a, o apuntar a, algún estado de cosas en el mundo: sólo tenemos deseo si lo es de algo, sólo creemos si creemos algo, sólo intentamos si intentamos hacer que algo suceda, etc. La intencionalidad de estos actos consiste en esta directividad que aparece como un contenido representacional o simbólico, que se denomina contenido intencional, y que funciona en tanto en cuanto determina un conjunto de condiciones que deberían cumplirse para que el estado se satisfaga (determina las condiciones de satisfacción, esto es, lo que debería darse para que la creencia se confirme, el deseo se cumpla, etc.). De estas puntualizaciones hechas siguiendo a J. Searle (1983: 1-22), se extrae no sólo la centralidad operativa que adquieren las condiciones de satisfacción para configurar y comprender estados intencionales, sino también el que todo acontecimiento cargado de algún estado intencional conlleve necesariamente un elemento simbólico-representacional.

La centralidad de la intencionalidad, y de la carga representacional, se consolida cuando recordamos el hecho de que decir y hacer constituyen una unidad funcional ubicada en el cruce de un campo cultural y un espacio intencional. El sentido de la acción depende en gran medida de lo que los agentes dicen sobre ella: la narratividad es un elemento constitutivo de las acciones humanas. El significado de las palabras viene determinado por el curso de acción en que se inscriben, mientras que interpretamos las narraciones por su similitud a la vida. En palabras de J. Bruner (1991: 32-34), el objeto de análisis ha de ser la acción situada: situada en un escenario cultural y en los estadios intencionales mutuamente interactuantes de los participantes (entre quienes se encuentran las investigadoras).

c) La centralidad que estamos otorgando a la intencionalidad no puede llevarnos al error subjetivista de dar por establecida y preconstituida la subjetividad, olvidando su conformación práctica y dinámica. Tampoco podemos caer en el error contrario de retirarnos al código, a la estructura o al marco de significados, olvidando la capacidad de los individuos como agentes. Rechazar ambas unilateralidades exige ampliar nuestro mapa de la intervención “mental” o simbólica de los agentes individuales, de modo que entre, bajo o sobre la conciencia y el inconsciente sepamos ubicar el conocimiento o sentido práctico. Este va a ser un factor fundamental para nuestra propuesta metodológica.

Es patente, gracias a los diversos estructuralismos, que no podemos reducir la participación cognitiva de los agentes a lo que discursivamente son capaces de explicitar (esto es, a intenciones y razones), pues como el burgués de Molière sabemos hablar en prosa antes de que se nos explique que así lo hacemos. Pero también parece claro que tal capacidad no se entiende ni se explica con sólo referirnos al inconsciente o a estructuras abstractas. Hay un conocimiento práctico, un know.how, un sentido de lo que se pude o de lo que hay que hacer, que es medular en la configuración material y simbólica de las acciones, así como su comprensión científica, y es un conocimiento que portan y poseen esos sujetos históricamente en construcción.

No vamos a dejarnos apresar por el dilema de tener que elegir entre un sentido que termina por ser producido en los más recónditos lugares del inconsciente subjetivo y una semiosis que una cultura produce sobre los códigos compartidos. En línea con el movimiento anterior vamos a entender que el sentido o significado de una acción es su carga simbólico-representativa que rebasa la materialidad conductual, está ligada a la narratividad discursiva y, una vez captada, permite la comprensión de la acción y eventualmente su explicación. La producción y reproducción de sentido, signos y significados, y más concretamente la producción y reproducción de contenidos intencionales, aparece así como un proceso práctico, interactivo e impreso en la experiencia de los agentes (individuales y colectivos).

d) Las puntualizaciones al concepto de sentido e intencionalidad nos llevan a revisar la idea de esa acción (social) que quiere ser comprendida. Con ello y de paso se harán manifiestas algunas limitaciones de la propuesta. No podemos concebir la acción ni como un evento aislado, generado por una persona, ni como una manifestación determinada por supra-estructuras socio-culturales. La acción tiene en la intencionalidad y en la intervención relativamente autónoma de los agentes unos componentes básicos a los que se unen las consecuencias no-pretendidas y las condiciones desconocidas. De ahí que sea más adecuado ver la acción como un momento de la corriente que constituye la práctica social, en lugar de cómo un fenómeno concreto, y percibir las regularidades constituyentes del marco posibilitante de las acciones puntuales como (re)producidas material y simbólicamente por esas prácticas.

Toda acción (social) es un acontecimiento físico, en tanto que producto de la capacidad/poder de un ser corporal que interviene causalmente en su medio, y en tanto que siempre está ubicada en un espacio-tiempo de relaciones asimétricas de producción, de poder y de comunicación. Pero frente a las respuestas reflejo-conductuales y a otras actividades motivacionales animales, las acciones se caracterizan por tener un sentido generado sobre la base de un marco que es a la vez expresivo (representa, significa, dice, manifiesta, etc.) y valorativo/normativo (se sitúa en y respecto de un orden social): un marco que (des)carga simbólicamente y (des)legitima, utilizando como medio más patente la racionalización y reflexividad que permite y genera la capacidad lingüístico conceptual.

Ahora bien, lo que aquí nos concierne es el marco expresivo, representativo o significativo, y el espacio que más nos preocupa es el de las relaciones de comunicación. En concreto, nos concierne la regularidad, sistematicidad y producción del marco que hace posible la ubicación significativa de la acción y, por ello, su interpretación.

Esta autolimitación concierne a la propuesta concreta que aquí presento y no puede hacer que dejemos de ser conscientes de una serie de hechos que han de ser tenidos muy en cuenta a la hora de completar y dar por temporalmente culminada una investigación sobre el sentido de una(s) acción(es). En concreto hay que tener en cuenta los tres siguientes: primero, que el sentido-representación está siempre unido al sentido-valoración, y no podemos entender un sentido sin captar el otro; segundo, que las regularidades o marcos que posibilitan y condicionan la (re)producción de significado están unidos a los que posibilitan la reproducción de dominaciones y legitimaciones; y tercero, que las relaciones de comunicación o significación están siempre interconectadas de múltiples maneras con relaciones de poder (de poder decir, de marcar lo decible o significable, etc.) y con relaciones de producción e interés (interés frente a indiferencia e indiferenciación; posesión y acumulación de diversas formas específicas de capital tales como el económico, el cultural, el simbólico, etc.).

e) Se hace necesaria una última aclaración que explicite el desplazamiento que hemos ido asumiendo en la concepción ontológica al apuntar la ruptura y la superación de la dualidad sujeto-objeto. El mero hecho de que atribuyamos a toda acción un sentido representativo y valorativo hace que toda acción entre en la economía simbólica, y aparezca así en conexión genética tanto con un agente concreto (cuyas elecciones y disposiciones se construyen en relación a los otros agentes) como con un conjunto de sentidos, que la interacción social impone sistemáticamente sobre los atributos intrínsecos de los movimientos realizados y de sus consecuencias esperables: agente, contexto y sistema.

De un modo más inmediato para la aplicación metodológica de la presente propuesta resulta que el desplazamiento conceptual lleva a que el análisis comprensivo de la acción exija estudiar todos aquellos filtros y sedimentos del sentido de la acción que lo hacen posible y lo concretan, esto es, que haya que aclarar el marco intencional, el contextual y el estructural. Teniendo en cuenta, además, que en el fondo de cada uno de ellos aparecen los otros, y que en última instancia todos están constituidos en y por la práctica social-material. Conviene eliminar desde ahora el espejismo que pueda generarse porque sigamos el hilo de la conformación “subjetiva” o intencionalidad del sentido, ya que al final nos encontraremos situados en su constitución histórica, social y práctica.

En resumen, el conjunto de las aclaraciones hechas tiene tres implicaciones inmediatas: la primera es romper metodológicamente las dicotomías entre intención y convención, entre acción y situación, etc.; la segunda es variar nuestra concepción ontológica de modo que, contrariamente a las tendencias subjetivistas y las objetivistas, consideremos la acción como una realidad procesual y dual que se asienta en la existencia de unos agentes capaces de participar materialmente en el juego-de-sentido correspondiente; y la tercera es tener que aclarar el trasfondo que soporta genéticamente esos marcos de sentido y su interrelación. Siguiendo el hilo del marco intencional, vamos a centrarnos en esta última tarea, aunque no dejaremos de mirar a las otras dos.
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