Índice de esta digitalización




descargar 1.05 Mb.
títuloÍndice de esta digitalización
página13/37
fecha de publicación26.01.2016
tamaño1.05 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   ...   37
Esquema.110 Las relaciones entre las dos cortezas, externa e interna, acaso pueden ofrecernos una mejor solución. La particularidad de la corteza externa del organismo metafórico consiste en haber sido "trabajada" de tal manera que ha reducido al mínimo todos los procesos orgánicos. Esta corteza se limita a conocer la fuente y la índole de las excitaciones, lo que es posible por su orientación. De hecho, ese logro no puede desmentir su parentesco con el tipo de procesos que, bajo la acción del principio de Nirvana, tienden a la abolición de toda tensión. El propio Freud dice que la muerte de esa capa parece representar el sacrificio necesario para la supervivencia de los estratos más profundos que albergan a los órganos de los sentidos, que procesan cantidades infinitesimales y seleccionadas.

Hemos llegado a la conclusión de que ese dispositivo no se puede aplicar a la barrera interna. Pero si Freud las compara es porque discierne entre ellas no una similitud -lo que es imposible- sino una analogía. Todo ocurre como si el modelo de la protección antiestímulo fuera la solución tentadora para los estímulos internos. Así los estímulos serán tratados como cantidades que es preciso reducir, ligar, "inanimar" o mortificar. Y aunque ciertas tensiones siguen quebrando las barreras y engendrando efectos comparables a un trauma externo, este es un caso limitado. La fuerza ligadora será función del nivel cuantitativo de las investiduras del sistema. Puesto que esta fuerza quiescente no es capaz de neutralizar, de descualificar las excitaciones, como en cambio lo consigue la protección antiestímulo, ofrecerá un equivalente de esta: un espejo donde se refleje el señuelo de la abolición de las tensiones. Entonces el ello se convierte, según la bella expresión de Freud, en "el segundo mundo

105

exterior"111 para el yo. Sucede que los órganos periféricos que reciben las excitaciones externas pueden, de igual modo, trasmitir sensaciones y sentimientos como el dolor. El trabajo de la fuerza de ligazón interna es hacer perceptibles y dominar (por la rebaja de las tensiones) los estímulos internos. Pero es menor su capacidad de discriminar la fuente de las excitaciones, de suerte que lo por ella recibido proveniente de dondequiera (Freud, cuyas formulaciones nunca son vagas, habla aquí de "algo" que corresponde a las sensaciones y que deviene conciente) está sujeto a las mayores confusiones en lo que se refiere a su localización. No obstante, se alcanza un resultado; la comparación con los órganos periféricos que reciben las excitaciones externas permite una analogía, y entonces nos encontramos con que Freud nos dice: "para los órganos terminales, en el caso de las sensaciones y sentimientos, el cuerpo mismo sustituiría al mundo exterior".112 Lo que no significa que estemos autorizados a hablar de una confusión de un mundo y del otro, sino sólo de una reduplicación que también se podría considerar una división. Pero en el acto de instalar un "segundo mundo exterior" en la relación del ello con el yo, Freud reevalúa el sistema de relaciones entre esas tres instancias. Al proceso de la inercia mortificante instaurada en el envoltorio que sirve de mediación con el afuera, corresponde el dispositivo (la represión) que preserva de las exigencias y de las presiones; librarse de estas planteará más problemas que el tratamiento de los estímulos externos. Esta primera relación se complica, como vimos, por la acción de la función del ideal.

El autoerotismo

Es en este punto donde consideraríamos atinada la aplicación de un proceso comparable a lo que era la inhibición de meta para la pulsión erótica; recordemos que, sin conservar todos los caracteres de esta, mantenía algunos. Desde luego, el autoerotismo no presenta la perennidad y la inmutabilidad de las relaciones de ternura de que habla Freud, pero es evidente que tanto el autoerotismo como el narcisismo son algo más que meros estudios. El yo -o, en el origen, las pulsiones del yo- se puede ofrecer como fuente de satisfacción por mecanismos que persistirán toda la vida. Es legítimo empeñarse en fijar un comienzo, un ingreso en el autoerotismo, como lo hacen Laplanche y Pontalis113 cuando insisten en el hecho de que la pulsión deviene autoerótica cuando pierde su objeto. Es demasiado

106

importante la formulación de Freud sobre este punto para que omitamos la cita: "En la época en que la satisfacción sexual se ligaba con la absorción de los alimentos, la pulsión encontraba su objeto afuera, en la succión del pecho materno. Este objeto se perdió después, quizá precisamente en el momento en que el niño . se volvió capaz de ver en su conjunto la persona a la que pertenecía el órgano que le procuraba la satisfacción. La pulsión se vuelve autoerótica...". Cuando Laplanche y Pontalis destacan, en otro pasaje, que no es necesario que el objeto esté ausente para que se realice la condición autoerótica, su argumentación es indiscutible. Pero si es así, ¿no haría falta definir con más precisión el autoerotismo? 114 En efecto, no se puede desolidarizar la observación de Freud del contexto en que aparece, y lo que aquí nos interesa es que ese proceso se liga con la introyección. Tendríamos que poder dar razón del paso que va de tener el objeto de la satisfacción "afuera", a buscar una satisfacción, si no "adentro", al menos en el cuerpo propio del niño, en su límite de contacto, lo que procura una concreción notable a la proposición según la cual el cuerpo ocupa el lugar del mundo exterior. Estamos de acuerdo con Laplanche y Pontalis cuando sostienen, siguiendo a Freud, que el ideal del auto-erotismo son los labios que se besan a sí mismos. Pero es preciso reconocer a esa imagen un alcance mucho más vasto, un movimiento que tiene un valor más radical y más general. No se trata de que la división entre niño y objeto quede abolida; más bien, antes de su advenimiento, en el momento de la pérdida del objeto, que hasta entonces no era más que "afuera", el "sujeto" era esa orientación centrífuga de la búsqueda. La separación reconstituye ese par en el cuerpo propio del sujeto, puesto que la imagen de los labios que se besan a sí mismos sugiere una replicación, seguida de un repegamiento, que, en esta nueva unidad, deja trazado el surco de separación que ha permitido al "sujeto" replegarse sobre él mismo. El autoerotismo está en el camino de ese giro; representa la forma de su detención, el alto en la frontera, y en este sentido se lo podría comparar con la inhibición de meta que hemos descripto para las pulsiones eróticas libidinales.115 Ya vimos, en efecto, que esa inhibición de meta estaba muy ligada con la conservación del objeto. Ahora bien, lo que nos llama la atención en esta situación autoerótica es la posición particular de la pulsión, con respecto a la meta y al objeto. Es que no se podría (y en este punto estamos de acuerdo

107

con Laplanche y Pontalis) ligar el autoerotismo con la ausencia de objeto. Pero en ningún caso se puede asimilar lo que aquí se produce con una sustitución de objeto o aun con una permutación de meta, puesto que la meta sigue siendo la misma: el placer ligado con la succión, de que el chupeteo no es el equivalente, sino la quintaesencia. Por eso el autoerotismo es sin duda, en cierta medida, placer de órgano; pero en cierta medida solamente. Afirmar, acerca del carácter autoerótico de la pulsión, que es "producto anárquico de pulsiones parciales"116 es, quizá, desplazar un poco la teoría, puesto que implica situar esa pulsión del mismo lado que las pulsiones llamadas de meta no inhibida, caracterizadas por el constante desplazamiento, las trasformaciones de energía, la permutación repetida de las metas y de los objetos. Primordialmente, la pulsión autoerótica es una pulsión apta para satisfacerse a sí misma, tanto en ausencia como en presencia del objeto, pero independientemente de este. En efecto, es imposible formarse una idea clara de la cuestión sin admitir, con Freud, que hay dos categorías de pulsiones: unas capaces de hallar satisfacción en el cuerpo propio del sujeto, y otras que no pueden prescindir del objeto. Así las cosas, carece de sustento ligar el autoerotismo con el surgimiento del deseo,117 como lo hacen Laplanche y Pontalis, puesto que este es deseo de contacto con el objeto, y en su concepción ellos descuidan el papel de las pulsiones que exigen la participación del objeto. De igual modo, no es necesario postular un antinarcisismo, como sostiene Pasche,118 porque está implícito en el segundo tipo de pulsiones. En Freud, esta diferenciación se inscribe dentro de una notable continuidad de pensamiento. En efecto, si no queremos limitarnos a discernir en el autoerotismo un mero estadio, tenemos que extraer de esta noción todas las potencialidades teóricas que contiene, y que no siempre se encuentran explicitadas; de este modo se podrá justificar el rechazo de una posición genética simplificadora, incompleta y poco satisfactoria.

Detengámonos en un pasaje de "Pulsiones y destinos de pulsión".119 En el origen, en el comienzo mismo de la vida psíquica, el yo está investido de pulsiones y es en cierta medida capaz de satisfacerlas él mismo. Llamamos "narcisismo" a ese estado, y "autoerótica" a esa manera de obtener satisfacción. Es a raíz de este pasaje, que a primera vista parece venir en apoyo del punto de vista genético, donde Freud agrega una nota que ha llamado la atención de muchos autores, entre ellos Winnicott. Allí reconoce que el grupo

108

de las pulsiones sexuales y de las pulsiones de autoconservación no es homogéneo, y que además es preciso considerar la existencia de pulsiones capaces de una satisfacción que no pasa necesariamente por el objeto y de pulsiones cuyo vínculo con el objeto no se puede eliminar. Es el vicariato de los cuidados de la madre el que hace posible el funcionamiento de las pulsiones autoeróticas. Pero esto no equivale a sostener que estén subordinadas a las pulsiones que exigen entrar en relación con el objeto. Y si la madre ocupa una función total de objeto primordial que quita toda realidad a una organización propia del niño, no se debe a que satisface las necesidades del bebé y suple su inmadurez; esa función no cobra su valor en el plano biológico (lo que es evidente, puesto que el bebé moriría sin los cuidados de la madre), sino en el campo del deseo y del significante. La madre cubre el autoerotismo del niño.

Estas observaciones iluminan el problema que antes abordamos, sobre el origen de las investiduras primarias que, según las diferentes versiones de Freud, parten del yo o del ello. Strachey tiene razón cuando sitúa el debate recordando el estado indiferenciado primitivo del ello y del yo. ¿No nos acercaríamos más a la verdad si propusiéramos, para la inteligencia de esas relaciones, una imagen del ello que incluyera a la madre desde el comienzo, investida de manera primitiva y directa, en tanto el yo se edificaría desde sus propias posibilidades de satisfacción, esenciales por su función fundadora, pero cuestionadas por las pulsiones que tienen en el objeto su destinatario obligatorio?

La represión y el yo

Acaso ahora se comprenda mejor la comparación que esbozábamos entre pulsiones de meta inhibida y pulsiones autoeróticas. ¿Será casual que la caricia y el beso, las marcas más comunes de la ternura, son compartidas por las dos categorías? El autoerotismo se inscribe, entonces, en la línea de los fenómenos en que el cuerpo ocupa el lugar del mundo exterior.

Ahora tenemos que decir cómo se puede concebir, en la perspectiva de una teoría estructural, y manteniéndonos lo más alejados que se pueda del espíritu de reconstitución arqueológica; cómo se puede concebir, decimos, la barrera de protección que, si se toma como modelo la protección antiestímulo, permitirá recibir como en una pantalla lo que proviene del cuerpo, ese segundo mundo exterior.

En ciertas concepciones metapsicológicas recientes, se discierne a la represión ese papel (Laplanche y Pontalis, Stein); se le atribuye la propiedad de fundar los registros de lo conciente y de lo inconciente, así como de separar los procesos primarios de los secun-

109

darios.120 Esta manera de ver, si tiene la ventaja de centrar los distingos en un acto fundador, lo que permite una articulación más suelta de los diversos órdenes de hechos o de fenómenos, tiene a mi juicio el peligro de postular, más acá de la represión, un caos ininteligible, que será opuesto al orden primordial desde el cual adviene lo estructurado inteligible. La protección antiestímulo, cuyas propiedades localizan la fuente externa de las excitaciones, ve reforzada su acción por el principio de realidad,121 que consuma plenamente el distingo entre yo y mundo exterior. La represión sería su correspondiente. En esta óptica, para algunos, el narcisismo primario caería del lado de ese más acá de la represión, del lado de un mundo no ordenado, ilimitado, donde el yo se confundiría con el cosmos; de ahí su calificación de egocósmico. En nuestra opinión, esta situación es más específica del ello que del narcisismo. Ahora bien, como lo hemos precisado, la característica del narcisismo primario absoluto es la búsqueda de un nivel cero de la excitación. La abolición de todo movimiento, el abrigo frente a toda tensión, no son por fuerza generadores de ese sentimiento de expansión, aunque a veces pueda suceder.

Es importante recordar que en numerosas ocasiones Freud niega a la represión el carácter de una función inaugural; esto ocurre con casi veinte años de distancia: "Sin duda que en el origen todo era ello; el yo se ha desarrollado por el continuado influjo del mundo exterior sobre el ello. Durante ese largo desarrollo, ciertos contenidos del ello se mudaron al estado preconciente y así fueron recogidos en el yo. Otros permanecieron inmutados dentro del ello como su núcleo, de difícil acceso. Pero en el curso de ese desarrollo, el yo joven y endeble devuelve hacia atrás, hacia el estado inconciente, ciertos contenidos que ya había acogido, los abandona, y frente a muchas impresiones nuevas que habría podido recoger se comporta de igual modo, de suerte que estas, rechazadas, sólo podrían dejar como secuela una huella en el ello. A este último sector del ello lo llamamos, por miramiento a su génesis, lo reprimido" .122 De este texto surge:

a. Que el yo no es constituido por la represión, sino que es preexistente a ella;

b. que si esas huellas quedan depositadas sólo en un ello disjunto de un yo, subsiste el problema de averiguar la forma en que ha sido aceptado y admitido el contenido del ello primitivo;

c. que la represión no opera una separación originaria, sino que rechaza lo que ya se admitió una primera vez;

110

d. que la división en inconciente-preconciente es una condición necesaria para que se ponga en obra la represión;

e. que, por fin, la represión se liga a un mecanismo de re-pasaje. de re-torno de lo reprimido.

Una cuestión inevitable queda planteada: "¿Por qué lo que se admitió primero es rechazado después?". Aun cuando se insiste mucho en la contrainvestidura -ese gasto considerable de energía-, no se debe perder de vista que la represión es también "una etapa previa del juicio adverso". Es sin duda heurísticamente interesante ligar esos dos aspectos. Ofrece la ventaja de hacer consustanciales los procesos del juicio con los de la actividad energética. Acaso es ir demasiado rápido. No es que corresponda poner en tela de juicio la ligazón entre el orden del significante y el orden energético. Pero, en nuestra opinión, esta ligazón exige una mediación más. Freud parece reconocer una razón de ese tipo cuando escribe: "Tenemos, así, que la condición para la represión es que el motivo de displacer cobre un poder mayor que el placer de satisfacción". Ahora bien, que sepamos, el único tipo de placer que pudiera pretender conservar (bajo la cubierta de los cuidados maternos) esa posibilidad de satisfacción protegida del displacer es, sin duda, el autoerotismo.123 El tiempo de la separación de la madre y el tiempo de la represión podrán reunirse con posterioridad, pero no están confundidos en el origen, puesto que esta conjunción de los tiempos se infiere retrospectivamente por la búsqueda del objeto perdido, que reúne la pérdida real del objeto en el momento de la separación
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   ...   37

similar:

Índice de esta digitalización iconIndice ( irá al índice general) II. Factores de riesgo 4

Índice de esta digitalización iconEste libro comienza, como vimos, con el título, luego los datos sobre...

Índice de esta digitalización iconEsta teoría está basada en tres principios

Índice de esta digitalización iconEn el libro “El Origen de la Vida” inicialmente se le da una perspectiva...

Índice de esta digitalización iconEsta webquest está destinada a estudiantes de la facultad de medicina...

Índice de esta digitalización iconAlerta: Esta es una sala con clasificación R, inapropiada para los...

Índice de esta digitalización iconNuestra naturaleza como seres humanos es ser innovadora, con el objetivo...

Índice de esta digitalización iconEl agua está en muchos lugares: En las nubes; en los ríos, en la...

Índice de esta digitalización iconNuestro equipo está formado por expertos veterinarios y criadores...

Índice de esta digitalización iconResumen en el primer capítulo de esta investigación establecemos...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com