¿QUÉ significa el estado plurinacional?




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¿QUÉ SIGNIFICA EL ESTADO PLURINACIONAL?

Por Rafael Bautista S1.

El contenido real2 de un Estado, en cuanto macro-entidad política, no descansa en la sumatoria de sus componentes formales (las cuales, por lo demás, son puro agregados de carácter contingente); es decir, no son las disposiciones físicas o simbólicas, las estructuras últimas que despliegan el contenido real de su composición. Los mismos símbolos que adopta ya presuponen un contenido anticipado3 que estos símbolos expresan y difunden. El contenido hace, más bien, referencia, al sentido propositivo de su necesidad histórica. Pero su sentido propositivo no se enmarca por su sola posibilidad como posibilidad sino, más bien: aquella posibilidad tiene sentido por su carácter de necesidad histórica. Esto quiere decir: su ámbito de realidad no viene del hecho de ser posible sino de la necesidad que implica constituirse como proyecto. Esta necesidad de constituirse, reclama legitimidad, porque lo que emana de ella es una voluntad que se propone –ella, para-sí– un proyecto de vida común. Por eso, el Estado tiene como última referencia, el grado de despliegue de legitimidad que contenga; su ámbito de realidad proviene de aquello, por eso su contenido no es formal (no es un agregado de formas sino la expresión de un contenido). Incluso lo expresado como carta constitucional o Acta de Independencia no es lo que determina sus contenidos; lo expresado es más bien lo determinado por el contenido ya expuesto.

Porque incluso toda constitución (que pretende congregar a la nación toda) requiere de un acontecimiento constituyente; es el acontecimiento constituyente el que otorga sentido a lo emanado por éste, es decir, el sentido proviene del acontecimiento desde donde se produce la legitimidad inicial. El acontecimiento constituyente es un acontecimiento constitucional, en tanto supone una re-formulación, re-articulación y re-composición del todo de una nación; sin este acontecimiento el todo se diluye en un eufemismo que pretende llenar de presencia lo que es pura ausencia4.

Por eso el Estado colonial no tiene contenido nacional y sus constituciones pueden ser todo, menos producto de un acontecimiento constitucional, en tanto congregación del todo de la nación. Si la nación está al margen, lo que se produce no puede reunir a la nación; porque la nación, en tanto proyecto de vida común, es decir, proyecto político, es lo que contiene el hecho de legitimidad, desde donde se hace posible. Por eso el contenido real de un Estado descansa en el ámbito desde donde se despliega la legitimidad.

Lo que ahora se quiere denominar Estado plurinacional tiene necesariamente que contar con este marco lógico, para posibilitar su entera significación; esto quiere decir: su despliegue en cuanto concepto.

Estado es un concepto, así como política lo es, o democracia. El modo de despliegue, en cuanto significación, de aquello en que consistiría un Estado plurinacional, es aquello que se despliega como despliegue histórico; este desplegar es también su despliegue como concepto. El contenido del concepto es el contenido que se despliega como el desenvolver mismo de ese contenido en la historia; es decir, lo potencial5, en tanto contenido, es lo que va determinándose y originando su despliegue en la historia. Expliquemos esto. Los conceptos son, en principio, formas de vida que, en su formalización, van adquiriendo consistencia lógica propia; lo cual conduce a su autonomización y su función teórica como factores de definición de un sistema dado. En este caso, lo privilegiado es sólo el momento de su cristalización en cuanto estructura de explicación: la teoría como sistema. Pero ninguna teoría empieza como sistema; es más, su momento genético, el momento de su problematización, del constituir la realidad en ámbito problemático, es lo eminente por excelencia, puesto que es allí donde la ciencia se comprende como un proceso de creación, lo que se denomina, en sentido estricto, el ámbito epistemológico6. Por eso el origen de la ciencia no es, como pretendía Hegel, lógico, sino histórico7; lo que acaba siendo sistema explicativo empieza siendo formas de vida que, en la historia, van desenvolviendo la madeja de sus posibilidades; es en la materia histórica donde se encuentra el suelo, en tanto fundamento, de todas sus proyecciones. En definitiva, el contenido del concepto es su despliegue como despliegue histórico. Por eso no se puede definir un nuevo observable de modo anticipado y hasta impaciente; si se trata, en efecto, de una novedad, lo primero a problematizar es el modo de su acceso8. El concepto de lo que significaría el Estado plurinacional viene, de este modo, acompañado por una comprensión crítica de la historia que contiene, puesto que se trata de una posible y necesaria superación de lo que se pretende dejar atrás, es decir, el Estado colonial,

De este modo, lo que es, o mejor dicho, aquello en que consistiría el Estado plurinacional, queda expresado como contenido real, en el concepto que le sostiene. En este sentido, el concepto no es un agregado teórico que da forma a lo constituido políticamente; sino el modo mismo de su constitución. Por eso hablamos de contenido; porque lo que contiene el concepto es el desarrollo mismo de su constitución histórica. Lo constituido políticamente, es decir, la constitución fáctica de su posibilidad es, previamente, la constitución histórica que contiene el concepto. En éste queda contenido lo potencial histórico que el sujeto asume de modo autoconsciente; precipitando la historia en futuro apetecido o proyecto político. Se trata del paso de la historia a la política9, de la conciencia a la autoconciencia, de la idea al concepto; es decir, de la constitución del sujeto en tanto sujeto.

En el ámbito de la producción de conocimiento, de lo que se parte es de nociones, pero la noción es todavía una idea. Más allá de la concepción acostumbrada, de lo que trata una reflexión, como la que realizamos, es explicitar los contenidos implícitos que guarda la noción en su sentido histórico. Entonces, se trata de la producción del concepto. Exponer el contenido de algo todavía vago y ambiguo. Esta producción (del concepto) tiene que ver siempre con el hacer auto-consciente la racionalidad presupuesta en nuestro modo-de-vida concreto; es decir, producir el concepto significa, en definitiva, producir nuestra propia subjetividad, haciendo consciente la racionalidad que nos presupone, porque la racionalidad de nuestro mundo-de-la-vida es la racionalidad que nos constituye como sujetos.

Por eso no se trata de inventarnos algo sino de hacer consciente lo que contenemos siempre: tomar conciencia, en tanto auto-consciencia del sentido que nos presupone, es tomar conciencia de lo que somos. En este sentido, significar quiere decir: mostrar el sentido, la indicación, como el explicitar lo que está implícito. El concepto expresa ese modo-de-vida y su producción es también la producción y el desarrollo de ese modo-de-vida10. Esto que pareciera demasiado hegeliano, le debe a Hegel el tomar conciencia de que la producción del concepto no es algo gratuito o puramente especulativo, sino algo sumamente comprometido (cuyas consecuencias son siempre, en última instancia, políticas); porque en éste se juega la subjetividad misma, el proyecto histórico de autodeterminación del sujeto11. Hegel es el primero en advertir esta finalidad última de la ciencia: la producción de la subjetividad. De tal modo que la praxis teórica no es o no debiera ser un pasatiempo especulativo del ocio sino, y es el caso de Hegel, un requerimiento fundamental de todo proyecto político12.

Ahora bien, analicemos la pregunta que suscitó esta reflexión: ¿Qué “entendemos” por Estado plurinacional?13 Para responder a esta pregunta, hay que cambiar el sentido de la pregunta misma. Porque el ámbito del entendimiento no es el ámbito de los fundamentos. La petición de la pregunta apunta al ámbito de realidad que contiene el concepto: ¿cuál es su sentido, si es que tiene alguno? Por eso el sentido de la pregunta va por otro lado (no por el lado que cree); se trata de una petición de sentido: hay que dar razón de esta nueva realidad. Entonces, el entendimiento debe retirarse y ceder la palabra a la razón. El nivel en el que se desenvuelve el entendimiento es el nivel de las oposiciones (el ámbito en el que la contradicción aparece como absoluta, sin posibilidad de conciliación)14. Cuando esto se manifiesta como disgregación y desintegración política, se hace necesario atravesar las contradicciones y mostrar de dónde emergen, ¿cuál es el modo de su aparición histórica?, ¿cómo es que se han constituido? y, ¿cuál sería el modo de su posible superación? Por eso el entendimiento se muestra perplejo y pregunta algo que no puede responderse, porque permanece en ese ámbito donde se reclama un sentido que no aparece. El recuperar o reconstruir el sentido, es tarea del pensar15, es decir, del ejercicio crítico de la razón. Dar razón quiere decir exponer el sentido que contiene lo que se pregunta.

Una segunda advertencia tiene que ver con el modo de la respuesta que la pregunta reclama. Cuando se pide definiciones, no necesariamente se está conociendo; en este caso, lo que requiere comprensión es disuelto en la madeja de los adjetivos (que pretenden despachar el asunto haciendo un inventario de calificaciones que, sumadas, darían supuestamente el resultado deseado). Por eso el modo de la respuesta necesariamente debe cambiar; porque estamos hablando de un algo que, de modo novedoso, aparece en la realidad; un nuevo observable que no se deduce de lo conocido sino que es lo nuevo por conocer. Esto implica que, el modo de acceso epistemológico, no puede ser el mismo que presupone la pregunta; es decir, a un nuevo observable le corresponde un nuevo modo de abordaje (sólo lo nuevo da que pensar y exige su tematización, porque su propio aparecer cuestiona el conocimiento mismo). Por eso, la estrategia argumentativa de exposición del sentido, aborda necesariamente dos frentes, el histórico y el lógico. El primero tiene que ver con el contexto del aparecer de aquello que se pregunta y el modo histórico de su constitución. Mientras que el segundo intenta una reflexión epistemológica en torno al modo cómo estamos pensando este nuevo aparecer en el horizonte de su constitución16.

No se puede hacer una exposición del Estado plurinacional sin antes describir aquello a lo cual se opone o trata de superar. Es decir, antes de iniciar su exposición es necesario mostrar el modo histórico de su aparición; en este sentido, el principio de la argumentación se desplegará de modo negativo, mostrando aquello que se está dejando atrás. Y esto no es sólo estratégico sino, también, propedéutico; porque lo que se quiere mostrar es el modo de aparecer de lo nuevo. Para ingresar al ámbito de novedad que se quiere exponer se debe, previamente, mostrar su necesidad, esto quiere decir: aquello que se quiere dejar atrás, en nuestro caso, el Estado colonial. Por eso insistimos: sin una caracterización previa de aquello que se quiere transformar, resulta poco propositivo mostrar la posibilidad de aquello que, como horizonte, se abre ante la necesidad histórica de superación de la condición que nos atraviesa, la condición colonial.

De modo general, un Estado, es la culminación de la efectivización de un proyecto determinado; en él se condensan los contenidos que se proyectan, el Estado los encarna, se convierten en su razón-de-ser, por eso se propone como la mediación efectora de su realización17. En el contexto en el que aparece la determinación de un nuevo Estado, como plurinacional, sucede una nueva articulación que, más allá de una rearticulación de clases, proyecta una nueva recomposición nacional; la articulación, en este caso, pasa por una recomposición del contenido que de nación había producido el Estado-nación o Estado moderno-colonial. Esta identificación alude al modo específico del aparecer del moderno Estado-nación en países como Bolivia: “esto presenta una situación en apariencia paradójica: Estados independientes y sociedades coloniales. La paradoja es sólo parcial o superficial...”18. Entonces, el Estado es colonial a pesar de su condición de independencia formal; a esto se llama colonialidad del poder19.

Entonces, el Estado colonial, tiene como contenido esta paradoja nunca resuelta que, más allá de la “paradoja señorial” que señala Zavaleta, indica el carácter irreal de un proyecto cuya proyección es la continua anulación de sí mismo; por eso el Estado deviene en irreal, es decir, en pura imitación, sin carácter ni naturaleza propios; por eso, y esa es su tragedia, su legitimidad no se sostiene adentro, en el conjunto de la nación, sino afuera. Por eso, en momentos de crisis, cuando las puertas de los cuarteles no le responden, clama a los intereses foráneos en demanda de auxilio. Una radiografía del Estado colonial muestra lo patético de éste, no como corolario de los dislates en que pudo incurrir sino en el fundamento irracional mismo del cual parte. Zavaleta lo expone de esta manera: “De eso no hay duda, de que el único negocio estable en Bolivia eran los indios. Dígase a la vez que la única creencia ingentita e irrenunciable de esta casta fue siempre el juramento de su superioridad sobre los indios, creencia en sí no negociable, con el liberalismo o sin él y aun con el marxismo o sin él”20. En tal caso, el proyecto de la casta oligárquica se constituye siempre como antinacional: para ser, debe exterminar a la nación que dice defender; por eso la patología de ese Estado es la misma que expone la casta que lo gobierna: “esta es la religión verdadera, imponerse a los indios y a lo indio. Es un aborrecimiento que no tiene fin [por eso] la oligarquía no sólo es dominante sino también extranjera y en cierto modo conserva en sus creencias la de estar en un país al que sin embargo no se pertenece”21.

Las consecuencias son desastrosas para la misma estabilidad de ese Estado. Puesto que no sabe congregar al todo de la nación se propone, más bien, como programa de vida, su aniquilación; pero en ese empecinamiento, sin darse cuenta, se aniquila a sí mismo: “Donde no existe la nación, no se puede pedir a los hombres asistir nacionalmente a la guerra ni tener una sensibilidad nacional del territorio”22. Estas son notas esenciales de un Estado que no se tiene a sí mismo como soberano de sus propias decisiones sino como mero administrador de intereses que ni siquiera son los suyos; por eso su carácter dependiente nace con su subordinación servil. La estructuración sistemática de su poder se hace colonial, es decir, postiza; de allí que su consistencia sea aparente. Es un Estado aparente porque sus contenidos son huecos, en consecuencia, su grado de legitimidad tiende siempre a la nulidad. La misma nulidad que enmarca los actos de sus protagonistas: “De un modo inconsciente estos hombres razonaban contra su país, contra el único que existía y aun contra sí mismos. Hacían mal en lo concreto a lo que en abstracto amaban”23.

Se trata entonces de una forma de vida que, para vivir, debe ser a costa de los demás. Su consigna de vida consiste en: Yo soy si tú (el indio) No eres; de modo que su proyecto de vida es muerte para los demás. Pero en esta muerte lo que se mata es la posibilidad misma de constituir una nación y, en consecuencia, la posibilidad misma de la existencia de la casta señorial. No hay amo sin siervo. Pero si el amo aniquila al siervo, él mismo se aniquila; su propia existencia depende de la existencia del siervo. En esta apuesta compromete su propia existencia, puesto que el siervo constituye su mediación con la realidad; si anula al siervo, lo que, en definitiva, anula, es la propia realidad: “En los tres casos, so pretexto de pensar en una comunidad ilusoria (sin kollas, según Moreno, aunque con Charcas; sin cambas según Pando24, pero defendiendo el territorio donde viven ellos; sin indios, según Saavedra, pero con legislación del trabajo), se renegaba de la colectividad real, carnal y viviente que era una Bolivia con kollas, cambas e indios por mayor. Era
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