Con la colaboración de Federico Beines, y Marcelo Herrera




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DESARROLLO DE LA ACTIVIDAD PSICOMOTRIZ




INTRODUCCIÓN



La neuropediatría tiene, en el desarrollo psicomotor, uno de sus capítulos más vastos. Pero en el campo que nos ocupa -el de la psicología evolutiva- sólo nos interesará destacar aquellos logros antropológicos fundamentales más directamente vinculados al funcionamiento psíquico. Tales logros están constituidos por aquellos comportamientos motores que nos diferencian específicamente de todo el mundo animal: la prehensión con pinza digital (oponiendo el pulgar al índice y anular), y la deambulación en bipedestación. A ellos nos referiremos entonces con algún detenimiento, luego de una breve alusión general a las primeras manifestaciones de esta forma de actividad.
La actividad motriz -coordinada y satisfactoria- requiere la maduración e integridad física de las vías motoras piramidales, extrapiramidales y cerebelosas. Pero también implica el logro afectivo-cognitivo de un esquema corporal -tanto estático como dinámico- que sustente cada pauta de movimiento: la generación y evolución de esta imagen corporal será otro punto que reseñaremos en el presente capítulo.

PERIODO PRE Y NEONATAL



Desde los cuatro meses, el feto desarrolla un interesante repertorio de conductas motrices que -como quedó dicho en el capítulo precedente- con el tiempo incluirán la succión del pulgar, la rotación de la cabeza, el empujar con las manos y con los pies, y la adopción de una postura predilecta para dormir.
En el momento del nacimiento, el bebé cuenta con dos tipos de movimientos claramente diferenciables: por un lado las conductas llamadas "espontáneas", que en realidad son respuestas a estímulos internos, como por ejemplo el hambre. Están constituidas por movimientos generalizados, desorganizados, y no dirigidos a otro fin que la descarga de tensión. Por otra parte, existe un número variable de conductas que se definen como reflejas, es decir, acciones involuntarias desencadenadas por estímulos externos, y que pueden comprometer a todo el cuerpo, o sólo a una parte del mismo (generalmente cabeza y extremidades).
En cuanto a la motricidad voluntaria debemos señalar que se encuentra dificultada en el inicio de la vida extrauterina, a causa de la hipertonía fisiológica del recién nacido (resta investigar cuánto de la misma es resultado también de la reacción de inhibición catastrófica postulada en el capítulo anterior). Como quiera que sea, en una primera etapa predominan las conductas reflejas cuya relación con las voluntarias, sobrevenidas algo después no está aún suficientemente clara.
Los reflejos neonatales o perinatales más importantes son el de Moro, el reflejo tónico cervical, el de prehensión, el de enderezamiento, la reacción de sostén, y otros de mayor complejidad como el de marcha, el de gateo y el natatorio, todos los cuales se hallan perfectamente descriptos en los manuales de neuropediatría. Cratty estima que pueden reunirse en dos grupos: "los que se consideran remanentes evolucionarios de acciones observables en animales que se ubican en un peldaño inferior de la escala filogenética, y los que se incorporan más tarde a las pautas de movimientos voluntarios de niños mayores y adultos" (Cratty, 1982).
Algunos de ellos se parecen mucho a ciertas conductas maduras que es posible encontrar luego en la esfera del dominio voluntario. Entre estas últimas se cuentan el reflejo de prehensión y los tres aparentemente más complejos: “de marcha”, “de gateo” y “natatorio”. Pero no se conoce todavía la relación que existe entre su desaparición y la emergencia de las conductas motrices voluntarias que afectan a idénticos grupos musculares.
E1 hecho de que algunos de estos reflejos interfieran con la posibilidad de realizar actividades voluntarias, así como la comprobación de que existe una secuencia temporal entre ambos tipos de conducta, ha llevado a algunos autores a afirmar que sin la desaparición de aquellos no podrían surgir las últimas. Sin embargo, la coexistencia circunstancial de ambos tipos de fenómenos en un determinado período permite dudar sobre la exactitud de aquella hipótesis. De cualquier manera, la intervinculación entre reflejos neonatales y conductas voluntarias permite pensar que los primeros podrían ser considerados como precursores evolutivos de las segundas, en el sentido que hemos postulado en la primera parte.

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