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(Más allá del principio de placer). En el acto de ponerse bajo la égida de su ilustre antecesor, paga ese vasallaje con una renuncia a una concepción original, que sólo redescubrirá arlos después. En efecto, esa absolutización de lo que corresponderá al narcisismo primario absoluto está presente desde el "Proyecto". Es el principio de inercia -y no el de constancia- el primero que Freud enuncia. La "tendencia originaria" del sistema neuronal a la inercia es el "rebajamiento de la tensión al nivel cero". Tendencia originaria que, para Freud, es la función primaria, cuyo objetivo es mantener el sistema en estado de no excitación. En cuanto a la constancia, obedece a la secundarización, comandada por la necesidad de mantener un mínimo de investidura.70 En este punto se debe tener bien en cuenta que Freud sólo habla de principio para el principio de inercia; y el mantenimiento de la excitación en un nivel constante no es elevado a la misma jerarquía. Sin embargo, Freud invoca con frecuencia el principio de constancia en sus cartas a Fliess ("Manuscrito D", mayo de 1894; cartas del 29 de noviembre de 1895 y del 8 de diciembre de 1895; "Manuscrito K", del 1o de enero de 1895), que son contemporáneas de la elaboración del "Proyecto". Por lo demás, la primera mención es anterior a la citada; la encontramos en Estudios sobre la histeria, 1893-95 71 Ahora bien, si el principio de constancia pertenece a Fechner, el principio de inercia es puramente freudiano. Esto significa que, en las menciones manuscritas o la correspondencia, sólo se trata de mantenimiento de la excitación en un nivel constante lo más bajo posible, mientras que en el intento de sistematización del "Proyecto", el afán de Freud por dar razón de los procesos en una teoría lo lleva a extremar sus hipótesis y preferir el principio que propende a alcanzar el nivel cero y no sólo "el nivel más bajo posible". Asistimos aquí al origen de una dualidad de principios cuyo orden de precedencia fluctuará en la secuencia de los escritos de Freud. Pero es preciso primero destacar su diferencia para comprender bien sus permutaciones o su fusión ulterior. El principio de inercia es fundamental para Freud,72 pertenece al orden de

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las metas primarias (como atributo del sistema neuronal primario). Debe su existencia a la propiedad del sistema neuronal de suprimir totalmente la excitación por medio de la huida, lo que, en cambio, es imposible en el caso de los estímulos internos. En función de esta imposibilidad, justamente, es preciso conformarse con la solución de mantener la tensión en su nivel más bajo. Freud, en este punto, llama secundaria a esta función.73

Observemos, a raíz de esto, las libertades que Freud, empeñado en escindir las funciones en primarias y secundarias, se toma con el punto de vista genético: es asaz evidente que las posibilidades de suprimir la excitación por medio de la huida son muy limitadas en un organismo joven, y que los estímulos más intensos y abundantes provienen sin duda de las grandes necesidades vitales, que, en buena lógica, deberían ocupar una posición de primacía. Pero Freud no se detiene en esta consideración. Lo que le interesa es centrarse en la eficacia o el logro de la operación de huida frente a la perturbación de los estímulos, e instituir esta configuración, a saber: inexcitabilidad-tensión-huida-anulación de la tensión-inexcitabilidad, como un modelo, es decir, en una perspectiva psicológica, como aspiración fundamental, aun si irrealizable en los hechos. He aquí la razón por la cual el mantenimiento de la tensión en el nivel menos elevado, y los recaudos frente a cualquier ascenso ulterior, son en ese momento de su pensamiento un segundo óptimo, como dicen los ingleses; una función secundaria. Es la diferencia a la que Freud parece renunciar después, en Más allá del principio de placer, cuando fusiona los dos principios en uno sólo. Es muy de su estilo esto de protegerse tras la autoridad de Fechner en el mismo momento en que da pruebas de la mayor audacia. Por el recurso de convertir al principio de constancia de Fechner en el regulador, respecto del cual el rebajamiento de la tensión al nivel cero no es más que un caso particular, desplazará un punto hacia adelante las relaciones primario-secundario. El carácter primario es atribuido al principio de constancia, del que derivará el principio de placer;74 y el carácter secundario, al principio de realidad.

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Así las cosas, es comprensible que ese cambio pueda dar lugar a una confusión. Es posible que uno dé en considerar equivalentes el aligeramiento de una tensión, que se produce con el retorno al reposo cuando es satisfecha una pulsión cuya insatisfacción generaba displacer, por un lado, y por el otro el estado de eliminación absoluta de la tensión, postulado en el modelo inicial, que hacía de la inexcitabilidad, es decir, la salida de circuito del sistema, su criterio absoluto. A poco que se observe, es notable la diferencia entre la inercia y el reposo, comparable a la que separa la noche de la oscuridad. Esta nueva trascripción es tanto más significativa cuanto que Freud ha de trasportar los nexos principio de constancia- principio de placer al registro de una relación entre un modelo teórico abstracto y su ilustración concreta,75 en lo que parece olvidar que la misma relatividad que invoca para la situación de placer, ya la había aplicado antes, al mantenimiento de la excitación en un nivel constante, con respecto a la extinción total de los estímulos, hacia la que tendería el principio de inercia. Pero reparemos en que este retroceso aparente coincide con la entrada en escena de la pulsión de muerte .76 Y a pesar

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de todo, un indicio muestra que es indeciso el relegamiento del principio de inercia a un segundo plano. En el último capítulo de Más allá del principio de placer, donde podemos conjeturar que Freud está en libertad de volver sobre el asunto, puesto que se ha librado de la preocupación de hacerse apadrinar, y ya declaró su pensamiento sobre la pulsión de muerte; en ese capítulo, entonces, leemos: "Y puesto que hemos discernido como la tendencia dominante de la vida anímica, y quizá de la vida nerviosa en general, la de rebajar, mantener constante, suprimir la tensión interna de estímulo (el principio de Nirvana, según la terminología de Barbara Low), de lo cual es expresión el principio de placer, ese constituye uno de nuestros más fuertes motivos para creer en la existencia de pulsiones de muerte" .77

Teoría de los estados y teoría de las estructuras

Tenemos entonces que las cosas han vuelto a su orden: el principio de Nirvana en definitiva tiende a suprimir las excitaciones, y el principio de placer no es más que su derivación. Así recupera sus derechos la primera teoría del "Proyecto" Y los reconquistaría de manera todavía más indiscutible unos años después, en los primeros párrafos de "El problema económico del masoquismo", donde Freud aclara considerablemente su concepción. Enuncia allí el divorcio entre el principio de Nirvana y el principio de placer, y prescribe la obligación de no confundirlos.78 El reparto de lo que a cada uno corresponde se opera así: "El principio de Nirvana expresa la tendencia de la pulsión de muerte; el principio de placer subroga la exigencia

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de la libido, y su modificación, el principio de realidad, el influjo del mundo exterior". La tarea de reducir las tensiones ya no compete al principio de placer (la idea de constancia desaparece en esta reformulación): esa tarea es ahora exclusiva del principio de Nirvana, mientras que la función del principio de placer se enlaza muy íntimamente con las "características cualitativas de los estímulos". Esto nos autoriza, en consecuencia, a postular que todos los estados que incluyen una característica afectiva, es decir el placer y sus formas derivadas (elación, expansión, o cualquier otra manifestación de ese registro), son ajenos al narcisismo primario absoluto.

Destaquemos sin tardanza que la enunciación de esta trinidad no infringe la regla epistemológica de Freud, quien mantiene todas las oposiciones dentro del marco de la dualidad. El principio de realidad no es más que un principio de placer modificado. De hecho, no queda otra solución que contemplar una doble problemática: oposición entre principio de Nirvana y principio de placer; y otra oposición, que circula más a menudo, entre principio de placer y principio de realidad. En efecto, en el texto, si bien Freud emplea los mismos términos para describir la trasformación del principio de Nirvana en principio de placer, por un lado, y por otro, la relación principio de placer-principio de realidad,79 no establece la coordinación entre las dos operaciones. No nos queda más salida que formular la hipótesis de que Freud no puede coordinar esas dos modificaciones como consecuencia de que ellas pertenecen a registros, a esferas radicalmente diferentes y que no toleran ser mezcladas ni fusionadas.

En su trabajo original sobre el narcisismo (1914), Freud designa aquello que acaso pudiera esclarecer esta doble problemática: "El individuo lleva (. . .) una existencia doble: es fin para sí mismo y eslabón de una cadena a la que está sujeto contra su voluntad, o al menos sin su concurso. El tiene a la sexualidad por uno de sus fines tangibles, mientras que otra perspectiva nos lo muestra como simple apéndice de su plasma germinal, a cuya disposición pone sus fuerzas a cambio de una prima de placer; es el portador de una sustancia quizás inmortal, como un mayorazgo no es sino el derechohabiente temporario de una institución que lo sobrevive".80 ¿Tenemos derecho a creer que sin menoscabo alguno se puede sacrificar el papel que Freud atribuye a la herencia de la especie, por entender que esta elaboración obedece a un romanticismo metabiológico del que

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deberíamos apartarnos por una exigencia, un reflejo de higiene científica? Es lícito encontrar anticuada la formulación freudiana, y decir que sus hipótesis sobre esta parte de la teoría son desafortunadas y discutibles. Pero es mucho menos lícito rehusarse al examen del fondo del problema, que en manera alguna es el papel de la especie, o de la herencia de los caracteres adquiridos, sino una doble problemática. La tendencia general del psicoanálisis actual es decididamente ontogenética; quizá su yerro consiste en no serlo lo bastante. Freud lo era en mayor medida, puesto que no se dejaba paralizar por una concepción lineal del tiempo. Pero se veía sin cesar remitido de una teoría de los estados, que no eliminaba de sí la parte descriptiva de formas clínicas, a una teoría de las estructuras, que creaba modelos, que si no se presentaban como convenciones puras, al menos lo hacían como elaboraciones de estos estados hasta los límites en que ellos mismos revelaban su función y su sentido en los más abstractos términos.

¿No es ejemplo de esto que decimos la oposición entre el principio de placer y el principio de Nirvana? Si Freud equivocó el rumbo con el principio de constancia, ¿no se debe a que esta idea estaba a mitad de camino entre una teoría de los estados -en este caso, el estado de placer- y una teoría de las estructuras, donde la constancia del nivel de excitación ocupaba una posición intermedia entre la extinción de la excitación y la elevación de la tensión interna? Si lo consideramos bien, advertimos que la teoría de los estados, engendradora de ese monstruo híbrido que es la fenomenología psicoanalítica, es, en último análisis, teoría de las manifestaciones del sujeto, pero no teoría del sujeto. Ahora bien, el conflicto, si ha de mantenerse en su puesto, será como conflicto "personalizado", según es costumbre decir hoy. En definitiva, se trata siempre del sujeto como ser de voluntad, que quiere o que no puede, que se permite o se prohibe, que aspira a algo o tiene miedo de algo. Así las cosas, no se comprende por qué un análisis que se llevara a cabo en esta perspectiva no conseguiría remover los obstáculos una vez que trajo a la luz y designó las coartaciones invisibles. Es fácil comprobar que la buena voluntad del analista, por más que se manifieste con lucidez y vigilancia, tiene pocos efectos mutativos. Si la concepción de una Entzweiung [división] del sujeto tiene alguna consistencia, no se la puede comprender en la oposición y la reconciliación de dos voluntades, sino como conflicto entre dos sistemas animados por dos racionalidades opuestas y obstinadas, rastreable hasta los efectos de la constitución del discurso, o hasta la enunciación misma (rastreable en la sutura y el corte de los elementos de un miembro del enunciado, y en la secuencia de estos), donde se reflejan las marcas del trabajo de esa división. La teoría de las estructuras procura establecer las condiciones de posibilidad del discurso; el ordenamiento de este permite aprehender al sujeto estrictamente en su trayectoria, como una realidad atestiguada por su funcionamiento. El sujeto, entonces,

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no se sitúa en una posición de modalidad,81 en que el índice, en el origen del enunciado, designara la operación del pensamiento, distinta de la representación que este se dispone a mentar; tampoco está al final de la frase, donde, terminado el enunciado, por vía regrediente se pudiera esclarecer todo lo que precede: es, en cambio, la operación por la cual hay enunciado.

No se crea que rechazamos por entero todo cuanto en el psicoanálisis depende de la teoría de los estados. Representa un primer nivel de la epistemología psicoanalítica, y los psicoanalistas no pueden evitar, en la comunicación silenciosa con sus analizandos, o con otros analistas, expresarse de este modo: él desea de hecho esto o aquello, dice en el fondo tal o cual cosa, revive de nuevo, etcétera. Pero esa inevitable fase de transición no se puede confundir con el grado de organización que da razón del proceso del análisis. La garantía del desenvolvimiento de este proceso es el silencio del analista, que en definitiva no tiene otro fundamento. El gran mérito del impulso que ha dado Lacan a este tipo de investigaciones está en mostrar dónde nuestras indagaciones psicoanalíticas, aun si respetan la intención estructural, remiten a organizaciones ya estructuradas.

El aparato psíquico y las pulsiones

Detengámonos en el aparato psíquico. No hay duda de que esta construcción se liga, en el pensamiento de Freud, con un modelo teórico situado en derivación sobre la línea que va del cerebro al pensamiento conciente, de suerte que instituye entre uno y otro una discontinuidad esencial. Ahora bien, a ese modelo Freud le otorga un espacio82 y un tiempo (puesto que menciona relaciones de anterioridad entre instancias). No se nos define de qué espacio y de qué tiempo se trataría, pero, siendo cuestión del espacio y del tiempo, uno opera una reintegración del aparato psíquico a un universo de representación prefreudiano si lo trata como a uno de esos múltiples organismos definidos por nuestro espacio y nuestro tiempo concientes. Por esta vía nos deslizamos hacia la pesquisa de una arquitectura, comprendida en el marco ontogenético. El aparato psíquico se convierte en una suerte de autocodificación, de construcción del sujeto por sí mismo.

Ese deslizamiento, ya lo habrá advertido el lector, tiende a retraer las dimensiones del aparato psíquico, y al cabo a superponerlas a las funciones del yo; con esto se desdeña la observación de Freud según la cual la experiencia individual, que el yo tiene la misión de

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recoger, sólo determina "lo accidental y el vivenciar actual".83 Es lógico concluir, entonces, que el efecto de estructuración ha de venir de otra parte si el yo está de ese modo comprometido en la instantaneidad del presente .84

Para no quitar a este aparato su valor metafórico, es preciso invertir la cuestión y, en lugar de tratar de averiguar a qué clase de aparato se puede reconducir la vida psíquica, preguntarse: ¿qué es un aparato en vista de una vida psíquica que sería su función? A estos principios que acabamos de considerar por extenso ¿se los debe entender como causas primeras originarias o como reguladores de funcionamiento? En la segunda hipótesis, se les quitaría todo poder "legislador" y ya nada justificaría su nombre de
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