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pulsiones libidinales de meta inhibida o de índole sublimada, derivadas de las pulsiones libidinales, 96 Es cierto que Freud protesta contra cualquier interpretación que pretendiera conferir autonomía a este conjunto con el rótulo de los "instintos sociales", que en esa época estaban muy en boga. Pero, tras examinarlo bien, distingue las pulsiones de meta inhibida. La mejor definición que hace de ellas está en la 32a. conferencia, donde las compara con la sublimación: "Además, tenemos razones para distinguir pulsiones de meta inhibida, a saber, mociones pulsionales de fuentes notorias y con meta inequívoca, pero que se detienen en el camino hacia la satisfacción, de suerte que sobrevienen una duradera investidura de objeto y una aspiración continua. De esta clase es, por ejemplo, el vínculo de la ternura, que indudablemente proviene de las fuentes de la necesidad sexual y por regla general renuncia a su satisfacción".97 Lo que en definitiva se impone para justificar una denominación particular es la idea de la restricción, el freno, la falta de desarrollo de la investidura. Con la propuesta de admitir la existencia de este tipo de pulsión, Freud completa una hipótesis entrevista en 1912.98 Cuando atribuye a la corriente tierna de la sexualidad infantil el poder de tomar consigo las investiduras sexuales primitivas de las pulsiones parciales, queda planteado el problema de averiguar de dónde extrae la corriente tierna semejante poder. Y si en Tres ensayos de teoría sexual las inhibiciones de lo pulsional son el resultado del período de latencia, en que las pulsiones estan

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retenidas por los diques que estorban el desarrollo pleno de la actividad sexual, Freud se ve llevado después a distinguir entre el efecto de la acción de los diques -la represión, sin duda- y una inhibición que es interior a la pulsión, según lo va definiendo con precisión cada vez mayor en los diversos pasajes en que aborda el problema.

En efecto, la represión no es la causa de la inhibición de meta de la pulsión, puesto que este particular destino de las pulsiones se define, justamente, por el hecho de que la pulsión se ahorra la represión. Y es sólo merced a esa condición de pulsión no desmantelada, sino sólo sofrenada en su cumplimiento, como puede arrogarse el poder de tomar consigo a otras más ligadas a funciones parciales.

Tampoco hay que creer que las pulsiones de meta inhibida se pudieran alinear siempre del mismo lado, con las pulsiones pregenitales. Están del lado opuesto. Las pulsiones pregenitales se califican por apuntar al placer de órgano. Después, los componentes eróticos genitales, en virtud de la nueva meta sexual, que es la unión con el objeto, promoverán trasformaciones que denunciarán a las pulsiones pregenitales como orientación hacia el placer de órgano, y las someterán a los designios que las confinan al placer previo. Y aun algunas serán excluidas. En definitiva, quedará preservada en mayor medida la participación de las pulsiones que experimentaron la inhibición de meta. Se conjugarán, por partes iguales, con las investiduras propiamente eróticas de la fase genital. En cambio, quedarán pospuestas aquellas cuya tendencia a la satisfacción no pudo, como en el caso de las precedentes, conformarse con una "aproximación"; por vía del intercambio de sus metas y de sus objetos, contribuirán a la complejidad de la organización del deseo. Pero su tiempo quedará limitado; por no haber experimentado la inhibición de meta, pasarán a la condición de simples introductoras de la unión con el objeto. Bien se advierte la diferencia: por un lado, una inhibición de la actividad pulsional, que mantiene el objeto, sacrificando la realización plena del deseo de unión erótica con él, pero que conserva una forma de adhesión que fija en el objeto su investidura; por la otra, un despliegue sin frenos de la actividad pulsional, con la sola condición de que metas y objetos se presten a operaciones de permutación y de sustitución, cuya única limitación es el influjo de la represión y de las demás pulsiones. El primer tipo de actividad, que al cabo se vuelve dominante, hará entrar a su servicio a las pulsiones del segundo tipo compatibles con su proyecto, y rehusará a las demás. Está claro que este contingente de meta no inhibida es por fuerza el más vulnerable y el más proclive a colaborar en la insumisión de las pulsiones al yo. Paradójicamente, las pulsiones de meta inhibida son las que se deben caracterizar sobre todo por su lazo con el objeto. Aunque no lo dice de manera expresa, parece que a juicio de Freud lo que podríamos llamar la vocación genital hacia el objeto, en su calidad de objeto libidinal definitivo (el de la unión sexual), está presente

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desde el comienzo. Y justamente, la inhibición de meta de la pulsión interviene para resguardar esa orientación y evitar, así, que se deje el campo por entero librado a las pulsiones pregenitales que hacen pasar al primer plano el placer de órgano.99

El complejo de Edipo pone frente a frente relaciones de ternura y de hostilidad. No obstante, existe una relativa independencia entre las relaciones de ternura o de hostilidad, y la organización fálica bajo cuya égida se coloca el Edipo. La relación de ternura hacia el progenitor irá asociada con lo que pertenece a la relación de sensualidad, censurada por la amenaza de castración. Pero no hay confusión entre ambas. La prueba está en que el mantenimiento de la investidura tierna puede ser el mejor modo de sortear el miedo a la castración, como sucede en la situación descripta a raíz de la más generalizada degradación de la vida amorosa. Si Freud reconduce las investiduras del objeto materno del Edipo a las que primitivamente se ligaban con el pecho,100 es quizás en ese nivel donde debemos concebir la inhibición de meta, en el momento en que la pérdida del objeto-pecho corre paralela a la percepción total del objeto materno.101

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La función del ideal. La desexualización y la pulsión de muerte

En esta contención de la pulsión por ella misma, que no se debe a un proceso evolutivo; en esta restricción, en que no interviene una fuerza extrínseca, ¿cómo no discernir aquí la acción del grupo de pulsiones antagónicas de Eros, las pulsiones de destrucción? No ocurre en este caso que los dos grupos de pulsiones expresen su antagonismo en la relación con el objeto, por vía de la desmezcla; al contrario: el trabajo de las fuerzas de separación opera en virtud de una modificación intrínseca de las pulsiones eróticas.

Desde 1912, Freud sospecha que una solución de esa índole se impondrá después; en efecto, al final del segundo artículo sobre la psicología de la vida amorosa adelanta la idea de que la pulsión sexual lleva en sí misma componentes que contrarían su propia satisfacción.102 No son las pulsiones pregenitales las que traban esa expansión, sino un factor que Freud atribuye a la civilización y que a su juicio se ha convertido en parte del patrimonio hereditario.

Nuestra tarea sería sin duda más fácil si pudiéramos admitir que un influjo de esa índole -que en el pensamiento de Freud no se puede atribuir a forma alguna de trascendencia- es en verdad el producto de adquisición de la progresiva aculturación de cada individuo. Desde El yo y el ello, parece que Freud atribuye a la vida psíquica tres centros de desarrollo. Así, la percepción le parece ligada de manera tan íntima a la actividad del yo, que por dos veces la compara con lo que es la pulsión para el ello.103 Entiéndase que no se trata de una oposición directa, sino de una confrontación de diferentes tipos de sobreinvestidura, cuyo resultado dialéctico es la representación inconciente de la pulsión: el representante-representación. Debe de existir una función correspondiente para el superyó. Es la función del ideal la que desempeña ese papel. Y efectivamente, ¿acaso no dice Freud que no podría asignar localización alguna al ideal del yo.

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a diferencia de lo que intentó por referencia a las relaciones del yo y el ello? Podemos quizá, si tratamos de seguir el movimiento de su argumentación metapsicológica, entender que la distribución dispersada del ideal del yo, su cuasi-generalidad en el campo de los procesos psíquicos, es una consecuencia de las relaciones tópicas del yo y del ello. Es como si la limitación espacial impuesta al ello, al menos por el lado de la frontera que lo pone en relación con el yo, tuviera su compensación en el campo libre que se deja a la función del ideal. En efecto, si el yo ha conseguido, por medio de la ligazón de los procesos psíquicos, que el ello quede amordazado, al menos en parte, el ello sólo puede consentir enmascarando su derrota. En consecuencia, instala, en lugar de la satisfacción pulsional que obedece al principio de placer, una exigencia nueva tan imperiosa como la suya, de la que es el calco o el doble negativo. Esta segunda exigencia no cejará hasta alcanzar la ilusoria emancipación de la primera. El ideal del yo, respecto del cual el yo se evalúa y procura alcanzar la perfección, se mide con el patrón de la demanda que el cuerpo hace al espíritu. Las pretensiones de la función del ideal no se presentan ahí cómo mero consuelo o contrapartida. En el lugar mismo donde la satisfacción pulsional se cumplía, ella instaura a su contrario. Atribuye un valor todavía mayor al renunciamiento. El orgullo se ha vuelto una meta más elevada que la satisfacción; el yo ideal ha sido remplazado por el ideal del yo. No hay nada aquí que merezca autonomía de derecho o de hecho, puesto que ese injerto no crece si no es en el suelo de la pulsión, a la que se ve precisado a reflejar negativamente. No se trata tanto de hacer de necesidad virtud, como de hacer de la virtud una necesidad.

Que esta función del ideal haya nacido "de las vivencias que llevaron al totemismo" (de las vivencias, y no del totemismo como tal); o que contenga "el germen a partir del cual se formaron todas las religiones",104 Freud sólo la reconduce a la identificación primordial con el padre en la medida en que se trata de un padre muerto. Esto quiere decir que la muerte es la condición necesaria para que el engrandecimiento del desaparecido pase por los signos que no tanto le restituyen una presencia, cuanto le garantizan para siempre su perennidad en esa ausencia que le ha de conferir una potencia eterna. También en este caso debemos remitirnos a la pulsión de muerte, para la cual la muerte es el cumplimiento pleno de su tendencia. La pulsión de muerte rechaza la muerte efectiva y restaura la investidura paterna esforzándose en eliminar toda tensión posible por celebración de la renuncia en la función del ideal. ¿Qué significa, en el tiempo de la ontogénesis, esta referencia al padre muerto? La paternidad no se podría trasmitir íntegramente del padre al hijo, puesto que el padre sólo es dueño de un eslabón; toda la rama de los ancetros

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tros se ha convertido en propiedad de la cultura, de la que el padre no es más que un representante: de esto, el hijo habrá de descubrir las huellas. Huellas que se escriben con una tinta diferente de la que consigna la experiencia. Este proceso está en la base de la identificación primordial con el padre. Dejemos de lado las chicanas en torno del texto105 sobre la anterioridad cronológica de la madre, y admitamos de una vez por todas aquello de que se trata, en una perspectiva freudiana. Especificar, como lo hace Freud en una nota adjunta, que acaso importan los padres, en la misma medida que el padre, no significa que esta experiencia se ha de vivenciar dos veces, la primera con la madre y la segunda con el padre, sino que el motor de esta identificación inaugural es un principio de parentesco, la condición de progenitor a que estará llamado el hijo. Dos exigencias se deberán cumplir: la preservación intangible del vínculo y la no menos ineluctable liberación del objeto. "Esta identificación [es] la condición bajo la cual el ello resigna sus objetos. [...] Otro punto de vista enuncia que esta trasposición de una elección erótica de objeto en una alteración del yo es, además, un camino que permite al yo dominar al ello y profundizar sus vínculos con el ello, aunque, por cierto, a costa de una gran docilidad hacia sus vivencias".106

No podemos dejar de comparar los dos tipos de fenómeno, que en modo alguno se reducen uno al otro, pero revelan dos destinos posibles que permiten el mantenimiento de una relación con el objeto, a expensas de un sacrificio que hace, de la renuncia, la condición de sobrevivencia del vínculo más esencial, al tiempo que revela que esta relación prevalece sobre cualquier otra consideración y en modo alguno se trata de suplirla únicamente por una permutación de objeto o de meta. La renuncia o la inhibición de meta deben proporcionar la mejor prueba de que nada podría remplazar al objeto, y es impensable cualquier secuencia de acciones ajena a la continuidad de la relación que lo une al yo. No es entonces casual que, inmediatamente después de esas consideraciones, Freud introduzca la desexualización y la sublimación; en los párrafos precedentes, en efecto, acababa de referirse a las primerísimas investiduras, las de la fase oral, y de hacerse una pregunta que se plantea por tres veces en El yo y el ello:107 si todas las formas de la sublimación nacen por intermedio del yo, o se puede considerar que se originan en una desmezcla de pulsiones. En definitiva tenemos que reconocer en esta aptitud para la creación de investiduras duraderas, permanentes, una justificación estructural, que siempre se percibe como tal, aunque nunca recibe un esclarecimiento conceptual completo, y que encuentra su fundamento en la desmezcla de pulsiones, es

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decir, en el trabajo de la pulsión de muerte sobre las pulsiones de vida, eróticas, que incluyen a las pulsiones de autoconservación.108

Estos procesos, si se los refiere a las operaciones gobernadas por el principio de placer y el principio de Nirvana, confirmarían más bien la preeminencia de este último. En el capítulo de El yo y el ello dedicado a las dos clases de pulsiones, Freud lleva sus hipótesis hasta el cabo: la sublimación y la identificación no son más que formas de trasformación de libido erótica en libido yoica; se consuman por una desexualización, abandono de las investiduras de objeto, que puede llegar hasta la producción de una energía neutra desdiferenciada, forma híbrida entre la libido de Eros y la de las pulsiones de destrucción: libido "mortificada". Libido, en todo caso, más vulnerable al efecto de la pulsión de muerte.

Parece indudable que Freud asigna a la desexualización una fundón muy general, susceptible de afectar las primeras investiduras de objeto: "Al apoderarse así de la libido de las investiduras de objeto, al arrogarse la condición de único objeto de amor, desexualizando o sublimando la libido del ello, trabaja en contra de los propósitos del Eros, se pone al servicio de las mociones pulsionales enemigas". El trabajo que de esa manera se consuma es atribuido por Freud a la desmezcla.109 Y si hemos de tener en cuenta la afirmación que a continuación se lee, y que califica de narcisismo secundario al narcisismo del yo, la dirección seguida por la investigación que llevó a Freud a circunscribir cada vez más la pulsión de muerte en el narcisismo nos invitará a reconocerla desde su tiempo primario.

La protección antiestímulo y la represión

¿De qué manera se puede establecer en el registro de los procesos dinámicos y económicos esa investidura estable, duradera, permanente? Freud sólo dio ejemplos por referencia a estados; para reconocer estos, todos nosotros tenemos la experiencia suficiente. Pero acerca de las operaciones que presiden la formación de su estructura, nuestra curiosidad queda insatisfecha. Ahora bien, siempre que Freud tuvo que proporcionar una explicación sobre los medios por los cuales se puede adquirir la durabilidad y, en el límite, la permanencia, contra la movilidad y el cambio, recurrió a la metáfora

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del paso de la energía libre a la energía ligada. Parece difícil prescindir de ella aquí, pues no se avizora otra solución que se pudiera proponer. Todo cuanto acabamos de exponer, con respecto a las relaciones de la pulsión de meta inhibida con el objeto, debería poder describirse en el lenguaje de que se vale Freud cuando se empeña en la descripción de esos procesos.

Especifiquemos sin tardanza que no hay ninguna razón para considerar que la inhibición de meta de la pulsión sólo se produce (aunque Freud sólo habla de estos casos) en aras de las pulsiones eróticas que suponen una elección de objeto, y que no se advierte por qué habría que excluir de este caso a las pulsiones eróticas de autoconservación. Desde el momento en que se admite que también las pulsiones de autoconservación tienen un antagonista, a saber, en las pulsiones que están ligadas con la conservación de la especie, y que encuentran su cumplimiento en la fusión con el objeto en la relación genital, se puede reconocer que también aquí la inhibición de meta preserva al objeto de ser asimilado completamente en el yo, lo que por otra parte produciría la disolución de la organización del yo.

Los mecanismos de trasformación de energía libre en energía ligada que describe Freud muestran el modo en que el organismo se protege del exceso de los estímulos externos, ofreciéndoles una superficie de resistencia que si bien ha experimentado una neutralización de las investiduras, es susceptible de recibir, de cribar y de trasmitir las excitaciones del exterior. Advertimos entonces que esta barrera, esta "protección antiestímulo" tiene la función de impedir, en su nivel, toda trasformación de la recepción de estímulos que consista en eventuales cambios del registro de expresión: mutaciones, combinaciones, etc. Sólo se trata de amortiguar: de trasmitir, sin deformarlo, el resultado debilitado de su registro. Por lo tanto, son dos sus funciones: de bloqueo -recepción y ligazón- y de trasmisión por circulación. La protección prevalece sobre la recepción. Una superficie análoga ha de recibir la impresión de los estímulos internos, y también ella procurará evitar un aflujo demasiado grande o una cantidad excesiva de excitaciones. Pero es evidente que estas dos operaciones, por más que parezcan homólogas, no son equivalentes, puesto que el poder de rechazo opuesto a las excitaciones externas las elimina, mientras que el rechazo de los estímulos internos no puede tener más consecuencias que una vuelta hacia los procesos inconcientes, una nueva carga, que determinará un nuevo empuje hacia la conciencia, empuje frente al cual las posibilidades de rechazo serán limitadas. En consecuencia, no puede funcionar aquí un dispositivo comparable a la protección antiestímulo. La articulación entre los dos modos de actividad, la que tiene por función acondicionar los estímulos externos y la que enfrenta los estímulos internos, no es concluyente. Freud se valió para ello, nuevamente. de la metáfora del organismo comparado con la vesícula protoplasmática. El yo realidad del comienzo proporciona, es cierto, el distingo

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entre el origen de las dos fuentes de excitación. Pero su acción no es infalible puesto que es posible la proyección. Por otra parte, la intervención de ese mecanismo proyectivo se produce en una escala demasiado grande para que se pueda desechar la idea -consideremos el caso particular del dolor- de que una ruptura en el dispositivo determine una osmosis tal que lo recibido del interior sea atribuido al exterior. Esta operación no consiste solamente en un rechazo; tiene la ventaja de proporcionar la posibilidad de poner en acción medios para defenderse (una vez obtenida esa exteriorización) de lo que provocó la proyección.

El propio Freud manifiesta algunas reservas sobre esa manera de representarse las cosas. Lo hace en el
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