Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera




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El llanto



Una de las conductas humanas que más ha atraído la atención de los psicólogos es el llanto, tal vez porque, entre otras características, tiene la de manifestarse desde el mismo momento del nacimiento, y aún antes, si nos atenemos a recientes observaciones ecográficas.
Son bien conocidas las interpretaciones por demás fantasiosas o simplemente especulativas que ha motivado este llanto "inicial", como la de Rank, para quien expresaba la pérdida de la ternura y paz prenatales. Estas formas de entender el llanto se han visto reforzadas cuando las explicaciones causalistas como Wallon quedaron definitivamente descartadas. El investigador citado atribuía el llanto a un fenómeno puramente mecánico: el desencadenamiento del primer reflejo de Hering-Breuer con espasmo de glotis.
Pero detengámonos en esta la última hipótesis, pues todavía ocupa un cierto espacio en la bibliografía -sobre todo en la médica-. Para ella, el llanto del recién nacido representa un fenómeno puramente mecánico, que se produciría como una consecuencia fisiológica refleja del primer llenado gaseoso de los pulmones. Tal postulación quedó descartada cuando en los países civilizados comenzó a difundirse el método del parto sin violencia, en el cual no se comprueba el clásico grito, a pesar de que sí se pone en funcionamiento el mencionado reflejo. Por otra parte, como ya comentamos se verificó ecográficamente la existencia de movimientos de llanto en el período prenatal. Este hecho, como es fácil de inferir, no sólo echa abajo la hipótesis del origen reflejo del primer llanto, sino también la teoría del Nirvana prenatal, pues cabe preguntarse sobre la credibilidad del supuesto Edén intrauterino a la luz de reacciones de rechazo de algo de lo que lo constituye. Como se ve sigue siendo incierta la razón de este llanto primario, si bien se continúa afianzando la hipótesis según la cual en dicha causalidad juega un importante papel el psiquismo.
En los primeros meses de vida extrauterina las motivaciones posibles del llanto aparentemente son exiguas. Para Guillaume se reducen al dolor y a la necesidad fisiológica postergada. Pero con el tiempo tales motivaciones se van diversificando hasta tal punto que los clásicos de la escuela francesa (Zazzo y Gratiot-Alphandéry) pudieron enumerar otras como el dolor, el hambre, el sueño, la impaciencia, la cólera, el temor, y hasta la alegría. De allí que estos autores infieran una vida afectiva mucho más rica de lo que la aparentemente monótona y pobre expresividad de los niños pequeños permitiría suponer a un observador no informado.
En definitiva podemos afirmar que el llanto no responde a una causalidad única y excluyente, sino a muy diferentes mecanismos psíquicos. Además se manifiesta de muy diversas maneras, como lo demostró Ch. Bühler en sus estudios sobre las distintas modalidades de modulación del llanto. Por otra parte esta conducta -que recién se asociará a las lágrimas desde el segundo mes de vida extrauterina- muy pronto deja de ser sólo una manifestación expresiva de fenómenos intrapsíquicos, para insertarse en una complicada trama de interacciones sociales que lo conducirán a constituir, entre otras razones, una apelación a la benevolencia del adulto. Sea como fuere, este comportamiento revela, casi sin excepción, un rechazo del estímulo, por lo cual se presenta como una de las primeras manifestaciones de las dos emociones que estudiaremos en este apartado: el miedo y la agresión.
Con respecto a estas últimas expresiones hemos de decir que cuando el sujeto rechaza un estímulo puede hacerlo de dos maneras: intentando excluir del campo al estímulo en cuestión, o procurando excluirse a sí mismo de aquél. En el primer caso hablamos de agresión, y en el segundo, de miedo.
El miedo
Dumas (1948) cita una escueta definición de Sully, para quien el miedo es "la reacción emocional causada por la representación viva y persistente de un dolor o de un mal posibles". Sin embargo, el autor citado adhiere a la crítica formulada por Ribot, en el sentido de reconocer las dificultades para aplicar dicha definición a las formas innatas e instintivas del miedo, que no pueden ser causadas por representaciones mentales. Afirma que ante la emoción de miedo es necesario precaverse de hipertrofiar el papel de dichas representaciones, ya que "la causa es a menudo un simple esquema en lugar de una representación completa" (Dumas, 1948).
El miedo, que cuenta como precursores evolutivos a las conductas animales de alarma y de huida, constituye una defensa del organismo frente a los peligros externos, y consiste en una serie de cambios consecuentes a la secreción brusca de adrenalina por la glándula suprarrenal. En los animales son numerosas las pautas conductuales que tienden a la defensa contra los peligros externos, peligros que en general, están relacionados con la acción de los depredadores. Son ellas: la huída, el refugio, el disimulo o el enmascaramiento, el mimetismo, la ostentación aposemática, la ficción (tanto de heridas como de muerte), etc. Las expresiones de alarma encuentran su lugar entre las conductas de defensa colectiva. En general todos estos comportamientos de defensa son heteroespecíficos, si bien pueden presentarse también como manera de enfrentar a individuos de la misma especie. Algunas de tales conductas son innatas. Por ejemplo, los polluelos recién salidos del cascarán reaccionan con alarma y huída cuando pasa sobre ellos un halcón, aún en ausencia de cualquier tipo de experiencia previa al respecto. Igual comportamiento se desencadena si colocamos sobre los mismos polluelos una cruz de madera obscura que posea las dimensiones aproximadas de un halcón con las alas extendidas. Dumas afirma que el miedo puede ser desencadenado por un simple esquema -una gestalt-señal diríamos en el lenguaje de Spitz- más que por una representación completa.
La emoción primaria miedo, es decir, la reacción afectiva ante una impresión de peligro súbita y/o muy intensa, no ligada a representaciones mentales, o bien ligada a representaciones confusas, más parecidas a esquemas de acción que a imágenes de la realidad (lo que pasa con el pollo y la cruz de madera obscura), puede presentarse de dos maneras distintas, a las que denominaremos miedo pasivo y miedo activo.
En el miedo pasivo predominan los fenómenos fisiológicos correspondientes al ámbito de la inhibición, como el síncope cardíaco o la bradicardia, parálisis, obtusión, inercia, hipotonía muscular. Un sujeto en estas condiciones está aterrado (clavado en la tierra), y por lo tanto imposibilitado de cualquier forma de defensa. Sin embargo sería factible considerar esta conducta como un remanente evolutivo, si la asociamos con algunos comportamientos animales que hemos enumerado algo antes, tales el disimulo y la ficción de muerte.
De cualquier manera la reacción más característica en el ser humano es la de huída. Este es el caso del miedo activo, que en situaciones extremas puede llegar a manifestarse por medio de movimientos desordenados, obtusión de la conciencia y anulación sensorial. En este caso todo el aparato locomotor es llevado a su más alto grado de actividad y resistencia, gracias precisamente a la descarga de adrenalina.
En general las dos reacciones, pasiva y activa, se asocian entre si, pudiendo predominar cualquiera de ellas, o bien se suceden en el tiempo, conservando cada una algunos rasgos de la otra en sus manifestaciones.
Desde el punto de vista de la psicología evolutiva nos interesará estudiar cómo se manifiesta esta emoción desde los primeros tramos de la vida, y cuál es su evolución posterior.
Es posible pensar que algunas características de la emoción miedo se encuentran presentes ya en la vida intrauterina. En este sentido recordemos las imágenes impactantes del cortometraje "E1 Grito Silencioso", en el que a través de la ecografía se pudieron comprobar movimientos de "huida" de todo el cuerpo, y otros que podían interpretarse como "gritos" (apertura y cierre reiterado de la cavidad oral) en fetos amenazados durante el transcurso de un aborto instrumental. Fuera de esta situación, hemos de mencionar como otros tantos precursores evolutivos del miedo a las reacciones de rechazo del estímulo en el recién nacido que describieran Watson y Sherman en sus respectivos y polémicos trabajos.
Durante el primer año de vida existen algunos estímulos capaces de provocar reacciones que pueden ser adscriptas a las precedentes. En general tales estímulos consisten en la privación de aspectos importantes del entorno habitual, lo que puede ejemplificarse con sucesos como la pérdida de la base de sustentación física, o la privación de la figura encargada del maternaje. Lo característico de estos estímulos es que anulan en el bebé la orientación precozmente lograda en un mundo, en principio, caótico. Esto es equivalente al temor a la pérdida del objeto, puesto que aún no se ha logrado la noción de la constancia del mundo. Estos precursores evolutivos del miedo permanecen en la vida psíquica como el temor demostrado ante aquellas situaciones de cambio brusco en la orientación en la realidad.
Cuando durante el segundo año de vida los objetos adquieren su constancia temporal, y los padres se ubican definitivamente en el lugar de los proveedores de seguridad y afecto, el niño teme, ante todo, aquello que lo amenace con la pérdida de esos aspectos esenciales para su desarrollo (lo que hemos descripto como temor a la pérdida del amor del objeto, que puede ser concebido como temor a la pérdida de la seguridad). Ahora bien, como éste y otros temores son en gran medida inconscientes, pueden ser desplazados sobre otros objetos o situaciones asociados a ellos. Por otro lado, ciertos procesos de condicionamiento pueden llegar a reforzar el miedo. De esa manera, muchos estímulos externos, que resultarían naturalmente indiferentes, pueden llegar a convertirse condicionadamente en temibles.
Esta evolución hacia el miedo como sentimiento se produce porque el desplazamiento y la proyección (como los concibe el psicoanálisis), y el condicionamiento (en sentido conductista), comienzan a ocupar un lugar privilegiado en el desarrollo durante la etapa aquí analizada. Veamos un ejemplo del segundo de dichos mecanismos. Si un niño, durante el segundo año de vida, se enfrenta con una pequeña laucha blanca, demuestra de inmediato interés y alegría. Pero si simultáneamente a ese contacto se lo somete a la audición de un ruido breve, intenso y grave -el cual es capaz de provocar, ya desde el nacimiento, una reacción de rechazo-, el interés y la alegría quedan sustituidos por el temor. Si ahora esta asociación de experiencias se repite varias veces, llegará un momento en que la sola presentación de la laucha provocará miedo en lugar de interés. Esta es la forma en que se construye el primer mundo de lo temible en la visión conductista. Con similar razonamiento, el miedo puede ser impedido en su constitución, o bien descondicionado, por asociación con estímulos positivos.

Cuando tratemos la concepción piagetiana de la interacción entre asimilación y acomodación, veremos por qué cada reacción de temor imprime una señal modificatoria en el Yo, o en sus precursores evolutivos, y condiciona la respuesta "miedo" en nuevas ocasiones.
En cuanto a discernir el papel del desplazamiento y la proyección en esta fenomenología psíquica, conviene que antes discutamos brevemente las diferencias entre miedo y angustia. Ambas son señales de alarma frente a un estímulo peligroso. En el caso del miedo, la respuesta se produce frente a un estímulo objetivo proveniente del mundo externo (de la realidad material). En cambio, en la angustia, el peligro está dado por un estímulo interno (de la realidad ideal) que amenaza con hacerse consciente. Dicho en otros términos, se produce angustia cada vez que un fenómeno psíquico vetado y “reservado” en el inconsciente amenaza con invadir la zona de control del Yo. Es necesario recordar aquí que también se habla de angustia para definir el fenómeno que acompaña a cada una de nuestras opciones. Cada vez que elegimos libremente, estamos renunciando a otra posibilidad, y tal renuncia es vivenciada por el sector interno "derrotado", como una pérdida. En este caso se prefiere hablar de angustia existencial, y debemos señalar que se trata de un episodio inherente al crecimiento y al desarrollo psíquicos, vale decir, un fenómeno evolutivo. Pero aquí nos vamos a referir a la angustia originada cuando un impulso del Ello choca con las posibilidades ambientales y/o las exigencias del Super-Yo. Si el Yo no es capaz de resolver el conflicto, intenta sortearlo reprimiendo el impulso objetado. Pero si no lo consigue totalmente, cada vez que el deseo amenace con llegar a la conciencia, el sistema de censura reaccionará con la vivencia de la angustia -que viene a reforzar la represión- o recurrirá a otros mecanismos de defensa complementarios. Esta angustia constituye un fenómeno contraevolutivo, dado que produce una detención parcial o total del desarrollo al obligar al Yo a desgastarse en procesos defensivos. En este caso hablamos de angustia neurótica, aunque se presente en personas no afectadas por dicha afección.
En ocasiones el “peligro” pulsional se vuelve intolerable para el aparato psíquico, y entonces la vivencia de angustia, resultante del fracaso de la represión, moviliza otros mecanismos de defensa a fin de transformar el peligro interno en un aparente estímulo externo, contra el cual es más fácil luchar o defenderse. Tal es el mecanismo por el cual la proyección (que sitúa el peligro afuera) y el desplazamiento (que deforma sus características reconocibles), contribuyen a sobredeterminar el temor a ciertos objetos o situaciones del mundo exterior. De esta forma el mundo de lo temible se construye y se refuerza.
A pesar de lo expresado, en la clínica se comprueba que las diferencias entre miedo y angustia no siempre permiten distinguirlos fácilmente. Por el contrario, desde un período muy precoz del desarrollo, ambos se entrecruzan, haciendo impensable su existencia con absoluta independencia. A poco de comprobarse las primeras manifestaciones emocionales del bebé, se producen las experiencias iniciales de angustia. Sea que tomemos como prototipo de ellas a la denominada angustia del octavo mes (Spitz), o la correspondiente al proceso de separación-individuación (Mahler) –proceso que según hemos visto se desarrolla entre los ocho y los dieciocho meses de edad-, la angustia se hace presente muy precozmente en la vida infantil, y desde entonces, cualquier temor puede acompañarse de este particular fenómeno psíquico.

Luego del segundo año de vida, el desarrollo cognitivo tiene también singular importancia en las vicisitudes de complejización de la respuesta emocional que estamos estudiando. En este sentido podemos adelantar que el niño preescolar teme aquello que conoce insuficientemente. Lo desconocido despierta su interés, lo conocido es tranquilizador, o, en el peor de los casos, indiferente: el temor queda reducido a algunos estímulos conocidos a medias. Al respecto hay una experiencia repudiable pero ilustrativa: a diversos grupos de niños, clasificados por edad cronológica, se los enfrentó con culebras, a fin de estudiar la respuesta emocional. Mientras la culebra era algo desconocido provocaba la curiosidad; cuando formaba parte del mundo semiconocido de las "alimañas", desencadenaba reacciones de temor; y en la medida en que llegaba a niños que ya distinguían víboras de culebras, o que confiaban en el experimentador adulto, desaparecían las conductas de pánico.
Ya en la etapa preescolar, pero mucho más acentuadamente a partir de entonces, la cultura demuestra una notable capacidad para ejercer progresivamente mayor influencia en la modificación del miedo. Tal vez la forma más evidente de esto sea la inhibición de sus manifestaciones en el varón y la permisividad concedida a la mujer. En efecto, las manifestaciones del miedo son más reprimidas en el hombre por la cultura ("los nenes no lloran") y en cambio son permitidas en la mujer, a la cual sin embargo le es negada la manifestación de la agresividad ("las nenas no pegan"). Filogenéticamente esto puede haber tenido el fin de no permitir que el hombre-cazador fuera ganado por el temor ante las tareas necesarias para la comunidad, y acaso que la mujer no se rebelara frente al orden masculino imperante, a la vez que encontraba en él la protección necesaria para impedir las consecuencias del miedo. Huelga decir que, resulten o no confirmadas estas simples especulaciones, las tradiciones citadas comenzaron a ser puestas en tela de juicio en el actual momento histórico: se tiende cada vez más a permitir una expresión moderada de ambas emociones independientemente del sexo.
En la bibliografía norteamericana se encuentra un ejemplo por demás sugestivo del mecanismo de inhibición del miedo por los adultos, que hasta nos permite entender una de las más frecuentes motivaciones para su utilización. Se trata de una niña preescolar que accidentalmente cae desde la ventana de un primer piso, sin hacerse daño físico alguno. De cualquier manera el miedo sufrido desencadena una crisis de llanto. La madre, que llega hasta la criatura con el imaginable temor, antes de tomarla en sus brazos, le dice con voz imperativa: "no llores". Semejante reacción no debe ser tomada como exponente de una tendencia meramente represiva, pues muy bien podría traducirse por una frase como la que sigue: "no llores, para que yo no me angustie, y sepa así qué medidas adoptar". Es posible que en ciertas circunstancias el adulto reprima el miedo de sus niños para evitar la peligrosa identificación, capaz de desencadenar una crisis de angustia, que a su vez podría causar la inhibición de las conductas operativas para salir de la situación indeseable.
Hay también circunstancias histórico-sociales que obligan a considerar al miedo como un estigma intolerable. Algunos autores han interpretado el "coraje" del norteamericano medio como una formación reactiva obligada por el estigma social del miedo. Es notorio que en la filmografía de aquel país se repite hasta el cansancio un argumento en el cual un solo soldado norteamericano es capaz de diezmar divisiones enteras de alemanes, japoneses, coreanos, o vietnamitas, compensando de esa manera el fracaso y hasta la cobardía de sus aliados circunstanciales. Es también sabido que en la etapa escolar son especialmente frecuentes y crueles las burlas descalificatorias del miedo, así como la hipertrofia de conductas que demuestran "valor". La hipótesis de los autores a los que aludimos antes adelanta la siguiente explicación: durante la conquista del Lejano Oeste las pequeñas caravanas de pioneros estaban amenazadas por tantos peligros, que quien se dejara arrastrar por el miedo ponía en riesgo a todo el grupo. Por lo tanto, el miedo debía ser reprimido. En la medida en que esta emoción resultaba objetivamente inevitable, la represión no alcanzaba, por lo que se recurrió a un nuevo mecanismo defensivo, la formación reactiva. De esta manera, el grupo en riesgo se encargó de forzar la erección de la formación reactiva "coraje", de la que cada uno había de hacer ostentación, hasta el extremo de balearse en estúpidos duelos sin sentido, dirigidos tan sólo a eludir el por otra parte ineludible miedo. La repetición incesante del hecho habría terminado por incorporarlo a la memoria colectiva, aún cuando ya no fuera necesario en las condiciones reales de la comunidad tecnológicamente desarrollada. De esta manera siguió siendo un factor esencial para ser aceptado como miembro de ésta, y la herencia cultural terminó por fijarlo como un rasgo definitorio de la identidad nacional. No estamos en condiciones de decidir en qué medida esta hipótesis cuenta con posibilidades de demostración científica, pero vale la pena su mención para una mejor comprensión del mecanismo general de represión social del miedo y de sus manifestaciones externas, que se puede observar en muchas otras situaciones, como la que se presenta en circunstancias de guerra.
También resulta hoy una exigencia la represión del miedo por la necesidad de enfrentar la realidad sin la traba de una reacción fisiológica que ya no presta la utilidad que obtenía de ella el hombre primitivo. Éste, a través de la descarga de adrenalina y sus consecuencias fisiológicas (mayores fuerza muscular y resistencia a la fatiga) se preparaba para el enfrentamiento con el potencial enemigo o para la fuga. Pero al hombre contemporáneo en nada lo ayudan una menor fatigabilidad o una mayor fuerza muscular para enfrentar los sutiles peligros del nivel sociocultural de existencia, que además son más crónicos en su accionar. Por el contrario, esa reacción puede interferir en la defensa contra aquellos. Es tal vez por eso que el hombre histórico necesitó reprimir esta indeseada emoción, hasta el extremo de haber creado un nuevo nivel emocional: el miedo no ya a las situaciones peligrosas sino al miedo en sí mismo (en cuanto generador de stress e inhibición). Esto resulta evidente ya en la etapa escolar, y provoca la emergencia de novedosas conductas tendientes a controlar esta situación, con la consecuente puesta en marcha de diversos mecanismos defensivos: desplazamientos, proyecciones, formaciones reactivas, identificaciones, etc. Por otra parte, este miedo al miedo se ve reforzado en el niño por su necesidad de aprobación de los adultos. Según vimos anteriormente, el miedo-angustia básico del niño, que lo acompañará por lo menos durante toda la infancia, y muy probablemente también a través de las siguientes etapas de su vida, es el miedo a la pérdida de los afectos. Dejar de ser querido y considerado es uno de los hechos más temidos a lo largo de toda la vida del ser humano (realidad en la cual influye no sólo la seguridad que le aporta la comunidad humana, sino también la necesidad de superar la separatidad a través del amor como afirma Fromm). Como el miedo se va convirtiendo en causa de descalificación por parte de los mismos adultos cuyo amor se necesita, el niño puede verse encerrado en un peligroso círculo vicioso: el del miedo al miedo.
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