Tesis de grado para optar al título de Doctor en Teología




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6.4.3 Sexualidad y espiritualidad en el compromiso de la persona célibe

Scott Peck, en una conferencia sobre sexualidad y espiritualidad, admite que éstas no son exactamente lo mismo.579 No obstante, con mucho ingenio apunta que no son gemelas, pero sí primas hermanas, originadas en la misma fuente, cortadas con la misma tijera. Las dimensiones de la sexualidad y la espiritualidad en la persona humana están tan cercanas que es muy difícil aludir a la primera de ellas sin mencionar a la otra. A menudo, la conversión religiosa va de la mano con el despertar sexual. Pero hay que aclarar que los seres humanos somos seres sexuales en todas nuestra dimensiones y por tanto es ridículo reducir la riqueza y belleza de nuestra sexualidad humana a sólo el área de expresión de la intimidad genital.

Hay tantas maneras de amar como personas. Una de estas maneras es el celibato, cuyas características deben ser el amor y servicio a los demás, que incluye a todas las personas sin excepción, y aunque no transmite la vida biológica, sí posee una inmensa generatividad espiritual. La vida célibe implica un prescindir del ejercicio de la genitalidad, pero de ninguna manera equivale a marginar la dimensión de la sexualidad, que siempre está presente en nuestras relaciones con los demás. Para amar apasionadamente a Dios, uno tiene que ser una persona apasionadamente sexual.

Existen varios tipos de motivaciones a nivel humano, tanto de orden psicológico como de orden teológico, para llevar una vida célibe. En el ámbito psicológico Scott Peck se refiere al “mito del amor romántico”, según el cual algunos creen que sólo existe una persona en el mundo entero que fue “creada para unirse a ellos”. Estas personas pueden caer en una especie de idolatría. Al escoger el amor exclusivo a Dios, la persona célibe quizá está tratando de destruir este mito. Por otra parte hay tres clases de razones teológicas que se plantean para explicar el celibato “por el reino de los cielos”: 1. Razón cristológica, basada en la imitación de Cristo 2. Razón eclesiológica, fundamentada en el objetivo de cumplir la misión de servicio en la iglesia, que exige disponibilidad. 3. Razón escatológica, en la cual se considera el celibato como una anticipación de la vida en el cielo, en donde “las personas no se casan”.

6.4.4 Dificultades en el celibato y el matrimonio

Con frecuencia las definiciones del celibato son negativas y vacías. La escritora Janie Gustafson, religiosa de la orden de S. José escribe: “A mi juicio, este celibato es el estado virginal inmaduro, la situación incompleta de la persona no casada y no amada. Es una virtud sobria, sombría y sin vigor que reprime y niega mi sexualidad básica”.580 La persona célibe puede prescindir de la pasión de la libido, mas no de la pasión del eros, que es algo completamente diferente, como lo estableció Freud en sus últimos escritos, todavía no popularizados. La libido es el impulso biológico hacia el coito, un acto meramente físico. El eros, en cambio, es la pasión por la relación; es tanto el deseo de bien como el deseo de unión y comunión. Muchas personas creen erróneamente que la relación sexual ha de ser la única e inevitable conclusión de las diferentes expresiones de la sexualidad. Por eso en lugar de relacionarse de un modo creativo con los demás, el común de la gente sencillamente ha entrado en la corriente principal impersonal del impulso de Madrenaturaleza hacia la conservación biológica de la especie.

La persona célibe debe ser extremadamente creativa en el ejercicio de su sexualidad pues no es fácil llenar el vacío que crea la ausencia de una pareja. La continencia por sí misma no es dañina ni patológica, pero priva de unas gratificaciones que, cuando se viven de una manera armónica y positiva, constituyen un importante factor de equilibrio y felicidad. En la relación conyugal la soledad humana descubre su remedio más oportuno. “El encuentro definitivo con el otro, en todos los niveles de la existencia, es un remanso de fortaleza, dinamismo y bienestar. En medio de las dificultades y problemas queda un espacio reservado para recuperar la ilusión y la alegría”.581 Es el maravilloso sentimiento de que todo tiene sentido, porque la felicidad se hace posible con el cariño que se comparte y experimenta. Mark Twain lo expresaba muy bien al describir el epitafio de Adán sobre la tumba de Eva: “Donde quiera que estuvo ella, estuvo el Paraíso”.582

Por lo anterior podemos afirmar que si la persona célibe no alcanza la sublimación, en su interior se generará una tensión malsana. El individuo no podrá realizarse puesto que su elección no va de acuerdo con sus anhelos más profundos. Tanto en el aspecto humano como en el religioso quedará frustrado y descontento. Lo mismo puede suceder en la pareja. Como veíamos en la sección anterior el matrimonio no es necesariamente la única realidad que expresa la imagen de Dios. Cualquier acto humano realizado por amor hacia el prójimo refleja esa imagen. La vida célibe, en la cual se trata de entregar el cuerpo directamente al amor de Dios, sin intermediarios, también refleja la imagen de Dios. Una prueba de esto es su fruto, pues el célibe por encima de todo nos enseña que el amor de Dios llega hasta nuestros cuerpos y toma posesión de ellos. Tanto la vida célibe como la conyugal exigen una renuncia. La ascesis del matrimonio, similar a la del celibato, es la santificación forjada por la vivencia con el ineludible otro, que siempre está con nosotros.

6.4.5 La persona gay y el celibato

Tomando en consideración la grandeza de la vocación a la vida célibe, ahora cabe preguntarse si todas las personas lesbigay tienen este llamado tan especial. De antemano no podemos presumir que las personas orientadas al mismo sexo sean más capacitadas para asumir el estilo de vida célibe, ni que las heterosexuales sean más inclinadas a las relaciones románticas y genitales. Por esto, algunos encuentran difícil de reconciliar el celibato obligatorio de los gay con la teología cristiana. El profesor Daniel C. Maguire argumenta que, según la teología católica, el celibato es un “don precioso de Dios”, otorgado sólo a ciertas personas. Sin embargo, pareciera que en la Declaración del Vaticano sobre ciertas cuestiones de ética sexual (1976): “el don precioso se convierte en una norma y un requisito necesario para la salvación en el caso de los homosexuales... Para los heterosexuales la Declaración recuerda el consejo práctico de San Pablo de que es mejor casarse que quemarse”. Pero para los homosexuales como grupo, “No hay otra alternativa a la de quemarse... a menos que, por supuesto, todos ellos estén dotados carismáticamente con el precioso don del celibato”.583 Por tanto, Maguire señala que el Vaticano es más estricto con los homosexuales que con los heterosexuales.

No se puede descartar que muchas personas lesbigay posean el carisma precioso de la virginidad y el celibato, pero ¿qué sucede con aquéllos que carecen de él? La llamada hacia una vocación particular usualmente no se presenta en forma de visiones o de voces, sino por la acumulación de circunstancias particulares. Así, el ser mujer puede contribuir a la vocación a la maternidad, o el ser gay a una vocación al celibato. Sebastian Moore insiste: “los verdaderos célibes son escasos”.584 El determinar a priori la vocación de una persona, no tiene en cuenta las circunstancias particulares sino que hace caso omiso de ellas.585 Para el que no posee la vocación célibe “la abstinencia sexual reprime el eros sin transfigurarlo”.586 Si el celibato es asumido como una autoafirmación de la sexualidad y no como un auto- rechazo de la misma, si es asumido en aras de la fidelidad integral, y no como una búsqueda ansiosa de la virtud personal, entonces tal celibato debe ser afirmado y celebrado. Pero, para aquellos que no tienen vocación para el matrimonio, y sin embargo no tienen tampoco la capacidad para el celibato absoluto, ¿qué orientación les puede ofrecer la iglesia?

6.4.6 Líneas de acompañamiento pastoral para las personas gay célibes.

Aceptación de la propia sexualidad

En primer lugar debemos decir que si una persona gay siente el llamado a la vida célibe ante todo debe reconocer y aceptar su propia orientación sexual. La experiencia ha demostrado que el admitir y asumir la propia sexualidad es el primer paso para abrazar la vida célibe. Puede irse más lejos si aceptamos la verdad de lo que somos. Si logramos este nivel, podemos escoger los comportamientos que satisfagan la necesidad de intimidad con nosotros mismos, con Dios y con los otros. Al integrar todo lo que está en nuestro interior, incluyendo las dimensiones sexual y espiritual, podemos desarrollar la capacidad para amarnos a nosotros mismos, a los otros y a Dios.

Es vital que todos los cristianos reconozcamos la importancia salvífica de los deseos corporales. Esto no quiere decir que los cristianos tengan que obrar genitalmente según sus deseos sexuales en orden a la salvación. Pero tanto el matrimonio como la vida célibe implican que el deseo sexual sea guiado por una honesta práctica de ascesis. “Mortificar la carne para mortificar el eros es desecar peligrosamente al ser humano”.587 La sexualidad no puede dejarse de lado, debe ser asumida y transfigurada. “Cuidado con despreciar el sexo en tu búsqueda de Dios. Cuidado con el neoplatonismo. Esto no es cristiano”.588 Como rezaba el antiguo proverbio cristiano, lo que no es asumido no es redimido. El cuerpo es el camino de la creatura hacia el Dios Trino, pues Dios tomó un cuerpo en Jesucristo para allanarle el camino.

Para que el crecimiento espiritual alcance su plenitud, la persona célibe debe aceptar su deseo sexual no como un desorden natural, sino como un don de Dios mismo, digno de retornarse a Dios y a los hermanos. Si bien es cierto que el deseo debe transformarse al cambiar su objeto de un bien humano creado por un bien divino, lo que se debe buscar es el perfeccionamiento de la naturaleza y no su rechazo. De otra manera el cristiano se convertiría en un maniqueo. Por esta razón la persona gay debe reconocer y aceptar su deseo corporal antes de responder positivamente al llamado de Dios. En síntesis, el celibato por el reino no suprime el deseo corporal, sino que lo eleva y lo asume en el amor de Dios, sin necesidad de rechazarlo, reprimirlo ni calificarlo como pecado.

Las relaciones humanas de la persona célibe.

Cuando una persona sigue el llamado a la vida célibe está renunciando a ciertos comportamientos genitales y románticos, pero no por ello deja de tener necesidad de intimidad. Si se reprimen los deseos biológicos y los impulsos bio-psicológicos llegará el momento en que dichos impulsos explotarán como una bomba de tiempo. Ser completamente humano y célibe es tomar conciencia de la llamada y el desafío a dejar que la sexualidad se ponga al servicio de la espiritualidad. Esto significa que la fidelidad del célibe a Cristo sólo es posible si está dispuesto a renunciar a los fútiles intentos de controlar las relaciones con los otros. Por ello debe obrar con delicadeza irradiando paz y gozo, dando testimonio del amor redentor y transformante de Dios por todas las personas.

La virtud de la responsabilidad, que favorece el don de la generatividad espiritual, debe ser otra de las características de la persona célibe. Esta generatividad significa que, aunque no se ejerza la paternidad o la maternidad biológica, la persona célibe debe dar vida y estar al servicio de la vida. En cuanto a las relaciones humanas, esto exige la actitud de quien se acerca para tocar al otro sin aplastarlo, apagando todo intento de manipulación. Se trata de una disponibilidad para recibir los dones de Dios y entregarlos a los otros, sirviéndoles de apoyo firme en sus dificultades y sabiendo cuándo dejarlos ir con suavidad. Esta es la actitud distintiva de Jesús, que debe ser imitada por todos sus seguidores y en especial por los célibes.

Además de las relaciones que se dan con todas las personas que la rodean, la persona célibe también necesita establecer amistades profundas e íntimas con algunas de ellas. Estas relaciones especiales tienen sus propias reglas. La intimidad necesita tiempo para crecer y necesita ser nutrida por las dinámicas de auto-revelación y auto-conocimiento en la escucha del otro. Una amistad profunda puede empezar en cualquier momento y cada relación íntima tiene su propia historia. Toda intimidad incluye el tomar conciencia de que soy conocido y aceptado por el otro porque me he revelado a él tal como soy.

La verdadera intimidad implica, en primer lugar, haber alcanzado una armonía interior de la totalidad de mis pulsiones, y en segundo lugar mostrar una fina sensibilidad hacia la otra persona y sus necesidades afectivas para no abusar de su individualidad. La persona célibe que ha logrado integrar en sí misma las fuerzas contrarias masculinas y femeninas descubrirá la verdad de la afirmación de Erich Fromm, según la cual “la capacidad de estar solo es la condición para la capacidad de amar”.589 La amistad no es auténticamente fructífera, si antes no se ha aprendido a saborear la soledad. Hay que atravesar el desierto del celibato antes de gozar con la tierra prometida de la amistad.

Por último, la intimidad también exige un cierto grado de contacto físico. En la actualidad, la abrazoterapia ha revaluado la gran importancia del acercamiento estrecho entre los seres humanos. Antiguamente, en la espiritualidad para las personas religiosas o célibes se enfatizaba mucho la necesidad de evitar toda “ocasión de peligro”. No se permitía abrazar, ni besar, ni tocar nunca, porque permitirlo sería consentir en el acto completo que estos gestos anuncian. ¿No será esta rígida concepción algo muy diferente del amor que Jesús vivió? ¿Podríamos decir que su amor era completamente sensible y espontáneamente táctil, pero no se quedaba en el mero contacto material, sino que se centraba en la intimidad de toda la persona? ¿No sería que el Señor saboreaba cada expresión de la comunicación, física o espiritual, como un fin en sí misma, sin que tuviera que ser considerada como un preámbulo de una acercamiento genital o de cualquier otro tipo?

Fray Timothy Radcliffe O.P. , maestro general de la orden de los predicadores desde 1992, en su carta “Promesa de Vida”590, dirigida a toda la orden el miércoles de ceniza de 1998, analiza con gran sentido humano la problemática de las amistades en la vida religiosa. En esta carta, recuerda las palabras que decía un anciano dominico en un capítulo realizado muchos años antes: "No tengo nada contra las amistades particulares, es a las enemistades particulares a las que me opongo". También trae a colación el caso de Thomas Merton, un cisterciense americano que, estando en el ápice de su fama como escritor espiritual, se enamoró perdidamente de una enfermera que lo había cuidado en el hospital. Y escribió en su diario que estaba "atormentado al darme cuenta de que estábamos enamorados y yo no sabía cómo podría vivir sin ella".591 Como dice Otelo enfrentado a la pérdida de su amada Desdémona, "en ella había refugiado mi corazón, en ella tengo que vivir o no tener vida, ella es el manantial del que brota mi corriente, porque si no se seca". El biógrafo de Merton dice que, finalmente, su experiencia de haberse enamorado le dio "una liberación interna que le confirió un nuevo sentido de convicción, de despreocupación y de indefensión en su vocación y en lo más profundo de sí mismo".592

Peligros de la vida célibe

No se puede negar la pobreza sicológica de algunos célibes quienes, por las condiciones concretas en que han vivido, no han sabido evolucionar hacia una maduración afectiva. En estas personas se presentan conductas que revelan manías, compensaciones, reacciones infantiles, lejanía e insensibilidad ante problemas humanos, además de otras múltiples manifestaciones propias de alguien que no ha desarrollado su riqueza interior y su mundo sensible y afectivo. El peligro radica en que la falta de alimentación afectiva termine provocando una anemia psicológica que convierta al célibe en alguien frío, indiferente, insensible y cerrado sobre sí mismo.

Ser célibe implica, en el fondo, la aceptación de un cierto vacío o soledad que nada ni nadie llega a suplir, ni siquiera la vivencia más profunda y cercana de Dios, la cual se mueve en otras coordenadas diferentes. La libido insatisfecha puede encontrar otras salidas, ajenas incluso al ámbito sexual. No se anda mendigando el amor para llenar los huecos afectivos, pero se intenta suplirlo con otras múltiples indemnizaciones que alivian su ausencia. Entonces surge el apego a pequeñas riquezas, el ansia de posesión y la avaricia, el deseo de dominar e influir sobre los otros, o la necesidad de sentirse admirado, consultado e influyente.

En uno de sus artículos, el P. Donald Goergen, dominico norteamericano, afirma: “El celibato no da testimonio de nada. Los que dan testimonio son los célibes. Dan testimonio del Reino si se muestran como personas cuya castidad los libera para vivir.593 "Si formo parte de una sociedad de consumo, defiendo el capitalismo, tolero el machismo, creo que la cultura occidental es superior a las demás, y soy célibe, estoy dando simplemente testimonio de lo que defendemos: capitalismo, sexismo, arrogancia occidental y abstinencia sexual. La última, en este contexto, es muy poco significativa y comprensiblemente cuestionable".594

El celibato mal entendido también puede conducir a un narcisismo egoísta. El asumir que todas mis fuerzas interiores están integradas armónicamente puede llevarme a un narcisismo idealista que pretende ignorar otras zonas más ocultas y encubiertas de mi alma. En el fondo del ego siempre queda algún impulso sin pacificar, que se rebela y protesta ante las continuas exigencias impuestas por la dura renuncia. La persona célibe puede ceder a la tentación de ignorar los deseos, tendencias, ilusiones, curiosidades y anhelos más profundos, para evitar el despertar sentimientos de culpa que podrían destruir la tranquilidad de conciencia que se quiere mantener a toda costa. Por tanto, hay que superar el peligro de un narcisismo perfeccionista obsesionado por alcanzar la maduración plena. Esto podría conducir a la idealización de un cierto tipo de personalidad, un ídolo ante el cual se sacrifican los mejores esfuerzos y las mayores energías.

Por otra parte, también es necesario desmentir algunos mitos que se han creado en torno al celibato ( y que de igual modo se han atribuido injustamente a las personas gay). Existe una creencia popular según la cual el celibato es el origen del problema de la pedofilia. Se piensa que la carencia de una relación madura empuja a los célibes a buscar relaciones con menores de edad. Pero, como hace notar el Arzobispo Keeler, de la Conferencia Episcopal de USA, la mayoría de los abusos de menores son perpetrados por personas casadas. Sólo el 1.2 % de estos casos se atribuye a sacerdotes. 595

La persona célibe ante el compromiso político

La persona célibe, que está libre de la carga del sostenimiento de una familia, debe estar dispuesta a cargar con la responsabilidad de tomar posición abiertamente y actuar a favor de la justicia, la paz y la compasión, cuando estas exigencias sociales han sido violadas. Pero la lucha por la justicia deberá ser tomada con mucha reflexión, oración y sabiduría, anticipando de manera realista las posibles consecuencias. En ocasiones puede ser más prudente guardar silencio que hablar, dar testimonio de los valores por la vivencia de ellos más bien que predicándolos. Se puede tomar el ejemplo de cristianos célibes como Sören Kierkegaard, Dag Hammrskjöld, Edith Stein, y Flannery O’Connor. Su celibato los hizo especialmente disponibles para dar testimonio de Jesús en los campos filosóficos, políticos y educativos.

El celibato, con la ayuda de la gracia de Dios, puede generar una espiritualidad gozosa orientada hacia el servicio eficaz en la iglesia y la sociedad. La libertad del célibe lo capacita para experimentar la gracia de no tener que preocuparse por muchas situaciones que angustian a los casados, poniéndose totalmente bajo el amparo de Dios. A la vez, la persona célibe debe sentir que la dependencia de la misericordia divina la hace más interdependiente con los demás.

Algunas claves prácticas para la orientación espiritual

Ante todo debemos advertir que, con respecto a la vida célibe, la función del acompañante espiritual, no es la de imponer su criterio en un sentido o en el otro, sino ayudar a la persona a discernir su vocación personal. En este discernimiento juega un papel esencial la oración profunda. Vivir una vida célibe no tiene ninguna razón y no puede ser sostenida por nadie que no tome su tiempo de manera regular para permitir que Dios lo descubra y para que el espíritu de Dios lo toque y lo motive.

En la práctica pastoral de la parroquia es muy importante que se tenga en cuenta la presencia de las personas célibes, que tan frecuentemente son ignoradas, mientras se exaltan continuamente los valores de otros grupos como los jóvenes o los matrimonios. Por ejemplo, cuando se anime a los fieles a orar por la gracia de ser fieles a la vocación de Dios en su vida, hay que asegurarse de incluir referencias a la vida célibe, tanto como a la conyugal. También es importante establecer grupos de apoyo para personas gay célibes, como la organización “Courage”, a la cual aludíamos en el capítulo anterior.

Es preciso enfatizar el modelo de Jesús, su capacidad para tener cálidas amistades con hombres y mujeres, su llamada a cada persona singular para comprometer su vida en la vivencia de los valores evangélicos, de manera amorosa, no violenta y no manipuladora. Por ejemplo, se puede fortalecer la fe de los jóvenes adultos solteros gay por medio de conferencias espirituales, retiros dirigidos, y sana doctrina, para que desarrollen un concepto más amplio de la sexualidad, de modo que no limiten sus necesidades relacionales a la “intimidad instantánea”, o a la mera genitalidad. Además, se deben analizar las dificultades presentadas por las elecciones de tipo ético y la llamada a conformarse con las enseñanzas de la escritura y de la tradición cristiana.

Por otra parte, hay que acoger en la comunidad sin discriminación no sólo a los célibes por virtud, elección, o en tránsito hacia la vida conyugal o religiosa, sino también a las personas que se encuentran de pronto abocadas a llevar una vida célibe debido a circunstancias que escapan a su control, como en el caso de la muerte de su cónyuge. Es importante enfocar con franqueza, a través de los foros públicos o de la consulta privada, las situaciones sexuales, sociales y espirituales, relacionadas con el desprendimiento de la persona gay de su familia de origen, dando especial atención a las personas cuyas relaciones de pareja se han terminado.

En este punto vale la pena aclarar que la utilidad de las etiquetas en el área de la sexualidad es muy escasa dado que estas etiquetas han sido a veces politizadas, en el mal sentido de la palabra. Las etiquetas sexuales más conocidas son las que se relacionan con la orientación: heterosexual, homosexual, bisexual, etc. El empleo de una de estas etiquetas en ocasiones puede ser dañino, ya que puede estar influenciado o distorsionado por el nivel de conciencia en el cual la persona se encuentre. Sin embargo, hay que reconocer que en otras ocasiones es necesario especificar la orientación sexual en aras de mantener una necesaria visibilidad que confronte la ignorancia discriminatoria, por la cual se pretende ocultar aquello que resulta extraño o diferente. En todo caso, se deberá tratar de evitar la formación de guetos.

6.4.7 Conclusiones

En cuanto a las enseñanzas de las Escrituras debemos tener en cuenta que en el Israel antiguo el objetivo fundamental de la familia era el tener el mayor número de hijos para defenderse de los enemigos y para trabajar la tierra y los ganados. Por ello el celibato, lo mismo que cualquier actividad sexual no reproductiva, era considerado como una negación de la auténtica humanidad. El relato del incesto de las hijas de Lot nos muestra hasta qué punto llegaba la desesperación de las mujeres que pensaban quedarse sin descendencia. Su caso nos muestra hasta qué extremos pueden llegar las personas cuando una costumbre social se absolutiza. Nuestra concepción humanista nos enseña que la reproducción no lo es todo cuando se habla de sexualidad. Por esto decía el padre de Samuel a su esposa estéril: “ ¿acaso no soy para ti mejor que diez hijos? (1 Sm 1, 8). Además, hoy en día el problema de la superpoblación nos hace más conscientes de la necesidad de limitar los nacimientos por medio de un ejercicio responsable de la sexualidad. Paul Evdokimov, destacado teólogo de la iglesia ortodoxa, escribe: “tanto la preservación de la especie, como el placer sexual egoísta, reducen el cónyuge a un mero instrumento y destruyen la dignidad humana”.596

Como podemos ver en la historia de Jacob con sus esposas Lía y Raquel, en el pensamiento bíblico patriarcal, la mujer estéril podía tener hijos con su esposo a través de su esclava. Estos hijos se consideraban parte del matrimonio con plenos derechos. El modo de pensar de los actuales moralistas del Vaticano es muy diferente. Por ello el catecismo de la iglesia católica reprueba la inseminación artificial incluso con el semen del propio esposo “porque se disocia el acto sexual del acto reproductor” (Nº 2377). Parece que para los teólogos de la Congregación para la Doctrina de la fe, lo fundamental no es el don de los hijos, sino la identificación entre sexualidad y reproducción. Este ejemplo nos muestra que existe un abismo conceptual entre la visión de la familia en el AT y la que tenemos en el S. XXI. Las soluciones que ofrece la Escritura a los problemas de esterilidad del matrimonio nos invitan a ser creativos en la actualidad en la búsqueda de respuestas a los problemas que nos plantea la multiformidad de la sexualidad.

Por lo que se refiere a la perspectiva sobre familia y sexualidad en el NT, podemos destacar que Jesús nos muestra una gran revalorización de la mujer, asumiendo frente a ella posturas completamente revolucionarias en el contexto patriarcal de su época. Por el contrario, Pablo es mucho más tradicional en su visión, volviendo a una sumisión total de la mujer al hombre tanto en la familia como en la iglesia. La enseñanza que podemos extraer de este hecho es que lo mismo que en el AT en el NT existe un gran pluralismo de ideas que se mezclan para dar lugar a concepciones a veces contradictorias, las cuales a su vez llegan a convertirse con el tiempo en ideas tradicionales, que también deben evolucionar.

La visión de la sexualidad en los Padres de la Iglesia y en la teología escolástica queda sintetizada en el pensamiento de Santo Tomás. El Aquinate expone: “Si por la virtud de Dios se concediera a alguien la gracia de no sentir placer desordenado en el acto de la procreación, incluso en este caso ese tal transmitiría el pecado original al hijo. Porque el placer sexual que transmite el pecado original no el que se presenta en un determinado momento, sino el que es habitual en la condición humana y se da en todas las personas”. 597 Joseph Fuchs cita una serie de palabras utilizadas por Tomás para referirse al acto sexual: “ Suciedad (inmunditia), mancha (macula), repugnancia (foeditas), depravación (turpitudo), deshonra (ignominia)”. “Tomás estaba en la cadena de una larga tradición... De ahí que no pudiera resultarle fácil sostener una doctrina más libre”.598 Partiendo de un concepto tan negativo del placer sexual no es extraño que la tradición eclesiástica exaltara tanto la virginidad y el celibato. El gran problema en la iglesia actual es a menudo la mentalidad de algunos de sus líderes célibes, todavía deudora de la concepción monástica de la soledad. Por el contrario, en términos paulinos la iglesia era concebida como una comunidad, como la intimidad entre esposos. Por tanto, los que conforman la iglesia deberían tener más bien una mentalidad nupcial.

Por otra parte, hay muchas reflexiones muy positivas que se pueden plantear con respecto a estos preciosos dones de la iglesia. De entrada debemos afirmar que existen tres características positivas del celibato: 1º. Debe ser una elección libre por la cual se responde a una vocación personal; 2º. La elección debe ser motivada esencialmente por una razón positiva; 3. La decisión implica una elección de abstenerse de relaciones genitales durante toda la vida. Además, hay tres condiciones esenciales para la vivencia célibe en plenitud: aceptar lo que significa el compromiso, reconocer la propia realidad y reconciliarse con las limitaciones personales.

El punto de partida tendría que ser la libre aceptación voluntaria de lo que significa la virginidad: la renuncia a la más bella y profunda de las experiencias humanas. La renuncia al amor conyugal o al ejercicio del sexo no son por sí mismas determinantes de ninguna anomalía síquica o de conductas cercanas a lo patológico.599 Tampoco se puede afirmar que el matrimonio sea la terapia milagrosa para la curación de todos los conflictos. Lo que sí se puede decir es que ningún célibe puede ser maduro y equilibrado si no fuese capaz psicológicamente de hacer feliz a otra persona en el matrimonio. La virginidad no debería estar reservada para los fracasados en el amor por limitaciones personales, como tampoco debería casarse ninguna pareja por satisfacer ciertas necesidades o llenar ciertos vacíos.

También la amistad tiene una importancia extraordinaria en la vida célibe. Renunciar al matrimonio no equivale a cerrarse al amor. Quien no haya tenido una experiencia de amar ha perdido una posibilidad para madurar. Nadie alcanza un pleno equilibrio humano, por muy bueno que sea en el aspecto religioso, si no ha amado de verdad a una persona. Y esto supone una vivencia de afecto intenso que no es igual a un amor platónico. La sexualidad, a diferencia de la mera genitalidad, tiene que permanecer siempre como un dimensión santa de la vida de la persona célibe. Debe ser un don que se celebra, y no una fuente de vergüenza o de culpa.

La Hna. Janie Gustafson explica que “la pasión del celibato erótico implica una actitud tranquila hacia el otro que no trata de dominar ni de explotar”.600 Se trata de mostrar hacia el amado un respeto contemplativo, aceptando cada expresión de intimidad como algo completo en sí mismo y no como una etapa de preparación para el coito. “El amor contemplativo, al igual que la contemplación contemplativa, [...] no tiene una meta específica; no hay nada particular que haya que hacer para que tenga lugar (por ejemplo, no se propone como objetivo el orgasmo)”.601 Esto no quiere decir que todas las expresiones de la conducta erótica o romántica sean siempre apropiadas y morales para una persona célibe. Pero sí sugiere que toda relación humana debe estar inspirada por un amor sereno y libre de segundas intenciones, independientemente de que seamos personas célibes o estemos comprometidos en una relación de pareja. El remedio para la soledad no consiste en lanzarse como un mendigo hambriento a la búsqueda de alguien que llene el vacío interior. Cuanta mayor es la urgencia, tanto más se dificulta un encuentro verdadero, puesto que se puede actuar con ligereza.

La espiritualidad del celibato puede expresarse como un camino que nos lleva a conectarnos con el Trascendente, pasando por encima de las diferencias de género, para unirnos a Jesús cumpliendo de manera radical con las duras exigencias del reino. No debemos olvidar que el celibato es un entregarse a la Totalidad , un don que los seres humanos ofrecen a la iglesia. Esto implica unas relaciones humanas respetuosas, modeladas en la capacidad de Cristo para la amistad y en su vocación al amor que incluye a todas personas y en especial a los marginados. Además, la vocación al celibato, que asume la esterilidad de no perpetuarse en la descendencia, nos habla de una victoria distinta sobre tantas muertes (frustraciones) prematuras. Hay una plenitud por encima que mantiene la esperanza incólume: toda muerte es semilla de un futuro mejor.602

Sobre el tema de la disposición de las personas gay para el celibato, debemos recordar el proverbio latino: Latet periculum in generalibus, el peligro asecha en las generalizaciones. Según los argumentos tradicionales antiguos todas las mujeres estarían llamadas a la crianza de los hijos (como madres), las personas negras al servicio (como esclavos) y las personas gay al celibato. Sin tener en cuenta las circunstancias particulares, se consideraba que ésta era la vocación particular y propia de esos grupos Sin embargo, con frecuencia encontramos en la Biblia que Dios se deleita con la subversión de los prejuicios tradicionales acerca de los grupos. Por ejemplo, los sordos son quienes oyen, los ciegos quienes ven, los cojos quienes danzan de gozo, los estériles quienes conciben, y los eunucos quienes entran en el reino de los cielos.

Homosexualitatis Problema No. 12 tiene una advertencia muy positiva para cualificar el llamado de las personas gay a la castidad cuando afirma: “La cruz constituye ciertamente una renuncia de sí, pero en el abandono en la voluntad de aquel Dios que de la muerte hace brotar la vida y capacita a aquellos que ponen su confianza en él para que puedan practicar la virtud en cambio del vicio”. El celibato y la virginidad no tienen pues un carácter negativo de renuncia estéril, sino que deben poseer una fecundidad que supera todas las limitaciones humanas. Sebastian Moore, en su obra “Jesus, the liberator of desire”, hace unas interesantes reflexiones en torno a la forma como debemos interpretar en términos cristianos actuales la idea paulina de crucificar nuestra carne. “La crucifixión de Jesús con sus consecuencias neumáticas es la liberación final del deseo en la unión divina hacia la cual tiende todo deseo... Es debido a que no comprendemos el deseo y lo igualamos con el egoísmo, que consideramos la cruz de Cristo como algo opuesto a él. El verdadero deseo sale fortalecido por la cruz, pues ésta nos lleva a la muerte que a su vez implica la liberación total de ese deseo. La muerte es la muerte de nuestro ego actual, cuya perpetuación es la obra del egoísmo que se hace pasar por deseo”.603 En la misma línea, refiriéndose a la vocación cristiana Paul Evdokimov dice: “Es posible que la mayor ascesis no sea la renuncia al yo, sino la autoaceptación total”.604

Por último, no podemos concluir esta sección acerca del celibato gay sin aludir aunque sea de pasada al delicado tema de homosexualidad en la vida religiosa. Quizás el tratamiento más serio y sincero de esta espinosa realidad lo encontramos en los documentos de los capítulos generales de la orden Dominica (precisamente la de S. Alberto y Sto. Tomás), y en especial, en la carta “Promesa de Vida”, citada anteriormente. En esta carta, el P. Radcliffe dice: “Se necesita una gran delicadeza para no escandalizar ni herir a hermanos y hermanas. En algunas culturas, la admisión a la vida religiosa de gente con orientación homosexual es virtualmente impensable. En otras, se acepta sin problemas. Todo lo que se escribe sobre este tema corre el riesgo de ser escudriñado para ver si se está "a favor" o "en contra" de la homosexualidad. Y aquí está el error. No nos corresponde a nosotros decir a Dios a quién puede o no llamar a la vida religiosa. El Capítulo General de Caleruega afirmó que hay que aplicar a todos los hermanos, de cualquier orientación sexual que sean, las mismas exigencias de castidad y, por tanto, nadie puede ser excluido por esa razón”.605

Sin embargo, hay que advertir que el compromiso célibe es posible para aquellos que se orientan a su mismo sexo o al otro sexo, pero excluye a los individuos que siendo homosexuales o heterosexuales, hacen de esto lo fundamental de su vida. “El hermano que hace de su orientación sexual un elemento central de su identidad pública se está equivocando sobre quién es en lo más profundo de sí mismo. Se parará al borde del camino, siendo así que está llamado a caminar hasta Jerusalén. Lo fundamental es que podamos amar y ser hijos de Dios, no hacia quién nos sentimos atraídos sexualmente”.606


1 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Carta sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales. Madrid: Palabra, 1997. p. 15

2 NATIONAL CONFERENCE OF CATHOLIC BISHOPS. To Live in Christ Jesus: Pastoral Letter on Moral Values, citado por GRAMICK, Jeannine y NUGENT, Robert. Voices of Hope. New York: Center for Homophobia Education , 1995. p. 10

3


 CONGREGACIÓN PARA LA DOCRINA DE LA FE. Declaración acerca de ciertas Cuestiones de Ética Sexual En: VOLK, Hermann et. al. Algunas Cuestiones de Ética Sexual. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1976. p. 13-14

4 Ibid, p. 13-14

5 Ibid, p. 13-14

6 Catecismo de l.a Iglesia Católica. Bogotá: S. Pablo, 1999. p. 770-771

7 El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ya ha incluído este término en sus últimas ediciones, tal como aceptó la palabra fútbol como sinónimo de balonpié.

8 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Carta Sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales. Madrid: Palabra, 1997.


9 CURRAN, Charles E. Is there Any good news in the Recent Documents from the Vatican about Homosexuality? Address delivered after receiving the Bridge Building Award from new ways Ministry En: GRAMICK, Jeannine y NUGENT, Robert. Voices of Hope. New York: Center for Homophobia Education, 1995. p. 159

10 Baste con citar al fundador del método empírico en la filosofía, Francis Bacon.

11


 CANTARELLA, Eva. La Bisexualidad en el Mundo Antiguo. Madrid: Akal Universitaria, 1991. p.79

12 JENOFONTE, Symposium 8,2, citado por CANTARELLA, Op. Cit., p. 80

13 PLATÓN. Menón 76c. En: -------- Obras Completas. Trad. Luis Gil. Madrid: Guadarrama, 1969

14 Ibid, Alcibíades I 131c

15 Ibid, Symp. 181b

16 Ibid, Symp. 189d-192e

17


 Ibid, Leg. 636c

18 Aristóteles. Et. Nic. VII, 6, 1148b En:-------- Obras. Madid: Aguilar Sociedad de ediciones, 1973.

19 Ibid, Et. Nic. VII 5, 3-5

20 Ibid, Quaestiones IV, 26

21 Ibid, Política. 1972

22 STO. TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. 1ª2ª 31.7 Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1956.

23 Ibid, 1ª. 92.1

24STO. TOMÁS DE AQUINO. Suma Contra Gentiles. 3.126 Madrid: BAC, 1959.

25 GREENBERG, David F. The Construction of Homosexuality. Chicago: University Press, 1988.


26 SPENCER, Colin . Homosexuality in History. New York: Harcourt Brace &Co., 1995. p. 222

27 Ibid, p. 223

28 WITTGENSTEIN, Ludwig . Culture and Value. Chicago: University Press, 1980. p. 20

29 Ibid, p. 23

30 Ibid, p. 21

31 Ibid, p. 46

32 LEVI, A.W. The Biographical Sources of Wittgenstein Ethics. En: Telos. Londres. No. 38 (1979); p. 73-76

33


 Ibid, p.73

34


 BARTLEY , W.W. Wittgenstein. Madrid: Cátedra, 1982.

35


Ibid, p. 189

36 STEINER, Robert et. al. Homosexualidad, Literatura y Política. Madrid: Alianza, 1982. p. 17


37 MILLER, James. The Passion of Michel Foucault. New York: Anchor Books, 1994.

38 BEACH, Franck y FORD, Clellan. Conducta Sexual (Desde los Animales Inferiores hasta el Hombre) Barcelona: Paidos, 1987.

39 Ibid, p. 126

40 Ibid, p. 148

41 Ibid, p. 162

42 ARCHIVES OF BEHAVIOUR. Berlín. Vol. II, No. 5 (1982) p. 445-449

43 Ibid, p. 446

44 AGUILAR, Enric. Hacia una Sexología de la religión Barcelona: Herder, 1982 p. 14

45 Ibid, p. 33

46 BEACH, Franck y FORD, Clellan. Op. Cit. p. 162

47 BAGEMIHL, Bruce. Biological Exuberance, Animal Homosexuality and Natural Diversity. New York: St. Martin’s Press, 1999.

48 DE WAAL, Frances Peacemaking Among Primates. Cambridge: Harvard University Press, 1989.


49 ARDILA, Rubén. Homosexualidad y Psicología Bogotá: Ed. Manual Moderno, 1998. p. 104

50 Ibid, p. 106

51 WEINRICH, J.D. y WILLIAMS, W.L. Strange Customs, Familiar Lives: Homosexualities in the Other Cultures. Newsbury Park, CA: Sage, 1991. p. 59

52 RUBIN, Gayle. Thinking Sex. New York: Routledge, 1993. p. 36

53 PADGUG, Robert. Sexual Matters Hidden From History. London: Penguin, 1989.

54 Ibid, p. 55

55 TRIPP, C.A. The Homosexual Matrix. London: Quarter Books, 1977.

56 Ibid, p. 83-99

57


 GREENBERG, Op. Cit., p. 32

58 SCHONFIELD, Michael. Aspectos Sociológicos de la Homosexualidad. Barcelona: Fontanella, 1977. p. 283

59 Ibid, p. 285

60 LEDESMA, Jorge. La Luz Gay. Buenos Aires: Beas , 1993. p. 167-168

61 CROMPTON, Louis. Gay Genocide. New York: Norton, 1977.

62 REICH, Wilhelm La Lucha Sexual de los Jóvenes. México: Roca, 1974. p. 83

63 Ibid, p. 87

64


 BELL, Alan P. Y WEINBERG, Martin S. Homosexualidades. Madrid: Debate, 1978.

65 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Carta Homosexualitatis Problema. p. 21

66 Ibid, p. 21

67


 BELL y WEIBERG, Op. Cit., p. 47

68 SHINNICK, Maurice. This remarkable Gift: Being Gay and Catholic. Sidney: Allen & Unwin, 1997.

69 HITE, Shere. The Hite Report on the Family. London: Bloombury, 1994. p. 288-332

70 REVISTA SEMANA. Bogotá. No. 904 (Sep. 1999); p. 56-73

71 ARDILA, Op. Cit., p. 75

72


 LORENZ, Konrad. Consideraciones sobre la Conducta Animal y Humana. Barcelona: Plaza Janés, 1976 p. 206

73 Ibid, p. 209

74 MANRIQUE, Pedronel. Homosexualidad: Modificación de la Conducta. Bogotá: Alcaraván, 1982. p. 120

75 ARDILA, p. 76

76 MARAÑÓN, G. La Evolución de la sexualidad y los estados Intersexuales. Madrid: Morata , 1930.

77 DÖRNER, G. Neuroendocrine Responses to Estrogens and Brain Differentiation in Heterosexuals, Homosexuals and Transsexuals. En: Archives of Sex Behaviors. Londres. No. 17 (1998); p. 57 – 76

78


 MASTERS, William y JOHNSON, Virginia. Homosexualidad en Perspectiva. Buenos Aires: Intermédica, 1979. p. 319-322

79 LE VAY, Simon. El Cerebro Sexual. Madrid: Alianza Editorial, 1995.

80 EL TIEMPO, Bogotá. (7, Nov., 1995); p. 8D.


81 BAILEY, J.M. y PILLARD, R.C. A Genetic Study of Male Sexual Orientation. En: Archives of General Psychiatry. Boston. No. 48 (1991); p. 1086 – 1096

82 LE VAY, S. y HAMER, D.H. Bases Biológicas de la Homosexualidad Humana. En: Revista Investigación y Ciencia. Buenos Aires. No. 214 (1994) p. 6 – 12

83 HAMER, D.H et. al. A Linkage Between DNA Markers on The X Chromosoms and Male Sexual Orientation. En: Science. New York. No. 261 (1993) p. 321 – 327

84 Ibid, p.326

85 BELL, Allan P. et. al. Sexual Preference: Its development in Men and Women. Bloomington: Indiana University press, 1981. p. 48


86

 TIME MAGAZINE, New York (12, Jun., 1995); p. 36


87 DÖRNER, Op. Cit., p. 103

88 COMWELL, John. Sexual Matters of the Mind. En: The Tablet. London (21, may., 1994); p. 6

89 SCOTT PECK, M. Un Mundo por Nacer. Bogotá: Circulo de Lectores, 1997. p.103

90 Ibid, p. 104

91 FOX, Matthew. On Becoming a Musical Mystical Bear. New York: Paulist Press, 1972.

92 SCOTT PECK, M., Op. Cit., p. 104

93 WILSON, Edward. On Human Nature. Cambridge: Harvard University Press, 1978. p.143

94 IHWO: International Homosexual Web Organization, 1998. En: Gay and Lesbian Catholic Handbook.
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