Tesis de grado para optar al título de Doctor en Teología




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En el relato sacerdotal de la creación, la “Imagen de Dios” presente en la humanidad no se refiere a la sexualidad, sino que alude al poder creador de Dios y su dominio sobre las creaturas, que delega a los seres humanos como sus cooperadores. La “imagen de Dios” tampoco se refleja en el alma o en el carácter espiritual de los seres humanos, como pensaban algunos padres de la iglesia, puesto que ésta es una idea que sólo tendría sentido en el pensamiento dualista griego.

Históricamente, para los autores sacerdotales, la creación de los dos sexos se vincula estrechamente con la reproducción, ya que ésta era necesaria para repoblar el país después del exilio. Hay que destacar que éstos sólo se preocupan por relacionar sexo y reproducción, sin referirse a requisitos legales o morales como el matrimonio.

El objetivo de los relatos de la creación no es el de establecer la norma de la heterosexualidad o la complementariedad de los sexos (como si cada género fuera incompleto y necesitara la unión con el otro para quedar entero). Más bien, lo que se nos dice es que cuando Dios creó la humanidad, la hizo a su imagen. El Génesis no es una lección sobre orientación sexual. No hay ninguna señal de que la heterosexualidad, en contraste con la homosexualidad, estuviera en la mente del autor. Tratar de leer esta distinción allí es abusar del texto. El encomio de la heterosexualidad implicaría una condenación de la homosexualidad sólo si ambas fueran excluyentes, si ambas no pudieran coexistir en la humanidad.

En cuanto al relato yahvista, la narrativa no indica en manera alguna que la primera pareja tendría que ser considerada como normativa para toda experiencia sexual por siempre jamás.557 Si esto fuera verdad, todos los matrimonios sin hijos quedarían relegados a un estado de pecaminosidad, o al menos, de enfermedad. El libro del Génesis no es una explicación científica del origen del universo, ni tampoco de la sexualidad humana. No podemos devaluar el Génesis ni los principios hermenéuticos, pretendiendo que los relatos de la creación se conviertan en prescripciones científicas o en legislación moral.

Si Gn 2, 24 se tomara como norma de la iglesia para toda experiencia sexual, ¿esto implicaría que todos los matrimonios volvieran a la situación matrilocal, según la cual el marido pasa a formar parte de la familia de la mujer, puesto que se dice que “el hombre dejará a su padre y a su madre”? Si creemos que los relatos de la creación significan que la relación entre hombres y mujeres sólo puede realizarse plenamente en el matrimonio heterosexual, ¿no estaríamos excluyendo a todas las personas que se quedan solteras por cualquier razón (enfermedad, discapacidad, preferencia, orientación, falta de oportunidad, etc.) de un lugar en la unión armoniosa de la co-humanidad?

Por otra parte, tampoco es necesario vincular siempre matrimonio y reproducción. En el pensamiento bíblico del Antiguo testamento, los pasajes que hablan de Israel como esposa de Dios, se diferencian de los que hablan de Israel como hijo de Dios, y no hablan de procreación. También en el Nuevo testamento, Jesús y Pablo hablan del matrimonio sin mencionar a los hijos. El hecho de que lo hagan porque esperaban el inminente fin del mundo sólo resalta el punto de que el matrimonio tiene un fin escatológico integral aparte del tener hijos. Este es un fin que sólo puede entenderse a la luz de la gracia y la gratuidad de la vida trinitaria. La procreación puede ser gracia, como la creación es gracia. Puesto que la procreación es natural, es un bien de la especie, aunque ciertamente no de cada acto sexual, y tampoco necesariamente de cada matrimonio. La incapacidad de una pareja humana para procrear quizás sea una lástima, pero no es algo que destruya la semejanza de los seres humanos con Dios.

En el Nuevo testamento, el mensaje y ministerio de Jesús anuncian la liberación de todos los seres humanos, incluyendo aquellos que se encontraban excluidos de la comunidad judía por motivos diferentes (leprosos, mujeres, eunucos, extranjeros, etc.). Las raíces de la enseñanza del evangelio no se encuentran en el rígido judaísmo de los siglos que precedieron inmediatamente a la era cristiana, con su visión patriarcal de un Dios preservador del orden. Jesús se remontó hasta el mensaje profético de siglos anteriores al exilio, a la visión de los grandes profetas que atacaron las injusticias de la sociedad. Y fueron éstos quienes precisamente usaron imágenes femeninas de Dios que rompían totalmente con la percepción masculina de un Dios guerrero propiciador de la violencia, sin prescindir de su consideración como un Padre bueno, es decir, un Dios Padre-Madre que trasciende cualquier categoría sexual.

Por todo lo anterior, podríamos terminar preguntándonos si la vocación al amor concreto por la otra persona es un llamado universal que no tiene excepción. ¿No será que la fecundidad biológica del amor está supeditada a su fecundidad espiritual? En tal caso ¿una de las formas como la persona Gay puede vivir el amor es a través de la virginidad y el celibato y la otra forma sería a través de la amistad profunda? En las dos secciones siguientes estudiaremos estas posibilidades.

6.4 CELIBATO Y VIRGINIDAD

La carta HP (Homosexualitatis Problema) en su numeral 12 afirma: “Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar más fielmente el sacramento de la penitencia y de recibir la gracia del Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir más plenamente caminando en el seguimiento a Cristo”. Se invita pues a las personas lesbigay a vivir en la castidad, pero ¿será que esta virtud equivale a celibato o virginidad cuando se habla de personas homosexuales?

El papa Juan Pablo II, en sus audiencias semanales entre 1982 y 1983, desarrolló la idea de la complementariedad de matrimonio y celibato en el contexto de la teología del cuerpo humano. Aunque reafirmó la superioridad de la continencia siguiendo el pensamiento de 1 Co 7, también mantuvo el valor del matrimonio. Tanto los casados como los célibes están llamados a la castidad. No obstante, en la Familiaris consortio, el papa insiste: “por esto, la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios”.558

Ante todo debemos aclarar que el celibato y la virginidad de ningún modo significan una supresión o anulación de la sexualidad. Los obispos americanos declararon: “ser una persona humana es ser una persona sexual: el maravilloso misterio de la sexualidad humana permea cada momento de nuestra existencia”.559 El perder de vista esta verdad fundamental equivaldría a ignorar una verdad que se encuentra en toda la escritura. Por eso, a lo largo de esta sección se repetirá insistentemente que el celibato y la virginidad son formas muy elevadas de ejercer la sexualidad.

6.4.1 El celibato y la virginidad en las Escrituras

El Antiguo Testamento

Como vimos en el tercer capítulo, en muchas religiones de los pueblos que rodeaban a Israel los sacerdotes se castraban con el fin de evitar las relaciones sexuales y ser de esta manera mediadores puros entre los hombres y los dioses. Ejemplos de esta costumbre los encontramos en Babilonia, Egipto, Siria, Fenicia, Chipre, Éfeso y Frigia. En la antigüedad se pensaba que la cercanía de los dioses exigía la abstinencia sexual. Demóstenes (m. 322 A.C.) afirmaba que era necesario “guardar durante unos determinados días la continencia” antes de entrar al templo o tocar los objetos sagrados. También Plutarco (m. 120 d.c) advierte que después de las relaciones sexuales se debe dejar pasar al menos una noche de sueño, antes de ir al templo o llevar ofrendas. Parte de esta mentalidad también estuvo presente entre los israelitas. El sexo se vive como una mancha y como una especie de profanación que aleja al hombre de la esfera sagrada y del ámbito religioso. Ya en el AT se mandaba a los sacerdotes israelitas abstenerse de las relaciones sexuales antes de su servicio en el templo, y los participantes en la guerra santa quedaban sometidos a parecidas restricciones. La ablución se utiliza como un rito frecuente para eliminar determinadas impurezas y entrar en el reino de lo sacro.

Sin embargo, el celibato carecía totalmente de sentido en el Israel antiguo. El ideal del matrimonio consistía esencialmente en tener bastantes hijos, en especial si se trataba de hombres. Por ello la peor vergüenza para una mujer era el ser estéril, rasgo que la exponía al repudio de su esposo y a la humillación de su familia. En el judaísmo antiguo la esterilidad era una maldición y la virginidad no tenía ningún valor, excepto como un paso previo al matrimonio. Por ello en hebreo no existía la palabra “soltero”, pues para expresar este concepto bastaba con la palabra “niño”. Según esta mentalidad sólo se consideraba “hombre” o “mujer” a la persona que vivía en una relación de pareja. Sin embargo, muchos grandes personajes de la Biblia provenían de madres estériles. Con esto se quería indicar que su nacimiento era obra expresa de Dios, quien les tenía asignada una misión especial.

El Nuevo Testamento

El nacimiento virginal y el celibato de Jesús.

La Biblia registra dos casos de procreación milagrosa que son muy importantes para la historia de la salvación. En ambos casos parece ser que el surgimiento de un ser humano se da a partir de un solo sexo. En primer lugar, Dios crea a Eva a partir de sólo un hombre. En la segunda creación, Dios da lugar a la humanidad de Jesús a partir de sólo una mujer. ¿Tendrán estos acontecimientos algo qué ver con el hecho de que la virginidad adquiera un valor totalmente trascendente?

En lo referente al “celibato” de Jesús, puede decirse que éste no fue una opción ascética, como la que existió en algunos ambientes paganos y religiosos de su época. Que tampoco fue una huida como la de los esenios, que se retiraban del mundo a la espera de su fin cercano. Jesús fue el hombre consagrado por Dios, para estar dirigido por completo hacia Él y dedicarse totalmente a las tareas del Reino. Para Jesús, la virginidad es también un signo que trasciende nuestra realidad presente y nuestros valores actuales. Por ello explica a los fariseos que sus ideas sobre la vida escatológica están erradas: “Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las escrituras ni el poder de Dios. Porque cuando llegue la resurrección ni los hombres ni las mujeres se casarán, serán como ángeles del cielo”(Mt 22, 29-30).

Sin embargo, como hombre perfecto, podemos decir que Jesús también ejerció de modo perfecto su sexualidad. El psiquiatra y teólogo Jack Dominian, refiriéndose a este aspecto, afirma que en el Señor se dio necesariamente una conexión entre la autoaceptación y la genuina apertura a los otros: “Esta respuesta [de la sexualidad célibe] no estaba impedida por ninguna necesidad de rechazar, negar o condenar ninguna parte de sí mismo ni por tanto de los demás... Aunque la evidencia es extremadamente limitada, es difícil ver cómo tal total autoaceptación y disponibilidad pudiera darse sin incluir una conciencia plena de su sexualidad”.560

El pensamiento paulino

En 1 Co 7, el Apóstol deja ver claramente que su consideración de la virginidad y el celibato como superiores al estado nupcial se inscribe dentro de una perspectiva de la cercanía del fin del mundo, que relativiza todas las instituciones sociales. Pablo también insiste en que el celibato es para los fuertes y más perfectos, en cambio, los débiles y carentes de auto control es mejor que se casen para no caer en el pecado de la lujuria. En síntesis, el matrimonio es un remedio para la concupiscencia y por tanto, una alternativa de menor valor que la virginidad. No obstante, en 1 Co 13 Pablo revaloriza el amor de la pareja, puesto que aquí también se aplica todo lo dicho acerca de la caridad. Es decir, no existe oposición entre eros y agape. El cristiano entra profundamente en el amor divino a través del don de la sexualidad humana.

Eunucos por el reino de los cielos.

En tiempos de Jesús se aceptaba la castración de hombres para desempeñar ciertas funciones específicas. El eunuco podía desempeñarse como guardián del harén, o en cargos administrativos y militares, que le estaban reservados por su condición especial, puesto que no tenía ambiciones dinásticas ni herederos que le sucedieran. La castración se ordenaba a la prestación de un servicio en el reino. En tales circunstancias la invitación de Cristo a hacerse eunuco por voluntad propia no resulta tan extraña. Jesús presentó un ideal para las personas que quisieran vivir entregadas de lleno a la tarea de la evangelización. Pero queda claro en la forma de expresarse del Señor que no se está refiriendo a eunucos en sentido fisiológico, sino a los que aceptan con libertad las exigencias de la virginidad.

Además, el Nuevo Testamento presenta la novedosa idea de la resurrección personal, que trae consigo la creencia en la inmortalidad del individuo, con lo cual se libera así el ser humano de la necesidad de casarse y tener hijos para alcanzar una forma de supervivencia después de la muerte. “En la Nueva Alianza, todos pueden ya ser fecundos en el nuevo pueblo de Dios a través de un amor que sobrepasa incluso el amor marital en valor y, por ende, en fecundidad”.561

En esta perspectiva se da un giro de 180 grados en el pensamiento bíblico en lo que se refiere a la inclusión de las minorías sexuales (como eran los eunucos) en la comunidad de salvación. Así, en el relato del eunuco etíope de Hc 8, el autor lucano probablemente quería reflejar la intervención del Espíritu Santo en la formación de la primera comunidad cristiana e indicar cómo esa comunidad se diferenciaba de su predecesora. El autor subraya que los individuos considerados como parias en Israel por diversas razones, debían incluirse en la nueva comunidad. En abierta contradicción con Dt 23, 1, pero siguiendo la línea de Is 56, 3-5, Lucas aboga por los marginados de la asamblea del culto. “Si los eunucos respetan mis sábados ... yo les daré algo mejor que hijos e hijas.” Muy bien se podría aplicar a las personas lesbigay la perícopa del eunuco etíope, puesto que el término “eunuco” se usa en el NT no sólo en su sentido literal (castrado físicamente), sino también en sentido simbólico, refiriéndose a los que por diversas razones no se casan ni tienen hijos (Mt 19, 12).

6.4.2 La exaltación de la virginidad en la teología Patrística y Escolástica

Los padres de la iglesia.

Con respecto a los diferentes estados de vida, los Padres de la Iglesia establecieron la siguiente jerarquía de virtud: el martirio era la máxima aspiración del cristiano, la virginidad y el celibato venían a continuación, finalmente en el nivel más bajo estaba el matrimonio. Crisóstomo afirma que comparado con la virginidad, el matrimonio sólo es un “vestido de niño”, que debe ser cambiado por los adultos que han alcanzado la plenitud en Cristo para revestirse con las espléndidas ropas del celibato.562 Jerónimo muestra el dualismo más extremo. Aceptaba con reticencia el matrimonio, sólo porque de él podían nacer vírgenes: “Alabo el matrimonio y las bodas, pero sólo porque engendran célibes. Recojo rosas de las espinas, oro del barro, perlas de las conchas”.563 Tertuliano, quien se destacó por su fanatismo radical, no obstante declara contra el hereje Marción: “No rechazamos el matrimonio, simplemente nos abstenemos de él. Ni prescribimos la santidad (célibe) como una norma, tan sólo la recomendamos... a la vez que reivindicamos con energía el matrimonio, siempre que es atacado como algo impuro con desprecio del creador”.564

Para Ambrosio de Milán (m. 397), la virtud cristiana por excelencia es la virginidad. Según el maestro de Agustín, ésta es la verdadera novedad del evangelio con respecto al AT. “Esta virtud es, en realidad, una virtud de nuestra propiedad exclusiva. Falta a los paganos y no la practican los pueblos que viven todavía en estado salvaje. En ninguna parte existen seres vivientes en los cuales se encuentre. Todos, ciertamente, respiramos el mismo aire, compartimos todos las mismas condiciones de un cuerpo terreno, no nos diferenciamos de los demás en el nacimiento, y, sin embargo, nosotros nos escapamos a las miserias de una naturaleza, por lo demás, igual para todos, desde el momento en el que la castidad virginal, aparentemente estimada por los paganos, se ve, en la realidad, maltratada, aunque cuente con la protección de la religión, es perseguida por los salvajes y desconocida por todos los demás”.565 Basándose en esta elevada concepción del celibato, el obispo de Milán pedía a sus sacerdotes que no tuvieran relaciones sexuales con sus esposas.

San Agustín, discípulo de San Ambrosio, también tenía un concepto muy elevado del celibato. Por ello, cuando fue elegido obispo de Hipona, empezó a exigir que sus sacerdotes llevaran una vida célibe, conformando una especie de monasterio con todo su clero. No sólo pensaba que la virginidad era superior al matrimonio, sino que también recomendaba a los esposos abstenerse del acto conyugal: “Por razón de absteneros, de común acuerdo, de la unión carnal, tu hombre no deja de ser tu esposo. Al contrario, permaneceréis siendo esposos tanto más santos, cuanto más santamente os atengáis juntos a la decisión tomada”.566 El Doctor de la gracia opinaba que la fecundidad espiritual es mucho más importante que la biológica: “Quien en nuestros días ha alcanzado un amor perfecto de Dios, tiene sólo, sin duda, una exigencia espiritual de la prole”.567

La Edad media y la escolástica

La teología de la edad media seguiría con la línea de exaltación del celibato a costa de la devaluación del matrimonio por diversas razones. La primera de ellas era la consideración de las relaciones sexuales como algo intrínsecamente vinculado al pecado original. Por eso, Bernardo de Claraval (m. 1153) descalificó la doctrina de la Inmaculada Concepción de María, puesto que se suponía que la Virgen había sido concebida por una relación sexual normal, y por tanto no podía estar exenta del pecado original.568 En esta idea, Bernardo coincidía con Agustín y toda la tradición subsiguiente.

Pedro Abelardo (1079 – 1142), famoso por su trágico romance con Eloísa, fue el único teólogo de su época que defendió la bondad del placer sexual: “No hay derecho a declarar pecado ningún placer natural de la carne ni se puede calificar como culpa el que alguien se deleite mediante el placer cuando uno tiene que experimentarlo necesariamente”.569 Abelardo consideraba que desde el principio de la creación, tanto la relación conyugal como la comida de exquisitos platos estaban intrínsecamente ligadas a la sensación de placer. La condenación de Abelardo y todas sus posteriores desgracias tuvieron mucho que ver con su defensa de la legitimidad del placer en el ejercicio del acto sexual.

Los grandes escolásticos también se refirieron al carácter dañino del placer sexual y el peligro que representaba la mujer para la virtud del hombre. Alberto Magno afirmaba: “La mujer es un varón fallido y tiene –en comparación con el varón- una naturaleza defectuosa y averiada. Por eso, carece de seguridad en sí misma. Por eso, trata de conseguir con falsedad y engaños demoníacos aquello que no puede obtener por sí misma. En consecuencia, para decirlo de forma breve, el varón deberá guardarse de toda mujer como de una serpiente venenosa y del cornudo demonio”.570 En esta misma tónica Sto. Tomás de Aquino afirmaba que “en el acto sexual, el hombre se hace igual a la bestia (bestialis efficitur)”.571 Siguiendo a S. Agustín, el Angélico enseñaba que para los hombres el contacto con la mujer era “una esclavitud más amarga que cualquier otra”.572 Y citando al obispo de Hipona advertía: “Nada arrastra hacia abajo tanto el espíritu del varón como las caricias de la mujer y los contactos corporales, sin los que un varón no puede poseer a su esposa”.573

Teniendo en cuenta toda esta historia no es extraño que el Concilio de Trento ordenara: “Si alguno dijere que el estado conyugal se ha de anteponer al estado de la virginidad o el celibato, y que no es mejor ni más feliz permanecer en la virginidad o en el celibato que unirse en matrimonio, sea anatema”.574 Una posición, que aunque matizada, se mantiene en la actualidad, como veíamos en la introducción a esta sección en las palabras de la exhortación Familiaris Consortio.

La teología monástica y la mística.

A pesar de la visión tan negativa de la sexualidad que puede percibirse en los escritos eclesiásticos que defendían la virginidad y el celibato, hay toda una corriente de espiritualidad y mística que nos ofrece una perspectiva totalmente diferente de estas realidades, partiendo de una consideración positiva del amor de Dios y de la naturaleza humana. En esta corriente, la corporalidad y la sexualidad no son rechazadas como algo malo, sino elevadas por la gracia. Es cierto que Dios puede cambiar el deseo sexual (genital) por un deseo directo de la divinidad, como podemos verlo en la vida de los místicos célibes. Pero esto no suprime su carácter corporal, pues no aumenta su austeridad sino su susceptibilidad hacia el prójimo necesitado. El mayor signo del regreso de San Antonio Abad al estado de pureza original era su gran sociabilidad. “Llegó a irradiar tal encanto magnético y apertura hacia todos, que podía ser reconocido inmediatamente como alguien cuyo corazón se había hecho totalmente transparente para los demás”.575

El erotismo y la sexualidad fueron sublimados en poesías místicas de alto lirismo. A través de la historia, de un modo consistente, algunos de los mejores poemas eróticos han sido escritos por célibes. Incluso a veces la forma de escribir de los místicos es marcadamente homoerótica, como en el caso de Ruperto de Deutz, abad del S. XII. En su descripción de una visión de Jesucristo, abraza y besa en la boca a Cristo Crucificado, quien abre sus labios para que Ruperto pueda besarlo con más profundidad.576 El pensamiento de los monasterios también se reflejó en los escritos cortesanos del romanticismo de la época. El fin del amor erótico medieval no era una simple proeza física, sino la apertura de dos personas a una unicidad íntima. El orgasmo no era la única forma, y ni siquiera era necesariamente una forma de alcanzar esta comunión de toda la persona. Un ejemplo de esta espiritualización de la sexualidad lo encontramos en Elredo de Rieval, abad del S. XII. En su Tratado sobre la amistad espiritual, Elredo menciona tres tipos de besos: el beso físico corporal, el beso del espíritu o de Cristo (la unión de los corazones) y el beso de la mente (infusión de la gracia en el alma por Dios).577

En las vidas de los místicos como Bernardo de Claraval, Catalina de Siena, Teresa de Avila y Juan de la Cruz, vemos otra cara de la relación entre la sexualidad célibe y la espiritualidad centrada en Jesucristo. “La pasión y el poder de la sexualidad humana se convierten en una metáfora del devorador amor de Dios que lo purifica todo. El celibato, la santidad y el amor trascendente son inseparables de la experiencia de los místicos. Con un apasionado impulso de puro deseo, la persona literalmente se enamora de Dios”.578 Por ejemplo, es impactante la manera como Juan de la Cruz usa la metáfora sexual para hablar de su relación con Dios. No sólo los seres humanos, sino también Dios es presentado como un ser sexual. Para los místicos, la metáfora sexual era lo más adecuado para referirse a una relación espiritual. La sexualidad y la espiritualidad no son mutuamente excluyentes. En sus imágenes, Dios no es infinitamente diferente a nosotros, ni tampoco es asexual.

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