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principios. En cambio, considerarlos causas primeras o, al menos la conceptualización de esas causas, equivale a discernir en ellos el fundamento último de toda organización psíquica. Ahora bien, un examen atento de la última exposición teórica sistemática -dogmática, llega a decir Freud, es decir, del Esquema, nos muestra que él admite en un pie de igualdad, con idéntica dignidad conceptual, la teoría de las pulsiones y los principios del funcionamiento psíquico. Aun los valores de la primera tópica (conciente, preconciente, inconciente) se ven reducidos a las cualidades psíquicas cuyo estatuto sólo se explica por referencia a la estructura del aparato psíquico, de la misma manera como el desarrollo de la función sexual —que es el origen de todo cuanto sabemos sobre Eros- está subordinado a la teoría de las pulsiones.85 Freud había entrevisto las dificultades de esas relaciones en el capítulo 7 de Más allá del principio de placer, cuando abordó -demasiado sucintamente, por desdicha- las diferencias entre función y tendencia. Nos dice, en particular, que el principio de placer es una tendencia que está al servicio de una función: "la de hacer que el aparato anímico quede exento de excitación, o la de mantener en él constante, o en el nivel mínimo posible, el monto de la excitación. Todavía no podemos decidirnos con certeza por ninguna de estas versiones, pero notamos que la función así definida participaría de la aspiración más universal de todo lo vivo a volver atrás, hasta el reposo del mundo inorgánico".86 Con este aserto anuncia todo un programa de investigaciones que nunca completará, por falta de tiempo, y en que se adivinan las relaciones entre principio y pulsión; se afirma

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aquí una contradicción, si no entre lo particular y lo universal, al menos entre lo personal y lo impersonal. Alcanzado ese punto, podemos conjeturar que los principios se sitúan en el cruce de las relaciones entre el aparato psíquico y la teoría de las pulsiones.87

Un principio es, en el seno de una pulsión, lo que permite volver inteligible un dispositivo (appareillage) de esta; gobierna su funcionamiento, y lo hace de una manera que en ningún caso se podría entender por referencia al influjo de una fuerza exterior a aquel, sino que encuentra su aplicación en los componentes de la pulsión. De esta suerte, la pulsión se despliega, se distribuye, se amplifica; la estructura del aparato (appareil) permite entonces articular en un sistema de relaciones sus elementos, primitivamente condensados en una forma cuasi tautológica. No se podría atribuir este efecto, por ejemplo, a la represión, operación que a su vez está sometida al principio de placer-displacer. La función "universal" de la pulsión se individualiza así en un sujeto particular, pero a condición de que este sujeto se le sujete a su vez, lo que únicamente se puede materializar en una "tendencia". No obstante, esta palabra no debe inducirnos a error: no es sinónimo de tentativa, sino de "tensión hacia". Y si el fin es algo absoluto inaccesible, eso absoluto se retraslada al esfuerzo de tensión.

Ahora bien, rara vez se examinaron en detalle las relaciones entre aparato psíquico y pulsiones. Es común hablar de la situación de las pulsiones en el ello88 (el ello como sede o reservorio de las pulsiones). Pero es menos frecuente que se traiga a la luz la articulación entre teoría de las pulsiones y aparato psíquico.

Es opinión general que la teoría del aparato psíquico representa el último grado de la teorización psicoanalítica, y en cierto sentido es cierto. Lo que en el primer nivel de la teoría, aquel que Freud designa

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como propio del individuo, del cual esa construcción refleja un tipo de organización. Sin embargo, para Freud la teoría de las pulsiones pone en juego eso ya estructurado, a que nos referíamos, y cuya articulación es organizadora de las condiciones de posibilidad del funcionamiento en que se revela un sujeto. Si uno se resiste a ver en esto, con Freud, una manifestación de la especie, es preciso por lo menos admitir eso desde siempre ya-ahi, ese montaje que nunca es asequible de manera inmediata, pero al que todo montaje remite. No es posible decir si las pulsiones son siempre para el aparato psíquico, o si el aparato psíquico es para las pulsiones. "Ya estructurado" no quiere decir que el modo de estructura sea idéntico en todos los casos. Y aun a esta heterogeneidad debe el sistema su interés.

El aparato psíquico representa la construcción que el juego pulsional permitiría hacer si fuera otra cosa que un funcionamiento agonista y antagonista. Pero, a la inversa, no tendríamos idea alguna de lo que pudiera ser la índole fundamental de ese agonismo y de ese antagonismo, si un aparato psíquico no nos lo representara. Adquiriremos quizá una idea más cabal de esas relaciones si recordamos la opinión de Freud según la cual las pulsiones actúan, en esencia, en las dimensiones dinámica y económica. No podrían tener localización, ni siquiera en el marco de un modelo abstracto, de convención.89 En cambio, el aparato psíquico se caracteriza por tener extensión en el espacio, es decir, por convertir los modos de trasformación que provienen del sistema dinámico económico (más adelante veremos cuáles son) en un sistema interdependiente de superficies y de lugares, apto para recibir modos cualitativos y cuantitativos de inscripciones diversificadas, para filtrarlas y retenerlas en formas a ellas apropiadas.

Entre la pulsión indiferenciada, que ciertos autores presentan en las formas de la corriente de fuerza, de la marea, de la pintura de manchas, y el ordenamiento elegante y preciso de Freud, pero que hoy parece en exceso restrictivo, quizá se pueda ensayar una mediación con la última teoría de las pulsiones. En esta, las funciones de Eros y de las pulsiones de destrucción se alinean en las grandes categorías de la tendencia a la reunión y la tendencia a la división, la intrincación y la desintrincación. En un vocabulario más moderno, hablaremos de conjunción y disyunción, de sutura y de corte,90 Pero Freud no se conforma con enfrentar, a la manera de las oposiciones clásicas, dos términos de igual dignidad para que de ahí resulte, por la repetición y el establecimiento de relaciones nuevas, un poder ordenador.

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Eros y la pulsión de destrucción no forman un par de términos equivalentes. Indicio de esto es que Freud se rehusó siempre a nombrar la pulsión de muerte, salvo de esta manera (o por medio de la fórmula afín de pulsiones de destrucción). En efecto, si la compulsión de repetición es el modo de actividad de toda pulsión —sería algo así como el instinto del instinto, según la feliz expresión de F. Pasche-, podemos decir que algo de la esencia de la pulsión de muerte ha pasado a Eros, o que Eros lo ha captado en su provecho, lo que descualifica la pulsión de muerte y obliga a designarla sólo como el término invisible y silencioso de una pareja cuyo contraste ha dejado de ser aprehensible como no sea por una sombra arrojada sobre el resplandor de Eros. En este punto, una refundición de la oposición permitirá a Freud decir -primera reduplicación- que las dos pulsiones pueden trabajar conjugadas o en contraposición. Si la desintrincación pulsional, en el caso del trabajo discordante, como nos la ejemplifica la patología (melancolía, paranoia), se puede entrever de algún modo representada en las relaciones amor-odio, la colaboración de las dos pulsiones nos deja perplejos, desde luego que si uno no se detiene en la idea de una neutralización del odio por el amor, y si uno no se conforma con argumentos de orden cuantitativo para suprimir la cuestión.

La interiorización de esta contradicción lleva a redescubrir en Eros una dualidad que será la segunda reduplicación. A saber, la división de Eros entre amor de sí y amor de objeto, y por otro lado entre conservación de sí y conservación de la especie. Si a primera vista nos puede tentar reunir amor de sí y conservación de sí, por una parte, y amor de objeto y conservación de la especie, por el otro, no tardamos en comprobar que de esa manera haríamos desaparecer la oposición entre la erótica personal, de que forma parte el amor de objeto, y la erótica impersonal, cuyo valor heurístico es tan importante . Es este quizás el aspecto en que puede extenderse la fecundidad de la teoría lacaniana del sujeto como estructura. Cuando Lacan nos dice: "Sólo el significante puede ser soporte de una coexistencia; sólo puede serlo el desorden constituido (en la sincronía) por elementos en los que subsiste el orden más indestructible a desplegarse (en la diacronía): sólo ese rigor de que él es capaz, asociativo, en la segunda dimensión, que se funda justamente en la conmutatividad que, por ser intercambiable, muestra en la primera",91 podemos preguntarnos si esa conmutatividad no afecta a los dos registros dobles que acabamos de mencionar. Con relación a esto no hay que olvidar la expresión desconcertante que Freud emplea, en el "Proyecto", y que Jacques Derrida supo leer tan bien,92 según

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la cual los procesos que el estudio de las neurosis nos permite alcanzar, y que sólo por su intensidad difieren de lo normal, son cantidades móviles.

La cuestión del narcisismo primario parece haberse eclipsado tras los problemas de la teoría de las pulsiones. Sin embargo, en modo alguno es así, como veremos cuando volvamos sobre ella por el rodeo del siguiente problema: ¿es el narcisismo únicamente la consecuencia de una orientación de las investiduras?

Origen y destino de las investiduras primarias

El paradigma de la ameba domina nuestras reflexiones sobre las formas primeras de los intercambios. Sin embargo, si Freud sólo se valió de esta analogía para comparar los movimientos de proyección y de retracción de las investiduras, los fenómenos de periferia que habían sido el móvil esencial para recurrir a esa imagen se deslizaron ellos mismos a la periferia de nuestro espíritu, dejando sitio a la idea de que la forma general de la ameba se debía considerar el modelo de las formas primeras de organización psíquica, en particular, del yo.

Ahora bien, si esta analogía puede ser en rigor congruente con el yo de que habla Freud antes de la última tópica, inevitablemente surgen contradicciones cuando uno pretende seguir valiéndose de la comparación después de la última concepción del yo.

Esa bola protoplasmática, esferilla completamente encerrada en sí misma, sugiere la existencia de una modalidad de funcionamiento que difícilmente se adapta a las ambigüedades o a las imprecisiones de Freud acerca de las relaciones primeras entre el yo y el ello. Parece que le es consustancial otro paradigma, el del reservorio; y el propio Freud opera la condensación de los dos en ciertos textos. Hacía falta toda la perspicaz vigilancia de Strachey para descomponer esta imagen.93 Empero, no basta distinguir entre la función de reserva y la de fuente de abastecimiento, ni señalar que las versiones contradictorias en que Freud sitúa el origen de las primeras investiduras (primero en el yo, antes de su distinción de la última tópica; después en el ello y, por último, paradójicamente, de nuevo en el yo) están destinadas a resolverse en la concepción del yo y del ello indiferenciados. He ahí un esclarecimiento útil, pero que requiere de precisiones complementarias. El ello-yo indiferenciado, primitivo, tiene a su cargo "en el origen" dos funciones al mismo tiempo. Las de ser fuente de energía y depósito de reserva. Como fuente de energía, envía

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sus investiduras en dos direcciones: hacia los objetos (orientación centrífuga) y hacia el futuro yo (orientación centrípeta), con lo que se vuelve tributario de la segunda función. El yo indiferencia-do, a medida que se desarrolla, se constituye fundamentalmente como depósito de reserva. Y si el yo, como es indudable, desempeña un papel en su condición de fuente de energía para las investiduras de objeto, vela también por el mantenimiento de la reserva de investidura narcisista. En suma, la diferenciación ello-yo instituye una separación funcional. Pero el yo recupera una parte de la función de la que ha desistido en favor del ello, a fin de garantizar, prioritariamente, la investidura narcisista. Entonces intervendrá en las investiduras de objetos que dependen del ello, de manera que estas no comprometan en exceso la investidura narcisista, que está bajo su gobierno. No obstante, es el detalle de esta diferenciación lo que es preciso esclarecer. Pero hay algo de lo que no pueden caber dudas: según lo expusimos ya, Freud ha ligado el estado de narcisismo primario absoluto a la abolición de las tensiones y a una relación con el yo. Si abundó con insistencia en la posibilidad de una conversión en los intercambios entre libido narcisista y libido de objeto, no sostuvo con menos firmeza la perennidad de una organización narcisista, que nunca desaparece. La libido inviste al yo, y de esta manera se da un objeto de amor; es un proceso que se puede observar durante toda la vida. Pero en la pluma de Freud, nunca el estado de narcisismo primario absoluto se asoció al ello. Es bastante frecuente que Freud emplee el término yo para designar el yo en sentido estricto, o el ello-yo de la indiferenciación primitiva. Pero lo inverso no es cierto. Freud nunca asocia el ello con funciones o procesos que son propios del yo.

Ahora bien, aunque nos refiramos a la indiferenciación yo-ello, definir el narcisismo por cualidades como la expansión, la elación, o cualquier otro afecto de este orden, importa hablar de propiedades que sólo tienen significación en el sistema del ello.94 Equivale a introducirlas, para definir su pertenencia al narcisismo, por una vía que no es la de las investiduras del yo. Y no basta referirlas a la omnipotencia, puesto que la elación o la expansión son las consecuencias de la omnipotencia, y no la operación en virtud de la cual esta se instaura. La omnipotencia consiste en suprimir el poder de resistencia del objeto o de lo real por la desmentida de la dependencia que imponen, y no por la fusión con ellos. Esta fusión, si se produjera, sólo sería posible después que el yo se hubiera asegurado de que en efecto habría de mantener su dominio sobre las potencias del objeto, cuando de este modo se lo apropia.

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El principio de Nirvana, del que señalamos el lugar que ocupa en una teoría de las estructuras, pero que de hecho está ausente de una teoría de los estados, donde sólo son perceptibles las expresiones de un aminoramiento de las tensiones; el principio de Nirvana, digo, ha experimentado una modificación en los seres vivos. Es verdad que para colegir su rastro muchas veces nos vemos obligados a pasar por el principio de placer (que, no obstante, adherido como está a las cualidades del placer, es radicalmente diferente de aquel). Acaso, en el sistema freudiano, en que las modificaciones nunca borran por completo el estado al que modifican, habría que investigar si un desplazamiento de valor no permite recuperar lo que pareció desaparecer. Y puesto que, con la pulsión de muerte, nos vemos condenados a no ver más que lo invisible, a interrogar sólo a lo que es mudo, tendremos que buscar por el lado de la parte de Eros que se le asemeja.

¿No está claro que el amor que el yo se otorga (y que le asegura su independencia del mundo exterior y el ahorro del gasto de investiduras en el objeto); que el retorno de la libido de objeto al interior del yo; que la ausencia de conflictos (con tal que la cualidad de ese amor egótico compense la cualidad libidinal destinada al objeto y proteja de las decepciones que este puede infligir); no está claro, repito, que todo ello constituye en efecto un sistema cerrado y alcanza la condición más próxima a aquello a lo que tiende el yo en el dormir sin sueños? Aquí tenemos producida esa situación límite en que el "alboroto de la vida" de Eros, y el de la lucha contra Eros. se empeñan en instalar lo que pertenece al principio de la muerte en el seno del amor, en un recíproco compromiso que se pacta en detrimento del objeto. Ahora bien, ¿por qué camino se hace esto posible? Tendremos que dar un largo rodeo antes de responder.

La inhibición de meta de la pulsión

Ha quedado como letra muerta la repetida observación 95 de que es posible que en la actividad del yo participen otras pulsiones, además de las pulsiones de autoconservación, las únicas cuya operación ha podido averiguar el psicoanálisis en el estado actual de sus investigaciones. Como Freud se limitó a anudar las relaciones del yo con la realidad, en aras de la preservación del principio de placer, sin ser

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más explícito sobre las formas de esa actividad de las pulsiones no libidinales, se infirió que ese silencio estaba destinado a cubrir una de esas misteriosas afirmaciones cuyo secreto Freud se llevó a la tumba.

Entre las pulsiones no libidinales "que actuarían en el yo" y el trabajo inasible de la pulsión de muerte, Freud introducirá una serie intermedia, situándola entre los constituyentes de Eros. Junto a las pulsiones libidinales de pleno efecto, y a las pulsiones de auto-conservación, tenemos ahora las
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