Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera




descargar 0.82 Mb.
títuloCon la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera
página8/43
fecha de publicación19.01.2016
tamaño0.82 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   43

SEGUNDA PARTE




EL NIÑO



INTRODUCCIÓN



¿Cómo es la vida psíquica de un niño? Para la mayoría de nosotros resulta difícil responder a esta pregunta de apariencia tan inocente. Los recuerdos de la propia infancia se vuelven cada vez más borrosos a medida que retrocedemos en el tiempo buscándolos y, en especial, resulta prácticamente imposible formarnos una idea de cómo veíamos el mundo antes de los dos o tres años de edad.
Para poder formarnos una idea adecuada de cómo es la vida psíquica de un niño, y en qué se diferencia de la de un adulto, sería conveniente plantear ante todo cómo llegamos a nuestro conocimiento actual sobre el particular. Constituirá un buen comienzo revisar la historia de la imagen que del niño ha ido teniendo nuestra cultura. Dicha historia nos posibilitará destacar algunos conceptos que luego resultarán útiles para la mejor comprensión de esta segunda parte.
Sabemos que la niñez abarca, tal como la entendemos en nuestra época, el período que media entre el nacimiento y la adolescencia. Pero esta delimitación, así como la preocupación por la naturaleza de la etapa y por el mundo del niño -en cuanto sujeto de peculiaridades propias distintas de las del adulto-, es relativamente reciente en la historia humana. Comienza, por lo menos en forma sistemática, aproximadamente a fines del siglo XVII. Anteriormente no estaba muy claro cuándo una persona dejaba de ser niño. Es recién a fines del mencionado siglo y comienzos del siguiente cuando se publican los primeros tratados de puericultura y de pediatría. La niñez comienza entonces a ser reconocida como una etapa especial en la vida del hombre, y se convierte en objeto de estudio.
Pero la investigación de las características únicas del psiquismo infantil se posterga todavía casi dos centurias más, hasta fines del siglo XIX. Es a Sigmund Freud a quien debemos su elevación al rango de objeto de estudio científico. Inspirado por su búsqueda de los orígenes de la neurosis en los primeros pasos de la vida sexual, Freud se internó resueltamente durante los últimos años del siglo XIX, en las complejidades de la mente del niño. Lo hizo por medio del método psicoanalítico aplicado en pacientes adultos, a quienes remontaba hasta sus primeros recuerdos infantiles. Por tanto convendremos que aún a fines del siglo XIX el interés por la vida psíquica del niño surgía como consecuencia de la necesidad de entender la génesis de ciertos fenómenos correspondientes a la vida adulta.
Sin embargo Freud, y sobre todo su hija Anna se interesaron pronto por estudiar el psiquismo infantil en sí mismo, y con este fin iniciaron el tratamiento analítico de niños. Comenzaba así un proceso destinado –entrado ya el siglo XX- a arrojar luz sobre un mundo de fantasías primitivas, realidades psíquicas, organizaciones precoces, defensas y tendencias del desarrollo características del psiquismo infantil, que hasta entonces habían sido apenas intuidas en la literatura, la filosofía y la educación. Freud tomó esos rudimentos, así como los mitos populares sobre la vida mental del niño, y paulatinamente los hizo objeto del método científico. Claro que en la Viena de fines de siglo XIX y comienzos del XX todavía suscitaban escándalo las postulaciones freudianas sobre la sexualidad infantil.
De todas maneras, y a pesar de esas inevitables resistencias, las investigaciones de este pensador condujeron a la creación de toda una corriente de pensamiento que dio luz a comprensiones fundamentales sobre la organización psíquica infantil. Sus postulados básicos, aunque algunos hayan sido modificados con el progreso científico, estimularon el curso de muchos trabajos posteriores en el campo de la psicología infantil, tanto de los autores psicoanalíticos como no psicoanalíticos. Dos de estos postulados nos parecen de fundamental importancia para introducirnos en el estudio de esta segunda parte:


  1. En primer lugar, Freud afirmó que el psiquismo infantil difiere claramente del que encontramos en el adulto. Describió cómo el aparato psíquico sufre un proceso evolutivo (que para este autor se manifiesta principalmente en los cinco primeros años de vida), dirigiéndose desde estadios de menor diferenciación a otros de mayor complejidad progresiva, hasta que las diversas organizaciones parciales se reúnen en una síntesis final. Este proceso puede ser estudiado, y según Freud sigue un curso definido, con etapas evolutivas diferenciadas (oral, anal, fálica, edípica y de latencia) en las que se interrelacionan mutuamente tanto factores biológicos como ambientales. Freud fue el primer psicólogo en crear una teoría sistemática del desarrollo psicológico infantil.

  2. En segundo lugar, al introducir el concepto de sexualidad infantil y rastrear, desde allí, los caminos hacia la sexualidad adulta -normal y patológica-, Freud estableció una continuidad entre el desarrollo del niño, el adolescente, y el adulto. Este proceso se muestra como un desarrollo en el que se pueden distinguir etapas y momentos de cambio crítico, dirigidos hacia una organización de complejidad progresivamente creciente. Un proceso que como vimos puede sufrir inhibiciones, detenciones, o regresiones.


A partir de estos dos esclarecimientos básicos Freud sentó las bases de una verdadera psicología evolutiva en la que encuentran cabida los conceptos de desarrollo, series complementarias, creciente complejidad organizativa, etapas evolutivas, fijación y regresión, continuidad del proceso de diferenciación, etc, todos los cuales resultaron fundamentales en las investigaciones posteriores, y abrieron el camino a una comprensión cada vez más amplia del psiquismo infantil como un continuum de desarrollo.
En base a estos dos conceptos -la neta diferencia del mundo mental del niño con respecto al del adulto, pero a la vez su continuidad evolutiva con el de este último-, toda una serie de investigadores han profundizado la comprensión que tenemos del niño que en esta segunda parte de la obra intentaremos resumir.
Sin embargo, el método psicoanalítico clásico, que había aclarado muchos fenómenos de la vida sexual y afectiva del niño, se reveló insuficiente en otras áreas como la del nacimiento de la inteligencia, que por lo tanto requerieron una aproximación diferente.
Por otra parte el carácter verbal del análisis freudiano impidió la investigación de los fenómenos fundamentalmente preverbales de la organización psíquica, esto es, de los correspondientes a los dos primeros años de vida. En ese período acontecen procesos cuya comprensión se intuía como primordial en la elaboración de una teoría sistemática de la evolución normal y patológica, pero su naturaleza preverbal dificultaba su aprehensión a través del método psicoanalítico tradicional.
Aclaremos por último que muchos psicólogos de la infancia han objetado los descubrimientos supuestamente obtenidos con exclusividad en el contexto de la psicoterapia analítica de personas neuróticas, que pueden no ser válidos para comprender el desarrollo normal. De esta manera se concluyó que era imprescindible una teoría general de la evolución no patológica.
Discípulos directos de Freud o de sus seguidores (Anna Freud, Melanie Klein, René Spitz, Margaret Mahler, Donald Winnicott, Erik Erickson y John Bowlby, por mencionar sólo a los más representativos), así como investigadores de otras tendencias no psicoanalíticas (principalmente Jean Piaget y Arnold Gesell) desarrollaron y profundizaron nuevas técnicas para la comprensión del psiquismo infantil. Entre ellas destacaremos la observación directa y sistemática de niños, las encuestas, la experimentación con el juego y la actividad gráfica, los tests objetivos y proyectivos, los estudios de seguimiento del vínculo madre-hijo, la experimentación neurofisiológica, la observación ecográfica de los comportamientos prenatales, etc. De los resultados de dichos estudios se pudieron inferir las características propias de cada etapa, y la validez de las conceptualizaciones se vio consolidada como cuerpo de conocimiento, debido a lo sistemático de las observaciones y de las teorías, a la redundancia de los fenómenos observados desde muy distintas ópticas, y a la capacidad predictiva que los postulados que los autores más representativos fueron publicando. De esta forma se posibilitaron intervenciones cada vez más adecuadas no sólo en el campo de la psiquiatría y la psicología, sino también de las instituciones de cuidado infantil, la pediatría, la educación, etc.
Pero volvamos a nuestra pregunta inicial. ¿Como es la vida psíquica de un niño? ¿Y qué significa la infancia en su condición de período evolutivo específico? Los descubrimientos de los autores que vamos a estudiar en los capítulos siguientes nos proporcionarán una respuesta amplia a estos interrogantes. Pero no debemos temer una posible dispersión en el torbellino de diferentes teorizaciones, ya que todas ellas coinciden en algunos puntos básicos que nos parece conveniente destacar.
En primer lugar, debemos tener claro que un niño no es un adulto en miniatura, como a veces inconscientemente piensan algunos observadores no informados. El mundo psíquico del niño es muy diferente al del adulto, y no es lícito aproximarse a él desde una visión adultomórfica. Muchas cosas en él están en plena evolución, sufriendo progresiones y regresiones diversas en vías de lograr un carácter más estable. Además, algunas de las capacidades más simples que hoy, como adultos, nos parecen obvias, no existieron alguna vez en nuestra precoz organización psíquica.
A medida que avancemos por los siguientes capítulos, se irá haciendo más claro cuántas de las cosas que ahora consideramos prácticamente dadas desde el inicio de nuestra vida, fueron alguna vez costosos logros evolutivos, de profundas consecuencias en el desarrollo posterior.
Una coincidencia destacable en los distintos autores es la importancia del rol atribuido a la relación madre-hijo en vistas de la estructuración del psiquismo. Ello se verá con especial claridad en el capítulo dedicado a los dos primeros años de vida, y esperamos que sirva para considerar que la calidad del vínculo entre un niño y su madre tiñe y, hasta condiciona, toda relación humana ulterior. Ello implica afirmar claramente que el desarrollo del psiquismo humano, en cuanto tal, sólo es posible en el marco de su relación con otros seres humanos. Por este motivo, como se percibirá en cada capítulo, la evolución del niño se encuentra siempre referida al entorno, y especialmente al contrapunto con la madre.
El lector debe haber intuido la dificultad que supone hablar de la vida psíquica de un niño tomado este concepto en un sentido amplio. No caben dudas al respecto dado el abismo que existe, en términos de desarrollo psicológico, por ejemplo, entre un bebé de seis meses y un niño de cinco años, u otro de doce. Un recién nacido no tiene todavía noción clara de tiempo y espacio. No puede ni siquiera controlar la motilidad de su cuello para dirigir la mirada, ni menos aún alejarse de la madre para explorar el mundo. Todo ello, sumado a su fisiológico vicio de refracción ocular, reduce el mundo pasible de ser experimentado, a un cúmulo de formas caóticas que aparecen y desaparecen aleatoriamente. Un niño de cinco meses, en cambio, puede ya distinguir claramente formas nítidas hasta donde alcanza su vista, puede permanecer sentado solo sin sostén, y su mundo se va tornando cada vez más predecible y estable en base a la repetición de las experiencias del maternaje. Pero no ha desarrollado aún la noción de tiempo, ni la de la permanencia de los objetos, cuando ellos están fuera de su campo perceptivo, de manera que no puede tolerar la ausencia de la madre por mucho tiempo. Un niño de seis años ya es capaz de percibir correctamente y de controlar su mundo, de caminar y utilizar el lenguaje para comunicarse. Pero todavía no puede, por ejemplo, pensar en términos hipotético-deductivos.
A esta altura es necesario remarcar que en cada uno de los diferentes momentos evolutivos, los progresos de los diversos sectores -artificialmente delimitados aquí por necesidad de claridad expositiva- se influencian y condicionan recíprocamente. Así, por ejemplo, el logro motriz de la locomoción autónoma y el logro cognitivo de las representaciones mentales, se convierten en puntales de la posibilidad afectiva de individuación y separación progresiva de la madre. Cada vez que sea posible, estas vinculaciones serán señaladas en el texto, de manera de facilitar una visión de conjunto.

Todos los autores han recurrido a la erección de etapas evolutivas encadenadas según un concepto de desarrollo progresivo. Cada una de ellas comienza generalmente con un periodo de inestabilidad en la adquisición de las nuevas funciones. Continúa luego con la repetición de dichas funciones hasta su total dominio, lo que constituye una condición para el pasaje normal al estadio siguiente. Posteriormente, las nuevas funciones siguen un proceso de diferenciación continua hasta el advenimiento de un nuevo momento de cambio crítico, que implica la aparición de funciones más complejas. Estos momentos de transición crítica hacia organizaciones de mayor complejidad están señalados por logros evolutivos fundamentales (por ejemplo la percepción del objeto, la locomoción autónoma, la posibilidad de representaciones mentales, etc.), que cada autor ha definido o privilegiado de distinta manera. Pero todos ellos coinciden en señalar que hay adquisiciones evolutivas que constituyen hitos del desarrollo, en la medida en que condicionan la evolución posterior.
Es difícil para un adulto imaginar, por ejemplo, el cambio en el mundo psíquico del niño que supone la posibilidad de caminar solo, o de recordar a la madre cuando ella no está presente. Sin embargo, estos logros supusieron en su momento mojones fundamentales en la evolución, como se comprenderá a lo largo de los siguientes capítulos.
El orden secuencial al que hemos hecho referencia se verá reflejado en el desarrollo longitudinal de cada capítulo, que mostrará cómo los primeros logros en las áreas respectivas se convierten en condiciones necesarias de los siguientes. Esta modalidad de ordenamiento permitirá comprobar con mayor detalle la validez de la visión evolucionista que es la que proponemos. Con esta estrategia intentaremos reafirmar la continuidad con lo sostenido en la primera parte. Porque, según ya quedó expresado, más allá de las diferencias entre las distintas ópticas de los investigadores, pueden percibirse con nitidez ciertas constantes de desarrollo que se repetirán en todo el proceso evolutivo. Constantes que remiten a aquellas líneas evolutivas (tanto filo como ontogenéticas) que constituyen el fundamento de una psicología propiamente evolucionista. Una de tales constantes es el permanente progreso hacia una organización psíquica cada vez más diferenciada, compleja, y adaptada a la realidad. Al mismo tiempo veremos cómo el progreso evolutivo se desenvuelve posibilitándole al infante un conocimiento del mundo cada vez más adecuado. Las estructuras psíquicas se complejifican a la vez que se "descongelan", permitiendo una mayor flexibilidad adaptativa en el mundo y una asimilación más perfecta de éste por parte del yo.
En este progreso, que arranca desde un estado de total dependencia e indefensión, interactuarán factores biológico-madurativos con otros correspondientes al desarrollo psicológico, para llevar al niño, poco a poco, a una mayor expansión dirigida hacia el mundo social, coextensiva con la creciente autonomía personal. El proceso, como se ve, es el del logro de una adaptación cada vez más libre y creativa.
Tanto el niño recién nacido que apenas percibe la presencia de la madre, como aquel que en los meses siguientes tendrá dificultad para distinguirla de sí mismo, progresarán paulatinamente hacia una separación cada vez mayor de esa figura esencial, en una marcha jalonada por los logros que los llevarán a la asunción de sí mismo como ente individual. Esta separación e individuación creciente le posibilitarán al niño una relación objetal (relación con un objeto que se concibe como separado del yo) cada vez más flexible. Sólo así se sentarán las bases para la expresión de una nueva tendencia evolutiva: la del desarrollo del amor donativo. Esta posibilidad se convertirá a su vez en modelo de la posterior apertura a relaciones sociales fraternas, que “alejarán” progresivamente al niño de su núcleo familiar y lo conducirán hacia la integración con el mundo.

Siguiendo por esta ruta de exploración de la evolución ontogenética descubriremos cómo el amor se va convirtiendo en el verdadero fundamento de la moral. En el capítulo correspondiente seguiremos la evolución del niño desde una moral heterónoma, apoyada en las imágenes parentales y en reglas rígidas, hasta una moral autónoma y creativa, en relación dialéctica con la moralidad histórica.
Por último, e integrando los niveles anteriores, intentaremos mostrar el progreso del niño en su experiencia religiosa, desde una concepción claramente antropomórfica de Dios, hasta desembocar en los límites de lo humano, y en la apertura consiguiente a la trascendencia.
Podemos decir entonces que la infancia es el período de la evolución del hombre en el cual, dentro del marco de su relación con los demás, se actualizan sus potencialidades evolutivas específicas. Constituye un tránsito hacia la plenitud de las características propiamente humanas, que durante la adolescencia se integrarán en una identidad flexible y dinámica.
La infancia es, por lo tanto, una etapa evolutiva fundacional, en la que se sientan las bases indispensables, en términos de estructura psíquica, y que permitirán toda diferenciación posterior. Por fin puede considerarse a este período como la edad evolutiva por excelencia, tanto por la rapidez como por la importancia de los cambios que implica. Las etapas que completan el ciclo vital humano asientan, como se verá después, sobre supuestos que se construyen en estos primeros años de vida.

II

1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   43

similar:

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconPromovido por la Fundación Salud 2000, con el patrocinio de la compañía...

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconCon la colaboración de Hal Zina Bennett

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconPrograma de econsulting o consulta virtual en colaboracion con atencion...

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconCmf, importante Pyme francesa en la construcción de invernaderos...

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconSegún los expertos reunidos para exponer y debatir los últimos avances...

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconInstitución educativa federico sierra arango

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconEl Servicio de Farmacia del Hospital Universitario Miguel Servet,...

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconTraducido por Federico Manrique de Lara, Ciudad de México

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconMarcelo Rovani P. Messa2

Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera iconProf. Marcelo d. Estibiarria psicología educacional




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com